Código génesis
Capítulo 13
Un sonido insistente y un manto de sol cegador despertaron a Lassiter. La luz era tan brillante que tuvo que cerrar los ojos con todas sus fuerzas para huir de ella. Mientras tanto, el teléfono no paraba de sonar. Como un vampiro atrapado por el sol, Lassiter atravesó la habitación sin abrir los ojos. Encontró el teléfono, forcejeó con el auricular, se aclaró la garganta y consiguió decir:
—¿Sí?
La persona que había al otro lado de la línea tardó unos segundos en contestar.
—¿Te he despertado? —Era Riordan.
—No —mintió Lassiter de forma automática. No sabía por qué, pero siempre que lo despertaba una llamada de teléfono negaba que hubiera estado durmiendo. Aunque fueran las tres de la madrugada, se sentía culpable, como si el mundo esperara que estuviera constantemente alerta. Si quienquiera que llamase estaba despierto, ¿por qué no lo estaba él?
—¿Seguro que no?
—Seguro. ¿Qué hora es?
—Las siete.
—Espera un momento.
Había habido un corte de luz el día anterior, y Lassiter se había olvidado de reprogramar el reloj que controlaba el mecanismo de las persianas de los grandes ventanales y los tragaluces. A través de los ventanales podía ver los árboles, con los troncos, las ramas y las hojas cubiertos de hielo; el sol se reflejaba en ellos con una intensidad dolorosa. Era como si una inmensa ola de luz solar se derramara sobre la habitación. Lassiter apretó una tecla en la pared y escuchó un murmullo metálico en el techo. Lentamente, la habitación se fue oscureciendo. Volvió a coger el teléfono.
—Dime.
—Me han apartado del caso.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Bueno, hay dos razones. Primero… ¿Estás seguro de que no te he despertado? A veces llamo demasiado…
—Sí, estoy seguro.
—Así que tú también eres madrugador. Igual que yo.
—Sí.
—Bueno, tal y como lo ven mis superiores, el caso está resuelto. Si dependiera de mí…
—¿Cómo que el caso está resuelto?
Sé lo que vas a decir, pero es que, además, tenemos un doble homicidio en Annandale. Y una de las víctimas es un poli.
—Lo siento.
—Un chaval de veinticuatro años, un buen chaval. Era nuevo en el cuerpo. Paró a tomarse un café. —Riordan hizo una pausa—. El chaval tenía una hija de dos meses. Iba de camino a casa. Su mujer lo estaría esperando con la cena y, ¡zas!, se lo cargan mientras pide un café.
—Es horrible…
—Todavía no te he contado ni la mitad. La otra víctima es una tailandesa. Consiguió la nacionalidad norteamericana hace dos días. Estaba trabajando el día de Acción de Gracias. Cinco dólares ochenta y siete centavos la hora. Y ¡pim, pam, pum! Tres disparos en la cara. ¡Bienvenida a América! ¡Feliz día de Acción de Gracias! ¡Descansa en paz!
—Mira, Jim, entiendo lo que estás diciendo, pero…
—Y, además, me han invitado a dar una charla en un congreso, así que tengo que prepararla.
—¿Un congreso?
—Sí. Es una de esas reuniones para fomentar las buenas relaciones entre los distintos países. Lo dirige la Interpol. En Praga. ¿Has estado alguna vez en Praga?
—Hace mucho tiempo. ¿De qué tienes que hablar?
—Estoy con un par de franchutes y un ruso. Me imagino que debo encajar en el perfil del típico policía norteamericano, o algo así. Tengo que hablar del «Trabajo de la policía en una sociedad democrática». Los checos no saben lo que es eso, ¿sabes? Al menos desde hace bastante tiempo.
—Qué interesante.
—En cualquier caso, hasta que vuelva, Andy Pisarcik se va a encargar de los últimos detalles del caso de tu hermana y de tu sobrino. Es un chico inteligente. Te voy a dar su teléfono.
Lassiter tenía ganas de discutir. Riordan era uno de los mejores detectives de homicidios del norte de Virginia. Pero Riordan no tenía capacidad para decidir a quién se le asignaba cada caso.
—¿Te importa que te haga un par de preguntas, ahora que todavía estoy a tiempo?
—Depende —dijo Riordan sin comprometerse.
—Sin Nombre. ¿Te enteraste por fin de si había hecho alguna llamada desde el hotel?
Riordan vaciló unos instantes.
