Conan de las islas

Robert E Howard · Capítulo 12 de 22

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Conan de las islas

Capítulo 11

Terror en el mar

Armados de tentáculos y colmillos,

los monstruos se abalanzaron sobre el León…

el viaje de amra

El sol matinal ya estaba en lo alto y había despejado los últimos restos de neblina. También las nubes parecían eludir sus dorados rayos.

Los hombres de la nave-dragón, que iban por parejas, recogieron a los desvanecidos tripulantes del León Rojo y los trasladaron a su propio barco. Otros se dedicaron a apagar los pequeños fuegos con cubos de agua que subían por la borda por medio de cuerdas, o bien extinguían las llamas con sus capas.

Por último, y después de dejar una pequeña dotación a bordo del barco pirata, los atacantes regresaron a la galera. En medio de fuertes chirridos retiraron la plancha de abordaje y soltaron los arpeos de hierro que mantenían unidas a ambas naves. Los portalones del casco del buque-dragón se cerraron. Luego, la nave maniobró con remos y velas hasta que su popa se encontró delante de la proa de la carraca. De uno a otro barco fue arrojada una gruesa cuerda; al fin, en medio de crujidos de aparejos producidos al orientar las velas al viento, el barco-dragón avanzó hacia el lugar de donde había venido, remolcando al

León Rojo.

Conan cayó ruidosamente al agua. Lastrado con el peso de la cota de malla y de su enorme espada de doble filo, que aún empuñaba, se hundió en el mar.

El agua estaba muy fría, pues el sol de la mañana aún no había tenido tiempo de penetrar lo suficiente bajo la superficie. El estímulo del agua fría y salada, al bañar los miembros del cimmerio, fue bien acogido por éste. Un gélido estremecimiento infundió nuevo vigor a los doloridos músculos del viejo guerrero.

Descendió lentamente a un mundo de pálido jade verde. El casco del León Rojo se encontraba encima de Conan, y éste pudo divisar las lapas adheridas a la quilla; luego vio el casco de la galera-dragón y le pareció que ambas naves eran como remotos planetas sumergidos en un firmamento plateado. Una extraña visión…

Su primer impulso al caer al agua fue el de despojarse de sus armas y nadar. Luego se dio cuenta de que el aparato del casco de cristal le permitía respirar perfectamente bajo el agua. Por otro lado, también podía ver el mar a su alrededor, gracias a la transparencia del casco.

En aquel lugar, no lejos de las islas de Antillia, el fondo del océano subía en suave pendiente. Como consecuencia, en lugar de caer a un abismo de tenebrosa oscuridad, Conan pensó que aún bajaría algunas brazas y luego, ya en el fondo, podría avanzar hasta la costa. Así pues, dominando su instinto, que lo impulsaba a nadar, se dejó deslizar, moviéndose apenas lo suficiente para mantenerse erguido.

Respirar ya era otro asunto. El casco se ajustaba bien a su pecho y a su espalda. Dos tubos de vidrio conectaban con una especie de tanque que llevaba a cuestas. El primer tubo entraba en la parte anterior del casco a la altura de sus fosas nasales; el segundo penetraba a la altura de la boca. Una pequeña prueba le demostró que quien utilizara el casco debía colocar los labios alrededor del tubo inferior y acercar la nariz a la abertura superior. Así aspiraría por el tubo de la nariz y espiraría por el de la boca. Cuando exhalaba el aire, una columna de burbujas plateadas surgía del aparato, produciendo un sonido borboteante. Este método de respiración tan desusado requería un poco de práctica, pero Conan ya se había acostumbrado a aquel sistema cuando por fin tocó el fondo del mar con las piernas extendidas.

Una arena fina y suave cubría el fondo, y de ella se alzaron tenues nubéculas cuando el cimmerio movió las piernas para mantenerse erguido.

Conan comprobó que la visión, a través del casco de vidrio, era muy buena, si bien a unas pocas brazas de distancia el agua era oscura y le impedía ver más lejos. Aunque llegaba suficiente luz solar, las ondulaciones arenosas más alejadas desaparecían en una oscuridad de color esmeralda.

Le resultó fácil orientarse, pues no tenía más que ir subiendo por la pendiente para dirigirse a la costa. Así pues, se encaminó en aquella dirección, avanzando con dificultad sobre la fina arena y meciéndose de un lado a otro debido a que su cota de malla y el aparato de respiración le pesaban. No obstante, a pesar del peso de su equipo, el cimmerio se sentía extrañamente ligero. Notaba una fuerte presión, pero ésta se

ejercía por igual sobre la totalidad de su cuerpo. Dicha presión le impedía respirar con facilidad, pero a pesar de ello se adelantó dando saltos grotescos que lo separaban del suelo a cada paso que daba.

