Código Azul: Srie Atrous, Libro Dos

N.R. Walker · Capítulo 16 de 30

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Código Azul: Srie Atrous, Libro Dos

Capítulo Catorce

JEREMY y yo nos quedamos en la cocina, mirándonos fijamente. Primero se rio él y luego me reí yo.

¿Alivio? ¿Asombro? ¿Sorpresa?

Sí.

—Bueno —dije—. Eso fue...

Asintió.

—Sí, lo fue.

Volví a reír, y luego me lamí la comisura de los labios.

Por supuesto, lo miró y tomó mi barbilla entre el pulgar y el índice.

—El primer hombre que besé.

Oh, vaya.

Me sentí mareado, mis rodillas eran débiles.

—¿Y? ¿Cómo fue?

Su sonrisa era perversa.

—Divertido. —Me empujó contra el mostrador de nuevo, su agarre en mi mandíbula un poco apretado. Muy caliente.

Y me besó de nuevo.

Una lengua áspera, dura y profunda y unas manos seguras. Le dejé hacer lo que quería hasta que mi cuerpo se acercó rápidamente a ese punto de no retorno. Rompí el beso y esta vez me mordió la mandíbula hasta el

cuello. Unas calientes sacudidas de placer me recorrieron y lo empujé hacia atrás con una carcajada.

—No creo que estés preparado para lo que pasará si sigues haciendo eso. —Tuve que reajustarme la polla—. Dios.

Él sonrió, con suficiencia. Labios húmedos, deseo en sus ojos.

—Probablemente tengas razón. —Pero luego buscó en mis ojos como si tratara de encontrar la respuesta a algo en su cabeza—. No sé por qué…

Oh, vaya.

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué tú? ¿Por qué un hombre? Es absurdo. Pero tú...

—¿Pero yo?

—Sí, pero tú. ¡Te acabo de besar! Y me gustaría hacerlo de nuevo. No tiene sentido. No soy gay. Ni siquiera soy bi. Me gustan las mujeres.

Siempre me han gustado. —Negó con la cabeza—. Pero tú... Tú eres diferente.

—Eh, gracias.

—Y acabas de descargar un montón de equipaje de tu pasado, así que me sentido de oportunidad probablemente está fuera de lugar.

—Y casi te mueres ayer. Tienes un acosador loco, y tuvimos una gran pelea en la que me despediste, y te afeitaste la cabeza esta mañana.

—No te despedí. Bueno, lo hice, pero no era mi intención. Ni siquiera creo que tenga la capacidad de despedirte. Estaba enfadado. Pensé que no confiabas en mí para contarme lo que te pasó. Pensé que teníamos algo, algo más profundo, donde debías confiar en mí como yo confío en ti.

—Confío en ti.

—Lo sé. —Frunció el ceño—. Y para ser honesto, estaba más que nada enfadado contigo porque no dejaba de pensar en ti y en cómo quería besarte y en lo jodidamente extraño que era eso. Me estaba volviendo loco. Es muy confuso. E incluso ahora, no quiero pensar en lo que significa.

Era justo. Conocía el ping pong mental que jugué cuando me di cuenta de que me atraían los chicos. No quería pensar en lo que significaba o en qué etiquetas tenía.

—No tienes que pensar en ello —dije—. No tienes que ponerle nombre a nada, Jer.

Me pasó el pulgar por la mandíbula. Sus ojos me observaban con asombro.

—Barba naciendo, piel áspera. Estoy acostumbrado a la suavidad y a la delicadeza. No sé por qué es diferente contigo. Esto no debería sentirse tan bien.

Me incliné hacia su contacto. Hacía tanto tiempo que nadie me tocaba así. De hecho, me hizo sentir un poco mareado.

—Vaya.

Levantó mi cara y apretó su cuerpo contra el mío.

—¿Por qué me parece esto tan excitante?

Me eché a reír y, en un rápido movimiento, nos giré y lo apoyé contra la encimera de la cocina, como él había hecho conmigo, sin forzarlo demasiado, pero tampoco con delicadeza. Mis caderas contra las suyas, duras y rápidas.

—Joder —jadeó.

Dios, lo deseaba.

