Código génesis

John Case · Capítulo 26 de 38

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Código génesis

Capítulo 26

 

—No lo puedo creer —dijo Hugh cuando Lassiter terminó de contarles las razones que lo habían llevado a su pensión. El inglés sacudía la cabeza, con un cigarrillo Rothmans Silk Cut en la mano.

Incapaz de decir nada, Nigel miraba alternativamente a los otros dos hombres.

—Esperaba averiguar algo en la clínica —se lamentó Lassiter—. No sé, algo que pudiera darle sentido a todo lo que ha ocurrido. ¿Qué hay de la casa de Baresi? Puede que en su despacho…

Hugh movió la cabeza y le explicó que Baresi vivía en una casa aneja a la clínica.

—Cuando se quemó la clínica, también ardieron sus habitaciones y todo lo que había dentro. No quedó nada. Absolutamente nada.

—Pas de caries, pas des photos et pas de souvenirs —añadió Nigel.

—¿Qué hay de las enfermeras? —preguntó Lassiter—. Tal vez ellas…

—No había enfermeras. —Hugh apagó el cigarrillo—. Baresi sólo tenía un par de ayudantes de laboratorio y dudo que te puedan servir de ayuda.

—¿Ayudantes de laboratorio? ¿Me estáis diciendo que el doctor Baresi dirigía una clínica sin una sola enfermera?

—Era un hombre muy reservado. Y, además, no era una clínica normal. No era uno de esos sitios con cientos de pacientes haciendo cola en una sala de espera. No era un hospital, era… Creo que la mejor descripción sería un laboratorio. ¿A ti qué te parece, Nigel?

—Sí, estoy de acuerdo.

—No creo que Baresi viera a más de cincuenta o sesenta pacientes al año. Aunque, por lo que se decía, podría haber tenido muchos más si hubiera querido.

—¿Y qué me decís de los ayudantes de laboratorio? —inquirió Lassiter.

—Eran dos mujeres. Una de ellas era una especie de sirvienta. Limpiaba, ordenaba; ese tipo de cosas. La otra era un poco más inteligente, pero no la hemos vuelto a ver desde el incendio. ¿Verdad, Nigel?

—Sí. Creo que se asustó. He oído que se fue a vivir a Milán.

Lassiter frunció el ceño.

—¿No hay nadie que pueda saber algo? ¿Algún amigo o algún pariente?

Hugh miró a Nigel.

—No, me temo que no. No. Aunque… podría hablar con el párroco.

—¡Claro! ¡Eso es! —exclamó Nigel—. El padre Azetti.

—No se puede decir que fueran exactamente amigos.

—Pero jugaban juntos al ajedrez —señaló Nigel—. Y a veces se tomaban unos vinos.

Hugh asintió.

—Yo diría que el padre Azetti es su hombre —afirmó.

—¿Cómo es? —quiso saber Lassiter.

Hugh se encogió de hombros.

—Es un forastero. La gente del pueblo no lo aprecia demasiado —repuso.

—Dicen que es un poco revolucionario —añadió Nigel conteniendo un bostezo —. Supongo que por eso lo mandarían a este pueblo.

—En cualquier caso —añadió Hugh—, no puedes perder nada hablando con él. Y, además, habla inglés. Bastante bien, de hecho.

—Iré a verlo por la mañana —decidió Lassiter—. ¿Dónde puedo encontrarlo?

—En la iglesia. Está en la plaza. Si quieres, puedo decirte cómo llegar —se ofreció Nigel—. Aunque basta con que te des un paseo por el pueblo. Antes o después, acabarás encontrando la plaza. Realmente, es algo inevitable.

Los tres se levantaron a un tiempo. Hugh dijo que ya se encargaba él de recoger las cosas. Nigel acompañó a Lassiter hacia su habitación, apagando las velas de los candelabros a su paso. Al llegar al vestíbulo, el hombre inglés se acercó al escritorio que hacía las veces de recepción y conserjería y le preguntó a Lassiter si quería que lo despertase a alguna hora.

—Tengo despertador, pero gracias de todas formas.

