Conan el vengador
Capítulo 4
El palacio sobre el acantilado
Con el estómago contraído por las náuseas, la mente dominada por el vértigo y la garganta reseca, Conan el cimmerio recobró poco a poco el conocimiento. Lo último que recordaba era que se había sentado en un diván de la suntuosa habitación de Veziz Sha, el gobernador del Fuerte Wakla. Vio que se encontraba entre muros chorreantes de humedad, sobre un montón de paja húmeda, y oía a su alrededor el chillido de las ratas. Al moverse oyó un tintineo de cadenas, y vio que éstas unían los grilletes de sus muñecas y tobillos a una enorme anilla sujeta a la pared. Estaba cubierto tan sólo con un taparrabo.
Le dolía la cabeza como si fuera a estallarle. Tenía la lengua pegada al paladar a causa de la sequedad de su boca y de la intensa sed, y lo atormentaba un fuerte dolor de vientre debido al hambre. A pesar de todos aquellos suplicios, alzó su poderosa voz.
–¡Eh, guardias! – exclamó-. ¿Vais a dejar que un hombre muera de hambre y sed? ¡Traedme agua, al menos! ¿Qué prisión infernal es ésta?
Al cabo de un rato se oyeron unos pasos, un tintineo de llaves, y un carcelero obeso y barbudo abrió la puerta al otro extremo de la celda.
–¡De modo que el perro occidental ya ha despertado! Debes saber que te encuentras en los calabozos del pala- ció del rey Yezdigerd, en Aghrapur. Aquí tienes comida y agua. Necesitaras fuerzas para apreciar la cordial recepción que te ha preparado el rey.
El carcelero dejó un mendrugo de pan y una jarra de estaño cerca del cimmerio, y luego cerró la puerta de la celda. A continuación se alejó, mientras sus carcajadas resonaban por los pasillos. El hambriento cimmerio se abalanzó sobre los alimentos y se puso a masticar grandes trozos de pan rancio, que ayudaba a pasar con grandes tragos de agua. Al menos sabía que no tenía que temer que lo envenenaran, ya que si el rey hubiera querido matarlo, habría sido fácil hacerlo mientras estaba inconsciente.
El cimmerio reflexionó acerca de su situación. Estaba en las manos de su enemigo más implacable. En el pasado, el rey había ofrecido fabulosas recompensas por la cabeza de Conan, por lo que fueron muchos los intentos que se habían hecho para eliminarlo. El cimmerio
había matado a algunos de sus pretendidos asesinos. Pero el odio tenaz que alentaba en el corazón de Yezdigerd no se atenuó ni siquiera cuando su enemigo hubo alcanzado el poder como rey de la lejana Aquilonia. En ese momento, merced al astuto plan de una mujer, Conan se encontraba en las manos de su implacable enemigo.
Cualquier hombre se habría desanimado ante tan terribles perspectivas.
Sin embargo, Conan no era de esa clase de hombres. Aunque aceptaba las cosas tal como eran, de acuerdo con el realismo de los bárbaros, su fértil imaginación ya estaba intentando elaborar un plan que le permitiera recobrar la libertad y volver las tornas. Los ojos del cimmerio se entrecerraron cuando volvió a oír pasos en el corredor.
Los pasos se detuvieron a una áspera voz de mando. A través de las rejas, Conan divisó a media docena de soldados con mallas doradas que brillaban a la luz de las antorchas. Llevaban espadas curvas, y dos de ellos empuñaban pesados arcos con flechas. Un oficial alto y corpulento se adelantó hacia la puerta. Conan reconoció a Ardashir, que hablaba con voz cortante.
–¡Shapur y Vardan! – dijo-. Atad fuertemente al bárbaro y ponedle una soga al cuello. Arqueros, prestad atención para evitar cualquier intento del preso.
Los dos soldados mencionados avanzaron para cumplir la orden.
Uno de ellos llevaba un madero de unos dos metros de largo y varias pulgadas de grosor, y el otro sostenía una gruesa soga.
