Colapso
Capítulo 6
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
prósperos, que se han enriquecido gracias a una terminal de yacimientos petrolíferos del mar del Norte.
Parte de lo que acabo de decir sobre las Orcadas también vale para la siguiente colonia del Atlántico Norte, las islas Shetland. Estas también estaban ocupadas originalmente por agricultores pictos, fueron conquistadas por los vikingos en el siglo IX y cedidas a Escocia en 1472. En ellas se continuó hablando noruego durante algún tiempo tras la cesión, y recientemente se han visto también beneficiadas por el petróleo del mar del Norte. Las diferencias residen en que se encuentran un poco más lejos y más al norte (80 kilómetros al norte de las Orcadas y 210 kilómetros al norte de Escocia), sufren el azote de vientos más fuertes, sus suelos son peores y la productividad agrícola es también más baja. Al igual que en las Orcadas, criar ovejas para obtener lana ha sido un pilar económico de las Shetland, pero en estas no se podía criar ganado vacuno y fue reemplazado por un creciente énfasis en la pesca.
Después de las Orcadas y las Shetland, el siguiente archipiélago más aislado era el de las islas Feroe, 320 kilómetros al norte de las Orcadas y 643 kilómetros al oeste de Noruega. Esto convertía a las Feroe en unas islas todavía fácilmente accesibles para los barcos vikingos que transportaran colonos y artículos para el comercio, pero ya quedaban fuera del alcance de los barcos anteriores. Por tanto, los vikingos encontraron las islas Feroe deshabitadas a excepción quizá de unos pocos eremitas irlandeses, sobre cuya existencia hay leyendas vagas pero ninguna evidencia arqueológica firme.
Situadas 480 kilómetros al sur del círculo polar ártico, a una latitud intermedia entre la de las dos ciudades más grandes de la costa oeste de Noruega (Bergen y Trondheim), las islas Feroe gozan de un clima oceánico suave. Sin embargo, su localización, más septentrional que la de las Orcadas y las Shetland, supone una estación de crecimiento más corta para los potenciales agricultores y ganaderos. El roción de agua salada procedente del océano, arrastrado por el viento a todas las zonas de las islas debido a su reducida extensión y unido a la propia fuerza de los vientos, impide el crecimiento de bosques. La vegetación original no estaba compuesta por nada que fuera más alto que pequeños sauces, abedules, álamos y enebros, los cuales talaron rápidamente los primeros pobladores e impidieron que se regeneraran dejando pacer a las ovejas. En un clima más
seco ello habría supuesto una receta perfecta para la erosión del suelo, pero las islas Feroe son muy húmedas y neblinosas y “gozan” de lluvia una media de 280 días al año, la mayor parte de los cuales incluyen fuertes aguaceros. Los propios colonizadores adoptaron también medidas para minimizar la erosión, como, por ejemplo, construir muros y terrazas para impedir las pérdidas de suelo. Los colonos vikingos de Groenlandia y en especial los de Islandia tuvieron mucho menos éxito a la hora de controlar la erosión; no porque fueran más imprudentes que los isleños de Feroe, sino porque los suelos de Islandia y el clima de Groenlandia incrementaban el riesgo de erosión.
Los vikingos colonizaron las islas Feroe durante el siglo IX.
Consiguieron cultivar un poco de cebada, pero muy pocos o ningún otro cultivo; incluso hoy día, solo aproximadamente el 6 por ciento de la extensión de tierra de las islas Feroe está dedicada a cultivar patatas y otras verduras. Durante los primeros doscientos años, y con el fin de impedir el abuso de pastoreo, los colonos abandonaron las vacas y los cerdos tan preciados en Noruega, e incluso las cabras a pesar de su baja categoría. Por el contrario, la economía de las islas Feroe pasó a centrarse en el flete de barcos para exportar lana, que más adelante se complementaría con la exportación de pescado salado y, en la actualidad, de bacalao seco, lenguado y salmón criados en piscifactorías. A cambio de aquellas exportaciones de lana y pescado los isleños importaban de Noruega y Gran Bretaña la mayor parte de lo que necesitaban y aquello de lo que el entorno de las islas Feroe carecía o no proporcionaba cantidad suficiente; sobre todo grandes cantidades de madera, ya que en la zona no había para la construcción, salvo la que arrastraba la marea; hierro para fabricar utensilios, del que casi carecían por completo; y otras piedras y minerales, como ruedas de molino, piedras para afilar y esteatita para fabricar vasijas de cocina con las que sustituir la cerámica.
En lo que se refiere a la historia de las islas Feroe a partir de su colonización, los isleños se convirtieron al cristianismo en torno al año 1000; es decir, aproximadamente en la misma época que las demás colonias vikingas del Atlántico Norte, a continuación de lo cual construyeron una catedral gótica. En el siglo XI las islas fueron transferidas a Noruega, para posteriormente pasar, junto con ella, a pertenecer a Dinamarca en 1380, cuando la propia Noruega pasó a formar parte de la Corona danesa.
Finalmente, alcanzó el autogobierno con Dinamarca en 1948. Los 47.000
habitantes actuales hablan todavía feroés, una lengua que procede directamente del antiguo norse y es muy parecida al islandés moderno; los feroeses y los islandeses pueden entenderse entre sí y ambos pueden leer textos en antiguo norse.
Las islas Feroe, en resumen, no sufrían ninguno de los problemas que acuciaban a Islandia y a la Groenlandia noruega: los suelos propensos a la erosión, los volcanes activos de Islandia, la estación de crecimiento corta, el clima seco, las distancias de navegación mucho mayores y la población local hostil de Groenlandia. Aunque estaban más aisladas que las islas Orcadas y las Shetland, y eran más pobres en lo que a recursos locales se refiere comparadas sobre todo con las Orcadas, los isleños de Feroe sobrevivieron sin dificultad importando grandes cantidades de los bienes que necesitaban. Esta era una opción de la que no disponían los groenlandeses.