—Antes de que te vayas a tu habitación —dijo Nigel—, hay algo que quisiera enseñarte. —Abrió el libro con tapas de cuero que había en el escritorio y pasó un par de páginas. Cuando por fin encontró lo que buscaba, levantó la mirada—. Es nuestro registro de huéspedes. Se remonta hasta el mismo día en que abrimos la posada. Al empezar, sólo teníamos tres cuartos acondicionados. Hughie encargó el libro en Gubbio. —Lo cerró para que Lassiter pudiera apreciar el magnífico trabajo del cuero, las vetas verdes y doradas del lomo y el águila de la cubierta con un cartel cogido con las garras que decía: L’aquila. Nigel acarició la tapa con los dedos y abrió el registro por la primera página—. Veintinueve de junio —leyó—. 1987. Nuestro primer huésped fue el señor Vassari. Se quedó dos días.

—Es un libro precioso —comentó Lassiter.

—Sí que lo es, ¿verdad? Pero ésa no es la razón por la que quería enseñártelo. Aquí figuran todos los huéspedes que hemos tenido. Nombre y dirección, número de teléfono y las fechas de estancia. Hace un rato busqué el nombre de tu hermana. Al encontrarlo me acordé de ella. Era reservada. Leía mucho. Me pidió la receta de una de mis tartas. —Movió la cabeza con tristeza—. Mira —dijo mostrándole una página que había en la primera mitad del libro—. Aquí está.

Lassiter miró. La anotación correspondiente a Kathleen Lassiter estaba escrita con una letra muy cuidada.

Kathleen Lassiter, C. B.

207 Keswick Lane.

Burke, Virginia, EE. UU.

703/347-2122.

Llegada: 21-4-91.

Salida: 23-5-91.

Había estado treinta y dos días en la pensión. Lassiter no recordaba que hubiera estado fuera tanto tiempo. Pero, claro, en esa época estaba muy ocupado; siempre estaba muy ocupado.

—¿Qué significa eso? —preguntó señalando la abreviatura que había junto al nombre.

—C. B. Clínica Baresi. Lo poníamos para no olvidarnos del descuento. Tenemos varias abreviaturas. O. T. significa oficina de turismo de Todi. AVM es Agencia Viagge Mundial.

Lassiter asintió sin demasiado interés.

Nigel se encogió de hombros.

—Todas las pacientes de la clínica figuran en el libro. Puedes echarle un vistazo si quieres.

De repente, Lassiter se dio cuenta de lo que le estaba diciendo Nigel.

—Entonces, ¿Hannah Reinen…?

—Tú hermana, Hannah… Todas.

Lassiter pensó que quizá pudiera encontrar algo que relacionara a su hermana con las otras víctimas. Puede que sus visitas coincidieran.

—Sería un trabajo de locos —prosiguió Nigel—, pero con la información que contiene el libro podrías conseguir una lista de todas las pacientes de la clínica. Bueno, sólo es una idea… —concluyó.

Lassiter estaba pensando en lo que podría tardar en repasar todos los nombres del libro buscando la abreviatura C. B. La mera idea resultaba agotadora. Pero no tenía otra elección.

—Bueno —dijo Nigel dándose la vuelta para disimular un profundo bostezo que reflejaba a la perfección el cansancio del propio Lassiter.

—Sólo una cosa más —pidió Lassiter—. ¿Podrías decirme cuándo abrió la clínica?

Nigel frunció el ceño.

—No sé. ¿En el noventa? Sí, creo que fue en el noventa… O puede que fuera en el noventa y uno. —Y, con esas palabras, Nigel movió los dedos en el aire en señal de despedida, se volvió y desapareció por el pasillo.

Empezando por enero de 1990, Lassiter fue pasando las páginas del libro hasta que encontró a la primera huésped de la clínica: Anna Vaccaro. Era una mujer de Verona. Había llegado el tres de marzo y se había quedado en la pensión siete días.

Al cabo de unos minutos, Lassiter fue a su habitación, cogió su ordenador portátil y volvió al vestíbulo. Con el libro a un lado, abrió un documento con el nombre de cblista.1 y empezó a escribir los nombres, las direcciones y las fechas. No tardó en encontrar no uno, sino varios patrones. La gran mayoría de las mujeres se quedaban entre cinco días y una semana. Pero algunas, como su hermana, permanecían en la pensión mucho más tiempo: treinta días o más.