Luego, Ardashir se dirigió al cimmerio en tono hiriente. Se notaba que hubiera querido castigar a Conan, pero logró controlarse, gracias a su autodisciplina de veterano oficial. Con voz sibilante dijo:
–Un solo movimiento en falso, perro bárbaro, y tu corazón será blanco de mis arqueros. Me encantaría darte muerte con mis propias manos, pero de eso quiere encargarse el mismo rey.
Los helados ojos azules de Conan observaron al vengativo oficial sin la menor emoción, mientras los soldados colocaban el madero cruzado a la espalda del cimmerio y le ataban los brazos a aquél. Sin que el esfuerzo resultara visible, el bárbaro tensó sus poderosos músculos a fin de que más tarde las cuerdas quedasen flojas. El carcelero soltó los grilletes que retenían al prisionero, y éste dijo:
–Puercos turanios; tarde o temprano recibiréis vuestro merecido.
Ya lo veréis.
El rostro de Ardashir se contrajo de rabia, y, como si escupiera, repuso:
–¡Pero tú lo pagarás antes, maldito salvaje! No hay tortura imaginada por el hombre que sea tan cruel como la que te preparan los verdugos del rey. ¡Pero basta ya de charla! ¡Sígueme, ridículo rey sin reino!
Después de hacer un gesto a los soldados, el pequeño grupo emprendió la marcha por los corredores. El cimmerio caminaba en el centro, soportando el madero sobre los hombros. Conan mantenía la serenidad, pues ya otras veces se había encontrado en situaciones tan comprometidas como aquélla, y siempre había logrado alcanzar la libertad. Era como un lobo acorralado, alerta y en constante vigilancia para aprovechar una oportunidad que le permitiera dar la vuelta a la situación. No perdió el tiempo pensando en el terrible cúmulo de probabilidades que tenía en contra suya, ni en autorreproches por el momento de descuido que había llevado a su captura. Su mente estaba concentrada en lo que debía hacer a continuación.
Unas escaleras de piedra en espiral llevaban hacia arriba. Puesto que los ojos del cimmerio no habían sido vendados, éste tomaba buena nota de los detalles con su aguda vista. Los calabozos del palacio real se hallaban muy por debajo del nivel del suelo. Debían ascender varios pisos, en cada uno de los cuales había un centinela armado, de guardia, con la espada o la alabarda dispuestas.
Por dos veces el bárbaro tuvo una fugaz visión del mundo exterior, cuando pasaron ante unos estrechos ventanales. La semioscuridad del cielo le indicó a Conan que o bien era la hora del amanecer o la del atardecer. Distinguió con claridad el rumor de las olas, que ya había creído percibir antes. El palacio estaba construido en los alrededores de Aghrapur, sobre un acantilado que dominaba el mar de Vilayet. Las mazmorras habían sido excavadas en la misma roca del promontorio cuya base lamían las olas. Por eso podía ver el cielo a través de las troneras, si bien aún no habían llegado al piso inferior del palacio.
Conan procuró recordar aquel importante detalle.
Las dimensiones del castillo-palacio eran asombrosas. El grupo pasaba por unas inmensas habitaciones en cuyo centro había unas fuentecillas. Se veían varios jarrones con flores exóticas que exhalaban intenso perfume. Sus pasos resonaban tan pronto en severas bóvedas de piedra como bajo techos estucados, en habitaciones cubiertas de gruesas alfombras y ricos tapices. Soldados con bruñidas corazas permanecían inmóviles como estatuas, con el rostro inescrutable, pero la mirada atenta. En aquel palacio, el esplendor oriental brillaba en toda su magnificencia.
El grupo se detuvo ante una enorme puerta con incrustaciones de oro; tendría una altura de doce yardas y su parte superior desaparecía en la penumbra del techo. Unos misteriosos arabescos adornaban la superficie de la puerta, en la cual había tallados dragones, héroes y hechiceros de las leyendas kirkanias. Ardashir avanzó y dio unos golpes en la superficie dorada con el puño de la cimitarra. Poco después, las gigantescas hojas de la puerta comenzaron a abrirse lentamente, y llegó a oídos de Conan el rumor de un gran número de personas.
