Conan de las islas
Capítulo 20
Los dioses de la luz y de las
tinieblas
F cuando te enfrentes al poder del Kraken,
alimentado en el rito cruento del sacrificio,
¡no desmayes donde otros hombres flaquearon
¡Y rompe de un golpe el fénix de cristal!
las visiones de epemitreus
Desde algún lugar remoto, más allá de los fríos y tenebrosos abismos, una voz tenue y lejana lo estaba llamando…
Conan notó que volvía en sí, que su cuerpo recobraba la energía.
Sintió unas manos callosas que lo aferraban, y un suelo de piedra áspera sobre el que se arrastraban sus piernas. Jadeó y respiró hondo.
Luego abrió los ojos, todavía aturdido, y se encontró apoyado en el corpachón de Sigurd Barbarroja, por un lado, y en Goram Singh, por el otro.
–¡En nombre de Crom, dejadme! – protestó el cimmerio-, ¡Puedo andar solo!
Los dos hombres se detuvieron y lo ayudaron a ponerse en pie.
–Bueno, eso es lo que yo pensaba -gruñó Conan al comprobar que sus miembros endebles apenas lo sostenían.
Habría caído rodando por el costado de la pirámide si sus compañeros no lo hubieran cogido rápidamente.
Lo hicieron sentar en uno de los escalones de piedra que llevaban a la cima. Conan sintió como si un millón de agujas al rojo vivo le pincharan los miembros a medida que la circulación de la sangre volvía a la normalidad. Miró a su alrededor, tratante de recobrar la plenitud de sus facultades.
Un silencio denso y extraño reinaba en el lugar. Sus dos ayudantes lo habían bajado hasta la mitad de la escalera. Abajo había varias columnas de soldados formados. Pero los pequeños hombres cobrizos de coraza de vidrio no prestaban atención a los piratas. Con los ojos desorbitados, e intenso terror en el rostro, miraban hacia arriba.
Conan se volvió para observar la cúspide del monumento, y sintió que se le helaba la médula de los huesos. Muy alto, por encima de ellos
y del templo de piedra roja y negra, latía una extraña fuerza, que oscilaba y tomaba forma lentamente.
–Se formó a partir de la joya que aplastaste con el pie -musitó Sigurd, mirando hacia arriba con inquietud-. Sólo Mitra sabe lo que ocurre allí, pero todos oímos una voz interior que nos advertía que nos marcháramos con toda rapidez. ¡Qué me aspen, pero toda esta hechicería logra confundirme aún más de lo que estaba!
Conan sonrió suavemente. En lo alto se alzaba un polvillo diamantino de luz fulgurante, formando torbellinos sobre los restos pulverizados del talismán de vidrio. La negra nube de Xotli aún se cernía sobre el altar de piedra y sus tentáculos oscuros y humeantes se agitaban inquietos, como si hubieran notado la presencia de un temible enemigo.
Las partículas giratorias de luz adquirían cada vez más brillo, convirtiéndose en una vorágine de fulgor que la vista apenas podía soportar. Unos brazos en forma de espiral brillaron contra la oscura masa de Xotli, como millones de estrellas en el oscuro firmamento.
Conan se estremeció, como si su piel hubiera sido acariciada por los fríos vientos que soplan en los abismos siderales. La luminosidad tomó forma, y envolvió a Xotli en un abrazo multitentacular. Mitra -pues Conan se dio cuenta de que se trataba de ese dios- habló entonces. El estruendo de mil tempestades resonó en la plaza de la pirámide. Se conmovió la tierra, y la misma pirámide osciló bajo los pies de los piratas; luego, se desplomaron algunos de sus bloques. Con un rugido ensordecedor se hundió gran parte de la plaza, llevándose por delante a cientos de pequeños soldados cobrizos y levantando una enorme nube de polvo. Conan comprendió que se había hundido una parte de la caverna de los dragones.
–¡Vámonos de aquí! – exclamó el cimmerio.
Se puso en pie, y bajó tambaleándose por los escalones que faltaban hasta llegar al pie de las escaleras. Detrás de él descendieron los piratas, en primer lugar, los que iban armados. Pero al llegar abajo no encontraron a nadie con quien enfrentarse. Los soldados antillianos habían huido. Después de arrojar sus armas al suelo, los cobrizos guerreros que no se habían hundido con la plaza avanzaban hacia las
puertas de la ciudad, arrojando sus espadas, cascos y corazas de cristal mientras escapaban a fin de correr mejor.
