Código génesis

John Case · Capítulo 16 de 38

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Código génesis

Capítulo 16

 

Roma. Aeropuerto Leonardo da Vinci.

Lassiter permaneció sentado en su asiento de primera clase, hojeando un ajado ejemplar de la revista Time mientras esperaba a que el 737 se vaciara. El pasillo del avión era un torrente de viajeros con el sueño cambiado y los ojos enrojecidos. Parecían desesperados por llegar a la terminal, donde, por supuesto, tendrían que volver a esperar juntos en una nueva cola. Unos cinco minutos después de que se hubieran levantado la mayoría de los pasajeros, cuando el último de ellos salió del avión cargado con una inmensa mochila, Lassiter dejó la revista en el asiento de al lado, se levantó y lo siguió.

Había una cafetería cerca de la cinta transportadora por la que debía salir el equipaje. Lassiter pidió un café con leche y lo pagó con tres billetes de un dólar. Sus compañeros de vuelo se amontonaban uno detrás de otro esperando a que sus maletas descendieran por la rampa. Tenían la mirada de depredadores cansados, escudriñando cada maleta mientras pasaba a su lado, esperando el momento de saltar sobre su presa. Después corrían con sus maletas hacia el control de pasaportes, donde volvían a esperar en una nueva cola.

Lassiter viajaba demasiado para compartir su impaciencia. Incluso cuando vio su maleta permaneció donde estaba, bebiéndose el café. Estuvo observando cómo la maleta daba vueltas, una y otra vez, hasta que se acabó el café. Entonces recogió la maleta y pasó el control de pasaportes.

Siempre se le olvidaba lo feo que era el aeropuerto de Roma. Puede que, como ingeniero, Leonardo hubiera admirado las máquinas voladoras, pero, desde luego, como artista habría cerrado los ojos ante la visión de la gris terminal, con sus suelos pegajosos y sus aburridos carabinieri. Aun en sus mejores días, el aeropuerto resultaba sucio, pequeño y caótico.

Ese día estaba abarrotado de turistas procedentes de todos los rincones del mundo. El entrenador de un equipo finlandés de bolos, con sus jugadores apiñados a su espalda, discutía con una italiana sentada con gesto adusto detrás de un mostrador de plástico con un gran signo de interrogación en rojo. Una diminuta pareja de indios avanzaba entre el gentío tirando de la maleta más grande que Lassiter había visto en toda su vida, una especie de cofre azul celeste atado con gruesas gomas elásticas. Varias mujeres árabes con el rostro cubierto esperaban sentadas en el suelo, mientras sus hijos alborotaban a su alrededor entre los hombres de negocios y los turistas italianos que iban de un lado a otro, empujando y arrastrando sus pertenencias en medio de un increíble estrépito. Las azafatas de tierra iban de una cola a otra, haciendo las mismas preguntas una y otra vez antes de pegar unos diminutos adhesivos en el equipaje de mano de los viajeros. Los guardias de seguridad paseaban de un lado a otro en parejas, con armas automáticas colgando del hombro. Lassiter hizo caso omiso de todo y se abrió camino hacia la calle para coger un taxi.

Hacía uno de esos días grises y fríos en los que la espesa bruma siempre parece a punto de convertirse en lluvia. Lassiter encontró un taxi, negoció la tarifa y, acomodándose en su asiento, descansó la vista en las grises colmenas de edificios y los suburbios industriales que se extendían a ambos lados de la carretera. Italia podría hacer las cosas mejor, pensó.

Y las hacía. Su hotel, el Hassler Medici, estaba agazapado sobre la escalinata recientemente restaurada de la piazza Spagna. Las ventanas daban a la vía Condotti, donde se podía ver la sala de té Babington’s y un McDonald’s. Cerca de la Puerta del hotel, un chico y una chica repartían unas hojas entre los transeúntes. Lassiter cogió una, y la chica lo obsequió con un «grazie».

