Código génesis

John Case · Capítulo 34 de 38

Páginas del PDF

Código génesis

Capítulo 34

 

Se alojó en el hotel Marriott Long Wharf bajo el nombre de Joe Kelly. Pagó al contado y tuvo que dejar una fianza de cincuenta dólares para cubrir los gastos de las posibles llamadas telefónicas. No es que estuviera huyendo, pero tampoco estaba precisamente de paseo. Si Umbra Domini quería presentar cargos falsos contra él, estaba seguro de que en Italia podría conseguirlo… si es que no lo había conseguido ya. La única razón por la que un agente del FBI iría a su oficina con alguien de la embajada italiana sería porque el gobierno italiano lo buscaba y lo consideraba peligroso.

Lassiter había decidido ser discreto, al menos hasta que encontrara a Marie A. Williams.

No tenía nada que hacer hasta su cita del día siguiente con Torgoff, así que estuvo paseando por las calles nevadas de Boston hasta que encontró un pequeño comercio donde vendían sándwiches de falafel. Diez minutos después volvía a estar en su habitación de hotel. Se sentó en el sofá, con los pies encima de una mesa baja y siguió leyendo la información sobre Calista Bates.

Nada nuevo. Con el tiempo, la prensa había empezado a reciclar sus propios artículos, publicando las mismas historias de siempre con titulares nuevos y fotos distintas. Lassiter leyó media docena de artículos sin encontrar un solo detalle que no conociera ya. Era una labor tediosa, pero, como no tenía nada mejor que hacer, ni ninguna otra pista que seguir, era una manera tan buena como cualquier otra de pasar la tarde.

Cogió la transcripción de una entrevista de un programa nocturno de la televisión que ya hacía bastantes años que había dejado de emitirse. En la década de los ochenta, el programa tenía la reputación de ser discreto, tranquilo y respetuoso, aunque al final resultó tener una orientación demasiado intelectual para tener éxito de audiencia. Lassiter se acordaba del programa. Se hacía en un estudio con un decorado sencillo y consistía en entrevistas con actores, directores, guionistas y críticos cinematográficos.

La fecha que encabezaba la transcripción era el 27 de abril de 1988. Calista estaba promocionando una película de acción que se llamaba Roja rosa. La entrevistadora, Valery Fine, parecía empeñada en sacarle todo el jugo posible a su artista invitada.

 

VF: Bueno, ya tienes un Oscar por Horizontes perdidos, la nueva película es un éxito y tú te has convertido en una de las actrices más solicitadas del país. ¿Qué se siente al estar tan arriba?

CB: La verdad, no lo sé. (Risitas.) ¿Que qué se siente al estar tan arriba? Supongo que debe de ser algo parecido a lo que se siente al volar.

VF: Pareces… tan poco afectada… Lo que quiero decir es que, aunque estás montada en una montaña rusa, pareces perfectamente centrada. Escoges tus papeles con mucho cuidado y rechazas muchas ofertas. De alguna manera, pareces inmune a la fama.

CB: Yo no diría tanto.

VF: Yo sí. Pareces muy… equilibrada. Y yo me pregunto: ¿Has hecho alguna vez algo realmente… estúpido?

CB: (Risas.) Por supuesto que sí. ¿Equilibrada? No, no creo lo sea.

VF: Bueno, tú eres la mujer ideal para medio mundo. Y estás aquí. ¡Eres Calista Bates! Pero, al mismo tiempo, también pareces la chica de enfrente.

CB: (Risas.) ¿Adonde quieres ir a parar? Ni que yo fuera una de esas mujeres que dirigen un consultorio sentimental en la radio.

VF: Bueno, no. Para empezar, eres demasiado sofisticada para eso. Pero, háblanos de ti, de la verdadera Calista Bates.

CB: No, prefiero no hacerlo.

VF: ¿No?

CB: No.

VF: Pero ¿por qué no? Conozco las reglas. No hablaremos de tu familia ni de tu infancia ni de nada por el estilo. Pero ¿qué daño puede hacer que la gente te conozca un poco mejor? Eres una mujer brillante, una mujer inteligente. Lees mucho. Eres una mujer con muchas inquietudes. ¿Por qué no quieres que la gente conozca esa faceta tuya?

CB: Basta con lo que la gente ya sabe de mí.

VF: Pero ¿por qué?

CB: (Suspiros.) Mira, cuando hay una cámara de por medio, cuando ocurre algo digno de salir en las noticias, o simplemente cuando un periodista entrevista a un jugador al acabar el partido… ¿sabes lo que pasa? Siempre hay alguien al fondo dando saltos para saludar a la cámara.

VF: (Saludando.) Sí, sé lo que quieres decir.

CB: Bueno, la cuestión es que cuando consiguen salir en la televisión se ponen como locos. Es como si hubieran sido tocados por una gracia especial. Se convierten en parte del otro mundo, del mundo de la televisión, y piensan que ese mundo es más real que el suyo.

VF: Sí, tienes razón. Eso también me ha pasado a mí. No quiero decir que tenga que ponerme a dar saltos para que me mire alguien, porque que ya me ve todo el mundo. (Risas.) Pero es curioso, porque mis amigos siempre me dicen que los busque. «Oye, Val, si ves el partido de baloncesto de los Lakers que ponen en la tele, ¡búscame! Estaré sentado en la sexta fila, detrás del banquillo, a la derecha.»

CB: ¡Sí! Aunque veas a esa amiga prácticamente todos los días. Y, además, en carne y hueso. Pero ella quiere que la veas en la tele.

VF: La verdad, estaba pensando en un hombre.

CB: (Risas.) Bueno, da lo mismo. La cosa es que ésa es una de las reacciones que provocan las cámaras, pero también hay otras. Hay otras personas que no quieren salir en la televisión, que no quieren que les hagan fotos, porque eso las hace sentirse menos reales. Todo el mundo conoce el tópico del miembro de una tribu que no quiere que le hagan fotografías porque cree que la cámara le robaría el alma.

