Conan el vengador

Robert E Howard · Capítulo 3 de 15

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Conan el vengador

Prólogo

La habitación se hallaba en penumbra. Unos cirios largos, colocados en los candelabros que adornaban las paredes de piedra, sólo contribuían a despejar un poco la oscuridad. Resultaba difícil entrever la figura, cubierta con un manto y una capucha, que se sentaba ante la sencilla mesa, en el centro de la sala. Era más difícil aún apreciar los detalles de otra silueta, agazapada en las sombras, que parecía comunicarse en un mudo diálogo con la primera.

Una fuerte ráfaga de viento agitó el aire de la habitación, como por efecto del movimiento de unas gigantescas alas. Las llamas de los cirios se avivaron, y de repente la silueta que estaba ante la mesa quedó sola.

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Las alas que la oscuridad oculta

Los imponentes muros del palacio real de Tarantia recortaban su destacado perfil contra el cielo del atardecer. Los centinelas se paseaban por las almenas con la alabarda al hombro y la espada al cinto, pero su vigilancia era un tanto despreocupada. Lanzaban frecuentes miradas a la entrada del castillo, al que estaban accediendo numerosos nobles y caballeros con sus damas por el puente levadizo, que iban pasando bajo las gruesas rejas del alzado rastrillo.

Quienes conocían a los cortesanos pudieron ver entrar a Próspero, el general del rey y su mano derecha. Iba vestido de terciopelo rojo, con los leopardos dorados de Poitain bordados en su casaca, y avanzaba lentamente, luciendo sus botas de fino cuero. Luego llegaron Palántides, comandante de los Dragones Negros, con una armadura ligera que luego había de quitarse; Trocero, conde de Poitain, con su esbelta y erguida figura, que contrastaba con sus cabellos plateados; los condes de Manara y de Couthen; los barones de Lor y de Imirus, y muchos más. Todos venían acompañados de hermosas damas ataviadas con ricas sedas y satenes, y los servidores del palacio se apresuraban a llevar a un lado del patio los palanquines y los dorados carruajes que habían conducido a los distinguidos huéspedes.

En Aquilonia reinaba la paz, que había durado ya más de un año, desde que tuviera lugar la tentativa del rey de Nemedia -con la ayuda del resurrecto Xaltotun, un brujo de Aquerón- de apoderarse del reino

de Conan. Hacía años también Conan había arrebatado la corona de las sienes ensangrentadas del tirano Numedides, al que había dado muerte delante de su mismo trono.

Pero la conspiración nemedia fracasó. Se exigieron fuertes compensaciones por los daños que habían sufrido los aquilonios, en tanto que la acartonada momia de Xaltotun, muerto de nuevo, era transportada en su misterioso carruaje hacia un lugar oculto y sombrío. El poder del rey Conan se hizo cada vez más fuerte, a medida que el pueblo se iba dando cuenta de la sabiduría y la justicia de su gobierno. No hubo más desórdenes que las incursiones periódicas de los salvajes pictos en la frontera occidental. Estos ataques, no obstante, eran contenidos con relativa facilidad por las veteranas tropas acantonadas a orillas del río Trueno.

La noche en la que se inicia este relato era una noche de fiesta.

Brillaban las antorchas, dispuestas en hilera junto a las puertas, y ricos tapices cubrían el áspero granito. Por los pasillos desfilaban con prisa los criados, ataviados con ropas de vivos colores, a quienes daban órdenes en voz alta los mayordomos. Aquella noche, el rey Conan ofrecía un baile en honor de su reina, Zenobia, que había sido esclava en el harén del rey de Nemedia. La joven había ayudado a Conan a escapar de las mazmorras de Belverus, y, como recompensa, le había sido concedido el mayor honor que se le podía otorgar a una mujer en tierras occidentales: se convirtió en reina de Aquilonia, el país más poderoso al oeste de Turan.