Al registrarse, un recepcionista vestido con esmoquin se disculpó por los chicos de las hojas y le explicó la razón de su presencia. Después de siglos de abusos, la escalinata había alcanzado tal nivel de deterioro que había sido necesario restaurarla a un enorme coste. Tras muchos retrasos, la restauración por fin había finalizado y se había inaugurado con gran pompa en una ceremonia que incluía el corte de una cinta. Pero, al concluir las fotos de rigor, los políticos la habían cerrado otra vez, por si los escalones volvían a deteriorarse.

La mera idea sacaba al conserje de quicio.

—¡La arreglan y luego se aseguran de no tener que arreglarla nunca más! Quieren convertir la escalinata en un museo. —Una risita cínica—. Pero, claro, ¡se olvidan de que, después de todo, son escalones, de que están ahí por algo! —Movió la cabeza de un lado a otro—. Hoy están abiertos. Mañana, ¿quién sabe? —Disparó las manos hacia el techo—. Yo, desde luego, no me atrevería a asegurarlo. —Sonrió y le dio su llave a Lassiter—. Bienvenido a la Ciudad Eterna, señor Lassiter.

La habitación era grande y silenciosa y estaba lujosamente amueblada. Cuando la puerta se cerró detrás del botones, Lassiter se sentó en la cama, algo mareado por el largo viaje, y se dejó caer hacia atrás con un suspiro de alivio. No tenía intención de quedarse dormido, pero estaba agotado y la luz grisácea de la calle hacía que pareciera que era casi de noche.

Cuando se despertó ya había oscurecido. Por un momento dudó si serían las seis de la mañana o las seis de la tarde. Acostado en la oscuridad, se recordó a sí mismo dónde estaba. Había llegado al hotel a las doce de la mañana, así que tenía que ser por la tarde.

Se levantó y deshizo la maleta mientras se iba despertando. Llevó el cepillo de dientes y la maquinilla de afeitar al cuarto de baño de mármol y se desvistió. Se metió en la ducha, cerró los ojos y dejó que el agua caliente lo golpeara en los hombros para liberarse de la somnolencia. Al cabo de unos cinco minutos cambió la ducha por la comodidad del grueso albornoz blanco que colgaba de un gancho detrás de la puerta del baño y fue al minibar en busca de una botella de agua de Pellegrino.

Ya despejado, desabrochó la bolsa negra en la que llevaba su ordenador portátil Compaq y enchufó el adaptador a la red eléctrica. Después de la comprobación rutinaria de la memoria, Lassiter buscó el archivo de viajes y sacó el documento que había preparado para el viaje a Roma. Luego marcó el número de teléfono del contacto de Judy, el detective privado que no había conseguido averiguar nada sobre Grimaldi.

—Pronto?

—Hola. Eh… ¿Habla mi idioma?

—Si-iii. —Lo dijo en dos sílabas, acabando en una nota alta. Al fondo, un niño reía fuera de sí.

—Estoy buscando al señor… Bepi… —El nombre resultaba imposible de pronunciar.

—¡Bepistraversi! Soy yo. ¿Es usted Joe?

—Sí.

—Judy me dijo que llamaría.

—¿Tiene un momento?

—Claro que sí. Y, por cierto, todo el mundo me llama Bepi.

—Bueno, Bepi, ¿dónde podríamos vernos? Puedo ir a su oficina…

—Un momento… —Bepi tapó el auricular y Lassiter oyó una súplica explosiva al otro lado de la línea—. Per favore! Ragazzi —Silencio. Risas. Y de nuevo la voz meliflua de Bepi—. Creo… Quizá sea mejor que quedemos en La Rosetta. Así podremos cenar algo. —Le explicó a Lassiter cómo llegar a una trattoria en el Trastevere—. Reservaré una mesa.

