Conan de las islas

Robert E Howard · Capítulo 15 de 22

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Conan de las islas

Capítulo 14

El laberinto negro

Los ojos centellearon cuando la horda

avanzó sedienta de sangre por la negra caverna.

Blancos colmillos brillaron en las sombras

al perseguirlo la turba aullante

el VIAJE DE AMRA

Conan se internó por el oscuro túnel. De las bóvedas colgaban estalactitas, y de estas caían de cuando en cuando frías gotas de agua.

El suelo de la caverna estaba cubierto por un lodo mezclado con el líquido calcáreo que rezumaba desde arriba. Aquí y allá se alzaban estalagmitas, formando pequeñas columnas cristalinas.

El aire frío y húmedo estaba cargado de olores desagradables. Una brisa tenue y acre soplaba sobre el rostro | del cimmerio. Guiado por ella, el viejo bárbaro avanzó a través del negro laberinto de pasadizos naturales, que se extendía a lo largo de varias leguas por debajo de la antiquísima ciudad de Ptahuacán.

Metemphoc, el rey de los ladrones de Ptahuacán, le había dicho a Conan que no había manera de que un hombre solo pudiera entrar en la fortaleza triplemente vigilada en la que los piratas del cimmerio encarcelados, aguardaban el Día del Sacrificio, para el que aún faltaban dos días. Numerosos centinelas, así como puertas, cerrojos y barras inexpugnables se interponían entre el bárbaro y el corazón de la prisión.

Pero la ágil mente de Conan no se dejaba vencer fácilmente por el desaliento cuando se había fijado un objetivo. Como respuesta a sus interminables preguntas, el amo de los ladrones terminó por revelarle la existencia del antiguo laberinto de cuevas y túneles que se extendía por debajo de la ciudad. Se ignoraba cómo se habían formado aquellos pasadizos, pero lo cierto era que la ciudad estaba construida sobre una recia masa de piedra caliza, y tal vez durante incontables siglos las aguas subterráneas habían llegado a erosionar el terreno y formado los túneles.

Los ladrones conocían bien los pasadizos superiores y los empleaban a menudo en sus correrías. Pero procuraban evitar los más

profundos, ya que circulaban rumores acerca de gritos espantosos que se oían en aquellos lugares, y de sombras furtivas que vagaban por las eternas tinieblas. En algunos casos, los hombres que se habían internado por los pasadizos más profundos no habían regresado jamás a la superficie.

Ante el implacable interrogatorio del cimmerio, Metemphoc admitió de mala gana que los túneles profundos tal vez comunicasen con los calabozos del Vestíbulo de los Dioses. De todas maneras, exhortó a Conan a que buscase alguna otra forma más factible de llegar hasta la fortaleza prohibida. Pero el bárbaro se mostró inflexible ante todos los razonamientos del antilliano.

Metemphoc se convenció al final de que el cimmerio estaba firmemente decidido a liberar a sus compañeros por aquel camino.

Después de lanzar un profundo suspiro, el rey de los ladrones convocó a sus ayudantes más directos. Éstos resolvieron examinar los depósitos de documentos de la hermandad de ladrones. Salieron a la luz antiguos mapas con el plano de los túneles. Conan los estudió con atención, procurando memorizar los accidentes y recodos de los pasadizos, a fin de poder encontrar el camino hasta la fortaleza.

Por consiguiente, allí estaba Conan, avanzando en la oscuridad de los pasadizos, trepando o saltando sobre las irregularidades del suelo de las cavernas. En una mano llevaba el farol que le había dado el amo de los ladrones. El aparato, un hermoso ejemplo de la habilidad técnica de los antillianos, era una pequeña lámpara de bronce con un depósito cilíndrico de aceite, del cual surgían una mecha, un disco que actuaba como reflector, y un asa. A causa del uso prolongado se había desgastado la plata que cubría el disco reflector, y había quedado al descubierto el bronce que había debajo. Pero el pequeño farol aún resultaba útil para los propósitos de Conan. Metemphoc le había dicho que ardería durante varias horas antes de que se agotase el combustible del depósito.

