Conan el vengador

Robert E Howard · Capítulo 8 de 15

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Conan el vengador

Capítulo 6

Traición en Oriente

–¿Y cómo gobierna su Alteza Real, la Devi? – preguntó Conan al grueso tabernero mientras saboreaba el aromático vino de Vendhia.

Confiado en su disfraz de kshatriya, se había aventurado a entrar en la taberna, no sólo para calmar su sed, sino también para obtener alguna información acerca de la encantadora mujer cuyo imperio él había salvado tiempo atrás. Antiguos recuerdos volvían a su memoria.

En la mirada del atento cimmerio había una expresión de nostalgia.

Aunque la taberna estaba casi vacía, el tabernero adoptó un aire cauteloso y se acercó a él, para poder hablar con discreción.

–Ah, la Devi Yasmina gobierna con sabiduría y mano firme, a pesar de que no tiene un consorte que la apoye. Pero la nobleza asegura que el trono necesita la presencia de un espíritu guerrero. Se rumorea que su primo, Chengir Khan, tiene la mirada puesta en el poder supremo, y también en la Devi. Hasta ahora, sin embargo, ella ha rechazado sus proposiciones, pero el sentir del pueblo no tardará en obligarla a dar ese paso. La dinastía debe perdurar: Yasmina tendrá que cumplir con sus deberes para con el trono y el país.

El rollizo verdugo echó una rápida mirada hacia la puerta, que estaba abierta. Se oyeron unos pasos pesados y ruido de armas, y un grupo de soldados hizo alto frente al establecimiento. Llevaban escudos y espadas sobre la cota de malla. Con disciplina profesional, se detuvieron a la orden de su jefe.

El veterano oficial entró en la taberna y, después de echar un rápido vistazo a los que estaban dentro, posó la mirada en la figura de Conan y se dirigió hacia donde se hallaba el tabernero.

Habló con éste en voz muy baja. Un par de botellas cubiertas de polvo pasaron por encima del mostrador. El oficial las guardó en una bolsa de seda que llevaba en la mano y, cumplida su misión, salió de un par de zancadas y dio una orden tajante. El destacamento se alejó con paso regular por donde había llegado.

Conan echó una mirada indiferente a la tropa cuando ésta se marchaba. Tan sólo pensaba en Yasmina, sola en su palacio, gobernando el reino sin la ayuda de un consorte real. Pero luego se

encogió de hombros y se dijo que los problemas internos de Vendhia no eran de su incumbencia en aquel momento.

Por el contrario, debía preocuparse de sus propios asuntos. Al día siguiente saldría de viaje hacia Oriente, en dirección a las estribaciones más cercanas de los montes Himelios, y para tan larga jornada tenía que estar bien descansado. Su colosal organismo podía resistir penalidades inconcebibles para un hombre civilizado, pero a pesar de ello, cuando se trataba de misiones peligrosas, el instinto del cimmerio lo impulsaba a descansar cuanto pudiera, como un animal de presa antes de una larga cacería.

–¡A ver, tabernero! – llamó Conan-. ¿Tienes una habitación para pasar la noche? Estoy exhausto. Estos viajes por el desierto agotan a cualquiera.

La noche de Oriente cubría a la ciudad de Ayodhya como un manto tibio y acariciador. Las estrellas brillaban, esplendorosas como diamante contra la negrura del firmamento, y la luna menguante se recortaba hacia el oeste. Antorchas y fogariles iluminaban las calles de la ciudad. De los palacios surgían risas, sonidos musicales y el rumor de pasos de danza, en tanto que de los templos se alcanzaba a oír el sonido austero de los batintines y las voces de los coros de creyentes.

Conan se despertó de repente, con los músculos tensos, dispuesto a entrar en acción. Había oído un ruido en la puerta de su cuarto. Estaba tendido en su lecho, vestido tan sólo con sus pantalones de seda.