La primera de estas mujeres era Lanielle Gilot, de Amberes, que había llegado a la pensión a finales de septiembre de 1990 y se había ido un mes después. El caso de Kathy era similar.

Mientras tecleaba el nombre de Gilot en el ordenador apareció Hugh con una copa de brandy en la mano. Al principio pareció sorprendido. Lassiter le explicó lo que estaba haciendo y le preguntó por qué algunas pacientes estaban menos de una semana y otra más de un mes.

—Distintos procedimientos —contestó Hugh apoyándose en una columna. Estaba un poco bebido.

—¿Qué quieres decir?

Hugh miró hacia el techo, como si esperara encontrar la respuesta allí arriba. Luego volvió a mirar a Lassiter. Tenía los ojos un poco vidriosos y un gesto de concentración que le recordó a Lassiter al de un niño pensando intensamente.

—Distintos procedimientos —repitió—. La fecundación in vitro era el procedimiento más rápido. Es muy eficaz. Se coge el oocito de la mujer y… ¿Cuánto quieres saber realmente? Las chicas no paraban de hablar del tema, así que sé bastantes detalles.

Lassiter se encogió de hombros.

—No lo sé —repuso.

—Bueno, como te decía, la fecundación in vitro era el procedimiento más rápido. Las mujeres llegaban y se iban en cuestión de días. —Cerró los ojos, arrugó el gesto y pensó durante unos segundos—. Después estaban los distintos tipos de trasplantes. Trasplantes de gametos. Trasplantes de cigotos. —Hugh parecía entretenido—. Un lenguaje de lo más extraño para hacer bebés, ¿no te parece? Realmente, resulta de lo más extravagante. —Hizo una pausa antes de escupir las palabras—. Trasplante intrafalopial de gameto. Intenta decirlo después de un par de copas. —Miró a Lassiter con una sonrisa torcida—. Y, en cualquier caso, ¿qué diablos es un maldito gameto? —Agitó el brandy dentro de la copa de balón.

—¿Qué hay de Hannah Reiner? —preguntó Lassiter dando unos golpecitos en el libro—. Todavía no he llegado a ella. ¿A qué tipo de procedimiento se sometió Hannah?

Hugh se frotó los ojos.

—El procedimiento de Hannah fue distinto —repuso—. Donación de oocito. Tardaba un mes entero. Ése también fue el caso de tu hermana, ¿verdad?

—Creo que sí. Sí. Desde luego estuvo aquí bastante tiempo. —Vaciló un momento—. ¿Tienes idea de por qué hacía falta tanto tiempo?

Hugh empezó a encogerse de hombros.

—De hecho —dijo como si se sorprendiera a sí mismo—, sí que lo sé. Me lo explicó Hannah. Para empezar, el viejo Baresi exigía que la estancia fuera así de larga. En otra clínica en la que había estado Hannah, sólo había tenido que ir una vez para que le dieran las inyecciones y las píldoras y luego se las había administrado ella misma.

—¿Inyecciones y píldoras?

—Tenía que ver con sincronizar el cuerpo de la receptora con el de la donante.

—¿Qué donante?

—La donante del óvulo. En eso consiste una donación de oocito.

Lassiter estaba completamente perdido.

Hugh suspiró.

—A veces, hay mujeres que no pueden quedarse embarazadas porque sus óvulos son demasiado viejos.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, las mujeres ya nacen con todos los óvulos que van a tener a lo largo de su vida. Pero, claro, eso ya debes de saberlo.

—Sí —mintió Lassiter.

—La cosa es que, a medida que las mujeres se van haciendo mayores, también van envejeciendo sus óvulos y, a veces, las cosas se tuercen. Los cromosomas se ponen pochos, aumentan las posibilidades de desórdenes genéticos o simplemente les cuesta más ser fertilizados. La cosa es que se desarrolló una nueva técnica y, ahora, las mujeres como Hannah pueden dar a luz un hijo. Un médico como Baresi le extrae un óvulo a una mujer más joven, la donante, y se fertiliza el óvulo con… Bueno, digamos que con el esperma del marido de Hannah. Después, sólo hay que implantar el óvulo fertilizado en el útero de la mujer mayor.

