Conan el vengador

Robert E Howard · Capítulo 7 de 15

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Conan el vengador

Capítulo 5

El mar de sangre

El viento soplaba con fuerza. Una llovizna salada saltaba de las olas con las intensas ráfagas. Conan el cimmerio ensanchó el amplio pecho y aspiró con deleite el aire fresco, plenamente consciente de su recién adquirida libertad. A su memoria acudían numerosos recuerdos | de los lejanos tiempos en que, como capitán de los piratas del mar de Vilayet, había barrido aquellas aguas de laves turanias y reducido los puertos de Turan a ruinas f humeantes.

El mar de Vilayet seguía siendo un mar hirkanio, dominado otra vez por las rápidas galeras de guerra turanias. Había un comercio a pequeña escala realizado por algunos osados mercaderes de los pequeños países de las costas del nordeste, pero un viaje comercial a través de las turbulentas aguas del mar interior era una empresa muy peligrosa. No se requería el estado de guerra para que un capitán turando abordase, saquease y hundiese un navío extranjero, si así le apetecía. El pretexto era, sencillamente, «infracción de las leyes del soberano del imperio de Turan».

Pero además de la codiciosa armada turania, existía un peligro igual o mayor aún: ¡los piratas!

Una heterogénea horda de delincuentes, criminales, esclavos prófugos y aventureros errantes, todos con un interés común por el oro y desdén para con la vida humana, infestaban las aguas del gran mar de Vilayet y hacían peligrosa la travesía hasta para los navíos turanios.

Los puertos secretos de los piratas se hallaban en el laberinto de islas situadas al sur y al este del mar. Infernales querellas debilitaron a menudo su poder, para satisfacción del monarca de Turan, hasta que un día llegó un bárbaro de Occidente, que tenía la melena negra como las alas de un cuervo y los ojos azules. Conan se impuso sobre los pendencieros capitanes y se hizo con la jefatura de los filibusteros.

Consiguió unirlos y los convirtió en un arma terrible que apuntaba hacia el corazón del país turanio.

El cimmerio sonrió al recordar aquellos tiempos en que su nombre había sido una maldición en los puertos del mar de Vilayet, y en los

templos se elevaban ruegos y se hacían sacrificios para defenderse de él y de sus gentes.

La barca de pesca era una nave de medianas dimensiones y bien construida. Su alta proa cortaba las aguas como una cimitarra, y su única vela se hinchaba, tensa, bajo el viento. Aghrapur quedaba a popa desde hacía veinte horas, y Conan tenía esperanzas de que la velocidad de su nave fuera mayor que la de las galeras de guerra turanias. Pero si el viento amainaba, él y Rolf deberían hacer frente a un grave problema. En ese caso, no podrían igualar la velocidad de las galeras, impulsadas por galeotes, con los endebles remos de que disponía la barca de pesca. Pero el viento no tenía trazas de atenuarse y la experta mano de Rolf guiaba el pequeño barco, aprovechando hasta el último impulso de la brisa marina.

Rolf le estaba contando a Conan la larga historia de los viajes y aventuras que lo habían conducido hasta Aghrapur.

–Y aquí me tienes -concluyó-, fugitivo a la vez de mi nativa Aesgaard y de la corte turania.

–¿Por qué, entonces, te uniste a mí? – preguntó Conan-. Parecías gozar de una posición cómoda en la corte.

Rolf se mostró manifiestamente ofendido, y contestó con aspereza:

–¿Crees que he olvidado el día en que me salvaste la vida, durante aquella batalla contra los hiperbóreos en los montes Graaskal?

Conan sonrió y repuso:

–Pues ése es el caso. Después de tantas batallas, lo había olvidado.

Luego se llevó una mano a los ojos y miró hacia la uniforme línea del horizonte.

–Estoy seguro de que habrá al menos un par de galeras de Yezdigerd tras nuestro rastro -dijo sombríamente-. El pobre hombre debe de estar clamando venganza. No olvidará fácilmente cómo nos reímos en sus propias barbas.

–Eso es cierto -admitió Rolf-. Y sólo deseo que siga soplando este magnífico viento. De lo contrario, quedaremos a merced de las galeras.

La activa mente de Conan ya estaba ocupada con otros pensamientos.

–Durante mis días con la Hermandad Roja -murmuró-, esta zona era la más adecuada para apoderarse de un gran buque mercante de

Sultanapur o de Khawarizm. Ah, pero aquellos marineros luchaban con denuedo, y a veces el mar se teñía de rojo con nuestra sangre y la de ellos antes de que consiguiéramos el botín. Quizás algunos barcos pirata no estén ahora lejos de nosotros.

Los ojos de halcón del cimmerio siguieron examinando la interminable extensión azul.

De repente se irguió como un león que divisa su presa, y señaló con el brazo hacia estribor.

–¡Mira, Rolf, tenemos compañía! – exclamó-. Aquellas velas amarillas sólo pueden significar una cosa: un barco pirata. Será mejor que arriemos la vela y los esperemos. Si lo desean, pueden alcanzarnos dentro de media hora.

Con los ojos fijos en el barco que se acercaba, Conan aguardó, inmóvil y aparentemente tranquilo.

El cimmerio escuchó con deleite el repetido golpe de los remos en el agua, el crujido del aparejo y los gritos de los contramaestres.

