Código génesis
Capítulo 9
Hacía calor para ser noviembre, casi veintisiete grados. Al caer, las hojas, relucientes como joyas, giraban mecidas por una brisa sofocante, casi tropical. El invierno estaba a punto de llegar, pero hacía tanto calor como en un día de junio. Y eso hacía que el reluciente follaje pareciera fuera de sitio, incluso artificial. Los que habían venido desde fuera de la ciudad sudaban incómodamente en sus prendas de cachemir, de pana o de lana. Incluso Lassiter se sentía un poco mareado. El calor desacostumbrado, la incomodidad de los asistentes, las hojas doblándose en el aire… Era como si estuvieran rodando una película fuera de secuencia y en la temporada equivocada.
Lassiter no podía deshacerse de esa sensación de irrealidad. Hasta los ataúdes parecían formar parte de un decorado. El de Brandon era minúsculo, como para añadir dramatismo a la crueldad de los hechos. El sacerdote de la Iglesia unitaria a la que Kathy acudía últimamente parecía elegido entre varios candidatos para interpretar el papel. Tenía exactamente el ademán de sinceridad que era de esperar y una capacidad innata para mirar fijamente a los ojos y estrechar manos con sentida emoción.
Pero la suya no era una emoción real o, si lo era, no estaba dirigida específicamente a Kathy. El sacerdote sentía una compasión universal, rebosaba compasión por todos lados, y o hacía que su dolor resultara fácil y abstracto. No es que a Lassiter le importara especialmente; la suya era una iglesia concurrida y el sacerdote no conocía realmente a su hermana. Por teléfono, mientras preparaban la misa y el entierro, el sacerdote le había pedido ayuda para «darle un carácter más personal a la ceremonia». Quería saber cómo llamaban a la difunta. ¿La llamaban Kathleen? ¿O la llamaban Kate? ¿O Kath? ¿O Kathy? Quería conocer alguna anécdota de su vida, algo que hiciera que sus familiares y amigos recordaran a la «mujer de carne y hueso».
Ahora, frente a la tumba, las palabras del sacerdote sonaban monótonas, predeciblemente edificantes. Hablaba sobre la tierra sin ataduras que habitaban ahora Kathy y Brandon, sobre el alcance infinito del espíritu. Pero su tía Lillian, el único otro familiar presente, debió de sacar algo en claro de las palabras del sacerdote, porque se acercó a él y le estrechó la mano con fervor.
Lassiter pensó que, de alguna manera, esa sensación extrañamente artificial que tenía lo había acompañado desde el momento en que supo que Kathy había muerto. Al principio pensó que sería una reacción natural ante una muerte inesperada, una especie de shock emocional. Pero allí, de pie en el cementerio, se dio cuenta de que la sensación de irrealidad era tan persistente porque, como casi todo el mundo, había asistido a muchos más funerales cinematográficos que reales. Estaba esperando ese primer plano revelador, o ese plano amplio hasta la verde loma donde una figura misteriosa observa la ceremonia desde lejos, perfilada contra el sol. Un amante presentando sus respetos desde una distancia segura. O un asesino, deleitándose ante la calamidad que había forjado.
Lassiter estaba esperando algo, algo de música o un ángulo especial de la cámara, que pusiera el acontecimiento en perspectiva.
Pero no ocurrió nada. En última instancia, eso era lo que hacía que todo pareciese tan irreal. Faltaba algo, una razón Para las muertes que estaban llorando. Kathy y Brandon no eran víctimas de un acto fortuito de violencia; sus asesinatos sin duda habían sido premeditados. Pero, aun así, nada. La Policía ni siquiera tenía una teoría. Y el hombre que tenía las respuestas había empeorado. Estaba inconsciente, y su condición era crítica. Tenía los pulmones infectados y la piel le supuraba; podrían pasar semanas antes de que fuera posible interrogarlo.
Las personas que rodeaban la tumba tenían un aspecto abatido, cansado. La repentina y brutal muerte de alguien querido las había dejado desconsoladas. En el caso de Brandon, estaba la incrédula tristeza de los padres de media docena de amigos de preescolar. Su profesora, una mujer con el pelo castaño recogido en un moño, se frotaba los ojos. El labio inferior le temblaba. Cerca de ella, un niño pequeño cogía de la mano a su madre, una mujer que llevaba sombrero con velo y gafas de sol.
Habían acudido algunos compañeros de trabajo de la radio pública en la que Kathy trabajaba como productora de programación. Un par de vecinos. Su compañera de habitación de la universidad, que había conducido más de seiscientos kilómetros en deferencia a veinte años de tarjetas de felicitación. Y Murray, el infatigable Murray el ex marido de Kathy. Pero ningún amigo íntimo, porque, realmente, Kathy no tenía amigos íntimos.