Aquí y allá, entre ramificaciones de los túneles, aparecía una marca blanca sobre la piedra húmeda. Había otras señales de los ladrones que no significaban nada para el ojo inexperto -como por ejemplo una piedra semejante a una gigantesca araña-, pero que tenían un valor inestimable como marcas de orientación.

Conan prosiguió su marcha sin detenerse, aun cuando le agradara muy poco la húmeda brisa que llegaba hasta él desde las invisibles profundidades. Mientras avanzaba, su mente no podía dejar de imaginar extrañas escenas, evocadas por las voces que gemían y susurraban, multiplicando los ecos en la oscuridad. De cuando en cuando destacaba un grito estremecedor y sollozante que luego se convertía en inhumano alarido de dolor, para morir de nuevo, como un débil quejido similar al viento, entre las ramas de los pinos.

En otras ocasiones, el cimmerio creyó escuchar unos pasos furtivos a sus espaldas, en las oscuras bocas de los túneles laterales. Otras veces oía risas extrañas y burlonas que suscitaban en su alma de bárbaro terrores atávicos e irreprimibles. Pero se sobreponía a todo ello gracias al férreo control que tenía sobre su propia voluntad.

Luego llegó hasta sus sensibles oídos un sonido suave, blando y reptante, como si un enorme gusano o babosa se hubiera arrastrado sobre el suelo de piedra. Ni siquiera un guerrero veterano como el cimmerio podía dejar de estremecerse de repugnancia al pensar en las criaturas que podían habitar aquellas profundidades, muy por debajo de la ciudad del Amanecer del Tiempo.

Se dijo que aquellos gritos y lamentos no eran más que los sonidos que producía el viento al atravesar las formaciones de piedra caliza, que imitaban las frondas de un bosque. La risa era el gorgoteo de las aguas subterráneas, distorsionado por la sinuosa conformación de los túneles. Y en cuanto a los ruidos reptantes, podría tratarse del lento desplazamiento de las capas terrestres. No obstante, en el fondo, el temor lo seguía dominando y sintió que se le erizaba el cabello.

Más adelante, tuvo la impresión de que unos ojos invisibles lo miraban. Llevaba más de dos horas recorriendo aquellas cavernas.

Había resbalado sobre piedras mojadas, tropezaba en irregularidades del suelo y se golpeó la cabeza contra techos de poca altura. Tuvo que escurrirse por grietas estrechas y trepar por escarpados taludes.

Perturbó el descanso de grandes colonias de murciélagos que colgaban cabeza abajo en innumerables racimos. Los animales chillaron, irritados, y desaparecieron en la oscuridad.

El cimmerio se preguntó si su lámpara seguiría alumbrando por mucho tiempo. Le parecía que la llama ya empezaba a debilitarse; al

menos, chisporroteaba y titilaba, como si el aceite del depósito estuviera llegando en forma irregular a la mecha.

Y ahora, los sentidos aguzados del bárbaro, apenas embotados por los años de vida en la ciudad, le indicaron que unos ojos ocultos lo vigilaban con atención.

Aminoró la marcha y avanzó con cautela, en el más absoluto silencio. Su mirada penetrante observaba las bocas de las cuevas para ver si había centinelas ocultos de los sacerdotes antillianos, pero no descubrió ningún indicio de seres humanos. A pesar de todo, tenía la certeza de que lo estaban observando. Se preguntó si los sacerdotes de Antillia poseerían bolas mágicas de cristal, heredadas de sus antepasados de Atlantis y similares a otras que había visto en tierras hiborias. Mediante aquellos globos de vidrio, como era sabido, podían observarse sucesos producidos en lugares alejados. ¿Estarían estudiando sus movimientos unos fríos ojos sacerdotales?

Sin poder evitarlo, Conan se quedó inmóvil y contuvo el aliento. A sus espaldas oyó un sonido metálico, como el de una puerta que se abría. ¿Sería tan sólo una jugada de su imaginación?

Esta vez tuvo la certeza de que se producían nuevos ruidos a sus espaldas. El sudor le inundó la frente, ya que creyó percibir un sonido ahogado de chillidos, golpes e innumerables y apenas audibles carreras.

Era como si el invisible vigilante hubiera soltado una horda de pequeños animales feroces que debieran darle caza por los sombríos túneles y abatirlo con miles de garras y dientes.