Agotado por la lección, Hugh bebió un trago generoso de brandy, saboreó el líquido y lo tragó.

—Así que, biológicamente hablando, realmente no es hijo de la receptora.

Hugh le dio un golpecito a la copa con una uña. El recipiente emitió un ruido corto y agudo.

—No estoy de acuerdo —replicó—. En términos biológicos, sí que es su hijo. El feto se desarrolla en las entrañas de la mujer y es ella la que da a luz y amamanta al niño. Pero, en términos genéticos… Eso ya es otra cosa. Genéticamente no existe ninguna relación entre el niño y la madre. La carga genética la aportan el marido y la donante. Creo que eso le preocupaba un poco a Hannah.

—¿Por qué lo dices?

—Bueno, la verdad es que el niño no se parecía mucho a Jiri, ¿verdad?

—No lo sé —dijo Lassiter—. Jiri me enseñó una foto, pero el niño todavía era un bebé. Pero… ¿seguisteis en contacto?

—Desde luego. Durante los primeros años nos escribíamos prácticamente todas las semanas. Con el tiempo, empezamos a escribirnos menos, pero Hannah me mandó una foto del chavalín y… Bueno, supongo que se parecería a la donante. Desde luego, no se parecía nada a Jiri. Aunque, por otro lado, tampoco es que eso sea una gran desgracia; Jiri no es precisamente un adonis.

—Lo que sigo sin entender es por qué se tardaba tanto tiempo.

—Bueno, al principio era por las inyecciones de hormonas. Es lo que te estaba contando antes. La mujer que recibía el óvulo tenía que sincronizar su… Ya sabes, su ciclo, con el de la donante —le explicó Hugh—. Y además, luego estaban las manías del viejo Baresi.

—Sí.

—Insistía en que se quedaran un mes entero; incluso las mujeres italianas. Le gustaba seguir de cerca la situación de las hormonas. Y, además, no le gustaba que sus pacientes volaran; algo sobre la presión atmosférica.

Lassiter estaba frunciendo el ceño. Tenía que haber sido muy duro para Kathy. Y, aun así, nunca le había comentado nada sobre las inyecciones de hormonas, ni sobre oocitos ni sobre donaciones de óvulos. Aunque, pensándolo bien, Kathy siempre había sido muy reservada para ese tipo de cosas. No era el tipo de persona que hablara sobre algo tan íntimo. Ni siquiera con él. O puede que sobre todo con él.

—¿Puedo pedirte un favor? —dijo Hugh.

—Por supuesto.

—¿Me mantendrás informado? Quiero decir sobre los asesinatos. Nigel siempre me toma el pelo sobre Hannah, pero realmente era muy importante para mí. —Hizo un gesto indefenso, miró a Lassiter y bostezó—. Bueno, me estoy muriendo de sueño. Ya es hora de que me vaya a la cama —dijo y se alejó con paso inseguro por el pasillo.

Lassiter volvió al libro de registro, y fue recorriendo con el dedo páginas y páginas de nombres y direcciones, mientras buscaba las letras C. B. Era un trabajo que no exigía pensar y, mientras lo realizaba, se le ocurrió una idea.

¿Sería posible que los asesinatos estuvieran relacionados de alguna manera con los donantes, ya fueran de esperma o de óvulos? Encontró un nombre y lo tecleó en el ordenador. No sería la primera vez que alguien buscaba a sus hijos genéticos. Lassiter había visto un reportaje en la televisión sobre hombres que, después de muchos años, al enterarse de que habían tenido un hijo que había sido dado en adopción, lo buscaban por todo el país.

«Ya es tarde —se dijo a sí mismo—. Y estás cansado.» ¿Grimaldi en una misión de búsqueda y destrucción de su propia progenie? Tenía la sensación de que ya había descartado esa hipótesis antes. No había ninguna razón para pensar que Grimaldi hubiera sido donante de esperma y, aunque lo hubiera sido, ¿por qué iba a querer cazar a sus hijos genéticos? A no ser, claro está, que estuviera loco, y Lassiter ya había desechado esa posibilidad hacía tiempo.

