Conan el vengador
Capítulo 2
El anillo de Rakhamon
El sol abrasador de la tarde lanzaba sus ardientes rayos sobre el desierto como latigazos de fuego blanco. A lo lejos se veían algunas palmeras, cuyo verdor destacaba entre la monotonía del terreno.
Bandadas de buitres colgaban del cielo como negros racimos de uvas maduras. Hasta donde la vista alcanzaba a ver, se divisaban tan sólo extensiones de arena amarilla que formaba dunas ondulantes y llanos absolutamente áridos.
El jinete, que cabalgaba solo, detuvo su caballo a la sombra de las palmeras de un oasis. Aunque vestía el blanco albornoz, llamado
khalat, de los habitantes del desierto, sus rasgos eran los típicos del hombre occidental. La mano que cubría sus ojos para protegerlos del brillo del sol era ancha y poderosa, y estaba cubierta de cicatrices. Su bronceada piel no era oscura, como la de los nativos zuagires, sino que tenía el tono tostado de los occidentales que habitaban en aquellas zonas. Los ojos, de un azul volcánico, semejaban lagunas gemelas de insondable profundidad. Una mirada a sus mangas permitía ver que el viajero usaba cota de malla debajo de su túnica flotante. De su cinto colgaba una espada larga y recta, en una sencilla vaina de cuero.
Conan había cabalgado rápido y lejos. Atravesando el país con implacable velocidad, había destrozado cuatro caballos en su camino hacia Koth. Una vez llegado al ex- tremo del desierto que constituía la frontera oriental del reino de Koth, el cimmerio se detuvo en un sucio villorrio fronterizo a comprar un khalat, un poco de pan y carne ahumada. Nada le había impedido el paso hasta entonces, si bien muchas cabezas asomaban a las puertas y ventanas, extrañándose de la prisa del viajero, y más de un centinela se acariciaba la barba con recelo.
A pesar de todo, muy pocos habitantes del reino de Koth habrían reconocido al rey Conan de Aquilonia, ya que había muy pocas relaciones entre los habitantes de ambos reinos, mutuamente hostiles.
La aguda mirada del cimmerio recorrió el horizonte. En la distancia descubrió los borrosos contornos de las cúpulas y de las elevadas murallas. Aquella debía de ser -se dijo- la ciudad de Khaniria,
del reino de Khoraja. Allí buscaría la ayuda de Pelias, el hechicero, para recuperar a su reina. Había conocido al brujo -de quien después se hizo amigo- cinco años atrás, estando prisionero el Kothio en las mazmorras de la fortaleza de su enemigo, Tsotha-lanti.
–¡Por Crom! – musitó-. Espero que Pelias esté en sus cabales, y no borracho, tendido en su dorado diván, e incapacitado para tomar cualquier decisión. Pero aun así, ¡por Badb que lo despertaría al momento!
Una abigarrada muchedumbre deambulaba por las callejuelas y por la empedrada plaza del mercado de Khaniria. Se veían zuagires de las aldeas del desierto del nordeste, así como mercenarios fanfarrones de mirada amenazadora que no apartaban la mano de las empuñaduras de sus espadas, mercachifles que pregonaban sus mercancías y rameras vestidas de rojo, con las caras muy pintadas. De cuando en cuando la escolta armada de algún opulento noble, cuyo perfumado palanquín se balanceaba sobre los hombros de unos esclavos kushitas de piel de ébano y músculos de toro, apartaba a la turba. Otras veces pasaba un destacamento de soldados con los airones flotando al viento y un inconfundible sonido metálico.
Crassides, el fornido capitán de la guardia apostada en la puerta del oeste, se acarició la canosa barba y murmu ró algo ininteligible.
Muchos forasteros entraban en la ciudad, pero pocas veces eran tan extraños como los que estaban llegando aquel día. Ya a primeras horas de la tarde, envuelto en una nube de polvo del desierto, llegó un grupo de siete viajeros. El que los dirigía era un hombre delgado, con cara de buitre, y un fino bigote que ocultaba unos labios apenas visibles. Iba armado como un caballero occidental, aunque su coraza y su casco no tenían adornos. A su lado cabalgaba un enorme estigio montado en un negro corcel. El estigio vestía un khalat, y su única arma visible era un gran arco de combate.
Los otros cinco jinetes iban armados hasta los dientes, con espadas y dagas al cinto, y lanzas en las manos. Parecían individuos aguerridos, igualmente dispuestos a cortar un gaznate que a seducir a una moza.
No era costumbre de los centinelas de Khaniria detener a los extranjeros sin una razón de mucho peso, ya que allí se encontraban y entremezclaban Oriente y Occidente en beneficio del comercio. De
todos modos, Crassides observó con atención a los siete hombres mientras éstos se alejaban con metálico ruido hacia el norte de la aldea.
Sin duda, se dirigían hacia alguna de las tabernas llenas de humo cuya clientela estaba formada por hombres de las nacionalidades más diversas, pensó el capitán de la puerta oeste.
El resto del día transcurrió apaciblemente, aunque seguían llegando forasteros extraños. Cuando el sol arrojaba sus últimos rayos al cielo de la tarde, se presentó un extranjero alto, cubierto con un khalat, que tiró de las riendas de su caballo ante la puerta cerrada y pidió que lo dejaran entrar.
Crassides, que había sido llamado por uno de los centinelas de guardia, llegó en el momento en que el soldado de la entrada preguntaba de malas maneras:
–¿Qué buscas aquí, bellaco? ¡No dejamos entrar de noche a forasteros como tú, que pueden degollarnos y violar a nuestras mujeres! ¡Dime tu nombre y procedencia, si no quieres que te ponga grilletes!
Los ojos del desconocido, ocultos a medias por la capucha de su khalat, miraron con frío brillo al centinela.
–Amigo -dijo el forastero, con acento bárbaro-, por palabras más suaves que ésas he cortado más de cien gargantas. ¡Déjame entrar, o por Crom que volveré con una horda para saquear ese montón de chozas!
–¡Un momento! – dijo Crassides, apartando al soldado de un empujón, al tiempo que le decía-: Vete, necio; ya te enseñaré cómo hay que tratar a los forasteros. Escúchame, señor -agregó, dirigiéndose al jinete-. No queremos peleas en Khaniria. Como ves, la puerta de la muralla ya está cerrada. Para que la abramos, deberás decirnos con claridad quién eres.