El propósito de mi primera visita a Islandia era asistir a un congreso patrocinado por la OTAN sobre la recuperación de entornos deteriorados desde el punto de vista ecológico. Era particularmente oportuno que la OTAN hubiera escogido Islandia como sede para la celebración del congreso, ya que ese es el país más deteriorado de Europa desde el punto de vista ecológico. Desde que comenzó la colonización humana, la mayor parte de los árboles y la vegetación original del país ha quedado destruida y aproximadamente la mitad de los suelos originales ha sido erosionada y depositada en el océano. Como consecuencia de esos daños, extensas zonas de Islandia que eran verdes en la época en que desembarcaron los vikingos son ahora desiertos parduscos sin vida ni edificaciones, carreteras o ningún otro indicio de ocupación. Cuando la agencia aeroespacial estadounidense, la NASA, quiso encontrar algún lugar en la Tierra que se pareciera a la superficie de la Luna con el fin de que los astronautas que se estaban preparando para el primer alunizaje pudieran practicar en un entorno similar al que iban a encontrarse, escogió una zona de Islandia que en tiempos remotos era verde y en la actualidad es absolutamente yerma.
Los cuatro elementos que conforman el entorno de Islandia son el fuego volcánico, el hielo, el agua y el viento. Islandia está situada en el océano Atlántico, unos 970 kilómetros al oeste de Noruega, en lo que se denomina la “dorsal atlántica”, donde las placas tectónicas americana y euroasiática
colisionan y en la que periódicamente se elevan volcanes en el océano para acumular parcelas de nuevas tierras, de las cuales Islandia es la mayor. Al menos uno de los muchos volcanes de Islandia sufre una erupción importante un promedio de una vez cada diez o veinte años. Además de los propios volcanes, las fuentes termales y las zonas geotérmicas son tan numerosas que gran parte del país (incluida la totalidad de su capital, Reikiavik) no calienta sus hogares quemando combustibles fósiles sino simplemente aprovechando el calor de los volcanes.
El segundo elemento del paisaje de Islandia es el hielo, que origina casquetes que permanecen sobre gran parte del interior de la meseta de Islandia debido a que su altitud es muy elevada (hasta 2.119 metros), se encuentra justo por debajo del círculo polar ártico y, por lo tanto, hace frío.
El agua caída en forma de lluvia o nieve llega al océano a través de glaciares, de ríos que periódicamente se desbordan y de crecidas torrenciales esporádicas producidas cuando se rompe una presa natural de lava o hielo que retiene el agua de un lago o cuando una erupción volcánica bajo un casquete de hielo funde súbitamente grandes cantidades del mismo.
Por último, Islandia también es un lugar con mucho viento. Es la interacción de estos cuatro elementos, los volcanes, el frío, el agua y el viento, lo que ha convertido a Islandia en un lugar tan vulnerable a la erosión.
Cuando los primeros colonizadores vikingos arribaron a Islandia, sus volcanes y fuentes termales resultaban paisajes extraños, distintos de todo lo que habían visto en Noruega o las Islas Británicas; pero, por otra parte, el paisaje resultaba familiar y esperanzador. Casi todas las plantas y aves pertenecían a especies europeas conocidas. Las tierras bajas estaban cubiertas en su mayor parte por bosques de pequeños sauces y abedules que fueron arrancados fácilmente para dar lugar a pastizales. En esos espacios abiertos, en las zonas de baja altitud y sin árboles como las ciénagas, y en las zonas con cotas superiores a la del crecimiento de los árboles, los colonos encontraron exuberante hierba para el pasto, así como pequeños arbustos y musgo que resultaban ideales para alimentar a los animales domésticos que ya habían venido criando en Noruega y en las Islas Británicas. En algunos lugares, el suelo era fértil hasta los quince metros de profundidad. A pesar de los casquetes de hielo de las alturas y de su ubicación próxima al círculo polar ártico, algunos años la cercana corriente
del Golfo suavizaba lo suficiente el clima de las tierras bajas para que en el sur se pudiera cultivar cebada. Los lagos, ríos y mares circundantes estaban repletos de peces, aves marinas y patos que nunca habían sido cazados con anterioridad y, por tanto, no tenían miedo, mientras que a lo largo de la costa vivían igualmente focas y morsas que tampoco tenían miedo al ser humano.
Pero la aparente similitud de Islandia, al sudoeste de Noruega, y Gran Bretaña resultaba engañosa en tres aspectos fundamentales. En primer lugar, la ubicación más septentrional de Islandia, cientos de kilómetros más al norte que las tierras de cultivo principales del sudoeste de Noruega, se traducía en un clima más frío y una estación de crecimiento más corta, lo cual convertía a la agricultura en una actividad menos rentable.
Posteriormente, a medida que el clima se volvía aún más frío a finales de la Edad Media, los colonos dejaron de cultivar para convertirse exclusivamente en pastores. En segundo lugar, la ceniza que periódicamente expulsaban las erupciones volcánicas sobre extensas áreas de terreno envenenaba el forraje para el ganado. A lo largo de la historia de Islandia han muerto de hambre tanto los animales como las personas como consecuencia de este tipo de erupciones reiteradas, de las cuales la peor catástrofe fue la erupción del Laki en 1783, tras la cual murió de hambre aproximadamente la quinta parte de la población humana.