Encontró otro C. B. y tecleó los datos en el ordenador.

Pero ¿y si existiera un problema de herencia? ¿Y si el heredero supiera que el fallecido había sido donante de esperma? El heredero podría temer que, si se enteraban de su origen, los otros descendientes del donante reclamaran sus derechos sobre la herencia.

Desde luego, era una posibilidad muy remota. Sería mucho más fácil destruir los archivos de la clínica. Algo que, por otro lado, ya se había encargado de hacer alguien, además de matar a los niños.

Detuvo el dedo en el nombre de una mujer que se había alojado en la pensión treinta y dos días. Hasta el momento, era la cuarta. Y todavía no había aparecido el nombre de Hannah Reiner, que, por lo que le había contado Hugh, sin duda pertenecía al grupo de mujeres que se habían sometido a una donación de oocito. Lassiter estaba señalando esos nombres con un doble asterisco por si acababa siendo un dato significativo.

Otro nombre: Marie Williams, de Minneapolis, Minnesota. Había llegado a la pensión el 26 de marzo de 1991 y se había marchado el 28 de abril. Ella y Kathy se habían sometido al mismo procedimiento y sus estancias habían coincidido durante algunos días. Tenían que haberse conocido, pensó Lassiter.

Siguió pasando páginas, tecleando los nombres de todas las pacientes de la clínica, hasta que encontró otro caso de donación de oocito:

Marión Kerr, C. B.

17 Eider Lañe.

Bressingham, British Columbia…

Llegada: 17-11-92.

Salida: 19-12-92.

Lassiter ya había tecleado los datos en el ordenador y se disponía a pasar la página cuando se dio cuenta. Bressingham. British Columbia. Canadá. Se había olvidado por completo de los Kerr, pero ahora… No lo podía creer. Se acordó de cuando había hecho esa búsqueda en Nexis. En Praga. Justo antes de conocer a Jiri Reiner. «Incendio provocado, niño, homicidio», o algo así. Y una de las dianas, la única, realmente, fue una historia sobre una familia que se apellidaba Kerr.

Había olvidado la mayoría de los detalles. Excepto una cosa: el niño de los Kerr había sido asesinado mientras Grimaldi estaba en el hospital. Precisamente por eso había pensado que su muerte no podía estar relacionada con los asesinatos de Kathy y de Brandon. Porque, de estar relacionada, se estaría enfrentando a más de un asesino, y eso se llamaba conspiración, una conspiración para matar niños.

La idea era inconcebible, pero, aun así, ahí estaba la prueba, delante de él:

Marión Kerr, C. B.

Bressingham, British Columbia…

Necesitaba un café y sabía dónde podría conseguirlo. Volvió a su habitación, sacó un sobre de Nescafé del minibar y puso a hervir una taza llena de agua en el hornillo que la pensión había tenido el acierto de colocar en la habitación.

No sabía qué pensar. La aparición de la señora Kerr en el libro de registro sugería, mejor dicho, probaba, que había más de un asesino. Además, Lassiter estaba convencido de que tanto Umbra Domini como la muerte de Bepi y la paliza que le habían dado en Nápoles estaban relacionadas entre sí. Pero, cuando intentaba dar con el porqué, cuando buscaba una posible explicación, la mente se le quedaba en blanco.

Con el café en una mano, volvió al vestíbulo, donde su ordenador lo esperaba resplandeciendo en la oscuridad.

Durante las siguientes tres horas siguió repasando los nombres escritos en el libro de registro. Lassiter era consciente de que ya no podía fiarse de sí mismo. Por ello se obligó a comprobar cada hoja por segunda vez. Pero, aun así, perdía la concentración y en más de una ocasión se sorprendió pasando una hoja en la que ni siquiera había enfocado la vista. Cuando ocurría eso, se obligaba a sí mismo a retroceder hasta el último nombre que había tecleado en el ordenador y volvía a empezar desde ahí.