Lo deseaba de todas las maneras imaginables. Pero él no estaba preparado para eso.

Dejé escapar una respiración temblorosa y traté de canalizar algo de autocontrol.

—Deberíamos ir más despacio.

Gruñó.

—¿Debemos?

—Jeremy —respiré—. Mi autocontrol apenas se sostiene. Ha pasado mucho tiempo para mí, y todo esto es demasiado, demasiado rápido. Voy a

avergonzarme.

Tardó un segundo en darse cuenta y, por supuesto, se rio. Me acercó aún más por las caderas, sus dedos se clavaron en mí, y tuve que dar un paso atrás.

Me llevé la mano a la frente. Mi cuerpo estaba tenso, mi polla estaba dura y mis pelotas estaban tornándose azules.

—Sí, vale, no estaba bromeando. Necesito un minuto.

Se rio y, afortunadamente, me dejó un poco de espacio, pero entonces se llevó la mano a su recién adquirida cicatriz, e hizo una mueca.

Eso fue un asesino de la erección. Lo inspeccioné, buscando cualquier signo de enrojecimiento.

—¿Te duele? ¿Cómo está tu dolor de cabeza?

—Está bien. Lo había olvidado. Me distrajiste.

Sonreí ante eso.

—¿Quieres tumbarte en el sofá y ver la tele? ¿O echar una siesta?

¿Tienes hambre?

—Podríamos ver la televisión. —Se balanceó hacia delante y hacia atrás, y se mordió el labio inferior—. ¿Habrá besos en el sofá?

Me reí, mi corazón se estremeció ante sus palabras.

—Si quieres.

—Quiero.

Así que me llevó al sofá y procedió a empujarme sobre este y a acariciar el cojín.

—Tu cabeza aquí. Acuéstate.

—Bien, mandón. ¿Siempre consigues lo que quieres?

Sonrió mientras yo hacía lo que me decía.

—Vamos, Steve. Sabes que sí. —Luego se acostó a mi lado, de cara a mí. Mi brazo fue su almohada y se acurrucó en mí.

De acuerdo, entonces.

Dejé que mi brazo se deslizara alrededor de él y besé cuidadosamente su frente cerca de su cicatriz.

—¿Jeremy? No estás de cara al televisor.

—Hm. —Suspiró—. Esto es mejor.

Esto era taaaan bueno. Y muy surrealista.

¿Cómo ha podido ocurrir esto?

—Los abrazos son buenos —murmuró.

—Lo son. —Los abrazos eran lo mejor. Había echado de menos este tipo de contacto. Ser íntimo con alguien, afectuoso.

Y aquí estaba yo, siendo íntimo, cariñoso... con Jeremy.

Tiene que ser un sueño.

—Se siente como un sueño —murmuré—. Estar aquí contigo así.

Pasó su nariz por mi garganta.

—No es un sueño. Aunque es raro.

—¿Raro?

—Sí. ¿Cómo es que hueles bien? Estoy acostumbrado a los aromas florales y a las brumas corporales femeninas. Tú eres todo lo contrario a eso. Hueles como... bueno, no sé. Un chico.

—Divertido, ¿eh? —Realmente no debería haber bromeado al respecto cuando todo era tan nuevo y extraño para él—. Lo siento. Sé que tiene que ser extraño para ti.

—Lo es. —Pasó sus labios por mi cuello y me estremecí, haciéndole sonreír—. Eres todo músculos y ángulos duros, barba naciente y manos duras. Hace semanas que quería besarte. Dios, cogerte de la mano fue un subidón. —Se apartó para encontrarse con mis ojos—. Es extraño, y es confuso. Intento no pensar demasiado en ello.

Le acaricié la mejilla.

—Sólo haz lo que se siente bien.

—Bueno, lo estaba intentando en la cocina pero necesitabas un minuto.

Me reí.

—Estar aquí tumbado contigo así tampoco me hace ningún favor, para que lo sepas.

—Cuando dijiste que había pasado un tiempo para ti, ¿de cuánto tiempo estabas hablando?

Oh, Dios.

—Es, eh, han pasado años.

Jeremy se quedó mirando.

—¿Años? Por Dios. Pensé que mis seis meses eran toda una vida.