La sala del trono era más amplia que todas las que el bárbaro había visto antes. Era más grande que las suntuosas habitaciones de Ofir y de Nemedia, y que los salones de techo de madera de los castillos de Aesgaard y Vanaheim. Gigantescas columnas de mármol se alzaban hasta un cielo raso que parecía tan distante como el firmamento. Una profusión de candelabros, lámparas y fogariles iluminaban costosos cuadros, tapices y cortinas. Detrás del trono había unas hermosas vidrieras que permitían vislumbrar la oscuridad del exterior.
Una concurrencia brillante y numerosísima llenaba la gigantesca habitación. Allí se habían dado cita nemedios ataviados con jubones, medias ajustadas y finas botas cortas; ofireos de sencillos mantos; achaparrados shemitas de negras barbas, vestidos con ropas de seda; zuagires renegados, con sus blancos khalats; vendheos de amplios turbantes y llamativas túnicas, y enviados de los reinos negros del sur, con sus bárbaros atuendos. Vio incluso a un solitario guerrero rubio del lejano norte, vestido con una sombría túnica oscura, que apoyaba las manos en la recia empuñadura de su enorme espada, cuya vaina de cuero estaba apoyada en el suelo.
Algunos habían llegado hasta allí para escapar de la ira de sus propios gobernantes. Otros eran confidentes o traidores de las tierras que los habían visto nacer, y había también algunos embajadores y enviados. La mente insaciable del rey Yezdigerd jamás estaba satisfecha con las dimensiones de su creciente imperio, y a fin de ampliarlo recurría a todos los medios posibles, casi siempre tortuosos.
En el salón se oyó un toque de doradas trompetas. La concurrencia se abrió camino, y por él avanzó el grupo que escoltaba al cimmerio. La distancia que había hasta el trono era aún demasiado grande para poder apreciar quiénes se encontraban en el estrado.
Conan ardía de curiosidad, a pesar de las críticas circunstancias en que se hallaba. Aunque había luchado contra aquel déspota en numerosas ocasiones -como jefe guerrero de los zuagires, como capitán de los piratas del mar de Vilayet, como caudillo de los kozakos y como cabecilla de los himelios-, jamás había visto personal- mente a su implacable enemigo. Así pues, Conan mantuvo la mirada fija en la figura que se sentaba en el trono dorado mientras se iba acercando a éste.
Por ese motivo no pudo notar que al gigantesco rubio de ojos grises que estaba mezclado entre el público se le pintó el asombro en el rostro al reconocerlo. El hombre del norte aferró con más fuerza su espada cuando la alta silueta del cimmerio pasó por su lado, camino del trono del monarca turanio.
El rey Yezdigerd era un gigante moreno de corta barba negra, y boca delgada y cruel. Aunque los excesos de la corte turania se reflejaban en las bolsas que el soberano tenía bajo sus ojos brillantes y en las arrugas de su rostro sombrío, que le hacían parecer diez años más viejo de lo que era, podía apreciarse que su cuerpo de poderosos músculos conservaba aún una gran vitalidad.
Brillante estratega y saqueador insaciable, Yezdigerd había logrado duplicar la extensión del reino heredado de su débil antecesor, el rey Yildiz. Consiguió que le rindieran tributo las ciudades-estado de Brithunia y Shem, en Oriente. Su caballería había batido a los ejércitos de naciones tan remotas como Estigia e Hiperbórea. El taimado rey de Zamora, Mitridates, se había visto privado de sus provincias
fronterizas, pero lograba mantenerse en el trono al precio de humillarse ante su vencedor.
Ataviado con un espléndido atuendo de seda dorada y escarlata, Yezdigerd estaba sentado en su trono de oro con la engañosa quietud de la pantera que descansa.
A su derecha estaba sentada una mujer. Al reconocerla, Conan sintió que la sangre le hervía. ¡Era Thanara! Su voluptuoso cuerpo estaba envuelto en el seductor atuendo de las nobles turanias. En su resplandeciente cabello negro centelleaba una diadema de brillantes.
