Código azul
Cuarta parte
55
El vuelo 268 de American Airlines tomó tierra sobre la pista del aeropuerto JFK, y el gran avión frenó hasta detenerse.
Kate, con el brazo derecho en cabestrillo, miraba por la ventana desde su asiento de primera clase. A lo lejos veía la conocida torre de control, junto a la vieja terminal de Saarinen con forma de montura donde ahora estaba JetBlue.
Estaba en casa.
Al otro lado del pasillo había dos agentes de los US Marshals. La habían acompañado hasta el aeropuerto desde el hospital de Seattle donde había pasado tres días. Tenía el hombro bien: la bala lo había atravesado limpiamente. Le habían desinfectado la herida y le habían inyectado sedantes para el estado de choque hasta que había estado lista para el viaje de vuelta. Tendría que llevar el brazo en cabestrillo durante una semana más aproximadamente.
Sin embargo, ni toda la morfina y el Valium del mundo habrían bastado para calmar el verdadero dolor.
El dolor de revivir la horrible escena una y otra vez, siempre que tenía que relatarla a los inspectores. El momento en que se miró llena de perplejidad el agujero del hombro y se volvió hacia su madre, sin comprender.
La imagen de la cabeza de Sharon ligeramente caída hacia delante, el anillo de sangre que le crecía en el jersey. La brutal sorpresa que se había apoderado de ella. «¡Mamá!».
Y las preguntas. El cerebro de Kate no las distinguía con claridad. ¿Y si nunca hubiera ido? ¿Y si hubiera hecho caso de la advertencia del río, como Greg le había rogado? ¿Y si se hubiera limitado a ir hasta la casa del lago y llamar a la puerta? No la habrían dejado ver a su familia. ¿Y si no se hubiera agachado a coger aquel vaso?
Su madre seguiría con vida.
Justin y Emily habían tomado un vuelo a casa el día antes. Estaban con su tía, en Long Island. El funeral sería el jueves. Después de eso, ¿quién sabía? Tal vez eso era todo. El daño estaba hecho. El seguro, pagado.
Habían encontrado algo horroroso en la azotea del hotel desde donde habían disparado, en una bolsa de plástico, junto con el rifle abandonado del francotirador: una lengua cortada. Una lengua de perro. Esta vez el mensaje de Mercado era de una claridad escalofriante. «Esto es lo que hacemos a los que hablan».
«Maldito seas, papá. —Kate cerró los ojos mientras el avión se detenía y se acoplaba al finger—. Mira la mierda que has provocado».
Acercaron una silla de ruedas a la puerta. Uno de los agentes cogió el bolso de Kate, la ayudó a levantarse y la condujo por el finger. El corazón casi le estallaba de ansiedad.
Greg estaba de pie al final del pasillo. Llevaba vaqueros y la sudadera de la Universidad Rice. Iba despeinado, tenía los ojos llenos de lágrimas y sacudía la cabeza, con algo de tristeza.
—Bicho…
Kate se levantó de la silla y se fundió en un abrazo con él. Por un instante no hicieron más que estrecharse el uno al otro. Ella era incapaz de mirarlo a la cara, por miedo a apartar la cabeza de su hombro.
—Oh, Dios mío, Greg. —Se estrechó contra él—. Mamá está muerta.
—Lo sé, cariño, lo sé…
Él volvió a dejarla en la silla. Aún estaba débil. Greg se arrodilló y comprobó el cabestrillo.
—Estoy bien. —Los agentes del gobierno estaban apiñados a su alrededor—. Diles que se vayan, Greg. Por favor. Sólo quiero que todo vuelva a ser como antes.
—Lo sé —asintió, inclinando su rostro hacia el de ella.
—¿Por qué han hecho esto? —preguntó Kate—. ¿Qué quieren de nosotros?
Greg le acarició la mejilla con los nudillos.
—No sé, pero no pienso permitir que vuelvan a hacerte daño. Te lo prometo. Voy a cuidar de ti, Kate. Nos mudaremos; haremos lo que haga falta.
—Papá nos ha salido muy caro, Greg. Y ni siquiera sé si está vivo.
—Ahora ya da igual —dijo—. Tengo bastante con que estés en casa, Kate. Y a salvo. Ahora ya no importa nada más que nosotros dos.
Tomó la silla y la llevó por la terminal. Un coche del gobierno esperaba junto a la acera. Cuando se acercaron, salieron de él un par de agentes. Greg ayudó a Kate a bajar de la silla y meterse en el asiento trasero, y los agentes subieron delante. Comenzó a sonar una sirena en el momento en que el coche arrancó y empezó a moverse.
Greg sonreía mientras se alejaban.
—Fergus estará contento de que hayas vuelto. Creo que a estas alturas ya empieza a estar harto de las comidas que le hago yo.
Kate sacudió la cabeza.
—Lo único que hay que hacer es echárselo en el comedero, Greg.
—Ya. Pues no le gustará cómo se lo echo.
Kate sonrió y apoyó la cabeza en el hombro de él. Apareció ante sus ojos la línea del horizonte de Manhattan. Iba hacia casa.
—Tienes razón —dijo—. La verdad es que ya no importa.
—¿El qué, bicho? —respondió Greg.
—Nada.
Kate cerró los ojos. En brazos de él, todo parecía estar a años luz. «Seguramente estará muerto».