Pero el conjunto de problemas más importante que engañó a los colonos tenía que ver con las diferencias existentes entre los suelos frágiles y desconocidos de Islandia y los suelos fuertes y conocidos de Noruega y Gran Bretaña. Los colonizadores no podían apreciar estas diferencias debido en parte a que algunas de ellas son muy sutiles y todavía no las comprenden bien ni siquiera los científicos especializados en suelos, pero también porque una de esas diferencias era invisible a primera vista y costaría años apreciarla, a saber: que los suelos de Islandia se forman más lentamente y se erosionan con mucha mayor rapidez que los de Noruega y Gran Bretaña. Efectivamente, cuando los colonos vieron los suelos fértiles y en algunas zonas muy profundos de Islandia reaccionaron maravillados, al igual que habríamos reaccionado cualesquiera de nosotros si heredáramos una cuenta bancaria con un enorme balance positivo a la que atribuyéramos una tasa de interés familiar en virtud de la cual esperáramos que nos reportara enormes beneficios anuales. Por desgracia, aunque los suelos y las
tupidas tierras boscosas resultaban espectaculares a la vista -en consonancia con el enorme saldo positivo de la cuenta bancaria- ese saldo se había acumulado muy poco a poco desde el final de la Edad del Hielo (como sucede con las tasas de interés muy bajas). Los colonos descubrieron finalmente que no estaban viviendo a costa de los intereses ecológicos anuales de Islandia, sino que estaban retirando un capital acumulado de suelo y vegetación que había costado diez mil años reunir, gran parte del cual los colonos agotaron en unos pocos decenios o incluso al cabo de un año. Sin darse cuenta, los colonos no explotaban el suelo y la vegetación de forma sostenible, como recursos que pueden perdurar indefinidamente (como una pesquería o un bosque bien gestionado) siempre que no se explote a un ritmo más rápido que aquel al que los recursos pueden renovarse por sí solos. Por el contrario, explotaban el suelo y la vegetación de la forma que los mineros explotan el petróleo y los yacimientos de mineral, que solo se renuevan de un modo infinitamente lento y se extraen hasta que se agotan.
¿Qué es lo que produce que los suelos de Islandia sean tan frágiles y de una formación tan lenta? Una razón importante tiene que ver con su origen.
En Noruega, el norte de Gran Bretaña y Groenlandia, que carecen de volcanes que hayan estado activos recientemente y se mantuvieron completamente heladas durante el período glacial, los suelos fuertes se originaron, o bien como elevaciones marinas arcillosas, o bien cuando los glaciares molieron las rocas subyacentes y transportaron las partículas resultantes, que posteriormente se depositaron como sedimentos una vez que se fundieron los glaciares. Con todo, las frecuentes erupciones volcánicas de Islandia arrojan al aire grandes nubes de finas cenizas. Esas cenizas contienen partículas muy ligeras que los fuertes vientos pasan a esparcir por gran parte del país, lo cual desemboca en la formación de una capa de cenizas (tefra) que puede ser tan fina como los polvos de talco.
Sobre esa ceniza muy fértil acaba creciendo finalmente vegetación, la cual alfombra las cenizas y protege el suelo de la erosión. Pero cuando se elimina la vegetación (mediante el pastoreo de las ovejas o la quema por parte de los agricultores), la ceniza queda de nuevo al descubierto, lo cual la vuelve susceptible de sufrir la erosión. Del mismo modo que la primera vez la ceniza era suficientemente ligera para ser transportada por el viento, también ahora era lo suficientemente ligera para ser de nuevo transportada
por el viento. Además de la erosión del viento, las fuertes lluvias de algunas zonas de Islandia, así como las frecuentes inundaciones, eliminan también la capa de cenizas superficial mediante la erosión del agua, sobre todo en las laderas más empinadas.
Las otras razones de la fragilidad de los suelos de Islandia tienen que ver con la fragilidad de su vegetación. El crecimiento de la vegetación tiende a proteger el suelo de la erosión al cubrirlo y añadir materia orgánica que lo compacta e incrementa su volumen. Pero la vegetación crece despacio en Islandia debido a su localización septentrional, al clima frío y a la corta estación de crecimiento. De modo que en Islandia la combinación de suelos frágiles y crecimiento de vegetación lento da lugar a un ciclo de retroalimentación positivo de la erosión: una vez que las ovejas o los agricultores arrancan la cubierta de vegetación protectora y comienza la erosión del suelo, a las plantas les resulta difícil recuperarse y proteger de nuevo el suelo, de modo que la erosión tiende a extenderse.
La colonización de Islandia comenzó a ser relevante alrededor del año 870 y terminó prácticamente en el año 930, cuando casi toda la tierra adecuada para el cultivo había sido ocupada o reclamada. La mayor parte de los colonos procedían directamente del oeste de Noruega, y el resto eran vikingos que ya habían emigrado a las Islas Británicas y se habían casado con mujeres celtas. Aquellos colonos trataron de reproducir una economía de pastoreo similar a la de la forma de vida que habían conocido en Noruega y en las Islas Británicas, basada en los mismos cinco animales de corral, de los cuales las ovejas acabaron siendo con diferencia los más numerosos. La leche de oveja se convertía y almacenaba en forma de mantequilla, queso y una especialidad islandesa denominada skyr y que para mi gusto es como un yogur espeso y resulta delicioso. Para completar el resto de su dieta, los islandeses dependían de la caza de animales salvajes y de la pesca, tal como ha quedado de manifiesto una vez más tras los pacientes esfuerzos de los zooarqueólogos en la identificación de 47.000
huesos procedentes de depósitos de desperdicios. Las colonias de morsas en época de cría fueron exterminadas rápidamente, y las aves marinas que anidaban allí quedaron muy mermadas, lo cual desplazó la atención de los cazadores hacia las focas. Finalmente, la principal fuente de proteínas silvestres acabó siendo el pescado; tanto la abundante trucha, el salmón y el salvelino en los lagos y ríos, como los también abundantes bacalao y
abadejos en todo el litoral. Esos bacalaos y abadejos fueron cruciales para permitir que los islandeses sobrevivieran a los difíciles siglos de la Pequeña Glaciación, y en la actualidad constituyen un estímulo para la economía de Islandia. En la época en que comenzó la colonización de Islandia, la cuarta parte del territorio de la isla estaba cubierta de bosques. Los colonos procedieron a talar los árboles para crear pastizales y para utilizar los propios árboles como leña, madera para construir y carbón vegetal. Al cabo de los primeros decenios, aproximadamente el 80 por ciento de aquellas tierras boscosas originales quedó despoblado de árboles, y ese porcentaje alcanzó en la edad moderna el 96 por ciento, para en la actualidad continuar cubierta de bosques solo un 1 por ciento de la superficie de Islandia. Los grandes fragmentos de madera chamuscada hallados en los yacimientos arqueológicos más antiguos muestran que, por increíble que parezca hoy día, gran parte de la madera procedente de aquellos bosques talados fue malgastada o simplemente quemada, hasta que los islandeses se dieron cuenta de que en el futuro la madera escasearía indefinidamente. Una vez que los árboles originales fueron eliminados, las ovejas al pastar y los cerdos inicialmente presentes al hozar impidieron que volvieran a crecer los plantones. Cuando en la actualidad uno conduce a través de Islandia, resulta asombroso descubrir cómo los grupos de árboles que todavía se mantienen están en su mayoría cercados por vallas para protegerlos de las ovejas.