VF: Claro, pero… ¡Un momento! Se supone que estábamos hablando de ti.

CB: (Risas.) Sí. Lo que quería decir es que yo tengo un poco de las dos cosas. Cuando interpreto un papel es como si me pusiera a dar saltos como una loca delante de la cámara. Cuando actúo, quiero que todo el mundo me vea. Pero en la vida real, en mi vida real, soy como el hombre de la tribu. No quiero hablar sobre mi vida real porque si lo hago me siento mal, me siento como si perdiera parte de mi alma.

VF: Tampoco hay que exagerar. ¿No es eso un poco… pretencioso? Yo no quiero quitarte parte de tu alma. Sólo quiero una historia, algo sobre la verdadera Calista.

CB: (Suspiros.) No lo entiendes. Pero eso es porque tú eres la que hace las preguntas.

VF: Tienes razón. Seamos justas. Hazme una pregunta. Adelante, pregúntame lo que quieras.

CB: De acuerdo. (Se aclara la voz.) Dime, ¿con cuánta frecuencia te masturbas?

VF: (Gritando y riéndose.) ¡Eso no vale! Yo no te estaba preguntado nada tan personal.

CB: Un disc-jockey de la radio lo haría.

VF: Pero tú te negarías a contestar, ¿verdad?

CB: Sí. Pero, si lo hiciera, la gente diría que soy esquiva. O que no llevo bien la fama. Mira, yo no quiero parecer difícil. Antes hablaba de mí misma todo el tiempo.

VF: ¿No te parece que estás exagerando?

CB: No. De verdad, hablaba mucho de mí. Pero cuando contaba algo sobre mí misma sentía como si se me erizara el vello.

VF: ¿Qué quieres decir?

CB: Por ejemplo, si conozco a alguien y esa persona ya lo sabe todo acerca de mí, me parece que la situación está desequilibrada. Al cabo de cierto tiempo, uno deja de hablar de gran parte de su vida porque, una vez que comparte las cosas, ya no son suyas. ¡Se van! Lo que quiero decir es que… No me estoy explicando demasiado bien.

VF: Pero ése es precisamente el precio de la fama, ¿no? Si quieres que la gente pague seis dólares por ir a verte, ¿no crees que tú les debes dar algo a cambio?

CB: No. No lo creo. El público paga por ver mi película, no por saber quién es mi jugador favorito de los Lakers o si llevaba trenzas cuando tenía cinco años.

VF: Así que no me vas a ayudar, ¿eh?

CB: ¡Eres implacable!

VF: ¡Por favor! Cuéntanos algo, cualquier cosa.

CB: (Suspiros.) Está bien. Pero sólo porque quizá sirva para que otras chicas no hagan la misma tontería que hice yo. Aunque, claro, no creo que sirva para nada. ¿A quién estoy intentando engañar?

VF: Vamos, vamos. ¡Estamos esperando!

CB: Está bien, pero es una estupidez. No es una anécdota graciosa, sino más bien una estupidez, una estupidez peligrosa. (Suspiros.) Cuando vine a California tenía diecinueve años. Casi no tenía dinero. Vine conduciendo yo sola con Gunther.

VF: ¿Quién es Gunther?

CB: Gunther es una vieja furgoneta Volkswagen con las llantas peladas que siempre se calienta demasiado. Prácticamente tuve que cruzar las montañas Rocosas muy despacio para que el motor no se calentara demasiado. Desde luego, no es una furgoneta segura. Y, para ahorrar, paraba en la cuneta o en cualquier aparcamiento y dormía allí mismo, en la furgoneta. Todavía me cuesta creer que lo hiciera.

VF: Y… ¿te ocurrió algo terrible?

CB: No, pero ésa no es la cuestión. La mayoría de la gente era increíblemente simpática, pero me ocurrieron cosas que podrían haber sido… No sé… Peligrosas.

VF: ¿Como qué?

CB: Como la vez que un tipo intentó arrastrarme hasta su coche. O esa otra vez que otro tipo se subió encima de la furgoneta y no se quería bajar; estaba completamente drogado.

VF: Pero, de todas formas, conseguiste llegar, ¿verdad? ¿No es eso lo que importa?

CB: No. Yo tuve suerte. Pero puede que otra chica no la tenga.

VF: Tienes razón. Pero no puedo resistirme a preguntarte una cosa. ¿Quién es tu jugador favorito de los Lakers?

 

La entrevista continuaba durante un par de páginas más. Cuando Lassiter acabó de leerla, la dejó a un lado y cogió otro artículo. Pero después cambió de idea. La historia de la furgoneta tenía alguna relación con otra cosa. Pero ¿el qué?

Entonces se acordó. La revista L. A. Style había publicado un artículo con el titular «Esto es todo, amigos. ¡Calista se marcha!»

¿Se habría traído ese artículo? Lassiter había dejado la mayoría del material de Calista en Washington. Sólo había llevado consigo lo que todavía no había leído y varios artículos que le habían parecido que podrían ser importantes. El artículo del L. A. Style debería estar entre estos últimos. Y, de hecho, lo estaba. Lo sacó del montón que tenía en el maletín y pasó las páginas.

Era una entrevista concedida en el hotel Beverly Hills, donde Calista se estuvo hospedando después de vender su casa. El artículo estaba abarrotado de detalles irrelevantes expuestos con gran precisión. Los ojos de Calista eran de color «añil herido». Calista contestaba las preguntas «con el cinismo sincopado de un amante maltratado». ¿Qué querrá decir eso?, se preguntó Lassiter.

Las columnas de texto rodeaban una fotografía de la estrella de cine. Calista llevaba una blusa y unos pantalones cortos. Estaba sentada con las piernas cruzadas. «La única señal de tensión era el movimiento esporádico de un dedo del pie», escribía el articulista.

