Conan de las islas
Capítulo 10
El fuego del dragón
Sumergidos en tenebrosas brumas rojizas donde se pone el sol con
esplendor sangriento, duermen antiguos imperios olvidados como mudos
fantasmas de otros tiempos
las visiones de epemitreus
–¡A las armas! ¡Todo el mundo a cubierta! – gritó el cimmerio con tono imperativo, sacando de su trance a los tripulantes que observaban la llegada del monstruo-. ¡Los arqueros al castillo de proa! ¡Yakov, haz una señal cuando el enemigo esté a tiro! ¡Milo, ve a la catapulta con tu grupo! ¡Dirige la mira cuatro puntos por la amura de estribor!
¡Timonel, dos puntos a babor! ¡Sigurd, haz que arríen la vela de mesana! ¡Tenemos que actuar con rapidez! ¡Marco, que me traigan el yelmo y el coselete!
Ante aquel diluvio de órdenes, los hombres se movieron con rapidez entre ruido metálico de armas. Hacia proa, el fornido contramaestre y su gente gruñían y sudaban, al tiempo que hacían avanzar el pesado ingenio. Otros traían los proyectiles desde las bodegas.
El León Rojo viró hacia babor con el fin de poner al dragón en línea con la catapulta, ya que el artefacto no podía desplazarse angularmente y, en consecuencia, debía apuntarse maniobrando el barco.
En cuanto la cosa estuvo a tiro de flecha, los arqueros de Yakov enviaron una lluvia de dardos contra él. Algunos fueron a dar a la piel cubierta de escamas, mientras que otros se deslizaron por la resbaladiza superficie. Pero el dragón no pareció sentir nada bajo las silbantes flechas. Las grandes garras que aparecían en el extremo de sus delgadas patas de ave no se contrajeron de dolor, ni el cuello arqueado azotó el aire con violencia, ni el monstruoso rostro cambió de expresión. Aquella máscara de espanto, llena de hirsutas cerdas, se acercaba cada vez más.
En aquel instante, el sol, que había estado oculto por momentos detrás del manto de nubes, iluminó la escena en toda su magnificencia.
–¡Eso no es una cosa viva! – gritó entonces Conan-. ¡Es un barco!
¡Preparad la catapulta!
En efecto, al intensificarse de pronto la luz del sol, el bárbaro pudo ver lo que ocurría. El «dragón» era una galera semejante a la que habían vencido antes, pero su proa estaba construida en forma de cabeza y parte delantera de un monstruo. Y las «alas» eran dos altas velas triangulares, tensadas por medio de varas de bambú, como las de los barcos de Khitai. Estas velas colgaban de un par de mástiles, situados en el combés, y estaban orientadas transversalmente y no en longitud, como en la mayor parte de los veleros. Esta orientación se debía a que el barco contrario navegaba con viento en popa, lo cual, con la ayuda de los remos, contribuía a hacer que la rapidez de la embarcación semejara un vuelo.
Una segunda andanada de flechas rebotó sin hacer ningún daño contra la fuerte proa del buque del dragón. El cimmerio descubrió que las «patas delanteras» eran un par de artefactos, a modo de garfios de abordaje, sostenidos por cables sobre el agua por delante de la proa.
Cuando la nave se acercara lo suficiente, sin duda dejarían caer ambos aparatos para retener a la embarcación enemiga.
–¡Milo, una descarga! – gritó Conan.
El contramaestre ordenó al timonel que virase un poco a estribor a fin de que la catapulta apuntara hacia la nave enemiga. Luego, la catapulta resonó con seco estruendo. La primera de las esferas de brea endurecida, arrastrando detrás el humo de su mecha encendida, cruzó las aguas que separaban ambos barcos, se estrelló contra el cuello de la monstruosa figura y después cayó al mar.
Ahora, la galera se encontraba tan sólo a la distancia de un tiro de flecha. El curvo pecho del dragón se abrió por completo. Se trataba de un par de portalones que dejaron salir una plancha de abordaje, preparada para el ataque. Dentro de la nave, y junto al comienzo de la planchada, se veía una tripulación vestida de manera extraña y armada hasta los dientes.
El mecanismo de la catapulta volvió a crujir. Su dotación había trabajado desesperadamente para cargar lo antes posible el ingenio.
Entonces, un segundo proyectil voló sobre las olas y fue a dar justo en la abertura en la que estaba reunido el grupo de abordaje enemigo.
Pudo verse el vivo fulgor de un estallido y los tripulantes del barco-dragón se dispersaron en medio de la mayor confusión. Dos marineros
fueron empujados hacia afuera por sus compañeros y cayeron al agua, donde el peso de sus corazas los arrastró rápidamente al fondo.
El humo comenzó a surgir del casco contrario por diversos puntos.
El fuego parecía haberse extendido con enorme rapidez. Conan alcanzaba a escuchar los sofocados gritos de los hombres atrapados.
Daba la sensación de que en el otro barco se desarrollaba una lucha desesperada, apenas entrevista a través de la abertura de proa, por sofocar el incendio. Pero pronto surgieron las llamas por las compuertas del cuello del dragón. Luego, las velas en forma de alas se vieron invadidas por el fuego y se consumieron rápidamente., – ¡Amra!
