Conan de las islas
Capítulo 19
El talismán de vidrio
El horror nacido del limo primigenio buscabatan sólo satisfacer su
ansia demoníaca cuando la rutilante Atlantis se hundió para siempre en
los abismos del tiempo.
LAS VISIONES DE EPEMITREUS
Cuando Conan accionó la enorme rueda de bronce en la cueva situada bajo la plaza de la pirámide, apareció una grieta en el yeso pintado que cubría una de las paredes verticales de la base del monumento. El yeso se desplomó en verdadera cascada a los pies del coro de sacerdotes. Las puertas de bronce, ocultas bajo el yeso, chirriaron con estridencia mientras se abrían poco a poco hacia afuera.
El cántico murió repentinamente; los sacerdotes retrocedieron, alejándose de las puertas. Se miraron entre sí, asombrados, al tiempo que se hacían diversas preguntas. Detrás de los sacerdotes, miles de antillianos, desde los humildes artesanos que estaban en la plaza hasta los nobles de las gradas, se sintieron inquietos. Todos se ponían de puntillas, miraban y hacían conjeturas.
El sacerdote que oficiaba el sacrificio en lo alto de la pirámide se detuvo en medio de una de las ofrendas cuando estaba a punto de arrancarle el corazón a un rollizo extranjero de barba roja. El sacerdote se inclinó, e hizo una pregunta que se perdió entre el alboroto general.
De repente, se oyó un tremendo silbido tras las puertas abiertas, y al momento el primero de los dragones irrumpió en la plaza. Eran casi cien yardas de cuerpo grisáceo lleno de escamas, con patas musculosas y cabeza oscilante, cuyos ojos de color verde esmeralda observaban la escena que tenía lugar a su alrededor. De las abiertas fauces, similares a las de un cocodrilo, surgía una lengua rojiza que se agitaba nerviosamente.
Los sacerdotes del coro, que eran los que estaban más cerca, echaron a correr entre gritos de espanto. Se abrieron paso entre la turbamulta de antillianos, que a su vez trataban de huir en todas direcciones. Los más débiles cayeron al suelo y fueron pisoteados y muertos por los demás. En las filas posteriores, uno de los sacerdotes se
enredó en su capa y cayó sobre las losas. Antes de que hubiera tenido tiempo de levantarse, las mandíbulas del dragón se cerraron sobre él.
Mientras tanto, otros dragones pasaron ante el primero, todos con la enorme boca abierta, emitiendo pavorosos rugidos. Parecía que nunca iban a terminar de salir. Avanzaban por la plaza y se abalanzaban sobre la muchedumbre de aterrados antillianos. Algunos de estos morían bajo las patas de los enormes dragones; otros eran barridos como muñecos por las inmensas colas llenas de escamas. Por todas partes había dragones con las cabezas levantadas, devorando laboriosamente a sus presas.
Entretanto, en la parte superior de la pirámide roja y negra, se abrió una portezuela. Conan salió al exterior, empuñando la espada de vidrio oscuro que había pertenecido al centinela de la plataforma.
Aspiró a pleno pulmón el aire puro y fresco, tan diferente a la atmósfera fétida y enrarecida de la enorme cueva.
Durante un momento miró hacia abajo; contempló con satisfacción la escena de horror y destrucción que había contribuido a crear.
Algunos de los dragones llegaban hasta las gradas que rodeaban la plaza y corrían por encima de ellas, persiguiendo a los enjoyados nobles.
Desde la altura en la que se hallaba, Conan alcanzaba a ver las calles que conducían a la plaza. Todas ellas eran ahora una riada de enloquecidos fugitivos. Algunos irrumpían por la primera puerta que encontraban. Otros seguían corriendo hasta dejar atrás las mismas puertas de la ciudad, y continuaban su carrera por el campo, enloquecidos por el pánico y el horror.
