Código azul
Capítulo 12
—Se trata de su seguridad personal —lo interrumpió el agente Ruiz.
—Mi seguridad… —Raab palideció de pronto, al recordar lo sucedido la noche anterior.
—Sí, y la de su familia, señor Raab —asintió el agente.
—Creo que es hora de explicar unas cuantas cosas. —Booth abrió un dossier—. Ahora mismo hay una guerra, señor Raab, una guerra por el control entre facciones de los cárteles de la droga colombianos. Entre los que operan en este país y los que lo hacen allí, en Sudamérica. ¿Ha oído hablar de Óscar Mercado?
—Claro que he oído hablar de Óscar Mercado —respondió Raab, palideciendo. Todo el mundo le conocía.
Ruiz deslizó hacia él una foto en blanco y negro desde el otro lado de la mesa. Rostro delgado y curtido, cabellos largos, ojos insensibles y vacíos. Tenía la barbilla cubierta por una espesa perilla, y traía a la memoria imágenes de familias y jueces asesinados por haberse puesto en medio.
—Se sospecha que Óscar Mercado lleva varios años oculto en Estados Unidos o México —empezó a explicar el agente Booth—. Nadie lo sabe. La gente con quien usted hacía negocios forma parte del brazo financiero de su organización. Esa gente asesina a sangre fría, señor Raab, y protege hasta la muerte lo que considera suyo. En los últimos años, su organización se ha visto sacudida por varias deserciones internas. El patriarca familiar ha fallecido. Hay una guerra por el control. No van a permitir que «el típico ejecutivo judío de escuela de empresariales» que lleva varios años viviendo tan ricamente con lo que saca de ellos desmonte todo lo demás con su declaración en un juicio.
—Ya ha visto lo que hace esa gente, señor Raab —intervino Ruiz—. No se limita a ir a por ti, como en esas películas de la mafia. Estamos hablando de la fraternidad, señor Raab, de la fraternidad de Mercado. Matan a tu familia. A tu mujer. A tus preciosos críos. Joder, hasta te matan al perro como ladre. ¿Vio en las noticias lo de aquella familia entera que asesinaron en Bensonhurst el mes pasado? Dejaron a un bebé de seis meses en una trona, con una bala en la cabeza. ¿Está preparado para eso? ¿Está su mujer preparada para eso? ¿Y sus hijos? Permítame preguntarle, señor Raab: ¿está preparado para no pegar ojo ni una sola noche durante el resto de su vida?
Raab se volvió hacia Mel, sintiendo un retortijón en la tripa, cada vez más fuerte.
—Podemos luchar, ¿no? Nos arriesgaremos a ir a juicio.
Booth habló con más crudeza.
—No nos está escuchando, señor Raab. Está en peligro. Toda su familia está en peligro, sólo por el hecho de encontrarse aquí.
—Y aunque opte por luchar —añadió Ruiz tímidamente—, nunca estarán del todo seguros de lo que puede llegar a decir, ¿verdad, señor Raab? ¿Está preparado para afrontar ese riesgo?
El retortijón de Raab fue a más, acompañado de náuseas.
—Lo tienen agarrado por las pelotas, señor Raab. —El agente hispano se rió entre dientes—. Me extraña que no se lo planteara cuando se paseaba por el centro con ese Ferrari suyo tan lujoso.
Raab se sentía como si las tripas se le estuvieran deslizando lentamente por un acantilado. Estaba acabado. De nada servía mantener su defensa; ahora tenía que hacer lo que le correspondía.
Ya no podía evitar que aquel tren se estrellara. Que se estrellara contra él. Veinte años de su vida arrancados…
Miró con tristeza a Mel.
—Tienes que cuidar de tu familia, Ben —le aconsejó el abogado, agarrándole el brazo.
Raab cerró los ojos y soltó un doloroso suspiro.
—Puedo llevarlos hasta Concerga —le dijo a Booth tras abrir de nuevo los ojos —. Y también hasta Trujillo. Pero tengo que proteger a mi familia.
Booth asintió, y dirigió a Ruiz y al fiscal federal una mirada triunfante.
—A cambio de su testimonio —dijo Nardozzi—, podemos pedir prisión preventiva para usted y trasladarle junto con su familia a un lugar seguro. Podemos conseguir que conserve un porcentaje de sus activos, para que pueda mantener un estilo de vida similar al actual. Cumplirá diez meses en algún lugar… hasta el juicio. Luego usted y su familia simplemente van a desaparecer.
—¿Desaparecer? —Raab lo miró boquiabierto—. ¿Como en el Programa de Protección de Testigos, se refiere? Eso es para mañosos, delincuentes…
—En el programa WITSEC hay todo tipo de personas —lo corrigió Booth—. Lo único que tienen en común es el temor a sufrir represalias por su testimonio. Allí estará seguro. Y, lo que es más importante, su familia también. Nunca nadie ha conseguido traspasar el programa cuando se han respetado las reglas. Hasta puede escoger la zona del país donde deseen vivir.
—No tiene alternativa, señor Raab —lo apremió Ruiz—. Su vida no vale nada, ya sea en la calle o en prisión, tanto si se enfrenta a estas acusaciones como si no. Se cavó su propia tumba el día que empezó a tratar con esta gente. Desde entonces lo único que ha hecho es ir cambiando de sitio la mugre.
«¿Cómo vamos a hacer frente a esto?», pensó Raab mientras las palabras del agente se le clavaban como balas huecas. ¿Y Sharon y los niños? Su vida, todo cuanto conocían, todo con lo que contaban… ¡desaparecido! ¿Qué podía decirles para que lo entendieran?
—¿Cuándo…? —asintió Raab, derrotado, con los ojos vidriosos—. ¿Cuándo empieza todo esto?
Nardozzi sacó unos papeles y los deslizó sobre la mesa, delante de Raab. Una hoja que parecía oficial con el encabezamiento «Departamento de Justicia de Estados Unidos. Formulario 5-K. Acuerdo de testigo colaborador». Destapó un bolígrafo.
—Hoy, señor Raab. En cuanto firme.