– gritó Sigurd-. ¡Otra embarcación hacia babor!
El cimmerio giró en redondo al tiempo que profería un terrible juramento. En efecto; un segundo barco-dragón se dirigía hacia ellos desde el extremo opuesto, avanzando con rapidez.
–iMilo! – exclamó Conan-. ¡Traslada ese artefacto a la otra banda!
Mientras la dotación de la catapulta se esforzaba por llevar el ingenio al otro costado del castillo de proa, la segunda nave seguía acortando distancias. Conan maldijo su propia necedad al permitir que la lucha con el primer barco atrajera toda su atención sobre éste sin que nadie se ocupara de vigilar el mar.
–¡Yakov! – ordenó-. ¡No dispares hasta que se abran los portalones!
Pero esta vez la nave-dragón no abrió tan rápido las compuertas.
Cuando estuvo más cerca, de la boca del dragón de la proa surgió un silbido semejante al de mil ollas hirviendo, seguido de una lengua de líquido ardiente que describió un temible arco sobre las aguas. Las llamas se abatieron sobre un costado y parte de la cubierta del León
Rojo, y al momento aparecieron pequeñas hogueras en diversos puntos de la nave pirata.
Algunos de los tripulantes de ésta se sintieron invadidos por el desconcierto. Otros reaccionaron y procuraron apagar el fuego con sus ropas. El líquido inflamado producía un humo negro y aceitoso, de olor penetrante. Conan comprendió enseguida que se trataba de un aceite mineral como el que surgía del suelo en los desiertos de Iranistán y en el sur del territorio turanio.
Pero no tenía tiempo de explicar aquello a sus hombres. Se produjo un segundo silbido, y otra lengua de mego se abatió sobre la vela de
trinquete, que en un momento ardió como una antorcha. Los que manejaban la catapulta, así como los arqueros, se dispersaron gritando cuando la vela en llamas cayó sobre ellos y sus restos ardientes invadieron la cubierta.
–¡Todos a estribor! – exclamó el cimmerio-. ¡Virad en redondo!
Conan se había dado cuenta de que otra llamarada podría destruir su vela mayor, y convertir el León Rojo en un casco inerme.
Pero era demasiado tarde. Se oyó el temible silbido, y la vela mayor se desintegró en medio de rugientes llamas. Los garfios de abordaje de la nave enemiga cayeron sobre la cubierta para aferrarse al maderamen. Sólo entonces se abrieron los portalones de proa, se extendió la plancha y el equipo de abordaje saltó a la cubierta del León
Rojo.
Aquellos hombres tenían la piel cobriza y los ojos rasgados, así como los pómulos salientes y narices aguileñas. Usaban cascos transparentes en forma de cabeza de pájaro, al igual que los del hechicero de la galera verde, y cubrían con una extraña coraza cristalina sus jubones de cuero. Empuñaban armas de aspecto insólito, con filos serrados, y lanzas ganchudas. En una especie de hondas llevaban unas esferas de cristal. Conan vio que utilizaban otras armas, pero no pudo identificarlas a primera vista.
Los arqueros de Yakov podrían haber detenido al grupo de abordaje enemigo mediante una lluvia mortal de flechas, pero estaban tan desmoralizados como el resto de los piratas. El cimmerio bramaba y profería juramentos desde la popa, pero a pesar de todo sus hombres seguían gritando y moviéndose en el combés sin orden ni concierto.
Algunas flechas silbaron en dirección a los atacantes, pero no causaron ningún daño. Sus puntas se estrellaron y se quebraron contra las corazas de apariencia frágil y cristalina. Algunos piratas se congregaron en torno al lugar donde la plancha del enemigo tocaba la borda del León Rojo.
Conan saltó desde la escala del puente de popa, empuñando su enorme espada, con el fin de apoyar a los defensores. Por su parte, los que atacaban, según pudo ver entonces el cimmerio, utilizaban un curioso equipo. De sus fosas nasales partían unos tubos que terminaban
en unos depósitos que llevaban a la espalda. Aquello parecía un artefacto para facilitar la respiración. Pero ¿por qué lo usarían?
Conan tuvo la respuesta cuando alcanzaba la cubierta central. El atacante que iba a la vanguardia se detuvo y volteó su honda, lanzando sobre los piratas numerosos globos de cristal que poseían el tamaño de una manzana. Los globos estallaron con estrépito, y de su interior surgió una nube de vapores pálidos.
Más y más esferas reventaron, esparciendo el tenue humo, que iba aumentando a pesar de que el viento lo barría en parte. Entonces Conan vio que sus hombres, reunidos en el combés de la nave, caían sin sentido sobre la cubierta. Uno tras otro se fueron desplomando, hasta que sólo unos pocos quedaron en pie. La cubierta estaba llena de cuerpos inertes, si bien los caídos tenían un aspecto apacible, como si hubieran estado durmiendo, y en ellos no se apreciaba daño alguno.