—Seis meses, ¿eh? Me preguntaba por qué no te habías enrollado con nadie en la gira.

Sus ojos parpadearon entre los míos.

—Porque... por una docena de razones. Sobre todo porque empezaba a fijarme en alguien que me daba miedo.

—¿Te asustaba? ¿Quién? ¿En qué país estábamos?

Se rio.

—No es un acosador ni nadie que dé miedo… bueno, puede serlo.

Cuando está enfadado. Estoy hablando de ti.

Espera.

¿Qué?

—¿Has estado pensando en mí así durante seis meses?

Me frunció el ceño.

—No dejes que se te suba a la cabeza. Para ser sincero, me molestó mucho. Porque, ¿qué coño? ¿Un tío? ¿Y tú? El Sr. Steve, el Hombre de Hielo, puede matar a cualquiera con una mirada bien dirigida, atemoriza a todo el mundo. Quiere que todo el mundo piense que es un tipo duro cuando en realidad es dulce y divertido. Es decir, sigue siendo un tipo duro, pero también es dulce y divertido. Se parece un poco a Jason Bourne. Actúa un poco como él también. Es muy protector, lo cual es sexi. No voy a mentir. Sí, él, ese tío. Como dije. ¿Qué demonios? Traté de convencerme de no lo hacerlo. Lo cual salió muy bien, como puedes ver.

Vaya.

Me reí. No pude evitarlo.

—Siento decepcionarte.

Suspiró con una sonrisa y parpadeó lentamente, aparentemente contento de simplemente recostarse en mis brazos en el sofá.

—Cuando dijiste que habían pasado años...

Resoplé.

—Me refiero a años. No me resulta fácil relajarme lo suficiente cuando estoy con alguien. Teniendo en cuenta que la última vez que me metí en la cama con un chico, me apuñalaron seis veces.

Su mirada se dirigió a la mía y me acarició el cuello.

—Gracias por contarme —susurró—. Sobre tus cicatrices y el imbécil que te hizo eso. Por confiar en mí.

—Confío en ti.

—Ya estás relajado —dijo. Su tono lo convirtió en una pregunta.

—Sí. Me siento seguro aquí.

Me estudió por un momento.

—Espero que haya recibido su merecido. El tipo que lo hizo.

—Le echaron dos años.

—¿Dos años? ¿Eso es todo?

Negué con la cabeza.

—Al principio. Pero se encontró con más problemas en la cárcel. Hubo una pelea y algún otro recluso murió, y un guardia resultó herido. A Hystek le añadieron otros quince años a su condena.

—Bien —gruñó—. Bueno, no es bueno para el tipo que murió, obviamente. Pero bueno que él siga encerrado.

Mi teléfono vibró. Tuve que meter mi muslo entre los suyos para poder sacar mi teléfono del bolsillo. Jeremy gimió y yo me mordí una risa mientras respondía.

—Riko.

—Sí, jefe. ¿Puedes hablar?

Sabía que Jeremy podía oír cada palabra, pero no tenía nada que ocultarle.

—Claro.

—Estoy en tu oficina. Hay un... hay un montón de mercancía publicitaria aquí. Como cajas y bolsas.

—¿Mercancía?

—Sí, camisetas, sudaderas, lápices, agendas, carteles, ese tipo de cosas.

Hay cuatro calendarios diferentes en tu escritorio.

Jeremy se rio.

—Le pedí a Ryan que te llevara uno de cada muestra.

Riko habría escuchado lo cerca que estaba la voz de Jeremy de la mía.

—Y, jefe —añadió—. Hay un póster de cartón de tamaño natural de Jeremy.

Jeremy se rio.

—Ryan debería recibir un aumento.

Hubo un segundo de silencio.

—¿Estoy en el altavoz? —preguntó Riko.

Me alejé de Jeremy lo mejor que pude, medio de espaldas, y traté de mantener el teléfono lejos de Jeremy.

—No, lo siento. Jeremy sólo está siendo molesto.

Jeremy se incorporó y frunció el ceño lo mejor que pudo, pero luego sus ojos se dirigieron a mi pecho, y más abajo, más abajo, más abajo... Era difícil sentirse escudriñado cuando me miraba con parte de fascinación, deseo y confusión.

