Código azul

Andrew Gross · Capítulo 25 de 91

Páginas del PDF

Código azul

Capítulo 23

Emily Geller cruzó las puertas del instituto y vio el conocido Volvo SUV esperando al final de la larga hilera.

Ni siquiera se había acercado con el coche hasta donde estaba ella.

«Está más raro que un perro verde». Emily sacudió la cabeza. La verdad era que, desde que había vuelto con ellos, su padre se había comportado de modo algo extraño. No era el mismo de siempre, la persona llena de curiosidad, divertida y vital que la llevaba por ahí a los torneos de squash, la perseguía para que acabara los deberes o se cabreaba con ella cuando llegaban unas facturas de teléfono astronómicas.

Puede que le hubiera pasado algo mientras estaba fuera (todos habían decidido no llamarlo cárcel). Ahora, parecía siempre despistado y distante. Si le explicaba algo que había pasado en la escuela o que le había dado una paliza a alguien en la pista de squash, se limitaba a asentir con la cabeza a modo de respuesta, con esa mirada vidriosa y medio autocomplaciente en los ojos, como si ni tan siquiera estuviera allí.

Nada era como antes.

A Emily no le gustaba aquel sitio. Echaba de menos a sus amigos, a sus entrenadores.

Y, sobre todo, echaba de menos a Kate. Ahora ya no hacían las cosas igual, en familia. Un año más y se marcharía, no dejaba de repetirse Emily; a la universidad. Lo primero que haría sería recuperar su nombre.

—¿Papá? —Emily dio un golpecito en la ventanilla del pasajero.

Tenía la mirada ausente, en el vacío, como si estuviera profundamente absorto en sus pensamientos.

—Emily llamando a papá… Emily llamando a papá…

Por fin él se percató de su presencia y abrió la puerta del copiloto.

—Em…

Ella arrojó su pesada mochila en el asiento trasero.

—¿Te has acordado de la bolsa de squash?

—Claro —asintió él; pero tuvo que volver la cabeza para asegurarse de que estaba ahí.

—Ya, vale —gruñó Emily al tiempo que subía al asiento delantero—. La habrá puesto mamá.

Era lo único que aún podían hacer juntos. A él parecía gustarle verla jugar. Claro que donde vivían ahora no había equipo en el colegio y las competiciones no eran lo mismo, pero había un club a unos quince minutos al que iban algunos jugadores profesionales con los que podía entrenar. Era arriesgado, pero Emily anhelaba presentarse a los torneos nacionales en primavera, con otro nombre.

Salieron del aparcamiento de la escuela y circularon por la calle principal de la típica población de área metropolitana donde vivían ahora. Al cabo de un minuto estaban en la autopista.

—Hoy juego con ese tal Brad Danoulis —le dijo Emily. Era aquel gallito que jugaba en una escuela privada, a un par de pueblos de allí—. Siempre anda jactándose de que los chicos pueden comerse con patatas a las chicas. ¿Quieres venir a verlo?

—Claro que sí, fiera —respondió su padre distraído.

Llevaba chaqueta y una camisa a cuadros de vestir, como si se fuera a algún sitio. Y él ya nunca iba a ningún sitio.

—Sólo tengo que hacer una cosa. Luego vuelvo.

—Procura no llegar tarde, papá, ¿vale? —dijo Emily con dureza—. Tengo examen de química y un trabajo para casa, sobre El crisol. De todos modos, querrás ver cómo le doy una paliza a ese tío.

—No te preocupes. Tú mira para arriba; estaré en el sitio de siempre. Allí estaré.

Salieron de la autopista y entraron en el parque empresarial donde estaba el Club de Squash North Bay. Había unos cuantos coches aparcados delante del edificio de paredes de aluminio. Emily alargó la mano y cogió la mochila.

—El mes que viene hay un torneo regional en San Francisco. Tengo que participar. Necesito clasificarme en la Costa Oeste. Podríamos ir. Tú y yo. Como antes.

—Podríamos —asintió su padre—. Nos lo pasábamos en grande, ¿verdad, fiera?

