Conan el vengador

Robert E Howard · Capítulo 12 de 15

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Conan el vengador

Capítulo 10

La guarida del brujo

Al extremo del húmedo pasadizo de piedra se abría una sala amplia y de techo muy alto. Las losas del suelo estaban cubiertas de un polvo que no había sido hollado por pies humanos desde tiempos inmemoriales. El denso silencio tenía aire amenazador. La parte superior del recinto casi se perdía en la oscuridad. Conan avanzó con cautela por el amplio suelo de piedra en dirección a la entrada de otro pasillo, como si lo amenazara un peligro concreto.

De repente se oyó un estampido similar al de un trueno entre las paredes de piedra, y un chillido estremecedor hizo que la sangre se le helara a Conan en las venas. A continuación, unas alas ultraterrenas se cernieron sobre el cimmerio, y una especie de halcón se abalanzó sobre él desde la oscura zona superior del recinto.

El bárbaro se arrojó a un lado, apenas a tiempo de evitar las afiladas garras del monstruo. Luego su espada trazó un arco brillante y el ser alado, que tenía forma vagamente humana, se alejó aullando. La espada le había cercenado un brazo a la altura del codo, y de la herida brotaba una sangre oscura y hedionda. Con un terrible alarido, se abalanzó de nuevo sobre el cimmerio. Conan no cedió terreno esta vez.

Sabía que su única posibilidad residía en traspasar con un golpe seguro las entrañas de aquel engendro que, aunque estaba parcialmente desmembrado, tenía fuerza suficiente para destrozarlo. Estaba seguro de que se trataba del mismo ser de pesadilla que había raptado a Zenobia varios meses atrás.

El monstruo extendió las alas para un vuelo planeado. En el último momento, Conan esquivó las garras del otro brazo y aplicó toda su fuerza en un golpe violento. La hoja de la espada penetró en el negro cuerpo, mientras las afiladas uñas del monstruo le desgarraban la ropa que cubría sus espaldas.

Con agónico jadeo, el ser alado cayó al suelo. El cimmerio apoyó el pie en el cuerpo del engendro para liberar la hoja de su sable, que salió empapada de sangre, oscura y hedionda.

Conan tenía el cabello enmarañado y empapado de sudor, y su propia sangre le corría por la espalda a consecuencia de las heridas

sufridas. Pero en sus ojos ardía un fuego terrible cuando siguió avanzando hacia la entrada de otro pasillo. Detrás de él, sobre las losas de la gran sala, estaba tendido el monstruo en medio de un charco de sangre parda, con los ojos amarillos, sin vida, mirando hacia la oscuridad de la cual había venido.

El pasillo en el que entró Conan era corto y recto. A lo lejos vio una puerta de piedra y, al acercarse, advirtió en su superficie algunos signos grabados de origen khitanio. Aquél debía de ser el Túnel de la Muerte, que conducía hacia las habitaciones privadas de Yah Chieng. Detrás de aquella puerta encontraría a su enemigo. Los ojos del cimmerio centellearon en la oscuridad, y su mano aferró la empuñadura de la espada con una fuerza cargada de venganza.

De repente, la oscuridad dio paso a una luz deslumbradora. Unas altas llamas rojizas se alzaban desde el suelo, creando un muro infernal. El fuego formaba largas lenguas que se retorcían hasta alcanzar el techo. Luego, éstas parecieron avanzar hacia Conan, como hambrientas, y el bárbaro pudo sentir el terrible calor en el rostro y los brazos. La ropa del cimmerio comenzó a humear. El sudor le corría por el rostro y la espalda, y cuando se lo fue a secar con el dorso de la mano sintió el arañazo de una punta metálica.

¡El anillo de Rakhamon, otra vez! Lo había olvidado en su determinación de luchar sin ayuda. ¿Sería lo bastante eficaz como para poder enfrentarse al hechicero amarillo?

Conan pasó la mano sobre las oscilantes llamas. Entonces resonó en las paredes del corredor un estallido similar al de mil timbales, y las llamas más cercanas cayeron al suelo como partículas de cristal. El ruego que quedaba se tornó rígido y frío, como una imagen inmóvil del infierno.

El cimmerio traspuso de un poderoso salto el muro de fuego, y luego avanzó hacia la puerta de piedra. Se sentía armado de avasalladora fuerza. Sabía que en la mano llevaba un anillo con el cual todo era posible.

El frío altar de piedra helaba la carne tibia del cuerpo de Zenobia.