En aquel fondo marino pululaba una vida desconocida. Conan pasó junto a un bosquecillo de extrañas plantas, cuyas hojas largas y sedosas ondulaban cual brillantes cintas multicolores. Unos peces pequeños de tonos muy vivos nadaban a su alrededor como fantásticas aves doradas, purpúreas, azuladas o pardas. Verdaderas torres de coral rosado o blanco se alzaban sobre la arena y extendían sus ramificaciones, como árboles petrificados.

Cuando hubo dejado atrás las barreras de coral, Conan se encontró en una zona de bloques de piedra desordenados, apoyados unos contra otros como si se hubiera tratado de las ruinas de alguna antigua ciudad de gigantes. Racimos de criaturas marinas se aferraban a aquellas grandes piedras. Algunas tenían aspecto de flores o de estrellas, o estaban cubiertas de púas. Otras poseían largos tallos o se ramificaban en apéndices llenos de plumas.

El cimmerio siguió avanzando, escalón tras escalón, ' por aquellos peñascos, y en una ocasión profirió un juramento al sentir que algo afilado le había herido uno de los dedos de la mano. Al cabo de un rato llegó a una extensión horizontal y se detuvo a descansar.; El sol debía de hallarse muy alto ya, pues el intenso color esmeralda de los niveles anteriores había dado paso a un tono mucho más claro. En aquella luminosidad pudo apreciar otra pendiente que debía de conducir hasta la superficie. El cimmerio observó que en aquel suave talud había una caverna marina.

Al divisar aquella abertura, Conan decidió dar un cauteloso rodeo para no pasar justamente por delante. Su experiencia con las cuevas terrestres le indicaba que solían estar habitadas por seres extraordinarios, con los cuales no convenía enfrentarse. Estaba seguro de que en aquella oquedad moraba algo más peligroso que unos simples peces plateados.

Mientras dejaba a un lado la boca de la cueva, el cimmerio divisó unos remolinos que surgían de la oscuridad del interior. Entonces apareció una mancha luminosa tan grande como un plato, y luego otra.

Después notó que algo se deslizaba hacia él arrastrándose por el fondo

marino. Era algo así como un enorme cable o soga, o como una gran rama cubierta por una corteza oleosa, tersa y oscura, que tenía demasiada flexibilidad y movimiento. El extremo que tenía más cerca se adelgazaba hasta convertirse en una especie de látigo, y se engrosaba en la boca de la cueva hasta alcanzar el diámetro del tronco de un árbol.

Mientras aquella prolongación se retorcía avanzando hacia Conan por el fondo del mar, el cimmerio vio que en su parte inferior se apreciaba una doble fila de discos que parecían ventosas, algunas tan pequeñas como su pulgar y otras del tamaño de platillos. El extremo más fino del tentáculo se levantó del fondo y palpó la bota de Conan, como para determinar la naturaleza del intruso.

«Por Crom», dijo el cimmerio para sus adentros, al reconocer el tentáculo como el de un ser de la especie del monstruoso Kraken.

Entonces dio un salto hacia atrás, al tiempo que desenvainaba su espada.

En tierra, aquel salto lo habría llevado bastante lejos, pero bajo el mar las cosas eran diferentes. Conan se encontró dando vueltas sobre la arena, y el agua penetró en el interior de su casco de vidrio. Con la mano libre, dio unos golpes en el agua para enderezarse.

El tentáculo se retiró, pero sólo momentáneamente, ya que enseguida avanzó y se enrolló alrededor del muslo del cimmerio como una serpiente.

Conan propinó un fuerte mandoble con la espada, pero la resistencia del agua hizo que su golpe quedara muy atenuado. En consecuencia, la espada rozó suavemente la elástica extremidad y rebotó en ella.

La presión sobre el muslo de Conan se hizo tan fuerte que su pierna comenzó a entumecerse. Sus pulmones trabajaban arduamente para contrarrestar la presión del agua. El tentáculo volvió a golpear, y pudo comprobar, al igual que antes, que el medio líquido atenuaba el impacto.

El cimmerio sentía cada vez con más fuerza el brutal apretón del tentáculo, y se dijo que, a menos que lograra liberarse pronto de él, se vería arrastrado por el monstruo al interior de su caverna, y allí, en el

centro de la corona de brazos, habría un pico agudo, semejante al de un loro, que aguardaría el festín.