Las tierras altas de Islandia que quedan por encima de la cota de crecimiento de los árboles y que albergan pastizales en un suelo fértil y poco profundo resultaban particularmente atractivas para los colonos, que ni siquiera tenían que talar árboles allí para crear zonas de pasto. Pero las tierras altas eran más frágiles que las bajas porque eran más frías y áridas, y por tanto la tasa de repoblación vegetal era allí más baja, y no estaban protegidas por cubiertas boscosas. Una vez que la alfombra natural de pastos quedó eliminada o fue consumida por el ganado, el suelo original de cenizas arrastradas por el viento quedó entonces de nuevo expuesto a la erosión del viento. Además, el agua que corría ladera abajo, tanto si procedía de las lluvias como si se trataba de aguas de deshielo, podía empezar a erosionar los barrancos y depositar materiales en un suelo ahora desnudo. Pero a medida que un barranco evolucionaba y el nivel de agua de la capa freática de la cima iba descendiendo hacia el del fondo del mismo, el suelo se secaba y quedaba aún más expuesto a la erosión del viento. Al
poco tiempo de la colonización, los suelos de Islandia empezaron a ser arrastrados desde las tierras altas hacia las más bajas y hacia el mar. Las tierras altas quedaron desprovistas de suelo así como de vegetación, los antiguos pastizales del interior de Islandia acabaron convirtiéndose en el desierto fabricado por el hombre (o por las ovejas) que podemos ver actualmente, y después empezaron a aparecer amplias zonas erosionadas también en las tierras bajas. Hoy día tenemos que preguntarnos por qué demonios gestionaron aquellos insensatos colonos la tierra de forma que produjeron un deterioro tan evidente. ¿No se daban cuenta de lo que sucedería? Sí, al final se dieron cuenta; pero no podían percatarse al principio, porque se enfrentaban a un problema de gestión de tierras desconocido y arduo. A excepción de los volcanes y las fuentes termales, Islandia se parecía bastante a las zonas de Noruega y Gran Bretaña de las que los colonos habían emigrado. Los colonos vikingos no tenían ningún modo de saber que los suelos y la vegetación de Islandia eran mucho más frágiles de lo acostumbrado. A los colonos les parecía natural ocupar las tierras altas y acumular allí muchas ovejas, igual que hacían en las tierras altas de Escocia: ¿cómo iban a saber que las tierras altas de Islandia no podían mantener a las ovejas indefinidamente y que incluso estaban superpoblando de ganado las tierras bajas? En pocas palabras, la explicación de por qué Islandia se convirtió en el país europeo con el deterioro ecológico más grave no es que los prudentes inmigrantes noruegos y británicos arrojaran al viento su prudencia de repente cuando desembarcaron en Islandia, sino que se encontraron en un entorno aparentemente exuberante pero en realidad muy vulnerable para el que la experiencia noruega y británica no había conseguido prepararlos.
Cuando los colonos descubrieron finalmente lo que estaba sucediendo, adoptaron medidas correctoras. Dejaron de tirar grandes trozos de madera, dejaron de criar los cerdos y las cabras que tan devastadores eran desde el punto de vista ecológico y abandonaron gran parte de las tierras altas. Los grupos de granjas vecinas cooperaban en la toma conjunta de decisiones críticas esenciales para impedir la erosión, como, por ejemplo, determinar cuál era el momento a finales de la primavera en que el crecimiento de la hierba permitía llevar las ovejas a los pastos de montaña comunales de las zonas más altas para que pasaran el verano, y cuál el momento del otoño en que había que volver a bajar las ovejas. Los ganaderos trataron de llegar a
acuerdos sobre el número máximo de ovejas que cada pasto comunal podía mantener y cómo había que dividir esa cifra en una cuota de ovejas para cada ganadero en particular.
La toma de esas decisiones revela flexibilidad y sensibilidad, pero también es conservadora. Hasta mis amigos islandeses califican su sociedad como una sociedad rígida y conservadora. El gobierno danés bajo el cual estuvo Islandia a partir de 1397 quedaba decepcionado de forma periódica por esa actitud cada vez que realizaba auténticos esfuerzos por mejorar la situación de los islandeses. Entre la larga lista de mejoras que los daneses trataron de introducir se encontraban cultivar grano, mejorar las redes de pesca, pescar desde barcos cubiertos en vez de hacerlo desde barcos descubiertos, procesar el pescado para la exportación con sal en lugar de simplemente secarlo, crear una industria de fabricación de sogas, crear una industria de curtidos y extraer azufre de las minas para exportarlo. Los daneses (así como los islandeses más innovadores) contemplaban cómo la respuesta rutinaria a estas y cualesquiera otras propuestas que supusieran cambios era “no”, con independencia de los potenciales beneficios que pudiera reportar a los islandeses.
Un amigo islandés me decía que esta actitud conservadora resulta comprensible si uno reflexiona sobre la fragilidad del entorno de la isla.
Los islandeses acabaron condicionados por su larga historia experimental hasta concluir que cualquiera que fuera el cambio que intentaran introducir era mucho más probable que empeorara las cosas en lugar de mejorarlas. Durante los primeros años de experimentación en los albores de la historia de Islandia, sus colonos consiguieron establecer un sistema económico y social que más o menos funcionaba. Por descontado, ese sistema dejaba en la pobreza a la mayoría de la gente, y de vez en cuando muchos morían de hambre; pero al menos la sociedad perduraba.
