Código génesis
Capítulo 21
Justo después de colgar, el teléfono sonó como si fuera una alarma de incendios. Y volvió a sonar. Lassiter levantó el auricular como si fuera algo sucio.
—Lassiter —contestó con el tono de voz neutro que solía usar cuando su secretaria había salido en busca de un café.
—¡Adivina quién soy!
—¡Jimmy! —dijo—. Tengo muchas cosas que contarte…
—Iba a contarle lo que le habían hecho a Bepi y lo que le había pasado en Nápoles, pero no pudo competir con el torrente de voz de Riordan.
—Es increíble, ¿verdad? Cuando parece que uno está en un callejón sin salida, se va de viaje al otro lado del mundo y… ¿Puedes creerlo? Creo que tengo algo.
Lassiter se enderezó en su asiento.
Riordan se rió.
—Te he despertado la curiosidad, ¿eh?
—Sí. Desde luego.
—¿Cuánto tardarías en llegar?
—¿Adonde?
—A Praga. ¿Desde dónde te crees que estoy llamando?
—Jimmy. Han pasado muchas cosas. No…
—El vuelo sólo dura una hora. Es como ir de Washington a Nueva York.
Lassiter se dio cuenta de que Riordan realmente no lo estaba escuchando; parecía demasiado emocionado con algo.
—¿Por qué no me lo cuentas por teléfono?
—¡Porque hay alguien aquí a quien tienes que conocer! Así que súbete al próximo avión y vente a Praga.
—¿Estás seguro de que…?
—Confía en mí. Es importante.
Después de colgar, Lassiter estuvo pensando unos minutos. Algo le decía que debía quedarse en Roma, hacer algo por Bepi, pero la verdad es que no se le ocurría qué podía hacer por él. Y, además, podía estar de vuelta en Roma al día siguiente. Puede que incluso antes.
Cinco horas después, Lassiter estaba en el aparcamiento del hotel Intercontinental, en la capital de la República Checa, observando la idea del progreso de algún antiguo dirigente comunista: un cubo de cristal y hormigón de un gusto más que dudoso que prometía recibirlo con obras abstractas insípidas, moquetas con manchas y pop europeo. Edificado en el apogeo de la Guerra Fría, el hotel pretendía ser una afirmación arquitectónica que proclamara a los cuatro vientos: ¡Marchamos hacia el futuro trabajando hombro con hombro! Pero, como ocurre tan a menudo con las afirmaciones arquitectónicas, ésta no había salido exactamente como era de esperar.
Una vez dentro, Lassiter encontró a Riordan sentado en el bar junto a un hombre checo con aspecto siniestro que llevaba un largo abrigo de cuero. Vestido con la chaqueta y la corbata de reglamento, Riordan parecía exactamente lo que era. En cambio, su compañero hacía pensar en un músico de rock en paro o en un genio huesudo con una larga melena de pelo negro y grasiento que le llegaba hasta los hombros. La mesa estaba llena de botellas vacías de Pilsner Urquell. Lassiter dejó su bolsa de viaje en el suelo y se sentó al lado de Riordan.
—Espero que de verdad sea importante —dijo.
Riordan tardó en reaccionar.
—Hombreeeee… ¡Joe! Te presento a Franz.
—Hola, Franz.
—Joe Lassiter, Franz Janacek —hizo las presentaciones Riordan.
Lassiter extendió la mano y el checo se la estrechó con fuerza. Tenía los ojos pequeños, marcas de viruela en la cara y una voz profunda, casi subterránea. Además, cada vez que abría la boca mostraba una muela de oro.
—Encantado —dijo Janacek.
—Franz es… ¿Qué cargo ocupas? ¿Ministro del Interior?
Janacek sonrió.
—Todavía no —repuso. Se sacó una tarjeta del bolsillo del abrigo y la dejó caer sobre la húmeda mesa. Lassiter la leyó con sorpresa. Janacek era el jefe de homicidios de la policía de Praga.
Riordan sonrió.
—¿A que es un país maravilloso? ¡Me encanta la República Checa! Invito a una ronda —declaró. Después llamó al camarero con el gesto de un hombre que se está haciendo a la mar mientras su familia lo despide desde el muelle con los ojos llenos de lágrimas.
El bar estaba lleno de hombres de mediana edad vestidos con trajes oscuros. De pie, en grupos de tres o cuatro personas, hablaban animadamente al menos en seis idiomas distintos. Casi todos estaban fumando. El aire estaba cargado de vapores de tabaco barato y alcohol caro.