Los ojos de la mujer se clavaron con burlona expresión en la figura inerme del prisionero, y también ella se unió a las risas de los cortesanos que rodeaban al rey cuando éste hizo una observación que debió de ser humorística.
El grupo armado se detuvo delante del trono. La expresión de Yezdigerd era triunfalmente altiva; por fin tenía en sus manos al hombre que había dado muerte a muchos de sus soldados, quemado y saqueado sus ciudades y hundido sus barcos. El ansia de venganza era obsesiva en él, pero se contuvo mientras los guardias de la pequeña escolta se arrodillaban y tocaban con la frente el suelo de mármol.
Conan no se arrodilló. Inflamados sus fríos ojos azules con indomable orgullo, sostuvo la mirada del rey turanio y se mantuvo en pie, erguido. Todo en él expresaba desafío y desprecio. A pesar de estar semidesnudo, la sensación de poder que emanaba de su musculoso cuerpo llamaba la atención de todos los presentes. El rumor de sus fabulosas hazañas ya había recorrido toda la sala. Muchos de los presentes conocían al cimmerio con los diferentes nombres, todos temibles, que había recibido en distintos países.
Al notar la tensión de la cuerda que sostenía, Ardashir, estando de rodillas, miró de soslayo. La ira tino de púrpura su semblante al ver que su prisionero mostraba semejante desdén para con el monarca.
Ardashir tiró entonces con violencia de la cuerda que retenía al bárbaro por el cuello, pero Conan se mantuvo inmóvil como una roca.
Los poderosos músculos de su cuello de toro se hincharon ante la presión de la cuerda. De repente, el cimmerio se echó atrás, y Ardashir se desplomó sobre el suelo de mármol con gran ruido metálico de arreos.
–¡Yo no rindo pleitesía a ningún perro hirkanio! – exclamó Conan con voz de trueno-. ¡Tú ganas las guerras con ayuda de mujeres!
¿Acaso no sabes sostener una espada con la mano? ¡Yo podría enseñarte cómo pelea un hombre de verdad!
Mientras decía esto, Conan relajó la tensión de los músculos de sus brazos, de modo que la cuerda que los sujetaba se aflojó. Luego se estiró y alcanzó con los dedos de la mano izquierda el extremo del madero que llevaba en la espalda. De un rápido tirón liberó el brazo derecho de las flojas cuerdas, hizo lo mismo con el izquierdo y finalmente empuñó, amenazante, el pesado leño.
Ardashir se puso en pie inmediatamente y avanzó hacia el cimmerio con la cimitarra desenvainada. Conan golpeó con el madero en el casco del turanio, y el oficial cayó al suelo, rodando como un muñeco.
Durante unos instantes todos permanecieron inmóviles, asombrados por aquella hazaña que parecía obra de magia. Con el instinto combativo del bárbaro, Conan decidió sacar provecho de su pequeña ventaja. Golpeó con un extremo del madero en el rostro a uno de los soldados, que retrocedió trastabillando, y se desplomó exangüe. Luego el cimmerio giró en redondo y arrojó el tablón sobre el grupo más cercano de soldados cuando éstos acababan de desenvainar sus espadas. Todos ellos cayeron en un confuso montón, entre rudas imprecaciones.
El cimmerio saltó hacia adelante con la rapidez de un felino y asió la cimitarra, que Ardashir había dejado caer al perder el conocimiento por el golpe recibido. Un par de cortesanos trataron de evitar que Conan llegase hasta el estrado del rey Yezdigerd, pero el prisionero se abrió paso con facilidad entre ellos y saltó al trono.
Viéndolo venir, el rey se puso en pie y desenvainó a su vez la cimitarra. Las gemas de la empuñadura de la espada de Yezdigerd centellearon cuando éste paró el terrible golpe que Conan le dirigió a la cabeza. La fuerza del impacto fue tal que la espada del monarca se partió en dos. El sable de Conan cortó los numerosos pliegues del inmaculado turbante real, así como las plumas de ave del paraíso que lo adornaban, y abolló el casco que Yezdigerd llevaba debajo.