Por parte de la familia sólo estaban él y la tía Lillian. Pero la escasa presencia de familiares no se debía al carácter introvertido y difícil de Kathy. Lassiter se sorprendió al darse cuenta de que él y Lillian, la hermana de su padre, de setenta y seis años, eran todo lo que quedaba de dos árboles genealógicos reducidos a la nada.
Murray fue el único que lloró. Igual que en el caso del sacerdote, su dolor no se correspondía específicamente con los cuerpos que descansaban en los ataúdes; Murray era el tipo de persona al que se le saltaban las lágrimas al deshacerse de un viejo sofá. Aun así, Lassiter se lo agradeció. Esa muestra desinhibida de tristeza parecía mejor tributo a su hermana que el mayor ramo de flores.
Tras una ostentación verbal sobre las luces que guían nuestras almas en el desierto, el sacerdote por fin acabó su sermón. Lassiter arrojó dos puñados de tierra y una rosa blanca para Kathy. Después, se dio la vuelta y se alejó.
Los demás siguieron su ejemplo. Lassiter avanzó por el camino y se detuvo a unos diez metros. Cada uno de los asistentes se acercó a él para estrecharle la mano o besarlo en la mejilla y decirle cuánto lo sentía.
Uno de los primeros en hacerlo fue la mujer con el niño pequeño, que se presentó como Marie Sanders.
—Y éste es Jesse —dijo con orgullo.
Lassiter sonrió al niño y se preguntó si sería su hijo; no se parecían en nada. Él era de tez oscura y tenía unos ojos marrones insondables y un cabello negro azabache que le caía en rizos sobre la frente. Era muy guapo, igual que lo era ella, pero de una manera distinta. Ella era pálida, rubia y… De alguna manera, le resultaba familiar.
—¿La conozco? —preguntó Lassiter.
A ella no pareció sorprenderle la pregunta, pero movió la cabeza.
—No creo —dijo.
—Es que… No sé, tenía la sensación de que nos habíamos visto antes.
Ella sonrió nerviosamente.
—Sólo quería decirle cuánto lo siento. Kathy… —Bajó la mirada y movió la cabeza de un lado a otro—. Lo vi en las noticias.
—Lo siento. Intenté llamar a todos sus amigos…
—Oh, no. Por favor. No la conocía tanto.
—Pero ha dicho que…
—No vivo aquí —se apresuró a explicar ella—. Estábamos de viaje. Lo vi en un canal por satélite que incluía un noticiario de Washington. —Dejó de hablar y se mordió el labio—. Lo siento, lo estoy entreteniendo.
—En absoluto.
—Conocí a su hermana… en Europa y me cayó muy bien. ¡Teníamos tanto en común! Así que cuando vi su foto y la de Brandon en la televisión… —Su voz se tornó temblorosa. Lassiter vio a través del velo que sus ojos se habían llenado de lágrimas—. Bueno, algo me hizo venir. —Respiró hondo y recuperó la compostura —. Lo siento —dijo—. Siento tanto su pérdida…
—Gracias —repuso Lassiter—. Gracias por venir.
La mujer se fue, y Murray apareció delante de Lassiter con los ojos llenos de lágrimas.
—Qué difícil es —dijo al tiempo que abrazaba a Lassiter—. Maldita sea, ¡qué difícil es!
Lassiter había olvidado cómo se lloraba, pero la garganta le dolía por la tristeza. Había perdido a alguien que lo conocía como nunca podría conocerlo ninguna otra persona, alguien con quien había compartido su infancia. Había perdido la «Alianza», la palabra solemne que había elegido Kathy cuando eran niños para designar su vínculo, esa especie de sociedad de protección mutua que tenían contra sus padres.
Recordó su carita severa, en su cuarto de juegos de Washington, dentro de una especie de tienda de campaña que Kathy había construido con mantas y sábanas. Él tendría unos cinco años y Kathy diez. «Tenemos que mantenernos unidos —había dicho ella—. He decidido que tú y yo tenemos que formar una alianza.» Aunque la palabra no formaba parte de su vocabulario, él entendía lo que quería decir ella. Kathy tenía escrita una lista de normas que resumían sus responsabilidades. Se la leyó: Número 1: Nunca te chives de un miembro de la Alianza. Se pincharon los dedos, dejaron caer una gota de sangre en el papel y después lo enterraron junto al abeto. Incluso de adultos, mantuvieron el hábito de firmar las cartas que se escribían con el símbolo que había inventado Kathy: una A tumbada.
Su padre, Elías, había sido miembro del Congreso durante más de veinte años. Cada vez que su nombre aparecía en algún periódico, algo que ocurría a menudo, iba seguido de un pequeño paréntesis: (R-Ky). El dinero que había llevado a Eli hasta el Congreso era de su esposa, Josie. El abuelo de Josie había hecho una fortuna con el whisky, lo cual había convertido a Josie, que era hija única, en un partido más que estimable para un ambicioso joven de una familia sin abolengo.
