Código génesis

John Case · Capítulo 14 de 38

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Código génesis

Capítulo 14

 

Sentado en el asiento trasero del taxi que le llevaba desde el aeropuerto de Baltimore a su oficina, Lassiter estuvo pensando en Nick Woodburn. Cuando eran dos colegiales, Joe y Woody habían sido íntimos amigos. Los dos habían crecido en Georgetown, no demasiado lejos de Dumbarton Oaks. Habían ido a los mismos campamentos de verano y a los mismos colegios privados. Los tres primeros años de enseñanza secundaria habían formado parte del equipo de atletismo de St. Alban’s y, si Woody no hubiera estado a la altura de su reputación, también habrían corrido juntos el último año. El «incidente», como acabó conociéndose en el colegio, tuvo lugar unas dos semanas antes de las carreras de Penn Relays, cuando un grupo de padres que estaban visitando el colegio se tropezó, literalmente, con Woody y una chica follando en el huerto de detrás de la mismísima catedral. Hubo exclamaciones de asombro, risitas y gritos escandalizados; un asunto que, en última instancia, hizo que Nick Woodburn tuviera que estudiar su último año de colegio en el estado de Maine.

Casi todo el mundo estaba de acuerdo en que Woody acabaría mal o, como decía un compañero de clase: «Nunca lo aceptarán en ninguna parte; tiene más manchas rojas en su historial académico que una pizza.» Y, de hecho, sus solicitudes de ingreso a Harvard y a Yale fueron rechazadas, al igual que las de Princeton, Dartmouth, Columbia y Cornell. Puede que lo hubieran aceptado en Brown, pero Woody no mandó la solicitud; se negaba a ir a la misma universidad que Howard Hunt.

Al final, Woody fue a la Universidad de Wisconsin, donde destacó en atletismo y se graduó en filología árabe. Sacó todo sobresaliente y consiguió una beca Rhodes.

Después de Oxford, ingresó directamente en el Departamento de Estado. Trabajó dos años en Asuntos Políticos y Militares, desempeñando misiones de enlace entre Foggy Bottom y el Pentágono. Después de ocho años destinado en el extranjero — Damasco, Karachi y Jartum—, volvió a Washington a trabajar en el Intelligence Research Bureau, que, por alguna inexplicable razón, se conocía como el INR, en vez del IRB. Llevaba cuatro años trabajando allí y ya era el jefe del departamento.

Con algo menos de cien miembros fijos en nómina, el INR es al mismo tiempo el más pequeño y el más discreto de todos los departamentos que componen el servicio de información del gobierno federal de Estados Unidos. Como tal, es incapaz de cometer los pecados que han hecho famosos a los departamentos de mayor tamaño. No monta, por ejemplo, operaciones paramilitares, ni tampoco se dedica al espionaje electrónico; aunque, desde luego, aprovecha el botín de aquellos que sí lo hacen. No pone LSD en las bebidas de sus empleados ni envía asesinos a remotos palacios y selvas. Lo que sí hace, y lo hace brillantemente, es analizar la información generada por 157 embajadas estadounidenses esparcidas a lo largo y ancho del mundo.

Inevitablemente, cuando Joe Lassiter necesitaba algo imposible, como, por ejemplo, información de Italia durante la Semana Santa, llamaba a su amigo Woody.

—Woody, ¿adivina quién soy?

Al otro lado de la línea, Woody exclamó con entusiasmo:

—¡Joe! ¿Qué es de tu…? —Un brusco cambio de tono—. Oye, siento mucho lo de Kathy. Estaba en Lisboa cuando pasó. ¿Te llegaron las flores?

—Sí. Llegaron. Gracias.

—Los periódicos decían que habían encontrado al tipo… Al que lo hizo.

—Sí. De hecho, es por eso por lo que te llamo. Necesito que me hagas un favor.

—Tú dirás.

