Código génesis
Capítulo 20
Lassiter no recordaba nada del camino de vuelta al hotel. Estaba demasiado ocupado pensando en Della Torre, intentando entender por qué le habría seguido la corriente con su farsa de Jack Delaney. De no haber hecho él la pregunta sobre Grimaldi, podrían haberse pasado horas hablando en círculos. Si Della Torre sabía quién era y lo que pretendía desde el primer momento, toda esa charada no tenía ningún sentido. ¿Por qué habría accedido a entrevistarse con él?
Al final, Lassiter decidió que Della Torre quería conocerlo, aunque sólo fuera para poder medir sus fuerzas. Y, al seguirle la corriente, el sacerdote le estaba enviando algún tipo de mensaje, alardeando de su posición de fuerza. De hecho, se había comportado como un matón de poca monta, abriéndose un poco la chaqueta para mostrarle el equivalente psicológico a un revólver escondido en el cinturón del pantalón.
O tal vez sólo quisiera mantenerlo ocupado un rato y realmente no le importara lo que pudiera pensar.
Esta última posibilidad se le ocurrió justo cuando el taxi se detenía delante de su hotel. Lassiter se bajó del taxi, le dio al conductor un puñado de liras y entró en el hotel. Al verlo, el conserje lo llamó.
—Signore!
Lassiter volvió la cabeza, pero siguió andando hacia el ascensor.
—¿Sí?
El conserje abrió la boca, la cerró y la volvió a abrir. Por fin, levantó una mano y dijo:
—Benvenutu!
—Grazie —contestó Lassiter—. ¿Podría ir preparándome la cuenta? Bajo en un momento.
—Pero… signore.
Lassiter llamó al ascensor.
—¿Sí? —preguntó.
—Quizá… —dijo el conserje saliendo de detrás del mostrador—. Si me hiciera el honor… —Movió la cabeza hacia el bar y lo obsequió con una mueca de complicidad.
Lassiter rechazó la oferta.
—Es demasiado pronto para mí —repuso.
—Claro. Pero…
—Lo siento. Tengo prisa.
La habitación de Lassiter estaba en el tercer piso, al final del pasillo. Mientras se acercaba oyó sonar un teléfono. Al darse cuenta de que el sonido salía de su habitación, pensó que sería Bepi. Se apresuró hacia la puerta, buscando en los bolsillos la tarjeta blanca de plástico que hacía las veces de llave, la introdujo en la ranura y esperó a que se encendiera la lucecita verde. La luz empezó a parpadear al mismo tiempo que el teléfono dejaba de sonar. Lassiter abrió la puerta. Dentro de la habitación, alguien dijo: «Pronto.»
¿Qué?
Había un hombre inmenso, prácticamente cuadrado, sentado delante del ordenador de Lassiter. Tenía el auricular del teléfono en la mano. Su masa resultaba desproporcionada para el tamaño de la silla. Al ver a Lassiter, devolvió el auricular a su sitio, respiró hondo y se levantó. Después avanzó hacia la puerta andando con naturalidad.
Lassiter no sabía qué decir. Por fin preguntó:
—¿Quién diablos es usted? —Mientras lo decía, pensó que el hombre parecía un armario. Eso sí, un armario al que le hacía falta un buen afeitado.
—Scusi —respondió el hombre con una sonrisa ceñuda al tiempo que hacía el ademán de apartar a Lassiter para poder salir.
Todo de una forma muy suave y lenta, casi educada. Lassiter lo cogió de la manga.
—Un momento —dijo.
Y, de repente, los acontecimientos se aceleraron. Una bola de bolera, o algo parecido, lo golpeó en la cara, en toda la cara al mismo tiempo, y la cabeza se le llenó de luces centelleantes, como si estuviera rodeado por un enjambre de luciérnagas. Saboreó la sangre en su boca mientras se tambaleaba hacia atrás hasta chocar contra la pared. El aire se le escapó de los pulmones, y levantó los brazos para protegerse de lo que fuese que viniera después; un ademán optimista que no evitó que algo parecido a una apisonadora le aplastara el pecho. Una vez. Dos veces. ¡Otra vez!