Riordan los señaló con un movimiento de la cabeza.
—¡No falta nadie! FBI, Servicio Secreto, KGB. ¡Ha venido hasta la puta Policía Montada! Y Scotland Yard. Si hasta hay gendarmes. Nunca había conocido a un gendarme.
—El paraíso de los polis —comentó Janacek mientras encendía un cigarrillo.
Riordan se rió.
—Franz es un auténtico hippy.
Llegaron las cervezas, y Lassiter bebió un sorbo. Era una cerveza magnífica, pero le escocía en el corte del labio. Hizo una mueca, y Janacek sonrió.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó.
—Me he caído.
Riordan lo miró con incredulidad.
—En serio —dijo.
—Encontré a alguien registrando mi habitación —explicó Lassiter.
—¿Y?
—Se resistió al arresto.
—¿Se le escapó? —quiso saber Janacek.
—Sí. Por el momento, sí.
—Es una pena —manifestó Riordan—. Bueno, ya hemos hablado bastante sobre ti. Te estarás preguntando por qué te he pedido que vinieras.
Lassiter sonrió.
—Estás borracho, ¿no? —dijo.
—Técnicamente hablando, he rebasado mi límite. ¿Y qué? La cosa es que Franz y yo hemos participado en una mesa redonda.
—¿Sobre qué tema? —inquirió Lassiter.
—Casos congelados.
Lassiter movió la cabeza.
—¿Y eso qué es? —preguntó.
—Crímenes sin resolver. Un homicidio o cualquier otro crimen que no hayamos conseguido cerrar —contestó Janacek.
—Por falta de pruebas —matizó Riordan.
—O, peor todavía —añadió Janacek—, porque no tenemos un motivo.
—Es un problema serio —siguió Riordan—. ¿Qué se hace con un caso congelado? Además de esperar a que algún día, de alguna manera, se resuelva solo, claro está. ¿Qué se puede hacer con un crimen sin resolver?
—No lo sé —repuso Lassiter—. ¿Qué se puede hacer?
Riordan se encogió de hombros.
—Básicamente, lo que se hace es volver a hacer lo mismo una y otra vez. Vuelves a interrogar a todo el mundo, a ver si alguien confiesa. O rezas para que alguien invente algún tipo de tecnología nueva, como la prueba del ADN. Pero, la mayoría de las veces, un caso congelado es precisamente eso: un caso congelado. Resulta deprimente.
Lassiter movió la cabeza bruscamente, como si quisiera aclararse las ideas. Los labios de Janacek dibujaron una sonrisa maliciosa.
—Así que habéis comentado el caso de mi hermana —dedujo Lassiter—. ¿Y?
—De hecho, no comentamos nada —replicó Riordan—. Porque el caso no está congelado: está resuelto. Sólo tenemos que encontrar al tipo. —Riordan bajó la barbilla y eructó silenciosamente—. O, mejor dicho, volver a encontrarlo.
—Entonces, ¿por qué me has llamado? —Se impacientó Lassiter. Riordan empezaba a irritarlo.
—Ten un poco de paciencia. La cosa es que… Bueno, vale, lo que ha pasado es que… Bueno, en la mesa redonda alguien preguntó algo sobre asesinatos en serie.
—Fue una buena pregunta —señaló Janacek—, porque en esos casos a menudo tenemos varias víctimas, pero ningún motivo evidente.
—Exactamente. Porque el asesino hace lo que hace… porque sí —explicó Riordan.
—Con una frialdad científica —añadió Janacek—. Personalmente, creo que eso es lo que pasa en muchos casos congelados.
—La cosa es que el tipo que hizo la pregunta nos pidió que le diéramos un ejemplo. Y Janacek… Venga, cuéntaselo tú.
El checo se inclinó hacia adelante.
—El ejemplo que le di ocurrió hace tres o cuatro meses. En agosto. La familia vivía cerca del parque Stromovka. Un buen barrio. Hubo un incendio provocado. Dos muertos.
—Y, mira por dónde —agregó Riordan—, las víctimas eran un niño de dos años, o dos años y medio, y su madre. Ocurrió de noche, mientras los dos dormían. La casa se quemó hasta los cimientos.
—Usaron sustancias acelerantes, así que no quedó nada —explicó Janacek—. Algunos huesos. Dientes. Al principio sospechamos del marido, pero no fue él.
—No había ninguna otra mujer, ningún otro hombre. Tampoco tenían ningún seguro —apuntó Riordan.