—El asesino es italiano. He pensado que quizá tú puedas enterarte de algo. Yo voy a hacer todo lo que pueda y la policía también pondrá su granito de arena. Pero he pensado que…

—Por supuesto. Mándame lo que tengas por fax y te llamaré el lunes.

Hablaron un poco más, quedaron para comer juntos algún día y se despidieron. Lassiter se puso unos guantes y fue a su despacho a fotocopiar las páginas del pasaporte de Grimaldi. Al acabar, le mandó a Woody por fax una fotocopia del pasaporte. Después volvió a meter el pasaporte en la bolsa de Grimaldi y cogió un taxi al aeropuerto de Dulles para recoger su coche.

Durante el camino de vuelta paró en el Pareéis Plus que había en Tyson’s Córner, compró una caja grande, metió dentro la bolsa de Grimaldi y escribió la dirección del detective James Riordan en la central de policía del condado de Fairfax. Se inventó un remite falso a nombre de Juan Gutiérrez y pagó el envío al contado sin quitarse en ningún momento los guantes. Pensó que quizá debiera mandarle la caja a… ¿Cómo se llamaba? Pisarcik. Pero desechó la idea. El nombre de Pisarcik no había salido en los periódicos, así que nadie tenía por qué saber que el caso había cambiado de manos.

Lo más probable es que Riordan se imaginara quién había mandado la caja, pero no diría nada a no ser que pudiera probarlo, en cuyo caso se pondría hecho una fiera. Pero, a falta de pruebas, lo más seguro es que Riordan le pasara la bolsa de Grimaldi a Pisarcik sin más comentarios.

Cuando volvió a la oficina, Lassiter fue directamente al despacho de Judy y llamó a la puerta. Era sábado, pero se imaginó que ella estaría en su despacho; Judy era todavía más adicta al trabajo que él.

—¡Adelante! —gritó Judy. Después, al ver quién era, contorsionó la cara dibujando una mueca de sorpresa digna de un cómic. Estaba hablando por teléfono, con el auricular apoyado en el hombro, mientras tecleaba algo furiosamente en el ordenador.

Lassiter apreciaba a Judy. Tenía la cara delgada, rasgos marcados, la nariz aguileña y una aureola rizada de pelo negro que tendía a caérsele, pues se pasaba el día tirándose de algún mechón, retorciéndose los rizos nerviosamente con el dedo índice. Era de Brooklyn y se le notaba al hablar.

—¡Hola, Joe! —dijo al tiempo que colgaba el teléfono—. Siento haberte hecho esperar. ¿Qué tal va todo? —De repente se acordó y cambió de tono—. Lo que quería decir es que… ¿Estás bien?

—Sí, voy tirando. Escucha, quiero comentarte un par de cosas. Voy a estar fuera una temporada. —Judy empezó a decir algo, pero él la detuvo con un gesto de la mano—. Ya te lo explicaré todo el lunes. Bill Bohacker va a venir a Washington y… Resumiendo, él se va a encargar de la administración mientras yo esté fuera. Leo se va a encargar de los F y A y quiero que tú te encargues de todas las demás investigaciones.

—La verdad, no sé qué… Gracias.

—Otra cosa.

—Dispara.

—Hay una adquisición de American Express de la que también quiero que te encargues.

Judy parecía confusa.

—¿American Express? No sabía que estuviéramos trabajando con ellos.

—No lo sabe nadie. Las conversaciones se han llevado en secreto.

—Está bien —dijo ella al tiempo que cogía lápiz y papel—. Dime detrás de quién van.

—Detrás de Lassiter Associates.

Judy se quedó mirándolo fijamente. Después se rió nerviosamente.

—Me estás tomando el pelo, ¿verdad?

Lassiter movió la cabeza.

—No. Quieren convertirnos en su departamento interno de investigación.

Judy reflexionó un instante. Por fin preguntó:

—¿Y la idea te atrae?

Lassiter se encogió de hombros.

—No especialmente. Pero yo no formaría parte del trato. Se quedarían con la empresa, no conmigo.