No pasaba desapercibido para la brillante concurrencia el ardiente amor que se profesaban sus regios anfitriones. Éste se hacía evidente en los ademanes, gestos y miradas que se dirigían con discreción el rey y la reina, aunque la sangre bárbara de Conan seguramente le hacía arder en deseos de dejar a un lado su civilizado disimulo y de estrujar en sus fuertes brazos a la encantadora reina. Pero, en cambio, se encontraba a una yarda de distancia de su esposa, respondiendo a las palabras de cortesía de sus invitados con una elegancia que, si bien parecía innata en él, en realidad había adquirido en tiempos recientes.

De cuando en cuando, sin embargo, la mirada del rey se perdía en dirección a la pared más alejada de la estancia, donde se exhibía una espléndida colección de armas: espadas, lanzas, hachas de combate,

mazas y jabalinas. Aunque al soberano le satisfacía ver a su pueblo en paz, le resultaba imposible dominar el impulso de su naturaleza bárbara, que le recordaba el fluir de la roja sangre y el crujido de una armadura o de los huesos de un enemigo bajo el filo de su pesado sable.

Pero aquel tiempo era más propicio para empresas pacíficas, y Conan volvió la vista hacia la rubia condesa que les estaba haciendo una reverencia a él y a Zenobia.

Un juez se hubiera visto en un compromiso, de haber tenido que otorgar un premio de belleza entre las hermosas damas que contribuían a dar mayor esplendor a la fiesta. Sin embargo, al ver a la reina, la decisión no admitía dudas: en realidad, la soberana era la más hermosa de todas. La perfección de su cuerpo quedaba realzada por el amplio vestido escotado que llevaba, mientras que su espléndida cabellera negra adquiría mayor relieve con la sencilla corona de plata que la sujetaba. Por otro lado, su rostro, de rasgos perfectos, irradiaba una nobleza y una bondad innatas que no eran fáciles de contemplar en aquellos tiempos.

Y si bien los cortesanos juzgaban afortunado al rey por tener semejante esposa, las damas no envidiaban menos a Zenobia. Conan tenía un aspecto imponente y atractivo con su sencilla casaca negra, sus ajustadas calzas de seda y sus botas de suave cuero, también negro. El león de Aquilonia brillaba en su pecho, y la única joya que llevaba era una estrecha corona de oro con la que sujetaba su oscura cabellera. Al observar sus amplios y recios hombros, su esbelta cintura y caderas y los musculosos miembros, que se movían como los de un felino, cualquiera podía comprender que aquel hombre no había nacido para la vida civilizada.

Sin embargo, el rasgo más llamativo de Conan se hallaba en sus fogosos ojos azules, que brillaban en su rostro oscuro e inescrutable, cubierto de pequeñas cicatrices. Aquellos ojos, que parecían mirar desde insondables abismos, habían contemplado escenas jamás imaginadas por la brillante concurrencia del palacio; habían visto campos de batalla atestados de mutilados cuerpos, cubiertas de barcos empapadas de sangre, atroces ejecuciones, y sacrificios en los altares de exóticos dioses. Sus poderosas manos habían empuñado el sable occidental, el alfanje zuagir, el cuchillo zhaibar, el yatagán turanio y el

hacha de los hombres del bosque, todo ello con la misma devastadora destreza y potencia, frente a hombres de todas las razas e incluso contra criaturas inhumanas llegadas de dominios ignotos y tenebrosos.

El barniz de la civilización cubría su alma de bárbaro con una capa muy delgada.

El bañe comenzó. El rey Conan lo inició junto con la reina, dando los primeros y complicados pasos del minué aquilonio. Aunque el cimmerio no era un gran experto en las figuras más intrincadas de la danza, su primitivo instinto le permitía llevar el ritmo con una naturalidad que había facilitado en gran medida las lecciones que le diera la semana anterior el maestro de ceremonias de la corte. Poco a poco se fueron agregando otras parejas, y al cabo de un rato el mosaico del suelo desaparecía bajo las vestimentas multicolores de los cortesanos.