—Todos lo pasábamos bien —respondió Emily, con un toque de amargura. Alargó la mano y sacó la bolsa de squash de la parte trasera—. ¿Algún consejo de última hora?

—Sólo éste. —La miró bizqueando un poco—. Recuerda siempre quién eres, Em. Eres Emily Raab.

Ella lo miró ladeando la cabeza. Todo lo que hacía ahora era raro.

—Supongo que me esperaba algo más del tipo «Machácale el revés, Em».

—Eso también, fiera —dijo, y le sonrió.

Cuando Emily abrió la puerta del club de squash, su padre le hizo un guiño y, por un instante, le pareció atisbar algo del padre de antes, aquel que Emily hacía tanto que no veía.

—Dale una buena paliza, cariño.

Emily le devolvió la sonrisa.

—Lo haré.

Dentro, Brad ya esperaba en la pista, peloteando muy concentrado. Llevaba puesta una camiseta que decía «CABO ROCKS».

Emily entró en los vestuarios, se recogió el pelo en una coleta y se puso los pantalones cortos. Luego salió y fue hacia la pista.

—Eh.

—Eh.

Brad la saludó con la cabeza y, haciendo gala de su chulería, hizo la fanfarronada de pasarle la pelota pegándole por detrás de la espalda.

Emily puso los ojos en blanco con cierto escepticismo.

—¿Has ido a Cabo?

—Sí. Por Navidad, el año pasado. Estuvo guay. ¿Y tú?

—Dos veces.

Ella ya había empezado a asestar golpes de derecha.

Jugaron tres sets. Brad le tomó la delantera en el primero. Tenía un golpe cruzado letal y era rápido; no se andaba con tonterías. Pero Emily se recompuso. Logró empatar a seis y fueron alternando los puntos hasta que ella ganó con un impecable smash desde la esquina. Brad pareció enfadarse y dio un golpe con la raqueta en el suelo. Hizo como si ella hubiera ganado de chiripa.

—Otra vez.

Em también lo derrotó en el siguiente set, 9-6. Fue entonces cuando Brad empezó a pisar con mucho cuidado con un pie, como si se hubiera hecho daño en el tobillo.

—Así que vas a fichar por Bowdoin… —dijo Emily, a sabiendas de que Bowdoin era un equipo de squash de primera división y que su contrincante no tenía la más mínima posibilidad.

El tercer set fue coser y cantar. Ganó a Brad 9-4.

Se lo merendó.

—Buen partido —dijo Brad, y le estrechó la mano lánguidamente—. Eres buena. La próxima vez no me dejaré.

—Gracias —contestó Emily poniendo los ojos en blanco—. Para entonces seguramente ya se me habrá curado la muñeca.

Se sentó en el banco con una toalla en la cabeza y bebió un buen trago de agua embotellada. Fue entonces cuando le vino a la cabeza. Miró hacia las gradas.

«¿Dónde coño está papá?».

No había vuelto para ver el partido. No estaba sentado donde acostumbraba a verla jugar. Frunció los labios, contrariada y algo enfadada también. Ya eran más de las cinco; le había pedido que volviera a tiempo.

«¿Dónde coño está?».

Emily salió y buscó el Volvo. Ni rastro. Entonces volvió a entrar y se quedó casi otra media hora mirando a dos de los antiguos socios disputarse encarnizadamente una victoria mientras ella hacía los deberes de mates, pendiente de la puerta todo el rato, hasta cabrearse tanto que ya no pudo aguantar.

Sacó el móvil y marcó el número de casa.

«Ahora no podemos atenderle…» anunció el contestador. Aquello ya empezaba a pasar de castaño oscuro. Tendría que haber alguien en casa. ¿Dónde estaban todos? Comprobó la hora: eran más de las seis. Tenía deberes, se lo había dicho. Emily escuchó el mensaje y esperó impaciente a que sonara el pitido.

—Mamá, soy yo. Estoy aún en el club. Papá no se ha presentado.