Código génesis
Capítulo 24
La hermana de Matilda Henderson se mostró educada, pero nada más. Honor tendría unos cincuenta años y tenía el pelo gris muy corto. Llevaba grandes pendientes, unas feas gafas a la última moda y unos pantalones muy anchos con elásticos en los tobillos que le recordaron a Lassiter a los pantalones bombachos de las figuras animadas de Aladín; le parecía que había sido ayer cuando había llevado a Brandon a ver la película. Su apartamento de Chelsea estaba decorado en negro, blanco y gris. Honor no les ofreció nada de beber. Se limitó a indicarles con un movimiento de la mano que se sentaran en dos incómodas sillas que parecían hechas de tela metálica.
—He venido a verla porque tenemos algo en común —empezó Lassiter.
Ella arqueó una ceja.
A pesar de la frialdad de Honor, Lassiter continuó. Primero le dijo que su hermana y su sobrino habían muerto de una manera sorprendentemente similar a la de su hermana y su sobrino y después le contó la historia entera, desde el día en que se había enterado de la muerte de Kathy. Cuando Lassiter acabó, la habitación se sumió en un incómodo silencio. Y, entonces, Honor dijo:
—Sigo sin entender a qué ha venido, señor Lassiter.
Roy Dunwold dejó caer la mandíbula. Lassiter lo miró un momento. Después se inclinó hacia la mujer.
—Había pensado que… Posiblemente… Lo que quiero decir es que quizás algo de lo que le he contado… —Volvió a dudar—. Puede que algo de lo que he dicho le sugiriera algo sobre su hermana o sobre su sobrino…
—Algún lunático mató a mi hermana y a mi sobrino mientras dormían. Supongo que es posible que fuera su mismo lunático, pero ¿qué importancia puede tener eso?
Lassiter se quedó mirándola fijamente. No sabía qué decir.
—¿No quiere que encuentren al asesino de su hermana?
Ella expulsó un hilo del humo de su cigarrillo y se encogió de hombros.
—El asesino tendrá que vivir con su conciencia —repuso agriamente—. Igual que O. J. Simpson. —Se levantó—. Soy budista y creo que todas estas cosas se compensan solas con el tiempo. Mi hermana y yo no teníamos una relación demasiado estrecha, como estoy seguro de que alguien se tomará la molestia de contarle. Si no hubiera estado de viaje en las Bahamas, estoy segura de que la policía habría sospechado de mí.
—Me extrañaría —interrumpió Roy—. Aunque sí había algo sobre una herencia.
Ella lo miró con gesto airado.
—No necesito el dinero de Matilda. Supongo que lo pondré en un banco y crearé un premio literario con su nombre. Y, ahora, si no les importa —dijo mirando el reloj —, tengo una cita.
Pero Lassiter estaba decidido a llegar hasta el fondo, aunque sólo fuera por no tener que volver a ver a Honor Henderson.
—¿Por qué iban a sospechar de usted?
—Mi hermana me traicionó. Vivimos juntas aquí durante años en perfecta armonía. Yo pintaba y ella escribía. Éramos felices, hasta que empezó a obsesionarse con esa absurda idea de tener un hijo.
—Usted no aprobaba la idea.
—Por supuesto que no. Al final no tuve más remedio que pedirle a Matilda que se buscase otro sitio donde vivir. ¡Y menos mal que lo hice! Cuando nació Martin, el niño, Tillie se olvidó de todo lo demás. Sólo hablaba de pañales, de irritación en los pezones, de juguetes y de papillas naturales. Resultaba imposible mantener una conversación inteligente con ella. —De repente dejó de hablar y se sonrojó—. Se acabó. Yo ya he llorado sus muertes y las he superado. Le recomiendo que haga lo mismo, señor Lassiter. Y, ahora, si no les importa… —Honor Henderson los acompañó hasta la salida.
Al llegar a la puerta, Lassiter se detuvo y se dio la vuelta.
—¿Sabe a qué clínica de inseminación artificial fue?
Un gran suspiro.