 

Se estaba despojando de los lazos que la unían a la ciudad. Eso estaba claro. Había vendido su casa y sus muebles y había devuelto el Bentley a los estudios. En el pasillo de entrada de su suite encontré una maleta solitaria detrás la puerta.

Le pregunté por sus planes. Ella permaneció sentada en la bóveda de silencio en la que habita desde que se celebró el juicio. Después se sacudió la melena y dijo: «Ya se me ocurrirá algo.» Estaba removiendo el líquido transparente del vaso que tenía delante con una pajita, observando cómo las gotas de condensación caían por el perfil externo del vaso.

«¿No te has quedado con nada?»

Calista movió la cabeza.

«¿Nada? ¿Ni siquiera algo de ropa? ¿Ni una foto? ¿Qué me dices del Mercedes?»

«Lo he vendido», respondió Calista. Detrás de ella, una lagartija subía por la pared soleada del bungalow. Se movía tan deprisa que parecía una alucinación. Calista sonrió, se puso las gafas y se levantó. Estaba claro que la entrevista había terminado.

«Estaba pensando que podría irme en el mismo caballo en que llegué», dijo Calista. Después se dio la vuelta y se marchó.

 

Lassiter dejó el artículo sobre la mesa y frunció el ceño. Se sentía desilusionado. Pensaba que el artículo daría más de sí. De todas formas: «Podría irme en el mismo caballo en que llegué.» Estaba claro. Se refería a Gunther. Si se interpretaba literalmente, el caballo era la furgoneta. Así fue como había llegado a California: en Gunther.

Cogió el teléfono y llamó a Gary Stoykavich a Minneapolis.

—¿Tiene algo nuevo para mí? —le preguntó Lassiter.

—No.

—Pues déjeme que le haga una pregunta: ¿se podría enterar de qué tipo de coche tenía Williams cuando vivía en Minneapolis?

—Eso ya lo sé —dijo el detective—. Tenía dos coches. Un Honda Accord que compró aquí y un Volkswagen.

—¿Un escarabajo?

—No. Una furgoneta.

—¿De verdad? —inquirió Lassiter.

—Sí, así es. Y lo gracioso del caso es que cuando se marchó se llevó la furgoneta. Dejó el Honda tirado en el garaje y se llevó la maldita furgoneta. Claro que puede que necesitara mucho espacio para cargar cosas. En cualquier caso, eso es lo que piensa Finley.

—Así que Finley sabe que tenía una furgoneta.

Era una afirmación, no una pregunta. Lassiter vio cómo su efímera alegría se desvanecía al tiempo que la posible pista se encontraba con un nuevo callejón sin salida. Si Finley sabía que se había ido en una furgoneta, sin duda le habría seguido la pista al vehículo.

—Sí, claro que sí —contestó Stoykavich—. Finley mandó el nombre de Marie A. Williams y su número de la Seguridad Social a las jefaturas de tráfico de todos los estados del país, incluido Alaska.

—¿Y no dio con nada?

—Creo que dio con un montón de Williams, pero ninguna era propietaria de una furgoneta Volkswagen.

—¡Joder!

—¿Qué pasa? ¿Son malas noticias?

—No —mintió Lassiter. Después le dio las gracias y colgó.

Desde luego que eran malas noticias. Y lo peor de todo era que Grimaldi y sus amigos le llevaban una ventaja de tres o cuatro meses. Y, aunque, sin duda, habrían concentrado todos sus esfuerzos en eliminar a las mujeres y los niños que fueran más fáciles de encontrar, tres o cuatro meses era mucho tiempo. «Por otro lado —pensó Lassiter—, seguro que hago este tipo de trabajo mejor que ellos. Y, si a mí me está costando tanto, no creo que a Grimaldi le vaya mucho mejor.»

«A no ser que Drabowsky y el FBI lo estén ayudando. En cuyo caso…»

Lassiter se acercó a la ventana de la habitación y miró el paisaje urbano. La nieve golpeaba insistentemente contra la ventana. Una ráfaga de viento hizo temblar el cristal.

Lassiter se frotó los ojos y se volvió a sentar. Se imaginó a Marie A. Williams, o como se llamase ahora, conduciendo la furgoneta por una carretera cualquiera del país. O puede que la hubiera dejado abandonada en cualquier calle de cualquier ciudad y se hubiese alejado de ella igual que lo había hecho de tantas otras cosas.

No. Si hubiera querido abandonarla, ya lo habría hecho hacía mucho tiempo. Y no lo había hecho. Estaba seguro de que seguía montada en su «caballo». Y eso quería decir que… ¿Qué?

Si todavía tenía la furgoneta, ésta probablemente estaría matriculada con su nuevo nombre… Pero Lassiter no sabía cuál era.

Respiró hondo. Estaba buscando a Calista basándose exclusivamente en su instinto. El hecho de que Calista hubiera nacido en Maine y de que hubiera una fotografía de ella en Maine, o al menos en lo que Dicky Biddle decía que era Maine, no quería decir necesariamente que ella estuviera allí.

Aunque, por otro lado, ¿por qué no iba a estarlo? Tenía que estar en algún sitio y, aunque las pruebas eran escasas, era más probable que estuviera en Maine que en… Finlandia.

Lassiter descolgó el auricular del teléfono. En Maine solo había un millón de habitantes. ¿Cuántas furgonetas Volkswagen podía haber? ¿Y cuántas podían pertenecer a una mujer? Consiguió el número de la jefatura de tráfico de la capital del estado de Maine, y llamó. Pero, claro, no había nadie. Tendría que volver a llamar el lunes por la mañana.

Lassiter suspiró y cogió el siguiente artículo. Era una historia sobre «quiromancia» publicada en una revista para mujeres que había reproducido las palmas de la mano de cuatro mujeres famosas para que las analizase un equipo de expertas. Por lo visto, Calista era «excesivamente melancólica».