Su cuerpo se llenó de señales luminosas de alarma, mientras miles de terminaciones nerviosas se quejaban a una y la habitación empezaba a parpadear como una bombilla demasiado vieja. O tal vez lo que se estaba apagando y encendiendo fuera su propia cabeza; no estaba seguro.
Algo pesado lo golpeó en el cuello y lo hizo caer de rodillas. Entonces vio un zapato oscuro moverse hacia atrás, como si estuviera a punto de golpear una pelota de fútbol. Lassiter vio el zapato con una claridad asombrosa: las borlas del empeine, los dibujos del cuero, las costuras…
Y entonces oyó un grito. Por un momento pensó que era él quien había gritado, pero, al mirar hacia arriba, vio a una de las mujeres que se encargaban de la limpieza. Estaba en la puerta, con los ojos y la boca abiertos de par en par. Lassiter empezó a decir algo, pero el zapato aceleró repentinamente y una forma borrosa chocó contra sus costillas. Sintió cómo los huesos se le astillaban. La mujer gritó por segunda vez. O puede que no, puede que esta vez fuera él. Pero no. Tenía que haber sido ella, porque él no tenía suficiente aire en los pulmones para expulsar el grito de su garganta. De hecho, ni siquiera podía hablar. Y, ahora que lo pensaba, tampoco podía respirar. El mundo entero se había quedado sin aire, y él se sentía como si se estuviera muriendo.
Y entonces, igual que había empezado, de repente todo acabó. El armario desapareció, y la mujer se puso a correr de un lado a otro del pasillo, gritando con todas sus fuerzas. Lo más probable era que le acabara de salvar la vida, y Lassiter debería haberse mostrado agradecido, pero le dolía demasiado el cuerpo para decir nada. Así que se levantó como pudo, cerró la puerta sin decir nada y avanzó tambaleándose hasta el cuarto de baño.
Cada aliento era como una cuchillada en el costado, así que intentó respirar tomando el menor aire posible mientras se sujetaba con las manos lo que parecía un amasijo de costillas astilladas. Llegó al lavabo. No sabía por qué, pero lo primero que hizo fue abrir el grifo. Y eso lo ayudó. El sonido lo ayudaba.
Luchando contra su vanidad, se inclinó hacia adelante y se miró en el espejo. La verdad, podría haber sido peor. Estaba hecho un asco, pero tampoco se notaba demasiado que le había pasado por encima una apisonadora. Era más bien como uno de esos golpecitos en los que se rompe un faro y se abolla una esquina del coche. Estaba sangrando por la nariz y tenía el labio roto. Se tocó un colmillo con la mano y, ante su sorpresa, el diente se le cayó en la boca. Lo escupió y el colmillo no tardó en desaparecer por el desagüe.
Se levantó la camisa hasta que vio la nube morada que se estaba formando en su costado derecho. Con mucho cuidado, se tocó el hematoma con las yemas de los dedos; casi se desmaya. El dolor rugió en su interior como una ola y, como una ola, rompió, salpicándole las entrañas con una fuerza insoportable. Totalmente pálido, Lassiter lanzó un quejido estrangulado de dolor que no acabó hasta que apretó los dientes con todas sus fuerzas. «Necesitas una radiografía —pensó Lassiter—. Y un dentista. Y Petidina. Y no precisamente en ese orden.»
Y, desde luego, no en Nápoles.
Aunque fuera demasiado tarde, ahora sabía por qué Della Torre le había seguido la corriente en la iglesia: el sacerdote quería mantenerlo ocupado mientras registraban su habitación.
Alguien llamó con urgencia a la puerta.
—¡Señor Lassiter! ¿Está usted bien? Per favore… —instó una voz de hombre.
—Estoy bien —gritó Lassiter dolorosamente—. No se preocupe.
—¿Está seguro, signore? La policía…
—¡Le he dicho que no se preocupe!
Quienquiera que fuese se marchó, murmurando algo en italiano.
Un minuto después sonó el teléfono. Por primera vez en su vida, Lassiter se alegró de que los hoteles tuvieran teléfono en el cuarto de baño. Contestó y, a pesar de la insistencia del director del hotel, le dijo que no quería hablar con la policía y que no quería poner ninguna denuncia.