Janacek asintió.
—Ni siquiera tenían deudas. Nada, estaban limpios —concluyó el checo.
—Una familia feliz —dijo Riordan.
—¿Dónde estaba el marido? —preguntó Lassiter.
Janacek agitó la mano como si estuviera limpiando una mancha en el aire.
—En un partido del Sparta. Fuera de la ciudad —repuso.
Riordan se balanceó en la silla.
—¿Te suena?
—Sí —asintió Lassiter—. Me suena. ¿Cuándo dices que ocurrió?
—A finales de agosto.
Lassiter frunció el ceño. Estaba intentando recordar los detalles del pasaporte de Grimaldi.
—Ya lo he comprobado —informó Riordan—. Entró en la República Checa un par de días antes.
Los tres hombres permanecieron en silencio bebiendo cerveza. Por fin, Lassiter levantó la mirada.
—Podría ser una coincidencia —manifestó.
Riordan asintió.
—Desde luego —dijo.
—Podría ser una de esas extrañas coincidencias.
—¿De verdad lo cree? —preguntó Janacek sin dejar entrever ninguna emoción.
—No —respondió Lassiter.
Janacek asintió, tanto para sí mismo como para los otros dos hombres.
Volvieron a quedarse en silencio hasta que Lassiter inquirió:
—¿Podría hablar con el marido? ¿Sería eso posible?
Janacek frunció el ceño.
—¿Con Jiri Reiner? No habla inglés.
—Bueno, puede que si usted me ayuda…
Janacek lo pensó unos segundos.
—¿Y de qué serviría eso?
—Bueno, para empezar…, me gustaría saber si su mujer tenía algo en común con mi hermana. O quizá los niños tuvieran algo en común. Cualquier cosa que pudiera relacionarlos.
—¿Como qué?
—No lo sé.
Janacek se encogió de hombros.
—Jiri todavía no se ha recuperado —explicó—. Está bajo tratamiento. Sedantes. Los médicos todavía temen que pueda intentar matarse. ¿Por qué no iba a hacerlo? — Miró a Lassiter con sus ojos pálidos—. Cualquiera que estuviera en su caso lo haría. Perdió todo lo que tenía en una sola noche —añadió—, a su hijo, a su mujer, su casa. —Bajó la mirada sombríamente.
—Bueno —dijo Lassiter—. Sólo era una idea.
Janacek inspiró entre dientes y movió la cabeza.
—Además, Jiri está… —Janacek abrió y cerró la mano varias veces, como si intentara encontrar la palabra en el aire—. No se comunica bien. ¿Entiende? La mayoría de las veces no dice nada.
Lassiter asintió.
—Aun así —prosiguió Janacek arrastrando las palabras—, ya que los casos son tan parecidos, tal vez podamos ayudarnos mutuamente. ¿Sería posible conseguir una copia del pasaporte del italiano?
Lassiter y Riordan se miraron un momento.
—Estoy seguro de que el detective puede conseguirle una —contestó Lassiter.
—¿Y una fotografía?
Riordan asintió.
—Sí. No hay ningún problema —repuso.
Janacek se acabó la cerveza y se levantó.
—Está bien. Esto es lo que haré. Se lo preguntaré a Jiri personalmente. Y a su médico. —Se encogió de hombros—. Quién sabe. —Alargó la mano, y Lassiter y Riordan se la estrecharon—. Hablaremos por la mañana.
—Gracias —dijo Lassiter.
El checo asintió con gesto grave, se alejó un par de pasos y se dio la vuelta.
—¿Sabe?, un caso que involucra a más de un país no es algo nada frecuente. Y este caso involucra a dos continentes. No conozco ningún otro caso así, a no ser que se trate de un caso de terrorismo. Y sabemos que esto no es terrorismo.
—¿Lo sabemos? —replicó Riordan.
—Por supuesto.
—¿Y por qué lo sabemos?
—Porque nadie ha reivindicado los asesinatos y el caso no tiene nada que ver con la política —terció Lassiter.
Janacek asintió y se volvió hacia Riordan.
—Tengo que irme —declaró—. Por cierto, cuando vuelvas a Estados Unidos, quizá puedas hablar con tu FBI, a ver si tienen algo que se asemeje a estos dos crímenes.
—Desde luego —dijo Riordan—. Hablaré con mi FBI, a ver si tienen algo.