–Puedes llamarme Arus -dijo el extranjero con un gruñido-. Busco a Pelias, el hechicero.
–Dejadlo entrar -ordenó Crassides.
Se descorrieron los pesados cerrojos, y dos centinelas tiraron de las anillas de bronce y abrieron lentamente una de las grandes jambas de la puerta. El desconocido entró al trote en su corcel, sin echar siquiera una mirada a los hombres que se hallaban en la entrada. Lo vieron
dirigirse hacia el distrito norte, hasta que el sonido de los cascos de su caballo dejó de oírse en la distancia.
El despechado centinela le dijo a su capitán con mal contenida ira:
–¿Por qué dejamos entrar a ese bribón insolente, como si fuera el señor de esta ciudad? – preguntó-. ¿Por qué no le hemos dado la lección que se merecía?
Crassides sonrió enigmáticamente y respondió:
–Tal vez los años te enseñen sabiduría, aunque lo dudo. ¿No has oído hablar de cómo, hace años, un bárbaro del norte igual al que acaba de pasar fue capturado por el señor de una de las pequeñas ciudades-estado de Shem, en el sur? ¿Y cómo dicho bárbaro escapó, reunió una banda de forajidos zuagires y volvió para vengarse? ¿No te has enterado de la forma en que aquellos salvajes saquearon la ciudad, pasaron a cuchillo a los habitantes y lo quemaron todo, excepto la estaca en la que clavaron la cabeza del señor de la ciudad? Éste puede ser uno de ellos. Él solo, poco daño puede hacernos. Y si lo intentara, Pelias, con sus artes ocultas, sabría enfrentarse a él mejor que nosotros.
¿Lo entiendes ahora?
Conan sabía que Pelias habitaba en una torre de piedra amarillenta situada en el extremo norte de la ciudad. Pensaba ver primero al hechicero y luego buscar alojamiento. Cualquier cosa le vendría bien.
Sus costumbres no habían cambiado, a pesar del tiempo que llevaba como rey de un país civilizado. Una pieza de pan, un trozo de carne y una jarra de espumeante cerveza era todo lo que necesitaba. Para dormir podía acomodarse en el suelo de la taberna, si no había otro lugar disponible.
Al cimmerio no le complacía, en cambio, la idea de pasar la noche en la morada de Pelias, a pesar de su magnificencia. Sabía que por los corredores de la mansión deambulaban cada noche ignotas criaturas de otro mundo…
En aquel instante se oyó un ahogado juramento y un grito de terror.
Se abrió una puerta a la derecha, y una muchacha salió corriendo a la calle.
Conan tiró de las riendas. Vio que la joven estaba tan bien formada como una de las huríes del paraíso de los orientales. El cimmerio pudo apreciarlo con facilidad, ya que el sencillo atuendo de la muchacha
estaba hecho jirones, y dejaba al descubierto la mayor parte de su cuerpo. Al tiempo que intentaba arreglarse un poco la desordenada cabellera, la muchacha lanzó una mirada temerosa a la puerta, que acababa de cerrarse tras ella. Luego, sus grandes ojos se volvieron hacia Conan, que estaba, inmóvil sobre la silla de su caballo, como una estatua ecuestre.
–Veamos, muchacha, ¿qué te ocurre? – preguntó al fin, rudamente, el cimmerio, al tiempo que se inclinaba hacia adelante-. ¿Se ha enfadado contigo tu amante?
La joven respondió después de unos momentos de vacilación, y dijo:
–Dos soldados borrachos trataron de violarme. Vine aquí a comprar vino para mi padre; además, me quitaron el dinero que traía.
Conan saltó al suelo con ojos centelleantes. Su primitivo código del honor le hacía sentir aversión por los que abusaban con brutalidad de una mujer desvalida.
–Tranquilízate, moza. Vamos a arreglarles las cuentas. Abre la puerta. ¿Eran ellos los únicos clientes?
La joven asintió con gesto aterrado y luego se acercó a la taberna.
Después de unos momentos de vacilación, abrió la puerta. Conan entró con un par de zancadas y la puerta se cerró tras él enseguida, con un sonido metálico.
Pero el cimmerio no vio la escena que esperaba. No encontró a los dos soldados borrachos a quienes quería escarmentar con un par de bofetadas. Por el contrario, vio a siete hombres armados y dispuestos, alineados contra las paredes, empuñando dagas y brillantes espadas.
La decisión de matar se leía en sus ojos; se abalanzaron súbitamente sobre Conan.
Un hombre civilizado hubiera vacilado, lleno de desconcierto, y quizás su reacción habría sido tardía. Pero nada de esto le sucedió al cimmerio. Su agudo instinto de conservación le advirtió que algo extraño ocurría y, en cuanto cruzó el umbral, sus reflejos entraron en acción. Ya no tenía tiempo para sacar su enorme espada, pues los enemigos cayeron encima de él como lobos hambrientos.
De un fuerte puntapié envió un banco contra las piernas de tres de sus adversarios en el momento en que éstos lo atacaban. Los tres cayeron ruidosamente, profiriendo maldiciones. Conan se agachó
cuando la hoja de uno de los otros cuatro silbó sobre su cabeza, y le dio un fuerte puñetazo en el rostro al último contrincante antes de que éste pudiera reaccionar. Se oyó el crujido de los huesos del atacante, que salió impulsado contra los que le seguían.
Aprovechándose de la confusión reinante, el cimmerio se evadió del círculo que formaban sus adversarios, saltó con la rapidez de una pantera y, levantando una pesada mesa de roble, la arrojó con todas sus fuerzas sobre sus oponentes. Las armas se estrellaron contra el suelo y se oyeron numerosas maldiciones y gritos de dolor. Aquella breve pausa en la pelea le permitió a Conan desenvainar la enorme espada con la mano derecha y extraer la daga con la izquierda.