Otros experimentos que los islandeses pusieron a prueba a lo largo de su historia habían acabado de forma desastrosa. La evidencia de esos desastres salta a la vista en todos los lugares que los rodean bajo la forma de tierras altas con paisajes lunares, antiguas granjas abandonadas y vastas extensiones erosionadas en las granjas que sí consiguieron mantenerse. De toda esa experiencia los islandeses extrajeron una conclusión: este no es un país en el que podamos permitirnos el lujo de experimentar. Vivimos en un
territorio frágil; sabemos con certeza que nuestros métodos permitirán que al menos algunos de nosotros sobrevivan; no nos pidan que cambiemos.
La historia política de Islandia desde el año 870 en adelante puede resumirse rápidamente. Durante varios siglos Islandia gozó de autogobierno, hasta que en la primera mitad del siglo XIII los combates entre los jefes pertenecientes a las cinco familias principales desembocaron en la muerte de muchas personas y en la quema de granjas. En 1262 los islandeses invitaron al rey de Noruega a que los gobernara, argumentando que un rey distante representaba para ellos poco peligro, les concedería mayor libertad y no podría de ningún modo sumergir a su territorio en el caos en que los habían sumido sus líderes más próximos. Los matrimonios entre casas reales escandinavas dieron lugar a que los tronos de Dinamarca, Suecia y Noruega se unificaran en 1397 bajo un único rey, que estaba interesado principalmente en Dinamarca debido a que era su provincia más rica, y menos interesado en Noruega e Islandia, que eran más pobres. En 1874 Islandia alcanzó una autonomía parcial, en 1904 el autogobierno y en 1944 la plena independencia de Dinamarca.
Establecida por primera vez en la Edad Media, la economía de Islandia se vio estimulada por el comercio del pescado seco (el bacalao) capturado en aguas islandesas y exportado a las pujantes ciudades de la Europa continental, cuyas grandes urbes requerían alimento. Como la propia Islandia carecía de árboles grandes que fueran adecuados para construir barcos, ese pescado se capturaba y exportaba en navíos que pertenecían a un surtido de barcos extranjeros entre los que se encontraban en particular los noruegos, los ingleses y los alemanes, a los que posteriormente se sumaron los franceses y los holandeses. A principios del siglo XX Islandia comenzó por fin a desarrollar una flota propia y vivió el gran auge de la pesca a escala industrial. En 1950, más del 90 por ciento de las exportaciones de Islandia correspondían a productos del mar, eclipsando así la importancia del anteriormente preponderante sector agrícola. Ya en 1923
la población urbana de Islandia superó en cifras absolutas a su población rural. Islandia es hoy día el país escandinavo más urbanizado, donde solo su capital, Reikiavik, alberga a la mitad de la población. El flujo de población de las zonas rurales hacia las zonas urbanas persiste en la actualidad a medida que los agricultores islandeses abandonan sus granjas o las
convierten en residencias veraniegas y se mudan a las ciudades en busca de trabajo, Coca-Cola y cultura cosmopolita.
Actualmente, gracias a la abundancia de pescado, energía geotérmica y energía hidroeléctrica en todos sus ríos, y aliviada ya la necesidad de conseguir a duras penas madera para construir barcos (que ahora se construyen de metal), el antiguo país más pobre de Europa se ha convertido en uno de los más prósperos del mundo en renta per cápita, de modo que representa la historia de un gran éxito que contrarresta los colapsos de sociedades que hemos relatado entre los capítulos 2 y 5. El novelista islandés galardonado con el premio Nobel Halldór Laxness puso en boca de la heroína de su novela Salka Valka una frase inmortal que solo un islandés podía proferir: “Cuando ya está todo dicho y hecho, la vida consiste primero y principalmente en pescado salado”. Pero las reservas de pescado plantean problemas de gestión complicados, exactamente igual que los bosques y el suelo. En la actualidad los islandeses están realizando un gran esfuerzo para reparar los daños sufridos en el pasado por los bosques y el suelo y para impedir que sus caladeros sufran un destino similar.
Teniendo en mente este recorrido por la historia de Islandia, veamos la situación en que se encontraba esta isla en relación con las otras cinco colonias noruegas del Atlántico Norte. Habíamos indicado que los desiguales destinos de estas colonias dependían especialmente de las diferencias respecto a cuatro factores: la distancia marítima desde Europa, la resistencia presentada por los habitantes existentes antes de la llegada de los vikingos, la idoneidad para la agricultura y la fragilidad medioambiental. En el caso de Islandia, dos de esos factores eran favorables y los otros dos causaron problemas. Las buenas noticias para los colonos de Islandia eran que en la isla no había ningún habitante anterior (o prácticamente ninguno) y que la distancia que la separaba de Europa (mucho menor que la de Groenlandia o Vinlandia, aunque mayor que la de las islas Orcadas, Shetland y Feroe) era lo suficientemente reducida como para hacer posible el comercio de grandes cargamentos, incluso en los barcos medievales. A diferencia de los groenlandeses, los islandeses mantenían contacto marítimo con Noruega y/o Gran Bretaña todos los años, podían recibir abundantes importaciones de artículos esenciales (sobre todo madera, hierro y finalmente cerámica) y podían exportar grandes cargamentos de otros artículos. En concreto, la exportación de pescado seco
resultó ser decisiva para salvar económicamente a Islandia a partir del año 1300, pero era inviable para la colonia de Groenlandia, más lejana, cuyas rutas marítimas con Europa estaban a menudo bloqueadas por los hielos oceánicos.
En el aspecto negativo, la localización septentrional de Islandia le confería el segundo puesto potencialmente más desfavorable para la producción de alimentos después de Groenlandia. La agricultura de la cebada, poco rentable incluso en los primeros años de colonización, en que el clima era moderado, fue abandonada cuando a finales de la Edad Media el clima se volvió más frío. Incluso la cría de ganado centrada en las ovejas y las vacas era muy poco rentable en las haciendas peores y en los años de clima menos propicio. Sin embargo, la mayor parte de los años las ovejas prosperaban lo suficiente en Islandia como para que las exportaciones de lana presidieran la economía durante varios siglos tras la colonización. El mayor problema de Islandia era la fragilidad medioambiental: sus suelos eran con diferencia los más frágiles de todas las colonias noruegas y su vegetación, la segunda más vulnerable tras la de Groenlandia.