Entonces se puso en pie sin hacer ruido, como un lobo alerta, y desenvainó la espada.

Alguien hacía girar lentamente el picaporte. Cuando la puerta comenzó a abrirse, Conan se escondió detrás de ella. Entonces apareció una figura pequeña y cubierta de velos, que entró con aire furtivo. El desconocido se detuvo, como asombrado de encontrar la habitación vacía.

Conan escuchó con atención. No alcanzaba a percibir ningún ruido en el pasillo; era evidente que el misterioso visitante había venido solo.

Pero el propósito que lo guiaba era una incógnita para el cimmerio.

Cualquier vendhio que hubiese reconocido a Conan habría llevado con él a todos los centinelas de la ciudad. Eran muchos los kshatriyas que no habían olvidado al jefe de los bandidos de Ghor, aunque habían

pasado bastantes años desde que éste bajara de las montañas con sus hordas para saquear la ciudad.

El bárbaro no deseaba que la incógnita se prolongara por más tiempo. En consecuencia, salió súbitamente de detrás de la puerta y, con la rapidez de un relámpago, tapó con la mano derecha la boca del desconocido, que poco después yacía sobre el lecho como un niño a pesar de su desesperada resistencia.

–¿A qué has venido a este cuarto? – le preguntó Conan al desconocido, cuyos ojos lo miraron asustados-. ¡Habla de una vez, pero en voz baja!

Le quitó la mano de la boca al cautivo y le apartó el velo del rostro.

Tenía delante de él los labios llenos y la nariz recta y fina de una mujer vendhia. Con una voz que recordaba las campanillas de plata de los templos del país, la mujer repuso:

–Vine a buscarte para llevarte ante mi ama. Ella ha sabido de tu llegada y desea hablar contigo. Vístete y acompáñame ¡De prisa!

El cimmerio entrecerró los ojos con recelo.

–¿A qué viene semejante prisa, muchacha? ¿No puede tu ama dejarme dormir en paz, y hacerme llamar por la mañana?

–Durante el día, muchas personas del palacio de mi señora reconocerían a Conan de Ghor. Y ella no quiere verte descuartizado entre dos elefantes salvajes.

Al oír esto, el cimmerio se puso en guardia y preguntó:

–Conan de Ghor, ¿en? ¿Cómo sabes quién soy? ¿Qué desea tu ama, y quién es ella?

–No puedo revelártelo, pero cuando salí del palacio me dijo: «Si duda, dile que la muchacha galzai del monte Yimsha desea pagarle las ropas que él una vez le ofreció».

¡Yimsha! Los pensamientos de Conan retrocedieron trece años atrás, a los días tremendos en que había atacado a los malignos brujos del Círculo Negro, y provisto a una chica de las ropas que compró (con la ayuda de su espada, pero pagando las prendas en monedas) a una muchacha galzai que iba a buscar agua a un pozo. ¡La joven a la que había vestido era Yasmina en persona!

–Así pues, tu ama es la Devi, ¿verdad? – preguntó con un gruñido-.

¿Por qué no me lo dijiste desde el principio?

–En efecto, es la Devi, y desea verte. ¡Vamos, pronto!

Con la rapidez que daba la práctica, el cimmerio se vistió y se armó sin ayuda. La muchacha abrió en silencio la puerta y miró hacia fuera.

Luego hizo un gesto a Conan, y ambos bajaron furtivamente las escaleras y salieron a la cálida noche estival.

El camino era sinuoso; avanzaban con toda cautela. No había duda de que eran ciertos los rumores acerca de intrigas que Conan escuchara en la taberna, ya que la joven se detenía a menudo para echar rápidas miradas por encima del hombro. En varias ocasiones se desvió por estrechas callejuelas más oscuras que la misma noche, con el evidente propósito de confundir a posibles perseguidores.