—La verdad, no me acuerdo. Estuvo en tantas… Viajó a Estados Unidos. ¿Puede creer que hasta fue a Dubai? Fue al menos a seis clínicas distintas. Se pasaba el día hablando del grosor de las mucosas y de ciclos de ovulación. —Frunció el ceño con asco—. Hasta se medía la temperatura vaginal. Y luego la apuntaba en un cuaderno.
—¿Sabe si fue a alguna clínica en Italia? —preguntó Lassiter—. Se lo pregunto porque el hombre que mató a mi hermana es italiano.
—No lo sé. Al final, casi no nos hablábamos. Y, ahora, ¡por favor! Tengo una cita.
Cuando salieron, Honor cerró la puerta de golpe.
—Vaya mal bicho —dijo Roy—. Lo más probable es que sí los matara ella.
Kara Baker, la mejor amiga de Matilda Henderson, vivía al otro lado del Támesis, en la zona sur de Londres. Roy se abrió camino a través del atasco del centro con un uso muy liberal del claxon. Por fin, llegaron al puente Hammersmith. El teléfono del coche empezó a sonar justo cuando acababan de atravesarlo. Roy lo maldijo.
—Es un maldito incordio, eso es lo que es.
Lo descolgó, estuvo escuchando unos instantes y, con voz resignada, dijo:
—Está bien. Llámame allí dentro de una hora.
Uno de los empleados de Roy, que estaba trabajando en un caso en Leeds, había tenido un problema con la policía local. Roy no tenía más remedio que ir a arreglar el asunto.
Barnes era una urbanización con estanque para patos y pista de críquet. La casa de Kara Baker era una sólida construcción de ladrillo con viejos setos y dos pequeños leones de piedra, con cintas de terciopelo rojo alrededor del cuello, que hacían guardia sobre los pilares de piedra que flanqueaban la entrada.
La mujer que le abrió la puerta no podría haberse parecido menos a Honor Henderson, ni su casa haber sido más distinta del apartamento acromático de Chelsea. Kara Baker tendría treinta y tantos años y era sumamente hermosa. Llevaba la larga melena pelirroja sin recoger y tenía unos ojos azules llenos de brillo y un cuerpo con unas curvas que ningún hombre podía dejar de apreciar.
La casa estaba amueblada con antigüedades y muebles modernos que le conferían un aire exuberante y ecléctico. Los suelos de madera se hallaban cubiertos con viejas alfombras orientales, y había obras de arte de todas las épocas. Las plantas crecían libres, perdiendo hojas, subiendo por las columnas del salón, enroscándose en la barandilla de la escalera… Había papeles y revistas, libros, tazas y platos, sombreros y guantes por todas partes. Una bolsa roja de agua caliente descansaba en un sillón, y había una bolsa de patatas abierta encima de la banqueta del piano.
Kara se disculpó por el desorden, paró un momento para quitarse los zapatos y avanzó delante de él con los pies descalzos.
—¿Quiere un café?
Lassiter la siguió hasta la cocina, una habitación inmensa con una fila de puertas correderas en una de las paredes. Se sentó delante de una mesa de madera mientras ella preparaba el café.
—Entonces, ¿ya ha ido a ver a Honor? —preguntó Kara Baker.
—La verdad es que no ha sido de gran ayuda.
—Pobre Honny —dijo ella con un suspiro—. Quiere aparentar dureza, pero realmente está destrozada. Me preocupa.
Lassiter vaciló un momento.
—No parecía precisamente destrozada.
—Ya me lo imagino. A veces se comporta como una bestia. Pero, créame, Tils, Matilda, era la única persona que le importaba en este mundo. Ella y Martin.
Lassiter ladeó la cabeza, como si no hubiera oído bien.
—Eso no es lo que me dijo a mí.
La cafetera empezó a sonar, y Kara la retiró del fuego.
—Tonterías —replicó mientras buscaba unas tazas—. Por eso le digo que me preocupa. Usted ha visto su apartamento, ha visto lo rígida que es. Espere un momento. Le voy a enseñar uno de sus dibujos. —Preparó la bandeja en la mesa: dos tazas con muescas, un azucarero de alabastro y una botellita de nata. Después fue a la pared más lejana de la cocina y volvió con un gran boceto a tinta de Picadilly Circus. Lo apoyó en una silla y los dos lo observaron unos instantes—. ¿Ve? —dijo—. Seguro que es el dibujo más estreñido que verá en toda su vida. —Señaló el dibujo—. Así… es Honny.
