Conan de las islas

Robert E Howard · Capítulo 5 de 22

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Conan de las islas

Capítulo 4

La roja Tortage

Las negras olas rompen en la playa oscura con gran estruendo y una

lluvia de espuma. Los dioses de la tormenta rugen en el cielo; el viento

azota los ventanales y araña la puerta. ¿A qué inquietarse si zarpamos al

rayar el alba? Una gaviota solitaria grazna como un alma en pena que el

vendaval hubiera arrastrado sobre las aguas. Los embates del mar no nos

asustan, pues nuestra jarra rebosa de buen vino y aún faltan muchas

horas para que amanezca.

canto de los piratas barachanos

El puerto de Tortage rugía desafiante contra las estrellas. Asentado en una especie de copa de rocas y acantilados, el puerto pirata era una ascua de luces y una caja de resonancia de canciones y gritos. En efecto, la Hermandad Roja se hallaba en Tortage. Grandes barcazas y esbeltas carabelas se balanceaban amarradas a los muelles de piedra o de madera, o ancladas en medio del puerto.

Todas las tabernas, posadas y burdeles de la ciudad estaban atestados de clientes, pues la mitad de los piratas se habían concentrado en Tortage con sus bolsas llenas de oro y piedras preciosas, y el espíritu deseoso de diversión fácil.

Los letreros de los establecimientos, adornados con calaveras, antorchas y sables cruzados, dragones, testas coronadas y otros signos, oscilaban entre chirridos a impulsos del fuerte vendaval marino. El oleaje atronaba al pie de los acantilados que se alzaban hacia las estrellas junto a la pequeña ciudad.

Una llovizna salada estallaba contra los muelles, y el viento se internaba por las tortuosas callejuelas flanqueadas por casas bajas, de techo plano, fachadas encaladas y ventanas enrejadas. Las palmeras se agitaban bajo las ráfagas, recortándose contra el firmamento.

Durante más de doscientos años, la pequeña aldea que había en la bahía rodeada de acantilados había sido la capital de un imperio pirata, que asolaba las aguas situadas entre Kush y las tierras de los pictos. Allí no imperaba otra ley que la ruda y simple de la Hermandad. Fuera de ello, tan sólo reinaban el sable, la daga, el puño y la destreza del luchador.

Aquella noche, la ciudad pirata era una algarabía; por todas partes se oían gritos de júbilo y canciones procaces. Las peleas estallaban en las calles por los motivos más nimios, y en torno a los adversarios se congregaban grupos de alegres curiosos que los animaban a morir por un intercambio trivial de palabras, por un empujón o por los favores de una moza de labios rojos y caderas ondulantes. Era una noche importante. Los barcos se hallaban en puerto, con las bodegas atestadas del botín que habían arrebatado a las flotas mercantes de los mares del sur. Y por si fuera poco, ¡Amra el León había regresado!.

Treinta años no habían sido suficientes para relegar su fabuloso nombre al olvido. Por el contrario, el paso del tiempo añadió más prestigio a su figura, debido a las leyendas que se contaban de la época en que viviera con Belit, la pirata de Shem, así con Ortho el Rojo y con el sombrío Zaporavo de Zingara. En aquellos lejanos días en que Vilerus y luego Numedides habían reinado en Aquilonia, Conan había sido la pesadilla de ambos, primero como compañero de Belit y jefe de una banda de corsarios negros, y luego, algunos años más tarde, como pirata de las islas Barachas y capitán de bucaneros zingarios.

Durante algún tiempo sus barcos, la galera Tigresa, la carabela

León Rojo y la carraca Holgazán habían cruzado los mares para regresar cargadas de tesoros.

En una época, Amra, como lo llamaban algunos, o Conan, como era conocido por otros, había figurado entre los más célebres capitanes de la Hermandad Roja. Pero luego desapareció en las tierras desconocidas del interior y no se supo más de él. De cuando en cuando llegaban algunos rumores acerca de un rey guerrero llamado Conan, que gobernaba en esos países, pero, de los pocos que lo vieron, ninguno reconoció en él al pirata cimmerio de tiempos pasados. De ese modo, Amra se convirtió en un mito de un pasado legendario.