Si bien el golpe no había logrado hundir el cráneo del rey, como era la intención de Conan, hizo caer al aturdido monarca. Éste se desplomó
sobre su trono con tal fuerza que tanto el asiento como el ocupante cayeron del estrado, encima de media docena de soldados que estaban atacando al cimmerio, y que así fueron contenidos.
Fuera de sí, en la exaltación de la lucha, el bárbaro se hubiera abalanzado sobre el rey para terminar con él, pero unos brazos leales arrastraron a Yezdigerd fuera del alcance del cimmerio, y de todas partes surgieron espadas y lanzas que rodearon a Conan.
La cimitarra del prisionero trazó un círculo mortal de acero a su alrededor en una brillante muestra de su habilidad con la espada. A pesar del tiempo pasado en el calabozo y de la droga que había aspirado, Conan rebosaba vitalidad. Si debía morir -se decía a sí mismo-, al menos lo haría con la espada en la mano, riendo y matando, para obtener así un lugar en la Mansión de los Héroes.
Se volvió una vez más con frenético deleite, y de un tajo abatió a otro enemigo. Otro embate destrozó las mallas de un centinela, atravesándole el corazón. Cortando miembros, golpeando y atacando a fondo, el cimmerio había formado un rojo infierno a su alrededor.
Como un elefante enfurecido, corría en torno al estrado, libre ya de soldados y cortesanos, menos los que yacían en un montón sobre el suelo.
Tan sólo Thanara permanecía en su lugar, como petrificada en su asiento. Con una burlona carcajada, Conan arrebató la diadema que lucía la mujer y la arrojó a los cortesanos.
En aquel momento, los soldados avanzaban, amenazadores, desde todos los rincones de la sala. Sus lanzas y espadas formaban un erizado muro entre la ordenada línea de escudos. Detrás de ellos, los arqueros tensaban sus armas. Grupos de espectadores miraban fascinados la terrible escena.
Conan flexionó las piernas, trazó un molinete con la cimitarra y rió con atronadora carcajada. La sangre manaba de su desnuda piel; tenía cortes superficiales en el pecho, en el cuero cabelludo, en los brazos y piernas. Completamente rodeado y sin armadura, ni siquiera su poderoso cuerpo podría salvarse del ataque conjunto de las numerosas puntas de acero que lo amenazaban. La perspectiva de la muerte no le inquietaba en absoluto; sólo deseaba llevarse consigo al más allá a tantos enemigos como le fuera posible.
De repente se oyó un fragor metálico, y el brillo helado de una espada larga y recta, como las que usaban los guerreros del norte, atrajo la atención del cimmerio. Una gigantesca figura se abría paso a través de los soldados, y su contundente actuación había dejado a no menos de tres de ellos tendidos en el suelo. De un poderoso salto, el rubio hombre del norte cayó sobre el estrado. Con la mano izquierda sostenía un par de escudos de bronce que había cogido de las víctimas del cimmerio.
–¡Toma esto! – gritó el hombre, al tiempo que arrojaba uno de los escudos a Conan.
Las miradas de ambos se encontraron, y el cimmerio exclamó:
–¡Rolf! ¿Qué haces aquí, viejo oso polar?
–Luego te lo contaré -dijo con un gruñido el guerrero del norte-. Es decir, si vivimos para contarlo. De todos modos, estoy dispuesto a luchar y a morir a tu lado.
La aparición inesperada de aquel formidable aliado animó considerablemente al cimmerio.
–¡Venid aquí, chacales! – vociferó entonces, mientras empuñaba su sangrienta espada-. ¿Quién es el próximo que desea ver su alma en el infierno? ¡Atacad, malditos, o seré yo quien lo haga primero!
Las hileras de soldados turanios se habían detenido, formando un cuadrado en torno a la plataforma del trono. Los gigantescos bárbaros se hallaban espalda contra espalda, el uno moreno y semidesnudo, el otro rubio y vestido con un oscuro atuendo. Parecían dos tigres reales rodeados de temerosos cazadores, ninguno de los cuales estaba dispuesto a dar el primer golpe.
