Conan el vengador
La Edad Hiboria – Parte II
Quinientos años después de los sucesos narrados en último lugar (es decir, tras el reinado de Conan el Grande), la civilización hiboria fue barrida del mundo. Su caída fue excepcional en el sentido de que no se produjo por una decadencia interna, sino por el creciente poder de los pueblos bárbaros y de la nación hirkania, precisamente cuando los hiborios estaban en el apogeo de su vigorosa cultura.
Esta decadencia podría explicarse por los codiciosos afanes de Aquilonia, si bien de un modo indirecto. Anhelando extender su imperio, los sucesivos reyes aquilonios declararon la guerra a sus vecinos de Zingara, Argos y Ofir, países que se anexionaron sin el menor escrúpulo. Hicieron lo mismo con las ciudades occidentales de Shem, que anteriormente se habían librado del yugo de Koth. Este país, junto con Corinthia y con las tribus shemitas orientales, se vio obligado a pagar tributos a Aquilonia y a respaldarla en sus guerras. Existía una antigua enemistad entre Aquilonia e Hiperbórea, y esta última nación reunió un día sus ejércitos para enfrentarlos a los de su adversario occidental.
Las llanuras del Reino Fronterizo fueron testigo de una larga y salvaje batalla, en la que las huestes del norte fueron derrotadas y tuvieron que retirarse a sus tierras nevadas, mientras los triunfantes aquilonios los dejaban huir sin molestarse en perseguirlos. El reino de Nemedia, que durante siglos había conseguido resistir con éxito a los aquilonios, estableció una alianza secreta con Brithunia, Zamora y Koth, con la que se pretendía aplastar el naciente imperio. Pero antes de que se reunieran todos los ejércitos para dar la batalla, apareció un nuevo enemigo por Oriente. Eran los hirkanios, que efectuaban su primera invasión de envergadura en el mundo occidental. Con el refuerzo de aventureros de la ribera oriental del mar de Vilayet, los jinetes turanios barrieron Zamora, devastaron Corinthia oriental y fueron contenidos en las llanuras de Brithunia por los aquilonios, que los derrotaron y los rechazaron rápidamente hacia el este. Pero con ello quedaron rotos los cimientos de la alianza, y Nemedia se limitó a ponerse a la defensiva en las guerras que se produjeron después,
ayudada en ocasiones por Brithunia, Hiperbórea y en secreto, como siempre, por Koth.
Esta derrota de los hirkanios demostró al resto del mundo el verdadero poderío del reino occidental, cuyos magníficos ejércitos eran reforzados con tropas mercenarias, muchas de ellas reclutadas entre los extranjeros zingarios y shemitas, y los bárbaros pictos. Zamora fue reconquistada de manos de los hirkanios, pero el pueblo descubrió entonces que tan sólo había cambiado el amo oriental por el occidental.
Los soldados aquilonios quedaron acuartelados en Zamora no sólo para proteger al país de una posible invasión, sino también para mantener sometido al pueblo. Los hirkanios, que no admitían su derrota, realizaron tres nuevas invasiones a través de las fronteras zamorias y de las tierras de Shem. Una vez más, los aquilonios los hicieron retroceder, si bien los ejércitos hirkanios crecieron en efectivos mientras se retiraban por la ribera meridional del mar interior.
Pero en Occidente se estaba desarrollando un nuevo poder que terminaría con la hegemonía de los reyes aquilonios. En el norte había pugnas incesantes en la frontera Cimmeria, entre los guerreros de oscura cabellera y los hombres de Nordheim, así como entre los aesires y los vanires. Los primeros invadieron Hiperbórea y adelantaron su frontera, después de destruir una ciudad tras otra. Los cimmerios también combatieron a los pictos y a los bosonios, y en ocasiones realizaron ataques contra la misma Aquilonia, si bien se trataba de meras incursiones de saqueo más que de verdaderas invasiones.
A todo esto, los pictos crecían asombrosamente en número y poderío. Por un extraño capricho de la suerte, se debió a los esfuerzos de un extranjero, de un hombre no picto, el que estos bárbaros llegasen a crear un imperio. Ese hombre era Arus, sacerdote nemedio y reformador nato. No se sabe con certeza qué fue lo que le hizo inclinarse en favor de los pictos, pero así es la historia. Lo cierto es que decidió trasladarse a las tierras salvajes del Occidente para cambiar las rudas costumbres de los paganos y convertirlos al apacible culto de Mitra. No le arredraron los sombríos relatos de lo que había ocurrido con otros mercaderes y exploradores. Por ese extraño designio de la providencia, se adentró solo y sin armas entre el pueblo que buscaba, y éste no le dio muerte.