Sus manos se retorcían inútilmente, pues tenía los brazos y las piernas encadenados y unidos a un anillo sujeto al suelo. Su espléndido cuerpo yacía tendido sobre la piedra. Cerca de ella, su torturador estaba

ocupado delante de una mesa larga y oscura, atestada de extraños objetos, como frascos, cajas y rollos de polvorientos pergaminos. Bajo la capucha del manto sobresalía la hirsuta barba del hechicero.

El techo de la amplia habitación era tan alto que Zenobia no alcanzaba a verlo. La mujer estaba llena de desesperación, pero su autodominio, del que había dado muestras en aquellos meses de cautiverio, le permitía controlar sus emociones.

Al pensar en Conan, su esposo, el corazón de Zenobia parecía que iba a estallar de pena y nostalgia. Yah Chieng le había dicho que Conan había salido solo en su búsqueda. Zenobia no sabía bien de qué artes se había valido el brujo para saber aquello, pero en todo caso su bienamado Conan podía yacer muerto en aquellos momentos en las estepas turanias, o haber sido capturado y asesinado por los montañeses de las tribus himelias. Eran muchos los hombres poderosos de Oriente que lo odiaban.

Ese mismo mediodía, los esbirros del hechicero amarillo la habían sacado de su celda y llevado a aquella habitación, donde la encadenaron sobre el espantoso altar. Desde entonces había estado a solas con el brujo khitanio. Éste, sin embargo, parecía ignorarla y se limitaba a manipular sus aparatos, mientras murmuraba encantamientos que leía en los libros antiguos.

Pero entonces el demoníaco viejo se acercó a Zenobia. La luz se reflejaba en la hoja de la extraña daga que estaba empuñando. En el acero podían verse grabados algunos signos cabalísticos. El rostro del brujo estaba tenso por la expectación maligna que lo animaba.

Llena de desesperanza, Zenobia encomendó su alma a Mitra.

En ese momento, la pesada puerta de la habitación se abrió violentamente hacia dentro, y cayó al suelo con un terrible estrépito, haciendo saltar fragmentos de losas y una gran nube de polvo.

Un hombre alto y fornido apareció en el vano de la puerta. Era un gigante musculoso de negra melena y fogosos ojos azules que arrojaban destellos de ira. Las antorchas reflejaban su luz en la hoja de la espada que empuñaba.

El corazón de Zenobia estuvo a punto de detenerse a causa de la alegría. ¡Por fin había llegado Conan, su adalid!

Con silenciosa y terrible ferocidad, el cimmerio atacó al nigromante oriental. De una mirada se había hecho cargo de la situación. La imagen del cuerpo de Zenobia preparada para el sacrificio le indicaba a Conan que había llegado en el momento oportuno.

De repente, Zenobia se levantó del altar, libre de sus cadenas.

Entonces, Conan vio que ya no era su esposa, sino un enorme tigre. Su rugido resonó en la sala mientras saltaba sobre Conan con las garras extendidas y las fauces abiertas. Cuando el cimmerio levantaba ya la espada para decapitar al enorme felino, éste se transformó en un esqueleto al que cubría una túnica verde con capucha. Una mano huesuda aferró con increíble fuerza la muñeca de Conan.

Gruñendo, el cimmerio liberó su arma de entre los verdes pliegues de la túnica, en los que se había enredado, y de un golpe quebró la sonriente calavera en mil pedazos. En ese momento sintió un ardor en su dedo anular. Era como si estuviera en llamas. Vio que el anillo mágico brillaba con un fulgor rojizo ultraterreno que le producía terribles dolores de cabeza. Se quitó la sortija humeante y la dejó caer al suelo. Al hacerlo, oyó una risa maligna que provenía del hechicero.

El khitanio permanecía en pie, con los brazos extendidos sobre la cabeza. Sus labios murmuraban sin cesar encantamientos, mientras las llamas brillaban con mínima intensidad en los fogariles. Conan sacudió la cabeza, como aturdido. Todavía no se había recuperado de la penosa impresión sufrida.

Con extraña apatía vio una neblina azul que se levantaba del suelo, a su alrededor, con mortífera lentitud, y lo envolvía en sus tenues volutas. Poco después, se halló completamente rodeado de vapores.

Trató de moverse, pero tuvo la impresión de que estaba caminando sobre una capa de miel muy fría. Apenas si podía levantar los pies del suelo. Comenzó a jadear, y el sudor le cubrió el rostro.