En una de esas callejuelas, un enorme mastín de ojos brillantes se abalanzó sobre ellos con las fauces babeantes, desde una puerta entreabierta. Una rápida cuchillada del cimmerio dejó al perro sin vida sobre el empedrado. En otra ocasión apareció un grupo de hombres harapientos al final de la calle, bloqueándoles el paso. La blanca sonrisa de Conan y el aire decidido con que aferró su espada hicieron que los merodeadores -ladrones ocasionales, sin dudase marcharan a toda prisa. Ningún otro peligro volvió a amenazarles por el camino.

Pronto concluyó el recorrido. Se encontraron ante la elevada muralla que circundaba el palacio real, cuyas altas torres se recortaban contra el cielo. El cimmerio percibió el aroma de las flores y de los frutos exóticos que había en los jardines interiores. La muchacha examinó la superficie del muro, y finalmente presionó en dos salientes al mismo tiempo. Sin hacer el menor ruido, una parte de la pared se abrió hacia dentro, dejando ver un pasadizo tenuemente iluminado.

La muchacha pasó delante mientras, llevándose el índice a los labios, imponía silencio a Conan. La puerta secreta se volvió a cerrar a sus espaldas, y Conan siguió a su guía con la mano derecha apoyada en la empuñadura de su espada. Estaba seguro de que Yasmina no pretendía hacerle ningún daño, pues en tal caso no lo habría atraído de aquella manera. De todos modos, el cimmerio estaba alerta, como era habitual en él.

Subieron por una escalera de piedra, pasaron por oscuros corredores y se detuvieron finalmente ante una puerta. La muchacha

observó por una mirilla que había a la altura de los ojos: luego empujó una palanca, y la puerta se abrió. Al entrar, la muchacha le dijo:

–Espera aquí, mi señor, y le diré a mi ama que has llegado.

La joven salió de la habitación con paso presuroso, en tanto que Conan se encogía de hombros y echaba un vistazo distraído al cuarto en el que se encontraba.

Éste estaba lleno de los ricos objetos propios de un monarca oriental. Había hermosos tapices de seda, copas y frascos incrustados con piedras preciosas y muebles de ricas maderas. Pero un gusto exquisito realzaba todo aquel lujo. Conan advirtió que se trataba del cuarto de una mujer, ya que a un lado se veía un tocador con su costoso espejo turanio. Encima estaban dispuestos algunos frascos de jade, plata y oro, que seguramente contenían preciosos ungüentos de Oriente. La presencia femenina se advertía asimismo en el esplendor de un gran lecho con sus cortinas de seda, que colgaban de un dosel de rico paño shemita.

Conan asintió con la cabeza, como aprobando la calidad y el gusto de lo que observaba. Aunque era un curtido guerrero, sus días como rey le habían enseñado a rodearse de un ambiente cómodo, aunque no excesivamente opulento. Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando escuchó un ruido a sus espaldas. Giró rápidamente con la mano en la empuñadura de la espada, pero enseguida se contuvo.

Quien acababa de entrar era Yasmina. Cuando la vio por primera vez, ella estaba en su tierna juventud; tenía apenas veinte años. Trece años después, era una hermosa mujer madura. La sabiduría con la que gobernaba su país se le reflejaba en la mirada, pero el ajustado vestido de seda que llevaba puesto revelaba que la figura juvenil de antaño se había convertido en el cuerpo deseable de una mujer en la flor de la vida. Era tal la belleza de formas de aquel cuerpo, que muchos poetas se hicieron famosos describiéndolo. De haber sido vendida en el mercado de esclavas de Sultanapur, sin duda hubieran dado por ella mil monedas de oro. El bello rostro de Yasmina se llenó de alegría; se detuvo a un par de pasos del cimmerio, y murmuró, con los brazos entreabiertos:

–¡Mi caudillo de las montañas, has vuelto!