Lassiter se vistió y salió rápidamente a la calle. Compró el Herald Tribune en un quiosco de prensa y paró a tomarse un café en la pasticceria que había al lado. Las noticias eran malas, pero el café estaba tan bueno que pidió otro. Cerca borboteaba el agua de una fuente, y un aparato de música sonaba machaconamente al lado de un vendedor ambulante africano que se especializaba en escribir nombres en granos de arroz. La Rosetta era un diminuto restaurante en un antiguo barrio de clase trabajadora que hacía tiempo que se había convertido en un lugar de moda frecuentado tanto por turistas como por los propios romanos. Lassiter había estado allí el verano anterior, cuando la ciudad se cocía bajo el sol. Mónica y él habían comido en una osteria, sentados a una mesita en un estrecho callejón por el que pasaban continuamente todo tipo de ruidosos ciclomotores. Por lo que recordaba, la experiencia había resultado agridulce, una mezcla de romanticismo con velas y humo de gasolina.

Pero ahora era invierno. Las mesas habían pasado al interior, y con ellas los turistas, los hombres de negocios y las parejas de enamorados. La Rosetta resultó ser una cueva acogedora con ristras de ajos colgando de vigas de madera y un fuego encendido en la chimenea. Un joven elegantemente vestido se materializó delante de Lassiter en el preciso instante en que entró. Tenía una melena negra hasta los hombros, ojos verdes y una sonrisa esperanzada. Excepto por la sonrisa, parecía salido directamente de un anuncio de Armani.

—¿Es usted Joe, verdad?

—Sí.

—Toni Bepi.

Se dieron la mano y encontraron una mesa al fondo de la habitación, cerca de la puerta de la cocina. Al principio, la conversación giró tensamente en torno a tópicos tan manidos como la polución de Roma y las fluctuaciones del tipo de cambio entre la lira y el dólar. Por fin, el camarero les llevó una garrafa de vino de la casa y una botella de San Gimingano y tomó nota de su pedido.

Cuando se marchó, Bepi se inclinó hacia Lassiter, bajó la voz y le preguntó:

—¿Está enfadado conmigo?

—¿Qué?

—¡Una factura tan grande a cambio de tan poca información!

—¿Qué factura?

—Grimaldi. —Bepi se apoyó contra el respaldo de su silla y asintió comprensivamente.

Lassiter movió la cabeza.

—No. No estoy enfadado.

—No me extrañaría que lo estuviera.

Lassiter se rió.

—No, de verdad…

—¿Entonces…? —Bepi frunció el ceño. Si no era por eso, no entendía por qué habían quedado.

—He hablado con un amigo —explicó Lassiter—, un amigo que trabaja para el gobierno. Dice que Grimaldi es un tipo de cuidado.

Bepi repitió la expresión en voz baja, dudando sobre su significado.

—¿De cuidado?

—Peligroso. Mi amigo del gobierno me ha dicho que ir por ahí haciendo preguntas sobre Grimaldi puede resultar peligroso. Eso es lo primero que quería decirle. Si no fue muy precavido, es posible que…

Bepi rechazó la idea con un movimiento de la cabeza. Le ofreció un paquete de Marlboro a Lassiter y, cuando éste lo rechazó, le preguntó si le molestaba que fumara. Lassiter le dijo que no. Bepi suspiró con alivio. Se encendió un cigarrillo, aspiró el humo y expulsó una nube de aire gris hacia la mesa de al lado.

—Fui —empezó—. Fui… ¿cómo se dice? Vigile, cuidadoso. Judy me dijo que tuviera cuidado. Siempre uso el mismo conducto, ¿sabe? Y cuando ellos hacen una investigación… —Parecía confuso mientras buscaba la palabra adecuada—. Cuando hacen una investigación… a fondo y no encuentran nada, ya sé que la persona es… ¿Cómo ha dicho? Un tipo de cuidado.

—¿Y eso por qué?

Un ademán amplio de los brazos y otra nube de humo.

—¡Somos italianos! ¡Tenemos la burocracia más famosa del mundo! ¡En Italia hay medio millón de personas que viven sólo para sellar papeles! Después siempre escriben tu nombre en alguna lista. ¡Hay miles de listas! Así que, cuando uno investiga a alguien y no encuentra nada… —Se encogió de hombros y se volvió a inclinar hacia adelante—. Dígame una cosa. ¿Conoce a Sherlock Holmes?

—¿Qué quiere decir?

