Conan de las islas
Capítulo 13
Los ladrones de Ptahuacán
Desde alguna dimensión desconocida y lejana llega una oscura
esencia maligna, y quienes dejan abierta la puerta de la Tierra han de
sucumbir al igual que la vida terrenal
LAS VISIONES DE EPEMITREUS
Conan dejó que su cautivo le condujera por las callejuelas, que se hacían cada vez más sórdidas a medida que se internaban por la parte antigua de la ciudad. Allí, en los huecos de las puertas, se acurrucaban mendigos harapientos, en tanto que las emperifolladas rameras se asomaban desde las ventanas para requerir la atención del transeúnte ocasional.
Cuando entró en aquel barrio antiguo de los bajos fondos, el cimmerio comenzó a intuir la antigüedad de la ciudad. Allí, los peldaños de piedra y las rampas estaban tan desgastados que formaban huecos debido al paso de incontables generaciones. Las mismas piedras de los muros estaban gastadas por el roce de millones de hombres. El tiempo, el viento y la lluvia habían erosionado parte de la piedra, transformándola en restos porosos. Muchos edificios de aquella zona se habían desmoronado y estaban en ruinas, poblados tan sólo por las ratas. La hierba crecía entre las piedras, donde también crecía la maleza en lo que antes habían sido patios y jardines.
La presencia de un sacerdote-hechicero debía de ser poco habitual en aquel ambiente, pero a pesar de ello nadie dio muestras de extrañeza, y Conan pasó con su pequeño guía de rostro de hurón sin que los siguiera prácticamente ninguna mirada. Daba la sensación de que en aquella zona de Ptahuacán cada uno se desentendía de los asuntos de los demás y sólo se preocupaba de los propios, tal vez como medida de protección.
Sólo cuando se acercaron a la guarida principal de los ladrones, Conan se dio cuenta de que estaban siendo vigilados. Cuando pasaron por el sinuoso callejón, flanqueado por paredes que se inclinaban peligrosamente, el cimmerio vio delante de sí dos siluetas fornidas, armadas con cachiporras, mientras que otra pareja venía detrás. Todos eran demasiado altos y corpulentos para ser antillianos y llevaban tan
sólo un astroso delantal de cuero. Al mismo tiempo que clavaban en Conan sus ojos de mirada sombría, los cuatro hombres avanzaron hacia el lugar donde se encontraba el cimmerio con su prisionero.
Conan soltó al ladrón, y empuñó la espada que llevaba debajo de la capa. El pequeño individuo se alejó rápidamente, y luego se volvió y gritó a Conan una andanada de improperios que el bárbaro apenas entendió. Enseguida explicó su situación a los cuatro individuos.
–Me apresó después de haberme apoderado de un poco de oro en polvo del puesto de Hatupep -dijo el ladrón-. No sé qué demonios pretende, pero…
–Cálmate, Itzra -dijo uno de los individuos con un gruñido-.
Averiguaremos lo que quiere.
Avanzando con rapidez, el hombre levantó su cachiporra cubierta de clavos de bronce. Conan se echó a reír, apartó los pliegues de la capa y bajó la capucha que le cubría la cabeza. Su espada silbó al salir de la vaina, y los atacantes se detuvieron como si hubieran tropezado con una pared invisible. Pero Conan pudo comprobar que esto último no se debía al simple terror.
–¡Por todos los infiernos! – exclamó uno de ellos-. ¡Eso es hierro, o yo estoy borracho!
Otro lanzó una imprecación y miró atentamente al cimmerio, observando con asombro su estatura, su melena y su barba, así como sus penetrantes ojos azules.
–¡Dioses de la muerte! – dijo al fin-. ¿Quién es ese hombre? ¡Jamás habíamos visto uno igual en Antillia!
Con la espada apoyada contra un muro, Conan lanzó una nueva carcajada y volteó la espada de un lado a otro, amenazando a los cinco bribones.
–Yo soy el que ha robado la ropa a su propietario, amigo -dijo con voz ronca-. Y no soy ningún espía de las autoridades, si es eso lo que pensáis. Por el contrario, deseo ver a vuestro jefe por asuntos de negocios que nos beneficiarán a todos. Y lo veré, lo queráis o no.
El cimmerio mantuvo la espada en posición horizontal, a fin de que se reflejara en ella la luz del día. Los cuatro malhechores y el ratero retrocedieron, mirando al extranjero con creciente alarma. Por raro que fuera, su espada parecía interesarles más que él mismo. Conan
pensó que en aquellas tierras tal vez carecían de mineral de hierro, si bien conocían la existencia de éste por antiguas leyendas transmitidas de generación en generación desde los lejanos días de Atlantis.