Ahora, los sonidos se oían con más claridad. Conan murmuró el nombre de Crom, como plegaria y como juramento. Estaba seguro de que en aquellos túneles había puertas de hierro que algún cuidadoso centinela acababa de abrir para dejar suelta a la mortífera horda.

Conan se volvió, procurando iluminar el túnel principal que se extendía a sus espaldas. Entonces, vio que la luz se reflejaba en cientos de ojillos rojizos situados cerca del suelo. Cuando sus perseguidores entraron en el círculo de luz que se desprendía del farol, el cimmerio estuvo a punto de dejar caer la lámpara a causa del asombro y de la repugnancia. Los animales que lo seguían eran ratas, ¡Pero qué ratas!

A través del tiempo, el bárbaro se había familiarizado con la pequeña rata gris de los países hiborios y con la ágil rata negra de

Vendhia, así como con la robusta rata parda de Hirkania. Pero los roedores que tenía ahora delante superaban a los de su mundo, así como las ratas de su tierra superaban a los ratones. Eran tan grandes como gatos de buen tamaño, como perros pequeños, y parecían tener un peso considerable. Además de su tamaño, impresionaba su delgadez, como si hubieran estado muertas de hambre. Sus dientes, blancos y afilados como cinceles, chasqueaban en el aire como buscando sangre y carne al mismo tiempo.

Conan giró en redondo y echó a correr; sus pisadas seguían el ritmo apresurado de su pulso. Se daba cuenta de que, contra aquella horda sanguinaria, nada podía hacer su espada; el mejor luchador de la época habría caído en unos instantes bajo la marea de aquellas ratas que chillaban y lanzaban dentelladas al aire.

Por consiguiente, el cimmerio corrió como jamás lo había hecho en su vida, ni siquiera cincuenta años atrás, cuando escapó de una mazmorra de esclavos hiperbórea después de abrirse paso violentamente hacia la libertad con una cadena de hierro y tuvo que huir por la nieve con una manada de lobos pisándole los talones.

Ahora, la respiración le laceraba los pulmones con cada bocanada de aire, como si hubiera estado inhalando los vapores de un horno de fundición. Sus exhaustas piernas parecían pesarle como plomo; los músculos le dolían de forma tal que le daba la sensación de que algunos duendes traviesos estuvieran taladrándolo con fijas agujas. Pero a pesar de todo siguió avanzando, tambaleante, con paso inseguro. La brisa que producía al correr estuvo a punto de apagar en varias ocasiones la lámpara que llevaba.

Detrás de él las ratas saltaban, resbalaban y corrían manteniéndose a la misma distancia. De cuando en cuando, alguna de las que iban delante pisaba a otra y se producía un breve intercambio de mordiscos y chillidos. Pero el resto de la horda seguía imperturbable, sin detenerse ante aquellos incidentes esporádicos.

Entonces, la mirada de Conan captó un tenue fulgor, así como el murmullo de agua corriente, lo que le indicó que se encontraba cerca del curso de un río. Al acercarse, comprobó que se trataba de un torrente subterráneo de aguas negras. Por un momento, tuvo la esperanza de que fuera lo suficientemente angosto como para saltar, y

de ese modo interponer una barrera entre él y la horda perseguidora.

Pero no tardó en advertir que, al menos en aquel lugar, la corriente tenía más de seis yardas de ancho, demasiado para que pudiera saltarlo. Mucho antes, en su juventud, y siempre que no hubiera estado agotado por una carrera como aquélla, habría podido salvar la distancia con cierta facilidad, pero ahora…

Conan hizo frente al peludo tropel. Jadeaba intensamente, aspirando el aire frío, y fétido a causa de la proximidad de las ratas. La prolongada carrera a través de las negras cavernas le hacía latir con fuerza el corazón, y la sangre le corría alocadamente por las venas.

Mientras sentía zumbar las arterias de los oídos, desenvainó la espada, decidido a iniciar su último y más duro combate. Pero ningún ser vivo sería capaz de sobrevivir a semejante lucha. Durante toda su vida, Conan había deseado morir en una verdadera batalla, y ahora no le quedaba ni siquiera ese consuelo. El cimmerio permaneció erguido sobre un saliente rocoso triangular, que se adentraba en el río subterráneo como un pequeño cabo o península. De ese modo, los roedores no podrían atacarlo desde los lados ni por atrás, sino en un amplio frente.