Riko estaba en mi oído, contándome sobre la reunión de Ambrose con los federales y la policía de Los Ángeles, y las acaloradas reuniones con el equipo de relaciones públicas, todo ello mientras Jeremy me miraba la entrepierna.

No necesitaba ser un lector de mentes para ver que estaba tratando de averiguar hasta dónde llegaba esta atracción. Físicamente, eso era un punto.

Una cosa es que un chico tal vez bisexual se tome de la mano con un hombre, que lo bese. Pero cuando las pollas se involucran, puede ir cuesta abajo muy rápido.

Le agarré la barbilla, haciendo que sus ojos se encontraran con los míos.

—Gracias, Riko. Mantenme informado. —Desconecté la llamada, sin romper el contacto visual, y deslicé mi teléfono sobre la mesa de café.

¿Estaba a punto de enloquecer?

Jeremy tiró del dobladillo de mi camisa y la levantó, luego pasó su mano por mis abdominales y la cintura de mis vaqueros.

De acuerdo entonces. Nada de miedo.

—¿Estás bien ahí? —pregunté con voz áspera.

Sonrió, con los ojos llenos de picardía y calentura. Y entonces se abalanzó sobre mí. Aplastó su boca contra la mía y presionó su peso sobre mí, su mano se deslizó bajo mi culo y me levantó la pierna.

Joder.

Introdujo su lengua en mi boca, sus caderas se movieron y gruñó.

Rompí el beso con un jadeo. Había pasado de cero a cien en un instante.

Estaba demasiado cerca.

—Jeremy, Dios...

Había pasado demasiado tiempo para mí. Estaba tan duro como yo.

Podía sentirlo, y era todo lo que quería.

Si no paraba ahora, iba a hacer que me corriera.

Sus ojos estaban llenos de fuego.

—Quiero esto. Dime que tú también quieres esto.

Oh, cielos.

Lo único que pude hacer fue asentir.

Volvió a besarme, con fuerza y profundidad, encajó una pierna entre las mías y se presionó contra mí. Nos movimos, meciéndonos atrás y adelante,

aún con la ropa puesta. Le agarré el culo y subí las caderas, frotando mi erección contra él, desesperado por conseguir más. Cuando gimió en mi boca, supe que no había vuelta atrás.

Estaba tan excitado como yo.

Su erección me presionaba la cadera, su muslo entre mis piernas me rozaba los huevos. Arrastré mis manos por su espalda, sobre su culo, palpando cada centímetro que podía alcanzar, mientras me rozaba intensamente contra él.

Todavía no podía creer que estuviera haciendo esto con Jeremy.

Jeremy Dalton.

Que quisiera hacer esto conmigo.

Tuvo que romper el beso para respirar. Desgarrado y agitado, condujo su cuerpo contra el mío a la perfección, su espalda se arqueó mientras sus dedos se clavaban en mí piel. Cerró los ojos, gimió y se estremeció.

Mierda, se estaba corriendo.

Agarré su culo y empujé, persiguiendo la fricción, precipitándome hacia mi propio orgasmo. Entonces Jeremy gruñó y se presionó más, con todo su cuerpo sacudiéndose.

Y esa bobina en mi vientre, ese tirón en mis bolas, se deshizo y me corrí. Me aferré a él, con el cuerpo tenso, mientras un pulso tras otro de placer me bañaba.

Jeremy se derrumbó encima de mí, con su cara en mi cuello, y su peso me hizo sentir una oleada de escalofríos. Después de unos largos momentos, se rio.

—¿Qué coño ha sido eso?

Me reí, apenas recuperando el aliento.

—Eso fue... seguro que fue algo importante.

Sin tocarnos, todavía vestidos, como adolescentes cachondos. Me corrí en mis vaqueros, Jeremy en su pantalón de chándal, y el olor a sexo flotaba en el aire.

Apoyó la cabeza en su mano, con los ojos pesados. Me pregunté por un segundo si las cosas serían incómodas... pero entonces sonrió y volvió a besarme.

Y siguió besándome, profunda y lánguidamente, con lengua lenta y labios tiernos. Fue un beso serio que hizo que mi corazón latiera contra mis costillas.