Los pictos se habían beneficiado sin duda alguna del contacto de la civilización hiboria, pero, a pesar de ello, siempre se resistieron con fiereza a tales relaciones. Como consecuencia de aquellos contactos, aprendieron a trabajar rudimentariamente el cobre y el estaño, que se encontraban en su país en escasas proporciones, por lo que más tarde hicieron incursiones en Zingara para procurárselo, o los cambiaron por pieles, dientes de morsa y otros objetos que poseen los salvajes para traficar. Ya habían dejado de habitar en cuevas o en chozas de ramas, y moraban en tiendas hechas de pieles o en rústicas cabañas similares a las de los bosonios. Seguían viviendo principalmente de la caza, ya que sus tierras abundaban en animales salvajes de todas clases, y en los ríos y mares que bañaban sus costas había mucha pesca; pero también habían aprendido a cultivar cereales, si bien lo hacían de forma rudimentaria y preferían arrebatárselos a sus vecinos: los bosonios y los zingarios.
Se agrupaban en clanes o en grupos de tribus que por lo general luchaban entre ellos. Sus primitivas costumbres, basadas en la violencia y en el derramamiento de sangre, resultaban repulsivas para hombres civilizados como Arus de Nemedia. No tenían contactos directos con los hiborios, ya que los bosonios se interponían entre ambos. Arus, sin embargo, aseguraba que los pictos eran capaces de progresar, y los acontecimientos demostraron la verdad de su afirmación, si bien no de la manera que él pensaba.
Arus tuvo la suerte de haber dado con un jefe con más luces que las habituales entre los pictos. Se llamaba Gorm, y no se lo podía calificar con precisión, del mismo modo que no se puede calificar a Genghis Khan, Atila o cualquiera de los jefes bárbaros que, a pesar de haber nacido entre gentes carentes de toda cultura, poseyeron el instinto de la conquista y supieron formar grandes imperios. En una especie de bosonio rudimentario, el sacerdote le hizo saber al jefe el propósito que lo animaba, y, aunque evidentemente extrañado, Gorm le permitió a Arus que permaneciese en su tribu y no lo mató, caso único en la historia de esa raza. Una vez que Arus hubo aprendido la lengua picta, el sacerdote se aplicó a la tarea de cambiar las costumbres más desagradables de los pictos, tales como los sacrificios humanos, las sangrientas luchas intestinas y el rito de quemar vivos a los prisioneros.
Sermoneó largamente a Gorm acerca de las buenas costumbres, y encontró en él a un interlocutor responsable, e interesado en lo que le decía. La imaginación nos permite reconstruir la escena y ver al jefe de pelo negro vestido con pieles, con un collar de dientes humanos en torno al cuello, sentado en cuclillas sobre el sucio suelo de la choza de ramas, oyendo con atención el elocuente sacerdote, que tal vez estaba sentado en un bloque de madera tallada puesto allí en su honor. Arus debía vestir las ropas de seda de los oficiantes nemedios, y haría expresivos movimientos con sus manos blancas y finas mientras exponía los derechos eternos y la justicia de las verdades de Mitra. Sin duda, hablaría con repugnancia de las hileras de cráneos humanos que adornaban las paredes de la choza, y exhortaría a Gorm a que perdonase a sus enemigos, en lugar de utilizarlos para obtener de ellos semejantes adornos.
El sacerdote era un alto exponente de una raza que poseía un sentido artístico innato, y que se había refinado a lo largo de varios siglos de civilización. Por el contrario, Gorm tenía tras de sí una herencia de cientos de miles de años de vida salvaje; caminaba como un tigre, su mirada brillaba como la del leopardo, y su mano de negras uñas apretaba como la de un gorila. Pero Arus era un hombre práctico.
Apeló al anhelo de todo ser humano de acrecentar sus bienes materiales; puso el poder y esplendor de los reinos hiborios como ejemplo de los beneficios otorgados por Mitra, cuyas enseñanzas y leyes habían llevado a los hiborios hasta el alto lugar que ocupaban en el mundo; describió las grandes ciudades, las fértiles llanuras, las murallas de mármol, los veloces carruajes, las torres enjoyadas y los caballeros, cuyas brillantes armaduras les daban tanta ventaja en la batalla. Y Gorm, con el acertado instinto del bárbaro, atesoró sus palabras, haciendo caso omiso de las enseñanzas religiosas y tomando buena nota de las grandezas materiales que tan vividamente le estaban describiendo. De este modo, allí, en aquella choza de ramas en la que hablaban el sacerdote cubierto con un manto de seda, y el jefe salvaje que vestía pieles de animales, se fraguó un imperio.