–Y ahora -agregó Conan con un gruñido-, ¿vais a llevarme ante vuestro jefe o preferís luchar?
Los cinco individuos prefirieron la solución pacífica.
El señor de los bajos fondos de Ptahuacán era un hombre enormemente gordo llamado Metemphoc. Su rostro era como una masa grasienta con un par de ojillos negros que brillaban como fragmentos pulidos de obsidiana. La boca parecía un tajo que cruzaba su rostro redondo y aceitunado, y la nariz era una mera burbuja entre los hinchados carrillos.
Tenía su sede en un conjunto de sótanos abandonados, situados debajo de las ruinas de unas mansiones que se alzaban en el extremo de una callejuela inmunda. Las paredes, con el revoque caído en su mayor parte, estaban adornadas con atractivos tapices de extraño diseño, mientras que sobre el suelo se extendían esteras y pieles de animales muy diversos. De algunos incensarios surgían emanaciones que llenaban el aire de ricos aromas. El lujo y el esplendor de la morada de Metemphoc contrastaban con la miseria que se advertía en el exterior.
A semejanza de un grueso sapo, el rey de los ladrones se hallaba envuelto en sedas y reclinado sobre numerosos cojines. Estaba escuchando el relato del cimmerio con rostro impasible, y no pronunció una sola palabra hasta que Conan hubo concluido su historia. Luego, después de un largo silencio, Metemphoc examinó al bárbaro desde la cabeza a los pies, deteniéndose en la espada, que descansaba sobre las rodillas de Conan, con la misma atención que poco antes lo habían hecho sus hombres.
Al tiempo que suspiraba, el jefe de los ladrones se frotó los carrillos con sus gordos dedos, con lo cual brillaron las innumerables piedras preciosas de sus anillos. Luego lanzó una carcajada gutural y pidió más vino y más carne a sus servidores.
–¡Por los dioses del latrocinio, gran hombre! – dijo al fin-.
Metemphoc jamás oyó un relato semejante en su pobre y mísera vida.
Y tengo la impresión de que todo lo que cuentas es verdad. En efecto, con esa melena bárbara y esa cara peluda, con esos raros ojos incoloros
y, ejem, con un acento que estos cansados oídos apenas pueden comprender, no tengo más remedio que creer que llegas de una desconocida tierra del Este. Y eso a pesar de que nuestros bienamados amos, ¡ja!, los santos sacerdotes, nos aseguran que en esa dirección no hay más que una inmensa extensión de agua, sin una sola partícula de tierra.
Conan y Metemphoc brindaron amistosamente. El cimmerio bebió con avidez el vino, que era dulce y picante, muy distinto a los que había probado hasta entonces. Era indudable que se trataba de una bebida fermentada, pero no de uva sino de algún fruto sólo conocido en el país.
El bárbaro se sentía muy a gusto en aquel lugar. De manera instintiva, él y su rollizo anfitrión parecían entenderse perfectamente.
Aunque nacidos a miles de leguas de distancia y surgidos de culturas muy diferentes, ambos hablaban el mismo lenguaje de los marginados por la ley.
Mientras bebían, los servidores trajeron la comida y la colocaron en la mesa baja que había entre los dos comensales. Conan engulló con deleite los manjares. Además de los platos antillianos que ya conocía, le sirvieron bayas y nueces de diversas clases. El ágape terminó con un fruto grande de forma extraña, que tenía un racimo de hojas alargadas en la parte superior. Metemphoc cortó en rodajas la pulpa amarilla, que tenía forma de anillo. Al principio, el cimmerio halló extraño el sabor del fruto, pero luego empezó a saborearlo con deleite.
Entre bocado y bocado, los dos hombres sostenían una animada conversación.
–En efecto, he sabido de esa extraña nave -dijo Metemphoc-, llena de bárbaros extranjeros, que nuestra guardia costera capturó hace pocos días. Ésa es una de las razones por las cuales creo en tu relato.
–Entonces, ¿mis hombres se encuentran con vida? – preguntó Conan.
–Están vivos, o al menos lo estaban hasta anoche -repuso el antilliano-. Se encuentran en un calabozo debajo de la Antesala de los Dioses, esa fortaleza grisácea que se alza en el extremo de la plaza de la Gran Pirámide.
–¿Qué destino les espera? – preguntó Conan.
–Serán destinados a los sacrificios en un templo que se alza en la cima de la Gran Pirámide.