Conan sintió que la sangre le latía en las sienes cuando se adelantó y tomó a la mujer en sus brazos. Mientras estrechaba el cálido y esbelto cuerpo de Yasmina contra el suyo, ella agregó:

–Nadie nos molestará, mi adalid. He ordenado a los centinelas que se retiren esta noche. La entrada a este cuarto está bloqueada con fuertes cerraduras. ¡Ámame, mi adalid! Durante trece años anhelé sentir tu abrazo en mi cintura. No he vuelto a ser feliz desde que nos separamos, después de la batalla del valle de Femesh. ¡Tómame en tus brazos, y haz que ésta sea una noche que ninguno de los dos podamos olvidar jamás!

En otro lugar del palacio había cinco hombres, sentados en una habitación ricamente amueblada. De vez en cuando tomaban unos sorbos de unas jarras de oro, mientras escuchaban a uno de ellos, un individuo alto y de piel morena.

–¡Ahora es el momento! – decía éste-. ¡Esta noche! Acabo de saber que Yasmina ha mandado retirar a la veintena de centinelas que siempre protegen sus habitaciones. Seguramente habrá sido el capricho de una mujer, pero servirá a la perfección para nuestros fines.

–Mi señor Chengir -dijo otro de los presentes-. ¿Es realmente necesario matar a la Devi? Yo he combatido contra las tropas turanias en la frontera, y me abrí paso entre los montañeses en las celadas que nos tendieron, pero no me complace la idea de matar a sangre fría a una mujer.

El hombre de elevada estatura sonrió, y luego dijo con firmeza:

–Tampoco a mí me seduce el asunto, Ghemur, pero es indispensable para los intereses de Vendhia. El país necesita aires nuevos, nuevas conquistas que aumenten nuestro poderío. La Devi ha debilitado la fibra de nuestra nación con su pacífico gobierno. Nosotros, que siempre fuimos una raza de guerreros, perdemos ahora el tiempo supervisando la construcción de caminos y embalses para beneficio de las sucias castas inferiores. Es menester que ella muera. Luego, yo, como sucesor a la corona, guiaré a los kshatriyas a nuevas conquistas. Forjaremos un gran imperio a costa de Khitai, de Uttara Kuru y de Turan. Correrá la sangre, y barreremos a los ariscos montañeses de los montes Himelios.

¡Todo Oriente se estremecerá ante el empuje de nuestra embestida! Día

y noche, las caravanas de camellos cargados de rico botín llegarán a Ayodhia. ¿Estáis dispuestos a seguirme?

Cuatro espadas curvas medio salieron de sus vainas doradas, y un murmullo de asentimiento general se hizo oír en la habitación. El príncipe les hizo una señal para que guardaran silencio.

–No tan alto, amigos míos -dijo-. Recordad que casi todo el mundo es leal a Yasmina. Son pocos quienes tienen nuestra visión de futuro. Si iniciamos una rebelión abierta, las tropas y el pueblo nos harán pedazos. Pero si ella muere asesinada en secreto… Claro está que yo, su primo y heredero, me aplicaré con diligencia a buscar a los malvados criminales. Tal vez mande ejecutar a un par de víctimas propiciatorias… después de haber ordenado que les corten la lengua.

Tras un adecuado período de luto, reuniré mis ejércitos y atacaré hacia el norte y el este. ¡Mi nombre aparecerá en la historia junto al de los grandes conquistadores de la antigüedad!

Los ojos del príncipe brillaban de excitación. Se puso en pie con imperiosa actitud y agregó:

–Y ahora, amigos, empuñad vuestras armas y cubrios con las máscaras. Vamos hasta las habitaciones de Yasmina por un pasadizo secreto. ¡Nuestro deber para con el reino se habrá cumplido antes de una hora!

Después de decir esto, cinco nobles enmascarados salieron de la habitación, dispuestos a degollar a una mujer indefensa.

La tenue luz de las estrellas se filtraba en el interior de la alcoba de la reina cuando Conan se despertó por segunda vez aquella noche. Sus sensibles oídos habían captado un ruido suave, casi inaudible.