 

Al día siguiente, Lassiter cogió el metro hasta la ciudad de Cambridge y se bajó en la parada del instituto universitario MIT. Las aceras y los desagües estaban en un estado lamentable. Lassiter pensó que debería haber cogido un taxi. Toneladas de sal habían derretido la nieve, pero el agua no tenía a dónde ir. Permanecía estancada en las esquinas, obligando a los peatones a dar grandes rodeos y alguno que otro salto de longitud. El despacho de Torgoff estaba en el departamento de Biología de la facultad Whitaker de Salud, Ciencia y Tecnología del MIT. Torgoff lo estaba esperando. Era un hombre joven y robusto con el pelo negro y una alegre sonrisa. Vestía deportivamente con vaqueros, botas de montaña y una camiseta roja con dos imágenes idénticas del cantante Roy Orbison debajo de las palabras: «Sólo clones.»

—Disculpe mi aspecto —dijo Torgoff mientras se levantaba para darle la mano —. Aunque la verdad es que siempre visto así.

El despacho era pequeño y se hallaba abarrotado de libros y papeles. Las paredes estaban cubiertas con gráficos, listados, notas y chistes de científicos chiflados. Colgado del techo había un modelo polvoriento y maltratado de la estructura en doble hélice del ADN construido con cáñamo verde y trozos de plástico blanco. Al lado del escritorio había un caballete y sobre el escritorio, entre los papeles, un cubo de Rubik, algo que Lassiter no veía desde hace años. Torgoff lo invitó a sentarse mientras él se dejaba caer en su asiento, una obra maestra ergonómica de pana verde.

—¿Hasta dónde llegan sus conocimientos de genética? —preguntó Torgoff.

Lassiter lo miró y se encogió de hombros.

—La pregunta no tiene truco —dijo Torgoff—. Si empiezo hablando del operón y la polimerización del ARN, es posible que se pierda. Y eso no es lo que queremos, ¿verdad? Así que por qué no me dice… Ya sabe. —Se tocó la sien—. ¿Cuántos conocimientos genéticos tiene almacenados ahí dentro?

Lassiter reflexionó unos instantes.

—Mendel. Había un hombre que se llamaba Mendel. Por otro lado, está lo de la herencia…

—¡Bien! La herencia es importante.

—Genes dominantes y recesivos.

—¿Puede explicarme lo que son?

—No. Hace años que lo estudié y… —Miró hacia el techo y vio el modelo casero del ADN—. La doble hélice —dijo.

—¿Sabe lo que es?

—Es el ADN —dijo Lassiter—. Aunque, de hecho, supongo que sé más sobre las pruebas del ADN que sobre el ADN en sí. No, no podría decirle lo que es.

—Inténtelo.

—Bueno, cada una de nuestras células contiene algo llamado ADN. Y el ADN de cada persona es distinto del de las demás personas. Es algo así como las huellas dactilares.

—Muy bien. ¿Qué más puede decirme?

—Eso es todo. No podría distinguir un cromosoma de un Pontiac.

Torgoff asintió moviendo la cabeza como si fuera un profesor de golf que, al ver cómo le pega su pupilo a la pelota, se da cuánta de que va a tener que empezar la clase con las palabras: «Esto es un palo de golf.»

—Está bien —dijo—. Ya sabemos que sus conocimientos de genética son inexistentes. Y eso está muy bien. No hay ningún problema. —Torgoff hizo un sonido con el paladar al tiempo que juntaba las manos—. Su ayudante me dijo que está interesado en Baresi.

—Así es.

—¿En qué exactamente? ¿Está interesado en sus trabajos sobre genética o en la persona en sí?

—Supongo que en sus trabajos sobre genética.

—¡Muy bien! Así que podemos olvidarnos de Mendel. Excepto que… La verdad, puede que eso no sea posible. Lo digo porque Mendel y Baresi se parecían bastante. Los dos se hacían preguntas básicas. Y los dos estaban muy por delante de su tiempo.

—¿Y eso por qué?

—Mientras todo el mundo se interesaba por Darwin, Mendel se dedicaba a contemplar guisantes. La cosa es que, como puede que usted sepa, Darwin dijo que los organismos evolucionan respondiendo a las presiones del medio. El problema es que no podía explicar de qué manera.

—Pero Mendel sí —dijo Lassiter.

Torgoff se encogió de hombros.

—No exactamente. Pero sí descifró un par de cosas. Como, por ejemplo, que cada característica hereditaria pasa de una generación a otra de forma independiente. En otras palabras, algunas personas con los ojos azules son daltónicas y otras no. Y Mendel también supo entender la dominancia. Vio que cuando cruzaba una planta grande con una planta pequeña obtenía una planta grande en vez de una de tamaño mediano. Los genes recesivos sólo aparecen al cruzar los híbridos entre sí. Entonces es cuando surgen plantas de todos los tamaños. ¿Me sigue?

—Sí.

—Pues eso realmente fue un paso muy importante. Lo que Mendel hizo fue presentar algunas de las reglas de la herencia. De hecho, resolvió uno de los misterios más antiguos del universo. Aunque, claro, nadie se dio cuenta. Estaban todos demasiado ocupados con Darwin. Y siguieron estándolo durante treinta años. Hasta que otros científicos hicieron los mismos experimentos que Mendel y, al leer sus observaciones, se dieron cuenta de que lo que acababan de hacer era reinventar la rueda; Mendel había llegado a las mismas conclusiones mucho antes que ellos.

»Y a Baresi le pasó algo muy parecido —continuó Torgoff—. Mientras Baresi producía sus mejores teorías, todo el mundo estaba mirando a Watson y a Crick. — Torgoff cogió el cubo de Rubik y empezó a jugar con él mientras hablaba—. Baresi se doctoró en bioquímica con veintidós años, o algo parecido. En cualquier caso, se doctoró en 1953. Y para un especialista en genética eso es algo así como la prehistoria. El año 1953 fue muy importante. Los científicos estaban tremendamente emocionados ante la perspectiva de una pronta solución para una serie de problemas básicos. Y el ADN, esa maravillosa molécula que está presente en las células de todos los organismos vivos, era el centro de atención.