Como ya se ha dicho, Arus era un hombre de sentido práctico. Se quedó a vivir entre los pictos y logró llevar a cabo lo que un hombre inteligente y bien dispuesto puede hacer en beneficio de sus semejantes,
aun cuando éstos vistan pieles de tigre y se adornen con collares de dientes humanos. A semejanza de todos los sacerdotes de Mitra, era un entendido en numerosas disciplinas y artes. Encontró grandes yacimientos de mineral de hierro en los montes del territorio picto y enseñó a los nativos a extraerlo, a fundir el hierro y a trabajarlo para obtener herramientas, que en un principio fueron agrícolas. Estableció también otras reformas, pero éstas fueron en conjunto sus principales realizaciones: infundió en Gorm el deseo de conocer los países del mundo civilizado; enseñó a los pictos a trabajar el hierro y logró que se establecieran contactos entre los salvajes y los pueblos civilizados.
Accediendo al ruego de Gorm, Arus lo guió junto con algunos de sus guerreros a través de las marcas de Bosonia, donde los sencillos aldeanos contemplaron mudos de asombro la exótica cohorte.
No hay duda de que Arus creyó estar realizando conversiones a su credo a diestra y siniestra, ya que los pictos lo escuchaban con gran atención y jamás lo habían amenazado. Pero el picto no tomaba en serio las enseñanzas que lo impelían a perdonar a sus enemigos y a abandonar las prácticas guerreras para adoptar una forma de vida apacible. La propia naturaleza de aquellos salvajes los llevaba por el camino de la matanza y de la guerra, pues carecían de todo sentimiento altruista y artístico. Cuando el sacerdote hablaba de las glorias de las naciones civilizadas, su auditorio de hombres de piel oscura no pensaba en los ideales de la religión sino en el botín que podían obtener en las opulentas ciudades y en los campos. Cuando relataba la forma en que Mitra ayudaba a algunos reyes a vencer a sus enemigos, se preocupaban poco de los milagros del dios, y mucho de la descripción de las líneas de batalla y de la embestida de los caballeros armados, así como de las maniobras de los arqueros y lanceros. Miraban a Arus con sus agudos ojos negros y su rostro inescrutable, y sacaban sus propias conclusiones, aprovechando las enseñanzas acerca del trabajo del hierro y otras semejantes.
Antes de la llegada del sacerdote, los pictos disponían tan sólo de las armas de acero que arrebataban a los bosonios y a los zingarios. Ellos sólo sabían forjar armas rudimentarias de cobre o de bronce. Tras la llegada de Arus, se abría ante ellos un mundo nuevo, y el estrépito metálico de los martillos resonó en las fraguas de todo el país. Merced
al dominio de aquel nuevo arte, Gorm comenzó a extender su dominio sobre otros clanes, en parte por medios violentos y en parte mediante la astucia y los tratados. En este arte de la diplomacia rústica era muy superior a los demás jefes bárbaros.
Los pictos llegaron, pues, a entrar y salir libremente del territorio aquilonio, y siempre volvían con nuevos conocimientos acerca de la manera de forjar armaduras y espadas. Lo que es más, entraron a formar parte de los ejércitos mercenarios aquilonios, ante el comprensible disgusto de los fornidos bosonios. Los reyes de Aquilonia alentaban la idea de enzarzar a los pictos contra los cimmerios para destruir de ese modo ambas amenazas, pero estaban demasiado ocupados con su propia política de agresión en el sur y en el este para prestar atención a las casi desconocidas tierras del oeste, de las que llegaban cada vez más guerreros rechonchos para prestar servicios como mercenarios.
Una vez concluido el plazo del contrato, dichos guerreros regresaban a sus selvas con una buena instrucción en las artes guerreras de los pueblos civilizados. Los tambores comenzaron a redoblar en los bosques, y en lo alto de las montañas empezaron a aparecer hogueras que servían como medio de comunicación, mientras que los armeros pictos elaboraban, incansables, sus armas sobre un millar de yunques. Mediante innumerables intrigas y tretas, Gorm se convirtió en cabecilla de los jefes salvajes, y en lo más parecido a un rey que habían tenido los pictos en toda su historia. Gorm había esperado mucho tiempo, y se acercaba ya a la vejez. Por ello actuó con rapidez en las fronteras, no para comerciar, sino para guerrear.
Arus comprendió su error cuando ya era tarde. Se dio cuenta de que no había conmovido el alma de los paganos, en la que aún alentaba la ferocidad de las épocas antiguas. En nada había afectado su elocuencia a la conciencia de los pictos. Ahora Gorm vestía un coselete de cota de malla plateada en lugar de las pieles de tigre; pero debajo del nuevo atuendo no había cambiado en absoluto; seguía siendo el eterno bárbaro al que no conmovían la teología ni la filosofía, y que se aferraba a la rapiña y a la matanza.
Finalmente, los pictos irrumpieron a través de las fronteras bosonias a sangre y fuego, pero ya no con hachas de cobre ni pieles de
animales, sino blandiendo armas de afilado acero y cubiertos con cotas de malla. En cuanto a Arus, un picto borracho le destrozó el cráneo cuando trataba infructuosamente de rectificar los errores que había cometido. Gorm lamentó el hecho, y para demostrarlo mandó que colocaran la calavera del asesino sobre la losa de la tumba del sacerdote muerto. Con esa tremenda ironía, el cadáver del hombre al que siempre había repugnado la violencia y el crimen reposó bajo una de las muestras de mayor barbarie que cabía concebir.