No aguardó a una nueva embestida. Su sangre de bárbaro hervía por aquella emboscada traicionera. Una bruma rojiza le cubría los ojos, y su mente estaba dominada por el ansia de matar. Abalanzándose hacia los seis hombres que seguían en pie, el cimmerio le asestó un sablazo en las costillas a uno de los esbirros, que seguía arrodillado en el suelo. Luego paró un golpe con su daga, y a su vez asestó un terrible mandoble mortal. El hombre se desplomó con los ojos vidriosos, chillando, mientras la sangre comenzaba a manar de su herida.
Con esto quedaron cuatro, que avanzaron con cautela, formando un semicírculo. El jefe de los atacantes lanzó una finta contra las piernas de Conan, pero estuvo a punto de perder la cabeza ante el veloz contragolpe del cimmerio. Logró escapar arrojándose al suelo, y, cuando lo hizo, Conan vio que se trataba de Baraccus, un noble aquilonio que él había desterrado por haber tramado, junto con los nativos de Ofir, una conspiración para derrocarlo.
En aquel instante, los otros tres le atacaron todos a la vez. Una desesperada espada le dio a Conan en el casco, con lo que lo abolló, y aturdió un poco al cimmerio. A pesar de todo, éste dio un golpe hacia arriba, casi a ciegas, y se vio recompensado con un grito ronco y borboteante. Una daga enemiga se incrustó en las mallas que protegían el costado derecho del cimmerio, el cual volvió a atacar con furia.
Cuando se limpió con prisa la sangre que le cubría el rostro, Conan advirtió que se enfrentaba con un solo enemigo, ya que el estigio, que había roto su daga contra las mallas, se había apartado, buscando un
arma en el suelo. El hombre alto que mandaba a los sicarios se levantaba en ese momento.
El cimmerio se adelantó y cayó sobre su adversario, pero un pie le resbaló en un charco de sangre, y cayó pesadamente al suelo.
El asesino que se enfrentaba a él gritó con aire triunfal y levantó la espada, dispuesto a descargar un golpe decisivo. Pero Conan le dio un rápido puntapié en las piernas y el otro cayó a su vez encima del cimmerio, y fue a ensartarse en la daga que éste había levantado al ver que el otro se le venía encima.
Conan echó el cuerpo a un lado y se puso inmediatamente en pie, con un salto felino, para enfrentarse al estigio, que había recuperado su arma. El oscuro gigante se abalanzó sobre el bárbaro con los ojos centelleantes y los labios llenos de espuma. Eludiendo el golpe de la espada del cimmerio, arrojó unos pliegues de su túnica sobre el arma de Conan para aprisionarla. Luego, la daga del estigio resonó violentamente sobre la cota de malla del cimmerio; rompió algunas anillas y penetró en un costado de su cuerpo. Pero Conan respondió con varios golpes rápidos y mortíferos de su daga en el torso de piel oscura.
La boca del estigio se abrió para lanzar un alarido de dolor; su arma cayó al suelo, y él se tambaleó y se desplomó, muerto.
Conan liberó su espada de los pliegues de la túnica del estigio y avanzó hacia el jefe, que no estaba herido, diciéndole con voz sarcástica:
–Seguramente has olvidado el juramento de caballero que me hiciste a cambio de que me limitara a desterrarte, ¿eh, Baraccus? Debí haberte mandado cortar la cabeza cuando descubrí tu traición. Pero todavía estamos a tiempo.
El cimmerio aparecía horrible a la mirada. Por debajo de su abollado casco fluía la sangre sobre su rostro húmedo de sudor. Tenía la mano derecha cubierta de sangre, y un corte en su cota de malla dejaba ver una herida en el costado. Pero el ansia de matar brillaba implacable en sus fieros ojos. Baraccus recordó los relatos estremecedores acerca de las hazañas del cimmerio y, habiendo perdido por completo la serenidad, giró en redondo para huir. Conan cogió su espada y la arrojó contra el traidor. La hoja se hundió de lleno en la
espalda de Baraccus, que cayó de bruces con el cuerpo atravesado por el arma.
El bárbaro hizo una breve pausa, rodeado de enemigos muertos o gravemente heridos. En ese momento oyó una voz y se volvió rápidamente, esperando otro ataque.
En el marco de la puerta trasera había un hombre rollizo que se retorcía las manos.
–¡Por piedad! ¿Qué ha ocurrido en mi casa? – dijo plañideramente, con el rostro contraído por la aflicción-. ¡Sangre por todas partes! ¡Los muebles arruinados!
Conan se acercó al tabernero con dos zancadas y apoyo la punta de su daga debajo de la barbilla de éste.
–¡Tú has tomado parte en este sucio asunto, perro chillón! – bramó Conan-. ¡Ellos no habrían podido tenderme la emboscada sin tu ayuda!
–¡Piedad, señor! ¡Me amenazaron con degollarme si no lo hacía!
Pero quizás hubiera debido preferirlo a todo esto. Dijeron que actuarían silenciosa y rápidamente…
El cimmerio abofeteó al hombre con tal fuerza que éste retrocedió trastabillando, mientras un hilo de sangre enrojecía su labio inferior.
–¡Silencio! – ordenó Conan, cuya ira se había calmado un poco-.
Agradece que no te atraviese con mi espada, y que no te desuelle vivo.
–¡Sí, sí, mi señor! – repuso el hombre, presa de terror abyecto.
–Y ahora ve a buscar una botella de vino, antes de que te parta la cabeza. ¡Y que sea del mejor! Trae también algunos trapos limpios para vendarme estos arañazos.
Mientras el aterrado posadero se alejaba apresuradamente, Conan apartó con un pie un cadáver y se dejó caer sobre un banco. Un pensamiento le obsesionaba. ¿Dónde se hallaba la hermosa muchacha que había iniciado aquel asunto? Era evidente que no estaba en el cuarto.
El tabernero volvió enseguida, y con manos temblorosas acercó a Conan una botella y una jarra. Con un juramento de impaciencia, el cimmerio le arrebató la botella de las manos, prescindiendo de la jarra.
Cuando hubo bebido todo su contenido sin respirar, ante el asombro del posadero, el bárbaro estrelló el recipiente de vidrio contra el suelo y
se limpió la boca con el dorso de la mano. Luego escrutó al hombre con sus ojos azules.