»Ya se sabía que la clave de la herencia estaba en el ADN, pero ¿cómo funcionaba? ¿Cómo regulaba los procesos químicos dentro de las células? Porque no sé si sabe que eso es lo que hace: sintetiza proteínas. —Torgoff hizo una pausa—. ¿Me sigue?

—Más o menos.

—No se preocupe. La cosa es que el ADN regula algunos procesos extremadamente complejos. Y, antes de poder entenderlos, alguien tenía que descubrir la estructura de la molécula. Y lo hicieron. En 1953, un par de científicos llamados Watson y Crick construyeron un modelo en tres dimensiones del ADN. Es eso de ahí arriba. —Torgoff levantó la mirada hacia la especie de sacacorchos de cáñamo y plástico que colgaba del techo—. Una doble hélice —dijo—. Una escalera retorcida, o como quiera llamarlo.

»Así que 1953 fue una fecha muy emocionante para doctorarse en bioquímica. Lo fue porque, una vez entendida la estructura del ADN, aunque sólo fuera superficialmente, se abría la posibilidad de entender cómo funcionan los genes y cómo hace copias de sí mismo el ADN. Por aquel entonces, Baresi trabajaba en el instituto LeBange.

—¿Dónde está eso? —preguntó Lassiter.

—En Berna, Suiza. Es un sitio importante para este tipo de cosas. Siempre lo ha sido. Baresi empezó de una forma bastante convencional, trabajando con Escherichiz coli…

—Bacterias —lo interrumpió Lassiter.

—Exactamente. Es un organismo muy simple y de fácil cultivo que se reproduce como loco. Es muy popular en los laboratorios. Como cualquier otro organismo vivo, excepto algunos organismos virales y unas cosas muy pequeñas y muy extrañas que se llaman priones, el E. coli está formado por cadenas de ADN. Igual que usted y que yo. Así que resulta ideal para la investigación. Pero Baresi cambió de campo. Después de un año o dos, se cambió a los estudios sanguíneos.

—¿Cómo pudo cambiar de campo?

—No son cosas tan distintas. Cuando hablamos de estudios sanguíneos nos referimos a los glóbulos rojos. Y los glóbulos rojos se parecen a las bacterias en dos cosas muy importantes. En primer lugar, no tienen núcleo. Y, en segundo lugar, son fáciles de obtener; los generamos continuamente. Los primeros trabajos de Baresi en ese campo ya fueron magníficos, pero eso no fue nada comparado con lo que hizo después. Pero, antes de decirle en qué consistían, necesita entender que Baresi no sólo era un genio, sino que era un genio inductivo. O sea, alguien capaz de plantear hipótesis extraordinarias. Y, como la mayoría de los genios inductivos, se mostraba indiferente a los halagos de la profesión y a las opiniones de sus colegas. No buscaba ningún gran descubrimiento: simplemente hacía lo que le gustaba. Y, precisamente por eso, pudo avanzar por caminos que nunca se habían investigado antes.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Lassiter.

—Baresi abandonó los estudios convencionales de la sangre y empezó a investigar las células con núcleo.

—¿Y por qué es tan revolucionario eso?

—Porque es muy difícil de hacer; sobre todo lo era por aquel entonces. Ahora tenemos líneas celulares bastante estables, pero… ¿en los años cincuenta? En los años cincuenta no tenían nada de eso. Las células con núcleo son difíciles de cultivar y no siempre sobreviven mucho tiempo. Y eso tuvo que darle bastantes problemas a Baresi, porque, si se le moría una línea celular de forma prematura, perdía meses de trabajo. Realmente, no sé cómo pudo conseguirlo. —Torgoff hizo una pausa—. Lo que sí puedo decirle es por qué lo hizo.

—¿Sí?

—Por supuesto. Andaba detrás del filón.

—¿Y cuál es el filón? —inquirió Lassiter.

—La diferenciación celular. Y eso no se puede investigar sin trabajar con células con núcleo, porque la diferenciación no se da en los organismos unicelulares. Sólo se produce en las células con núcleo. —Torgoff se reclinó en su asiento con gesto satisfecho.

Al cabo de unos segundos, Lassiter dijo:

—Esto quizá le extrañe, pero no sé lo que significa «diferenciación». — Reflexionó un momento y añadió—: No, realmente no sé lo que quiere decir.

Torgoff sonrió.

—Sí, claro, la diferenciación. Se lo explicaré. —Respiró hondo—. Como usted sabrá —comenzó Torgoff—, empezamos siendo un óvulo fecundado: un cigoto. Un cigoto está compuesto por una única célula. En el interior del núcleo del óvulo hay un montón de cromosomas, cadenas de ADN con una información genética específica en forma de genes. Como anécdota, le diré que el número de cromosomas que contienen las células es siempre el mismo en cada especie. Los perros, por ejemplo, tienen setenta y ocho. Los peces noventa y dos. Usted y yo tenemos cuarenta y seis cada uno. La mitad de mamá y la mitad de papá. La mitad del óvulo y la mitad del espermatozoide que lo fecundó. ¿Me sigue?

Lassiter asintió. Torgoff continuó:

—Tenemos cientos de miles de genes repartidos por las dos parejas de veintitrés cromosomas. Un gen para el color de los ojos, otro para el tipo de sangre, y así sucesivamente. En realidad, no es tan simple, pero lo que quiero es que se haga una idea. Está todo ahí desde el principio, en esa célula fecundada. Y entonces la célula empieza a dividirse. —Torgoff juntó las manos y luego las separó—. Entonces, hay dos células y, luego, cuatro y así sucesivamente. Cada una de estas células, las células embrionarias, contiene el mismo material genético:

ADN, cromosomas y genes en la misma cantidad. Y eso es lo que decide quién va a ser el futuro pequeñajo. Si usted, yo o Michael Jordan.