—Bueno —dijo Bepi con una sonrisa satisfecha—. Éste es el perro que se comió el hueso: es el único que no ha ladrado.

Lassiter se rió. Después hablaron de cosas sin importancia hasta que llegó el camarero con media docena de platos en el brazo y los repartió, uno a uno, como si fueran naipes. Cuando se volvió a ir, Bepi miró fijamente a Lassiter.

—Dígame otra cosa.

—¿Qué?

—¿Es el SISMI o la Mafia? ¿O las dos cosas?

Lassiter lo miró un momento, pensando que no lo había valorado lo suficiente.

—El SISMI —contestó al fin.

Bepi asintió.

—Por eso es una suerte que haya tenido cuidado —añadió Lassiter.

El italiano se encogió de hombros.

¿Y ahora ha venido tras este hombre? ¿Tras Grimaldi? —Movió la cabeza de un lado a otro—. Si no es muy importante, no creo que sea una buena idea. Puede gastarse mucho dinero y no llegar a ninguna parte.

—No se preocupe por el dinero.

Bepi estuvo pensando unos segundos. Después hizo una pequeña mueca.

—¿Puedo preguntar quién es el cliente?

—Yo soy el cliente. ¿No se lo ha dicho Judy?

—Ya conoce a Judy. Sólo dijo que usted llamaría y que esperase al lado del teléfono; nada más.

—Bueno, Grimaldi… apuñaló a mi hermana en el corazón. Y después le cortó el cuello a mi sobrino. Los dos están muertos.

—¡Oh! —Bepi bajó la mirada un momento—. Yo… lo siento mucho. —Tras un silencio apropiado volvió a levantar la mirada—. ¿Y? —dijo moviendo la mano hacia adelante y hacia atrás, como si una puerta de batiente se estuviera abriendo y cerrando entre los dos.

—Necesito ayuda.

—Si-iii? —Igual que antes, cuando habían hablado por teléfono, la voz del italiano subió una octava, transmitiendo una sensación de cauta disponibilidad.

Lassiter sirvió dos vasos de vino y bebió del suyo.

—Voy a ir a las dos direcciones que tengo de Grimaldi, a ver si puedo averiguar algo. Tal vez vaya a visitar a su hermana. Necesitaré un intérprete y un guía.

Bepi bebió un poco de vino, lo meditó durante unos instantes y volvió a inclinarse hacia Lassiter.

—Lo ayudaré —declaró.

—¿Está seguro?

Bepi hizo un gesto, como si estuviera apartando el peligro con la mano.

—Si es como dice, es una cuestión personal entre usted y Grimaldi —dijo Bepi —. Entonces no tengo por qué preocuparme. Después de todo, éste es un país civilizado. Ni siquiera los mafiosos están tan locos. Si sólo le estoy haciendo de intérprete…, entonces soy como el papel pintado de la pared. ¿Entiende?

Aunque seguía albergando ciertas dudas, Lassiter asintió y los dos hombres hundieron sus tenedores en los platos de calamares y verduras a la parrilla.

 

Al día siguiente, Bepi recogió temprano a Lassiter en su Volkswagen Golf. Aunque el coche era viejo, estaba inmaculado, tanto por dentro como por fuera. Aun así, tenía una estatuilla de Lenin en el salpicadero y un pequeño balón de fútbol colgando del espejo retrovisor. Bepi metió una cinta en el radiocasete y Verdi tronó por los altavoces.

Eludieron por los pelos una serie de encontronazos mortales mientras el italiano serpenteaba entre el tráfico, insultando a los otros conductores al tiempo que apretaba el claxon sin parar. Lassiter le enseñó las tres direcciones que tenía: la del pasaporte de Grimaldi y las dos que le había proporcionado Woody. Bepi frunció el ceño al ver las direcciones.

—Son dos mundos distintos —dijo—. ¿Por cuál quiere empezar?

—Por el más reciente. El del pasaporte.

