Conan de las islas

Robert E Howard · Capítulo 7 de 22

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Conan de las islas

Capítulo 6

El fuego mágico

Una enorme galera verde del desconocido Oeste, efe con el temido

Kraken Negro grabado en la proa, navega a toda vela desde tierras

ignotas, llevando un secreto infernal en sus oscuras bodegas.

EL VIAJE DE AMRA

El sol brillaba en la clara bóveda del firmamento cuando el León

Rojo alcanzó por fin a la misteriosa galera verde que llevaba grabado en la proa el símbolo del Kraken Negro de Atlantis. La galera había huido de ellos durante toda la mañana, empleando no sólo las velas, sino también unos remos que subían y bajaban como si quienes lo manejaban no conocieran el cansancio humano. Pero la carraca salvó palmo a palmo la distancia que separaba a las dos naves.

–Parece ser que renuncia a seguir huyendo -dijo Sigurd con un gruñido.

Como si hubiera comprendido la futilidad de la lucha, la galera aminoró su marcha mientras el León Rojo se acercaba. Ahora se hallaban a un tiro de flecha una de otra. Conan miró el castillo de proa de su barco, donde los arqueros de Yakov se habían parapetado detrás de las defensas colocadas sobre la borda antes del combate y esperaban la orden de disparar.

–¡Qué extraño, Amra! – comentó Sigurd-. ¡Todavía no se ve a nadie en cubierta!

–Es condenadamente raro -asintió el cimmerio-. Al menos deberían tener un grupo para rechazar a quienes los aborden. ¿Acaso es que se ocultan todos abajo como ratones, o es que no hay nadie en la nave, con excepción de los remeros y el timonel?

–Ya nos acercamos -dijo Sigurd. Volviéndose hacia la proa, donde estaban los arqueros, Conan gritó:

–¡Disparad una flecha!

–¡Sí, capitán! – repuso Yakov, y golpeó levemente a un arquero en el hombro.

El que había recibido la orden tensó la cuerda y la soltó enseguida.

La flecha describió un arco y cayó a diez pasos del casco de la nave

enemiga. Durante un momento, la tripulación de la carraca permaneció en silencio, mientras se oía el silbar del viento y el rumor de las Olas.

–¡Disparad otra!

–¡Sí, capitán!

Esta vez, la flecha fue a incrustarse en el esmaltado casco de la galera.

–¡Ya está a tiro! – exclamó Sigurd.

–¡Lanzad una andanada de flechas! – exclamó Sigurd.

–¡Sí, capitán!

Yakov hizo una señal a todos sus arqueros, y las cuerdas emitieron un chasquido al unísono. Con un silbido semejante a una ráfaga de viento, una nube de flechas salvó la distancia que separaba a los barcos y cayó dentro del casco de la galera. Casi todos los dardos dieron en lugares que no alcanzaban a verse desde el León Rojo.

Conan observó el movimiento de los remos de la misteriosa embarcación. Normalmente, una andanada de flechas como aquélla habría dejado fuera de combate a unos cuantos remeros, lo que se hubiera reflejado en el rítmico batir de los remos hasta que las víctimas hubieran sido reemplazadas. Pero los remos seguían subiendo y bajando con un compás imperturbable.

–Deben de tener una cubierta sobre los remeros -dijo Conan irritado.

–Creo que está girando para embestirnos con el espolón -afirmó Sigurd.

–Sí. Mantén la proa en dirección a ellos. Si la colisión es de frente, le romperemos el espolón y lo hundiremos.

El vanir dio algunas órdenes al timonel y a los marineros de las jarcias. Las velas fueron orientadas al viento mientras el León Rojo

evolucionaba hacia estribor a fin de mantenerse de proa a la galera.

Unas manos invisibles parecían manejar las jarcias de ésta.

La galera siguió girando; durante un instante, los dos é barcos avanzaron enfrentándose por la proa. Desde la alta popa, el cimmerio tenía ahora una buena visión de la cubierta de la embarcación enemiga.

No se veía en ella un alma.

Después, la galera, como si hubiera perdido valor a la vista de la alta y recia proa de la barcaza que le venía de frente entre una lluvia de

espuma, giró de nuevo hacia babor, balanceándose ante la rapidez de la evolución. Al estar a sólo cincuenta pasos de distancia, Conan pudo apreciar claramente el símbolo negro grabado en la proa de la galera.

Parecía más bien una nube formada por densos vapores negros, de los que surgían numerosos tentáculos, de un gran pulpo. Pero el ojo rojizo situado en el centro parecía mirar con expresión furiosa y maligna.

Aún no se veía a nadie en cubierta. La nave de casco verde era como un barco fantasma en el que no hubiera habido un solo ser vivo.

–¡No hay vigías en las cofas! – murmuró Sigurd con inquietud-.

¡Tampoco veo a nadie en cubierta, ni timonel en la barra! ¡Por Mitra y por Ishtar, Amra; esto no me gusta nada!

–¡Yakov! – ordenó Conan-. ¡Haz que disparen a través de los portillos enemigos!

Silbaron las flechas. Muchas se clavaron en el casco, pero otras se introdujeron por los orificios y se perdieron de vista. Pero no se oyeron los esperados gritos de dolor y los golpes de los remos al chocar unos contra otros, como habría ocurrido normalmente. Ahora la galera volvía a avanzar con rapidez, y sus velas triangulares se hinchaban al viento. El León Rojo parecía saltar en pos de ella

–¡Yakov, flechas incendiarias! – bramó el cimmerio-. ¡Por Crom que lograré obtener algún signo de vida de esa maldita embarcación!