Al día siguiente, el último del congreso, tanto Janacek como Riordan iban a estar ocupados hasta tarde. Primero tenían un desayuno y después un sinfín de debates, mesas redondas y charlas antes de la clausura. Por la noche, estaba previsto que tuviera lugar un banquete.
Janacek llamó para decir que estaba intentando concertar una cita con Reiner y que lo volvería a llamar más tarde.
Así que Lassiter se encontró con que tenía todo el día para sí mismo. Quería hacer un par de cosas, pero, sobre todo, quería salir a correr por la ribera del río y las calles del casco viejo. Aunque decir que tenía las costillas doloridas era quedarse corto, si se lo tomaba con calma y lo hacía despacio, podría correr unos kilómetros. Era cuestión de no chocarse con nadie ni de quedarse sin respiración; lo último que necesitaba era respirar profundamente por falta de aire.
Salió del hotel Intercontinental trotando suavemente. Sentía en la boca la contaminación que flotaba en el aire. El frío y el sabor a humo se le pegaban a los dientes. El legado del énfasis comunista en la industria pesada, combinado con el emplazamiento de la ciudad en un valle fluvial, había creado un serio problema de contaminación atmosférica en Praga, especialmente durante el invierno.
Aun así, el corazón de la ciudad seguía siendo bellísimo, pues se había librado tanto de los bombardeos como del incontrolado desarrollo urbano que habían sufrido la mayoría de las capitales europeas. Mientras cruzaba el famoso puente Carlos empezó a nevar. Lassiter pasó junto a las ennegrecidas estatuas de santos que salpicaban el puente cada diez o quince metros, observando desde lo alto a los peatones que cruzaban a toda prisa. Los vendedores de postales, fotos, decoraciones navideñas y distintos objetos artesanales se acurrucaban delante de diminutas hogueras de carbón. El viento era gélido. En las esquinas de las calles había mujeres envueltas en mantas delante de cubos de plástico llenos de carpas vivas. Riordan le había advertido sobre los peligros de esta vieja costumbre navideña. Por lo visto, una mujer había sacado la carpa cogida de las agallas con un gancho, la había colocado sobre una tabla y la había decapitado de un hachazo que había llenado los mejores pantalones de Riordan de salpicaduras de entrañas de pescado.
Después de tres o cuatro kilómetros, cuando Lassiter dio la vuelta para volver hacia el hotel, los vendedores ya no estaban. El viento se había calmado y la nieve empezaba a acumularse sobre las manos extendidas, los pies desnudos y los ojos vacíos de las figuras de los santos. Las aceras no tardaron en cubrirse de una escurridiza capa de nieve. Temiendo resbalar, Lassiter recorrió las últimas dos manzanas andando. Respiraba con bocanadas cortas, pero, aun así, le dolía hacerlo.
Tenía un recado de Janacek: la entrevista con Jiri Reiner tendría lugar a las ocho.
Después de ducharse, Lassiter sacó el transformador de su bolsa de viaje, enchufó el ordenador portátil y lo conectó a la línea telefónica. Quería hacer una búsqueda de noticias de prensa sobre casos de asesinato con incendios provocados similares al de Kathy y Brandon y al de la mujer y el hijo de Jiri Reiner. Tecleó el código internacional de acceso a la compañía telefónica AT&T y conectó el ordenador al servicio de Nexis. Podría haberle pedido a alguien que lo hiciera desde la oficina, pero la investigación online era un proceso intuitivo, sobre todo cuando uno no sabía exactamente lo que estaba buscando.
Nexis era una base de datos muy cara que contenía noticias procedentes de miles de publicaciones y servicios informativos de todo el mundo. No lo abarcaba todo, pero era amplia y profunda. El proceso de búsqueda era rápido y, una vez definidos los parámetros, encontrar la historia o las historias que se buscaban resultaba muy simple; daba igual que se tratara de un boletín del despacho de Reuters en Sofía o de un artículo sobre la investigación de la serotonina publicado en una revista especializada de endocrinología.
La base de datos funcionaba mediante parámetros lógicos: términos inclusivos como y/o y restrictivos como no, que operaban conjuntamente con las palabras claves que definían la noticia. Lassiter tecleó: «incendio provocado y homicidio y niño».
La pantalla del ordenador brilló silenciosamente durante unos segundos, hasta que apareció un mensaje diciendo que se habían encontrado más de mil citas, por lo que la búsqueda quedaba interrumpida. Después de reflexionar unos instantes, Lassiter estrechó los parámetros de la búsqueda añadiendo «y 1995.»