Cualquier hombre corriente, de haberlo escuchado, lo habría atribuido a las ratas o al viento y, después de volverse en el lecho, hubiera vuelto a conciliar el sueño.

Pero Conan no era de ésos. Se despertó al instante, y decidió investigar. Su instinto de hombre bárbaro estaba exacerbado. Mientras que con la mano derecha buscaba la espada y la desenvainaba, con la izquierda apartaba un poco las cortinas del dosel del lecho y echaba un vistazo a la habitación. Yasmina dormía con una suave sonrisa en los labios.

El cimmerio no necesitó ver siquiera el acero en las manos de las cinco figuras sombrías, levemente dibujadas contra los ventanales, para comprender que se hallaba ante un peligro mortal. Los hombres enmascarados no suelen entrar de modo furtivo en la alcoba de su reina, a menos que tengan intenciones siniestras. Conan se agazapó como un felino, con la espada en la mano y la ira en el corazón.

Los asesinos se acercaron aún más y levantaron las dagas, dispuestos a asestar las cuchilladas que elevarían a un nuevo monarca al trono de Vendhia.

Cuando uno de ellos iba a apartar las cortinas del lecho, el cimmerio entró en acción con la rapidez del pensamiento. Dio un salto felino, y el hombre que estaba más cerca cayó malherido antes de que los demás se hubieran repuesto de la sorpresa. Su espada atacó con la rapidez de una cobra. Con un chasquido metálico se hundieron el casco y la cabeza de otro atacante. El cimmerio empujó el cuerpo inerte contra los que venían detrás, con lo que detuvo su embestida.

Enseguida paró con la espada un mandoble que le dirigía a las piernas uno de los que habían eludido el cadáver de su compañero. De un terrible revés, el bárbaro puso fuera de combate al primer atacante, que cayó al suelo mientras el asesino se desplomaba hecho un ovillo.

Conan se abalanzó sobre los dos restantes, y éstos se defendieron con sus sables, con la certeza de que en ello les iba la vida. Una cólera demencia! brillaba en los ojos del bárbaro; hacía llover poderosos golpes y saltaba de un lado a otro para evitar que lo sorprendieran desde distintas direcciones.

–Conque tratando de matar a una mujer en su lecho, ¿eh, chacales?

– dijo el cimmerio con un gruñido burlón-. ¡Cobardes! ¡Perros!

Cualquier traidor estigio es un valiente luchador a vuestro lado. ¡Pero esta noche no se derramará más sangre que la vuestra, malditos!

La hoja de Conan brillaba como un haz de luz mortal. Un terrible mandoble acabó con uno de los enmascarados adversarios. El único que quedaba retrocedió hasta una pared.

Yasmina, para entonces completamente despierta, se puso en pie junto al lecho, observando la pelea con la respiración contenida. De pronto, gritó de terror al ver que Conan resbalaba en la sangre que había en el suelo y caía de bruces sobre uno de los cadáveres.

El enemigo saltó hacia adelante con maligno brillo en los ojos oscuros. Levantó la espada mientras Conan se volvía para incorporarse y se hallaba a merced de su atacante. De improviso, el conjurado abrió la boca, lanzó un quejido y, después de trastabillar, se desplomó al tiempo que emitía un siniestro gorgoteo.

Detrás de él se veía la esbelta figura de Yasmina. De la espalda del kshatriya muerto sobresalía la empuñadura de la daga que ella le había clavado justo a tiempo para salvar la vida de su amante.

Conan se libró de la capa en la que se había enredado y se puso en pie. Estaba cubierto de sangre de la cabeza a los pies, pero sus ojos azules brillaban con el fuego indomable de siempre.

–He tenido suerte que fueras rápida con el cuchillo, muchacha -dijo el cimmerio-. De no ser por ti, a estas horas estaría haciendo compañía a esos caballeros. ¡Por Crom, que ha sido una espléndida pelea!