Eli y Josie nunca estuvieron demasiado cerca de sus hijos. Como la mayoría de los miembros del Congreso, iban y venían entre Washington y su estado de origen. Como resultado de ello, más que por su padre y su madre, Kathy y Joe fueron criados por una sucesión de niñeras, au pairs, canguros y, más adelante, tutores.
Lassiter nunca le había dado demasiada importancia al abismo que lo separaba de sus padres. Tenía miedo de los arranques temperamentales de su padre y veía poco a su madre. Así eran las cosas, y él no le daba más vueltas. En el colegio privado de Washington en el que había estudiado, la mayoría de sus amigos compartían su misma situación. Pero a Kathy sí la afectaba, al menos hasta que todo empezó a darle igual.
Lassiter lo sabía porque en una ocasión, cuando Josie le pidió que le llevara una copa, apareció en pleno enfrentamiento entre su hermana y su madre. Kathy tenía una expresión fiera y estaba diciendo: «Realmente, no te importamos. Sólo querías tener hijos para poder enseñarles las fotos a tus amigos.»
Josie, sentada ante su tocador, bebió un poco de la copa que le había llevado. Ladeó la cabeza y se puso un pendiente. «Pero cariño, eso no es verdad —dijo sin apartar la mirada ni un solo momento de su reflejo—. Eres muy especial para mí.» Todavía podía oír el acaramelado acento del sur de su madre. Después, Josie se incorporó, cogió un perfumador de vidrio, perfumó el aire y atravesó la nube de aroma. «Y ahora dale un beso a mamá —añadió—. Ya llego tarde.»
Eli afrontaba sus responsabilidades paternas como si fueran obligaciones laborales. De hecho, incluía a sus hijos entre sus muchos quehaceres diarios, algo que Joe supo por su hermana. Una noche, en su casa de Washington, Kathy lo llevó al despacho de Eli y le enseñó la agenda forrada en cuero del congresista.
7.00: Oraciones y desayuno con jóvenes republicanos. 8.30: Sede del partido. Comité Republicano de Dirección. 10.15: Zoo con los niños.
Prácticamente cada ocasión en la que Eli veía a sus hijos, al menos durante los años que vivieron en Washington, había sido planeada previamente.
Llevar a Joe a Camillo’s: corte de pelo.
Hablar con Kathy sobre Sueños frente a Planes.
Empezaron a mirar la agenda a escondidas para saber lo que su padre tenía planeado para ellos. Así podían fingir que estaban enfermos, o hacer otros planes, para eludir esos eventos a los que eran arrastrados como aderezo visual. Se encubrían el uno al otro. Presentaban un frente unido.
Comida para recaudar fondos para el senador Walling. Llevar familia.
«¡Mamá! ¡Mamá! Kathy está vomitando y yo tampoco me siento demasiado bien.»
Después de la ceremonia se ofreció un refrigerio. Lassiter se sorprendió a sí mismo deseando hablar sobre su infancia con Kathy, sobre la Alianza. Miró a su alrededor, buscando a Murray o a la hermosa mujer con el niño pequeño. ¿Cómo se llamaba? Marie. No podía dejar de pensar que se habían visto antes, que, de alguna manera, se conocían. Aunque puede que simplemente se sintiera atraído hacia ella porque, además de Murray, parecía ser la única persona presente para la que la muerte de Kathy suponía una pérdida personal. No tardó en encontrar a Murray. O, mejor dicho, Murray no tardó en encontrarlo a él. Pero no veía por ninguna parte a la mujer.
Al acabar el refrigerio llevó a la tía Lillian al aeropuerto de Dulles, y volvió por la autopista de peaje. Cuando llegó a su casa, ya era casi de noche. Normalmente solía disfrutar del largo camino de entrada, del crujido de los guijarros bajo las ruedas, del balanceo del coche al atravesar el puente de madera sobre el riachuelo. En cierto modo, ésa era la razón por la que había construido la casa. Se pasaba la mayor parte del día pensando en el trabajo, haciendo planes, acudiendo a reuniones y tomando decisiones; hasta que cruzaba el arroyo. Entonces se olvidaba de todo.
Le encantaba ver la silueta de la casa elevándose por encima de los árboles. No había ningún edificio igual en todo Washington. En parte porque el arquitecto era holandés y en parte porque estaba chiflado. O era un genio. O un poco de las dos cosas. En cualquier caso, era un antroposofista y, por tanto, un enemigo, por principio, de los ángulos rectos. El resultado era un racimo de curvas sinuosas, ángulos improbables e inesperados volúmenes que le había costado un millón de dólares.
