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Andrew Gross · Capítulo 69 de 91

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Capítulo 66

Kate oyó el ruido de un coche en medio de la lluvia, circulando a toda velocidad por la calle en mitad de la noche. La farola que había delante de la ventana del dormitorio parecía brillar más que nunca. Kate tenía los ojos abiertos. El reloj de la mesilla de noche marcaba las 3.10 de la mañana.

No podía dormir.

La pregunta de Mercado no dejaba de retumbar en sus oídos: «La puerta está abierta, Kate. ¿Quieres cruzarla?».

¿Cómo iba a seguir negándolo?

Su padre había sido parte de los Mercado. Habían sido su familia, no sólo su hermandad, sino su propia familia, su verdadera familia, desde que nació. Fraternidad. Su propio padre había estado al mando. Lo había ocultado a todos a cuantos quería. «Si es que nos quiso alguna vez», se dijo. Ahora estaba en libertad y podía ir a por su hermano por haberlo traicionado. La madre de Kate estaba muerta. Su hermano y su hermana estaban escondidos.

Esa clase de verdad no hacía libre a nadie.

No dejaba de regresar mentalmente a la foto de la mujer morena de aspecto europeo que llevaba en brazos a su hijo recién nacido. La abuela de Kate. Habían llegado desde Colombia, no desde España.

«Durante años, ha sido mi protector», había dicho Mercado de su abuelo. El abuelo que ella creía muerto en España desde hacía décadas. Ahora sí estaba muerto. Los viejos compromisos ya no contaban y eso había abocado a su padre a una espiral de venganza y represalias tan vil, tan increíble, que cada vez que lo pensaba era como si le asestaran un puñetazo en la boca del estómago. Su familia había sido sacrificada para que su padre pudiera meterse en el programa.

El programa que había mantenido a su hermano oculto durante veinte años.

Kate se apartó de la ventana. ¿Qué era lo que les había dicho Margaret Seymour?: «Soy como una especialista en los Mercado».

Tenían la misma agente.

Lo que Mercado le había contado era verdad; Kate se daba cuenta, por mucho que le doliera aceptarlo. Por mucho que eso convirtiera los últimos veinte años de sus vidas en una endeble fachada.

Lo vio en su cara: sabía lo de Rosa; conocía el verdadero nombre de Kate; tenía la mitad que encajaba con el sol roto. Su padre estaba vivo. A Kate eso ya no la alegraba; la angustiaba. Sabía que todo tenía que ser cierto.

«Tu familia somos nosotros, Ben, no ellos. Tienes que elegir».

Ahora sabía lo que esas palabras significaban. «Su deber». Lo que más dolía era que hubiera mentido todos estos años. A todos.

Kate se incorporó, con el camisón empapado en un sudor frío. Junto a ella, Greg se removió. Ya no tenía claro qué era lo correcto. Decirle a Cavetti todo lo que sabía. La inquietante foto que había encontrado: Ben y Mercado. Lo que Howard le había revelado. Que su padre se había hecho caer a sí mismo. Todo lo que el anciano le había contado en el parque.

¿Por qué?

El WITSEC nunca había jugado limpio con ella. Siempre había protegido a Mercado. Siempre había sabido su secreto.

Era a su padre a quien buscaban desesperadamente.

En algún momento, a Kate la venció el cansancio y se sumió en un sopor breve, irregular. Tuvo un sueño: su padre estaba en la glorieta donde ella le dijo por primera vez que no entraría en el programa.

Parecía tan distante, tan derrotado. Tan poca cosa. Su tacto era tembloroso y asustado.

Cuando se volvió hacia ella, en sus ojos había un brillo malévolo.

Kate abrió los ojos de golpe. El reloj marcaba las 4.20. Tenía la almohada empapada de sudor y el corazón desbocado.

Había interpretado mal la reacción de su padre.

Kate siempre había creído que no era más que una expresión de vergüenza. Por eso era incapaz de mirarla. Una vergüenza que nunca antes había tenido que sobrellevar. Pero no era eso lo que había en su semblante.

Era el semblante del hombre de la escena que había recordado en el tren. Una pesadilla de la infancia. Alguien a quien nunca antes había visto, agarrando a su madre por el brazo, con un brillo desconocido en los ojos.

¡Con el puño levantado!

«¿Quién acribilló esa noche nuestra casa? —se preguntó de pronto Kate—. ¿Quién mató a mamá?».

¿De verdad quería Kate cruzar esa puerta?

«¿Por qué sales en esa foto, papá?».

Desde el otro lado de la cama, Greg alargó la mano en la oscuridad, buscándola a tientas.

Ella se dejó envolver por sus brazos y se acurrucó junto a él. Greg le susurró:

—¿Pasa algo?

Kate ya no sabía en quién confiar.

—¿Siempre podré contar contigo, Greg? ¿Sí? ¿Siempre podré confiar en ti?

—Claro que sí, bicho. —La estrechó aún con más fuerza.

—No, necesito oírtelo decir, Greg. Ya sé que es una tontería, pero sólo por esta vez, por favor…

—Puedes confiar en mí, Kate —dijo él en voz baja. Ella cerró los ojos—. Pase lo que pase, cariño, siempre me tendrás.