El apartamento estaba en Testaccio, un barrio de clase trabajadora justo debajo del Aventine. Era un feo edificio de seis pisos con las fachadas grises salpicadas por la ropa que colgaba de cada ventana. Una vieja demacrada barría la acera mientras hablaba consigo misma.

—No puede ser aquí —opinó Lassiter.

—¿Por qué no? —contestó Bepi mientras comprobaba la dirección.

—Porque tiene un Land Rover y una casa en Suiza.

—Es aquí. Éste es el número ciento catorce.

Lassiter no lo podía creer.

—Tiene que haber un error.

—Voy a preguntarle a la vieja. —Bepi se bajó del coche y se acercó a la mujer con las manos entrelazadas y la cabeza inclinada en ademán suplicante.

—Scusi, bella…

Sólo tardó un minuto en volver.

—No lo ha visto desde hace un par de meses, pero ha pagado el alquiler. Vamos. Puede que consigamos echarle un vistazo al apartamento.

El apartamento de Grimaldi resultó estar en el último piso del edificio, que no tenía ascensor. Permanecieron un momento delante de la puerta, recuperando el aliento.

—Odio estas cosas —dijo Lassiter.

—¿A qué se refiere? —preguntó Bepi.

Lassiter hizo una mueca.

—Este tipo de cosa. Sólo lo he hecho una vez, en Bruselas, y no salió bien.

—¿De verdad?

—Sí. Hace que desee tener una pistola.

—Eso no es ningún problema —repuso Bepi sacando una Beretta de la funda que llevaba detrás de la cintura—. Tome coja la mía.

Lassiter lo miró boquiabierto.

—¡Por Dios santo! —exclamó—. ¡Aparte eso! ¿Quién se cree que es, Sam Spade?

Bepi se encogió de hombros y guardó la pistola. Lassiter llamó a la puerta sin saber bien lo que iban a encontrar dentro. Al comprobar que no contestaba nadie, volvió a llamar, un poco más fuerte. Y una tercera vez. Por fin se apartó para dejar que Bepi abriera la puerta, forzando la vieja cerradura con una tarjeta Visa.

—Sigo pensando que nos hemos equivocado de sitio —insistió Lassiter en el momento en que el pestillo cedía.

Entraron en una habitación inmaculada y tan vacía como la celda de un monasterio. El viejo suelo de madera de pino parecía recién acuchillado. Las paredes estaban desnudas, excepto por un crucifijo de madera con una palma seca entrelazada. No había ningún otro ornamento, ni ninguna foto, y muy pocos muebles. Tan sólo un estrecho camastro de metal, un armario viejo, una mesa, una silla de respaldo recto y un lavabo con el espejo roto. La única ventana daba a un patio lleno de basura, y no había más luz que la de una desnuda bombilla de cuarenta vatios que colgaba del techo.

—Mire —indicó Bepi señalando la mesa—. Parece que le gusta leer. —Cogió uno de los libros. Después otro—. O quizá lo que le guste sea rezar.

Había tres libros. El primero era una Biblia, con las páginas tan gastadas por el uso que no se cerraba bien. Debajo de la Biblia había un libro de lecciones de latín y, debajo de éste, un librillo que se titulaba Crociata Decima.

—¿Qué es eso? —preguntó Lassiter.

Bepi le acercó el librillo. Debajo del título había un gran círculo ovalado que contenía un ligero trazo que sugería una colina con una cruz desnuda en la cima. La cruz proyectaba una larga sombra. Escritas en la sombra, en brillantes letras doradas, estaban las palabras Umbra Domini. Lassiter señaló el título.

—¿Crociata Decima? ¿Qué quiere decir eso?

—Décima Cruzada —dijo Bepi.

—¿Y qué es eso?

—No lo sé. No soy supersticioso.

—Querrá decir religioso.

—¡Ehhh!

El sonido estalló a sus espaldas. Los dos se dieron la vuelta, esperando encontrarse con un policía, o algo todavía peor. En vez de eso, un hombre mayor entró en la habitación, moviendo el dedo índice de un lado a otro, como si estuviera regañando a unos niños, mientras gritaba:

—Vietato! Vietato! Vergogna!