—Pero, señor Lassiter, está usted en su derecho. ¡Lo han asaltado!
—Limítese a traerme el coche a la puerta y cárgueme la cuenta en la Visa.
—¿Está usted seguro, signore?
—Bajaré en un momento.
Tardó casi media hora en cambiarse de camisa y hacer la maleta. Después, necesitó hacer acopio de todas sus fuerzas para atravesar el vestíbulo sin encorvarse. El director estaba esperándolo en la entrada. Parecía aterrorizado, digno y avergonzado al mismo tiempo. El coche de alquiler de Lassiter lo aguardaba a un par de metros de distancia con el motor en marcha. El director se adelantó a él, le abrió la puerta y observó cómo su huésped se sentaba al volante. Después cerró la puerta con un ademán experto, inclinó la cabeza y sonrió.
—¿Dónde está el conserje? —preguntó Lassiter mirando a su alrededor.
El director frunció el ceño.
—¿Roberto? —preguntó.
—Sí. No lo he visto en el vestíbulo.
—Acaba de marcharse. El pobre hombre sufre de asma.
—Ya. Dígale de mi parte que se mejore.
—Grazie. Il signore é moho gentile! ¡Después de todo lo que ha pasado!
—Y dígale también a ese hijo de puta que la próxima vez que lo vea le voy a romper la cabeza.
Siguió un largo silencio. Por fin, el director dijo:
—Scusi?
—Y dígale que siempre cumplo mis promesas.
Con una bolsa de hielo apoyada en las costillas y hablándose a sí mismo mientras avanzaba hacia el norte por la autostrada, Lassiter condujo hasta Roma esa misma noche.
«¿En qué cojones estabas pensando? Aunque, claro, no estabas pensando, porque si hubieras pensado no habrías sido tan pardillo como para dejar que te pegaran una paliza en tu propia habitación. Y ahora lo más probable es que tengas un par de costillas clavadas en los pulmones; desde luego no vas a dormir de costado en una buena temporada y… ¡Joder! ¡Dios santo, cómo duele!»
Y no era sólo el cuerpo lo que le dolía; tenía el orgullo igual de maltratado. Della Torre lo había entretenido todo el tiempo que había podido, primero con su célebre oratoria y después rezando. ¡Rezando! Mientras tanto, su… colega, el armario, estaba registrando su habitación. Y lo más probable es que se hubiera quedado todavía más tiempo —«Recíbelo en tu corazón, Señor»— de no ser por el borracho que había roto el encantamiento al entrar en la iglesia. Y después el conserje, intentando entretenerlo. «Si me hiciera el honor.» ¿Cuántas pistas necesitaba para darse cuenta de que algo iba mal? ¿De que ese «algo» era él?
Y, después, lo de la habitación. «Pronto?» «¿Quién diablos es usted?» «Scusi.» ¡Zas!
Eso es lo que más le dolía, porque era bueno con los puños. Había boxeado en la universidad y no se le daba nada mal. No estaba acostumbrado a perder peleas; ni siquiera cuando el otro tipo era más grande que él. Sabía cómo golpear. Y cómo esquivar los golpes dirigidos a él. O al menos eso pensaba, hasta ese día.
Aun así, no todo era negativo. Que a uno le pegaran una paliza lo despertaba, afinaba los sentidos y hacía pensar, pensar mucho en cómo evitar que se repitiera la experiencia. Y ésa era la razón por la que Lassiter decidió no volver a alojarse en el Hassler. En vez de eso, se hospedó en el Mozart, un hotel apartado en una bocacalle adoquinada de la vía del Corso.
El hotel ocupaba el ala occidental de un palacete que había conocido tiempos mejores. Tenía techos de más de cuatro metros de altura, un jardín medio abandonado y un bar oscuro.
Aunque ya era casi medianoche cuando llegó, consiguió que le dieran una suite en el segundo piso. Un botones de avanzada edad lo condujo hasta su habitación. Lassiter hizo todo lo que pudo por no quedarse atrás, apretando los dientes para amortiguar el dolor.