—La verdad, no lo sé… Déjame que lo compruebe. El Comfort Inn. Sé que pedí que lo comprobaran. Tengo todos los papeles aquí. Espera un momento. —Lassiter escuchó el ruido de unas hojas—. Sí, aquí está. Hizo una llamada. Llamó a Chicago. La llamada duró menos de un minuto. Eso es todo.
—¿Adonde llamó?
—Pues… —El detective pareció titubear—. ¡Qué demonios! Llamó a un hotel. El Embassy Suites.
—¿Y?
—¿Qué crees? Hablaría con la telefonista. Obviamente, no figura nada. —La voz de Riordan tenía un tono defensivo—. No hicimos más averiguaciones. Ya sabes, en el hotel habrá… ¿Qué? ¿Doscientas habitaciones? Y la llamada no duró ni un minuto. Por todo lo que sabemos, hasta puede que se equivocara de número.
—¿Qué se sabe del frasco?
—Hemos conseguido algunas huellas dactilares, pero son todas de Sin Nombre. El laboratorio ha vuelto a analizar el contenido: agua. Así que el fracaso sigue siendo una gran interrogación.
—Habéis sacado fotos, ¿no? ¿Podríais mandarme unas copias?
Se oyó un gran suspiro al otro lado de la línea.
—Vale, veré lo que puedo hacer. Pero eso es todo, Joe. Yo ya no llevo el caso. A partir de ahora habla con Pisarcik.
—Lo haré. Sólo una cosa más. ¿Qué hay de lo de Florida? De la habitación donde «Gutiérrez» recibía el correo. ¿Tienes la dirección?
Riordan se rió.
—Venga ya —dijo. Después colgó.
Resultó que en Chicago había cuatro hoteles que se llamaban Embassy Suites. Y Lassiter no podía llamar a Riordan para preguntarle cuál de ellos era. Así que llamó a su oficina y le dijo a uno de sus investigadores, un antiguo agente del FBI que se llamaba Tony Harper, que fuera a ver qué podía averiguar en el Comfort Inn. Lassiter confiaba en que Tony conseguiría una copia de la factura de Sin Nombre, aunque Probablemente le costaría dinero. Tony no lo defraudó. Dos horas después le mandó por fax una copia de la factura y un recibo por cien dólares. El recibo era en concepto de «servicios prestados».
Además de una solitaria llamada al prefijo 312, la factura incluía el número de la tarjeta Visa de Juan Gutiérrez. Lassiter sabía que, por veinticinco dólares, podía comprar un historial de los créditos de Gutiérrez, pero, por doscientos, podría conseguir algo todavía mejor: un listado detallado de cada pago que Gutiérrez había hecho con la tarjeta. Con las dos tarjetas, porque creía recordar que Riordan le había dicho que Gutiérrez tenía dos tarjetas. Su contacto encontraría sin problemas la segunda tarjeta a través de la primera, y también cualquier otra que pudiera tener.
El procedimiento no era enteramente legal, pero, al fin y al cabo, tampoco es legal conducir por encima del límite de velocidad. En la «era de la información», la violación de la intimidad era el equivalente moral a conducir sin llevar puesto el cinturón de seguridad; si a uno lo pillan, paga la multa y se va. Lassiter buscó en el listín de teléfonos giratorio que tenía encima de la mesa el número de Mutual General Services, una empresa de venta de datos con base en Florida.
Mutual era una empresa especializada en desenterrar información. Si alguien quería un informe bancario, un número de teléfono que no aparecía en la guía, una copia del recibo de una tarjeta de crédito o de un número de teléfono, ellos lo conseguían, rápido y barato. Según Leo, lo hacían a la vieja usanza. O sea, sobornando a gente. Sin duda, tendrían a alguien en la nómina de las principales emisoras de tarjetas de crédito y de todas las compañías telefónicas de Estados Unidos. «Sólo hacen una cosa —decía Leo—, pero lo que hacen lo hacen bien.»
Lassiter llamó a Mutual, dio el número de su cuenta y le dijo lo que buscaba a la mujer que lo había atendido: copias de los recibos de los últimos tres meses de la tarjeta de crédito de Juan Gutiérrez. Le dio el número de la tarjeta y pagó un poco más para que se la mandaran de manera urgente.
Hecho esto, se concentró en la llamada telefónica que figuraba en el recibo del Comfort Inn. Le habían cobrado un dólar y veinticinco centavos por una llamada de un minuto, lo que significaba que la llamada había durado algo menos.