Hubo algunos momentos de actividad frenética en el castillo de proa, mientras traían antorchas de la bodega y se sumergían trapos en aceite, que luego se ataban a las varas de las flechas. Por último, una cortina de dardos llameantes, que dejaban una estela de humo negro, cruzó el aire y se abatió sobre la verde cubierta vacía del enemigo. Al momento surgieron columnas de humo oscuro desde una docena de puntos del barco; la brisa hizo crecer la humareda.

–¡Ah, hemos logrado algo! – exclamó Conan-. ¡Mira, Sigurd!

Sobre el puente de la ornamentada popa de la galera Vieron aparecer una figura alta y enjuta; ésta, a juzgar por su aspecto, no era la de un hombre de mar. La huesuda silueta estaba envuelta en una túnica de algodón, y una magnífica capa de seda verde cubría sus estrechos hombros. El hombre tenía la cabeza afeitada y sus facciones aguileñas parecían estar fundidas en bronce, tal era su inmovilidad.

Parecía un sacerdote, o un hechicero, más que un marino. El

desconocido permanecía inmóvil sobre la cubierta de popa, contemplando al León Rojo con una mirada venenosa de sus penetrantes ojos negros.

Mientras Conan y su tripulación observaban al extraño individuo, éste levantó su delgado brazo e hizo un ademán singular.

Inmediatamente se extinguieron todos los fuegos que se habían originado en cubierta. Las espirales de humo desaparecieron por completo.

–¡Brujería! – exclamó Sigurd mientras apretaba un hombro de Conan con mano férrea.

–¡Yakov! – ordenó Conan-. ¡Una flecha para ese perro del infierno!

Pero antes de que hubiera podido cumplirse la orden, el individuo de la capa verde arrojó por la borda un frasco que había extraído de sus ropas. El frasco cayó en el agua, entre las dos embarcaciones.

En cuanto el pequeño recipiente de cristal hubo tocado las olas, el agua pareció estallar en llamas. Una muralla de fuego de color carmesí se alzó entre las naves. La tripulación del León Rojo gritó llena de asombro, y un temor supersticioso se reflejó en el rostro de todos. Eran hombres valientes que se enfrentaban con afiladas espadas y flechas sin la menor vacilación, pero ¿quién podía luchar contra aquella poderosa magia?

–¡Brujería! – volvió a exclamar Sigurd-. ¡Por el corazón de Arimán y las barbas de Tammuz! ¿Has visto eso, Amra? ¡Ese hechicero de ojos rasgados forma una muralla de fuego en menos tiempo del que se necesita para escupir!

Al mirar con atención, Conan advirtió que las llamas no se extendían, como habría ocurrido si hubieran sido originadas por algún líquido inflamable. Por el contrario, se mantenían en su lugar, formando un dique llameante que ocultaba casi por completo a la galera y eran tan altas como para amenazar la vela mayor del León

Rojo.

–¡Ocho puntos a estribor! ¡Preparados para la maniobra de velas! –

exclamó Conan-. ¡Vamos a ver si podemos rodear el fuego!

–¡Por las entrañas de Shaitan y las barbas de Ymir, las llamas nos están siguiendo! – gritó Sigurd, aferrándose con tal fuerza a la borda que sus nudillos se volvieron blancos.

Así era, en efecto. Cuando el León Rojo giró hacia barlovento, la pared de fuego avanzó como para mantenerse entre la carraca y la galera. Conan hizo pantalla con la mano para observar la lona de su vela, que estaba en peligro. Hasta el momento, las llamas no la habían afectado, y el humo espeso y aceitoso tampoco llegaba a tiznarlas.

Entonces el cimmerio lanzó una fuerte carcajada.

–¡Atención, timonel! – ordenó-. ¡Avanza en línea recta sin prestar atención al fuego!

–¡Amra, qué demonios…! – comenzó a decir Sigurd, con los ojos desorbitados.

–¡Observa, vieja morsa, y aprende! – repuso Conan con una sonrisa.

El León Rojo embistió contra la pared ardiente como si ésta no existiera. La tripulación del barco no sintió ningún calor cuando pasaron a través de aquélla. Una vez que estuvieron al otro lado, la barrera mágica se esfumó sin dejar rastro. Los tripulantes contemplaron el prodigio llenos de asombro.

–¡Ha sido sólo un espejismo, una ilusión! – exclamó Conan con voz tronante-. ¡Y ahora preparaos para el abordaje, perros! ¡Veremos si a ese mago de adornado ropaje le gusta el frío contacto del acero!

Mientras la proa del León Rojo se acercaba cada vez más a la proa de la galera, los que estaban en la carraca podían divisar el semblante duro, parecido a una máscara, del brujo del cráneo rapado, que gesticulaba lleno de ira. Entonces levantó ambos brazos y su suntuoso manto se extendió al viento como las alas de un legendario ave fénix.

– Hai, Xotli! Cbahuatepakya-xtngothf- gritó con voz ronca.

Las Sombras Rojas se abatieron sobre el mar. Desde el cielo cayeron como lo habían hecho el primer día que aparecieron en el palacio de Conan. Una de ellas se precipitó sobre el timonel, que lanzó un grito y se desplomó sin vida. El León Rojo osciló con fuerza mientras otro hombre corría a ocupar el puesto del caído.

Aquello no era una ilusión, y mientras Conan miraba atónito, el brujo se echó a reír con carcajadas estremecedoras y extendió los brazos para invocar una vez más al Horror de color rojo.

Esta vez, los ojos del mago miraron fijamente al cimmerio.

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