¿Era esto sólo una exploración física para él?

¿O significaba algo más?

No me atreví a preguntar por si reventaba la burbuja surrealista en la que me encontraba.

Ralentizó el beso y lo terminó tirando de mi labio inferior entre los suyos.

—Podría besarte todo el día —dijo soñadoramente. Pero entonces se despegó de mí y se levantó. Me tendió la mano—. Vamos, corre. —Luego se detuvo—. Oh. Ya lo hiciste.

Me eché a reír. Dios.

—Quise decir que me siguieras... no que te corrieras, que ya lo has hecho. —Se rio—. Aunque me apunto a correrme más. Es la mejor cura para la resaca.

Me puso en pie y dejé que me llevara, que resultó ser, a su habitación.

Bueno, a su baño. Donde entró y se quitó la camiseta como si no fuera gran cosa.

—Hora de la ducha —declaró—. No me he corrido en los pantalones desde que tenía dieciséis años.

Era tan abierto en todo, como lo era con todos los temas. No sé por qué me sorprendió que fuera igual con esto.

Entró en la ducha y abrió el agua, luego volvió a salir y deslizó las manos bajo la cintura de sus pantalones de deporte.

—No puedes ducharte con la ropa puesta, Steve —dijo.

Hmm. Desnudarme nunca fue fácil para mí. Veían mis cicatrices y sentían repulsión o una extraña curiosidad. Pero este era Jeremy... Era diferente, ¿no?

No tuve mucho tiempo para contemplar, porque se bajó los pantalones y se los quitó.

Jeremy estaba desnudo delante de mí. Su cuerpo ágil y en forma, marcado y musculoso, el pecho desnudo, los abdominales definidos y una magnífica polla que colgaba semidura. Su prepucio intacto. Dulce madre de Dios.

Estaba de pie en su baño con él, cuando estaba completamente desnudo.

Y nos habíamos besado hasta que ambos llegamos al orgasmo.

Empezaba a preguntarme si tal vez me había golpeado la cabeza en la piscina y si todo esto era una especie de sueño cruel.

—No debo mojar este estúpido pegamento quirúrgico hasta dentro de un día. —Entonces se miró en el espejo e hizo una doble toma—. Mierda. Mi pelo.

Señalé la basura.

—Si lo buscas. —Había mechones de su pelo en ella. Y en el lavabo—.

Y ahí dentro. Hiciste una mierda de limpieza.

Jeremy resopló.

—Cállate y métete en la ducha. Estás desperdiciando agua.

Agh.

Bien, entonces.

Me quité los zapatos y los calcetines, la camisa y los vaqueros. Nunca me había duchado con nadie. ¿Qué hacía? ¿Sólo entrar?

—Toma —dijo Jeremy entregándome una esponja jabonosa—. Aunque ayuda si estás realmente mojado.

Estaba seguro de que lo hacía para que me sintiera más tranquilo.

Funcionó. Me dio algo en lo que concentrarme, al menos.

Su ducha era enorme, ridículamente enorme. Había varios chorros de agua y espacio suficiente para seis personas, por no hablar de dos. Me lavé primero el semen antes de enjabonarme el pecho y las axilas. Jeremy me miraba, sonriendo.

—Tengo que mantener la cabeza seca, si no podríamos tener un sexo impresionante en la ducha.

Tosí con el vapor.

—Ahhh.

Jeremy se rio.

—Es una broma.

—Yo, nunca me he duchado con nadie antes, y mucho menos he tenido sexo en la ducha.

—¿Nunca?

—Nunca. —Me encogí de hombros—. Además, el lubricante resistente al agua es una mierda para limpiar.

Su sonrisa se apagó al darse cuenta.

—Oh.

Fue mi turno de reír.

—Es una broma.

Cerró el agua y le pasé una toalla.

—Tengo que ir a por algo de ropa —le dije.

—Ponte algo mío. Tengo un armario entero de prendas que nunca me pongo. —Se secó el cuerpo y luego se pasó la toalla por la cabeza dolorida.

No tenía ningún pudor, ninguna vergüenza. Todos esos años de cambiarse en un vestuario lleno de gente probablemente lo harían. Se dio cuenta de que le miraba—. ¿Qué?