–Matar reseca la garganta -dijo-. Y ahora, dime: ¿Dónde está la muchacha que se hallaba aquí con estos hombres antes de que yo entrase?
El obeso tabernero, pálido como un muerto a causa del miedo, negó con la cabeza.
–Jamás la había visto, noble señor -respondió-, hasta que llegó ayer, ataviada con ropas de extranjera. Se cambió de vestido en el piso superior. No sé su nombre, ni conozco ningún detalle acerca de ella.
Conan se puso en pie; sentía alguna molestia por unas heridas que hubieran dejado incapacitado durante varios días a un hombre corriente. Al tiempo que extraía la espada del cuerpo de Baracoas, ordenó:
–¡Llévame de inmediato a su cuarto! ¡Y si esto es otra trampa, tu alma se asará en los fuegos del infierno dentro de un momento!
Con las piernas sosteniéndolo apenas, el rechoncho khanirio subió por unas estrechas escaleras. Conan lo siguió, extremando las precauciones. En el piso superior, su guía se detuvo ante una puerta y eligió una llave del gran manojo que colgaba de su cinturón. Abrió la puerta de par en par, como para dar más confianza al receloso bárbaro.
Conan comprendió que no podía temer ninguna trampa en aquella estrecha habitación. Los únicos muebles que había en ella eran un lecho y una mesa pequeña. Sobre la cama se veían unas sedas verdes, un cinturón dorado, el velo de un turbante con un broche de esmeraldas y otro velo más amplio. Ése era el atuendo de las mujeres nobles de Hirkania, país perteneciente al poderoso imperio oriental de Turan. La mujer podía haber venido desde alguna de las ciudades, de Akif, Shahpur o de la misma Aghrapur.
El cimmerio giró en redondo, y mientras volvía sobre sus pasos reflexionó, con el ceño fruncido, acerca del nuevo enigma.
Conteniendo la respiración y con la espada en la mano, Conan salió de la taberna. Sus extremidades estaban un poco rígidas a causa de las heridas, y le dolía el costado como consecuencia del corte que le habían hecho con la daga. Sin embargo, aún tuvo el vigor suficiente para montar en su caballo, que había dejado delante de la taberna.
El ataque había desconcertado a Conan. Sabía que eran muchos los hombres de distintos credos, razas y procedencias que deseaban su muerte, y que habrían hallado deleite en asar sus entrañas a fuego lento. En aquella misión, sin embargo, había viajado rápida y silenciosamente, y en el anonimato. Sólo Trocero y Próspero sabían qué camino había tomado, y su lealtad estaba libre de toda sospecha. A pesar de todo, lo esperaban unos hombres armados, dispuestos a matarlo. Alguien había traído a Baraccus desde el oeste, y a la mujer hirkania desde el este, para tenderle una trampa.
El cimmerio alejó de su mente el enigma, con la fatalista resignación del bárbaro. Puesto que no podía entrever el alcance del reciente suceso, se limitaría a esperar hasta que se produjeran nuevos acontecimientos.› Avanzó al trote por las calles, escrutando las sombras. La única luz que se advertía de cuando en cuando era la de algún candil o una vela que oscilaba tras la ventana. Sus pensamientos volvieron con la hermosa mujer que casi lo había llevado a la muerte.
La vista de su cuerpo perfecto había encendido la sangre en sus venas.
Pensaba arrebatarle al menos un beso, como compensación, pero la muchacha había desaparecido como por arte de magia.
Al llegar a una plaza amplia y desierta, Conan divisó, con alguna ayuda de la luna, que ahora estaba oculta entre las nubes, la silueta de una torre que apuntaba como un dedo hacia el cielo. A pesar de la semioscuridad, podía apreciarse que la torre estaba construida de piedra y que era de color amarillento. Aquél era, pues, el lugar en el que Pelias se recluía voluntariamente, apartándose del trato con sus semejantes.
Unos amplios y bien cuidados jardines rodeaban la torre de color amarillento. Pero no había muros, verjas ni puertas que impidieran la entrada. En realidad, no hacían falta, ya que los relatos más espantosos, susurrados en las horas del atardecer, habían enseñado a los khanirios a mantenerse alejados de aquel sitio, al cual un intruso podía entrar, pero de donde, con toda seguridad, no podría salir.
El caballo de Conan se detuvo al llegar al borde del jardín, relinchando y corveteando, inquieto. Mordió el bocado, y de sus belfos surgieron espumarajos.
–¡Por Crom! – musitó el cimmerio-. Parece que Pelias tiene una compañía poco recomendable. Bien; de todas formas puedo ir andando.
Desmontó y echó a andar por un estrecho camino de losas, con la mirada alerta y la mano en la empuñadura de la espada. Los ritos nigrománticos solían atraer a misteriosos engendros nocturnos, del mismo modo que la carroña atrae a los buitres. Conan había conocido a muchas clases de seres pertenecientes a otros planos de existencia.
Muchos de ellos eran capaces de luchar y de matar mediante armas mágicas o encantamientos que sólo figuraban en libros polvorientos o en ajados pergaminos. Pero el cimmerio nunca se había sentido atraído por aquellos hechizos. Por el contrario, confiaba más en el filo de su espada que en las brujerías.
En aquel momento, sin embargo, no parecía que ningún demonio estuviera dispuesto a cerrarle el paso. Llegó a la torre sin advertir la menor señal de vida, natural o sobrenatural, entre los árboles y arbustos.
En aquel momento las nubes se abrieron, dejando ver la luna. Bajo sus rayos brillantes, Conan advirtió que el color amarillento de la torre se debía a la innumerable cantidad de monedas de oro que había incrustadas en el revoque del edificio. El cimmerio examinó las que se hallaban a la altura de sus ojos y pudo comprobar que ninguna le resultaba conocida. Todas parecían muy antiguas, al extremo de que algunas tenían borrado el cuño y habían quedado reducidas tan sólo a un disco liso.
Conan sabía que el oro era un valioso auxiliar en las artes mágicas, sobre todo bajo la forma de monedas de reinos antiguos. Allí, se dijo el cimmerio, había monedas de imperios desaparecidos en la noche de los tiempos, cuando sacerdotes y hechiceros dominaban por medio del terror, y arrastraban a las vírgenes a oscuras criptas en las que se celebraban ritos atroces, o decapitaban a cientos de prisioneros en las plazas públicas, donde se formaban arroyos de sangre que iban a parar a las alcantarillas.