—Así que vas a vender…

—Yo no diría tanto. Pero sí, tengo una oferta.

—Y quieres que yo la acepte.

—No. Quiero que negocies el mejor trato posible. Si se parece a la subida de sueldo que me sacaste en septiembre, nos haremos millonarios.

Judy sonrió.

—No estuvo mal, ¿verdad?

Lassiter hizo una mueca.

—No, para ti no estuvo nada mal.

Judy lo miró fijamente.

—Hablando en serio, Joe, ¿no crees que sería mejor que se encargaran de esto los abogados?

—No.

—Está bien.

—Antes de irme te pasaré una memoria con los puntos claves. No quiero que los abogados intervengan hasta que hayamos cerrado un trato. Incluso entonces, sólo después de que tú y yo hayamos hablado.

Judy asintió. Después frunció el ceño.

—¿Por qué lo estás haciendo? ¿Por Kathy? ¿No sería mejor intentar aguantar una temporada?

—No —repuso Lassiter—. Quiero hacerlo. Supongo que lo de Kathy tiene algo que ver, pero… la verdad es que ya no me estoy divirtiendo. Tengo la sensación de que me paso el día dándole la mano a clientes, discutiendo con abogados y… Bueno, ya sabes. Es todo cuestión de investigar con minuciosidad a la parte contraria. Y, si te paras a mirar las cosas con objetividad, la mayoría de las veces estamos en el lado equivocado.

Judy sonrió.

—Así que tú también te has dado cuenta de eso, ¿eh? ¿Por qué crees que es?

—Bueno, la verdad, no es ningún misterio. Es porque cobramos unos honorarios tan altos que los malos son los únicos que pueden pagarnos.

—¿Así que de verdad vas a vender?

—Sí. Soy lo que se suele llamar un «vendedor motivado».

—Vale. Esperaré a recibir tu memoria y me pondré a trabajar en ello.

—También podría invitarte a comer. Así te lo podría contar todo hoy.

—¿Elijo yo el restaurante?

—Sí, siempre que sea etíope o vietnamita. ¿Te parece bien a la una?

—Perfecto. —Apuntó algo en la agenda que había sobre su mesa y volvió a mirar a Lassiter—. Has dicho que querías contarme un par de cosas. ¿Qué más necesitas?

A Judy le gustaba parecer desorganizada, dar la sensación de que los acontecimientos la desbordaban, pero realmente era la eficacia personificada. Lassiter se sacó del bolsillo de la chaqueta una fotocopia del pasaporte de Grimaldi y la dejó sobre la mesa.

—Esto es personal —dijo—. Quiero que te pongas en contacto con quienquiera que tengamos en Roma, a ver qué pueden averiguar sobre este tipo.

—Oh… Dios… mío —exclamó con dramatismo—. ¿Es él?

—Sí.

—Me pondré con ello inmediatamente, pero… —De repente parecía preocupada.

—Ya lo sé. Es fin de semana —dijo Lassiter.

—Peor todavía. Es Italia. Nuestro contacto trabaja, pero ¿la burocracia? Ni lo sueñes.

Lassiter se encogió de hombros.

—Bueno. Haz todo lo que puedas. —Hizo una pausa—. Y dile a tu contacto que no haga demasiado ruido.

El domingo llegó y se marchó. El lunes Lassiter estuvo una ñora reunido con sus subdirectores, que, como era de esperar, aceptaron sus nuevas responsabilidades con una actitud de «grave entusiasmo».

 

Al acabar la reunión, Lassiter volvió a su despacho, aparentemente para recoger sus cosas, aunque realmente esperaba una llamada telefónica de Nick Woodburn.