En escasos segundos, la base de datos anunció que había 214 citas. La mayoría eran recopilaciones de informes criminales, en las que el incendio provocado en cuestión no tenía ninguna relación ni con el niño ni con el homicidio que se mencionaban a continuación. Lassiter redefinió los parámetros de la búsqueda y tecleó: «Kathleen Lassiter y incendio provocado 1995.»
Figuraban diecinueve noticias procedentes del Washington Post, el Washington Times, el Fairfax Journal y la Associated Press. Las noticias se dividían en tres categorías: ocho artículos sobre los asesinatos publicados durante los tres días siguientes, un par de historias sobre la exhumación del cadáver de Brandon y un torrente de historias sobre la fuga de Sin Nombre y el asesinato del agente de policía. Después de eso, no había nada.
La lectura de los artículos resultaba deprimente, en parte porque le volvía a presentar en toda su magnitud el horror de los asesinatos de su hermana y su sobrino, y en parte porque hizo que se diera cuenta de lo inadecuado del método de búsqueda que estaba empleando. Aunque podía configurar la búsqueda de tal manera que le permitiera obtener todas y cada una de las noticias relacionadas con la muerte de su hermana incluidas en Nexis, los términos de la búsqueda eran demasiado amplios para localizar casos similares de manera eficaz. «Niño», «incendio provocado» y «homicidio» tenían decenas de sinónimos. Si los incluía todos, tendría que abrirse paso entre miles y miles de artículos.
También resultaba descorazonador que la prensa le hubiera prestado tan poca atención a los asesinatos. Las muertes de Kathy y Brandon aparecían en las secciones locales de los periódicos y habían dejado de ser noticia mucho antes de lo que habría sido necesario para dejar claro el carácter deliberado y cruel del doble asesinato. Tampoco se había parado nadie a pensar en las implicaciones del desenterramiento de Brandon ni en la posibilidad de que Sin Nombre tuviera un cómplice. Se informaba sobre los hechos, pero nadie se había molestado en analizarlos.
Lassiter suponía que pasaría lo mismo en cualquier gran ciudad, donde el doble homicidio del sábado daba paso necesariamente al tiroteo del domingo. El caso de Kathy había sido especialmente horrible, pero, incluso así, había tenido una repercusión escasa y pasajera en los medios de comunicación.
Lassiter tecleó: «Reiner y incendio provocado y Praga.» Y no encontró nada. Frustrado, volvió a la búsqueda original y empleó una función especial que lo llevaba directamente a las palabras claves de cada una de las noticias. Al final, sólo encontró una noticia que podía tener interés. Era una breve noticia publicada en un diario de Bressingham, un pueblecito canadiense situado ciento cincuenta kilómetros al norte de Vancouver. La noticia contaba cómo Brian y Marión Kerr y su hijo de tres años, Barry, habían fallecido en un fuego de origen sospechoso.
Aunque no se trataba sólo de una mujer y su hijo, como en el caso de su hermana y de los Reiner, Lassiter procedió a realizar una nueva búsqueda: «Kerr y Bressingham y incendio.»
Como las muertes habían tenido lugar en una pequeña localidad, lo más probable es que la noticia fuera de relieve. Y así era. Encontró ocho artículos. Dos días después del suceso, la policía confirmó que el incendio había sido provocado. Las llamas habían empezado en tres sitios distintos y los análisis del laboratorio confirmaban el uso de sustancias acelerantes. Según varios testigos, un hombre había salido corriendo de la casa poco antes de que empezara el incendio.
Lo primero que se le ocurrió a Lassiter fue que todos los niños eran varones, al menos hasta el momento. Brandon. Y el hijo de los Reiner. Y ahora el hijo de los Kerr.
Aunque, por otro lado, los Kerr no acababan de encajar. El pasaporte de Grimaldi no incluía ningún sello de entrada en Canadá. Y, lo que era más importante todavía, el fuego había tenido lugar el 14 de noviembre. En esas fechas, Grimaldi estaba en el hospital. De hecho, el funeral por Kathy y Brandon había tenido lugar un par de días antes. Lassiter apagó el ordenador y llamó a Judy a la oficina de Washington.
—¡Joe! ¿Dónde estás?
—En Praga.
—¡Se suponía que ibas a mantenerte en contacto! Dame tú número de teléfono — dijo Judy.
Lassiter se lo dio.
—¿Sabes algo nuevo sobre lo de Bepi? —preguntó ella.