El bárbaro se estremeció al pensar que muchas de aquellas leyendas malignas se concentraban allí. A pesar de todo, cuando llegó a la puerta trató de abrirla.
La pesada jamba de hierro cedió hacia dentro sin hacer ningún ruido. Conan entró, espada en mano, con los sentidos alerta como los de un tigre en busca de su presa. En la tenue penumbra que reinaba en el interior divisó dos escaleras; una subía en espiral, en tanto que la otra se perdía bajo tierra, en la oscuridad.
El fino olfato del cimmerio apreció un olor extraño que llegaba desde la escalera descendente, y sospechó que aquel olor, que recordaba al almizcle, procedía del laberinto de túneles y criptas que había bajo la torre. El cimmerio entrecerró los ojos. Recordó olores similares de las catacumbas encantadas de la ciudad muerta de Pteion, en Estigia, donde temibles sombras vagaban por las noches. Movió la cabeza como un león que sacude su melena. De repente se estremeció al escuchar una misteriosa voz, que dijo con profundos y estridentes tonos:
–¡Bienvenido, Conan! Sube las escaleras que llevan hacia arriba y sigue la luz.
Conan miró a su alrededor, pero no pudo descubrir de dónde provenía la voz. Parecía llegar de todas partes, resonando como el eco de un batintín en las paredes de un templo. Una bola brillante apareció exactamente delante del cimmerio, que, por instinto, dio un paso hacia atrás. La bola flotó en el aire con gran resplandor, sin que nada pareciera sostenerla. Gracias a su luz, el cimmerio pudo ver que se encontraba en una sala adornada con tapices antiguos de extraños diseños. Había una pared cubierta con estanterías, en las que se veían recipientes de piedra, plata, oro y jade de las más extrañas formas.
Algunos tenían gemas incrustadas, en tanto que otros eran lisos, pero todos aparecían mezclados como en la mayor de las confusiones.
La esfera brillante se movió poco a poco hacia la escalera que llevaba a la parte superior de la torre. Conan la siguió sin vacilar.
Nunca se conocía bien la mente de un hechicero, pero Pelias había dado pruebas de estar bien dispuesto para con el cimmerio.
Ni un crujido resonó en los escalones cuando Conan subió, espada en mano, aunque con mayor tranquilidad que al principio. La escalera terminaba en un rellano, donde tuvo que detenerse ante una cerrada puerta revestida de cobre. En el metal aparecían grabados unos signos extraños en forma de volutas. Conan reconoció algunos de los signos por haberlos visto en alguno de sus numerosos viajes. Eran símbolos
mágicos que habían empleado pueblos antiquísimos. El bárbaro frunció el ceño, preocupado. Entonces la puerta se abrió en silencio, y la bola luminosa se apagó.
Ya no necesitaba la luz de la esfera. La habitación en la que entró Conan era amplia y estaba bien iluminada. Los muebles y los tapices eran una muestra de los trabajos más lujosos de diversos países.
Numerosas antorchas ardían sujetas de las paredes, en tanto que el suelo estaba revestido de suaves alfombras.
En el centro de la sala se veía un enorme diván cubierto de cojines.
En él yacía Pelias, un hombre alto, delgado, de pelo entrecano y ropas de sabio. Tenía los ojos oscuros y meditabundos, alargada cabeza, bien formada, y pies y manos pequeñas. Sin duda estaba estudiando, ya que en la gran biblioteca se advertían varios huecos, y sobre el diván había algunos libros esparcidos. Cerca de la otomana había una mesa de gran tamaño atestada de pergaminos enrollados. Conan sabía que los magos preferían escribir sus hechizos más poderosos en piel humana curtida.
De la pared colgaba un espejo con un sencillo marco de hierro, que contrastaba con el lujo de los demás muebles y objetos. El cimmerio no se sorprendió ante aquel ambiente de opulencia. A diferencia de la mayor parte de hechiceros, Pelias nunca había considerado con desdén los placeres de la vida.
–¡Bienvenido, Conan! – exclamó el brujo-. ¡Hace casi cuatro años que…!
Entonces Pelias se puso en pie, mirando con atención al bárbaro, que se acercaba a él al tiempo que envainaba la espada.
–¡Estás herido! – dijo-. ¡Y de consideración! Creo que necesitas un estimulante más fuerte que este vino. Espera un momento.
El hechicero se volvió hacia un armario tallado y abrió una de sus numerosas puertecillas. Tomó un frasco de cristal lleno de líquido turbio y violáceo del interior del mueble. Vertió el líquido en una copa de vino hasta la mitad y, entregándosela a Conan, le dijo:
–Bebe esto, amigo. Está hecho con unas raras hierbas de las Islas Brumosas. Curará tus heridas y aliviará el cansancio de tus músculos.
Conan tomó la pócima de un trago e hizo algunos gestos. Tuvo la impresión de que por sus venas corría fuego y de que su cerebro giraba y se bamboleaba. Luego, aquellas sensaciones fueron reemplazadas por
otras de bienestar y satisfacción. Le pareció que le quitaban un enorme peso de encima. No se había dado cuenta de cuan exhausto lo habían dejado la pelea y las heridas recibidas.
Conan se quitó el casco y se palpó el cuero cabelludo. Tenía el pelo ensangrentado, pero, después de haber tomado el brebaje, no pudo encontrar ninguna herida; ni siquiera halló una cicatriz. Apreció un efecto similar en su costado. Los dolores habían desaparecido.
–¡Por cierto que es una bebida milagrosa, Pelias! – dijo asombrado.
–Es fuerte y eficaz, desde luego -repuso el hechicero-. Además de sus ingredientes exóticos, se han leído poderosos encantamientos durante su preparación para reforzar el valor de la receta.
Conan gruñó, al tiempo que se quitaba la desgarrada cota de malla.
–¡Me hubiera gustado haber tenido ese brebaje en muchas otras ocasiones de mi vida! – dijo.
–Hablemos ahora de tu presencia en mi casa. ¿Qué te ha hecho venir solo y con tanta prisa? No he sabido de ninguna contienda o guerra importante en el noroeste para la que pudieras necesitar mi ayuda.