–¡Recoged esas armas! – ordenó Conan-. ¡Vamos hacia el puerto!
Muy arriba, los dioses de la luz y de las tinieblas estaban enzarzados en una tremenda batalla. Fieros relámpagos surgían de la forma luminosa, sobre la cual se abatían los tentáculos oscuros y humeantes.
La tierra temblaba bajo los pies de los hombres. Al otro lado de la plaza, el enorme y grisáceo Vestíbulo de los Dioses se desplomó, arrojando una lluvia de escombros y enseguida desapareció detrás de una densa nube de polvo. Como un gigantesco árbol abatido por un leñador, se vino abajo la torre alta y fina, que se desplomó con un estruendo e hizo retemblar el suelo bajo los pies de los piratas.
Conan condujo a sus hombres al trote por las calles de Ptahuacán, sin prestar atención a los pocos antillianos con los que se cruzaban.
Éstos, profundamente aterrados, ignoraron asimismo a los Fugitivos, pues estaban demasiado preocupados por su propia salvación.
–¡Vamos por aquí! – gritó el cimmerio-. ¡Al puerto, antes de que esta maldita ciudad desaparezca del todo!
Detrás de ellos se alargaban las sombras del atardecer sobre las ruinas de la plaza, aunque de cuando en cuando estallaba un relámpago más intenso que la luz del mediodía. El combate sobrenatural seguía produciendo sonidos estremecedores, que retumbaban entre los edificios de piedra. Entre rayos de insoportable luz, la nube negra comenzó a replegarse sobre sí misma. Luego se encogió rápidamente… y se disipó en el aire hasta desaparecer por completo.
Las fuerzas sobrenaturales que habían permanecido en tensión durante la lucha quedaron en libertad. La ciudad se estremeció como el parche de un tambor, y muchos otros edificios se derrumbaron.
Desapareció la plaza de la pirámide. En su lugar apareció una bola de fuego mucho más brillante que el sol, que resplandeció durante unos momentos y, luego, se extinguió con un trueno que ensordeció a todos los que aún se hallaban en la ciudad.
Una gigantesca nube de humo negro se alzó sobre la ciudad destruida y se condensó en las alturas. Por encima de ella, aún se
dejaron ver los relámpagos del dios de la luz. Luego, éstos también se desvanecieron, y la humeante columna comenzó a disiparse, mezclándose con la oscura nube de polvo que cubría Ptahuacán. Aquí y allá surgía la humareda espesa de una casa en llamas.
Poco a poco, la ciudad de Ptahuacán fue volviendo a la vida. La gente comenzó a regresar de los campos circundantes. Pero al volver, los atemorizados antillianos se llevaron una sorpresa.
No encontraron a ningún sacerdote. La mayoría de estos habían perecido con la caída de los templos o habían huido de la ciudad. En el interior de Ptahuacán solo quedó un hombre a la cabeza de un grupo organizado; era Metemphoc, el rey de los ladrones.
Mientras la ciudad estaba casi vacía, sus disciplinadas huestes se habían apoderado de los grandes edificios que aún permanecían en pie y de los depósitos de armas. A los pocos sacerdotes que encontraron, los mataron. Abrieron los calabozos, y dejaron en libertad no sólo a numerosos delincuentes compañeros de la banda de Metemphoc, sino también a cientos de antillianos que bajo un pretexto u otro habían sido encarcelados para su posterior sacrificio a Xotli. Muchos de ellos se pusieron a las órdenes de Metemphoc, pero otros se negaron por miedo a los sacerdotes y a sus dioses, o prefirieron esperar a ver qué bando triunfaba.
Los sacerdotes que habían huido al campo lograron reunir una pequeña fuerza de soldados que aún les seguían siendo fieles e intentaron abrirse paso por las armas hasta la ciudad. Pero la banda de Conan, que se había armado hasta los dientes, los sorprendió por la retaguardia y los hizo huir de nuevo desordenadamente.
Así pues, bajo la dirección del viejo y astuto Metemphoc, la gente de Ptahuacán se dedicó a reparar los daños sufridos y a iniciar su reconstrucción. Es probable que el amo de los ladrones no fuera el gobernante ideal, pero, sin duda, no sería peor que los sacerdotes que durante tantos siglos habían tiranizado aquella ciudad. De esta forma, en aquel último vestigio de la gran civilización de Atlantis, reinaron al fin cierta paz y un sereno bienestar.