Le arrancó a Lassiter el librillo de las manos, lo dejó encima del escritorio y los obligó a salir a empujones sin dejar de mover el dedo ni un solo momento.

—¿De qué está hablando? —preguntó Lassiter mientras bajaban por la escalera.

—Dice que somos malos. Dice que debería darnos vergüenza.

Aunque la situación resultaba desconcertante, cuando llegaron al piso bajo y salieron a la calle los dos sonrieron.

—Desde luego, nos ha dejado en ridículo —dijo Lassiter mientras subía al coche —. ¿Qué era eso que hacía con el dedo?

—Vergogna! —contestó Bepi mientras arrancaba—. ¡Mire, sigue ahí! Creo que está apuntando el número de la matrícula.

Lassiter se dio la vuelta y vio al viejo de pie en la acera, observando cómo el coche se alejaba.

—¿Y qué es eso de vergogna? —preguntó.

—Es lo mismo. Quiere decir que debería darnos vergüenza. —Bepi se encogió de hombros, sacó la mano por la ventanilla y se despidió del viejo—. Bueno, ¿adonde vamos ahora?

Lassiter se sacó un trozo de papel del bolsillo y se lo enseñó a Bepi.

—Via Barberíni.

El edificio de apartamentos era muy lujoso. Estaba justo al norte de Villa Borghese, en uno de los barrios más elegantes de Roma. La fachada era de un mármol cremoso y todo lo demás parecía ser de cristal o de bronce. Encontraron al portero en el vestíbulo, regando un banco de helechos al borde de u pequeña fuente. Incluso sin mirar, Lassiter supo que la estaría llena de carpas japonesas.

Al principio, el portero no recordaba a Grimaldi, pero un buen puñado de liras le refrescaron la memoria. El hombre mayor se metió el dinero en el bolsillo y sonrió. Le dijo a Bepi en italiano que hacía mucho tiempo, pero que recordaba bien al signor Grimaldi y a su hermana, y dio a entender que Grimaldi era un hombre muy ocupado.

—¿A qué se dedicaba? —preguntó Lassiter.

Bepi se lo preguntó al portero y luego le tradujo la respuesta a Lassiter.

—A los negocios y a las mujeres. Se movía mucho.

El portero se rió y dijo:

—Si, si! ¡Giacomo Bondi!

—Dice que era como… —empezó a traducir Bepi.

—Ya. Como James Bond.

El portero procedió a describir a un hombre que vivía a lo grande hasta que, ¡puf!, se desinfló como un globo. Representó una explosión, levantando los brazos en el aire como si fueran paréntesis.

Por lo visto, de la noche a la mañana, el signor Grimaldi se había convertido en un hombre assolutamente diverso. Ni mujeres, ni fiestas, ¡ni propinas! Había vendido el coche. ¡Había vendido el apartamento! ¡Había vendido el otro apartamento! Había regalado los muebles, los cuadros; tutto, tutto, tutto. Se había deshecho de todo.

El portero reconoció que él mismo se había beneficiado de la filantropía de Grimaldi. Por lo visto, le había regalado una magnífica chaqueta de cuero.

—Si, si, si. Fino, suave.

El portero se acarició la manga durante unos segundos. Finalmente respiró hondo y miró hacia el cielo con gesto perplejo.

—¿Cuándo ocurrió todo eso? —preguntó Lassiter. Bepi tradujo la pregunta.

—Hace cinco años.

—¿Y después?

El portero se encogió de hombros.

—Niente.

—Pregúntele si sabe qué fue de su hermana.

Bepi lo hizo y el portero encadenó una serie de síes. Les indicó con un gesto que lo siguieran y los llevó hasta una pequeña habitación. Cogió una carpeta de la estantería, pasó las páginas hasta que encontró los nombres que buscaba y se los enseñó a Lassiter y a Bepi.

Grimaldi. Número 601-03. Via Genova, 114, Roma. Buccio. Número 314.

Avenida Cristoforo Colombo, 1062, Roma.