–De haber sido una lucha corriente, jamás habría solicitado el auxilio de tu magia -afirmó el cimmerio-. Pero fui atacado por poderes tenebrosos y desconocidos. Necesito informes que me conduzcan hasta el lugar en el que pueda luchar contra mis enemigos.
Luego, el bárbaro relató breve y concisamente los trascendentales acontecimientos ocurridos durante la noche del aniversario, en Tarantia.
Pelias reflexionó largo rato con la barbilla apoyada en una mano.
Tenía los ojos cerrados, y se hubiera podido creer que estaba dormido.
Conan, sin embargo, sabía que el cerebro del brujo estaba trabajando con agudeza y rapidez sobrehumanas, pese a lo decepcionante de las apariencias. Al fin, el mago abrió lentamente los ojos y dijo con voz profunda:
–Un espíritu maligno de los reinos más oscuros que se hallan detrás de las Montañas de la Noche ha raptado a tu esposa. Yo sabría invocar a uno de esos demonios, pero creía que era el único que poseía tales poderes en Occidente.
–Entonces conjúralo para que se presente, y sabremos la verdad.
–¡No tan deprisa, mi impulsivo amigo! ¡No te precipites tan temerariamente hacia peligros desconocidos! Resulta claro que ese espectro ha sido invocado por un hechicero con poderes superiores a los de un brujo ordinario. De atraer aquí al demonio por medio de encantamientos, tendríamos que enfrentarnos con él y con su amo, y ello tal vez resultara excesivo para nosotros. No, sé una manera mejor de hacerlo. ¡El espejo de Lazbekri nos dará la respuesta!
Pelias se puso en pie, abrió una vez más el extraño armario y extrajo de él una copa de brillo opaco en cuyo borde aparecían extraños símbolos. Aunque, como consecuencia de sus viajes, Conan tenía nociones acerca de diversos lenguajes escritos, no pudo reconocer aquellos signos.
El hechicero vertió el polvillo rojizo de un frasco en una copa, que luego dejó sobre una mesita de ébano situada junto al espejo de marco de hierro. Haciendo un gesto con los brazos, echó hacia atrás sus amplias mangas y trazó unos signos cabalísticos en el aire.
De la copa comenzó a salir un humo azulino, que fue espesándose hasta que sus densas volutas llenaron la habitación. El cimmerio apenas si podía distinguir la figura del brujo, sumido en un profundo trance.
No ocurrió nada durante un tiempo que le pareció terriblemente largo. Conan comenzó a sentirse impaciente cuando oyó a Pelias que susurraba:
–Las defensas del hechicero son poderosas, Conan -le decía-, y no puedo vencerlas. Dime, ¿cuál es tu dios tutelar?
–Es Crom, el sombrío dios de los cimmerios -respondió el bárbaro-.
Sin embargo, no he tenido nada que ver con los dioses desde hace muchos años. Yo los he dejado tranquilos, y ellos han hecho lo mismo conmigo.
–Bien, invoca de todas formas la ayuda de Crom. La necesitamos.
Conan cerró los ojos, y por primera vez en muchos años musitó una oración.
–¡Oh, padre Crom! – dijo-. Tú que infundes poder para luchar y matar en el alma del hombre cuando nace, ayuda a tu hijo contra el demonio que le ha robado a su bienamada…
El bárbaro creyó percibir unas palabras en el interior de su mente.
«Durante mucho tiempo te has olvidado de mí, Conan -decía la voz interior-, pero, pese a ello, eres mi hijo preferido, por tus hazañas y conquistas. ¡Mira!» El humo había empezado a dispersarse. Al mirar al espejo, el cimmerio observó que el cristal no reflejaba la silueta de Pelias, que se hallaba delante, sino que no mostraba ninguna imagen.
La cristalina superficie aparecía ahora con un tono gris oscuro, como si hubiera sido una ventana abierta a una dimensión prohibida. Con voz baja y monótona, Pelias pronunció un encantamiento en una lengua que Conan reconoció como la usada por los sacerdotes estigios en sus ritos secretos, en la oscura ciudad amurallada de Khemi.
Lentamente, tan lentamente que apenas pudo apreciarse el principio, fue formándose una imagen en el espejo. Al principio aparecía borrosa e incierta; luego, se aclaró rápidamente, y pudo verse un cuarto de paredes de piedra y casi sin muebles, donde un hombre, cubierto con un manto y una capucha, estaba sentado ante una mesa baja, con un pergamino en las manos.
La imagen fue creciendo, como si los observadores se acercasen al desconocido. De repente, éste levantó la cabeza, y miró directamente a Pelias y a Conan. La capucha cayó hacia atrás, dejando al descubierto su calvo cráneo. Los ojos oblicuos del individuo miraron con frialdad los del cimmerio y los del hechicero. Sus labios finos e incoloros se abrieron en amenazante sonrisa. Entonces, la amarilla diestra del desconocido se hundió entre los pliegues de su manto y extrajo de él una esfera brillante. El hombre estaba haciendo el ademán de ir a arrojar la bola cuando Conan entró en acción con una extraordinaria rapidez y fuerza.
Un silbido de su espada, que había empuñado en previsión del desconocido peligro que pudiera revelarles el espejo, partió el marco metálico en dos trozos y quebró el cristal en miles de fragmentos.
Pelias se estremeció intensamente, como un hombre que despierta de un profundo sueño.
–¡Por Ishtar, Conan, nos has salvado! – exclamó-. Ese objeto brillante era tan mortífero como un nido de cobras. De haberlo arrojado él en esta habitación, habríamos quedado reducidos a pedazos, y con nosotros media ciudad. Yo estaba en trance por la concentración del hechizo, y no podía hacer nada.
–¡Bah, al demonio con eso! – repuso el cimmerio, que jamás había aceptado de buen grado los elogios-. Y bien, ¿qué significa esto? He visto que ese hombre era khitanio. No entiendo qué tiene que ver con mi asunto.
Los ojos oscuros de Pelias se posaron en la figura del gigantesco bárbaro.
–Amigo mío -dijo el hechicero-, estos asuntos son más graves de lo que yo imaginaba. Puede que el destino del mundo dependa de ti.