Y tal vez, desde algún espacio ignoto situado más allá de las estrellas, los espectros de aquellos antiguos dioses que en épocas pasadas dominaron desde los cielos de Atlantis, y que más tarde se
volvieron contra la isla continente y provocaron su hundimiento en las simas del mar verde porque los nativos se dedicaron al negro culto de Xotli, tal vez aquellos dioses muertos sonrieron complacidos y, con el escaso poder que aún les quedaba, otorgaron su bendición a los antillianos.
¡Por Crom que era un verdadero placer sentir una sólida cubierta de madera bajo los pies, aunque fuese la de un navío extranjero, como aquélla! Después de la caída de Ptahuacán -ocurrida un mes y medio antes-, Conan había comido y bebido hasta saciarse. Agotado por la tremenda lucha sostenida, tanto debajo de la ciudad como en ella, el cimmerio había dormido sin parar durante un día y dos noches. Pero en los días que siguieron, mientras hablaba con sus hombres y comía por tres, Conan recuperó sus antiguas fuerzas.
Ahora, cuando el alba pintaba el oriente de oro y carmesí, el bárbaro recorrió la dorada cubierta del barco-dragón y aspiró con deleite la brisa salina, que alzaba una tenue bruma fría de la cálida superficie del mar, no lejos de la verde costa del archipiélago.
Sentía un profundo contento. ¿Viejo, él? ¿Apto tan sólo para yacer moribundo entre unas sábanas y suplicar que lo ayudaran a fenecer sin dolor?
Nada de eso. Era muy capaz de pasarse una noche entera con una mujer, y dejarla exhausta pero feliz. El ansia de aventuras aún inundaba su pecho. ¡En su enjuto organismo todavía quedaba vitalidad suficiente para una aventura o dos, al menos!
Conan golpeó la dorada borda con mano firme, del mismo modo que un jinete palmea el blanco sudoroso de un inquieto corcel. La última aventura…
El cimmerio miró a su alrededor. Con el ojo infalible del antiguo pirata, Conan se había apoderado del mejor barco que había en el puerto, en el mismo momento en que llegara jadeando al frente de sus hombres, mientras la ciudad se desplomaba a sus espaldas. Los había conducido a aquel barco de guerra, el mejor que viera en toda su vida.
Éste había derrotado al León Rojo cuando, algunos meses antes, apareció entre las brumas como monstruo volador. Conan se echó a reír cuando recordó el temor que la extraña nave había producido en sus hombres.
Y no fue fácil acostumbrar a la tripulación a aquel navío, que el bárbaro decidió llamar Dragón Alado. Los piratas, conservadores como todos los marinos, no aceptaron con gusto aquellos extraños aparejos.
Sugirieron, en cambio, que podía ponerse a flote y repararse el casco del León Rojo, que se hallaba varado en una playa cercana. Pero Conan descubrió que su antigua nave estaba demasiado dañada para poder ser reparada. El casco había ardido en varios lugares; carecía de mástiles y aparejos, y enmendar todo aquello habría supuesto un enorme esfuerzo. Resultaba mucho más práctico trasladar las armas y demás vituallas a las bodegas del Dragón Alado.
Luego fueron necesarios muchos días de práctica para familiarizar a la tripulación con la maniobra del exótico barco, y para hacer las reformas que Conan juzgó convenientes. Por otro lado, el dragón Alado
era una galera; por consiguiente, requería una tripulación más numerosa que un barco de vela del mismo tamaño. Por fortuna, hubo muchos jóvenes antillianos de espíritu aventurero que decidieron unirse como remeros a la tripulación pirata.
En aquel momento, Sigurd Barbarroja subía por la escala al puente de popa, escupiendo y renegando con aire bonachón.
–¡Ah, Amra! – exclamó-. ¿Qué tal has dormido?
–Como un tronco -repuso el cimmerio. Sigurd se encogió de hombros, y miró hacia el lugar donde la bruma matinal ocultaba las siete islas de Antillia.
–Aún deben de quedar allí cientos de muertos sin sepultar -dijo el vanir-. ¡Por las barbas de Ishtar, que admiro de verdad la forma en que sabes armar una revuelta!
–¿Qué quieres decir? – preguntó el cimmerio.
–Nada, nada. Sólo que sabes atraerte como nadie la admiración de tus hombres, que serían capaces de dejar media ciudad en ruinas por seguir siempre a tu lado.