Era un gran dibujo con una composición brillante, un trazo atractivo y una perspectiva aérea, un poco inclinada, que resultaba intrigante. Pero era obsesivamente meticuloso y detallista.
—Entiendo lo que quiere decir.
Kara removió el café con un dedo y se lo chupó.
—Honor está sumida en lo que los psiquiatras llaman «negación», sólo que no está negando que los asesinatos tuvieran lugar, ni que Tils y Martin estén muertos; está negando que le importe. No le importa y, por lo tanto, el hecho de que estén muertos no tiene importancia. —Bebió un poco de café y suspiró con placer.
El café estaba muy muy bueno, y Kara Baker era realmente atractiva, pero Lassiter se sentía extrañamente inmune a ese atractivo. Eso le preocupaba, porque estaba delante de una mujer que en condiciones normales hubiera despertado su deseo. Tal y como estaban las cosas, la atracción que sentía era casi intelectual, en vez de física. Y eso lo inquietaba.
—Mmmmm —dijo ella sujetando la taza con las dos manos. Después miró a Lassiter y arqueó las cejas, esperando a que él dijera algo.
—Honor me dijo que echó a Matilda del apartamento —explicó Lassiter—. Me dijo que se habían convertido en extrañas desde que Matilda se quedó embarazada.
—Tonterías —replicó Kara—. A Honor le encantaba la idea del bebé. Se pasaba horas leyendo sobre las últimas técnicas y los índices de éxito de las distintas clínicas. Le preparaba las citas a Tils. Hasta le controlaba la dieta. Honor se encargaba de todo.
Lassiter movió la cabeza.
—No parece que esté hablando de la persona que acabo de conocer.
—Mire, no tiene por qué fiarse de mi palabra. —Se inclinó hacia él—. Tils dejó escrito en su testamento que Honor recibiera la tutela de Martin si le pasaba algo a ella. Y lo de mudarse fue idea de Tils. No veía cómo iba a poder trabajar Honor con un bebé en el piso. Pero estaban buscando una casa de campo para compartir los fines de semana.
De repente, Kara dejó de hablar y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Lo siento —se disculpó—. ¡La echo tanto de menos! Éramos amigas desde niñas y también queríamos compartir la vejez. Ya sabe, comprarnos sombreros extravagantes y viajar al sur de Francia o a la Toscana o…
Kara perdió el control por completo y rompió a llorar. Se tapó la cara con una mano y salió corriendo de la cocina.
—Lo siento. Lo siento. Ahora vuelvo.
Al quedarse solo en la cocina, Lassiter pensó en lo que le había dicho Kara. La conversación se había atascado en la relación entre las hermanas Henderson. Tendría que dirigirla hacia el tema que le interesaba: las posibles razones por las que alguien podría querer matar a su amiga. Y tendría que contarle su propia historia, lo que les había pasado a Kathy y a Brandon; tal vez ella encontrara alguna similitud con el caso de su amiga.
Recogió las tazas de café, las aclaró y las dejó al lado del fregadero. Después se acercó a la nevera para guardar la botellita de nata.
La nevera era inmensa, sobre todo para Inglaterra, donde lo normal eran los electrodomésticos pequeños. Las puertas estaban literalmente cubiertas con dos o tres capas de papeles, Era un auténtico museo de dibujos, fotos, invitaciones, recortes de periódico, postales, notas viejas y arrugadas, trozos de papel con números de teléfono, multas de tráfico, un dibujo de un niño…
La puerta de la nevera se enganchó al intentar abrirla y, de alguna manera, Lassiter tiró uno de los imanes. Unos papeles cayeron al suelo. Los recogió y, mientras intentaba colocarlos, vio la postal.
Se quedó mirándola petrificado. Kathy le había mandado exactamente la misma postal hacía años. Era una foto dentro de otra foto. El fondo mostraba una vista de un pueblo amurallado encaramado en lo alto de una colina rocosa en Italia. La foto que había dentro de la vista panorámica del pueblo mostraba el precioso hotelito que había encargado las postales: la pensión Aquila.