Pero la llamada no llegaba y la mañana se iba consumiendo lentamente. A las dos y media, un mensajero demando viejo para llevar mallas elásticas y botas de ciclista le llevó un sobre de Riordan. Contenía un puñado de fotos de 20 por 25 del extraño frasco que la policía había encontrado en el bolsillo de Franco Grimaldi. Ahora que conocía la identidad del asesino, el frasco parecía casi irrelevante, pero Lassiter presionó la tecla del intercomunicador y le pidió a su secretaria que mirara a ver si Freddy Dexter estaba en la oficina.

Algunos de los investigadores que trabajaban para la empresa eran especialmente buenos en el cara a cara. Otros sobresalían en el análisis de documentos; no sólo toleraban la búsqueda de suciedad entre montones de alegatos, declaraciones juradas y demás material de archivo, sino que, de hecho, disfrutaban con ella. Freddy, que tan sólo hacía tres años que se había graduado en el Boston College, destacaba en ambas cosas.

Cuando entró en el despacho, Lassiter le dio las fotos y le hizo un par de sugerencias.

—Haz unas copias y dedícale todo el tiempo que necesites. Quiero saber quién lo ha fabricado, para qué es…; cualquier cosa que puedas descubrir. Tiene que haber un museo del cristal en alguna parte. Corning, Steuben, Waterford; alguien tiene que saberlo.

—Miraré en la biblioteca del Congreso y en el Smithsonian —dijo Freddy—. Si no tienen la información, seguro que sabrán quién puede ayudarme.

—También puedes probar en Sotheby’s o en alguna otra casa de subastas. Es muy probable que tengan un especialista en cristal.

—¿De qué presupuesto dispongo?

—Puedes ir a Nueva York, pero no a París.

 

A las cinco de la tarde, Judy se asomó a la puerta agitando un fax.

—Acaba de llegar de Roma —dijo.

Lassiter señaló hacia una silla y extendió la mano para que le diera el fax.

—No te va a gustar —le avisó ella mientras le pasaba la hoja.

—¿Por qué no?

—Porque nos ha cobrado una fortuna y sólo nos manda…

—Chorradas —concluyó Lassiter mientras hojeaba el fax.

—Exactamente. Según nuestro contacto, Grimaldi nunca ha sido arrestado. Eso sí, figura en el censo. Vota a Motore.

—¿Qué es eso?

—Un grupo que quiere aumentar el límite de velocidad.

Lassiter la miró.

—¿Nada más? —preguntó—. ¿Y eso basta para crear una plataforma política?

—Bepi dice que en Italia hay más de cien partidos. En cualquier caso, Grimaldi no está casado. Corrijo. Nunca ha estado casado. No tiene ningún préstamo de importancia, ninguna demanda judicial, nada de nada.

—¿Tarjetas de crédito?

—Tiene una tarjeta de débito con un saldo de trescientos dólares en Rinascente.

—¿Qué es eso?

—Unos grandes almacenes.

—Magnífico. —Lassiter siguió mirando el fax—. ¿Servicio militar?

—Nunca lo hizo. —Eso echaba por tierra la teoría de Riordan de que Grimaldi podía ser un soldado.

—¿Trabajo?

—Ninguno.

—¿Subsidio de desempleo?

Judy empezó a decir algo, pero se detuvo.

—Ya veo por dónde vas —dijo.

—Según esto, Grimaldi no tiene ninguna fuente de ingresos —señaló Lassiter—. Ni siquiera cobra el paro. ¡Nada! ¿De qué vive entonces?

—No lo sé.

—Pues yo quiero saberlo. —Lassiter reflexionó unos segundos—. Otra cosa — añadió—. Aquí dice que no tiene coche.

—En efecto.

—¿No tiene coche y vota a un partido de automovilistas?

—Motore.

—Exactamente. Eso lo convertiría en el primer peatón de la historia de la humanidad que quiere aumentar el límite de velocidad.

Judy sonrió y extendió el brazo para que Lassiter le devolviera el fax.

—Te mantendré informado —dijo mientras avanzaba hacia la puerta.

—Un momento —la detuvo Lassiter—. Tengo otra pregunta.