Daba la sensación de que el gigantesco Kraken no estaba aún enardecido. Jugaba perezosamente con su víctima, mostrando evidente curiosidad, pero sin sentir hambre. Después, Conan vio que otro tentáculo se deslizaba hacia él, y luego otro más.

Entonces empleó la espada como un puñal y hundió la punta en la gruesa piel del miembro que se había enrollado alrededor de su pierna.

La hoja se fue hundiendo lentamente en la carne elástica hasta que la punta apareció por el otro lado. Afortunadamente, Conan estaba armado con una espada de hoja recta, y no con una curva o de punta roma. Si éste hubiera sido el caso, la epopeya de Conan el cimmerio habría concluido allí mismo.

El viscoso animal pareció sentir un intenso dolor al serle perforado un miembro. Conan movió la espada como si estuviera aserrando, y de pronto debió de tocar un nervio, pues el tentáculo se soltó repentinamente y azotó las aguas, y arrojó al cimmerio a un lado.

En el momento en que el bárbaro hubo recuperado el equilibrio sobre la superficie arenosa, otro tentáculo se le acercó en ondulaciones, como el cuerpo de una enorme serpiente de piel oscura. Cuando ya se le acercaba, Conan volvió a traspasar el miembro y empujó con fuerza, intentando clavarlo contra el suelo de arena. Con una sacudida, la elástica prolongación se liberó, pero a costa de quedar cercenada en parte.

Entonces, el agua se agitó en torno a Conan formando remolinos, pues el colosal pulpo, furioso por el dolor de las heridas, salió de su caverna. El cimmerio no pudo evitar un gesto de asombro al comprobar el tamaño del monstruoso animal.

Su cuerpo era grande como una casa. Los tentáculos, de una longitud equivalente a la del León Rojo y tan gruesos en su base como el tronco de un árbol antiguo, se aferraban a las rocas del fondo mediante sus ventosas y arrastraban al monstruo detrás. La boca, con su enorme pico, estaba oculta entre el círculo de tentáculos.

En la enorme cabeza destacaban los dos ojos, del tamaño de dos platos. Dichos ojos tenían pupilas alargadas, como las de los gatos, pero su contorno era horizontal en lugar de vertical. La mirada fría y

maligna de aquellos ojos sin párpados era una de las más aterradoras con las que se había enfrentado el cimmerio.

Detrás de la cabeza había un cuerpo informe, parecido a uno de los colosales pellejos de vino que había en las bodegas del rey Ariostro.

Oleadas de colores cambiantes se sucedían sobre la moteada masa flexible, que tan pronto era de color blanco, como rosado, pardo o negro.

Conan permaneció inmóvil, pensando en la actitud que debía adoptar. No se atrevía a huir por la accidentada pendiente que tenía ahora detrás, pues la lentitud de su marcha y el hecho de darle la espalda al monstruo lo dejarían indefenso ante él. El cimmerio se dijo que el enorme pulpo no lo vería claramente si se quedaba quieto en la semipenumbra de las aguas, mientras que, si se movía, atraería inmediatamente la atención del Kraken. Pero por otro lado, tampoco le convenía quedarse donde estaba, permitiendo que el pulpo se le acercara aún más. Si el monstruo seguía avanzando, en uno u otro momento sus tentáculos darían con el cimmerio.

Al decidirse por la solución que le parecía más factible, Conan saltó hacia arriba. Esperaba rodear por completo al animal y alcanzar la pendiente superior situada más allá de la cueva antes de que el pulpo descubriera su posición.

Pero el bárbaro no tuvo en cuenta que al hacerlo aparecía como un objeto móvil y oscuro que se recortaba claramente contra la plateada superficie de las aguas, que quedaba más arriba. Y cuando ya nadaba por encima del monstruo, dos tentáculos se cerraron en torno a él, uno alrededor de la cintura y el otro rodeando su pie izquierdo. Conan se dio cuenta de que estaba completamente indefenso. En pocos instantes, los tentáculos lo arrastrarían hacia el pico, que castañeteaba con avidez.

Volvió a hundir la hoja de su espada en la blanda carne del pulpo, pero esta vez no debió de tocar ningún lugar especialmente sensible, ya que el cimmerio sintió que la presión de los titánicos miembros aumentaba, y se vio arrastrado con una fuerza inexorable hacia el horrendo pico del monstruo.

En aquel preciso instante, una forma negra y alargada cayó como un rayo sobre uno de los tentáculos que sujetaban al bárbaro.