Pero las nuevas armas y la malla de acero no bastaron para quebrantar la resistencia enemiga. Durante muchos años, el armamento superior y el coraje de los bosonios mantuvieron a raya a los invasores, si bien, cuando era necesario, los ayudaban las tropas imperiales aquilonias. En esa época los hirkanios prosperaron y luego decayeron, y Zamora fue agregada al imperio.
Después, una traición inesperada destruyó la defensa bosonia.
Antes de relatar cómo se produjo este lamentable hecho, será oportuno echar un breve vistazo al Imperio Aquilonio. Había sido desde siempre un país opulento. Incontables riquezas fueron llevadas a Aquilonia como consecuencia de numerosas conquistas, y un suntuoso esplendor sustituyó a la antigua forma de vida, sencilla y dura. Pero la decadencia no había alcanzado aún a los reyes y al pueblo. Aunque vistieran telas de seda bordadas en oro, los aquilonios seguían siendo una raza enérgica y activa. Sin embargo, la arrogancia había sustituido a la antigua sencillez. Trataban a los pueblos menos poderosos con crecientes menosprecio, e imponían tributos cada vez más fuertes a los sojuzgados. Argos, Zingara, Ofir y Zamora, así como los países shemitas, fueron tratados como provincias dominadas, lo cual era especialmente humillante para los orgullosos zingarios, que a menudo se rebelaban a pesar de las salvajes represalias.
Koth era en la práctica un país tributario, pues gozaba de la
«protección» aquilonia frente a los hirkanios. Pero Nemedia, el otro gran imperio occidental, jamás se había dejado dominar, si bien sus triunfos fueron únicamente defensivos, y se lograron por lo general con la ayuda de tropas hiperbóreas. Durante este período, los únicos fracasos aquilonios fueron, pues, su imposibilidad de anexionarse Nemedia y la derrota de uno de sus ejércitos a manos de los aesires. Así
como los hirkanios se vieron incapacitados para resistir los ataques de la caballería pesada de los aquilonios, estos últimos, al invadir los países nevados, fueron superados en las feroces luchas cuerpo a cuerpo con los nórdicos. Pero las conquistas aquilonias llegaron hasta el río Styx, donde un ejército estigio fue derrotado con gran matanza. El rey de Estigia envió fuertes tributos entonces, con el fin de impedir la invasión de su reino. Brithunia fue reducida después de una serie de violentas guerras, y a continuación se iniciaron los preparativos para acabar con el último enemigo: Nemedia.
Con sus brillantes ejércitos, reforzador por efectivos mercenarios, los aquilonios avanzaron contra su antiguo enemigo una vez más; parecía que por fin la independencia nemedia iba a desaparecer definitivamente. Pero surgieron desavenencias entre los aquilonios y sus seguidores: los bosonios.
Como consecuencia lógica de su expansión imperial, los aquilonios se habían vuelto altivos e intolerantes, y solían hacer escarnio de los rudos y sencillos bosonios. Una creciente hostilidad se fue estableciendo entre ambos pueblos: los aquilonios desdeñaba a los bosonios, y éstos se resintieron profundamente de la actitud de los que empezaban a calificarse a sí mismos como sus amos, y los trataban como pueblo conquistado, imponiéndoles tributos exorbitantes y reclutando a sus hombres para las guerras de expansión territorial. En las zonas fronterizas quedaron muy pocos hombres, y, al tener noticias de las atrocidades cometidas por los pictos en sus tierras, regimientos enteros de bosonios abandonaron el escenario de la campaña nemedia y se dirigieron hacia la frontera occidental, donde derrotaron a los invasores de piel oscura en una larga y dura batalla.
Esta deserción fue la causa directa de la derrota de los aquilonios por parte de Nemedia, e hizo recaer sobre los bosonios la ira cruel de los partidarios de la expansión imperial, intolerantes como siempre lo han sido. Numerosos efectivos aquilonios fueron trasladados en secreto hasta los confines de las marcas, y se invitó a los jefes bosonios a una gran asamblea conjunta. Al mismo tiempo, y con la excusa de realizar una incursión contra el territorio de los pictos, numerosos contingentes de feroces soldados shemitas fueron a acampar entre la población bosonia. Mientras se daba muerte a los indefensos jefes bosonios, el
país fue asolado por los shemitas de norte a sur. Al concluir el traicionero ataque, los ejércitos aquilonios regresaron de las tierras fronterizas, dejando tras de sí un país sumido en la desolación y la ruina. En aquel momento se produjo la invasión picta, que atacó con fuerza incontenible aquellas mismas fronteras. No se trataba de una simple incursión de saqueo, sino del planeado ataque de toda una nación. La ofensiva estaba dirigida por jefes que habían servido en los ejércitos aquilonios, y el mando supremo lo ostentaba Gorm, ya anciano, que conservaba, sin embargo, intacto el fuego de su enorme ambición. No encontraron a su paso, como antes, poblaciones defendidas por fuertes murallas, ni arqueros cuya certera puntería había contenido a los pictos hasta la llegada de los refuerzos imperiales.