–Sí -dijo Conan riendo-. Y yo sería capaz de dejar en ruinas la otra mitad por no perder a un viejo chacal como tú.
–Resulta grato oírte decir eso, Amra, sobre todo ahora que ya no soy el de antes -dijo el vanir, que, mirando hacia la costa de Antillia, agregó-: Creo que hubiéramos hecho bien en aceptar la oferta de Metemphoc y entrar a su servicio como mercenarios.
Conan negó con la cabeza, y, sin perder la sonrisa, repuso:
–Quienes hemos sido reyes, tenemos orgullo como pocos. No servimos a otros hombres si podemos ser dueños de nuestros propios actos.
El sol ya estaba en lo alto, e iluminaba el cielo con su brillante luz.
Las gaviotas de blanco plumaje volaban en círculo lanzando graznidos, y las olas lamían mansamente el casco recién calafateado y pintado del
Dragón Alado. Conan volvió a respirar hondo. A su lado, Sigurd observó con interés a su viejo amigo.
–¿Y ahora, Amra, adonde vamos? – preguntó-. ¿De vuelta a las islas Barachas, o a recorrer las costas de Estigia y de Shem?
Conan volvió a negar con la cabeza, y enseguida contestó:
–Este barco no se ha hecho para cruzar un océano tan ancho. Con tantos remeros que alimentar, jamás lo conseguiríamos.
–Aquella galera verde que vimos al principio lo logró.
–Sí, pero yo no soy un hechicero, ni puedo hacer que una tripulación de fantasmas empuñe sin descanso los remos de mi nave.
Conan se quedó pensando durante un momento. El viejo Metemphoc le había contado muchas cosas. «Más al oeste aún, en los confines del mundo, existe un vasto continente», le había dicho el veterano ladrón. Los antillianos lo llamaban Mayapán, y a veces hacían incursiones por sus costas en busca de oro, esmeraldas y otros minerales. Allí iban también a buscar jóvenes esclavas de piel bronceada, así como aves que proporcionaban vistosas plumas, y grandes felinos parecidos al tigre cuyas pieles doradas con manchas negras constituían inapreciables objetos de adorno.
Había allí algunos países bárbaros, fundados por renegados procedentes de Atlantis y Antillia. En esas naciones se oficiaban extraños cultos, como el de la Serpiente Gigante y el del Tigre de Dientes de Sable, que mantenían una feroz rivalidad entre ellos, si bien ambos competían en el número de abominables sacrificios humanos que realizaban, similares a los de Ptahuacán.
El cimmerio se dijo que se trataba de un nuevo mundo; en efecto, un mundo de selvas impenetrables y de llanuras sin fin, de montañas gigantescas y de ocultos lagos; un mundo de ríos caudalosos que se retorcían como serpientes de plata derretida entre densos follajes de
color esmeralda, y donde pueblos remotos veneraban a dioses nunca vistos, de poderes temibles y extraños…
¿Qué aventuras y qué paisajes les aguardarían en la lejana y misteriosa Mayapán?
Conan siguió reflexionando. Metemphoc, el rey de los ladrones de Ptahuacán, lo había llamado «Kukulcán». No sabía si era un antiguo apodo propio de la lengua antilliana, o se trataba de una rudimentaria imitación de su propio nombre, «Conan el cimmerio», o de una frase similar. El bárbaro no lo sabía, y probablemente nunca lo sabría.
Pero estaba seguro de que si se dirigía hacia aquel nuevo mundo, donde la gente jamás había visto a un hombre con barba, provisto de armas de acero, sin duda podría conquistar otro vasto imperio. Lo venerarían como a un dios, llevaría parte de la civilización del mundo antiguo al nuevo, y se convertiría en un héroe de leyenda al que cantarían durante siglos y siglos…
–¡Por Crom! – dijo al fin el cimmerio-. Vamos a comer algo mientras tratamos del asunto. Pensar en la conquista del mundo, sin duda, abre el apetito.
Los dos hombres descendieron al camarote. Algunas horas después, la enorme nave que la gente de Mayapán llamaría después Quetzalcóatl
-es decir, la serpiente alada o emplumada- levaba anclas. El barco navegó hacia el sur y luego, después de rodear las islas de Antillia, avanzó hacia el oeste.
Pero la antigua crónica, que terminaba aquí, no revelaba el lugar
preciso hacia el cual se dirigieron los navegantes.
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