–¿Cómo? – exclamó el cimmerio y, con un movimiento involuntario, derramó parte de su vino.
–Lo que he dicho. Servirán de ofrenda al dios demonio Xotli, según el rito que hemos heredado de los antiguos habitantes de Atlantis…
El cimmerio sintió que se le erizaba el cabello mientras su interlocutor le explicaba, con toda indiferencia, las ceremonias de los sacerdotes del país. Antes de la desaparición de Atlantis, los sacerdotes de Xotli habían constituido una poderosa facción que veneraba a su dios demonio con temibles ritos de sangre y terror. Cuando los Altos Dioses destruyeron Atlantis a causa de sus pecados, los sacerdotes de Xotli y sus esclavos huyeron de las tierras que se hundían. Lo hicieron en una flota de naves aéreas propulsadas por la misteriosa fuerza que llamaban vril.
Conan ya había oído hablar de esas naves voladoras de los habitantes de Atlantis. Imaginó que con el paso del tiempo aquellos navíos habían quedado en desuso, o no pudieron volar debido a la carencia del combustible adecuado. Y el secreto de su funcionamiento y fabricación se perdió en los períodos de barbarie y efusión de sangre que siguieron al Cataclismo. Por consiguiente, ya no existían aquellas naves en la Edad Hiboria.
Los sacerdotes de Xotli se habían dirigido al sudoeste desde el continente sentenciado, y tomaron tierra en un archipiélago apenas conocido que llamaron Antillia. Estaba formado por siete grandes islas del océano Occidental, entre Atlantis y un continente mucho más grande que llamaban Mayapán y que se encontraba más al oeste.
Cuando llegaron los hombres de Atlantis, encontraron en las islas una raza de salvajes pequeños, cobrizos, de ojos rasgados y parecidos a los que constituían el pueblo de Mayapán. Dominaron con facilidad a estos indígenas y los redujeron a la misma esclavitud que a los servidores que habían traído con ellos. En los milenios transcurridos después del Cataclismo, la sangre de los hombres de Atlantis y de los antillianos se había mezclado, y en consecuencia el archipiélago estaba habitado por una raza única y mestiza.
Desde los primeros días de la conquista de Antillia y de la fundación de Ptahuacán, la casta sacerdotal, bajo la hereditaria Jerarquía de los Sagrados Misterios de Xotli, había gobernado con mano de hierro, a pesar de algunos estallidos ocasionales de rebelión por parte de los súbditos. Los dirigentes mantuvieron bajo control a las masas, diciéndole al pueblo que todas las tierras, incluso Mayapán, se habían hundido junto con Atlantis, y que el mundo no era más que una inmensa superficie acuosa, que se extendía en todas direcciones desde Antillia hasta los confines de la tierra, donde el mar se juntaba con el cielo y las estrellas se alzaban entre la espuma de los mares sin límite.
–¿Y tú crees todo eso? – preguntó Conan. Metemphoc se rió suavemente y repuso:
–Si me lo preguntara un sacerdote, le diría que sí. La mayoría de la gente lo cree, o al menos carece de las agallas necesarias para poner en duda las enseñanzas de sus amos. Pero aquí, entre nosotros, somos unos cuantos los que sabemos que Mayapán todavía existe, y vuestra llegada nos ha demostrado que hay otras tierras en el mundo.
–¿Por qué los sacerdotes proclaman esas falsedades, si saben que no es cierto?
–Eso los ayuda a mantener a sus súbditos bajo un control más efectivo. Si creen que no hay otro lugar a donde marcharse, se resignarán a permanecer esclavos del férreo gobierno de los sacerdotes de Xotli.
–Háblame de ese dios-demonio y de sus ritos -pidió el cimmerio.
Entonces Metemphoc le explicó que Xotli, el Señor del Terror, era un dios-demonio de la Noche Antigua. Se había aparecido a sus adoradores como una densa nube muy oscura, como una vorágine de frío boreal semejante al de los vientos que soplan entre las estrellas. El dios bebía el alma viva de los que morían sacrificados en los altares de las pirámides. A fin de sostener los vínculos entre la Jerarquía de los Misterios de este mundo y del Demonio de la Oscuridad, en las profundidades sombrías de las dimensiones desconocidas que existen más allá del universo, la esencia vital de las víctimas era proyectada al abismo.