Y de pronto se encontraba de nuevo entre ellos, con el cuerpo erguido ante la luz de las antorchas, mientras el viento salino del mar jugaba con su melena gris y su poblada barba. La llama de las teas chispeaba en la cota de malla que cubría su pecho, aún voluminoso, y sus brazos. La gran capa negra flotaba tras él como si se tratara de las alas de alguna gigantesca ave de presa.

Conan estaba de pie sobre un banco de piedra situado en el centro de la plaza principal del puerto de la ciudad, y su voz se alzaba como una trompeta por encima del murmullo de la multitud, llenando los espíritus de aquellos forajidos con los relatos de magníficas hazañas y épicas batallas del pasado, y la promesa de extraordinarias empresas para el futuro. Pues Amra el León había regresado desde las brumas de la leyenda para reclutar una tripulación a fin de iniciar alguna aventura desconocida en el mar Occidental, y, desde que recordaban los hombres, ningún barco se había aventurado jamás en aquellas aguas azotadas por los vientos. ¿Quién, sino Amra, podía soñar con llevar a cabo semejante empresa?

Los piratas permanecían con la boca abierta mientras Conan los maravillaba con sus frases, pues la magia primitiva de su espíritu heroico era tan contagiosa como la plaga. Les prometía oro y piedras preciosas, la gloria y la fama de unas aventuras en lo desconocido, por nuevos mares, entre islas ignotas y pueblos exóticos. En dicha aventura ya no serían considerados bribones sin ley, sino héroes de leyenda, que quedarían inmortalizados en épicos poemas durante los siglos venideros.

Allí, anclado no muy lejos, se hallaba el barco de Amra, una enorme carraca llamada León Rojo, como la carabela de Conan en tiempos pasados.

El cimmerio no reveló todos los pormenores del asunto. No les habló del rey Ariostro de Argos, con cuyas gemas había adquirido el poderoso navío. Además, ¿para qué asustar a aquella gente con el relato de las Sombras Rojas y de la extraña aparición de Epemitreus, el profeta hechicero muerto hacía tanto tiempo?

No quería asustarlos porque precisamente cuando el Horror se llevó a cientos de súbditos de Conan, la misteriosa maldición también se abatió sobre los ciudadanos de Argos. Los magos de la corte de Ariostro, así como los videntes y los astrólogos, habían estudiado los augurios de los astros. Después de leer algunos polvorientos manuscritos sobre magia, le dijeron al rey que las Sombras Rojas atacaban desde algún reino desconocido situado más allá del misterioso océano Occidental.

El prudente rey de Argos había enviado un barco tras otro al mar Occidental, pero ninguno regresó para aclarar el misterio. Por fin, toda la flota del reino se sintió atemorizada ante las noticias de nuevas expediciones hacia el remoto oeste. Pero las Sombras Rojas seguían atacando y el reino se hallaba al borde de la rebelión.

Por ello, el rey Ariostro se había aventurado por las calles de Messantia, embozado en su capa, a fin de buscar un capitán de barco que mera lo suficientemente audaz para realizar la empresa y reclutar una tripulación. Entonces se encontró con Conan el cimmerio -cuya identidad adivinó enseguida, si bien era lo suficientemente discreto como para no revelar ese hecho- y a Sigurd Barbarroja, el jovial bucanero de la lejana Vanaheim. Con las piedras preciosas de Ariostro habían comprado la fuerte barcaza, y ahora Conan estaba en el puerto, tratando de alistar una tripulación entre los piratas de las islas Barachas.

Algunos de los rostros que Conan tenía delante le resultaban conocidos de otra época, y a ellos se dirigió especialmente. Llamó sobre todo la atención del cimmerio un gigantesco negro sonriente que procedía de las selvas del sur. Después de señalar al ciclópeo kushita, cuyos brazos desnudos brillaban como untados con aceite, y cuyo pelo rizado estaba veteado de gris, Conan exclamó:

–¡Tú me conoces, Yasunga! No eras más que un chiquillo cuando asolábamos las costas de los países negros al lado de tu ama Belit. ¿Qué decides? ¿Vas a participar en la aventura de mi barco?