¿Qué sucedió en la historia islandesa desde el punto de vista de los cinco elementos que nos proporcionan el marco para este libro: el deterioro medioambiental autoinfligido, el cambio climático, las relaciones hostiles con otras sociedades, las relaciones comerciales amistosas con otras sociedades y las actitudes culturales? Cuatro de estos factores intervinieron en la historia de Islandia; solo el factor de la hostilidad de gentes ajenas a esa cultura fue secundario, exceptuando un período de ataques de piratas.
Islandia ilustra con claridad la interacción entre los otros cuatro factores.
Los islandeses tuvieron la desgracia de heredar un conjunto de problemas medioambientales particularmente complicado, que acabó viéndose acentuado por el enfriamiento global producido por la Pequeña Glaciación.
El comercio con Europa fue crucial para permitir que Islandia sobreviviera a pesar de aquellos problemas medioambientales La respuesta que los islandeses dieron a su entorno se enmarcó en sus actitudes culturales.
Algunas de estas actitudes eran las que trajeron consigo desde Noruega: en concreto, su economía ganadera, su debilidad por las vacas y los cerdos, y las prácticas medioambientales iniciales, que resultaban apropiadas en los suelos noruegos y británicos pero inadecuadas en Islandia. Algunas de las actitudes que tuvieron que desarrollar en Islandia suponían aprender a
prescindir de los cerdos y las cabras y reducir la importancia de las vacas, aprender a tener más cuidado del frágil entorno de Islandia y adoptar una actitud más conservadora. Esa actitud desesperó a los gobernantes daneses y en algunos casos pudo haber resultado de hecho nociva para los propios islandeses, pero en última instancia contribuyó a que sobrevivieran sin asumir riesgos.
En la actualidad el gobierno de Islandia está muy preocupado por la lacra histórica de la erosión del suelo y el exceso de pastoreo, los cuales desempeñaron un papel importantísimo en el ancestral empobrecimiento de su país. Hay todo un ministerio dedicado a tratar de preservar el suelo, recuperar los bosques, repoblar de especies vegetales las zonas del interior y regular las tasas de acumulación de ovejas. En las tierras altas de Islandia pude ver hileras de hierbas plantadas por este ministerio en lo que, por otra parte, eran paisajes lunares desnudos, en una tentativa de asentar algún tipo de cubierta vegetal protectora y detener el avance de la erosión. A menudo estas tentativas de repoblación -las finas hileras verdes sobre un panorama parduzco – me parecieron un intento desesperado de abordar un problema abrumador. Pero los islandeses están haciendo algunos progresos.
Casi en todos los demás lugares del mundo mis amigos arqueólogos tienen que luchar contracorriente para convencer a los gobiernos de que lo que hacen los arqueólogos tiene algún valor práctico. Tratan de que los organismos de financiación comprendan que estudiar el destino de las sociedades del pasado puede ayudarnos a comprender qué podría sucederles a las sociedades que viven hoy día en esos mismos territorios.
Concretamente, argumentan, el deterioro medioambiental producido en el pasado podría volver a producirse en el presente, de modo que podríamos utilizar ese conocimiento del pasado para evitar incurrir en los mismos errores.
La mayor parte de los gobiernos ignoran las peticiones de los arqueólogos. No sucede así en Islandia, donde los efectos de la erosión iniciada hace 1.130 años son obvios, donde la mayor parte de la vegetación y la mitad del suelo ya se han perdido, y donde el pasado ejerce tanto poder y está tan omnipresente. Hoy día se están realizando muchos estudios de asentamientos islandeses medievales y de pautas de erosión. Cuando uno de mis amigos arqueólogos se dirigió al gobierno islandés y empezó a plantearle la justificación habitualmente larga y pesada que tan necesaria es
en otros países, la respuesta del gobierno fue: “Sí, claro que somos conscientes de que comprender cómo se produjo la erosión del suelo en la Edad Media nos ayudará a comprender nuestro actual problema. Ya lo sabemos, de modo que no tiene que dedicar tiempo a convencernos. Tenga el dinero y haga su estudio”.
La breve existencia de la colonia vikinga más remota del Atlántico Norte, Vinlandia, constituye una historia aparte que resulta fascinante por sí misma. Ha sido objeto de especulaciones románticas y de muchos libros porque representa la primera tentativa de colonizar las Américas casi quinientos años antes que Colón. Para los fines de este libro, las lecciones más importantes que deben extraerse de la aventura de Vinlandia son las razones de su fracaso.
La costa nororiental de América del Norte a la que llegaron los vikingos se encuentra a miles de kilómetros de Noruega; al otro lado del Atlántico Norte, mucho más allá de donde se podía llegar sin hacer escalas con la autonomía de los barcos vikingos. Por tanto, todos los barcos vikingos con destino a América del Norte partían desde la colonia más occidental, Groenlandia. Con todo, Groenlandia estaba incluso lejos de América del Norte para las travesías marítimas habituales de los vikingos. El campamento base de los vikingos en Terranova se encuentra a casi mil seiscientos kilómetros en línea recta de los asentamientos de Groenlandia, pero exigía que la travesía fuera de tres mil doscientos kilómetros y durara hasta seis semanas siguiendo la ruta que por razones de seguridad tomaron realmente los vikingos siguiendo la costa, dadas sus rudimentarias destrezas en materia de navegación. Navegar en barco desde Groenlandia hasta Vinlandia y después regresar en esa misma estación veraniega de navegación con un clima favorable hubiera dejado poco tiempo libre para explorar Vinlandia antes de tener que emprender el regreso. Por tanto, los vikingos establecieron un campamento base en Terranova, en el que podían pasar el invierno para poder dedicar todo el verano siguiente a explorar.