Lassiter analizó las distintas posibilidades. Un minuto, probablemente menos. Hacía falta más tiempo para hacer una reserva. Y, si quería hablar con alguien que se alojaba en el hotel, lo más probable es que no lo hubiera conseguido; la operadora del hotel habría tardado unos segundos en conectarlo, el teléfono tendría que sonar en la habitación… Así que todo parecía indicar que, a quienquiera que hubiera llamado Sin Nombre, no estaba. A no ser… A no ser que Sin Nombre hubiera viajado a Washington desde Chicago. En ese caso era posible que estuviera llamando a «casa». La mayoría de las suites de hotel tenían buzones de voz, así que puede que Sin Nombre estuviera comprobando si tenía alguna llamada.
Lassiter marcó el número del buzón de voz de su oficina e introdujo los números necesarios para avanzar por el sistema mientras cronometraba el proceso. Tenía dos mensajes cortos. Tardó noventa y dos segundos. Apuntó los mensajes, apretó la letra «B» para borrarlos y volvió a llamar. Cincuenta y un segundos.
Después marcó el número del hotel.
—Embassy Suites. ¿En que puedo ayudarlo?
—Estoy intentando ponerme en contacto con alguien que se aloja ahí. Juan Gutiérrez.
—Un momento, por favor. —Siguió una larga espera amenizada con música enlatada—. Lo siento. Me temo que no tenemos ningún huésped con ese nombre.
Una de las cosas que convertían a Lassiter en un buen investigador era la minuciosidad. Si se encontraba en un aparente callejón sin salida, siempre intentaba asegurarse de que no había ninguna puerta oculta. Así que, en vez de colgar, insistió.
—Este es el último número que nos ha dado. ¿Podría volver a comprobarlo? Sé que estaba alojado ahí hace un par de semanas y tenía entendido que iba a estar en Chicago una temporada. Puede que dejara un número de contacto. ¿Podría comprobarlo?
—¿Es usted un amigo o…?
—No. Soy el abogado de la señora Gutiérrez. Está muy preocupada.
Más música enlatada. No estaba seguro de lo que esperaba averiguar, incluso en el supuesto de que Sin Nombre se hubiera alojado allí. Pero quizás hubiera otro recibo, más llamadas de teléfono.
La música se detuvo, y volvió a ponerse la recepcionista.
—Tiene razón. Sí hemos tenido un huésped con ese nombre. Parece ser que se fue sin pasar por recepción.
Lassiter hizo como si no entendiera.
—Lo siento, no la…
—Bueno, parece ser que…
—¿No irá a decirme que se fue sin pagar la cuenta? Eso no sería propio de él.
—No, no, eso no es lo que quería decir. Hicimos una impresión de su tarjeta de crédito cuando se registró en el hotel. El problema es que… ¿Le importaría decirme su nombre?
—Por supuesto. Soy Michael Armitage. De Hulmán, Armitage y McLean, Nueva York.
—Y… ¿dice que es el abogado de la señora Gutiérrez?
—En efecto. La represento legalmente.
—Bueno, el problema es que el señor Gutiérrez ha sobrepasado el límite de su tarjeta de crédito. Hemos intentado comunicárselo, pero… no lo hemos encontrado.
—Entiendo.
—La cosa es que hay un saldo a favor del hotel.
—Creo que nosotros podremos encargarnos de eso. Pero, antes, quisiera saber durante cuánto tiempo se ha alojado con ustedes el señor Gutiérrez.
El largo silencio al otro lado de la línea le dijo que se había pasado de la raya; había hecho una pregunta de más.
—Creo que lo mejor será que hable con el director. Puedo pedirle que lo llame…
—No es necesario. Además, me están esperando. Muchas gracias —dijo Lassiter y colgó.
Tardó menos de cinco minutos en meter el chándal, las zapatillas y un cambio de ropa en una bolsa de viaje. Con la bolsa en una mano y una taza de café en la otra, salió de casa y caminó sobre la nieve hasta el coche.