El resto de las tropas bosonias fue barrido en un abrir y cerrar de ojos, y los sanguinarios salvajes avanzaron en formidables contingentes hasta la misma Aquilonia, saqueando e incendiando, antes de que las legiones, que luchaban de nuevo contra los nemedios, pudieran regresar al oeste. Zingara aprovechó la oportunidad para sacudirse el yugo aquilonio, y su ejemplo fue seguido por los corinthios y por los shemitas. Regimientos enteros de mercenarios y de tropas coloniales se amotinaron y regresaron a sus respectivos países, robando y saqueando en su avance. Los pictos atacaron con fuerza irresistible hacia el este, y todos los ejércitos aquilonios fueron derrotados por los invasores. Sin la ayuda de los arqueros bosonios, las tropas de Aquilonia se mostraron incapaces de contener la lluvia de flechas de los bárbaros. Se pidieron legiones a todas partes del imperio con el fin de resistir la ofensiva, pero desde las selvas pictas iba surgiendo horda tras horda, en un fluir de hombres que parecía interminable. Y en medio de aquel caos, los cimmerios descendieron desde sus montañas para completar la ruina aquilonia. Cuando hubieron asolado el país se retiraron a las montañas con el botín, pero los pictos ocuparon las tierras que aquellos habían invadido temporalmente. De este modo se desplomó el imperio aquilonio entre la sangre y el fuego.
Mas tarde llegaron de nuevo los hirkanios, cabalgando desde el brumoso Oriente, al ver que las tropas imperiales se retiraban de Zamora. Este país fue presa fácil del avance de las tropas hirkanias, y éstas se establecieron en la ciudad más importante del país. Esta
invasión procedía del antiguo reino hirkanio de Turan, pero desde el norte llegó otra ofensiva hirkania más salvaje aún. Hordas de jinetes acorazados rodearon a caballo el extremo norte del mar de Vilayet, atravesaron las tierras heladas, entraron en las estepas empujando a su paso a las poblaciones aborígenes y cayeron con terrible violencia sobre los reinos occidentales. Los recién llegados no se aliaron al principio con los turanios, sino que lucharon contra ellos al igual que contra los hiborios. Para entonces se presentaron otras huestes guerreras desde Oriente, y lucharon con las anteriores, hasta que todos los hirkanios quedaron reunidos bajo el mando de un gran jefe que llegó cabalgando desde las costas del océano oriental. Ya sin tropas aquilonias que se les opusieran, los hirkanios se mostraron invencibles. Se dispersaron por la subyugada Brithunia y devastaron el sur de Hiperbórea y Corinthia.
Luego invadieron Cimmeria, empujando a su paso a los bárbaros de negra cabellera. Pero en las montañas, donde la caballería era menos efectiva, los cimmerios se volvieron contra los hirkanios y sólo una rápida retirada, después de un día entero de cruenta batalla, salvó a éstos de la aniquilación completa.
Mientras se producían estos acontecimientos, los reinos de Shem habían logrado dominar a sus antiguos amos -los hombres de Koth-, pero fueron derrotados al tratar de invadir Estigia. Apenas hubieron terminado con la conquista de Koth, los shemitas fueron subyugados por los hirkanios, y con ello se vieron bajo un dominio más duro aún que el padecido con los hiborios. Mientras tanto, los pictos se habían convertido en los amos absolutos de Aquilonia y habían aniquilado prácticamente a todo el pueblo de este país. Irrumpieron por las fronteras de Zingara, y los naturales de aquel país huyeron por miles de la matanza en dirección a Argos. Allí se encontraron con los hirkanios, que procedían del este, y que los obligaron a asentarse en Zamora como súbditos. Mientras huían de allí los aquilonios, Argos quedó envuelta en llamas y sometida a la matanza de los vencedores pictos, que siguieron avanzando por el territorio de Ofir hasta que chocaron con los hirkanios, quienes por su parte se internaban hacia el oeste. Estos últimos, después de haber conquistado Shem, vencieron a un ejército estigio a orillas del río Styx y ocuparon el país hasta el lejano sur, hasta el reino negro de Amazonia, de cuyo pueblo trajeron
de vuelta miles de prisioneros que asentaron entre los shemitas. Es posible que los hirkanios hubieran añadido a sus conquistas la dominación de Estigia, añadiéndola a su creciente imperio, pero los ataques de los pictos se lo impidieron.