—Y la respuesta son novecientos dólares —repuso Judy girándose hacia él—. Bepi dice que ha trabajado dieciséis horas.

—¿Y tú le crees?

—Sí. Es un buen investigador y sabe que el trabajo es para ti. No ganaría nada mintiendo. No ha conseguido nada y sabe que tú estarás descontento. Lo más probable es que haya trabajado más horas de las que dice.

—Entonces, ¿tú qué opinas?

Judy frunció los labios y reflexionó durante unos instantes.

—¿Con los datos que tenemos? Me parece que tu hombre es un fantasma.

Lassiter asintió.

—Sí —dijo—. Eso mismo pienso yo.

 

El martes por la tarde, Lassiter estaba sentado frente a su escritorio, sintiéndose como un idiota. Había delegado todas sus obligaciones en Leo, Judy y Bill, así que la empresa se estaba dirigiendo a sí misma o, al menos, eso esperaba. Además, le había dado la única pista que tenía a Freddy Dexter. Así que ahora se limitaba a esperar, sin nada que hacer.

Se acercó a mirar por la ventana. Después encendió un fuego y lo miró hasta que se apagó. Leyó el Wall Street Journal y estuvo pensando en salir a correr un poco. Luego estuvo buscando razones para no hacerlo. Pensó que debería llamar a Claire para cenar juntos. Hasta que sonó el teléfono.

—Joe.

—¡Woody!

—Tengo lo que me pediste.

Eso era exactamente lo que Lassiter deseaba oír, pero había algo extraño en el tono de voz de Woody.

—Gracias —dijo Lassiter—. Te debo una.

—No me des las gracias todavía. —Silencio—. El tipo este me da escalofríos.

La intensidad de la voz de Woody lo asustó.

—¿Qué quieres decir?

—Que me da tanto miedo que hasta me asusta haber pedido la información.

Lassiter no sabía qué decir.

—Déjame que te haga una pregunta —dijo Woody—. ¿Has hecho alguna otra averiguación sobre él?

—Sí. Tenemos a alguien en Roma que nos echa una mano cuando hace falta. ¿Pasa algo?

—A mí no, pero quizá debieras mandar a tu contacto de vacaciones.

—¿Lo dices en serio?

—Y tan en serio.

Lassiter no podía creer lo que estaba oyendo.

—Pero ¡si no ha encontrado nada!

—Pues claro que no. Eso es lo que intento decirte: estamos ante un profesional. Seguro que vuestro tipo sólo encontró la información que figura en el censo, ¿no?

El silencio de Lassiter contestó la pregunta con mayor claridad que cualquier cosa que pudiera haber dicho. Después guardaron silencio al teléfono como sólo pueden hacerlo dos buenos amigos.

—Déjame que te haga otra pregunta —dijo Woody por fin.

—¿Qué?

—¿En qué estaba metida tu hermana?

—¿Metida? No estaba metida en nada. ¡Woody! Tenía un hijo. Tenía un trabajo. Veía «Friends» en la tele. Le gustaba comer helado. ¡Tú la conocías perfectamente!

Woody respiró hondo.

—Bueno, puede que se equivocara de mujer.

—Puede. Pero no mató sólo a una mujer. Por lo poco que pude ver, prácticamente degolló a Brandon. —Volvieron a guardar silencio. Esta vez fue Lassiter quien lo interrumpió—. Pero, dime, ¿qué has averiguado?

—Franco Grimaldi es lo que nosotros llamamos un peso pesado. De hecho, tiene una pegada mortal. Asesina a gente. Aunque, pensándolo bien, eso ya lo sabes. ¿Has oído hablar del SISMI?

—No. ¿Qué es?

Voy a mandarte algo. Escúchame bien. Mañana por la tarde pasará por tu despacho un agente del gobierno con un maletín esposado a la muñeca. Sacará un sobre, te lo dará y se irá. Ábrelo. Lee el informe, destrúyelo y quémalo. Y asegúrate de remover bien las cenizas.