Entonces, el grupo de abordaje de la galera enemiga invadió desde la plancha la cubierta del León Rojo, en la que aún ardían fragmentos de velas y de aparejos. Lanzando un rugido de desafío, Conan se abalanzó sobre ellos blandiendo su pesada arma, que trazó un brillante arco de acero alrededor del cimmerio. Las corazas cristalinas saltaron en pedazos ante el poderoso impacto de la espada y la hoja cortó vidrio, cuero, carne y hueso. Saltaron algunos miembros, y de los cascos transparentes surgieron velados gritos de dolor.
Conan se abrió paso entre el poco compacto grupo que formaban los primeros atacantes y dejó tendidos a tres enemigos sobre cubierta.
Pero llegaron otros por la plancha y rodearon al cimmerio, para concentrar en él su ataque. El bárbaro se abrió paso hasta la borda; allí, al tener las espaldas cubiertas, dispuso de un momento de respiro.
Al otro extremo de la cubierta, el cimmerio vio a Sigurd, que se enfrentaba a dos atacantes. Dos de ellos se hallaban tendidos a los pies del jovial pirata. Y de pronto, aunque no pareció haber sufrido ningún daño, Sigurd dejó caer su cimitarra y, después de tambalearse durante un momento, cayó pesadamente al suelo, al igual que los demás tripulantes de la carraca de Conan.
Éste percibió un olor dulzón y sintió que la escena giraba ante sus ojos. Los hombres de Antillia se habían apartado de él y formaban un semicírculo. Durante breves instantes, el cimmerio se enfrentó a sus
adversarios con una amarga sonrisa en los labios. Luego, por encima de las cabezas de los atacantes más cercanos, volaron varias esferas que fueron a estrellarse a los pies del bárbaro. Conan no esperó a que se difundieran los vapores y lo dejaran inconsciente, sino que lanzó un gruñido y se arrojó contra el semicírculo enemigo. Su enorme espada, que empuñaban sus poderosas manos llenas de cicatrices, giró sobre su cabeza como las aspas de un molino. Tras un par de golpes atronadores, dos antillianos cayeron con la cabeza o las costillas destrozadas. Entonces, Conan se encontró libre de la presión enemiga.
El cimmerio se dio cuenta de que no podría luchar solo contra la tripulación de la galera. Aunque pudiera vencer a algunos adversarios, tarde o temprano lo rodearían y acabarían con él. El cansancio propio de los años pesaba ya sobre sus miembros y hacía más lentos sus movimientos. Empezaba a jadear intensamente, y el humo del velamen incendiado, así como los pálidos vapores que había aspirado, le hacían toser. Todos los integrantes de su tripulación yacían tendidos en cubierta; algunos habían muerto por efecto de las armas enemigas, pero la mayoría estaba inconsciente a causa de los vapores tóxicos.
Un hombre corriente se habría sentido desconcertado, sin saber qué actitud tomar ante aquella situación tan comprometida. El barco estaba perdido sin remedio, pues había sido invadido por los tripulantes de la galera en forma de dragón. Las velas y los aparejos habían desaparecido entre las llamas, y un centenar de pequeños fuegos surgían aquí y allá en la cubierta, donde se encontraban trozos de cordaje, de velamen o de maderos de vergas y mástiles. El primero de los barcos, que se había incendiado por completo, acababa de desaparecer bajo la superficie del mar, sobre la que tan sólo habían quedado despojos flotantes.
Conan comprendió que no haría ningún bien a sus hombres si dejaba que lo mataran o lo capturaran. Por el contrario, si lograba escapar, tal vez posteriormente tendría una oportunidad de liberarlos…
El decidido carácter bárbaro del cimmerio lo impulsó a actuar casi sin reflexionar acerca de las consecuencias que pudieran tener sus actos. Con un poderoso esfuerzo final, trepó con dos saltos a la escalera del puente de popa. De los dos timoneles que solían estar junto a la
caña del timón, uno había desaparecido. El otro estaba muerto y tenía delante a uno de los atacantes, que permanecía quieto, empuñando su serrada arma llena de sangre. Conan se abalanzó sobre él y de un solo golpe le destrozó la hoja cristalina de su espada. Con un enérgico impulso de sus fuertes brazos traspasó la coraza del enemigo, hecha de aquel extraño material semejante al cristal, y ensartó el cuerpo del hombre. Éste lanzó un grito ahogado y cayó sobre la cubierta.
Entonces, el cimmerio arrojó a un lado su enorme espada, se quitó rápidamente el casco y lo lanzó al agua.
No quería que los enemigos pudieran apoderarse de sus propias armas. Luego arrebató a un enemigo caído el casco de cristal y el aparato de respiración correspondiente. En el momento en que una nueva oleada de antillianos irrumpía por la escalera del puente de popa, Conan se colocó el artefacto sobre la espalda.
Los atacantes corrieron hacia él con gritos de ira. Esquivó una lanza de punta ganchuda, y después de recoger su espada de la cubierta aplastó de un fuerte mandoble el casco transparente y el cráneo del lancero enemigo. Antes de que los demás pudieran acercarse, el cimmerio saltó a la borda y desde allí se zambulló en las aguas azules.
Arrastrado por el peso de su cota de malla, el bárbaro se hundió como una piedra.
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