Nemedia, que jamás había sido vencida por los hiborios, se tambaleó bajo el ataque conjunto de los jinetes del este y del oeste. En ese momento entró en escena una gran tribu de aesires errantes que procedía de las tierras nevadas, y cuyos componentes fueron contratados como mercenarios. Resultaron ser unos guerreros tan eficaces que no sólo derrotaron a los hirkanios, sino que detuvieron el avance de los pictos hacia tierras orientales.
El mundo, por esa época, presenta el siguiente aspecto: un vasto imperio picto, salvaje y rústico, se extiende desde las costas de Vanaheim, por el norte, hasta las del sur de Zingara. Por el este se prolonga hasta comprender toda Aquilonia, exceptuando Gunderland, la provincia más septentrional, que sobrevive a la caída del imperio como reino, en las montañas, y logra mantener su independencia. El imperio picto también incluye Argos, Ofir, la parte occidental de Koth y las tierras del oeste de Shem.
En oposición a este imperio rudo y primitivo se encuentra el de los hirkanios, que por el norte limita con Hiperbórea y por el sur con los desiertos que hay en la parte meridional de Shem. Por otro lado, también Zamora, Brithunia, Corinthia, los Reinos Fronterizos, la zona oriental se Shem y la mayor parte de Koth están incluidos en este imperio de considerable extensión.
Por el contrario, las fronteras con Cimmeria siguen intactas. Ni los pictos ni los hirkanios han sido capaces de someter a estos belicosos bárbaros. Nemedia, dominada por los mercenarios aesires, resiste a tosas las invasiones. Así pues, por el norte se hallan Nordheim, Cimmeria y Nemedia, que no han sido conquistadas, mientras que, en el sur, Koth se ha convertido en el campo de batalla donde pictos e hirkanios luchan incesantemente. En ocasiones, los guerreros del este expulsan por completo del reino a los bárbaros pictos, pero algún tiempo después las llanuras y las ciudades vuelven a caer en manos de los invasores occidentales. Muy lejos, hacia el sur, se encuentra Estigia, afectada por la invasión hirkania. Es una tierra que se halla enclavada
entre los reinos negros. Hacia el lado opuesto, en el norte, las tribus nórdicas se muestran inquietas, pelean continuamente con los cimmerios y efectúan incursiones devastadoras por las fronteras hyperbóreas.
Gorm fue muerto por Hialmar, un jefe de los aesires nemedios, cuando era ya un hombre muy anciano, de casi cien años de edad. En los setenta y cinco años que habían transcurrido desde que oyera hablar por primera vez a Arus de los grandes imperios -mucho tiempo en la vida de un hombre, pero muy poco en la historia de las naciones-, había llegado a consolidar su propio imperio a partir de innumerables tribus de salvajes a sojuzgar toda una civilización. Quien naciera en una choza de paredes de adobe y techo de paja, en su vejez se sentó en tronos de alabastro, y comió en vajilla de oro los manjares que le servían unas esclavas que había sido en el pasado hijas de reyes. Pero las conquistas y las nuevas riquezas no cambiaron la mentalidad de los pictos. De las cenizas de la civilización destruida no surgió una nueva cultura, como un ave fénix. Las oscuras manos que destruyeron las glorias artísticas de los conquistadores jamás trataron de imitarlos. A pesar de que habitaban entre las espléndidas ruinas de los palacios semidestruidos, y cubrían sus rudos cuerpos con las sedas de los reyes derrotados, los pictos siguieron siendo los eternos bárbaros, feroces, primitivos, interesados tan sólo en los aspectos más elementales de la vida. En consecuencia, no cambiaron sus costumbres, que los llevaban a la guerra y al saqueo, y en las cuales no había lugar para las artes y para el progreso de la humanidad.
No ocurrió lo mismo con los aesires que se establecieron en Nemedia. Estos adoptaron pronto muchas de las costumbres de los civilizados vencidos, pero las modificaron y perfeccionaron mediante el impulso pujante de su propia cultura.
Durante un breve período, los pictos y los hirkanios lucharon sobre las ruinas del mundo que habían conquistado. Luego se inició la era de las glaciaciones y la gran invasión de los pueblos nórdicos. Antes de que los hielos avanzaran hacia el sur, lo hicieron las tribus bárbaras septentrionales. Los aesires invadieron el antiguo reino de Hiperbórea, y sobre sus ruinas entraron en liza con los hirkanios. Nemedia ya se había convertido en un reino nórdico, dominado por los descendientes
de los mercenarios aesires. Empujados por las continuas oleadas de invasores de más al norte, los cimmerios también avanzaron, y no hubo ejército ni ciudad que se les resistiera. Invadieron y destruyeron por completo el reino de Gunderland, y luego cruzaron la antigua Aquilonia hasta chocar brutalmente con las huestes pictas. También derrotaron a los nemedios del norte y saquearon algunas de sus ciudades, pero no se detuvieron en esas tierras, sino que continuaron hacia el este y derrotaron a un ejército hirkanio en las fronteras de Brithunia.