 

Lassiter estaba de pie junto a la ventana, pensando en el tono de voz de Woody, cuando su secretaria se asomó a la puerta.

—Lo llama por teléfono un tal agente Pisarcik.

—Pásemelo. —Cogió el teléfono—. ¿Sí?

—¿Señor Lassiter?

—Sí.

—Soy el agente Pisarcik, de la policía de Fairfax. ¿Cómo está usted?

—Bien, gracias.

—Lo llamo porque tenemos buenas noticias.

—¿De verdad?

—¡Así es! Hemos identificado al sospechoso del asesinato de su hermana, a Sin Nombre. Se trata de un ciudadano italiano: Frank Grimaldi. El detective Riordan me ha pedido que se lo comunicara inmediatamente.

—Fantástico.

—La otra razón por la que lo llamo es que… Creo que ya lo sabe. De ahora en adelante el detective Riordan ya no se encargará del caso.

—Eso he oído.

—Como a partir de ahora me ocuparé yo, he pensado que sería buena idea que usted y yo nos conociéramos.

—Está bien. ¿Podría usted pasarse por aquí? ¿Sabe dónde está mi oficina?

—¡Por supuesto! Pero, eh… Me temo que hoy me va a resultar imposible. ¿Puedo decirle algo de forma confidencial?

—Sí, por supuesto.

—Vamos a trasladar al prisionero a las cuatro y media…

—Ah.

—Sí. Lo trasladamos al cuarto blindado del hospital general de Fairfax. Y después tengo que asistir a una charla en la comisaría: «Género, raza y ley.»

—Entonces, será mejor que lo dejemos para otro día —dijo Lassiter.

—Sí.

Lassiter colgó y miró la hora. Eran las cuatro en punto y empezaba a nevar débilmente. Aun así, pensó que podría llegar a tiempo.

Normalmente, Lassiter conducía despacio, pero esta vez pisó el acelerador a fondo. El Honda Acura serpenteó entre el tráfico, con los limpiaparabrisas moviéndose a toda prisa, de camino al hospital.

Lo que estaba haciendo no tenía sentido. Lo sabía perfectamente, pero le daba igual. Quería ver al asesino de su hermana de cerca. Y no sólo verlo. Quería enfrentarse a él. Más que eso: quería coger al muy hijo de puta y aplastarle la cara contra el suelo.

Eso era lo que realmente le hubiera gustado hacer. Pero se conformaría con menos. Se conformaría con decirle… No sabía bien qué. Puede que sólo dijera: «Oye, Franco», para ver la expresión de su cara al oír su nombre en boca de un desconocido. «Franco Grimaldi.»

 

Mientras Lassiter luchaba con el tráfico, en el hospital Fair Oaks el agente Dwayne Tompkins se estaba preparando para el traslado del sospechoso al cuarto blindado del hospital general de Fairfax. En el cuerpo se conocía al agente Tompkins simplemente como «Uvedoble» porque, cuando le preguntaban cómo se llamaba, siempre decía: «Dwayne, con uve doble.»

Miró el reloj. Estaba esperando a que el auxiliar le llevara la silla de ruedas. No es que el prisionero fuera incapaz de andar. Los fisioterapeutas llevaban diez días haciéndolo caminar por los pasillos, y Dwayne había estado a su lado a cada paso. Aun así, las normas del hospital exigían que los pacientes salieran en silla de ruedas, por muy bien que pudieran caminar.

Cuando llegara la silla, todavía tendría que esperar a que Pisarcik le comunicara que el furgón policial estaba esperando.

La misión de Dwayne consistía en acompañar al prisionero hasta la planta baja, donde lo estaría esperando Pisarcik. Entonces firmarían los formularios de rigor, y el cuerpo de policía del condado de Fairfax se haría cargo oficialmente de la custodia del prisionero.