Lassiter todavía recordaba la parte de detrás de la postal que le había mandado Kathy y la mezcla de sensaciones que había sentido al leerla. Al leerla no, al mirarla, porque era un dibujo, una de esas típicas extravagancias de Kathy. Contenía cuatro recuadros que mostraban la misma cara de una mujer. Pero, de izquierda a derecha, el tono de la cara iba cambiando de color, hasta convertirse en un rojo chillón en el recuadro de la derecha. Lassiter entendió perfectamente el mensaje: embarazada. Kathy había firmado el jeroglífico con la vieja A tumbada de la Alianza.
Antes del viaje a Italia, Lassiter había intentado convencerla de que no fuese, de que se olvidara de quedarse embarazada. A esas alturas, ya llevaba tres años intentando ser madre y se había gastado más de sesenta mil dólares en el proceso. Era una obsesión que la estaba agotando, tanto física como emocionalmente. Cada vez parecía más frágil. La idea de que fuera a una remota clínica extranjera lo inquietaba, aunque había hecho indagaciones sobre la clínica y tenía una excelente reputación.
Al recibir la postal le había preocupado que la felicidad de Kathy acabara en una nueva decepción. Ya había ocurrido una vez antes, cuando había perdido el niño a los pocos meses de conseguir quedarse embarazada en una clínica de Carolina del Norte. Aquella vez Kathy se quedó desolada. Lassiter no quería que eso volviera a sucederle.
Cuando Kara Baker volvió a la c0cina se encontró a Lassiter leyendo la postal de su nevera:
Querida K…
Esto es precioso, y muy pacífico. Praderas y praderas de girasoles con las
cabezas inclinadas por el peso. Mantén los dedos cruzados.
Un abrazo,
Tils
—¿Qué…? —empezó a decir Kara Baker, pero, en vez de acabar la frase, se quedó mirándolo con una expresión extraña, como si no pudiera concebir tal falta de educación. Por fin, su boca dibujó una pequeña sonrisa, pero sus ojos lo contemplaron con frialdad—. ¿Sabe? Creo que será mejor que se marche.
—Lo siento —se disculpó él al tiempo que le enseñaba la postal como si estuvieran en una subasta—. Ya lo sé. Estoy leyendo una carta personal. Pero es que… Al guardar la nata en la nevera tiré unos papeles sin querer y al ver esta postal…
Ella se había puesto unos pantalones de chándal y un jersey viejo. Se notaba que había estado llorando mucho. Tenía los ojos rojos y la cara sofocada. Le quitó la postal de la mano a Lassiter, leyó lo que tenía escrito y le dio la vuelta. Se mordió el labio inferior y todo su cuerpo se estremeció en un suspiro.
—Éste es el pueblo donde estaba la clínica. Aquí es donde Tils se quedó embarazada de Martin. Por eso la guardé.
—Montecastello di Peglia.
Ella no pareció oírlo.
—De hecho, fui con ella para acompañarla en los momentos duros. Era precioso. Un pueblecito perfecto en Umbría. —Respiró hondo—. Ella estaba tan… feliz. Compré una botella buenísima de champán, pero, claro, ella no estaba dispuesta a beber ni una gota. Así que cogimos un taxi y derramamos la botella entera en el jardín de la clínica.
—¿Qué le ha contado Roy de mí? —preguntó Lassiter.
Ella lo miró fijamente.
—¿Roy? —Y entonces se acordó—. Ah sí, su compañero.
—¿Le dijo por qué quería verla?
Ella se echó el pelo hacia atrás y frunció el ceño.
—Algo relacionado con su hermana —repuso—. Con su hermana y su hijo. — Kara parecía confusa—. Me dijo que podía guardar alguna relación con lo de Tils.
—La razón por la que he leído la postal es que…
—No se preocupe —lo interrumpió ella—. No pasa nada.
—No me entiende. ¡Escúcheme! Mi hermana me mandó la misma postal.
—…
—Mi hermana se quedó embarazada en la misma clínica. Después de intentarlo durante años, fue allí donde lo consiguió.