Pelias hizo una pausa y tomó unos sorbos de vino. Luego se tendió en el diván y siguió hablando. Afuera reinaba una noche oscura y tranquila.
–Los magos de Occidente -agregó- se han dado cuenta, desde hace tiempo, de que los efectos de ciertos hechizos se están debilitando e incluso anulando. Esta situación se ha hecho más perceptible en los últimos años. Hace pocos meses me dediqué a algunas investigaciones en busca de la causa de este fenómeno, y la he averiguado.
«Estamos entrando en una nueva era. La sabiduría y la razón se difunden entre los pueblos occidentales. Aquilonia se mantiene como un baluarte entre las naciones, fortaleciendo su poder imperial mediante la fuerza elemental y desnuda de su saludable mentalidad bárbara. Tú, Conan, has rejuvenecido el espíritu de la nación, y fuerzas similares están en juego en otros reinos. Los poderes de la magia negra se diluyen y desaparecen, como consecuencia de los factores que aporta la nueva situación. Cada vez es más frágil la red de las intrigas y la perversidad que ponen en juego las oscuras fuerzas del mal.
«Algunos de los encantamientos más poderosos y malignos apenas si hacen efecto en los países de Occidente. Esta resistencia de la civilización a la magia negra se concentra en el reino de Aquilonia. Tú has sido desde hace tiempo el centro de acontecimientos trascendentales, y los dioses te contemplan con favor. De este modo, las cosas seguirán cambiando hasta que, en otra vuelta de la rueda cósmica, la sabiduría perezca y la magia vuelva a dominar otra vez, iniciándose de este modo un nuevo ciclo.
«Yo envejezco. Sí, yo, que soy más anciano de lo que pueden concebir los hombres. En la actualidad, empleo mis vastos conocimientos tan sólo para procurarme una vida cómoda y
descansada, a fin de proseguir mis estudios e investigaciones. No me gusta vivir como un anacoreta de ropas harapientas que conjura a monstruos de ojos rojizos, colmillos afilados y aguzadas garras para sembrar la destrucción entre inocentes seres humanos.
«Pero hay alguien que ansia desde hace mucho tiempo adquirir un poder absoluto sobre el mundo y sobre todos los que habitan en él. Ha llegado a obsesionarse con esa idea. Hace años comenzó a establecer la base de una gigantesca actividad nigromántica que llegaría a conmover la tierra hasta sus cimientos, y que esclavizaría a sus habitantes.
«Supe todo esto por medio de espías ultraterrenos. Una noche, ese ser maligno arrancó el corazón palpitante de una doncella que yacía sobre el altar de cierto templo solitario, a la luz de la luna. En ese momento pronunció un terrible conjuro, pero no pudo obtener el resultado que esperaba. Era la primera tentativa que realizaba en un país de Occidente, y a pesar de ello se mostró lleno de asombro.
»El fracaso sufrido suscitó en él una rabia insensata. Durante días y noches sin fin trabajó para encontrar la fuerza que se le oponía, y al fin pudo conseguirlo. El principal obstáculo eres tú.
«Este sombrío plan, cuyos detalles puedo comprender ahora, es digno de una mente genial y retorcida. Ha raptado a tu mujer, obligándote así a ir en su búsqueda. Tiene la seguridad de que en el camino te matarán tus enemigos, o bien las gentes extrañas y desconocidas que habitan al este de los montes Himelios. Y si realizaras la hazaña de llegar con vida hasta su morada, él mismo te matará, poniendo en juego los poderes diabólicos que posee.
«Después de eso, el camino hacia la conquista quedará abierto para él, puesto que la resistencia originada aquí, en Occidente, es demasiado débil aún para sostenerse sin el elemento que constituye su base principal: ¡Conan, el rey de Aquilonia!
Pelias sintió que tenía la garganta reseca y tomó unos sorbos de vino.
–Como sabes -siguió diciendo-, se me considera como uno de los magos más poderosos de Occidente, a pesar de que en la actualidad raras veces utilizo todos mis poderes. Pero si cayera en manos de quien te hablo, iría a parar sin remedio a un lago lleno de cocodrilos. Los hechiceros orientales tienen más poderes que los occidentales, y él es el
más poderoso de todos. Se trata de Yah Chieng, que habita en la ciudad de Paikang, en Khitai. Conan meditó estas palabras con mirada sombría y rostro imperturbable. Finalmente se oyó el tono profundo de su voz.
–Por Crom, Pelias -dijo el cimmerio-. Sobre mis hombros parece descansar una responsabilidad mayor de la que puedo soportar, si es cierto todo lo que dices. Sin embargo, me importa poco el destino del mundo si consigo recuperar a mi amada Zenobia.
–¡Ah, amigo, tu propio destino, el de tu reina y el del mundo están profundamente unidos! Se avecinan sucesos trascendentales; los destinos de épocas remotas del futuro se decidirán ahora. Ésta es la ocasión suprema que tiene Yah Chieng para hacerse con el poder. Sin duda está seguro de tener éxito, pues de lo contrario ese reptil ponzoñoso no habría iniciado este envite. El rapto de Zenobia no es más que una artimaña para hacerte marchar de Occidente, que tú proteges contra la brujería oriental. ¡Piensa, Conan, y compara! ¿Qué es más importante: el destino de una mujer o el de millones de seres humanos?
–¡Al infierno con tus razones, Pelias! – bramó el cimmerio-. ¿Crees que voy a dejar que roben a la mujer que amo, y a quedarme tranquilamente en casa, porque soy objeto de la atención de un maldito brujo? ¡Que los demonios del infierno devoren la médula de mis huesos si muevo un solo dedo en defensa del poder, la riqueza o el mundo entero! ¡Lo que yo quiero es mi esposa, y la encontraré, aunque tenga que abrirme paso entre miles de guerreros para llegar hasta ese calvo bellaco!
Pelias se encogió de hombros. Comprendía que el impulso primitivo que había guiado los actos del bárbaro hasta aquel momento no cambiaría en nada por el hecho de haber descubierto unas causas más profundas en el curso de los acontecimientos. Lo único que le importaba al cimmerio era el presente: le tenía sin cuidado el futuro.