Había una sucursal de Fotocopias Kinko en Georgetown, justo al otro lado del puente Key Cogió el cinturón de circunvalación hasta Rosslyn, cruzó el Potomac y fue hacia la calle M. Dejó el coche en el aparcamiento de la tienda de licores Eagle y cruzó el callejón hacia Fotocopias Kinko. Diez minutos después salió con una cajita de tarjetas de visita impresas en un papel relativamente grueso de color gris. Las tarjetas tenían escrito:
Víctor Oliver
Vicepresidente
Muebles Gutiérrez
2113 52nd Vi, SW
Miami, Florida 33134
305-234-2421
No tenía ni idea de si existía un 2113 52nd Place, pero el código postal estaba bien y con el número de teléfono tampoco habría problemas. Era un teléfono de contacto que tenía la DEA para operaciones secretas. Aunque claro, si llamaban preguntando por Víctor Oliver, alguien en la DEA iba a malgastar mucho tiempo intentando averiguar quién era.
No era un buen fin de semana para viajar sin reservas. Una de las pistas del aeropuerto National estaba cerrada, y los vuelos del aeropuerto de Dulles estaban saliendo con retraso por la nieve. Aun así, a las tres de la tarde, Lassiter ocupaba un asiento de primera clase en un vuelo de Northwest con destino al aeropuerto de O’Hare, en Chicago. Siempre había pensado que, excepto en vuelos muy largos, volar en primera clase era un desperdicio de dinero, pero era todo lo que había podido conseguir. El asiento de al lado estaba ocupado por una rubia con los ojos marrones y mucho más escote de lo que parecía razonable en un día tan frío. Llevaba mucho perfume y cada vez que decía algo se inclinaba hacia Lassiter y le tocaba el brazo. Tenía las uñas de tres centímetros de largo pintadas de un fuerte color rojo.
Se llamaba Amanda y estaba casada con un constructor que viajaba mucho. «De hecho, en estos momentos está de viaje.» Amanda criaba perros de Shetland. Ahora mismo volvía a casa después de un concurso en Maryland. Lassiter la escuchaba, asintiendo educadamente, mientras hojeaba la revista del avión. A pesar de su falta de entusiasmo, ella no dejó de hablar durante todo el vuelo. Le explicó todos los entresijos de los concursos caninos y los trucos del gremio, que, por lo visto, estaban relacionados con la laca, el esmalte transparente para las uñas y la vitamina E. «Una pizquita de ese aceite, justo en el hocico, y ¡no puede imaginarse cómo les brilla! Ya sé que parece un detalle insignificante, pero en este tipo de concursos esos pequeños detalles son fundamentales.»
Al aterrizar, el ruido de los motores ahogó su voz, aunque no por mucho tiempo. Mientras el avión avanzaba lentamente hacia la terminal, ella se inclinó hacia él, apoyando el pecho en su hombro mientras le cogía la mano.
—Si le apetece un poco de compañía —dijo Amanda al tiempo que le daba su tarjeta de visita—, vivo muy cerca del centro.
La tarjeta era rosa, estaba impresa con una letra llena de florituras y tenía un dibujo diminuto de un perro en una esquina. Había algo vulnerable en esa mujer. Como no quería herir sus sentimientos, Lassiter se metió la tarjeta en el bolsillo.
—Voy a estar muy ocupado —repuso—, pero ya veremos. Nunca se sabe.
Lassiter llamó al hotel desde el mismo aeropuerto.
—Embassy Suites. ¿En qué puedo ayudarlo? —Esta vez era la voz de un hombre.
—Bueno, la verdad… Yo no sé cómo… —dijo Lassiter. Era un imitador nato y adoptó un ligero acento extranjero, acordándose de incluir el sujeto en cada frase; algo que siempre hace que una voz suene «extranjera», incluso si el que la escucha no consigue adivinar el acento—. Yo me alojaba en su hotel hace unas semanas y yo me temo que me fui prematuramente. Un problema familiar.
—Lo siento.
—Sí, bueno, era una mujer muy mayor.
—Ah.
—Pero ¡la vida sigue! Y ahora a mí me gustaría pagar mi cuenta.
—¡Ah! Ya veo. Entonces, ¿no pagó cuando se fue?
—Exactamente.
—Bueno, claro. A veces hay problemas que no pueden esperar. ¿Puede decirme cómo se llama? Lo miraré en el ordenador.
—Juan Gutiérrez.
—Un momento, por favor. —Lassiter oyó el sonido de las teclas y agradeció que no le pusieran el hilo musical—. Aquí está. Había reservado la habitación hasta el día doce, ¿verdad?
—Sí, así es.
—Bueno, parece que le guardamos la habitación mientras nos fue posible, pero… Ah, ya veo cuál es el problema. ¡Ha rebasado el límite de su tarjeta Visa!