El oscuro cuerpo había salido de la penumbra como si se hubiera tratado de un proyectil de dimensiones gigantescas. El chasquido de una triple fila de dientes cercenó uno de los tentáculos. La parte cortada soltó la cintura de Conan y se hundió hacia el fondo, retorciéndose como una lombriz partida en dos.

El recién llegado era un enorme tiburón, cuyo macizo cuerpo en forma de huso mediría unas diez yardas de largo. Era de color gris pizarra por encima y amarillento por abajo, y tenía grandes aletas triangulares. Nadó en círculos durante un momento por las verdes aguas. Luego, arqueando la cartilaginosa columna vertebral, se lanzó al ataque con renovado ardor. Sus ojos pequeños, amarillos y vidriosos, trasuntaban un hambre tan feroz que hicieron estremecer al cimmerio.

Ahora, éste se hallaba sujeto por un solo tentáculo, que le rodeaba un pie. La gravedad de la situación confirió una fuerza extraordinaria a los brazos del bárbaro, que apoyó la hoja de la espada en el miembro del pulpo y, después de un intenso forcejeo, logró cortar el tentáculo.

Entonces, Conan quedó libre.

Sin detenerse un solo instante, el cimmerio nadó con verdadera furia, tratando de evitar el meteórico ataque del tiburón. La espada que llevaba en la mano le molestaba y lo inclinaba del lado derecho, de tal modo que tenía que nadar en semicírculos. Pero eso fue suficiente para alejarlo del camino del tiburón, cuyas aletas cortaban las aguas como rejas de arado.

El enorme pez pasó velozmente junto al bárbaro, y sus tremendas mandíbulas, armadas de afilados dientes, chasquearon en el agua. Erró a Conan por tan poco que éste alcanzó a ver las pequeñas escamas que cubrían el vientre del animal… El desplazamiento del agua sacudió al cimmerio como una hoja al viento.

El tiburón giró entonces una vez más, y el bárbaro comprendió que en aquella ocasión su enemigo no erraría. Pero cuando ya avanzaba rápidamente hacia él, tres tentáculos negros se retorcieron en las aguas y aferraron al tiburón. Los brazos del pulpo se movían como serpientes enfurecidas. El tiburón curvó el cuerpo con rapidez, sus dientes chasquearon y otro tentáculo quedó seccionado, y se hundió, retorciéndose. Pero otros tentáculos envolvieron el cuerpo del tiburón.

Conan, con la espada entre los dientes para mantener las manos libres y poder nadar, vio lo que estaba ocurriendo mientras él se alejaba todo lo que podía de la escena del ciclópeo combate. El pulpo había extendido cinco de sus ocho brazos -incluidos los que tenían un extremo cercenado- y aferraba al tiburón por el morro y la parte anterior del cuerpo, cubriéndole las agallas y los ojos. Por más que el tiburón se agitaba y retorcía, era incapaz de atacar a su adversario con las poderosas mandíbulas.

Entretanto, el pulpo se había sujetado a las rocas del fondo mediante las ventosas de sus otros tres brazos, a fin de no ser arrastrado por los movimientos espasmódicos de las aletas del tiburón.

La arena, levantada del fondo por los esfuerzos de los combatientes, oscurecía la escena. Pero ésta se oscureció mucho más aún cuando una nube de tinta, expulsada por el pulpo, se extendió en todas direcciones.

El cimmerio se alegró profundamente de aquella circunstancia.

Enzarzados en su colosal lucha, ni el pulpo ni el tiburón se fijaban en él. Por consiguiente, se alejó nadando de la escena del conflicto. Al cabo de un rato, los dos adversarios desaparecieron de su vista. Conan no llegó a saber si el pulpo logró vencer al tiburón, o si la nube de tinta indicaba que éste estaba triunfando y que el octópodo pretendía así disimular su retirada.

Cuando volvió a apoyar los pies en el fondo marino, a unas ciento cincuenta yardas de distancia, con el fin de seguir avanzando a pie, Conan se sintió contento de ignorar el resultado de la batalla. Delante, pendiente arriba, el fondo se aclaraba a medida que ascendía hacia la superficie del océano. El bárbaro avanzó sin detenerse, haciendo caso omiso de la presión que le oprimía el pecho y del dolor de las piernas, causado por la fuerza que debía desarrollar para vencer la resistencia del agua. Se dio cuenta de que aún le quedaba bastante por andar antes de llegar a la superficie, y sintió enormes deseos de poder respirar de nuevo aire puro y fresco.

El cimmerio prosiguió su marcha a través de las aguas en penumbra. Su extraña figura, coronada por el fantástico casco de cristal, parecía la de un dios fabuloso de las profundidades.

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