Yasunga levantó los brazos en alto mientras lanzaba un grito de alegría.

–¡Sí, sí, Amra! – gritó, ebrio de recuerdos gloriosos.

–¡Atrás, perro negro! – dijo una voz gélida, mientras una silueta delgada, de aire peligroso, avanzaba hasta primera fila y hacía retroceder al negro de un empujón.

El recién llegado se volvió hacia Conan y lo miró con ojos malignos.

El cimmerio examinó al hombre. Se trataba de un individuo delgado, de rostro enjuto, con cejas espesas y oscuras, y labios finos. Usaba una coraza dorada sobre un jubón de terciopelo negro; los diamantes relucían en los pendientes que llevaba en las orejas, y en su mano

derecha, que buscaba la enjoyada empuñadura de un largo florete entre los encajes de la manga.

Con voz suave, cuyo acento denotaba al natural de Zingara, el hombre vestido de oscuro se dirigió a la multitud y dijo:

–¡Volved a vuestros sitios, perros! Estáis escuchando las divagaciones insensatas de este viejo necio que ha venido a atraeros con vanas promesas acerca de una aventura en lo desconocido. Tal vez sea él ese Amra del que tantas proezas hemos oído contar, y quizás sólo sea un impostor. Pero, ¿qué importa eso? Lo cierto es que este lobo viejo ha venido a nosotros con intenciones de destruir la armonía de la Hermandad. ¿Qué nos importan las aventuras gloriosas? ¡Nosotros somos gente que se gana la vida en el mar, que busca el saqueo y el botín y que se ríe de los héroes que no sacan partido de sus hazañas!

El individuo volvió a mirar desdeñosamente a Conan, y agregó:

–Y procura no atraer a mi piloto Yasunga a tu descabellada empresa, perro canoso. Yo le he enseñado a ubicarse en el mar por el sol y las estrellas, ¡y por Mitra que se quedará conmigo, con Alvaro el Negro, el Halcón de Zingara! De modo que leva el ancla y márchate con tu carcomida barcaza hacia donde te lleven tus sueños de loco. ¡Aquí no estamos dispuestos a aguantar a gente de tu calaña!

Alvaro se había vuelto a medias para regresar por donde había venido, entre la turba que murmuraba, cuando lo detuvo una profunda y despectiva carcajada del cimmerio, que exclamó:

–¿Me llamas perro canoso, tú, perro emperifollado, cara de muñeca, hijo de las cloacas de Kordava? Yo era capitán de la costa cuando tú aún mamabas la agria leche del pecho de tu madre. Y yo sembraba el oro de una docena de ciudades por las calles de Tortage cuando correteabas, lleno de mocos, en la trastienda de un prostíbulo zingario. Si no tienes agallas para emprender una verdadera aventura, será mejor que te escondas en tu hedionda perrera y dejes que hagan lo que quieran los hombres de verdad. ¡Soy yo quien les está hablando, y si bien es cierto que soy viejo, mi mano no tiembla y aún puede enseñarte a manejar una espada!

Alvaro el Negro giró en redondo al tiempo que lanzaba una maldición y extraía su florete, que brilló como una aguja de fuego. Los

presentes cuchichearon llenos de excitación y formaron un círculo en torno a los contrincantes.

Conan arrojó a un lado su amplia capa y fue a desenvainar la ancha espada aquilonia. Pero antes de que estuviera toda la hoja fuera de la vaina, Alvaro ya atacaba con la rapidez y la gracia de un danzarín.

La fina hoja brilló delante del rostro del cimmerio, pero éste, con un ágil movimiento sorprendente para su edad, dio un rápido puntapié al florete, desvió la estocada y luego saltó para ponerse en guardia. Su arma tintineó como una campanilla cuando chocó con la del zingario.

Una música metálica se dejó oír entre el rumor del viento, mientras los dos adversarios describían círculos, avanzaban, retrocedían, paraban golpes y atacaban. Las antorchas proyectaban sus sombras movedizas sobre las paredes de las casas vecinas.