Los pesados candelabros arrojaban una luz cálida y suave por todo el salón. Nadie pareció notar la leve corriente que se comenzó a levantar en cierto momento e hizo temblar la llama de las velas. Los asistentes tampoco advirtieron la presencia de unos ojos abrasadores que escrutaban desde las sombras de una pequeña ventana, recorriendo con ávido interés el conjunto de los bailarines. Finalmente, la intensa mirada se detuvo en la esbelta figura que el rey rodeaba con los brazos. Tan sólo se divisaban los ardientes ojos, pero de la oscuridad surgió casi inaudible una risa apagada y ronca. Luego, los ojos desaparecieron y la ventana se cerró.

En ese momento sonó el enorme batintín de bronce situado en el extremo del salón. Se anunciaba una pausa, y los invitados se dispusieron a refrescarse con vinos helados y sorbetes de Turan.

–Conan, voy a tomar un poco de aire. El baile me ha hecho entrar en calor -le dijo la reina al cimmerio, al tiempo que se acercaba hacia el balcón, que en aquel momento estaba abierto.

El rey se disponía a seguirla cuando se vio rodeado de un grupo de damiselas, que aprovecharon la pausa para rogarle que les contara algunas proezas de su azarosa vida. Una de ellas le preguntó si era cierto que había sido jefe de las hordas salvajes que vagaban por el fabuloso reino de Ghulistán, en los montes Himelios. Otra quiso saber si había sido pirata, y otra le rogó que contara cómo había salvado al

reino de Khaurán de los saqueadores shemitas, que habían luchado a las órdenes del jefe mercenario llamado Constantius.

Las peticiones se sucedían sin cesar, y Conan respondía cortésmente, pero con evasivas. Su instinto de bárbaro le advertía que estaba ocurriendo algo extraño, y lo impelía a seguir a Zenobia al balcón con el fin de protegerla, si bien parecía que nada pudiera amenazar a su querida esposa allí, en la capital, en su propio palacio, rodeada de amigos y de fieles soldados.

De todos modos, el cimmerio estaba inquieto. Sentía en la sangre una premonición de peligro y, fiándose de su instinto, comenzó a avanzar en dirección al balcón, a pesar de las protestas de su atractivo auditorio.

Finalmente, Conan divisó la blanca silueta de Zenobia, que se encontraba de espaldas a él, y cuyo cabello se mecía bajo la suave y fresca brisa. El rey gruñó levemente de alivio y se dijo que por una vez lo habían engañado sus sentidos. A pesar de todo, siguió acercándose a la reina.

De repente, la esbelta figura de Zenobia fue envuelta por la noche.

La oscuridad cayó como un negro manto sobre la concurrencia, que murmuró inquieta. Un hálito helado de muerte se extendió por la enorme sala. Un trueno hizo estremecer las paredes del castillo. La reina gritó.

Cuando se desvanecieron las sombras, Conan saltó como una pantera hacia el balcón abierto, empujando con violencia a las cortesanas y a los nobles que lo rodeaban. Se oyó otro grito, pero el sonido de éste era más débil, como si Zenobia se estuviera alejando.

Cuando el rey llegó a la terraza, ésta estaba vacía.

Conan examinó con la mirada los muros del palacio, imposibles de escalar, y no vio nada extraño. Luego levantó la vista, y allí, recortada contra el cielo iluminado por la luna, divisó una forma fantástica, una horrible pesadilla con vago aspecto humano, que aferraba la blanca silueta de su amada esposa. Alejándose mediante los poderosos impulsos de sus alas de murciélago, el monstruo disminuyó de tamaño hasta convertirse en un punto en el horizonte.

El rey de Aquilonia permaneció inmóvil unos instantes, como si se hubiera convertido en una estatua de oscuro acero. Tan sólo sus ojos

parecían estar vivos, y expresaban una terrible ira y desesperación.