Lassiter permaneció unos segundos en silencio.
—No —repuso al cabo.
—Entonces, puede que tuviera algo que ver contigo —comentó Judy—. Pero puede que no.
—Lo que está claro es que su asesinato está relacionado con el caso.
—Entonces creo que ya es hora de que hagas las maletas. ¡Lárgate de ahí!
—No estoy «ahí». Estoy en Praga. En cualquier caso, todavía es demasiado pronto.
—¿Por qué?
—Porque todavía me quedan cosas que hacer. Y, además, hay un par de cosas que quiero que hagas tú. Para empezar, quiero que te ocupes de la familia de Bepi. Prepárales algún tipo de pensión. Lo suficiente para el niño y para quienquiera que tenga su tutela. Ya sabes a lo que me refiero: lo suficiente para salir adelante.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Durante todo el tiempo que sea necesario.
—Eso podría ser mucho dinero.
—Judy, tengo mucho dinero.
—Vale. ¿Qué más?
—American Express.
—¿Qué pasa con American Express?
—Dímelo tú.
—Quieren saber cuál será tu… papel después de la venta.
—Ninguno.
—Eso no es lo que quieren ellos.
—Me da igual lo que quieran.
—En ese caso, tenemos una oferta de doce millones quinientos mil dólares, además de opciones sobre futuros por un importe aproximado de otros tres millones. El truco está en que no se puede disponer de esos tres millones hasta dentro de cinco años. Y además quieren que les firmes un compromiso de no competencia.
—No hay ningún problema.
—El tipo encargado de adquisiciones dice que, si tú te quedas al frente del negocio, estarían dispuestos a subir considerablemente la oferta.
—Lo harán de todas formas. Y diles que no me interesan las opciones sobre futuros. Quiero dinero.
—Vale.
—La idea es vender. Y, si voy a vender, quiero…
—Vender del todo. Entendido. Déjalo en mis manos.
Después, Lassiter llamó a Roy Dunwold, el director de la sucursal que Lassiter Associates tenía en Londres. Roy era un chico de clase trabajadora que se había criado en Derry, o Londonderry, dependiendo del punto de vista. De lo que no había duda es que había tenido una infancia dura. Había pasado dos años entre rejas en Borstal por una serie de robos de coches que acabaron bruscamente cuando el Porsche robado que conducía en ese momento chocó contra un cortejo funerario del IRA.
Después de tres meses en una cama de hospital y una estancia mucho más larga en un centro de reclusión de menores, salió en libertad condicional bajo la custodia de una tía que vivía en Londres. Su tía, una mujer de ideas claras que regentaba una pensión en Kilburn, le dijo algo que era obvio: robar coches era, en el mejor de los casos, una vocación, pero él necesitaba una profesión.
Así que Roy se matriculó en la escuela nocturna y, a continuación, en una de las mejores escuelas politécnicas del país. Era un buen estudiante y, después de licenciarse, encontró trabajo como especialista en sistemas de gestión de datos en el GCHQ-Cheltenham, el equivalente británico al Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos. Después de trabajar un año en la sede central lo destinaron a las montañas Troghodhos de Chipre. Pasó cinco años en el Mediterráneo, donde bebió suficiente vino griego y tuvo suficientes líos de faldas para quedarse saciado de por vida. Después volvió a Inglaterra, esta vez al sector privado. Como solía decirles a sus amigos: «Echaba de menos la lluvia.» Lassiter consiguió llevárselo a su empresa ofreciéndole un coche, además del mismo sueldo que ganaba en Kroll Associates.
Dunwold eligió un Porsche.
Lassiter tardó en encontrar a Roy. Cuando por fin lo consiguió, fue directamente al grano.
—No sé si estarás al tanto, pero… estoy trabajando en un asunto de índole personal.
—Lo de tu hermana.
—Y mi sobrino.
—Sí, es verdad.
—Una de las cosas que estoy buscando son crímenes con patrones similares — explicó Lassiter—. Homicidios con incendios provocados en los que falleciera algún niño. He encontrado uno en Praga y otro en Canadá.
—¿Estás seguro de que están relacionados?
—No. —Una pausa—. Pero tal vez lo estén. Y se me ha ocurrido que quizá tú puedas ayudarme a encontrar otros casos similares.
—¿Dónde?
—Donde sea. Podrías empezar por Europa.
—¿Qué te parece Inglaterra?
—Está bien. Empieza por Inglaterra.
Dunwold permaneció unos segundos en silencio. Por fin dijo:
—Hay un problema.