–¡Arqueros! – gritó el oficial que dirigía en aquel momento a los turanios-. ¡Separaos de modo que las flechas lleguen desde todas partes!
–Esto se acaba -dijo Rolf con aspereza-. Si tuviéramos un par de fuertes cotas de malla de Aesgaard… En fin, fue divertido mientras duró.
–No desesperes -repuso Conan-. ¿Ves aquella hilera de ventanas?
Pues éste es mi plan…
El bárbaro murmuró rápidamente algunas palabras a su compañero, que asintió. Los dos corpulentos guerreros salvajes
avanzaron, manejando las espadas que blandían con la rapidez de serpientes al ataque. Dos guardias cayeron al suelo bañados en su propia sangre, y los demás retrocedieron un momento ante la furia de la embestida.
–¡Sígueme, Rolf! – exclamó el cimmerio, golpeando a diestro y siniestro.
Las armas de los bárbaros abrieron una sangrienta avenida entre sus adversarios. El rubio hombre del norte giró en redondo y su espada abatió a los turanios como si hubieran sido espigas de trigo ante una guadaña. Mientras Conan iba delante, Rolf lo seguía, cubriéndole las espaldas y añadiendo más mortandad a la que el cimmerio producía en la vanguardia. Su profunda voz entonaba el canto de guerra de las tribus del norte.
Nadie era capaz de parar aquel terrible ataque. Las espadas y las flechas turanias buscaban el cuerpo de los dos bárbaros, pero el acero rebotaba indefenso contra los escudos, en tanto que los dos hombres avanzaban de forma implacable. Conan sangraba por media docena de heridas, y las ropas de Rolf estaban hechas jirones, pero los cadáveres apilados en el suelo eran testimonio de la violencia de su ataque.
Finalmente se pusieron de espaldas a uno de los grandes ventanales.
Por unos momentos, ambos bárbaros atacaron con renovada furia, y consiguieron así despejarse un espacio. El grupo de soldados retrocedió por unos instantes. Para sus mentes supersticiosas, aquellos dos hombres no eran tales, sino invencibles semidioses o espíritus duros como el acero, que se habían alzado desde los reinos de las tinieblas con el fin de llevar a cabo una sangrienta venganza.
Conan aprovechó aquellos momentos, y con rapidez felina destrozó, valiéndose de la cimitarra, los cristales de la enorme ventana, que volaron en menudos trozos de colores, dejando un amplio hueco hacia el exterior. Después de arrojar espadas y escudos sobre el rostro de sus atacantes, el cimmerio y su compañero saltaron hacia fuera en una prodigiosa zambullida hacia el mar, que se hallaba cincuenta yardas más abajo que la sala. Una carcajada quedó resonando, tras ellos, en el aire.
–¡Arqueros! ¡Los mejores arqueros, rápido! – gritó el oficial desde la sala, con voz desesperada.
Avanzaron cinco hombres. Cada uno de ellos sostenía un poderoso arco de guerra hirkanio, de doble curva. Los soldados se situaron frente a la ventana, y enseguida se oyó el chasquido de las cuerdas.
Pero acto seguido uno de los arqueros se encogió de hombros y se volvió hacia el oficial.
–La distancia es demasiado grande -dijo-, y la luz de la luna no facilita las cosas. Ni siquiera podemos verles la cabeza con claridad. Es probable que vayan nadando bajo el agua casi todo el tiempo. Es una tarea superior a nuestras posibilidades.
Con un gesto de cólera mal reprimida, el oficial dio media vuelta y se dirigió hacia las habitaciones del rey. Yezdigerd se había recuperado ya, y la única señal del daño sufrido era una venda en torno a la cabeza, que cubría en parte con el turbante. La explicación de los incidentes ocurridos fue interrumpida por el estruendo del puñetazo que dio el rey sobre una mesa, el cual volcó varias jarras e hizo caer algunos vasos al suelo.
–¡Os habéis atrevido a fracasar! – exclamó Yezdigerd-. ¡Esos bárbaros asesinos han escapado y se han burlado del rey de Turan!