Cuando se volvió hacia la concurrencia, los cortesanos se apartaron en silencio, como si él mismo hubiera sido el monstruo que acababa de raptar a la reina. Sin decir una sola palabra, el cimmerio se dispuso a salir de la habitación, apartando a damas, nobles, sillas y mesas.

Antes de llegar a la puerta, no obstante, se detuvo ante las panoplias y retiró de una de ellas un pesado sable que había empuñado en numerosas campañas. Al tiempo que levantaba el arma, pronunció estas palabras con emoción contenida:

–Desde ahora dejo de ser vuestro rey, hasta que encuentre a mi querida esposa. Si no soy capaz de hallarla, entenderé que tampoco soy digno de gobernaros. ¡Pero por Crom que al menos buscaré a ese ladrón, y haré caer sobre él el peso de mi venganza, aun cuando lo protejan todas las huestes armadas del mundo!

A continuación, el cimmerio profirió un grito terrible y extraño, que resonó espantosamente en los muros del palacio. Parecía el lamento de un alma condenada, y un escalofrío de horror invadió a los presentes, cuyos rostros adquirieron un tono ceniciento.

El rey salió de la habitación, y Próspero le siguió. Trocero se detuvo un instante, echó una mirada a los cortesanos y enseguida se alejó en pos de sus amigos.

Una temblorosa condesa de Poitain hizo la pregunta que atenazaba las mentes de todos.

–¿Qué fue ese terrible grito del rey? – dijo-. Me heló la sangre en las venas, y sentí como si hubiera caído sobre mí una maldición. Los espíritus vengativos de los Oscuros Dominios deben de gritar de ese modo cuando vagan por los páramos en busca de su presa.

El conde de Raman, un veterano de las guerras fronterizas, respondió:

–No has estado muy errada, mi señora. Se trata del grito de guerra de las tribus cimmerias, que lanzan cuando se aprestan a la batalla sin otro pensamiento que el de matar. Yo lo escuché una vez, durante el saqueo de Venarium, cuando los oscuros bárbaros escalaron nuestras murallas a pesar del alud de flechas que les arrojábamos. Luego iniciaron el pillaje y pasaron a cuchillo a los defensores.

Un tenso silencio se abatió sobre la concurrencia.

–¡No, Próspero, no! – exclamó Conan, y su puño golpeó la mesa con tremendo ímpetu-. Viajaré solo. Si llevo conmigo un contingente armado, podría atraer a algún enemigo que aliente inconfesables planes. Tarascus no ha olvidado la derrota que les infligimos, y Koth y Ofir siguen siendo tan poco dignos de confianza como siempre.

Cabalgaré, no como el rey Conan de Aquilonia, con un brillante séquito de caballeros y soldados, sino como Conan el cimmerio, un simple aventurero.

–Pero Conan -dijo Próspero con la familiaridad que le otorgaba su largo trato con el rey-, no podemos consentir que arriesgues tu vida en una empresa tan incierta. De esta manera, tal vez nunca llegues a lograr tu propósito, mientras que con las lanzas de los caballeros de Poitain podrás vencer a cualquier adversario. ¡Deja que vayamos contigo!

Los ojos azules del rey brillaron con fiera gratitud, pero a pesar de todo sacudió negativamente su negra melena.

–No, amigos míos -repuso-. Presiento que es mi destino liberar yo solo a la reina. Ni siquiera la ayuda de mis caballeros más fieles me puede asegurar el éxito. Tú, Próspero, deberás encargarte del mando de mi ejército durante mi ausencia, y tú, Trocero, gobernarás el reino.

Si no estoy de vuelta dentro de dos años… ¡elegid un nuevo rey!

Conan se quitó la fina corona de oro que llevaba en la cabeza y la depositó sobre la mesa de roble. Luego permaneció quieto un momento, reflexionando.