»Pero muy pronto, cuando el embrión crece hasta tener ocho o dieciséis células, las células empiezan a diferenciarse. Eso quiere decir que, de alguna manera, comienzan a adoptar labores específicas. Se convierten en células del cerebro, en células del hígado, en células del sistema nervioso, y así sucesivamente. Aunque cada una tiene el mismo ADN, activan o expresan genes distintos, y estos genes determinan las enzimas que producen, y eso, a su vez, determina el tipo de células en las que se convierten.

»Y aquí es donde está el truco. Dado que contienen la misma información genética, uno pensaría que las células también tendrían la misma capacidad genética. Pero no es así. Una célula embrionaria es una célula totipotente. O sea, puede generar un organismo entero, una persona, una jirafa o un gato, partiendo de una sola célula. Pero una célula del sistema nervioso sólo puede generar otra célula del sistema nervioso. ¿Por qué? —Torgoff miró a Lassiter.

—¿No esperará que yo lo sepa, verdad?

—No. Pero en eso precisamente es en lo que estaba trabajando Baresi. En el proceso de diferenciación y en los mecanismos que lo controlan. Eso es lo que lo situó unos treinta años por delante de su tiempo. —Torgoff respiró hondo y miró a su alrededor—. ¿Le apetece tomar un café?

—Buena idea —aceptó Lassiter.

—Hay un sitio en la esquina. —Torgoff miró el cubo de Rubik, reflexionó un momento y movió los cuadrados en una rápida secuencia. Cuando volvió a dejarlo encima del escritorio, el cubo estaba perfectamente ordenado. Los dos se levantaron al mismo tiempo. Torgoff cogió una bufanda del perchero que había en una esquina y se la colocó alrededor del cuello. Luego se puso un desgastado chaquetón azul marino y se tapó la cabeza con una gorra azul de marinero—. Vámonos —dijo.

Fuera hacía muchísimo frío. Mientras caminaban en fila india por un sendero abierto entre la nieve, Torgoff continuó con su conferencia.

—¿Siguió usted el juicio de O. J. Simpson?

—No —contestó Lassiter—, pero he oído que tuvo mucha cobertura en los medios de comunicación.

Torgoff se rió.

—¿Recuerda cómo los abogados se esforzaron por poner en duda la validez de las pruebas del ADN? Utilizaron estadísticas. —Imitando al abogado, Torgoff adoptó un tono de voz grave y agresivo—: «Así que usted no puede asegurar que este ADN sea el de Nicole Brown Simpson, ¿verdad? Usted sólo puede asegurar que existe una probabilidad estadística de que pertenezca a Nicole Brown Simpson. Conteste sí o no.» «Sí —continuó Torgoff cambiando de voz—, pero tendríamos que examinar ocho mil millones de muestras antes de encontrar otra igual. Y, como no existe tanta gente en todo el planeta…» —Torgoff levantó la mano—. «Protesto, señoría. El testigo no ha contestado la pregunta. He preguntado si es posible afirmar de forma tajante que esta muestra de ADN pertenece a Nicole Brown Simpson. ¿Sí o no?» «Pero… Pero…» «Nada de peros, monada. Sí o no.»

La cafetería era un local largo y estrecho escondido detrás de un escaparate empañado. Una bandera italiana colgaba de una pared de ladrillo visto, y el ambiente estaba cargado con el aroma del café recién molido. Torgoff y Lassiter se sentaron cerca de la ventana y pidieron dos cafés con leche. A su alrededor, tres hombres jóvenes con tres libros diferentes ocupaban tres mesas distintas. Lassiter pensó que los tres se parecían a Raskolnikov.

—Así que todos tenemos ADN —continuó Torgoff—. Y el ADN que tenemos es idéntico en todas y cada una de las células de nuestro cuerpo. Es por eso por lo que una muestra de semen, una gota de sangre, un mechón de pelo o un trozo de piel sirven para confirmar la identidad de un individuo si se comparan con una muestra de su sangre. Cada célula, del tipo que sea, contiene el ADN del individuo y el ADN de cada individuo es único.

Llegaron los cafés, y Lassiter observó con asombro cómo Torgoff se servía cuatro cucharadas rebosantes de azúcar.

—Básicamente, el ADN de una célula diferenciada les dice a los genes que esa célula en concreto va a ser pelo, y así se puede olvidar de características como el color de los ojos, el tipo de sangre, etcétera. Imagínese el ADN como un inmenso piano con cien mil teclas, donde cada tecla representa una característica genética. En una célula diferenciada la mayoría de las teclas están tapadas, o apagadas, si lo prefiere. La cosa es que no se usan. Pero, aun así, están ahí. En el caso de una célula del pelo, por ejemplo, está la pigmentación, el grosor, la posibilidad de que sea rizado, etcétera. Pero todo lo demás está apagado. Y, una vez apagado, no se vuelve a encender nunca.

—¿Nunca?

—No que nosotros sepamos. En cuanto el ADN expresa un gen determinado, no hay vuelta atrás. Una célula del sistema nervioso es una célula del sistema nervioso y no puede convertirse en una célula sanguínea ni en una célula cerebral.

—¿Y eso cómo funciona? —preguntó Lassiter. Lo que le estaba contando Torgoff resultaba interesante, aunque no veía cómo podía estar relacionado con el asesinato de su hermana y su sobrino—. ¿Cómo decide una célula lo que va a ser?

—No lo sé. Nadie lo sabe. Eso es precisamente lo que Baresi intentaba averiguar hace treinta o cuarenta años.

—¿Y lo consiguió?