Cuando se marchó el botones, Lassiter cerró la puerta con llave, se acercó al minibar y vació dos botellitas de whisky escocés en un vaso. Después se sentó delante de la mesa que había junto a la ventana y cogió el cuaderno.
Años atrás, cuando vivía en Bruselas, había adoptado la costumbre de emplear un nuevo cuaderno cada vez que empezaba una nueva investigación. Resultaba útil por varias razones, pero sobre todo por una razón colateral: lo ayudaba a encontrar nombres que de otro modo se le olvidarían. Puede que no recordara el nombre de un investigador o un médico forense en concreto, pero nunca olvidaba un caso, y siempre recordaba con qué caso estaba relacionada la persona que estaba buscando. Una vez hecha esta asociación mental, resultaba fácil buscar el cuaderno en cuestión y encontrar el nombre.
Con el tiempo, se había acostumbrado a usar siempre el mismo tipo de cuaderno: un cuadernillo de espiral de diez por quince que podía sujetar con una mano y que le cabía holgadamente en el bolsillo interior de la chaqueta. A veces pensaba que, si dejaran de fabricarlos, lo más probable era que Lassiter Associates quebrara.
Cuando empezaba un cuaderno, escribía los nombres y los números de teléfono detrás, empezando por la última página. Así sabía dónde buscar cualquier nombre y nunca se quedaba sin espacio.
Había seguido la misma rutina en el caso de Kathy y de Brandon y ya tenía bastantes números apuntados. El primero era el de Riordan. Después estaban los de los médicos. Después, Tom Truong y el hotel de Chicago. Bepi. Angela. Egloff. Y Umbra Domini.
Bebió un poco de whisky y miró por la ventana. La habitación daba a una calle desierta con árboles alineados a lo largo de la acera. Cogió el teléfono, consultó el cuaderno y llamó a Bepi a su casa y al despacho. Después de oír los dos contestadores, lo llamó al teléfono móvil, pero estaba desconectado. Finalmente, lo llamó al busca y dejó el número de teléfono del hotel Mozart. Le preocupaba que Bepi no le hubiera devuelto las llamadas. No era propio de él, y Lassiter intuía que algo iba mal. Para empezar, él era un cliente demasiado bueno para no devolverle las llamadas. Y, lo que era todavía más importante, Bepi estaba enamorado de la tecnología y alardeaba de estar siempre localizable: «Da igual que esté viendo un partido del Lazio o volando a Los Ángeles o a Tokio.»
Lassiter había sonreído al oírle decir eso. Lo más probable era que ni siquiera hubiera estado en Ginebra; ¿qué decir de Los Ángeles?
Llamó a su oficina con la esperanza de que Judy se hubiera quedado trabajando hasta tarde. Cuando le contestaron y oyó el alboroto de fondo se acordó de que era la noche en la que celebraban la fiesta anual de Navidad. Le contestó una becaria cuyo nombre no reconocía y que obviamente no le oía bien.
—¿Qué?
—Soy Joe Lassiter.
—¿Quién?
—Joe Lassiter.
—Lo siento, el señor Lassiter no está en la oficina.
—No, eso no es lo que…
—Y, además, la oficina está cerrada.
Lassiter colgó y marcó el número de su buzón de voz. Tenía seis mensajes. El único de interés era de Jimmy Riordan, aunque estaba tan lleno de ruidos de fondo que resultaba incomprensible. Decía algo acerca de unos checos. «¡Te van a encantar los checos!» ¿Qué se suponía que quería decir eso?
Lassiter miró la hora. Eran las siete de la tarde en Estados Unidos. Llamó a casa de Riordan, pero no hubo respuesta. Después llamó a la comisaría.
—Lo siento. El detective Riordan está de viaje.
Lassiter golpeó la mesa con la palma de la mano. El whisky saltó dentro del vaso. ¡Vaya noche!
Preguntó cuándo volvería Riordan.
—No lo sé. Lo más probable es que vuelva el veinticuatro. Ya sabe, para Nochebuena.
—¿Hay alguna manera de ponerse en contacto con él?
—Depende.