Trocero y Próspero no hicieron ningún intento de romper su silencio. Sabían desde hacía mucho tiempo que las actitudes del cimmerio resultaban extrañas e incomprensibles para un hombre civilizado. Con su mente de bárbaro aún no doblegada por la vida cortesana, era capaz de pensar de un modo diferente a como lo hacían los hombres corrientes. Allí no sólo se encontraba un monarca cuya reina había sido raptada; allí había un hombre primitivo, cuya compañera acababa de serle arrebatada por fuerzas ignotas y desconocidas, y que, sin hacer grandes demostraciones de ira o de desesperación, alimentaba en su alma una silenciosa y terrible venganza.

Finalmente, Conan se encogió de hombros y, rompiendo el silencio, dijo:

–Dame un caballo, Próspero, y el equipo de un soldado mercenario.

Partiré enseguida.

–¿Hacia dónde? – preguntó el general.

–En busca del mago Pelias de Koth, que habita en Khaniria, la capital de Khoraja. Intuyo que en los sucesos de esta noche ha intervenido la magia negra. Aquella cosa que volaba no era un ave terrenal. Nunca me interesaron los hechiceros, y siempre me defendí sin su ayuda, pero creo que ahora necesito el consejo de Pelias.

Al otro lado de la pesada puerta de roble había un hombre, que escuchaba con la oreja pegada a la madera. Cuando oyó las últimas palabras del rey, una sonrisa le distendió el rostro. Echó una mirada furtiva a su alrededor y luego desapareció por una de las arcadas del pasillo, que estaban cubiertas de pesados tapices. Oyó que la puerta se abría y que, después de pasar Conan y los otros, sus pisadas se perdían escaleras abajo.

El espía aguardó hasta que volvió a reinar el silencio. A continuación, después de mirar a derecha e izquierda, salió de su escondite. Iba vestido con el atuendo de un miembro de la corte, y cruzó el patio sin ser molestado. Después entró en el edificio de la servidumbre y volvió a salir al cabo de un rato, cubierto con una pesada capa de lana que lo resguardaba del frío de la noche. Le dio al centinela el santo y seña, y éste lo dejó salir. El misterioso individuo se encaminó entonces hacia la zona occidental de la ciudad.

Nadie lo seguía. Las callejuelas y los pasadizos estaban tan oscuros como el interior de una chimenea. Débiles rayos de luna, cuando ésta asomaba entre las nubes, atravesaban las tinieblas. Centinelas con cascos en punta y alabardas al hombro recorrían las calles por parejas, hablando en voz baja. Algunas rameras, acodadas en el repecho de sus ventanas, llamaban a los escasos transeúntes. Algunas de éstas eran hermosas, y el amplio escote de sus vestidos dejaba ver el esplendor de su busto de marfil. Pero la mayoría eran mujeres de tez ajada, que trataban de disimular con una capa abundante de polvos y de colorete de Hirkania. Mas el desconocido seguía adelante sin desviarse de su camino.

Finalmente llegó ante una gran mansión rodeada de un parque. Un elevado muro circundaba la propiedad, y el hombre, después de detenerse ante una pequeña puerta, golpeó cuatro veces con los nudillos. Un gigantesco estigio de piel oscura y túnica blanca le abrió la portezuela. Los dos hombres intercambiaron algunas palabras en voz baja, y a continuación el sirviente del palacio se dirigió rápidamente hacia la casa, donde todas las ventanas estaban a oscuras, excepto una.

Era evidente que no se trataba de la casa de un nativo aquilonio.

Pesados tapices y hermosos cuadros adornaban las paredes, pero los motivos no eran occidentales. Se veían templos con cúpulas de mármol, blancos ziggurats y gentes vestidas con flotantes túnicas y turbantes en la cabeza. Las mesas ovaladas con arabescos, así como los divanes cubiertos de sedas verdes y rojas, y los jarrones llenos de flores extrañas, contribuían a dar al conjunto un aire oriental opulento y exótico.

Recostado en uno de los divanes se encontraba un hombre corpulento y sanguíneo, que bebía vino de una copa adornada con piedras preciosas. Devolvió la reverencia del criado con ademán displicente, y preguntó con voz lánguida:

–¿Qué te trae por aquí, Marino? ¿No tienes bastante trabajo que hacer para mí en el baile del rey? La fiesta no ha de terminar hasta bien entrada la madrugada, a menos que Conan haya sido dominado por uno de sus arrebatos de bárbaro. ¿Qué ha sucedido?