Las gigantescas ratas salieron de la boca del túnel como una riada de piel grisácea, entre la que brillaban innumerables ojillos diminutos y rojizos, semejantes a estrellas de alguna dimensión infernal. Sus aullidos se alzaban por encima del murmullo de las aguas del torrente subterráneo, y el raspar de las pequeñas garras sobre la piedra parecía el crujido de las hojas muertas que arrastra el vendaval en las tormentas de otoño.

Conan se inclinó para depositar en el suelo el pequeño farol, algo más atrás de donde estaba él, y luego aferró con ambas manos la pesada espada. A continuación levantó la voz, entonando el canto de batalla de sus compatriotas bárbaros. En ese momento, las ratas se abalanzaron en tropel sobre el cimmerio.

Una de ellas saltó delante de las demás, y un rápido movimiento de la centelleante espada la arrojó, cortada en dos, sobre la cabeza de las que venían después. Enseguida, la ancha hoja de la espada giró durante largo tiempo como las aspas de un molino, o más bien trazando figuras en forma de ocho, a diestro y siniestro, y dejando un claro en el suelo

con cada golpe. Y con cada embate volaba un grupo de ratas. Algunas veces, erraba el golpe y la punta del arma tocaba la piedra, y levantaba una lluvia de chispas.

A pesar de todo, la horda seguía presionando, y las de atrás empujaban a las de delante hacia la vertiginosa espada. En cierto momento, la acometida cedió un tanto, ya que muchas ratas se arrojaron sobre los restos mutilados de sus congéneres para devorarlos.

Pero Conan siguió enviando al aire cuerpos destrozados de roedores, a cientos. La hoja de su sable estaba manchada de sangre hasta la empuñadura.

Luego volvieron a abalanzarse sobre el cimmerio, y, a pesar de que éste puso toda su fuerza y su furia en la defensa, no consiguió hacerlas retroceder. Algunas llegaron a clavar sus afilados dientes en el duro cuero de las botas de Conan que, más enojado que atemorizado, pateó y pisoteó a los animales para matar a los más osados. Pero otros no tardaban en ocupar los huecos producidos.

Una de las ratas trepó por la bota de Conan y lo mordió en la rodilla a través de la tela, causándole un vivo dolor. De un breve tajo, el roedor voló por los aires, cortado en dos. Otros lograron subirse hasta la cintura y el pecho del cimmerio, pero allí la cota de malla del guerrero hacía inútiles sus mordiscos. Otra intentó subírsele hasta el cuello, pero el bárbaro le aferró a tiempo con una mano y la arrojó a las oscuras aguas.

Pero los animales iban ganando terreno. Montones de ratas muertas yacían alrededor del cimmerio, que resbaló varias veces sobre el suelo cubierto de pellejos, entrañas y trozos de cadáveres. Aunque las botas y la cota de malla lo habían protegido hasta aquel momento, exceptuando algunas leves mordeduras en el torso, sangraba bastante en las rodillas, donde habían sido más intensos los ataques, y en la mano izquierda, con la que había aferrado a los animales que le subían por el cuerpo.

Entonces, por un momento, las ratas cedieron. Jadeando, Conan echó una mirada a su alrededor y profirió un juramento al ver algo que se le había pasado por alto anteriormente. A un tiro de flecha de donde se encontraba, corriente abajo, había un puente natural de piedra de una orilla a otra. Enseguida se dio cuenta de que si se subía a aquella estrecha arcada de granito, las ratas sólo podrían llegar hasta él de dos

en dos o de tres en tres, y que de aquel modo resistiría a la horda por un tiempo determinado.

Para el cimmerio, pensar era actuar. Dando un poderoso salto, corrió hacia el puente, vadeando por entre las ondulantes masas de roedores y aplastando cuerpos bajo sus botas. Sufrió numerosos mordiscos en las piernas, pero fue tal su impulso, que llegó al puentecillo antes de que las ratas consiguieran abatirlo.