Detrás de ellos, hordas de aesires y vanires irrumpieron de forma incontenible, y el imperio picto se tambaleó ante sus ataques. Nemedia fue conquistada, y los semicivilizados nórdicos que la ocupaban huyeron ante sus coterráneos, más salvajes, y dejaron las ciudades nemedias arruinadas y desiertas. Estos nórdicos que huían habían adoptado el nombre del antiguo reino, y a ellos nos referimos cuando en adelante usemos el término «nemedio». Llegados a la antigua tierra de Koth, expulsaron a los pictos y a los hirkanios, y ayudaron al pueblo de Shem a librarse del yugo de estos últimos. Por todo el mundo occidental, los pictos y los hirkanios Saqueaban ante este pueblo, más joven y fiero. Una banda de aesires expulsó a los jinetes orientales de Brithunia y se estableció en el país, adoptando el nombre de éste. Los nórdicos que habían conquistado Hiperbórea atacaron a sus enemigos de Oriente con tal ferocidad que los morenos descendientes de los lemurios se retiraron a las estepas, en dirección al mar de Vilayet.
Entretanto, los cimmerios vagaban hacia el sudeste, destruían el antiguo reino hirkanio de Turan y se asentaban en las costas del sudoeste del mar interior. El poder de los conquistadores quedaba así destrozado. Ante los ataques de los hombres de Nordheim y de Cimmeria, los turanios destruyeron todas sus ciudades, dieron muerte a los prisioneros que no podían acompañarlos en su éxodo y luego, llevándose miles de esclavos, cabalgaron de vuelta hacia el misterioso Oriente, rodeando las costas septentrionales del mar de Vilayet.
Desaparecieron así de la historia occidental hasta que regresaron miles de años más tarde, como hunos, mongoles, tártaros y turcos. Junto con ellos, en la retirada, partieron numerosos zamorios y zingarios que,
asentados en el lejano oriente, formaron una raza mezclada de la que surgieron más tarde los gitanos.
Mientras tanto, una tribu de aventureros vanires había avanzado a lo largo de la costa picta, en el sur, y asoló la antigua Zingara hasta llegar a Estigia. Este país, oprimido por una cruel clase aristocrática, se tambaleaba ante el empuje de los reinos negros del sur. Los pelirrojos vanires condujeron a los esclavos a una revuelta general, expulsaron a la aristocracia y se establecieron a su vez como casta dominante.
Subyugaron a los reinos más septentrionales y erigieron un gran imperio en el sur, que llamaron Egipto. Los primeros faraones se jactaban de descender de aquellos conquistadores de rojos cabellos.
El mundo occidental se hallaba entonces dominado por los bárbaros del norte. Los pictos seguían en Aquilonia, parte de Zingara y la costa occidental del continente. Pero al oeste del mar de Vilayet, y desde el Círculo Ártico hasta las tierras de Shem, todas las tierras estaban pobladas por las tribus nómadas de nordheimios, además de por los cimmerios, establecidos en el antiguo reino de Turan. No había ciudades importantes en ningún lugar, salvo en Estigia y en Shem. Las oleadas de invasores pictos, hirkanios, cimmerios y nórdicos habían destruido todas las grandes poblaciones. Los poderosos hirkanios del pasado desaparecieron de la faz de la tierra, dejando apenas vestigios de su sangre en las venas de sus vencedores. Tan sólo unos pocos nombres de tierras, tribus y ciudades perduraron en el lenguaje de los bárbaros, que con el correr de los siglos se vieron relacionados con leyendas fabulosas. Toda la historia de la Edad Hiboria desapareció así entre una bruma de mitos y fantasías. De este modo perduró en la lengua de los gitanos el término «zíngaro» (de Zingara). Los aesires que dominaron Nemedia fueron llamados nemedios, y posteriormente figuraron en la historia de Irlanda. Los nórdicos establecidos en Brithunia recibieron el nombre de brithunios, brithones o britones.
Por aquella época no existía un imperio nórdico consolidado. Como siempre, cada tribu tenía su propio jefe o rey, y luchaban salvajemente entre ellas. No se sabe cuál habría podido ser del destino de aquel pueblo, porque en ese tiempo el mundo fue azotado por una terrible convulsión geológica, que dejó los perfiles de la tierra tal como hoy los conocemos. Grandes sectores de la costa occidental se hundieron.