—Eso es lo que yo me temía.
El recepcionista se rió comprensivamente.
—Me temo que ha quedado un saldo de seiscientos treinta y siete dólares con dieciocho centavos a nuestro favor. Si quiere, puedo ponerle con el director. Quién sabe, puede que le descuente un par de días.
—No, no. Yo tengo mucha prisa. Y, además, esto no es culpa del hotel.
—Podemos mandarle la cuenta.
—De hecho, uno de mis ayudantes, el señor Víctor Oliver, estará en Chicago mañana. Yo puedo pedirle que se pase por el hotel para saldar la cuenta. ¿Le parece bien?
—Por supuesto, señor Gutiérrez. Le tendré la cuenta preparada en recepción.
Lassiter respiró hondo.
—Sólo una cosa más. Yo me dejé un par de cosas en la habitación. ¿Las habrán…? ¿Las tendrán guardadas en algún sitio? —preguntó con ansiedad.
—Normalmente enviamos los objetos que nuestros clientes se olvidan a la dirección de la tarjeta de crédito, pero si la habitación estaba sin pagar… Me imagino que sus pertenencias estarán en el almacén. Me ocuparé personalmente de entregárselas a su ayudante.
—Gracias. Ha sido de gran ayuda. Yo le diré a Víctor que pregunte por usted.
—Bueno, yo no entro hasta las cinco, así que…
—Perfecto. Víctor tiene todo el día ocupado con reuniones. Yo no creo que pueda ir al hotel antes de las seis.
—Puede pedirle la cuenta a cualquier otra persona de recepción.
—Yo preferiría que fuera usted. Ha sido de gran ayuda.
—Gracias —dijo el hombre—. Bueno, dígale que pregunte Por Willis, Willis Whitestone.
A Lassiter le gustaba Chicago. Los rascacielos junto al lago, el brillo y la sofisticación nunca dejaban de sorprenderle. Fue en taxi al Near North Side y se registró en uno de sus hoteles favoritos, el Nikko. Era un elegante hotel japonés con un excelente servicio. Los arreglos florales eran tan bellos como sencillos y tenía un magnífico restaurante en la planta baja. Lassiter disfrutó de su exquisita comida esa misma noche, acompañando el sushi con dos botellas grandes de Kirin. Al volver a su habitación, lo normal hubiera sido encontrar un bombón en la almohada, pero, claro, aquello era el Nikko. En vez del bombón había una figurita hecha con papel de arroz: un lobo aullando, o quizá fuera un perro. Fuera lo que fuese, lo hizo pensar en Blade Runner.
Al día siguiente pasó la mayor parte de la mañana visitando el Art Institute. Después fue a la sucursal de su empresa para saludar a sus empleados. La oficina de Chicago era mucho más pequeña que la de Washington, pero sus empleados eran igual de eficaces y la facturación estaba creciendo. Les dio la enhorabuena. Después degustó un pesado pero delicioso almuerzo en Berghof’s. Para bajar la comida, volvió andando hasta el hotel. Las calles estaban muy animadas. Había mujeres del ejército de salvación haciendo sonar sus campanas, luces navideñas y multitud de personas comprando regalos.
Al llegar al hotel se puso el chándal y las zapatillas y fue hacia la orilla del lago. Soplaba un viento fuerte, pero él bajó la cabeza y siguió corriendo; unos cinco kilómetros hasta el club náutico y vuelta. Cuando volvió al hotel ya había anochecido. Lassiter estaba agotado.
Se duchó para reanimarse y se vistió rápidamente. Una camisa azul grisáceo de la que Mónica solía decir que tenía exactamente el color de sus ojos; un traje azul oscuro con unas rayas casi imperceptibles; una corbata burdeos y negra; zapatos ingleses y guantes de cuero. Todo era de Burberry’s. Excepto los zapatos, que eran de Johnston & Murphy’s, y el abrigo: una prenda algo gastada de cachemir negro que había comprado en Zurich unos ocho años atrás. Lassiter solía vestir de forma sencilla, pero no ese día. Quería estar elegante cuando fuera a ver a Willis Whitestone.
El hotel estaba en la manzana de los números seiscientos de la calle State. Lassiter anduvo un poco, se tomó una copa en un bar cercano y calculó su llegada para las seis en punto. Se sentía algo nervioso; al fin y al cabo, estaba trabajando a ciegas. ¿Y si Sin Nombre se había dejado una pistola o un kilo de coca en la habitación? Respiró hondo y entró en el vestíbulo con paso decidido.