—Soy un amigo.
—Bueno, entonces ya sabrá que está en Praga.
—¿Tiene algún número de teléfono donde se lo pueda localizar?
—Espere un momento.
Mientras esperaba, Lassiter recordó que Riordan le había mencionado algo sobre un congreso en Checoslovaquia; algo sobre Europa oriental y la democratización de la policía. Incluso le había enseñado un folleto en el que salía impreso su nombre.
—¿Oiga?
—Sí —contestó Lassiter.
—Jimmy está en el fa… bu… loso hotel Intercontinental de la exótica Praga — dijo el policía—. El número es larguísimo. Primero tiene que marcar 07. Espero que tenga algo para apuntar, porque si no se le va a olvidar.
—Dispare.
Lassiter añadió el número a los demás que ya figuraban debajo del nombre de Riordan en la última página del cuaderno, colgó y marcó el número del hotel Intercontinental. Eran casi las dos de la mañana, pero Riordan no contestaba en su habitación, así que Lassiter le dejó un mensaje.
Después se tumbó en la cama, dejó caer los zapatos al suelo y, con un gemido, se durmió.
Casi era mediodía cuando por fin se despertó. Estaba exactamente en la misma postura en que se había acostado la noche anterior. Ayudándose con los brazos y los codos, consiguió sentarse, se levantó y caminó sujetándose el costado hasta el cuarto de baño. Con mucho cuidado, giró el tronco delante del espejo y se levantó la camiseta. Al ver los colores que le teñían el costado, hizo una mueca: amarillo y malva, morado, negro y una especie de rosa enfermizo.
Tardó casi cinco minutos en conseguir la temperatura apropiada del agua, y luego se duchó. Después tardó casi el doble en secarse. Había partes del cuerpo que casi no se atrevía a tocar con la toalla. No tenía prácticamente ninguna movilidad por encima de la cintura, agacharse era una agonía y los movimientos bruscos eran todavía peor. Y así, con infinita paciencia, se vistió, tomándose un descanso para pedir que le subieran un café y un croissant. Diez minutos después, cuando llegó el desayuno, estaba intentando atarse los zapatos. Pensó que debería comprase unos mocasines.
Al salir el camarero, Lassiter encendió el televisor. Fue cambiando de un canal a otro con el mando a distancia, buscando la CNN, hasta que vio la cara de Bepi en la pantalla del televisor. Ya había vuelto a cambiar de canal, así que tuvo que retroceder.
La foto era vieja, de cuando se había graduado en la universidad, o algo así. Bepi sonreía con orgullo. Lassiter observó que llevaba el pelo más corto y peinado con secador. Parecía un cruce entre un cantante de salón y un niño de coro; la imagen le habría hecho sonreír si no fuera porque le preocupaba que Bepi saliera en la televisión.
Lassiter intentó escuchar lo que decía el locutor, pero no entendió ni una sola palabra. Una escena en directo sustituyó a la foto de Bepi. Un periodista hablaba con ademán sombrío delante de una gran iglesia mientras un grupo de chiquillos gesticulaban ante la cámara. Detrás del periodista se veían dos coches de policía y una ambulancia.
La voz del periodista siguió hablando mientras la cámara viajaba hasta un trío de hombres uniformados que empujaban una camilla. La acera debía de ser irregular, quizá de adoquines, pues parecían tener muchas dificultades. La camilla subía y bajaba, balanceándose bruscamente, y tenían que levantarla continuamente para salvar algún nuevo obstáculo.
La cámara volvió a los estudios centrales. Escuchando con atención, Lassiter consiguió entender algunas de las palabras del locutor: «Santa Maria… Polizia… Bepistraversi… Molto strano.» Hasta que el locutor sonrió, retiró la hoja que tenía delante y pasó a otra noticia.
Lassiter cambió de un canal a otro, apretando sin pausa el mando a distancia. Vio cómo entrevistaban a una mujer de luto con lágrimas en los ojos, pero no sabía si era la mujer de Bepi o una refugiada de guerra.
Lleno de frustración, apagó el televisor y llamó a Judy Rifkin. Eran las siete y media de la mañana en Washington, pero no le importaba despertarla.