Los viajes a Vinlandia que conocemos los organizaron en Groenlandia dos hijos varones, una hija y una nuera de aquel mismo Erik el Rojo que en el año 984 había fundado la colonia de Groenlandia. Su intención era reconocer el terreno con el fin de averiguar qué productos ofrecía y valorar su idoneidad para un asentamiento. Según las sagas, aquellos primeros viajeros llevaron consigo ganado en sus barcas, de manera que habrían
podido optar por establecer un asentamiento permanente si el territorio les hubiera parecido bueno. Posteriormente, una vez que los vikingos abandonaron esa esperanza de colonización, siguieron visitando la costa de América del Norte durante más de trescientos años con el fin de recoger madera (que siempre escaseaba en Groenlandia), y quizá con el fin también de extraer hierro en los propios lugares en los que ya abundaba la madera para obtener carbón vegetal (también escaso en Groenlandia) y poder trabajar el hierro.
Disponemos de dos fuentes de información sobre la tentativa vikinga de colonizar América del Norte: los registros escritos y las excavaciones arqueológicas. Los relatos escritos consisten principalmente en dos sagas que describen los primeros viajes de descubrimiento y exploración de Vinlandia, los cuales se transmitieron de forma oral durante varios siglos y fueron finalmente transcritos en Islandia durante el siglo XIII. En ausencia de otras pruebas que lo confirmen, los especialistas solían desechar las sagas porque consideraban que eran relatos de ficción y dudaban de que los vikingos llegaran jamás al Nuevo Mundo. Pero esa controversia finalizó cuando en 1961 los arqueólogos encontraron el campamento base de los vikingos en Terranova. La descripción de Vinlandia que hacen las sagas se considera hoy día la descripción escrita más antigua de América del Norte, aunque los especialistas todavía discuten la exactitud de sus detalles. Está contenida en dos manuscritos diferentes, denominados La saga de los groenlandeses y La saga de Erik el Rojo, que en líneas generales coinciden, si bien presentan algunas diferencias en algunos detalles menores.
Describen hasta cinco viajes independientes desde Groenlandia hasta Vinlandia, realizados en el corto espacio de apenas un decenio, en cada uno de los cuales solo participó una única embarcación a excepción del último, en el que se emplearon dos o tres naves.
En esas dos sagas sobre Vinlandia se describen brevemente los principales lugares de América del Norte que visitaron los vikingos, y que recibieron los nombres escandinavos de Helluland, Markland, Vinland, Leifsbudir, Straumfjord y Hop. Los especialistas han dedicado muchos esfuerzos a identificar esos nombres y breves descripciones (por ejemplo,
“Aquella tierra [Markland] era llana y boscosa, y descendía suavemente hacia el mar atravesando muchas playas de arena blanca… La tierra adoptará su nombre por lo que ofrece y se llamará Markland ["Tierra de
Bosques"]”). Parece claro que Helluland se refiere a la costa este de la isla de Baffin, en el Ártico canadiense, que Markland es la costa de la península de Labrador, al sur de la isla de Baffin, y que tanto la isla de Baffin como Labrador se encontraban al oeste de Groenlandia atravesando el angosto estrecho de Davis, que separaba a esta de América del Norte. Con el fin de mantener tierra a la vista todo el tiempo posible, los vikingos de Groenlandia no navegaban directamente por mar abierto atravesando el Atlántico Norte hasta Terranova, sino que, por el contrario, atravesaban el estrecho de Davis hasta la isla de Baffin y después se dirigían hacia el sur siguiendo la costa. Los nombres de los demás lugares que aparecen en las sagas se refieren evidentemente a zonas costeras de Canadá al sur de la península de Labrador, entre las cuales se encuentran sin duda Terranova, posiblemente el golfo de San Lorenzo, Nueva Brunswick y Nueva Escocia (que en su conjunto recibieron el nombre de Vinlandia), y seguramente parte de la costa de Nueva Inglaterra. Los vikingos del Nuevo Mundo habrían explorado mucho inicialmente con el fin de localizar las zonas más provechosas, como sabemos que también hicieron en Groenlandia antes de seleccionar los dos fiordos que disponían de los mejores pastos para instalarse en ellos.
La otra fuente de información de que disponemos sobre los vikingos del Nuevo Mundo es arqueológica. A pesar de la intensa búsqueda de los arqueólogos, solo se ha localizado y excavado un único campamento vikingo en L'Anse aux Meadows, en la costa noroccidental de Terranova.
La datación mediante radiocarbono indicaba que el campamento se estableció en torno al año 1000, coincidiendo con lo que refiere la saga acerca de que los viajes a Vinlandia fueron comandados por hijos mayores de Erik el Rojo, que organizó la colonización de Groenlandia alrededor del año 984 y de quien las sagas dicen que todavía vivía en la época en que se realizaron estos viajes. El emplazamiento de L'Anse aux Meadows, cuya localización parece coincidir con la descripción que hacen las sagas de un campamento conocido como Leifsbudir, está formado por los restos de ocho edificaciones: se trata de tres grandes habitáculos para utilizar como residencia con capacidad para albergar a ochenta personas, una herrería para extraer esponja de hierro y fabricar clavos para los barcos, una carpintería y algunos talleres para reparar barcos. Pero no había ningún edificio para animales ni utensilios agrícolas.
Según las sagas, Leifsbudir era simplemente un campamento base ubicado en un lugar adecuado para pasar el invierno y salir de exploración durante el verano; los vikingos, por su parte, encontrarían los recursos que les interesaban en aquellas zonas de exploración bautizadas como Vinlandia. Ello queda confirmado por un pequeño pero importante descubrimiento realizado durante la excavación arqueológica del campamento de L'Anse aux Meadows: dos nueces silvestres conocidas como “nueces cenicientas”, que no crecen en Terranova. Incluso en los siglos que destacaron por el predominio de un clima más cálido, alrededor del año 1000, los nogales más próximos a Terranova se daban solo al sur del valle del río San Lorenzo. Esa era también la zona más próxima al lugar en el que crecían las uvas silvestres de las que hablan las sagas. Fue probablemente por esas uvas por lo que los vikingos bautizaron la zona como Vinlandia, que significa “tierra de vino”.