Torgoff se encogió de hombros.

—Que yo sepa, no. —Hizo una pausa—. El problema es que dejó de publicar. Nadie sabe si siguió trabajando en este campo. Puede que abandonara sus investigaciones o puede que las continuara durante meses, o incluso años. Lo último que oí es que estaba en Alemania, o en algún lugar parecido, estudiando…

—Teología —apuntó Lassiter.

—Eso es. Bueno… —Torgoff miró la hora y torció el gesto—. Tengo que ir a recoger a mi hijo… Mire —dijo—, hoy en día la biología es la ciencia que está logrando mayores avances. Y el campo en mayor auge de la biología es precisamente el campo en el que trabajaba Baresi hace treinta años.

—¿La diferenciación?

—Exactamente. Baresi estudiaba las células totipotentes en embriones de ranas. A juzgar por los últimos artículos que publicó, estaba dividiendo los embriones en la fase de cuatro y ocho células, utilizando lo que debían de ser medios muy primitivos. Luego cultivaba los embriones divididos para ver si podía obtener organismos idénticos.

—¿Me está diciendo que clonaba ranas?

—No. Intentaba conseguir ranas gemelas.

—¿Qué diferencia hay? —inquirió Lassiter.

—Aunque sean idénticos, los gemelos tienen material genético de dos fuentes: mamá y papá. Los clones sólo tienen material genético de una fuente: mamá o papá. Para crear un clon sería necesario extraer la carga genética del óvulo de la madre.

—El núcleo.

—Y reemplazarlo con el núcleo de una célula totipotente. Entonces obtendríamos un verdadero clon, cuya información genética procedería de una sola fuente.

—¿Y eso se puede hacer?

—Sí. Lo han conseguido con ovejas en el instituto Roslin de Edimburgo. Eso es la oveja Dolly.

Lassiter reflexionó unos instantes.

—Y, si se puede hacer con ovejas, también se podrá hacer con humanos, ¿no?

Torgoff se encogió de hombros.

—Teóricamente, sí.

—Lo que quiero decir es que, si alguien quisiera, me podría clonar a mí, ¿verdad?

—No —contestó Torgoff—. Eso no sería posible.

—¿Por qué?

—Porque todas sus células están diferenciadas. La última vez que tuvo una célula totipotente era usted más pequeño que una peca. Lo que sí se podría hacer, al menos teóricamente, es clonar a un hijo suyo. Pero sólo en la primera etapa del embrión. Cuando éste todavía fuera un racimo de células totipotentes. Cuatro células. Ocho. Como mucho dieciséis.

—¿Eso sí sería posible?

Torgoff levantó la mirada y se balanceó en su silla.

—Sí, teóricamente sería posible. Aunque, si lo intentaran en el instituto Roslin, acabarían en la cárcel.

—¿Por qué?

—Porque, aunque sea algo que nunca se ha intentado, está prohibido clonar personas en Gran Bretaña. Pero, volviendo a Baresi, muchas de las cosas que él intentó se han convertido en realidad. Hoy en día se producen embriones continuamente en clínicas de fertilidad. Pero en los años cincuenta, incluso en los sesenta, era otra historia. Era lo que nosotros, en ciencia, llamamos «una extravagancia». Lo que quiero decir es que Baresi tuvo que conseguir unas innovaciones técnicas tremendas solamente para cubrir los aspectos más básicos… ¿Le pasa algo?

Lassiter movió la cabeza.

—Estaba pensando… Usted sabe cómo acabó Baresi, ¿verdad?

—No —dijo Torgoff—. Lo último que supe de él es que estaba escribiendo sobre teología.

—Sí, así es. Pero después abandonó la religión y estudió medicina. Debería tener unos cincuenta años cuando lo hizo. Se especializó en ginecología y obstetricia. Después abrió una clínica de fertilidad.

Torgoff arqueó las cejas y bebió un poco de café.

—Bueno —comentó—. Desde luego, tenía mucha experiencia con embriones. Seguro que tuvo éxito.

—Sí, lo tuvo.

Torgoff suspiró.

—De todas formas —añadió—, es triste.

—¿Por qué dice eso?

—Porque era un investigador como hay pocos. Si se piensa en lo que estaba haciendo, en lo que iba buscando, acabar en una clínica de fertilidad parece un desperdicio. Estaba décadas por delante de la mayoría de los investigadores. Lo que hacía Baresi hace treinta años es lo que están haciendo hoy en día los investigadores de vanguardia.

—¿A qué se refiere cuando dice «lo que iba buscando»?

—La finalidad de los estudios de diferenciación consiste en encontrar una forma de invertir el proceso, o sea, de restaurar la totipotencia en las células diferenciadas.

—¿Y eso para qué valdría?

—¿Que para qué valdría? —Refirió Torgoff—. Eso sería como encontrar el cáliz de Cristo.

—¿En qué sentido?

—Si alguien lo consiguiera… —Torgoff frunció el ceño—. No sé cómo explicárselo —dijo—. Para empezar, ganaría millones… Billones de dólares. Pero el dinero es lo de menos. Si alguien consiguiera invertir el proceso de diferenciación, el mundo ya nunca volvería a ser igual.

—¿Por qué?

—Porque… Porque entonces sí que podríamos clonarlo a usted. Maldita sea, podríamos desenterrar a Beethoven, al general Custer y a Elvis Presley. Hasta podríamos conseguir réplicas exactas de nuestra propia madre. También se podrían crear clones para que nos sirvieran de almacenes de repuestos. Así, podríamos desguazarlos cuando nos hiciera falta un pulmón nuevo, o un hígado o un corazón. ¿Se imagina los dilemas morales y sociales que eso plantearía? ¿Qué pasaría con las adopciones si cualquier persona pudiera pedir por correo una copia de sí mismo, o de quien quisiera? Y, al combinar la clonación con las nuevas tecnologías de recombinación del ADN, no resultaría nada difícil crear clones no del todo humanos: subhumanos que pudieran servir de carne de cañón en las guerras, esclavos, gladiadores… En vez de huertas orgánicas, tendríamos huertas de órganos; tendríamos personas desechables.