La respuesta de Yasmina estaba llena de femenina ansiedad.

–¡Estás sangrando, mi adalid! – exclamó-. Ven conmigo, y curaré tus heridas.

–No son más que unos arañazos -repuso Conan con aspereza, limpiándose la sangre con el turbante de uno de los asesinos muertos-.

Algún precio debía tener la derrota de estos bribones.

–También yo debo agradecer a los dioses que estuvieras conmigo.

De no haber sido así, habrían conseguido el fin que perseguían -dijo la Devi, con voz vibrante a causa de la emoción, y agregó-: ¡Jamás pensé que planearan asesinarme! El pueblo considera justo mi gobierno, y tengo el respaldo de las tropas de la mayor parte de la nobleza. Tal vez Yezdigerd de Turan haya enviado a algunos sicarios enmascarados a mis habitaciones para quitarme de en medio.

–Yezdigerd no volverá a molestarte -aseguró el cimmerio-. Ha muerto. Lo maté en su propio barco. Pero veamos quiénes son éstos.

Quítales las máscaras.

La Devi arrancó el antifaz que cubría el rostro del hombre al que ella había apuñalado y retrocedió, llena de asombro y espanto.

–¡Chengir, mi primo! – exclamó-. ¡Ah, negra traición que enloquece a los hombres! ¡Mañana rodarán cabezas por esto!

Yasmina agitó sus oscuras trenzas como las plumas de un cuervo, y sus ojos se volvieron hacia el inescrutable rostro del cimmerio.

–Sé que necesito a un hombre a mi lado -dijo-. ¡Gobierna Vendhia conmigo como consorte, Conan! Mañana anunciaremos nuestros esponsales, y dentro de un mes se celebrará la boda, con unas ceremonias y festejos como no ha visto el país desde hace un siglo. Yo te amo. ¡Comparte mi suerte, adalid mío!

Ella lo abrazó apasionadamente, oprimiendo su cuerpo esbelto y joven contra el vigoroso cuerpo del cimmerio, mientras le cubría los labios de besos. El bárbaro sintió que su razón vacilaba, pero finalmente sacudió la cabeza y apartó con suavidad a la mujer, manteniéndola alejada.

–Bien sabe Crom, muchacha, que me haces una oferta tentadora -

dijo-. He visto pocas mujeres tan hermosas como tú, y tan sensatas.

Cualquier hombre bendecido con tu mano en matrimonio puede considerarse el favorito de cien dioses. Hace diez años, cuando era un soldado errante, sin duda habría aceptado. Pero ahora no puedo hacerlo. Ahora tengo mi propio reino, el de Aquilonia, en Occidente, que es la nación más poderosa del mundo. También estoy casado, pero un hechicero maligno de Khitai ha raptado a mi esposa, y he jurado no descansar hasta rescatarla. No sería un hombre si no mantuviera ese juramento. Cásate con alguno de tus súbditos. Todos ellos se sentirán más satisfechos gobernados por un rey de su propia raza. Yo debo partir mañana hacia los montes Himelios.

Los ojos de Yasmina se cubrieron de un velo brillante cuando miró al cimmerio llena de amor.

–Los dioses dan la felicidad, pero la quitan pronto -dijo con resignación-. Tal vez así deba ser, pues, de lo contrario, la dicha sería continua y dejaríamos de apreciarla en todo su valor.

Luego se le aclararon los ojos, y una sonrisa picara y burlona afloró a sus labios.

–Te irás mañana, sí -agregó-, pero aún nos quedan varias horas hasta el amanecer. ¡Pasémoslas de un modo más provechoso que en ociosa charla!

Se volvieron a estrechar en un fiero abrazo, mientras las estrellas resplandecían con brillo helado en los ojos sin vida de los frustrados asesinos.

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