Conan de las islas
Capítulo 16
En la guarida del dragón
AI oír el roce de las escamas sobre la piedra,
Amra supo que no estaba solo…
el viaje de amra
Al principio creyó que estaba muerto, que el mar de la vida había arrastrado su cuerpo inerme hasta las orillas del otro mundo.
Permaneció inmóvil durante algún tiempo, parpadeando tan sólo para eliminar el agua que le impedía ver con claridad. Luego, poco a poco, Conan fue recobrando la consciencia y se dio cuenta de que había sobrevivido.
Por increíble que pareciera, aún estaba con vida. Según toda lógica, tendría que haber muerto, se tendría que haber ahogado debido al peso de su cota de malla y al rodar y golpear contra el fondo a causa de la rápida corriente.
El cimmerio se apoyó sobre un codo y miró a su alrededor. Vio que se encontraba en otra vasta caverna que, curiosamente, no se hallaba completamente a oscuras. A medida que se fue aclarando su visión, descubrió miles de puntitos de luz verde sobre las distintas paredes y el techo de la cueva. Por un momento, pensó que se encontraba al aire libre y estaba viendo el fulgor de las estrellas, pero comprendió que estas luces no tenían el brillo uniforme de aquéllas ni estaban distribuidas de forma tan regular.
Permaneció tendido sobre la arena gruesa y húmeda de la orilla del río subterráneo al que había ido a caer. La corriente entraba en aquella amplia caverna por un túnel bajo, que podía entrever apenas al otro lado de las aguas; luego efectuaba una curva pronunciada hacia la izquierda y desaparecía por otro oscuro orificio.
El brusco cambio de dirección de las aguas debió de haber arrojado su cuerpo casi sin vida contra el talud situado en la parte exterior de la curva, y algunos restos de fuerza lo impulsaron tal vez a arrastrarse fuera del alcance de las aguas. Luego, seguramente, se había desvanecido.
Conan se incorporó y se sentó, y se examinó el cuerpo al tenue fulgor de las paredes de la cueva. No apreció ninguna herida grave,
exceptuando algunas contusiones y cortes sin importancia, sobre todo donde lo habían mordido las ratas o se había golpeado contra las rocas del fondo del río. Tenía los pantalones destrozados y las botas perforadas por los dientes de los roedores, de modo que se le veían los dedos y los tobillos a través del cuero. Por fortuna, la fría agua del río subterráneo le había limpiado las heridas.
Sobre los anillos de su cota de malla se había formado una fina capa de óxido, por lo que ésta emitía un débil chirrido cuando el bárbaro se movía. Aún conservaba la daga, pero había perdido la espada después de su caída a las aguas del río.
Finalmente se puso en pie y, después de tambalearse unos instantes, recuperó el equilibrio. Le dolían todos y cada uno de los músculos de su poderoso cuerpo de la agotadora batalla que sostuviera contra los roedores, pese a que tenía la certeza de haber dormido todo un día y una noche, al menos.
Conan flexionó sus rígidos músculos para activar la circulación, y un renovado vigor pareció inundar su vapuleado cuerpo. Se despojó de la vaina vacía de la espada, que de nada le servía.
Entonces, se dio cuenta de que tenía un hambre feroz e intensa sed.
Se acercó a la orilla y apaciguó al momento la sed. Pero comprendió que no le sería tan fácil satisfacer el hambre devoradora que sentía.
Lamentó no tener a su alcance alguna de aquellas gigantescas ratas que lo habían atacado, pues no le habría importado comérsela.
En ese momento atrajeron su atención un movimiento y unas formas borrosas que entrevió bajo la superficie del agua. Se dio cuenta de que en aquel río había peces. Buscó una roca saliente y se tendió sobre ella, observando las aguas con la paciencia del veterano cazador.