—¿Cuál?
—Bueno, hay muchos incendios provocados que nunca se sabe que lo son. Muchas veces figuran como incendios de origen eléctrico: cortocircuitos y ese tipo de cosas. Eso significa que habría que mirar cualquier fuego en el que muriera un niño.
—Me parece bien.
—Eso es mucho trabajo.
—Ya lo sé.
—¿Cuál es el marco temporal?
—Cualquier cosa que puedas encontrar a partir del uno de agosto.
—Vale.
—He pensado que quizá convendría mirar lo que tiene la Interpol.
—Ésos son unos malditos inútiles. No sirven para nada. Será mejor ir directamente a las bases de datos que nos puedan ayudar. Y las compañías de seguros también pueden ser interesantes. No sería la primera vez que encontramos algo gracias a ellas. Llamaré a Lloyd’s.
—¿Qué hay de la policía?
—Sí, claro. No hay que olvidarse de esos. Veré qué tiene la Europol, Scotland Yard… Lo de siempre.
—Espera un momento. Se me acaba de ocurrir algo. —Lassiter buscó las fotocopias del pasaporte de Grimaldi y miró los sellos fronterizos del período en cuestión. No tardó en encontrar el que buscaba—. Y mira a ver si encuentras algo en Sao Paulo, ¿vale?
—¿En Brasil?
—Sí, entre el trece y el dieciocho de septiembre del año pasado. Ponte en contacto conmigo en cuanto tengas algo.
—Vale. ¿Quieres un informe por escrito?
—No, sólo la información. Judy sabe dónde localizarme.
—Dinero.
—No te preocupes por eso. Haz lo que tengas que hacer.
—¡Perfecto!
Lassiter estaba a punto de colgar, cuando Dunwold dijo:
—¡Joe! ¿Sigues ahí?
—Sí.
—Se me acaba de ocurrir que…
—¿Qué?
—Esto puede tardar bastante. Es que… Es Navidad, ¿no? Me dedicaré a trabajar, pero…
—Tú haz lo que puedas.
—Vale. Entonces, un saludo. Feliz Navidad y todo eso. Te llamaré.
Lassiter se reunió con Janacek y Riordan en el vestíbulo del hotel a las siete y media. A las ocho y cuarto, después de un espeluznante trayecto en coche por las calles nevadas, ya estaban en el ascensor de la clínica Pankow, en un suburbio de Praga. Un médico con una bata blanca los condujo hasta la habitación en la que estaba Jiri Reiner.
Hacía un calor sofocante, pero Reiner estaba hecho un ovillo debajo de las mantas. Sus ojos parecían desproporcionadamente grandes en su cara demacrada.
—No come —susurró Janacek pasándose una mano por el pelo. El médico le susurró algo al oído al detective checo y se giró hacia Lassiter. Sin decir nada, levantó un dedo, recordándoles que deberían ser breves. Después se marchó.
Reiner miraba fijamente a Lassiter.
Janacek se volvió hacia él.
—Bien. Yo traduciré. ¿Qué quiere que le diga a pan Reiner? Perdón, al señor Reiner.
—Dígale que el siete de noviembre asesinaron a mi hermana, Kathy, y a su hijo pequeño, Brandon. Alguien les cortó el cuello y después prendió fuego a la casa. — Lassiter respiró hondo—. Pero algo salió mal, y el hombre que lo hizo saltó por la ventana de la casa con la ropa envuelta en llamas.
Janacek tradujo. Al acabar, se volvió hacia Lassiter y hundió la barbilla en el pecho.
—El hombre sufrió graves quemaduras, pero sobrevivió —continuó Lassiter—. Cuando lo interrogó la policía, se negó a responder. Nadie entiende la razón del crimen. —Lassiter movió la cabeza—. Nadie.
Observó a Reiner mientras Janacek traducía. Mientras el detective hablaba, los ojos del paciente se llenaron de lágrimas, pero no intentó secárselas. Por fin, cuando Janacek terminó, Reiner habló con una voz llena de sentimiento y los inmensos ojos mojados de un perro labrador.
—Pregunta si su hermana y su sobrino estaban muertos antes del incendio — tradujo Janacek.
Lassiter sabía perfectamente lo que buscaba Reiner.
—Así es —dijo—. No murieron quemados. Los mataron rápidamente, con un cuchillo. —Prefirió no decir nada sobre las heridas de Kathy, ni sobre los cortes que tenía en las manos como producto del forcejeo.
