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Andrew Gross · Capítulo 18 de 91

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Capítulo 16

Kate lo encontró en el porche trasero, sentado en una silla Adirondack bajo la fría brisa de finales de septiembre y contemplando el estrecho.

Ya le notaba algo distinto. Tenía los dedos cerrados delante de la cara y la mirada fija en el agua, con un vaso de bourbon en el brazo de la silla, a su lado.

Ni siquiera se volvió.

Kate se sentó en el columpio de enfrente. Él la miró por fin, con una sombra inquietante en los ojos.

—¿Quién eres, papá?

—Kate… —Se volvió y quiso cogerle la mano.

—No, necesito oírtelo decir, papá. Porque, de repente, no lo tengo claro. De repente, trato de entender qué parte de ti, qué parte de todo esto no es una mentira disparatada. Con todo eso que pregonabas sobre lo que nos hacía ser fuertes: nuestra familia… ¿Cómo has podido, papá?

—Soy tu padre, Kate —respondió él, hundiéndose aún más en la silla—. Eso no es mentira.

—No. —Sacudió la cabeza—. Mi padre era aquel hombre honrado en quien se podía confiar. Él nos enseñó a ser fuertes y a cambiar las cosas; él no me decía mirándome a los ojos que confiara en él y al día siguiente confesaba que toda su vida era una mentira. Lo sabías, papá, sabías en todo momento lo que hacías; lo sabías cada día que volvías a casa con nosotros, joder, cada día de nuestras vidas…

Él asintió.

—Lo que no es mentira es que te quiero, gorrión.

—¡No me llames así! —exclamó Kate—. Nunca vuelvas a llamarme así. Así es como lo pagarás. Mira a tu alrededor, papá, mira el daño que has hecho.

Su padre se estremeció. De pronto, a Kate le pareció que empequeñecía, que se debilitaba.

—No puedes levantar como si nada este muro en el centro de tu vida y decir: «Por este lado soy una buena persona y un buen padre, pero por el otro soy un mentiroso y un ladrón». Ya sé que lo sientes, papá; estoy segura de que te duele. Me gustaría apoyarte, pero no sé si seré capaz de volver a mirarte del mismo modo.

—Pues no te quedará más remedio, Kate. Para pasar por esto, todos vamos a necesitarnos los unos a los otros, ahora más que nunca.

—Pues de eso se trata —replicó Kate negando con la cabeza—. No voy con vosotros, papá. Me quedo.

Raab se volvió, con las pupilas fijas y dilatadas. Alarmado.

—Tienes que venir, Kate. Podrías estar en peligro. Sé que estás muy enfadada; pero si testifico, cualquiera que pueda conducir hasta mí…

—No —lo interrumpió ella—. No. No tengo por qué, papá. Tengo más de veintiún años. Mi vida está aquí, mi trabajo, Greg. Tal vez puedas arrastrar contigo a Em y Justin, y Dios quiera que encuentres el modo de reparar el daño que has hecho; pero yo no me voy. ¿No te das cuenta de que has destrozado vidas, papá? Y no sólo la tuya: las de personas a las que querías. Les has arrebatado a alguien a quien querían y admiraban. Lo siento, papá. No dejaré que arruines también la mía.

Él la miraba fijamente, atónito por lo que estaba oyendo. Entonces bajó la mirada.

—Si no vienes —dijo—, ya sabes que puede que tardes mucho en volver a vernos.

—Lo sé —respondió Kate— y eso me rompe el corazón, papá. Casi tanto como mirarte ahora.

Él contuvo la respiración y le tendió la mano, como buscando algún tipo de perdón.

—Yo sólo compré el oro —dijo—. Jamás he visto una bolsa de cocaína.

—No, papá, no es tan fácil —respondió Kate, enfadada. Le cogió la mano, pero esos dedos no eran los mismos que había tocado el día anterior; ahora eran extraños, desconocidos y fríos—. Mira a tu alrededor, papá. Ésta era nuestra familia. Lo que has hecho es mucho peor que eso.