Ya eran las tres y media de la mañana cuando empezó a intuir un nuevo patrón. Pero no quería pararse a pensar en ello hasta que hubiera acabado de transcribir los datos de todas las pacientes al ordenador. Cuando por fin llegó a la última página escrita del libro vio por la ventana del vestíbulo que ya empezaba a clarear.

Estaba agotado. Cerró las tapas de cuero del libro de registro, se levantó y se estiró con tanta fuerza que una de sus costillas hizo un ruido seco. Apagó la luz y volvió a su habitación.

Entonces hizo lo que no se había permitido hacer antes: separó los procedimientos de donación de oocitos, las mujeres que se habían alojado un mes o más en la pensión, de los otros 272 nombres de la lista.

Gracias a los dobles asteriscos, y con la ayuda de una función especial del ordenador, sólo tardó unos minutos en conseguir una lista de dieciocho nombres.

Kathleen Lassiter

Hannah Reiner

Matilda Henderson

Adriana Peña

Lillian Kerr…

Que él supiera, al menos estas cinco mujeres estaban muertas. Y sus hijos también estaban muertos. Y todos ellos habían muerto entre llamas.

Cerró los ojos un momento, y la imagen de Brandon apareció en su mente. «¡Tío Joe! ¡Tío Joe! ¡Mira lo que hago! Puedo hacer una voltereta. ¡Mírame!» El pequeño cuerpo rodó torcido sobre el suelo. No era nada parecido a una voltereta, tan sólo un niño dándose la vuelta patosamente sobre la alfombra, pero Brandon se levantó saltando como un gimnasta olímpico, con las manos alzadas hacia el cielo en señal de victoria y una sonrisa rebosante de orgullo.

Lassiter volvió a mirar la lista. La mayoría de las mujeres eran europeas y norteamericanas, pero también había pacientes de otros muchos lugares: Hong Kong, Tokio, Tel Aviv, Rabat, Río de Janeiro.

Colocó el ordenador en la mesa que había junto a la ventana y conectó el módem al teléfono. Con el programa N-cipher codificó cblista.1 y envió el documento a su oficina de Washington. Después le escribió una breve nota a Judy Rifkin con los nombres y las direcciones de las dieciocho pacientes cuyos nombres había separado, en la que, además, le pedía que le hiciera saber a Riordan que al menos cinco de las mujeres de la lista estaban muertas y que, por tanto, todas las demás podrían correr un grave peligro. Riordan debía ponerse en contacto con las autoridades pertinentes para que pusieran a las mujeres y a sus hijos bajo protección. Cuando volviera a Washington, que sería en dos días a lo sumo, se lo explicaría todo.

Mientras tanto, quería que Judy reuniera toda la información posible sobre el difunto doctor Ignazio Baresi, de Montecastello, Italia, sobre la clínica Baresi y sobre una técnica de fecundación llamada donación de oocito. Finalmente le pedía que intentara ponerse en contacto con las trece mujeres de la lista. Si la policía hacía bien su trabajo, no conseguiría localizar a ninguna.

La nota ocupaba dos páginas enteras. Cuando por fin se la mandó a Judy, a Lassiter se le cerraban los ojos. Pero era fin de semana y existía una remota posibilidad de que Judy no mirase su correo electrónico hasta el lunes por la mañana. Miró la hora. Eran casi las cinco y media de la mañana; las once y media de la noche en Washington. Descolgó el teléfono y marcó el número de la casa de Judy. Al oír la señal del contestador automático, dijo:

—Judy, soy Joe. Mira tu correo electrónico en cuanto oigas este mensaje. Es muy importante. Te veré en un par de días.

Se quitó la camisa y los pantalones y se tumbó boca arriba. Cerró los ojos ante la débil luz del amanecer y escuchó su propia respiración mientras esperaba que la conciencia lo abandonara.

Pero no conseguía dejar la mente en blanco. Vio la cara carbonizada de Brandon y oyó la voz de Tommy Truong: «No queda sangre en niño pequeño.» Se acordó de la mirada vacía de Jiri Reiner. Y de las lágrimas de Kara Baker.

—Por Dios bendito —murmuró cubriéndose la cara con las sábanas—. Es una puta masacre.