Volviendo la cabeza en dirección opuesta, el cimmerio miró hacia la cima de la pirámide. Allí donde se alzaba el altar de Xotli, varios grupos de hombres estaban combatiendo. El color de su piel le indicó al bárbaro que algunos de ellos eran hombres de su propia tripulación, que luchaban contra los sacerdotes y soldados de las tropas antillianas.
Entonces, Conan divisó una figura situada a poca distancia de donde él se hallaba. Se trataba del sumo sacerdote del culto de Xotli, reconocible por el esplendor de su manto -ahora hecho jirones- y por sus adornos de oro. Tenía un lado de la cabeza lleno de sangre y estaba inclinado hacia adelante, haciendo ademanes frenéticos con sus
delgados brazos cobrizos y dando órdenes a los sacerdotes y soldados que lo rodeaban.
En la base de la pirámide, justamente debajo de donde se hallaba el gran sacerdote, uno de los dragones miró hacia arriba mientras su rosada lengua cortaba el aire. El monstruo comenzó a subir por las escaleras del costado de la pirámide.
Una sonrisa maligna iluminó el barbudo rostro del cimmerio. Éste introdujo su espada bajo el cinto, y se acercó dando saltos hacia el lugar donde se encontraba el sumo sacerdote. Luego se le acercó despacio, desde atrás, sin que aquél lo viese. Sin decir una sola palabra, Conan apoyó las manos en la espalda del alto oficiante, y le dio un fuerte empujón.
El sumo sacerdote cayó desde lo alto de la pirámide hasta los escalones inferiores. Luego fue rodando hasta caer ante el dragón, que subía por los peldaños de piedra. Entonces se oyó un sonoro crujido, y unas mandíbulas se cerraron sobre el amo supremo de Antillia.
El dragón se detuvo para engullir su alimento.
En lo más alto de la pirámide, Yasunga seguía agitando sus cadenas como un látigo, en tanto que el sudor perlaba su frente de ébano. Otro pirata y un sacerdote rodaron sobre la piedra, aferrándose mutuamente el cuello con las manos. Milo, el contramaestre, por su parte, había enredado sus cadenas en la lanza de un soldado y trataba de hacerle soltar el arma. Artanes, el zamorio, luchaba con dos antillianos a la vez, empuñando una espada que había recogido del suelo. Sigurd intentaba abrir los grilletes de algunos de los piratas, mientras que otros lo defendían de los ataques de sacerdotes y soldados, que pretendían recuperar las llaves. La mayoría de los antillianos había huido de la cima de la pirámide, pero otros seguían luchando con los prisioneros.
Al tiempo que profería un grito de guerra, Conan ascendió con unas pocas zancadas el corto trecho que le faltaba para llegar a la cúspide del monumento, y se lanzó a la pelea. Protegido como iba por la cota de malla, constituía un enemigo temible, aun para todo un grupo de antillianos. Asestó feroces golpes a varios de ellos,. que se desplomaron de inmediato.
Con la mirada llena de terror supersticioso, los antillianos cedieron terreno ante Conan, que daba estocadas aquí y allá con su afilado acero, cambiando constantemente de posición, razón por la cual se hacía muy difícil abatirlo. Aunque no fuera tan ágil como en su juventud, su ataque era el más temible que habían visto los antillianos.
–¡Un demonio! ¡Es un demonio! – gritaban, al tiempo que iban retrocediendo.
. Pronto no hubo nadie entre el cimmerio y Sigurd. Éste alzó la mirada.
–¡Amra! – exclamó el vanir-. ¡Por Crom, Mitra y todos los dioses, pensábamos que habías muerto!
–¡Todavía no, Barbarroja! – repuso el cimmerio-. ¡Todavía tengo que matar a unos cuantos enemigos!
Conan miró lo que estaba haciendo Sigurd, y éste se explicó:
–Estoy tratando de soltar estos malditos grilletes, pero no lo consigo. Me temo que los antillianos nos volverán a atacar.