Falto de aliento, avanzó tambaleándose por la piedra y se quedó en el centro, donde el puente se hacía más estrecho. Conan lamentó que, con la prisa, se había dejado su pequeño farol. Y aunque el combustible del depósito debía de estar terminándose, desde la distancia aún proyectaba una luz tenue y vacilante hasta el lugar en el que se encontraba el cimmerio.

Las ratas sólo tardaron unos instantes en reaccionar, pero la pausa le permitió recobrar el aliento y aclarar las ideas. Una vez más sintió que la edad le pesaba en los pulmones, los músculos y el cansado corazón.

Volvían a la carga. Mientras recorrían la ligera pendiente de la arcada, Conan se puso en guardia, con las piernas flexionadas y aferrando la espada con ambas manos.

Una vez llegaron hasta él, comenzó a propinar mandobles con matemática regularidad a izquierda y derecha, aniquilando roedores, de modo implacable, con cada golpe. Los que no eran cercenados en parte o totalmente, caían de todas formas a las negras aguas, que los arrastraban hacia la oscuridad con la rapidez de un torbellino. En ciertas ocasiones se veían algunas cabezas pequeñas e hirsutas que procuraban mantenerse a flote, pero el torrente terminaba por llevárselas.

Jamás en toda su vida de luchas y de matanzas había cobrado tantas vidas la espada del cimmerio, por más pequeños que hubieran sido los animales. Si se hubiera tratado de hombres en lugar de ratas, la defensa de Conan sobre el río subterráneo habría supuesto despoblar a toda una nación. El bárbaro siguió exterminando a sus peludos enemigos como una máquina incansable, sin detenerse ni un solo instante…

El desenlace llegó rápidamente. Una enorme rata negra con bigotes erizados, un gran animal que pesaría lo mismo que dos gatos corrientes, saltó de entre la horda chillona y se lanzó directamente al cuello de Conan. Para entonces, éste estaba demasiado cansado. Tenía los brazos insensibles y pesados como el plomo y las piernas frías como dos columnas de hierro. Con la mano izquierda, aferró el peludo cuerpo en el momento en el que la enorme rata hundía las afiladas garras entre los anillos de la cota de malla y parecía buscar su yugular.

Pero ya hemos dicho que las fuerzas abandonaban paulatinamente al cimmerio, que no pareció capaz de librarse de la rata, aun cuando ésta le clavó sus afilados dientes en la piel, debajo de la barba del hombre.

Otra rata se le subió por una bota y, al procurar librarse de ella de un puntapié, resbaló y retrocedió trastabillando. Inmediatamente le siguió un grupo compacto de roedores, tantos como cabían por el estrecho puentecillo. Pero al retroceder hasta algún punto más débil, o tal vez a causa del mayor peso, se oyó un fuerte crujido, y toda la parte central del puente sobre el que se hallaba el bárbaro cayó a la corriente con tremendo chapoteo.

Conan se encontró debajo del agua sin poder hacer nada, ya que lo arrastraba hacia el ¡fondo el peso de su cota de malla. La enorme rata que le atenazaba la garganta había desaparecido, pero ahora el cimmerio se enfrentaba con la perspectiva de terminar aquella dura batalla, no en combate, sino ahogado bajo las aguas.

Llegó al lecho del río antes de lo que pensaba y, dando un fuerte impulso con las piernas, alcanzó la superficie durante unos breves instantes, los suficientes para aspirar una bocanada de aire antes de ser arrastrado de nuevo al fondo. La rápida corriente lo zarandeaba y golpeaba contra las rocas, haciéndolo rodar arriba y abajo. Una vez más, consiguió llegar hasta la superficie del torrente subterráneo. El bárbaro había sido durante toda su vida un magnífico nadador, pero ahora la cota de malla, que él se había empeñado en conservar para prever los posibles peligros que podían aguardarle, y que, en efecto, lo había salvado de las mordeduras de las ratas, se volvía en su contra, arrastrándolo irremediablemente hacia un triste y oscuro final.

Volvió a alcanzar la superficie para aspirar otra vez el aire. Pero enseguida se hundió, como si una fuerza inexorable lo estuviera

atrayendo desde el fondo. La conciencia comenzó a abandonarlo, como si hubiera estado cayendo en un sueño profundo e interminable.

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