Pasó el tiempo. De pronto, Conan sumergió su largo brazo, y casi al momento lo extrajo, aferrando por las agallas un pez que se retorcía con violencia. Cortó la cabeza del pescado en la roca, le quitó las escamas con la daga y se comió cruda su firme y blanca carne. Cuando hubo terminado, se lavó la sangre y las pocas escamas que tenía en el rostro y las manos, y se dispuso a explorar los alrededores.
En primer lugar se dirigió a la pared más cercana de la caverna, avanzando cautamente a fin de no caer en algún agujero que no divisara a causa de la semioscuridad reinante.
Llegado al sitio donde se unían el suelo y la pared de la cueva, Conan observó el más cercano de los objetos luminosos que estaban dispersos por las paredes, y vio que tenía el tamaño y la forma del dedo de un niño. Demasiado cauto para tocar cualquier objeto desconocido, Conan extrajo su daga, y con la punta removió el elemento luminoso.
Éste se desprendió de la pared, cayó ante sus pies y, ya en el suelo, rodó por el piso de piedra de la cueva. Al mirarlo de cerca, el cimmerio vio que se trataba de una especie de gusano luminoso, de los que había por millares, emitiendo su luz fosforescente por toda la caverna.
Conan gruñó de sorpresa, y al instante se extinguieron los puntos luminosos que estaban más cerca de él, creando una gran mancha oscura. El bárbaro permaneció inmóvil, observando, y al cabo de cierto tiempo brillaron nuevamente las lucecillas, tenues al principio y después con su luminosidad normal. Era evidente que los sonidos de cierta intensidad asustaban a los gusanos, los cuales, como medida defensiva, dejaban de emitir su luz.
La luz le permitía ver lo suficiente a su alrededor, pero el cimmerio se dio cuenta de que para entonces debía de hallarse muy lejos del camino que se había trazado al principio. Al huir de las ratas, lo hizo por los pasadizos que le parecieron más convenientes, como era lógico, sin preocuparse de la ruta que tan cuidadosamente había memorizado con ayuda de Metemphoc, el rey de los ladrones. No parecía que tuviera posibilidades de volver sobre sus pasos y seguir su antiguo camino. Aun cuando pudiera seguir el curso del río hasta el lugar de su caída, no tenía el menor deseo de volver a encontrarse con la horda de gigantescas ratas, y menos ahora que no tenía la espada.
Siguió explorando la enorme caverna, de cuyo suelo se alzaban grandes estalagmitas que se unían con las estalactitas que colgaban del techo. Estos colosales pilares naturales recordaron al cimmerio las columnas de los templos primitivos dedicados a los dioses del mundo subterráneo. Su tamaño empequeñecía a cualquier objeto.
Ahora que había aplacado un tanto el hambre, Conan pensó de qué forma podría conseguir un arma más efectiva que la daga que tenía.
Aunque ésta era un arma fuerte, de hoja ancha, el bárbaro se dijo que necesitaba algo que tuviera mayor alcance, pues desconocía qué otros moradores podían habitar en aquel mundo subterráneo.
Observó que las estalagmitas eran todas romas en su extremo superior. Las estalactitas, por el contrario, tenían una punta afilada y podían servirle como pica o como lanza. Levantó una pesada piedra y la arrojó contra una de las columnas. La estalactita se rompió, y Conan recogió en el aire la punta antes de que se partiera contra el suelo. El ruido del impacto hizo que la mitad de los gusanos fosforescentes de la cueva apagaran su luz. Luego, poco a poco, volvieron a emitir su brillo habitual.
Empuñó su nueva arma. Se trataba de una pica de piedra de más de una yarda de largo, gruesa como su puño por un extremo, que se estrechaba por el otro hasta convertirse en una fina punta. Aunque ésta no era tan afilada como la de una espada o lanza, podría traspasar el cuerpo de un hombre si la manejaba alguien con la fuerza de Conan.
Incluso podía usarla como maza o arrojarla a corta distancia, como una lanza.
Armado de esta manera, Conan se sintió capaz de enfrentarse a los seres desconocidos de aquel reino de tinieblas. Siguió investigando con cautela el terreno hacia donde la caverna parecía extenderse con mayor profundidad.