El personaje tomó otro sorbo de vino y observó a Marino con una mirada penetrante.

–Mi señor Ghandar Chen, la reina de Aquilonia ha sido raptada por un monstruo sobrenatural que se la llevó volando por el cielo. El rey sale a caballo esta noche, solo, en busca de su esposa. Pero antes, y con el fin de obtener algún indicio acerca del secuestrador, irá a Khaniria a ver al hechicero kothio Pelias.

–¡Por Erlik, eso sí que son noticias! – exclamó Ghandar Chen, al tiempo que se ponía en pie de un salto con los ojos centelleantes-. Cinco de mis envenenadores cuelgan ahorcados en la colina de las ejecuciones, y esos malditos esbirros de los Dragones Negros son incorruptibles. ¡Pero ahora tenemos a Conan completamente solo y en tierras extrañas!

Ghandar Chen dio unas palmadas, y enseguida entró el estigio, que permaneció en silencio, a la espera de órdenes, con expresión inescrutable en su sombrío rostro. Entonces, Ghandar Chen dijo:

–Conan de Aquilonia emprende un prolongado viaje esta noche. Se va solo, como si fuera un simple mercenario. Su primer destino será la ciudad de Khaniria, en Khoraja, donde intentará obtener la ayuda del hechicero Pelias. Debes cabalgar rápidamente hasta donde se encuentra Baraccus, que está acampado a orillas del río Yivga.

Ordénale que tome los hombres de confianza que necesite y que mate a Conan en Khaniria. ¡Si ese maldito brujo se decide a ayudarle, puede acabar con todos nuestros hombres haciendo un gesto con la mano!

El sombrío rostro del estigio pareció animarse, y sus delgados labios se distendieron en una sonrisa maligna. Luego dijo con voz ronca:

–Conozco bien a Conan, pues fue él quien aniquiló a las huestes del príncipe Kutamún en las afueras de Khoraja. Yo fui uno de los pocos sobrevivientes; me capturaron unos mercaderes de esclavos kothios y me vendieron. ¡Yo, que nací noble y fui criado para la guerra y la caza!

He esperado mucho tiempo el momento de la venganza, y si los dioses me lo permiten, yo mismo mataré al cimmerio.

La diestra del estigio aferró la empuñadura de su larga daga.

–Me marcho enseguida, mi amo -agregó, y tras hacer una profunda reverencia, salió de la habitación.

A continuación, Ghandar Chen se sentó ante una mesa de sándalo con hermosas incrustaciones de nácar y, después de sacar una pluma de oro y un pergamino de un cajón, escribió lo siguiente:

«Al rey Yezdigerd, señor de Turan y del Imperio Oriental: Tu fiel servidor, Ghandar Chen, te saluda, Majestad, y te informa que Conan el cimmerio, el kozako y pirata, cabalga solo hacia Khaniria. He dado órdenes de que lo maten allí. Cuando lo hagan, te enviaré su cabeza, señor. Si lograse escapar -con la ayuda de la magia-, es probable que su camino lo lleve a través de territorio turanio. Escrito en el Año del Caballo, el tercer día del Mes Dorado.»

Firmó la misiva y esparció arenilla para secar la tinta. Luego, el turanio se puso en pie y le entregó el documento a Marino, que había estado escuchando.

–Ve rápidamente a caballo hacia el este -le ordenó-. Sal enseguida.

Mis criados te proporcionarán armas y un caballo. Deberás entregar este documento al rey Yezdigerd en persona, en Aghrapur. Sin duda, te recompensará generosamente.

Una sonrisa de satisfacción apareció en el rostro de Ghandar Chen, mientras se recostaba de nuevo en el diván y tendía la mano hacia la copa de vino.

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