–La llave es un procedimiento demasiado lento -dijo Conan con un gruñido-. Veamos si el vidrio corta el vidrio. Apoya la cadena sobre la losa del altar.
«El cristal de las espadas y el de las cadenas -se dijo el cimmerio-están hechos básicamente del mismo material. Pero así como el acero de una espada está mejor templado que el hierro de una cadena corriente, el vidrio del arma puede tener una dureza superior a la de los eslabones. Hay que comprobarlo.”
La espada resplandeció cuando el bárbaro la levantó por encima de su canosa cabeza. La hoja silbó al bajar, y se estrelló contra la piedra.
Uno de los eslabones de la cadena voló en pedazos, que brillaron como diamantes.
–¡Ahora el siguiente! – exclamó Conan.
El arma del bárbaro fue cortando una cadena tras otra, hasta que los piratas quedaron en libertad. A medida que eran liberados, buscaban algún arma por las cercanías y se lanzaban a la lucha.
Entonces, el resto de los sacerdotes y soldados de la cima de la pirámide huyeron lanzando gritos de desesperación y abandonaron el lugar de sus enemigos.
Conan echó una mirada hacia abajo. Los dragones habían llamado la atención de la mayoría de los antillianos, lo que le permitió a Conan liberar a sus compañeros.
Para entonces, la plaza estaba casi vacía de nativos. Aquí y allá se veía algún dragón dando caza a un aterrado fugitivo. Los soldados que no habían huido en la confusión general formaban compactas falanges, erizadas de lanzas, con las que mantenían a raya a los dragones.
Algunos sacerdotes se hallaban entre los soldados, a los que arengaban sin cesar.
La mayoría de dragones había abandonado la plaza. Hartos ya de comer, casi todos buscaban un lugar tranquilo para tumbarse a digerir la comida. Algunos avanzaban por las calles de la ciudad detrás de la espantada muchedumbre, y cruzaban las puertas para dirigirse al campo. Otros se encaminaron hacia el puerto, se arrojaron al agua y nadaron a lo largo de la costa. Mientras Conan miraba, la última pareja de dragones desapareció de la plaza de la pirámide.
Los sacerdotes reunieron a los soldados que quedaban en la explanada y les dieron instrucciones. Algunos señalaron hacia la cima de la pirámide y gritaron, exhortando a los piratas a atacar. Al cabo de un rato, varios cientos de pequeños soldados cobrizos formaron grupos armados ante la pirámide, por todos sus costados. Otros llegaban corriendo con cestos llenos de globos de cristal que contenían gas soporífero.
Conan entrecerró los ojos mientras reflexionaba. Como los dragones ya no estaban allí para luchar del lado de los piratas, no cabía duda de que las bien entrenadas huestes de Ptahuacán darían buena cuenta de los filibusteros. Los dioses serían testigos de su magnífica resistencia.
–¿Los atacamos, Amra? – preguntó Sigurd, empuñando un sable de material cristalino-. Por las barbas de Nergal e Ishtar, que después de pasar varios días en sus hediondos calabozos, alimentado con trozos de sebo, será un placer cortar unas cuantas de esas cabecitas cobrizas y dejar al descubierto sus malolientes entrañas. ¡No tienes más que dar una orden, camarada! ¡Estamos todos dispuestos!
Conan asintió, con un extraño brillo en los ojos. Estaba a punto de levantar la espada para conducir a sus hombres a la última y gloriosa
carga, y caer ante las armas de filo cristalino, cuando…
Una temible sombra se cernió por encima del cimmerio. Éste levantó los ojos y divisó el torbellino de negrura que era el Demonio del Más Allá.
¡Por Crom! ¿Cómo podía haber olvidado a aquel ser maligno llegado del espacio sideral? El sangriento ritual que lo había atraído a este mundo desde la impía dimensión en la que moraba le había dado forma y sustancia dentro de nuestro reino de la materia. Ni siquiera la interrupción de la ceremonia, en la que debía de haberse debilitado su ser, pudo lograr la disolución de su existencia física ni rompió el hechizo que le daba vida en el mundo de los hombres.