Mientras avanzaba, notó que la cueva se estrechaba y que el techo se hacía más bajo. Los gusanos luminosos ya eran menos abundantes, por lo que el cimmerio debió extremar sus precauciones al andar en una creciente oscuridad. Temía caer en alguna profunda sima.
De pronto tropezó con una irregularidad del suelo, y fue a dar contra una estalagmita de su misma altura. Ésta se rompió, y produjo un gran estrépito que resonó en las paredes de piedra. Enseguida se extinguieron las luces de los pocos gusanos, dejando al bárbaro en las tinieblas.
–¡Arimán se trague estas malditas cuevas! – dijo con un gruñido malhumorado.
Luego siguió avanzando en la misma dirección, pero tanteando con la punta de la estalagmita a guisa de bastón.
De pronto, tocó con la pica de piedra algo que se movió. Conan se quedó inmóvil, aguzando la vista y el oído para ver si podía identificar la cosa que se había cruzado en su camino.
Un fuerte silbido surgió de la oscuridad que había delante de él. Era como el de una serpiente, pero mucho más intenso. Un hedor rancio, como de reptil, llegó hasta la nariz del cimmerio. Éste lo hubiera percibido mucho antes, pero la brisa soplaba desde su espalda, llevándose por consiguiente el olor en dirección opuesta.
La frente de Conan se cubrió de sudor. ¿Habría caído en un nido de serpientes? A semejanza de muchos bárbaros del norte, detestaba los ofidios que pululaban en las selvas de las cálidas tierras meridionales.
Varias veces en su vida había tenido encuentros con serpientes de tamaño monstruoso, algunas con la cabeza tan grande como la de un caballo.
Tratando de escapar en silencio, el cimmerio dio un paso atrás.
Entonces, percibió un sonido, como si algo pesado se hubiera arrastrado a sus espaldas. Conan se detuvo inmediatamente y contuvo la respiración, a fin de que ni el menor sonido pudiera traicionar su presencia.
Por entonces, los gusanos fosforescentes comenzaron a emitir nuevamente su luz. Pero apareció otra ante el cimmerio; se trataba de una luz de color verdoso, que se alzaba a la altura del rostro de Conan.
Éste comprendió que era un enorme ojo, que se movió; al hacerlo, el cimmerio vio el otro ojo del animal.
Cuando la luz de los gusanos hubo alcanzado su intensidad normal, Conan descubrió que estaba en presencia de un dragón, un reptil similar a un lagarto, pero de tamaño muchísimo mayor. Éste medía una docena de yardas de largo y tenía las mandíbulas entreabiertas, que dejaban ver sus enormes colmillos curvos. De su boca surgía una lengua bífída, como la de las serpientes, que se agitaba en el aire y entraba y salía con rapidez.
Conan corrió directamente hacia la penumbra en busca de una salida en torno al gigantesco reptil. El dragón se levantó sobre las patas traseras, y se abalanzó sobre Conan con las garras extendidas, avanzando en forma extraña, pero con amenazadora rapidez.
Al tratar de esquivar al reptil, Conan se halló ante la entrada de un pasadizo lateral. Los gusanos luminosos eran allí escasos, y el cimmerio se internó con todo cuidado. Hacia el frente se veía una luminosidad más fuerte, que no era verdosa, sino que se asemejaba a la luz del día.
A sus espaldas, Conan oía las garras que arañaban en la piedra con cada paso que daba el monstruo. También las escamas de la cola del reptil emitían un ruido extraño al rozar contra el suelo. «A cielo abierto
-pensó el cimmerio- sería capaz de dejar atrás a uno de esos dragones en una carrera, pero aquí debo extremar las precauciones para no caer en un pozo, o resbalar y perecer en las fauces del animal.»
El túnel que estaba recorriendo desembocó en otra cueva, donde la luz le permitió descubrir nuevas amenazas. Tenía otros dos dragones delante: uno se hallaba dormido, mientras que el otro estaba terminando de comer.