Los dos contuvieron la respiración, pues si bien el Halcón de Zingara estaba considerado como el mejor espadachín de las islas, no se sabía lo que podría dar de sí Amra después de tanto tiempo.

Comparaban su poderoso cuerpo con la felina agilidad del zingario, y las apuestas que se hacían eran muy variadas.

Alvaro comprobó enseguida que su cantarín florete nunca podría traspasar la férrea defensa de la espada de Conan. Ésta poseía una hoja ancha que parecía impropia para un duelo con un arma más delgada.

Debería haber sido pesada y lenta, pero en la diestra del bárbaro se movía con la ligereza de un junco. Tampoco la sonrisa del fiero anciano trasuntaba cansancio alguno al manejarla.

Por el contrario, el sudor perlaba la frente de Alvaro, empapaba sus oscuros rizos y se deslizaba por sus mejillas hundidas. El zingario se daba cuenta de que si las dos hojas se encontraban en un fuerte impacto, la de su florete saltaría hecha pedazos.

Conan, sin embargo, no trataba de aplicar toda la fuerza a su potente arma. Por el contrario, se limitaba a trazar un reluciente muro de acero con increíble facilidad, que el leve florete de su adversario no lograba atravesar. De cuando en cuando, la sonrisa del cimmerio se convertía en una carcajada amenazadora. Se notaba que estaba jugando con el zingario, y éste sintió un escalofrío al pensar que en cualquier momento su adversario podía desviar el florete y derribarlo de un tajo.

La multitud observaba la escena con los ojos desorbitados, aunque poco a poco se dieron cuenta de lo que iba a ocurrir. Yasunga, el gigantesco kushita que Conan conocía desde hacía tanto tiempo, empezó a repetir una palabra que pronto surgió de cientos de gargantas, hasta que Alvaro tuvo la sensación de que la plaza retumbaba con el eco: -¡Am-ra! ¡Am-ra! ¡Am-ra!

El ritmo de los gritos terminó por alterar la impasibilidad que caracterizaba al zingario. Alvaro tanteó con una mano buscando algo en su espalda, debajo del jubón de terciopelo negro. Allí llevaba una fina daga shemita, preparada para ocasiones como aquélla. Cuando la hubo extraído de la vaina de cuero, retrocedió unos pasos. Conan, que no había podido ver la maniobra, se detuvo.

–¿Ya tienes bastante, cerdo negro de Zingara? – dijo con voz atronadora.

La daga voló en el aire, dirigiéndose hacia el cuello desnudo de Conan. Éste, sin apresurarse, levantó la mano con la rapidez del rayo y cogió el arma por la empuñadura.

Esta increíble proeza provocó un rugido en la multitud. Habían oído que los montañeses de unos remotos países del este se dedicaban al mortífero juego de detener puñales en el aire, pero nunca habían visto nada semejante. Tampoco sabían que el cimmerio había pasado muchos años en las estepas de Hirkania y en las costas del mar de Vilayet, así como en los elevados montes Himelios, bien como jefe de nómadas, como pirata del mar interior o como soldado mercenario.

Durante ese tiempo había aprendido a manejar el mortífero arco hirkanio, la sutil cimitarra zuagira y el rápido puñal de Zhaibar, así como otras armas orientales.

La hazaña hizo que Alvaro abriera los ojos horrorizado. Pareció que le faltaba el aire y se desabrochó el cuello de encaje que asomaba por debajo de la coraza. Permaneció inquieto, como si no supiera qué hacer. La tensión aumentaba por momentos.

Entonces… Conan le devolvió el puñal. Éste brilló en el aire y fue a hundirse hasta la empuñadura en la garganta desnuda de Alvaro.

Durante un momento, el zingario se tambaleó sobre sus piernas, mientras la sangre resbalaba por su coraza. Luego cayó sobre el empedrado, con un sonoro ruido metálico.

Conan levantó su espada, la cogió por la empuñadura al vuelo y la introdujo en la vaina. La multitud lanzaba gritos enloquecidos:

–¡Am-ra! ¡Am-ra! ¡Am-ra!

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