—¡Joe! ¿Dónde estás?
—En Roma.
—Iba a llamarte por la tarde. Lo de American Express se está poniendo al rojo vivo…
—Creo que han matado a Bepi.
Silencio. Judy no dijo ni una sola palabra.
—Las cosas se están poniendo feas y… acabo de ver una foto de Bepi en la televisión —continuó—. No he entendido lo que decían, pero había una ambulancia, coches de policía y una camilla.
—¿Estás seguro?
—No. ¿Cómo voy a estarlo? Puede que lo acusen de algo. No tengo ni puta idea de lo que ha pasado, pero no contesta en ningún teléfono y… —Una punzada de dolor le atravesó el costado, y Lassiter se quejó sin querer.
—¿Qué te pasa?
—Nada… Anoche me dieron un par de golpes.
—¿A ti?
—Sí. Pero escucha: ahora lo importante es Bepi. Consulta con las agencias de noticias: Reuters, AP, lo que haga falta. Mándame por fax lo que averigües.
—¿Dónde estás?
Lassiter le dio el número del fax y colgó. Mientras esperaba, cogió el listín telefónico de Roma, buscó el número de Associated Press y llamó. No sabían nada. Ni tampoco la BBC, ni los buenos chicos del Rome Daily American.
Dos horas después, alguien deslizó un sobre por debajo de la puerta. Contenía dos hojas. En la primera, además de los datos de Lassiter Associates, había una nota de Judy:
Adjunto la noticia de Reuters. ¿Estás bien? Rifkin.
La segunda hoja era la noticia de Reuters:
Copyright 1995 Reuters, Limited
The Reuter Library Report
23 de diciembre de 1995.
TITULAR: Víctima encontrada a los pies de una iglesia ORIGEN: Roma
TEXTO: Se ha encontrado el cuerpo de un investigador privado a primera
hora de la mañana delante de la catedral de Santa Maña Maggiore, a escasa
distancia del Coliseo. Según ha informado la policía, la víctima, Antonio
Bepistraversi, de 26 años, fue torturado antes de fallecer.
El cuerpo fue descubierto por Lucilla Conti, de sesenta años. Encontró el
cuerpo tendido en la escalinata de acceso a la entrada trasera de la basílica.
Al ser entrevistada por los periodistas, la señora Conti dijo que al principio
pensó que sería uno de los vagabundos que desde hace tiempo frecuentan la
cercana plaza de Vittorio Emanuele II. Dio un pequeño rodeo por temor a que
le pidiera dinero. Al ver que el hombre no se movía, se acercó a él y
descubrió que tenía la cabeza envuelta en una bolsa de plástico.
Los detectives de homicidios informaron que el incidente tuvo lugar en
«un barrio deteriorado» y mostraron su confianza en la pronta resolución del
caso.
Lassiter leyó la noticia tres veces seguidas, con la esperanza de haberla entendido mal, pero el resultado era siempre el mismo: Bepi había muerto. Y, lo que era aún peor, había muerto violentamente.
De repente se dio cuenta de que la persona a la que debería haber llamado era Gianni Massina. Si alguien podía decirle lo que había ocurrido, ése era Massina. Lassiter encontró su número en las últimas páginas de su cuaderno y lo llamó.
—Pronto?
—Soy Joe Lassiter.
—Sí.
—Nos conocimos hace un par de días…
—Sí, ¡claro! —exclamó Massina—. ¿Se ha enterado de lo de Bepi?
—Sí. He visto la noticia en la televisión.
Massina suspiró.
—Todavía no lo puedo creer. —Volvió a suspirar.
—Lo llamo porque… No sé. Bepi seguía trabajando para mí y he pensado que puede que… Umbra Domini… Como lo han encontrado junto a una iglesia… —dijo Lassiter.
—Tratándose de Umbra Domini siempre hay rumores —replicó Massina—. ¿Pero esto? No creo. Es demasiado. Además, aunque esta iglesia es interesante, no tiene ninguna relación con Umbra Domini.
—Entonces ¿por qué dice que es interesante?