Había permanecido al margen, contemplando las escenas de pánico y matanza, y observando con fría malevolencia la destrucción de los antillianos y la liberación de las víctimas destinadas a su festín sobrenatural. Ahora, su inteligencia inhumana había entrado en acción.
Mientras se cernía con movimientos pulsátiles sobre la tripulación pirata, envió tentáculos de fuerza mental desde su centro oscuro y vertiginoso para explorar.
Conan sintió como si unos dedos helados e intangibles estuvieran taladrando zonas secretas de su mente, entrando a saco en sus recuerdos, del mismo modo que un filibustero saquea un templo remoto y oculto. Notó la presencia de pensamientos ajenos que penetraban en lo más recóndito de su consciencia. Su poderosa personalidad se rebeló contra aquella violación mental.
Y allí, en la batalla más extraña de su vida, el cimmerio luchó contra los tentáculos inmateriales de las tinieblas. En aquel mundo del pensamiento, su mente se enfrentaba a otra mente. Pero parecía que no había escudo de bronce ni espada de acero manejada por un firme brazo que pudiera repeler la invasión de aquellos tentáculos mentales, que se insinuaban poderosamente en su cerebro.
Poco a poco, notó que sus miembros iban perdiendo fuerza, hasta que apenas pudo tenerse en pie. Pero seguía luchando, aferrándose a la vida y a la consciencia con la tenacidad feroz de la naturaleza primitiva. Empezó a defenderse de la insidiosa fuerza que lo atenazaba,
y sintió que su mente rechazaba los fuertes tentáculos de Xotli, anulándolos después de cada embate.
Con una rapidez mortífera, la otra mente inició un ataque de otro tipo.
Sus tentáculos atacaron los centros de energía física de Conan y comenzaron a despojarlo de su fuerza vital. La vista del cimmerio se debilitó, sus oídos percibieron tañidos de campanas invisibles. Sintió que caía por un pozo de insondable negrura…
Pero seguía luchando, procurando escudar su mente del ser que le sorbía la energía vital.
En el rugiente torbellino de su rebelde cerebro, surgió un tenue recuerdo que llegó a la turbulenta superficie de su consciencia. Recordó haberse hallado en espíritu en la oscura entraña del monte Golamira, mientras el majestuoso espectro de Epemitreus el Sabio le hablaba serenamente. Una vez más oyó la voz del anciano filósofo y hechicero que susurraba:
-Tan sólo te otorgaré un don. Lleva esto en todo momento, ya que en
la hora de la necesidad puede representar tu salvación. No agregaré nada
más al respecto, pues cuando llegue la hora tu corazón te dirá cómo
emplear este talismán.
El cimmerio recordó vagamente aquel enjoyado talismán que centelleaba en su mano cuando se despertó en el silencio de sus aposentos reales de Aquilonia. Era el talismán que llevaba colgado al cuello desde aquel día.
La fuerza había abandonado sus poderosos miembros, pero todavía quedaba en él algo de la indomable energía que lo salvara de tantos peligros a lo largo de su agitada vida. Ahora, en el momento más peligroso de su existencia, trató de poner en juego sus recursos más recónditos.
Llevó al cuello su mano delgada y llena de cicatrices, extrajo el fénix de cristal que tenía debajo de la cota de malla y rompió la cadena de un tirón.
Un manto negro cubrió el cerebro de Conan, y el cimmerio dejó caer el talismán, que emitió un sonido cristalino al dar en la piedra.
Con el último vestigio de consciencia que le quedaba, el cimmerio puso el pie sobre el amuleto y lo aplastó, lo redujo a fragmentos. Luego,
el bárbaro se sumergió en un mar de insondable negrura.
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