Código azul
Capítulo 40
Kate dio un paso adelante, sorprendiendo al hombre fornido al salir del edificio de oficinas de la calle Treinta y tres.
—¿Howard?
Howard Kurtzman había trabajado veinte años para su padre. No le costó encontrarlo. La antigua secretaria de su padre, Betsy, conocía la empresa de juguetería donde trabajaba ahora. El contable siempre había sido hombre de costumbres arraigadas. Cada día salía a comer a las doce en punto.
—¿Kate? —Sus ojos la miraron, nerviosos—. Caray, Kate, cuánto tiempo. ¿Cómo te va?
Kate siempre le había tenido cariño. De pequeña, él era quien llevaba el día a día de la oficina. Uno de esos tipos que siempre parecían el alma del lugar. Era Howard quien siempre enviaba a Kate sus cheques con la asignación mensual cuando iba a la universidad. Una vez hasta la encubrió, cuando ella superó el límite de su tarjeta de crédito en Italia y no quería que su padre se enterara. Howard aún pesaba más de la cuenta, se le había caído algo el pelo de la coronilla y al hablar resollaba un poco. Aún llevaba las mismas deportivas gruesas con plantillas especiales y la misma corbata ancha pasada de moda. Siempre se refería a Kate como «La hija número 1 del jefe».
—Enhorabuena —dijo, ajustándose las gafas—. Me han dicho que te has casado, Kate.
—Gracias.
Lo miró. Había algo en la situación que a Kate se le antojaba ligeramente triste.
—¿Es casualidad o qué? —trató de reír el contable—. Me temo que el antiguo talonario no da para más.
—Howard, he leído las transcripciones.
Kate dio un paso adelante.
—Las transcripciones… —Se rascó la cabeza, incómodo—. Caray, Kate, ya ha pasado un año entero. ¿Ahora?
—Howard, sé que fuiste tú —respondió Kate—. Sé que eres tú quien lo denunció.
—Te equivocas —negó con la cabeza—. El FBI me citó a declarar.
—Howard, por favor… —Kate puso la mano en el brazo del contable—. Me da igual. Sé que mi padre hizo cosas malas. Sólo quiero saber… ¿por qué lo hiciste? Después de tantos años… ¿Es que te incitaron a hacerlo? ¿Te presionaron? Howard, eras como de la familia.
—Ya te lo he dicho. —Sus ojos iban y venían, inquietos—. Me citaron, Kate. No tenía alternativa.
—Entonces, ¿quizá lo hizo otra persona? Alguien del ramo. ¿Te pagó alguien, Howard? Por favor, es importante. —Kate se dio cuenta de que parecía algo desesperada—. Tengo que saberlo.
Howard la llevó hasta el bordillo, lejos del ir y venir de los transeúntes. Kate se dio cuenta de que estaba asustado de verdad.
—¿Por qué haces esto, Kate? ¿Por qué vuelves atrás ahora?
—Para mí no se ha quedado «atrás», Howard. Mi padre ha desaparecido; hace una semana que nadie lo ve. Mi madre está hecha polvo. Ni siquiera hay manera de saber si está vivo o muerto.
—Lo siento —respondió él—. Pero no puedes estar aquí, Kate. Tengo una vida…
—Nosotros también, Howard. Por favor, sé que sabes algo. No puede ser que lo odies tanto.
—¿Crees que lo odio? —Su voz expresaba una tímida negativa, algo que Kate también interpretó como tristeza—. ¿Es que no lo entiendes? Trabajé para tu padre durante veinte años.
A Kate le brillaban los ojos.
—Lo sé.
Él no cedió.
—Lo siento. Te has equivocado al venir aquí, Kate. —Trató de soltarse—. Asúmelo, tu padre era un delincuente, Kate. Hice lo correcto. Tengo que irme.
Kate alargó la mano y cogió el brazo del contable. Apenas podía ocultar sus sentimientos. Conocía a Howard Kurtzman desde pequeña.
—Hice lo correcto, Kate. ¿Es que no lo entiendes? —Parecía que le fuera a dar algo—. Ahora vete, por favor. Ésta es mi vida ahora. Déjame, Kate, y no vuelvas.