Las sagas describen Vinlandia como un lugar rico en valiosos recursos de los que carecía Groenlandia. Entre la lista de ventajas de Vinlandia se encontraban un clima relativamente suave en los lugares más altos, una latitud mucho menor y, por tanto, una estación veraniega de crecimiento más larga que en Groenlandia, y unas hierbas altas y unos inviernos suaves, que permitían que el ganado escandinavo pastara a su antojo al aire libre durante el invierno y, por tanto, ahorraban a los noruegos el esfuerzo de tener que cosechar heno en verano para alimentar a su ganado en pesebres durante el invierno. Por todas partes había bosques con buena madera. Entre los demás recursos naturales se encontraban salmones de río y lacustres más grandes que cualquier salmón que hubieran visto en Groenlandia, uno de los fondos oceánicos más ricos en pesca de entre todos los que circundaban Terranova, y las presas de caza, cuyas especies eran el venado, el caribú y las aves en época de cría y sus huevos.
A pesar de los preciados cargamentos de madera, uvas y pieles de animales con los que regresaban a Groenlandia quienes viajaron a Vinlandia, los viajes se interrumpieron y el campamento de L'Anse aux Meadows fue abandonado. Si bien las excavaciones arqueológicas del campamento resultaron emocionantes por cuanto demostraron finalmente que los vikingos habían llegado realmente antes que Colón al Nuevo Mundo, los hallazgos resultaron también decepcionantes porque los noruegos no dejaron allí nada de valor. Los objetos hallados se limitaban a
pequeños elementos que probablemente habían sido desechados o quizá los habían perdido al caérseles, como, por ejemplo, 99 clavos partidos y un único clavo entero, una fibula de bronce, una piedra de afilar, un huso, una cuenta de vidrio y una aguja para tejer. Evidentemente, el emplazamiento no había sido abandonado precipitadamente, sino como consecuencia de una evacuación definitiva y planificada en la que todos los utensilios y posesiones de valor se trasladaron de nuevo a Groenlandia. Hoy día sabemos que América del Norte era con diferencia el territorio más grande y más valioso del Atlántico Norte de los que descubrieron los noruegos; incluso el diminuto fragmento de él que los noruegos exploraron les impresionó. ¿Por qué, entonces, abandonaron Vinlandia, tierra de promisión?
Las sagas nos ofrecen una respuesta directa a esa pregunta: la numerosa población de indios hostiles, con quienes los vikingos no consiguieron establecer buenas relaciones. Según las sagas, los primeros indios que encontraron los vikingos formaban un grupo de nueve, de los cuales mataron a ocho, mientras que el noveno huyó. Ese no parecía un comienzo prometedor para establecer una buena amistad. Lógicamente, los indios regresaron en una escuadra de pequeñas canoas, dispararon flechas contra los vikingos y mataron a su líder, Thorvald, el hijo de Erik el Rojo. Se cuenta que mientras se arrancaba la flecha del vientre, el moribundo Thorvald se lamentaba: “Rica tierra esta que hemos encontrado; mi vientre está lleno de grasa. Hemos descubierto una tierra con magníficas provisiones, mas difícilmente podremos disfrutar mucho de ellas”.
El siguiente grupo de viajeros noruegos sí consiguió establecer intercambios comerciales con los indios de la zona (tejidos y leche de vaca noruegos a cambio de las pieles de animales que traían los indios), hasta que un vikingo mató a un indio que trataba de robarle armas. En la subsiguiente batalla murieron muchos indios antes de que huyera el resto, pero eso bastó para convencer a los noruegos de los permanentes problemas que encontrarían. En palabras del autor anónimo de La saga de Erik el Rojo: “La expedición [vikinga] descubrió entonces que, a pesar de todo lo que aquella tierra podía ofrecerles, sufrirían la constante amenaza de los ataques de sus antiguos habitantes. Se dispusieron a partir hacia su tierra [es decir, Groenlandia]”.
Tras abandonar así Vinlandia a los indios, los noruegos de Groenlandia siguieron haciendo visitas más al norte de la costa de Labrador, donde había muchos menos indios, con el fin de recoger madera y hierro. Las pruebas palpables de estas visitas son un puñado de objetos noruegos (trozos de cobre fundido y pelo de cabra hilado) hallado en yacimientos arqueológicos de indios americanos dispersos por el Ártico canadiense. El más notable de estos hallazgos es una moneda de plata acuñada en Noruega entre los años 1065 y 1080 durante el reinado del rey Olaf II el Tranquilo, encontrada en un yacimiento indio de la costa de Maine, cientos de kilómetros al sur de Labrador, y perforada para ser utilizada como colgante. El yacimiento de Maine había sido una gran aldea comercial en la que los arqueólogos extrajeron piedras y utensilios originarios tanto de Labrador como de muchos lugares de Nueva Escocia, Nueva Inglaterra, Nueva York y Pensilvania. Probablemente algún visitante noruego de Labrador había perdido o intercambiado esa moneda, que después había llegado a Maine a través de una ruta comercial india.
Otra prueba de las continuas visitas noruegas a Labrador es la mención hecha en la crónica de Islandia del año 1347 de una embarcación groenlandesa tripulada por dieciocho personas que había alcanzado Islandia tras perder el ancla y ser desviada de su curso por el viento en el viaje de regreso desde “Markland”. La mención que hace la crónica es concisa y notarial, como si no hubiera nada de inusual que exigiera alguna explicación; como si el cronista hubiera querido escribir con toda naturalidad: “Bueno, las noticias de este año son que uno de esos barcos que van a Markland todos los veranos perdió el ancla, que Thorunn Ketilsdóttir derramó un enorme pichel de leche en su granja de Djupadalur y que una de las ovejas de Bjarni Bollason se murió; esas son todas las noticias de este año, lo mismo de siempre”.
En síntesis, la colonia de Vinlandia fracasó porque la de Groenlandia era demasiado pequeña y carecía de la madera y el hierro suficientes para mantenerla, estaba demasiado lejos tanto de Europa como de la propia Vinlandia, disponía de pocos barcos para hacerse a la mar y no pudo sufragar grandes flotas de exploración; y también porque uno o dos cargamentos de pasajeros groenlandeses no igualaban a las hordas de indios de Nueva Escocia y el golfo de San Lorenzo cuando aquellos los provocaban. En el año 1000 la colonia de Groenlandia no superaba