Conan se precipitó entre los dos grandes reptiles en el preciso momento en que abría los ojos el que estaba dormido. El otro tragó con fuerza, y la comida desapareció dentro de su boca. El hecho de que uno estuviera dormido a medias y el otro devorando su alimento fue providencial para Conan, y seguramente le salvó la vida.
El dragón que lo perseguía irrumpió en la caverna lanzando un hondo y sonoro rugido y, al momento, los tres echaron a correr detrás del cimmerio.
Aquella caverna era una especie de antesala de otra mucho más vasta, iluminada por un rayo de luz que entraba por un hueco del techo. La habitación, que en apariencia había sido agrandada por obra del hombre, era de forma más o menos cuadrada. Hacia un lado se alzaba una enorme puerta de bronce similar a la que Conan viera en la fachada de la gran pirámide de la plaza de Ptahuacán.
Hacia el otro lado de la cueva habían clavado en la piedra cierto número de clavos por pares, que formaban una especie de escalera desde el suelo hasta una altura de ocho yardas. Allí se veía una pequeña plataforma que se abría a un túnel. Conan tuvo la fugaz impresión de que había un hombre en aquella plataforma. Le pareció un antilliano armado, pero no pudo confirmar aquella impresión.
Su atención se centraba fundamentalmente en la parte central de la cueva, donde había seis dragones de piel grisácea. Entre ellos había uno que sin duda era un cachorro y medía tres yardas de largo, hasta otro de unas dieciséis yardas de longitud. Estaban colocados en círculo, con las cabezas hacia el interior del mismo, y directamente debajo de la abertura del techo. Todos levantaban la mirada en dirección al lugar
por donde entraba la luz, como si hubieran estado dedicados a algún misterioso rito animal. Recortadas crestas de escamas recorrían sus lomos desde el hocico hasta la punta de la cola.
Para entonces, Conan tenía los pulmones llenos del olor a almizcle que exhalaba del cuerpo de los enormes reptiles. Entre las inmundicias que cubrían el suelo de la caverna, Conan descubrió la correosa superficie de unos huevos de reptil mucho mayores que los de las avestruces de Kush. También se divisaban restos humanos a medio devorar: aquí un cráneo, allí una pierna, más allá parte de un brazo.
Conan se internó en la habitación seguido por los tres dragones. Los seis del centro bajaron la cabeza y se quedaron mirando con ojos que parecían grandes gemas verdes. Cuando sus rudimentarios cerebros captaron la idea de que allí había más alimento, corrieron hacia el cimmerio, azotando el suelo con sus colas escamosas.
A la derecha del bárbaro se abría otro túnel. Saltó hacia él, pero, cuando se disponía a penetrar en su interior, la aparición de dos pares de ojos de color esmeralda y el rozar de escamas contra la piedra lo detuvieron en seco. Eran otros dos dragones que habían sido despertados por el ruido y se acercaban a investigar.
Dio la vuelta en redondo y corrió hacia las puertas de bronce. Pero éstas no cedieron a pesar de los esfuerzos que realizó el desesperado cimmerio.
Los dragones se acercaban a él formando un semicírculo. El sudor inundaba la frente de Conan y, al caerle sobre los ojos, le producía escozor.
El cimmerio pensó que su situación era peor ahora que en el enfrentamiento con las ratas. Aquellos, al menos, eran animales de sangre caliente; remotos antepasados del hombre, según afirmaban algunos eruditos del palacio. Pero estos gigantescos saurios se hallaban en el extremo opuesto de la escala animal respecto al hombre.
Eran monstruos surgidos del primer cieno de la tierra, remanentes del amanecer de los tiempos, aquel tiempo en que enormes cataclismos habían sacudido al mundo, millones de años antes de que el primer hombre apareciera erguido sobre sus patas posteriores y luchara para llegar a dominar el planeta.
Los reptiles se abalanzaron sobre el cimmerio como pesadillas vivientes surgidas de algún infierno aterrador.
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