Con toda calma, el grueso maestro de ladrones le explicó al cimmerio la forma en que miles de prisioneros desnudos eran
inmolados en lo más alto de la enorme pirámide negra y carmesí que había entrevisto Conan detrás de los niveles más altos de la ciudad antigua. Allí, en los Altares de la Noche Eterna, los sacerdotes-hechiceros abrían el pecho de las víctimas vivas, les arrancaban el corazón con cuchillos de cristal de origen volcánico y lo ofrecían a la vertiginosa nube de siniestra oscuridad que se formaba por encima de la pirámide y que permanecía allí durante varias horas, nutriéndose del hálito vivo de las almas humanas. Luego, arrojaban los cadáveres al pozo de alguna caverna escondida.
Conan gruñó, y sus ojos centellearon fieramente mientras escuchaba este relato. La idea del sacrificio humano no le asombraba, pues había visto muchos derramamientos de sangre en el curso de su larga vida, y tales prácticas no eran desconocidas entre las naciones del propio mundo de Conan, en plena Edad Hiboria. Pero que sus propios amigos y seguidores fueran a sucumbir en medio de ritos tan bárbaros, eso ya era algo muy diferente.
El cimmerio bebió una buena cantidad de efervescente vino y dijo:
–¿Y qué sabes acerca de las Sombras Rojas?
Entonces, Conan se enteró de que la población de Antillia había mermado considerablemente a causa de los constantes sacrificios, por lo cual los sacerdotes-hechiceros se vieron obligados a viajar muy lejos con el fin de conseguir víctimas para aplacar la sed de sangre del dios Xotli. Primero realizaron incursiones por las costas de Mayapán; luego, cuando los nativos de aquella zona bárbara y escasamente poblada se dispersaron por los bosques impenetrables, los sacerdotes comenzaron a viajar en otras direcciones.
–Las Sombras Rojas, como tú las llamas -agregó Metemphoc-, son los espíritus servidores del Oscuro. Hasta hace poco, yo no supe que la Jerarquía (¡cuyo espíritu ojalá se reencarne en un mísero gusano!) había realizado incursiones en las tierras que hay hacia el este. Sin duda, el Negro Xotli tiene un hambre muy voraz. Los sacrificios de nuestra propia gente se han vuelto tan numerosos últimamente que la ciudad está medio vacía, como habrás podido ver. Calles y plazas enteras han sido despojadas de sus gentes. Otros han huido por miles a los montes o a las islas vecinas, temiendo que sus vidas terminaran en el altar de la pirámide. Pero el dominio de los sacerdotes se extiende
también hacia allí, y no les resulta difícil cazarlos en aquellas tierras.
Ésa es la razón de que exista la Guardia Costera, que se apoderó de tu navío. Dicho cuerpo vigila los puertos y apresa a todos los que, cuestionando las afirmaciones de los sacerdotes, intentan escapar a alguna tierra remota allende el mar.
Las manos delgadas y llenas de cicatrices de Conan se abrieron y cerraron en el vacío, como si aferraran el cuello de algún enemigo.
–Ahora comprendo el objeto de las Sombras Rojas -dijo-. Por lo que he podido ver de la hechicería en mi propia tierra, sé que una vez que una oscura fuerza del más allá ha logrado poner su pie en el mundo de los hombres requiere un número cada vez mayor de sacrificios para mantener su poderío. Los demonios del Oscuro son… -
no sé cómo decirlo en tu lengua-, son negativos. No es que sean nada,
sino que son menos que nada. La fuerza vital fluye hacia ellos para llenar el vacío de su falsa existencia. Pero ese vacío jamás podrá ser llenado y necesita cada vez más cantidad de fuerza vital, con el fin de sostener esa ilusión, esa apariencia ficticia de vida. ¿Me has comprendido?
–Desde luego -repuso Metemphoc-. Sigue hablando, te lo ruego.
–Pues bien, amigo ¿has llegado a pensar que si no se los detiene, los servidores del Negro Xotli van a asolar las tierras de nuestro mundo hasta que éste quede desprovisto de vida humana? Y luego se apoderarán de todas las formas superiores de vida animal, con lo cual en la tierra no quedarán más que peces y gusanos. Por esta razón, la sombra de Epemitreus trató de advertirme acerca de esta pervertida religión que debió haberse hundido con Atlantis hace más de ocho mil años.
–Por lo que me dijo el espectro de ese hombre sabio -respondió Metemphoc-, podría afirmarse que los dioses te han elegido a ti, extranjero, para que medies entre el mundo de los vivos y el de las Sombras del Mal. Según parece, sólo tú podrás inclinar la balanza del mundo hacia la vida o hacia la muerte.
–Sí -musitó Conan-. Pero ¿cómo podré conseguirlo?
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