Lassiter sonrió.

—¿No cree que está exagerando un poco?

Torgoff se rió y movió la cabeza.

—En absoluto. Todo lo que haría falta sería una célula que tuviera el ADN intacto: una gota de sangre, un folículo de pelo, un trozo de piel… Cualquier cosa valdría. Una vez invertida la diferenciación, en cuanto se restituyera la totipotencia de la célula se podría generar un organismo nuevo a partir de ella. Tan sólo habría que introducir el núcleo de esa célula en un óvulo cuyo propio núcleo hubiera sido previamente extraído. Luego, bastaría con cultivar esa célula. Resulta ingenioso, ¿verdad?

Lassiter reflexionó unos instantes.

—¿Qué quiere decir exactamente cuando habla de cultivar la célula?

—Pues, en el caso de un ser humano, estaríamos hablando de un procedimiento de oocito. —Lassiter frunció el ceño al oír la palabra—. Eso es…

—Sé lo que es —lo interrumpió Lassiter—. Mi hermana se sometió a uno.

—Ah. Bueno…, entonces ya sabe lo que es. —Torgoff volvió a mirar la hora y se reclinó en su silla—. Me tengo que ir —dijo—. Me espera un niño de doce años que quiere ir a un partido de hockey sobre hielo.

—Una última cosa —pidió Lassiter—. Si Baresi lo hubiera conseguido, si hubiera encontrado la forma de invertir la diferenciación celular, lo sabríamos, ¿verdad?

—Por supuesto —repuso Torgoff al tiempo que se levantaba—. Por supuesto que lo sabríamos… A no ser que…

—¿Que qué?

Torgoff se puso la bufanda, se abotonó el cuello del chaquetón y se enfundó la gorra de marinero.

—A no ser que Baresi tuviera algún tipo de duda. Lo que quiero decir es que tal vez se asustara ante las implicaciones de un descubrimiento así. ¿Quién sabe? Tal vez fuera eso lo que lo incitó a dedicarse a la teología.

 

En el metro, de camino al hotel Marriott, Lassiter no sabía qué pensar. ¿Encontraría Baresi a Dios en una molécula? ¿Sería eso lo que le había hecho cambiar la ciencia por la teología? Quién sabe. Pero ¿qué tenía que ver todo eso con Umbra Domini? ¿Qué tenía que ver todo eso con las decenas de asesinatos cometidos desde Tokio hasta Washington?

La frustración de Lassiter crecía por momentos. ¿Por qué tenía que suponer que la pasión de Baresi por la ciencia y la religión eran importantes para la resolución del caso? ¿Porque lo había dicho el padre Azetti?

Sí, por eso.

Evidentemente, la clave de todo estaba en la clínica. No en la ciencia ni en la teología, sino en la clínica de fertilidad. La clínica era el eslabón común entre todas las víctimas. Pensándolo bien, no sabía qué hacía persiguiendo fantasmas cuando podría estar entrevistando a las otras pacientes de la clínica. Tenía todos los nombres y las direcciones. Aunque esas mujeres sólo hubieran estado una semana, conocían la clínica. Ninguna de ellas se había sometido al procedimiento de oocito y, por lo que él sabía, ninguna había sido asesinada. Eran más de cien mujeres, y él ni siquiera había hablado con una.

Pero Freddy y Riordan sí lo habían hecho. Y sus conversaciones se podían resumir en una frase: «¡Verdad que es maravillosa la vida!» Estaba claro que ninguna de ellas corría peligro. Aun así…

Lassiter se inclinó hacia adelante en el asiento del metro, se pasó los dedos de las manos por el pelo e hizo un ruido de frustración. Debió de hacerlo bastante alto, porque, cuando levantó la cabeza, el hombre que estaba sentado enfrente de él lo miraba con gesto de disgusto. Lassiter podía leerle perfectamente el pensamiento: «Justo lo que necesito, otro puto psicópata.»

De repente, una posibilidad hizo que se le estremeciera el cuerpo. Lassiter se incorporó en su asiento. ¿Y si Baresi realmente lo hubiera conseguido? ¿Y si hubiera empleado la clínica para clonar…?

¿Para clonar qué? O, mejor dicho, ¿a quién? Lassiter volvió a hacer un ruido de frustración. El hombre del asiento de enfrente se levantó y se fue al otro extremo del vagón.

¿Qué pasaría si lo hubiera hecho? ¿Acaso se habría arrepentido después de hacerlo? ¿Cambiaría de parecer Baresi? ¿Habría sido capaz Baresi de ordenar el asesinato de los niños?

Eso era una locura. Y, además, los niños de la clínica no podían ser clones; no se parecían. Brandon no se parecía a Jesse, y ninguno de los dos se parecía a los otros niños que había visto en fotografías. Ni a Martin Henderson ni al hijo de Jiri Reiner. Eran todos distintos.

Así que no podían ser clones, pensó Lassiter, a no ser que…

¿Qué? A no ser que fueran clones de distintas personas. ¿De qué personas? ¿De los miembros del colegio cardenalicio? ¿De los jugadores de fútbol del Milán?

No, eso era ridículo. Aunque Baresi hubiera podido hacer algo así, ¿por qué iba a querer hacerlo? Desde luego, los niños no formaban parte de una investigación. Las mujeres iban a la clínica, se quedaban embarazadas y volvían a sus casas. Todo era muy normal. Y, por lo que sabía Lassiter, Baresi nunca había pedido una foto de los niños ni había seguido su proceso de evolución. Era un sencillo procedimiento médico y nada más que eso.

Pero tenía que haber algo más.

Porque todas las pacientes habían sido asesinadas.