—¡Porque lo es! Tiene más de seiscientos años y está consagrada a la Madre de Dios. Se dice que fue construida después de una gran nevada, una nevada milagrosa que al caer dibujó en el suelo el proyecto de la planta de la iglesia. ¡Ahí mismo, justo donde está ahora! Así que cada año, el día del aniversario de la construcción de la iglesia, se lanzan pétalos de flores, pétalos blancos, desde el duomo. Y además tiene valiosas reliquias. ¡Tiene trozos de madera del mismísimo portal de Belén! ¡Nada menos que cinco! ¿Qué me dice de eso?
—¿Son auténticos?
—¿Cómo lo voy a saber yo? Estamos hablando de religión. ¡Todo es auténtico! Y nada lo es. ¿Quiere saber lo que es auténtico? El barrio en el que está la iglesia es auténtico.
—Reuters dice que está «deteriorado».
Massina se rió.
—¡La gente lo llama la piazza de la Mierda y las Agujas! Ni siquiera las putas se atreven a ir por ahí. No hay más que yonquis y locos…
—¿Y qué? —replicó Lassiter.
—¿Cómo que y qué?
—¿Qué importancia tiene que sea un barrio asqueroso? La noticia de Reuters dice que lo torturaron antes de matarlo, así que tuvo que morir en otro sitio. La gente no va por ahí torturando a sus víctimas en la escalinata de una iglesia.
—Tiene razón. He hablado con la policía… Lo que le voy a decir es off the record, ¿vale? Por lo visto, dejaron el cadáver de Bepi delante de la iglesia hacia las cinco de la mañana. No saben dónde estaba antes pero, por la coagulación de la sangre, desde luego no murió en la escalinata. Al menos no en esa postura. Hasta es posible que ya llevara muerto un día. —Lassiter y Massina guardaron silencio unos instantes—. ¿Sabía que tenía un hijo? —dijo Massina por fin.
—Sí, me lo había dicho. —De nuevo, silencio.
—¿Sabe cómo murió? —preguntó al cabo Massina.
—No. La verdad es que no. —Pero sabía que Massina iba a decírselo.
Massina respiró hondo.
—La policía no lo ha comunicado oficialmente, pero… le ataron las manos y las piernas detrás de la espalda y le pusieron una soga alrededor del cuello con un… No estoy seguro de cómo se dice. ¿Un nudo corrido?
—Un nudo corredizo.
—Un nudo corredizo. Mientras más se forcejea, más aprieta la soga. Ya sabe. La policía dice que puede durar muchas horas. Cuando la víctima se empieza a ahogar, el que lo está interrogando lo afloja un poco. Y así una y otra vez. Tenía múltiples abrasiones en el cuello. Y en las muñecas. Y en los tobillos. Eso quiere decir que debieron amenazarlo mientras lo tenían atado así, de modo que Bepi no podía evitar forcejear.
—¿Qué quiere decir?
Massina volvió a respirar hondo.
—Le cubren la cabeza con una bolsa de plástico. La víctima aguanta la respiración todo el tiempo que puede, pero, al final, cuando el instinto acaba venciendo, ¡forcejea! Entonces la soga se tensa y, cuando está a punto de desmayarse, le quitan la bolsa y aflojan la cuerda. Vuelven a hacer lo mismo una y otra vez. Hasta que, una de las veces, no le quitan la bolsa. Y se acabó. Está muerto.
Lassiter no dijo nada. ¿Qué podía decir?
Massina se aclaró la garganta.
—¿Qué cree que estaban buscando?
—Información.
—Sí, pero ¿qué información?
—No lo sé —contestó Lassiter—. Quizá sólo estuvieran… «pescando». Tal vez no sabrían lo que buscaban. Puede que sólo quisieran saber cuánto sabía él… o cuánto sabía yo. O puede que lo hicieran por diversión… Algún loco.
—No creo en los locos —replicó Massina.
—Ni yo tampoco.
Un pesado silencio volvió a apoderarse del teléfono, hasta que Lassiter por fin dijo:
—Bueno…
—Felice Natale, eh?
—Sí.
—Cuídese.
—Y usted también. Feliz Navidad.