—Igual que Tils. —Kara tragó saliva—. La clínica Baresi. —Abrió los ojos de par en par y ladeó la cabeza—. ¿Y usted cree que…? ¿Qué es lo que está insinuando?
Lassiter movió la cabeza.
—No lo sé. Pero es extraño, ¿verdad? Matilda no le mencionaría nunca a un hombre llamado Grimaldi, ¿no? Franco Grimaldi.
Kara negó con la cabeza.
—No.
Lassiter le preguntó si podía hacer una llamada. Ella lo miró extrañada; después se encogió de hombros y señaló hacia las puertas correderas.
—Creo que me voy a dar un baño —indicó.
Lassiter observó cómo desaparecía al otro lado de la puerta antes de levantar el auricular. Tardó más de diez minutos, pero, finalmente, consiguió contactar con la central de policía de Praga. Después tuvo que volver a esperar mientras el detective Janacek se ponía al teléfono.
—Ne? —dijo Janacek.
—¿Janacek? Soy Joe Lassiter, el amigo de Jim Riordan.
—Ah, sí —contestó el checo con tono inflexible—. Feliz Año Nuevo.
Lassiter le contó lo que había averiguado.
—Quiero que le pregunte a Jiri Reiner si su mujer acudió a una clínica de inseminación artificial para quedarse embarazada —dijo—. Y, si lo hizo, pregúntele a cuál. Quiero saber si fue a la clínica Baresi.
—Se lo preguntaré a pan Reiner —repuso Janacek—. ¿Me volverá a llamar usted?
—No le quepa la menor duda.
—Espere. No cuelgue. Llamaré a Reiner por la otra línea.
—Perfecto.
Lassiter permaneció varios minutos sentado con el teléfono en la mano, barajando mentalmente las posibilidades una y otra vez. Si la mujer de Reiner había concebido a su hijo en la clínica Baresi, el patrón sería indiscutible: alguien estaba exterminando, uno a uno, a los niños concebidos en esa clínica. Una masacre de inocentes. Pero ¿por qué? Estaba haciendo una lista mental, sopesando una razón improbable detrás de otra, cuando oyó la voz de Janacek a lo lejos y se llevó el auricular a la oreja.
—¿Oiga? —dijo Janacek. – ¿Pan Lassiter?
Lassiter se dio cuenta de que estaba aguantando la respiración.
—Sí.
—Al principio, Jiri no quería contestarme. Me preguntó: «¿Por qué me pregunta eso?»
—Sí, ¿y?
—Yo le dije: «Jiri, han asesinado a su mujer y a su hijo. Contésteme a esta pregunta.» Y él… Él me dijo que se sentía mal…, como hombre. Por fin me dijo por qué se sentía mal: porque no pudo dejar embarazada a su mujer, porque ella tuvo que ir a una clínica. Yo tuve que insistir: «¿Qué doctor? ¿Dónde?» No le dije el nombre de la clínica. Por fin, él me dijo: «La clínica Baresi, en Italia.»
Lassiter respiró hondo.
—Dios santo —exclamó—. No lo puedo creer.
—¿Ha estado usted en la clínica? —preguntó Janacek.
—Es mi próxima parada —contestó Lassiter.
Hablaron un poco más, y Lassiter le prometió al checo que lo mantendría informado. Justo cuando colgó, Kara Baker volvió a la cocina. Estaba envuelta en un albornoz blanco y tenía un aspecto fresco y aseado. Kara se acercó a él y apoyó la mano en el brazo de Lassiter mientras lo miraba con unos ojos que decían que no llevaba nada debajo del albornoz.
Lassiter se sorprendió a sí mismo moviendo la cabeza. Su propia indiferencia lo desconcertaba. Kara era una mujer realmente espectacular, pero, en vez de cogerla y estrecharla contra su cuerpo, le contó lo que le había dicho Janacek y le dio las gracias por el café y por su ayuda. Después se levantó para irse.
—No puedo agradecérselo bastante. Sin su ayuda, podría haber tardado meses en averiguar lo de la clínica. —Quién sabe— repuso Kara, fría como el hielo. Lassiter la miró y suspiró. —Tengo que irme— dijo. Y se fue.