Señaló las direcciones con el dedo índice, movió la cabeza en señal de desaprobación e hizo una mueca.

—No bueno —dijo el portero en el idioma de Lassiter.

El coche seguía aparcado, al estilo italiano, donde lo había dejado Bepi: encima de la acera. Una chica muy guapa lo estaba vigilando desde la puerta de un comercio, lista para intervenir si aparecía la policía de tráfico.

—Eh, Cinzia —dijo Bepi mostrando su mejor sonrisa—. Grazie!

Una mujer mayor, la propietaria de la floristería de al lado, salió a la calle y empezó a sermonearlos con gesto adusto. Bepi dijo algo con voz aguda y empezó a correr, con el culo encogido, como si la mujer le estuviera dando azotes. La chica se rió alegremente; incluso la mujer mayor sonrió. Bepi levantó un dedo, entró en la floristería y salió con una flor de pascua con el tiesto envuelto en papel de aluminio rojo.

—Pensé que podrían venir bien para la hermana —le explicó a Lassiter—. Unas flores casi siempre abren las puertas.

Bepi sacó papel de periódico y unas bolsas de plástico del maletero para asegurarse de que no se le ensuciara el coche y se tomó su tiempo colocando la planta en el suelo, detrás del asiento de Lassiter.

 

Unos cuarenta y cinco minutos después, Bepi detuvo el coche delante de una lamentable torre de apartamentos a las afueras de Roma. El edificio era una monstruosidad gris sin ningún tipo de ornamentación. Estaba cubierto de grafitos y rodeado de basura y escombros.

Bepi apretó un botón del viejo portero automático y le habló animadamente al artilugio. Al cabo de unos segundos, la puerta emitió un desagradable zumbido y Bepi la abrió de Un empujón.

—¿Cómo ha conseguido que nos abriera? —preguntó Lassiter.

Bepi se encogió de hombros.

—Le he contado la verdad. Le he dicho que queríamos hacerle unas preguntas sobre su hermano Franco. De hecho, parecía contenta. Me ha preguntado si teníamos noticias de él Le he dicho que más o menos. —Bepi levantó las cejas y apretó la planta contra su pecho. El ascensor olía a orina.

Angela, la hermana de Grimaldi, tendría unos treinta y cinco años. Tenía grandes ojeras y llevaba una bata rosa y una pesada cadena de oro colgada del cuello. Bepi le ofreció la planta, que ella aceptó con gran alborozo. Después tuvieron una pequeña discusión que pareció resolverse cuando Bepi accedió a que los invitara a una limonada.

Mientras Angela preparaba las limonadas, Bepi recorrió la habitación con la mirada. Después miró a Lassiter. El desorden de la habitación era tal que transmitía una sensación de desespero. Había un arbolito de Navidad de plástico en una esquina y la pared estaba llena de inmensas fotografías de niños con marcos muy recargados. Todo estaba lleno de juguetes y pilas de ropa, periódicos y platos sucios. La monótona melodía de un juego de Nintendo salía de alguna habitación interior.

Cuando Angela por fin apareció con las bebidas en una bandeja dorada, los tres se sentaron en el destartalado comedor. Ella inclinó la cabeza, se acomodó en su silla y empezó a jugar con la cadena de oro que le colgaba del cuello.

Bepi dijo algo a modo de introducción y ella le sonrió mientras se retorcía un mechón de pelo negro con el dedo. Bepi gesticulaba y hablaba con aparente sinceridad. Lassiter entendió la palabra fratello.

Angela empezó a hablar animadamente, acompañando las palabras con amplios y rápidos movimientos de las manos. Parecía enfadada. Bepi tradujo.

—Quiere saber qué ha pasado esta vez, qué ha hecho ahora su hermano mayor. Ya le quitó su precioso apartamento. ¿Es que también quiere quitarle éste?

—No entiendo nada —dijo Lassiter—. ¿De qué está hablando?

La mujer dijo algo más. Después suspiró y su cara adopto una expresión resentida. Se golpeó el pecho repetidamente con el dedo pulgar.

—Su hermano le ha destrozado la vida —tradujo Bepi.