Dwayne iría sentado al lado del prisionero en el furgón mientras Pisarcik los seguía en un coche patrulla. Ése era el procedimiento. Al llegar al hospital general de Fairfax pondrían a Sin Nombre en otra silla de ruedas, y Dwayne y Pisarcik lo escoltarían hasta el cuarto blindado. Entonces, y sólo entonces, permitirían que el prisionero se pusiera de pie. Lo encerrarían en el cuarto blindado y ya está; no tendría que volver a ver al maldito Sin Nombre.

Dwayne estaba encantado de que por fin hubiera llegado el momento del traslado. Así acabaría la que sin duda había sido la misión más aburrida de su corta carrera. Llevaba más de tres semanas sentado en una silla. ¡Ocho horas al día sentado delante de la puerta de la habitación de ese maldito tipo! Lo más emocionante que había hecho era comprobar las credenciales de las enfermeras y los médicos que entraban en la habitación. Los dejaba entrar y luego los dejaba salir. Si necesitaba ir al baño tenía que llamar a una enfermera; era humillante. Al poco tiempo, se encontró a sí mismo reduciendo la cantidad de líquidos que bebía. Y, para colmo, ¡ni siquiera podía ir a buscar algo de comer! Le llevaban la comida. Comida de hospital. Y tenía que comérsela allí mismo, sin levantarse de la silla, equilibrando la bandeja sobre las rodillas.

Aunque, claro, al menos estaba esa pequeña enfermera. Juliette. Iba a echarla de menos.

El médico hizo una última comprobación, Dwayne firmó un formulario, y la pequeña Juliette ayudó a Sin Nombre a sentarse en la silla de ruedas.

—¿Cómo hacen el traslado exactamente? —le preguntó el médico—. Lo llevarán en un furgón, ¿no?

—Depende. A este tipo sí. Pero a otros se los traslada en ambulancia.

—Bueno, por mí ya pueden empezar.

—Empieza la juerga —dijo Dwayne. Llamó a Pisarcik por su walkie-talkie y le dijo que iban de camino. Después siguió a Juliette mientras ella empujaba la silla de ruedas por el pasillo. Era realmente atractiva, pensó Dwayne. Pero una de las otras enfermeras le había dicho que era una beata religiosa, así que podía ir olvidándose de ella.

Incluso así, cuando llegaron al ascensor, después de apretar el botón de bajada, se dio la vuelta y le guiñó un ojo. Nunca se sabe. Tal vez era su día de suerte.

 

Había más tráfico del que Lassiter había imaginado. Cuando detuvo el coche en el aparcamiento del hospital ya eran las cinco menos cuarto. Lassiter dejó el Acura en una plaza reservada para «empleados del hospital» y se dirigió hacia el lateral del edificio. Delante de la puerta de urgencias, un policía fumaba un cigarrillo, de pie, apoyado en un gran furgón blindado.

—Perdone —dijo Lassiter—. ¿Conoce al agente Pisarcik?

—Está ahí dentro —contestó el policía.

Lassiter se apresuró a atravesar las puertas automáticas. La sala de urgencias estaba llena. Había mucho movimiento, como pasaba siempre a esas horas de la tarde. Lassiter tardó bastante en conseguir atraer la atención de una enfermera.

—Estoy buscando al agente Pisarcik.

La enfermera giró la cabeza hacia el pasillo este.

—Al fondo de todo —indicó.

Lassiter avanzó en la dirección que le había indicado y encontró a Pisarcik delante del ascensor con un walkie-talkie en la mano; no tendría más de veinticinco años.

—No puede estar aquí —le advirtió Pisarcik—. Estamos trasladando a un prisionero.

—Ya lo sé.

—Hay otro ascensor en el ala sur.

—Soy Joe Lassiter.

—Ah —repuso Pisarcik—. Encantado. —Dudó un instante—. ¿No irá a…? — añadió.

—¿A hacer alguna estupidez? No. Sólo quiero verle la cara.

—Vaya… No sé qué decir, señor Lassiter. Se supone que la zona tiene que estar despejada.