Al ver la casa la gente reaccionaba de una de dos maneras. Algunas personas la admiraban boquiabiertos, incapaces de disimular su placer, mientras que otras se mordían el labio inferior y asentían sensatamente, como diciendo: «Otro millonario extravagante.» A Lassiter le gustaba pensar que podía descifrar a las personas por su manera de reaccionar al ver la casa, aunque realmente no era cierto. Algunas de las personas que más apreciaba, Kathy, por ejemplo, se limitaban a mover la cabeza de un lado a otro o a sonreír educadamente cada vez que la veían.
Pero, una vez dentro, casi todo el mundo acababa por rendirse ante sus encantos. La luz, que se derramaba a través del techo de cristal del atrio con bóvedas de cañón que atravesaba la casa de norte a sur, inundaba cada rincón. Las habitaciones eran enormes y se comunicaban armoniosamente las unas con las otras. De las paredes colgaban antiguas fotos de Nueva York en blanco y negro y dibujos cuidadosamente enmarcados de personajes de dibujos animados. No había muchos muebles, sólo un par de grandes sofás y un magnífico piano con el que Lassiter se enseñaba a tocar a sí mismo.
Volver a casa era su recompensa diaria. Pero, esta vez, ni las grandes paredes blancas ni los altísimos techos consiguieron elevarle el ánimo. Al contrario, la casa le pareció vacía y fría; más bien un fuerte que un refugio.
Se sirvió un poco de Laphroaig y fue a su habitación favorita: el despacho. Tres de las paredes, que dibujaban extraños ángulos entre sí, estaban cubiertas por estanterías desde el suelo hasta el techo y para llegar a los estantes más altos había sendas escaleras sobre rieles. En una esquina de la habitación, como a medio metro del suelo, había una chimenea de adobe con troncos apiñados debajo. Aunque no hacía frío, encendió un fuego y se pasó veinte minutos sentado, bebiendo whisky escocés mientras observaba cómo las llamas se agarraban a la madera.
Por fin, presionó la tecla de «mensajes» del contestador automático. Tenía diecisiete mensajes. Subió el volumen del altavoz y salió a escucharlos a la terraza mientras observaba los abedules agitarse en el viento. Había refrescado y podía sentir la lluvia que llegaría detrás del viento, tal vez en una hora.
Tenía un par de llamadas del trabajo. Estaba teniendo lugar una fusión hostil en TriCom y un abogado de Lehman Brothers quería verlo. Otra llamada le informaba sobre «un pequeño follón» en Londres. Al parecer, uno de sus investigadores había mostrado «un exceso de celo profesional» y la BBC estaba interesada en entrevistarlo.
La mayoría eran llamadas de condolencia de amigos y conocidos que no habían ido al entierro. También tenía una llamada de una cadena de televisión y otra del Washington Post. Y después la voz ronca de Mónica, diciéndole cuánto lo sentía, diciéndole que si había cualquier cosa, cualquiera… Bueno, seguía teniendo el mismo número de teléfono.
Lassiter meditó en ello. Pensó en llamarla, pensó en cómo había acabado su relación, y se dijo: «¿Qué es lo que me pasa?»
Y la respuesta llegó sin demora: «Lo mismo de siempre.»
O, para ser más exactos, lo que empezaba a convertirse en lo mismo de siempre. Conocía a una mujer que de verdad le gustaba, se veían durante un año, más o menos, y entonces la relación llegaba a un punto muerto. A ello seguía un ultimátum, un aplazamiento, otro aplazamiento y, entonces… Mónica daba paso a Claire, o a quien fuere. De hecho, ahora era Claire, aunque en este momento resultaba estar en una conferencia en Singapur. Le había telefoneado hacía dos noches. Le había hablado de la muerte de Kathy, pero Claire no conocía a Kathy, y cuando dijo algo sobre acudir al funeral él rechazó cortésmente una oferta que había sido hecha para ser rechazada.
Se acabó el whisky. La verdad era que disfrutaba de la compañía de las mujeres, de una en una. La monogamia o, por lo menos, la monogamia en serie, era algo natural en él, así que también debería serlo el matrimonio. Pero el matrimonio era algo con lo que Lassiter estaba decidido a acertar a la primera. Además, era lo suficientemente romántico para creer que, cuando llegara el momento, de alguna manera lo sabría. No tendría ninguna duda. Sería lo más importante del mundo, mientras que con Mónica el matrimonio le parecía… Bueno, sólo una opción.
El último mensaje era de Riordan. Lo escuchó sin prestar atención. Al acabar se dio cuenta de que no había oído ni una sola palabra. Rebobinó la cinta y apretó el botón de «mensajes» por segunda vez.
Riordan era uno de esos hombres a los que les incomoda hablar con una máquina. Hablaba demasiado rápido y demasiado alto. «Lo siento si he sido demasiado duro — decía con un tono de voz que no encajaba con el mensaje—. Me gustaría que se pasara por aquí mañana. Quiero comentarle un par de cosas.»