Negué con la cabeza, sonriendo, avergonzado.

—Sólo tú. Eres jodidamente hermoso. —Señalé su cuerpo—. Y estoy aquí contigo, así. Después de lo que acabamos de hacer en tu sofá... parece que estoy soñando.

Su sonrisa se dibujó en una esquina.

—Es una locura, ¿eh? Esto es raro, tú y yo. No me malinterpretes, he deseado esto durante semanas, meses, incluso. Y me dije a mí mismo que lo superara, que desear a un chico era raro. —Su sonrisa se suavizó—. Pero ahora que estamos aquí, no es tan raro como pensé que sería.

Me até la toalla a la cintura y ni una sola vez Jeremy miró mis cicatrices.

—Me alegro de que no sea raro. Pero ya sabes que si empieza a ser raro o se vuelve un poco agobiante, puedes decírmelo. Sólo pide un tiempo muerto.

Se encontró con mi mirada y me hizo un pequeño gesto con la cabeza, pero luego hizo una mueca de dolor.

—¿Dolor de cabeza?

—Hm. Un poco. Podría soportar una siesta. —Entró en su vestidor con el culo desnudo y salió en calzoncillos. Me lanzó un par de pantalones cortos de gimnasia y sostuvo una camiseta—. ¿Esto es lo suficientemente ajustado? Quiero decir, ¿lo suficientemente grande?

Me reí.

—Esta ropa, aunque estoy seguro de que fue dolorosamente cara, no es apropiada para el trabajo.

Se detuvo.

—¿Trabajo? ¿Estás trabajando ahora, Steve?

—Bueno, no...

—¿Estabas trabajando en el sofá conmigo?

—No.

—¿En la ducha? ¿Era eso trabajo?

Suspiré.

—No, claro que no. Lo siento. No me refería a eso.

—Entonces vístete. A menos que quieras quedarte con la toalla todo el día. —Se sentó en la cama, cogió una especie de mando a distancia y las

persianas comenzaron a cerrarse. Claramente la luz del día no le estaba haciendo ningún favor a su cabeza.

Me subí los pantalones cortos. Me quedaban un poco ajustados.

—Lo siento, debería haber pensado en cerrar las persianas.

Se sentó en la cama.

—Está bien.

Me puse la camiseta, y sí, era ajustada, pero automáticamente me sentí menos inseguro ahora que estaba cubierto. Levanté los brazos para intentar estirar la tela.

—¿Es una talla pequeña?

Jeremy me sonrió.

—Creo que está bien.

Le fruncí el ceño.

—Tengo que coger mi teléfono —dije. Después de todo el comentario de “soy sólo un trabajo para ti”, añadí—: No para el trabajo. Sólo por si hay algún tipo de emergencia. Mi teléfono es la única manera de que alguien pueda localizarnos.

Tocó suavemente alrededor de la cicatriz en su cabeza.

—Sí, está bien.

—Acuéstate y te traeré tus pastillas.

—¿Y tal vez algo de comer? O un zumo.

Mierda.

—Por supuesto.

Asintió y se tumbó de lado, así que me escabullí y bajé las escaleras.

Encontré mi teléfono en la mesa de centro, sonreí mientras enderezaba los cojines del sofá, recordando lo que habíamos hecho allí.

Tan surrealista.

Cogí sus medicinas, le serví un zumo y un vaso de agua, y luego añadí fruta y galletas. Jeremy se rio cuando llevé una bandeja a su habitación.

—Nunca había tenido este tipo de servicio de habitaciones.

—Espero que no.

Se tomó las pastillas con el zumo y se comió unas galletas.

—Gracias —dijo en voz baja—. No tienes que hacer esto por mí.

—No me importa.

Troceé algunas piezas de fruta, comimos ambos y me aseguré de que comiera lo suficiente.

—¿Te sientes mejor?

—Sí. —Se volvió a tumbar y dio una palmada en el otro lado de la cama—. Quédate conmigo.

Dejé la bandeja en el suelo y me subí encima de la cama, acomodándome a su lado con la cabeza en la almohada, de cara a él. Me sonrió, muy dulce.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Oh, vaya.

—Claro.

—Eres activo, ¿verdad?

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