¿Acaso mis soldados son corderos incapaces de vencer a un par de hombres? ¡Al amanecer morirá un soldado de cada diez de la guardia, a fin de estimular el valor de los hombres que queden!
Luego, el monarca bajó la voz y siguió diciendo en tono perentorio:
–Ordenad que aparejen inmediatamente dos galeras de guerra. Sin duda, los bárbaros tratarán de robar un bote para cruzar el mar de Vilayet. Debemos impedir que huyan. Que las dos naves sean tripuladas por los mejores marinos y soldados de que dispongamos.
Poned a los remos a los esclavos más robustos. ¡Cuando nos apoderemos de esos perros, sufrirán la agonía de mil muertes en las salas de tortura de Aghrapur!
El rey lanzó una carcajada, animado por tan siniestra perspectiva, y luego le hizo una seña a su general. Éste se alejó rápidamente, abriéndose paso entre los cortesanos para hacer cumplir las órdenes de su señor.
Khosru, el pescador, se hallaba sentado sobre la borda de su barca, arreglando una red que se había roto la tarde anterior, durante la lucha con un gigantesco esturión. Maldecía su fortuna, pues la red era
excelente y le había costado dos piezas de oro y la promesa de diez cajas de pescado al mercader shemita que se la vendió. Pero ¿qué podía hacer un pobre pescador sin redes, más que morirse de hambre?
–En efecto, aquellas redes eran lo más necesario para él y su familia, aunque también debía trabajar duro para pagar los elevados impuestos decretados por el rey. El pescador lanzó una mirada furtiva y llena de odio en dirección al palacio, que se vislumbraba a la luz de la luna. El castillo se cernía sobre el acantilado como un gigantesco buitre de oro y mármol. Los recaudadores de impuestos del rey empuñaban fuertes látigos, y no se mostraban remisos a emplearlos. Antiguas cicatrices que llevaba Khosru en la espalda eran testimonio del castigo sufrido por el pescador cuando volvía con la bodega vacía de peces.
De repente, la barca se balanceó con fuerza y casi hizo caer a Khosru. Éste se puso en pie de un salto, con los ojos desorbitados a causa del terror. Un hombre enorme, casi desnudo, trepaba a bordo con la negra melena y el cuerpo chorreando agua. Al pescador le pareció un demonio o genio del mar que llegaba desde algún abismo desconocido para apoderarse de su alma y devorar su cuerpo.
Durante un momento la aparición permaneció inmóvil, jadeando intensamente. Luego habló en lengua hirkania, aunque con acento bárbaro. Khosru se animó un poco más, pues las leyendas aseguraban que los demonios no podían hablar. A pesar de todo, el pescador se estremeció profundamente ante la ardiente mirada y la actitud feroz del gigante. Su pánico creció al ver otra figura enorme, vestida con ropas negras. Tenía la cabellera rubia, y de su cinto colgaba una daga de hoja ancha. Al igual que la otra aparición, ésta se recostó jadeando contra la borda.
–¡No temas, pescador! – tronó el gigante de pelo oscuro-. No queremos tu sangre, sino tan sólo tu embarcación.
El hombre extrajo una brillante diadema de su taparrabo y se la tendió a Khosru.
–He aquí un pago más que suficiente. Con ello podrás comprar diez lanchas como éstas. ¿Estás conforme… o bien…?
Al decir esto último, el desconocido abrió y cerró significativamente sus gruesas manos. Khosru, con la cabeza dándole vueltas, asintió y cogió la diadema. Luego, con la rapidez de una rata asustada, embarcó
en el pequeño bote que estaba amarrado en la popa de la barca de pesca y se alejó, remando con todas sus fuerzas.
Los extraños individuos no perdieron el tiempo. Izaron con toda rapidez la vela, que se hinchó bajo el impulso de la fresca brisa. La esbelta embarcación adquirió velocidad cuando el timón puso rumbo hacia el este.
Khosru se encogió de hombros, desconcertado. Luego se detuvo un momento para examinar la fabulosa diadema, cuyas gemas relucían bajo la luz de la luna como una cascada de fuego líquido.
OceanofPDF.com