Willis Whitestone no podría haber sido más agradable. Lassiter le dio una de las tarjetas de visita de Víctor Oliver, comprobó la factura y sacó de la cartera siete billetes de cien dólares. Rechazó el cambio moviendo la mano al tiempo que decía:
—El señor Gutiérrez me ha dicho que ha sido usted de gran ayuda.
Willis le dio las gracias, selló la factura y le entregó una bolsa de cuero. Lassiter se colgó la bolsa del hombro, se despidió y volvió a salir a la fría noche de Chicago.
De vuelta en el Nikko, se quitó el abrigo, pero no los guantes. A pesar de estar bastante gastada, se notaba que la bolsa de cuero era de muy buena calidad. Era una maleta elegante, con una base rígida, laterales suaves y una gruesa correa de cuero. La etiqueta de dentro decía Trussardi. Tenía un compartimiento central y dos grandes bolsillos laterales. Abrió las tres cremalleras y dejó caer el contenido de la bolsa encima de la cama.
Había un par de camisas de cuello ancho, que debían de ser o muy caras o muy baratas, un cinturón, calcetines, ropa interior y un par de pantalones de algodón. Más prometedor parecía un estuche de piel de becerro que medía unos veinte centímetros. Dentro encontró un billete de avión usado de Miami a Chicago, un folleto de la empresa de coches de alquiler Álamo y tres cheques de viaje de veinte dólares firmados por Juan Gutiérrez.
Lassiter sintió una gran decepción.
Se dijo a sí mismo que tenía que haber algo más. Levantó la bolsa y la sacudió. Buscó con la mano en cada uno de los bolsillos y palpó los costados. Examinó el fondo, al derecho y al revés. Volvió a hacerlo todo de nuevo. Y otra vez más. Pensó que quizá tuviera un doble fondo, pero la base de la bolsa no se movía.
No encontró lo que buscaba, un bolsillo plano que ocupaba toda la base de la bolsa, hasta que repitió el proceso por cuarta vez. El ribete de cuero que unía la base a los laterales se abría si se tiraba con fuerza de él. De hecho, Lassiter pensó que estaba rompiendo las costuras, pero el ribete estaba pegado a los laterales mediante la magia del Velero. Lassiter sacó un grueso trozo rectangular de cartón: la base de la bolsa. Se abría como un libro y estaba dividida en dos compartimientos poco profundos. Uno de los compartimientos contenía un fajo de billetes de distintas monedas, el otro un pasaporte. Todo estaba hecho con tanto cuidado que ninguna de las dos cosas sobresalían.
Lassiter cogió el pasaporte y le dio la vuelta. Era italiano. Podía sentir como le latía el corazón mientras lo abría. Dentro estaba la foto del hombre que había matado a Kathy y a Brandon. Franco Grimaldi. La foto mostraba una versión más joven del retrato robot que había hecho la policía. Los músculos de Lassiter se tensaron de expectación, como un cazador cuya presa acaba de aparecer en la mirilla del rifle. Una reacción extraña teniendo en cuenta que el hombre yacía en la cama de un hospital vigilado por la policía. Aun así, Lassiter no pudo reprimir su entusiasmo.
Sin Nombre por fin tenía una identidad y Lassiter estaba seguro de que, hablara o no, él conseguiría descubrir el porqué de los asesinatos de Kathy y Brandon.
Nunca había entendido la necesidad apremiante que sentía alguna gente por averiguar cómo y por qué había muerto alguien a quien querían. Había leído sobre la apasionada búsqueda de datos, de justicia, de castigo y de detalles de los familiares de soldados desaparecidos en combate o de víctimas de atentados terroristas como el de Lockerbie, y su afán siempre lo había desconcertado. ¿Por qué no dejaban las cosas como estaban? ¿Por qué no intentaban proseguir con sus vidas y dejar atrás la tragedia?
Ahora lo entendía.