Más fuego cruzado de artillería.

—Franco era muy generoso —continuó Bepi—. Le compró el apartamento de Parioli. Donde estuvimos antes. Y después, hace unos cinco años, tuvo una… experiencia religiosa.

—¿Una qué?

—Se hizo muy devoto. Le quitó el apartamento a Angela, lo vendió y donó el dinero a obras de caridad. Lo mismo con el coche. Y con su propio coche. Y con su propio apartamento. Se lo dio todo a uno de esos grupos religiosos. Decía que todo el mundo debería vivir como un monje. Y, después…, nada. Ella tuvo que alquilar una habitación en un barrio de mala muerte. Luego se peleó con su marido y él la abandonó. Se quedó sin nada. Entonces se vino aquí con los bambini. Dice que… — En ese momento, la voz de Angela empezó a subir de tono—. Dice que el muy beato de mierda le ha arruinado la vida. Que, ya puestos, podría haberle pegado un tiro para ahorrarle tantas desgracias. —Bepi respiró hondo y le ofreció un pañuelo a Angela.

Lassiter movió la cabeza. Estaba claro que la hermana de Grimaldi les había contado la verdad, o al menos su versión de la verdad, pero también estaba claro que se equivocaba. Los monjes no asesinan niños, ni van por ahí con veinte mil dólares escondidos en un falso fondo de una bolsa de viaje.

—Dígale que estoy intentando averiguar si su hermano conocía a mi hermana. Dígale que mi hermana se llama…, que se llamaba Kathy Lassiter.

Una nueva discusión. Lassiter entendió las palabras Stati Uniti. La mujer parecía confusa. Decía continuamente que no.

Bepi se encogió de hombros.

—No —tradujo.

—Dígale que el muy beato de mierda ha matado a mi hermana y a mi sobrino — dijo Lassiter—. Dígale que la policía lo busca por asesinato.

Bepi se lo dijo. Angela discutió con él, mirando hacia el techo sin dejar de mover la cabeza con incredulidad.

Non é possibile. Fantástico —exclamó la mujer. Después Juntó las manos como si estuviera rezando y levantó la mirada en un gesto digno de un personaje de Goya.

Dice que Franco era un hombre muy duro en el pasado, un hombre muy duro. Pero ¿lo que está diciendo? Eso es imposible —tradujo Bepi.

—¿Por qué?

—Porque ahora es casi como un cura. Hizo votos de castidad y de pobreza. Se ha… —Bepi dibujó unas comillas en el aire—. Se ha «limpiado el alma». Vive en otro mundo. Ya no se preocupa por su pobre hermana. Ya no le importan sus sobrinos. Dice que Dios proveerá. —Bepi se encogió de hombros en un ademán elocuente—. Y no es que quiera hablar mal de la Iglesia, claro. —Volvió a encogerse de hombros—. Dice que usted se ha equivocado de persona.

La mujer todavía tenía más cosas que decir; todas igual de sonoras y sentidas.

—No puede haber matado a nadie —tradujo Bepi cuando Angela acabó de hablar —. Eso no es posible porque acabaría en el infierno. Dice que su hermano es un puto santo, y estoy citando sus palabras. Dice que… No sé cómo traducir esta palabra. Que se golpea a sí mismo cuando tiene pensamientos impuros.

—Se flagela.

—¡Sí, eso es! Se flagela por pecados sin importancia, así que un gran pecado, un pecado mortal… Es algo imposible.

No había nada más que hablar. Angela miró el reloj y se levantó, dando a entender que la entrevista había acabado. Intercambiaron efusivos agradecimientos por la planta y por las limonadas, y Bepi y Lassiter volvieron al paisaje desolado de la calle.

—¿Qué piensa? —preguntó Bepi mientras andaban hacia el coche.

De hecho, Lassiter estaba pensando en el extracto de la transferencia que se había caído del pasaporte de Grimaldi.

—Estaba pensando qué sentido puede tener que alguien que ha hecho voto de pobreza tenga una cuenta en un banco suizo.