Código azul
Capítulo 62
A Kate se le heló la sangre en las venas.
Óscar Mercado era quien había asesinado a sangre fría a su madre ante sus ojos. El jefe de la familia de criminales Mercado. Seguramente también había matado a su padre. Kate no sabía qué hacer. Su gorila estaba a tan sólo unos metros. Tenía que salir de allí. Se aferró a Fergus con fuerza y miró fijamente los glaciales ojos azules del anciano. Quería gritar de pánico, pero no le salía la voz.
—Kate, por favor. —Él le tendió dulcemente la mano, pero ésta fue a dar en el banco—. No tienes nada que temer de mí. Te lo prometo, soy yo quien debería tener miedo. Soy yo quien tiene algo que temer de ti.
Kate se levantó.
Fue presa de una repugnancia casi incontrolable y deseó matar a ese hombre… a ese hombre que había asesinado a su madre. Que estaba tras el intento de matarla a ella en el río. Su cártel, su fraternidad, era responsable de todas las desgracias que había sufrido su familia.
—Tu padre… —empezó a explicar el anciano.
—¿Mi padre qué? —Kate lo fulminó con la mirada—. Mi padre está muerto. Usted…
—No, Kate —dijo Mercado con tono inofensivo sacudiendo la cabeza. Sus pupilas azules brillaban como ópalos en sus ojos caídos—. Tu padre no está muerto. Está vivo. De hecho, es tu padre quien me persigue a mí.
—¿Qué? No le creo. —Sus ojos se inundaron de rabia—. Es mentira.
Cerró los puños como si fuera a golpearlo, pero algo la retuvo. Él se quedó allí sentado; no hizo ademán de ir a defenderse de la rabia de ella. En el semblante de aquel hombre, Kate vio reflejada la destrucción de todo aquello en lo que una vez había creído y confiado. Sin embargo, de repente no sentía miedo, sólo incertidumbre e indignación. Las palabras de él resonaban en su interior.
—¿Qué quiere decir con que lo persigue?
—Por eso lo organizó todo para que hicieran una redada en su empresa, Kate. Por eso orquestó su propia detención. Por eso consiguió que lo incluyeran en el Programa de Protección de Testigos… Creo que ya sabes estas cosas, ¿no, Kate?
Ella se quedó hipnotizada por la mirada de él, incapaz de apartar los ojos.
—¿De qué coño habla? ¿Que mi padre destrozó su vida, destrozó nuestras vidas, sólo para que lo metieran en el programa?
—No para que lo protegieran, Kate. —El hombre sonrió—. Para infiltrarse en él.
¿Infiltrarse? No tenía sentido. Pero había algo en lo que decía que se le antojaba muy próximo a la verdad.
—¿Por qué? ¿Por qué me cuenta esto? Dice que mi padre está vivo. ¿Por qué habría de creerlo? Usted asesinó a mi madre. ¡Yo estaba allí! ¿Por qué habría de creer nada de lo que usted dijera?
—Porque tu padre y yo teníamos la misma agente, Kate. Margaret Seymour. Porque ambos pertenecíamos a la misma sección del WITSEC, especializada en informantes relacionados con drogas. —Alargó la mano y le tocó el brazo. Esta vez ella no se lo impidió—. Ya hace veinte años —levantó los ojos para mirarla— que yo también estoy en el programa.
Kate lo miró: esa alimaña cuyo nombre ya era por sí mismo sinónimo de violencia y muerte, el hombre por el que su padre hubiera ido a juicio, para hacerlo caer. Tenía los ojos claros, azules y limpios.
—No. —Le apartó el brazo. Era un asesino, un delincuente fugado—. Usted es Mercado. El FBI dijo que era usted quien quería matar a mi padre. Sólo trata de utilizarme para encontrarlo.
—Kate… —dijo él sacudiendo la cabeza—. El FBI dice muchas cosas para mantener mi tapadera. No soy yo quien ha dirigido el cártel de los Mercado durante todos estos años. He estado delatándolos. He estado dentro del programa de testigos. El cártel me quiere muerto, Kate, igual que tú crees que quieren matar a tu padre. Margaret Seymour era la agente de mi caso; conocía mi paradero, mi identidad. Por eso tu padre desapareció: para encontrarme, Kate. Para perseguirme, por haberlos delatado. Y puedo demostrártelo. Te lo puedo demostrar; es tan cierto como que estoy delante de ti, Kate Raab.
Al oírle decir su nombre fue como si le dieran un puñetazo en plena boca del estómago. ¿Cómo lo sabía? ¿Cómo sabía lo de su padre? Nunca lo había divulgado. Le escudriñó el rostro, los pómulos pronunciados, la barbilla redonda oculta bajo la barba, la expresión resoluta y lúcida de sus ojos azules.
«Oh, Dios mío…».
De pronto, se dio cuenta. Fue como si una descarga eléctrica le recorriera el cuerpo. Lo miró fijamente, petrificada, sin aliento, apenas capaz de hablar.
—Yo lo conozco. Usted es quien sale con él en la foto. Los dos, de pie bajo una puerta.
—En Cármenes. —El rostro del hombre se iluminó mientras asentía con la cabeza.
Kate contuvo el aliento.
—¿Quién es usted? ¿Cómo sabe todo esto? ¿De qué conoce a mi padre?
Los ojos del anciano lanzaron un destello.
—Benjamín Raab es mi hermano, Kate.