—¿Qué le parece si…?

El walkie-talkie hizo un ruido metálico, atrayendo la atención de Pisarcik.

—Pisarcik —dijo.

—Tengo al sujeto. Listos para proceder. ¿Está todo despejado ahí abajo?

Pisarcik miró a Lassiter con cautela.

—Sí, todo despejado —contestó.

—Vale. Vamos para allá.

Pisarcik se giró hacia Lassiter.

—¿Le importaría alejarse un poco?

Claro que no —aceptó Lassiter mientras retrocedía unos pasos. El indicador luminoso del ascensor permaneció una eternidad en la planta novena. Lassiter se apoyó en la pared mientras Pisarcik daba vueltas de un lado a otro con el walkie-talkie en la mano.

Tengo una reunión en una hora —dijo el agente de policía. Ya lo mencioné antes. Creo que voy a llegar tarde.

—No es culpa suya. Está trabajando.

Pisarcik habló por el walkie-talkie.

—Oye, Uvedoble. ¿Qué pasa?

—Una urgencia. Un tipo que tiene que ir a rayos.

—Vamos a llegar tarde.

—Ya está. Vamos para allá.

Pisarcik se volvió hacia Lassiter.

—Ya bajan —le comunicó. Lassiter asintió, con los ojos fijos en el indicador luminoso.

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—Uvedoble dice que ésta es la misión más aburrida de toda su vida —comentó Pisarcik.

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—Ah.

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—Sí, lleva casi un mes sentado delante de esa puerta. Tenía que avisar a la enfermera cada vez que quería echar una meada.

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—Ah —repuso Lassiter.

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—Espero que a mí no me toque nunca una misión así. Me moriría de vergüenza si tuviera que llamar a una enfermera para eso.

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Lassiter asintió, pero los pelos de la nuca se le estaban empezando a erizar.

—¿Por qué se ha parado el ascensor? —preguntó.

Pisarcik miró el indicador luminoso.

—No lo sé —dijo—. No estaba previsto, pero…

La luz se apagó, el ascensor se puso en movimiento y esperaron a que se iluminara el 2.

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—¿Qué cojones…? —exclamó Lassiter separándose de la pared.

Los ojos de Pisarcik parecían demasiado grandes para sus órbitas. Le gritó al walkie-talkie.

—¡Oye! ¡Uvedoble! ¿Qué diablos está pasando? ¡Dwayne! ¿Qué pasa, tío? — Como única respuesta, llegó el ruido de una interferencia eléctrica. Pero el ascensor volvió a cambiar de sentido.

4, 3, 2, 1. Pisarcik y Lassiter respiraron con alivio cuando por fin se detuvo en la planta baja. Se abrieron las puertas.

Dentro había un policía sentado en el suelo con la espalda apoyada contra la pared. Tenía la boca abierta en una mueca de sorpresa. Un hilo de sangre le resbalaba por el lado derecho de la cara. La pared estaba salpicada de rojo. Le habían quitado la pistola. Y tenía un bolígrafo clavado hasta el fondo en el ojo derecho.

Pisarcik dio un paso hacia adelante, vaciló un momento, y, despacio, muy despacio, cayó al suelo. Lassiter tardó demasiado en darse cuenta de que se estaba desmayando. Por el rabillo del ojo vio cómo la frente del policía golpeaba contra el suelo de linóleo, pero ni siquiera entonces pudo apartar los ojos del hombre muerto. Sonó un timbre, y las puertas del ascensor empezaron a cerrarse. Lassiter extendió las manos instintivamente para detenerlas. Alguien gritó detrás de él. Las puertas del ascensor temblaron violentamente, volvieron a esconderse en la pared y, por segunda vez, empezaron a cerrarse. Por segunda vez, Lassiter volvió a detenerlas. Y otra vez. Y otra.

En alguna parte, una mujer gritó. Pisarcik gimió, y la gente empezó a correr.