Reiner estaba sentado en la cama, balanceándose hacia adelante y hacia detrás con los ojos cerrados con fuerza. Cuando volvió a abrirlos y habló, su sensación de alivio quedaba patente en sus ojos. Sin duda, se había estado torturando con imágenes de su hijo y su mujer, atrapados, tosiendo, quemándose vivos. Ahora, por lo menos, tenía otra imagen distinta. El detective tradujo sus palabras.
—Pregunta quién era ese hombre.
—Un italiano. Se llama Grimaldi. Dígale que es un hombre con un pasado oscuro. Un mercenario. Un asesino a sueldo.
Janacek tradujo, y Lassiter observó cómo Jiri Reiner retorcía el gesto al oír el nombre de Grimaldi. Se mordió el labio inferior y una expresión de sorpresa se apoderó de su cara. Movió la cabeza tristemente de un lado a otro.
Lassiter se señaló a sí mismo llevándose el pulgar al pecho, y después extendió los brazos con las palmas hacia arriba e imitó el ademán de incomprensión de Reiner. Reiner no dejó de mirarlo ni un instante.
—El pasaporte de Grimaldi demuestra que estaba aquí, en Praga, cuando asesinaron a su mujer y a su hijo.
—Eso ya se lo he dicho antes —dijo Janacek con impaciencia.
—Vuelva a decírselo.
Reiner movió la cabeza con tristeza y se la tocó tres veces con un dedo, como diciendo que no tenía respuestas dentro.
Siguieron así, haciéndose preguntas a través de Janacek, durante algunos minutos. ¿Se conocían las dos mujeres? ¿Había estado alguna vez Hannah Reiner en Estados Unidos o Kathy Lassiter en Checoslovaquia? Lassiter le pidió a Riordan que le enseñara a Reiner una foto de Grimaldi, y también una de Kathy y de Brandon, pero el pobre hombre sólo sacudió la cabeza y murmuró:
—Ne, ne. Nevim, Nevim.
No hacía falta traducirlo. Reiner sacó de debajo de la almohada una pequeña foto enmarcada de su mujer con su hijo en brazos. El marco era de plata y tenía forma de corazón. Lassiter miró la foto y movió la cabeza ante la sonriente pareja. Entonces entró el médico. Resultaba patente que le disgustaba que aún estuvieran allí. Reiner dijo algo con una voz sonora. Lo que quería era el número de teléfono y la dirección de Joe Lassiter. Lassiter le dio una tarjeta. El médico intentó hacerlos salir de la habitación, pero Lassiter se acercó a la cama, cogió la huesuda mano de Jiri Reiner entre las suyas y la apretó con fuerza.
—Averiguaré por qué los mataron —prometió mirándolo a los ojos. Reiner le cogió la mano con fuerza, la atrajo hacia sí y se la apretó contra el pecho. Cerró los ojos y dijo:
—Dekuji moc. Dekuji moc.
—Eso quiere decir «muchas gracias» —tradujo Janacek.
—Sí, ya lo sé.
El médico les volvió a pedir que salieran de la habitación. Lassiter giró la cabeza y miró hacia atrás. Y los ojos de Jiri Reiner le quemaron. El médico estaba a punto de ponerle una inyección, pero a Lassiter se le ocurrió algo. Se dirigió con urgencia a Janacek.
—Sólo una pregunta más.
Janacek le dijo que no, pero Jiri Reiner apartó la mano del médico con una fuerza sorprendente.
—Prosim —dijo haciéndole un gesto a Lassiter.
—Pregúntele si su mujer estuvo alguna vez en Italia.
Kathy había estado en Italia al menos una docena de veces, y Lassiter se empezaba a preguntar si podría haber conocido a Grimaldi en uno de sus viajes, o si quizá lo había conocido Hannah Reiner. Cuando Janacek tradujo la pregunta, sucedió algo extraño.
Reiner bajó la mirada.
Puede que Lassiter lo estuviera interpretando de forma equivocada, pero tenía la impresión de que Reiner estaba avergonzado. Sin levantar la cara, el checo le dijo algo a Janacek y después escondió la mirada.
—Dice que fueron una sola vez —tradujo Janacek—. De vacaciones. Y ahora debemos irnos.
Lassiter asintió, se dio la vuelta y levantó la mano en señal de despedida, pero Reiner no separó la vista de la foto enmarcada que tenía cogida entre las manos.
—Ciao —murmuró entre dientes—. Ciao.