–Por desgracia o por fortuna, el Destino ha tejido ya su red -dijo Pelias-, y yo no puedo hacer nada para cambiarlo. Ahora, escucha: tu meta es la ciudad de Paikang, en Khitai. Allí habita Yah Chieng en su torre de color púrpura, protegido por doscientos gigantes khitanios, los hombres más hábiles con la espada en todo Oriente. Chieng ha
usurpado el poder de los legítimos gobernantes y manda de forma tiránica. Ten cuidado con su magia negra. Con un solo gesto puede aniquilar a todo un ejército. No sé si podré ayudarte, pero trataré de hacerlo. Ahora ven conmigo.
El enjuto hechicero se puso en pie y se acercó a un escritorio hecho de ricas y exóticas maderas con incrustaciones de oro. El mueble tenía un aspecto curioso, como si no hubiera sido hecho por manos humanas.
Conan no disimuló su extrañeza. En ninguno de sus viajes había visto un mueble como aquél.
Pelias apretó un saliente, oculto entre las tallas de una de las patas del escritorio. Se corrió hacia fuera un cajoncillo, y el hechicero tomó un objeto de su interior. Se trataba de un anillo de extraño aspecto, ya que no brillaba con el fuego del oro, ni con el helado fulgor de la plata; ni siquiera con el brillo rojizo del cobre. Su lustre azulino no se parecía en nada al de ningún metal conocido.
En su contorno se apreciaban antiquísimos jeroglíficos. Conan se inclinó para observar mejor la joya y reconoció los símbolos secretos que sólo se hallaban en altares ignotos de los templos de Estigia, en el sur.
El sello del anillo también tenía un aspecto extraño. Tenía forma de rombo, y los ángulos superior e inferior más largos y afilados. Una persona poco atenta podía pincharse fácilmente con aquella joya.
Pelias contempló la sortija durante un momento. Su extraño fulgor azulado iluminaba la habitación con helada luz. El cimmerio, con sus finos sentidos, podía apreciar el poder que emanaba del objeto.
Entonces, el hechicero se irguió y apartó un mechón que le caía sobre la frente.
–Han pasado muchas lunas desde que conseguí este anillo -dijo-.
Durante días y noches luché sin reposo contra su dueño, un poderoso brujo de Luxur. La furia de los negros poderes que desatamos habría devastado la tierra, si nuestros respectivos hechizos no se hubieran contrarrestado mutuamente. Con la mente confusa y los sentidos sobreexcitados, luché con él a través de eones sin fin. En el momento en que presentí que ya no podría resistir más, mi adversario se rindió. Se transformó en halcón y trató de huir. Sentí que las fuerzas volvían a mí, y yo también cambié de forma y me convertí en un águila, le di alcance
y lo destrocé con el pico. ¡Ah, aquellos eran días en los que yo era joven y me jactaba de mi poder! Ahora, amigo mío, quiero que te lleves contigo este anillo, que será una poderosa ayuda para ti durante tu empresa. ¿Has oído hablar de Rakhamon?
Conan asintió con la cabeza. Los países del sur estaban llenos de leyendas acerca de su pasado, pero, a pesar de ello, el nombre de aquel temido brujo se pronunciaba con temor, aun cuando hubiera transcurrido un siglo y medio desde su muerte. Los invasores hirkanios habían saqueado e incendiado su ciudad mientras Rakhamon se hallaba inerme, en el sueño producido por el loto negro.
Numerosos adeptos a las artes mágicas habían tratado de encontrar sus libros de hechicería, de los que se afirmaba que estaban escritos sobre pieles curtidas de doncellas desolladas vivas. Sin embargo, nadie pudo en- centrar esos libros. Si ese anillo era en efecto una alhaja que había pertenecido al hechicero, debía de ser muy poderosa.
–Pues bien, éste es el anillo de Rakhamon -agregó Pelias con gravedad-. Algunos de los seres sobrenaturales invocados desde los reinos de las tinieblas no pueden ser dominados, una vez que están presentes, por medio de hechizos protectores. Por consiguiente, el brujo elaboró esta sortija con el metal de un meteorito que encontró durante sus viajes por las tierras heladas del norte. Luego infundió en el anillo insospechados poderes, mediante ritos que guardaba en el mayor secreto. En el curso de estos ritos, la sangre humana corría en abundancia y las gimientes almas eran condenadas a los infiernos más oscuros y profundos. El poseedor de esta sortija puede enfrentarse con cualquier engendro atraído mediante artes nigrománticas, según he podido averiguar. Pero por lo que respecta a su uso, no tengo datos concretos. Es probable que estos detalles desaparecieran junto con los manuscritos. Toma este anillo, Conan; es toda la ayuda que puedo ofrecerte. Ningún otro hechizo que yo conozca tiene valor contra el poder maligno de Yah Chieng.
Conan tomó la alhaja que le entregaba el brujo. Al principio pensó que era demasiado pequeña para el gran tamaño de sus dedos, pero, al tratar de introducirla en el dedo corazón de su siniestra, la sortija se deslizó con suavidad. Parecía tener vida propia, y se ajustaba como si hubiera sido hecha expresamente para él. El cimmerio se encogió de
hombros. Muchos años de experiencia lo habían vuelto un tanto indiferente ante los objetos mágicos. Aquel amuleto podía ser efectivo; en caso contrario, no podía hacerle ningún mal. Sin duda, la intención de Pelias era buena.
–Terminemos de hablar ya -dijo el bárbaro-. Tengo ante mí un largo viaje. Un pan, un trozo de carne y una botella de vino, y estaré en condiciones de ir a dormir. ¿No tienes un catre en el que pueda pasar la noche?
–Tengo el tipo de lecho que prefieras, amigo mío. Mis criados te darán comida y atenderán a tu caballo.
Después de decir esto, el hechicero dio unas palmadas para llamar a los sirvientes.
–Eso me recuerda -dijo Conan, mientras bostezaba-que debo sacrificar un buey a Crom antes de salir de viaje por la mañana. Pero no lo cuentes a nadie, porque, si se llega a saber, la gente podrá decir:
¡Conan está envejeciendo, puesto que ahora venera a los dioses!
OceanofPDF.com