Vanaheim y Aesgaard occidental -ocupado por glaciares y deshabitado desde hacía siglos- desaparecieron bajo las olas. El océano irrumpió en torno a las montañas de Cimmeria occidental para formar el mar del Norte. Estos montes se convirtieron en las islas posteriormente conocidas como Gran Bretaña e Irlanda. Las olas sumergieron lo que habían sido las selvas pictas y las marcas de Bosonia. En el norte se formó el mar Báltico, que sólo dejó de Aesgaard las penínsulas donde más tarde se asentarían Noruega, Suecia y Dinamarca. Mucho más al sur, el continente estigio quedó separado del resto del mundo. Sobre Argos, Koth occidental y Shem se extendió el mar azul llamado después Mediterráneo. Surgió luego de las olas una amplia zona situada al oeste de Estigia y que formó la mitad occidental del continente africano.
La convulsión de las tierras dio origen a grandes cordilleras en la parte central del área septentrional del continente de África. Tribus nórdicas fueron destruidas por completo, y las restantes se retiraron hacia el este. El territorio situado en torno al mar interior de Vilayet -
que se iba secando poco a poco- no resultó afectado, y allí, en las costas occidentales, las tribus nórdicas comenzaron una existencia pastoril y coexistieron más o menos en paz con los cimmerios, hasta mezclarse paulatinamente con ellos.
En el oeste, los pictos que quedaron, reducidos por el cataclismo, una vez más al estado de salvajes de la Edad de Piedra, comenzaron con el increíble vigor de su raza a conquistar nuevas tierras, hasta que en épocas posteriores fueron vencidos por el éxodo hacia Occidente de los cimmerios y los nórdicos. Esto se produjo tanto tiempo después de la convulsión geológica, que ya sólo quedaban leyendas sin sentido acerca de los antiguos imperios.
La última invasión referida entra en el período de la historia que conocemos, y por eso no necesita ser explicada. Se produjo como resultado de un gran crecimiento de la población; se poblaron densamente las estepas situadas al oeste del mar de Vilayet -que, mucho más pequeño, pasó a llamarse mar Caspio-, hasta el punto de que se hizo necesaria la emigración. Las tribus avanzaron hacia el sur, hacia el norte y el oeste, y penetraron en aquellas tierras conocidas como India, Asia Menor y Europa central y occidental.
Llegaron a estas zonas y fueron conocidos como arios. Pero existían diversas variantes entre aquellos primitivos arios; algunas se reconocen en la actualidad y otras han desaparecido hace tiempo. Los rubios aqueos, los galos y los britanos, por ejemplo, eran descendientes de aesires puros. Los nemedios de la leyenda irlandesa descendían de los aesires nemedios; los daneses procedían de los vanires; los godos -
antepasados de otras tribus escandinavas y germánicas, y de los sajones- procedían de una raza mezclada de vanires, aesires y cimmerios. Los gaélicos, antecesores de los irlandeses y de los escoceses de las Tierras Altas, procedían de los clanes cimmerios más puros. Las tribus címricas de Gran Bretaña eran una raza mezclada de nórdicos y cimmerios que precedieron a los más puros britanos nórdicos en su llegada a las islas, y con ello dieron origen a una leyenda sobre la prioridad gaélica. Los cimbros que lucharon contra Roma eran de la misma sangre, así como los antepasados de los asirios, de los griegos y de los hebreos. Otros clanes cimmerios se aventuraron hacia las comarcas orientales del mar interior -muy disminuido por la desecación-, y pocos siglos después se mezclaron con gente de sangre hirkania y regresaron a Occidente para ser conocidos como escitas. Los primeros antepasados de los gaélicos dieron su nombre a la actual Crimea.
Los antiguos sumerios no tenían relación alguna con las razas occidentales. Se trataba de pueblos de razas mezcladas de origen hirkanio y shemita, que no fueron llevados por los conquistadores en su retirada. Numerosas tribus de Shem escaparon a aquel cautiverio, y de estos shemitas puros, o de shemitas cruzados con hiborios o nórdicos, descendieron los shemitas, es decir, los árabes, los israelitas y otras razas similares. Los cananeos, o semitas alpinos, remontaban su ascendencia hasta antepasados shemitas, que se mezclaron con los kushitas establecidos entre ellos por sus invasores: los hirkanios. Una raza característica de este tipo eran los elamitas. Por su parte, los etruscos, hombres bajos y de extremidades robustas, que constituyeron la base de la raza romana, descendían de pueblos con mezcla de sangre estigia, hirkania y picta, y en sus primeros tiempos habitaron en el antiguo reino de Koth.
En cuanto a los hirkanios, se retiraron a las costas orientales del continente y evolucionaron hasta transformarse en las tribus y pueblos posteriormente conocidos como tártaros, hunos, mongoles y turcos.
De la misma manera podría trazarse el origen de otras razas que constituyen los pueblos del mundo moderno. Entonces podrá advertirse que en casi todos los casos se trata de razas mucho más antiguas de lo que ellas mismas creen, y que su historia se remonta a los brumosos tiempos de la olvidada Edad Hiboria.
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