Cogió una botellita de whisky escocés del minibar, abrió la tapa y se sirvió dos dedos en un vaso. Se sentó delante del escritorio y estudió el pasaporte. La página de la foto contenía los datos personales: Grimaldi, Franco. Nacido el 17-3-1955. Debajo había pegado un trozo de papel blanco con un sello de aspecto oficial. Parecía ser un cambio de domicilio. 114 vía Genova, Roma. Lassiter levantó el papel y vio que, en efecto, debajo había otra dirección: vía Barberini, y un número. Además, el pasaporte incluía una descripción de Grimaldi. Estatura: 1,85 cm. Peso: 100 kg. Pelo: negro. Ojos: marrones. Mientras movía las páginas en busca de visados y sellos de aduanas, un trozo de papel cayó al suelo. Lassiter lo recogió.
Era un extracto de una transferencia bancaria a favor de Grimaldi por valor de cincuenta mil dólares en una cuenta corriente a nombre de la sucursal de Bahnhofstrasse del Crédit Suisse de Zurich. La transferencia estaba fechada hacía unos cuatro meses. Lassiter dejó el extracto bancario a un lado y volvió a concentrarse en el pasaporte. Pensaba que podría seguir los movimientos de Grimaldi gracias a los sellos de las distintas aduanas, pero las páginas estaban tan llenas que tuvo que hacer una lista. Pasó una página tras otra, descifrando todos los sellos posibles, y apuntó cada entrada y cada salida en un cuaderno. Al acabar, rompió la hoja del cuaderno en multitud de pequeños trozos y escribió una segunda lista, esta vez en orden cronológico.
El pasaporte abarcaba un período de diez años. Los sellos más antiguos, que databan de 1986, revelaban que Grimaldi había viajado con frecuencia entre Beirut y Roma. Lassiter reflexionó sobre ello. En 1986, Beirut era lo más parecido que había en la tierra al séptimo círculo del infierno. Los únicos europeos que había en la ciudad estaban encadenados a radiadores, en las calles estallaban continuamente coches bomba y los asesinatos estaban a la orden del día. ¿Qué cojones haría Grimaldi en Beirut?
Después de Beirut, había ido varias veces a San Sebastián y Bilbao: el País Vasco. En 1989 viajó a Mozambique. Después no había ni un sello en casi tres años. Por fin, en junio de 1992, Grimaldi volvió a viajar, esta vez a los Balcanes. Un par de viajes a la capital serbia, Belgrado, seguidos, un año después, por varias visitas a su equivalente croata, Zagreb. Y, después, nada hasta 1995, cuando Grimaldi viajó a Praga, Sao Paulo y Nueva York. El último sello era del aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York y estaba fechado el 18 de septiembre de 1995.
Lassiter no sabía qué pensar. Puede que Grimaldi tuviera un segundo o incluso un tercer pasaporte, y quizá con nombres distintos. Y no sólo eso. Italia formaba parte de la Comunidad Europea, así que en el resto de los países comunitarios no le sellarían el pasaporte. Grimaldi podría haber hecho innumerables viajes por Europa sin que nadie se molestara en registrarlos.
Incluso así…, los tres años sin viajes, entre 1990 y 1992, resultaban elocuentes. ¿Una estancia en la cárcel? Podría ser. O tal vez estuviera viajando bajo otra identidad. Los viajes a Beldado, Zagreb y Beirut también resultaban interesantes; no eran destinos turísticos, ni mucho menos. ¿Y los viajes a España y a Mozambique? ¿Iría de vacaciones? Y, de ser así, ¿en que trabajaría? ¿A qué se dedicaría Grimaldi cuando no estaba matando gente? ¿Cómo se ganaría la vida?
No sin cierta frustración, Lassiter dejó el pasaporte a un lado y esparció el dinero sobre el escritorio. Había billetes de distintos países y, aunque no se molestó en contarlos, era una importante suma de dinero: al menos veinte mil dólares, puede que treinta mil.
Volvió a colocar la base en la bolsa de cuero, guardó el dinero y el pasaporte en los bolsillos laterales y metió la ropa en el compartimiento central. Después cerró las cremalleras. A la mañana siguiente le mandaría la bolsa a Riordan, anónimamente.
Y, en cuanto a él, ya era hora de volver a Washington. Estuvo haciendo llamadas hasta que por fin consiguió un asiento en un vuelo nocturno a Baltimore. Desde luego, no era un plan de viaje ideal. El vuelo no llegaba hasta la una de la madrugada y Baltimore estaba a 130 kilómetros del aeropuerto de Dulles, donde Lassiter había dejado aparcado el coche. Pero todo eso daba igual. Había alguien en Washington con quien quería hablar lo antes posible, un viejo amigo que trabajaba en un rincón muy oscuro del gobierno. Nick Woodburn. Woody.