La neblina seguía espesándose. De repente, empezó a ver unas imágenes reflejadas en las volutas azules. Vio a antiguos amigos y mujeres hermosas, caballeros montados a caballo y reyes con mantos de color púrpura. Luego, las siluetas se transformaron en viejos enemigos, que a su vez se convirtieron en sombras borrosas. Todos los monstruos que el hombre había temido desde que ascendiera reptando del mar aparecieron en interminable sucesión ante sus ojos y se fueron

acercando cada vez más a él. Extendieron las garras en dirección a su cuello, como para estrangularlo, y sus ardientes ojos parecían querer sacarle el alma para llevársela a los infiernos.

Conan se estremeció de horror hasta lo más íntimo de su ser. Tenía los músculos agarrotados a causa de la tremenda tensión. Trató de librarse de aquel hechizo, pero sus miembros se negaban a obedecerle.

El esfuerzo y la lucha que se desarrollaban en su mente, en lo más profundo de su consciencia, le resultaban insoportables. Le abrumaba un sentimiento de derrota. Presentía que el mal y las tinieblas iban a triunfar, a pesar de todos sus esfuerzos. Su alma hechizada permanecería encadenada por toda la eternidad en los negros abismos del infierno.

Notó que la consciencia lo abandonaba poco a poco, y no pudo hacer nada por evitarlo.

Luego le pareció ver, por encima de los engendros burlones y malignos de la oscuridad, una escena que representaba un gran salón.

Las paredes estaban hechas de troncos gigantescos, y las vigas del techo eran tan gruesas como el cuerpo de cuatro hombres juntos. Bajo una tenue luz se veía a unos hombres de aspecto sombrío, cubiertos con una cota de malla gris, que estaban en pie alrededor de un trono. En éste se hallaba sentado un rey o un dios de negros cabellos, alto, de ojos oscuros y rostro severo e implacable. La voz del soberano llegó directamente a la consciencia del bárbaro.

–¡Hombre de Cimmeria! – le dijo-. Eres hijo de Crom, y éste no consentirá que sufras la condena eterna. Has sido visto siempre con buenos ojos por el dios, y por ello la magia negra oriental no se apoderará de tu espíritu.

Los oscuros ojos del dios brillaron intensamente. Luego levantó su poderosa mano, y de ella surgió una luz. Conan sintió que su antiguo poder le volvía plenamente al cuerpo. La neblina azul se fue aclarando, hasta que desapareció por completo. También los demonios huyeron, entre murmullos de frenético terror.

El miedo se reflejó hasta en los ojos de Yah Chieng. Pero el brujo levantó de nuevo el cuchillo del sacrificio sobre la figura de Zenobia.

Entonces, un pesado cuerpo cayó sobre el hechicero, entre una confusión de agitados miembros y de pliegues de anchas ropas.

El cimmerio saltó sobre el altar con el poderoso impulso de un tigre.

Luego masculló un susurro helado y terrible.

–¡Por fin nos encontramos, perro amarillo! – dijo con voz sibilante-.

¡Los dioses te han condenado, y tus negros poderes han desaparecido!

Cuando el bárbaro oprimió con mortífera fuerza el cuerpo de su enemigo, Yah Chieng lanzó un grito inhumano de espanto.

–¿No oyes los lamentos de los heridos y el estruendo de las armas? –

siguió diciendo Conan-. ¿No ves las llamas de los incendios?

¡Contempla cómo tus perversos soldados son aniquilados por los presos que yacían en las mazmorras de la ciudad, y por el mismo pueblo de Paikang! ¡Tu sangriento imperio se desmorona, se convierte en ruinas!

¡Y ahora te envío a los negros infiernos, para que allí te pudras por toda la eternidad!

Los músculos del cimmerio se hincharon en un esfuerzo colérico y vengativo. Se oyó un chasquido estremecedor, y Conan se puso en pie, jadeando, al tiempo que dejaba caer un cadáver descoyuntado y sin vida.

El cimmerio tenía el jubón quemado y desgarrado; la espalda cubierta de heridas y magulladuras, y las cejas chamuscadas. Pero a pesar de todo avanzó hasta el altar y, después de inclinarse, aplicó toda la fuerza titánica de que era capaz. Las cadenas que sujetaban a la mujer tintinearon al caer rotas sobre el suelo.

Cuando los vencedores atravesaron la puerta dando vítores al cimmerio, lo encontraron abrazado a su bienamada reina con el ardor del hombre que ama por primera vez.

Y aquella noche, Conan realizó por segunda vez en veinticinco años un sacrificio a Crom, el dios de los cimmerios, los hombres de oscura cabellera.

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