Igualmente satisfecho aspiró el olor a brea de la embarcación, que se hallaba a tan sólo medio cable de distancia. Se trataba de una esbelta galera de vela que lucía su aparejo amarillo bajo los rayos del sol del atardecer. La negra bandera de la Hermandad ondeaba en el mástil.

Conan y Rolf remaron hacia el barco pirata.

Por encima de la borda se divisaban numerosos rostros de las cataduras más diversas. Muchos eran de tez oscura y llevaban sombreros de vivos colores. Otros iban tocados con el turbante oriental, y unos pocos usaban cascos de acero o de bronce. Algunos tenían la cabeza rapada, con excepción de un largo mechón que colgaba por detrás. El clamor de los gritos disminuyó. Numerosos ojos, fríos y crueles, examinaron a los dos hombres de la barca de pesca.

El casco de ésta golpeó al fin contra el de la embarcación mayor.

Les arrojaron una cuerda, y Conan y Rolf treparon con la agilidad de consumados marinos. Después de saltar por la borda, se encontraron en cubierta, en el centro de un semicírculo de curiosos piratas que empezaron a hablar todos a la vez. Entre los filibusteros, Conan reconoció a algunos que lo habían seguido en otros tiempos.

–¡En, perros! ¿No me conocéis? – exclamó con aspereza-. ¿Se han debilitado vuestros ojos con la edad, o habéis perdido la memoria y ya

no recordáis mi nombre?

Algunos hombres del grupo habían retrocedido, palideciendo de estupor al reconocer al recién llegado. Uno de ellos dijo con voz ronca:

–¡Por Tarim, un fantasma! ¡Erlik nos proteja! ¡Es nuestro antiguo almirante, que vuelve de la tumba para perseguirnos!

A pesar de su valentía, el curtido pirata se hallaba evidentemente aterrado por la presencia de Conan. Lo señaló y agregó:

–Tú pereciste hace muchos años, cuando los vampiros de los montes Colquios atacaron tu barco mientras huíais de los turanios, después de haber tomado venganza de Artabán de Shahpur. ¡Vete, espectro, no nos maldigas!

Conan rió con fuerte carcajada y se golpeó alegremente un muslo con la mano. Después extrajo la daga de Rolf de su vaina y la arrojó a cubierta, de modo que la punta se clavó profundamente en la madera y la empuñadura vibró en el aire.

–¿Te has vuelto loco, Artus? – dijo el cimmerio, al tiempo que recogía el arma-. ¿Puede un fantasma clavar así un cuchillo? Vamos, hombre. Estoy tan vivo como todos vosotros, y si alguno lo duda, romperé unas cuantas cabezas para demostrarlo. Yo pude escapar en aquella ocasión de los vampiros y de los turanios, y lo que me ocurrió después es algo que no os concierne. Y bien, ¿creéis ora que estoy vivo?

Los antiguos seguidores de Conan rodearon entonces, llenos de gozo, al gigantesco cimmerio para estrecharle mano y darle cariñosas palmadas en la espalda. Hombres que nunca lo habían visto anteriormente se congregaron también alrededor del grupo, llenos de curiosidad por conocer a aquel personaje legendario, cuyas hazañas se rememoraban en las tabernas, en las noches serenas.

De pronto, se oyó una voz potente entre el rumor alegre de los piratas:

–¡Ahí, en cubierta! ¿Qué ocurre? ¿Quiénes son esos hombres? ¡Os ordené que los trajerais aquí en cuanto subieran al barco!

El que había gritado así era un hombre de elevada estatura, que llevaba una malla ligera y estaba golpeando con el puño sobre la borda.

Llevaba un trapo rojo arrollado en torno a la cabeza, y una gran cicatriz le cruzaba la mejilla, desfigurando su rostro largo y estrecho.

–¡Es Conan, capitán! – gritó el viqo Artus, que era el contramaestre-. ¡Nuestro antiguo almirante ha regresado!

Los ojillos del capitán se entrecerraron al tratar de confirmar las palabras de Artus con un examen minucioso. Una luz maligna brilló en aquella mirada tan pronto como hubo reconocido la bronceada silueta del cimmerio. Entonces abrió la boca para hablar, pero Conan no le dejó hacerlo, anticipándosele.

–No te alegras de verme, ¿verdad, Yanak? – dijo el cimmerio-.

¿Recuerdas cómo te expulsé de la flota pirata por quedarte con un botín que pertenecía a toda la tripulación? ¿Cómo has logrado volver a ser capitán? ¡Malos días deben de ser éstos para la Hermandad!

Yanak habló por fin, y repuso, con intenso odio en la voz:

–¡Sólo por aquella mala jugada, bárbaro, haré que te cuelguen de los talones y que te asen sobre el fogón del barco!

Miró desafiante a su alrededor y nadie se atrevió a contradecirle.

–¡Yo soy aquí el capitán, y el único que da las órdenes! – agregó enseguida.

–Puede que así sea -replicó Conan-, pero yo todavía soy miembro de la Hermandad, y reclamo un derecho, de acuerdo con nuestro código: el derecho que asiste a cualquier miembro de la Hermandad a luchar contra el capitán de un barco por la dirección de la nave.

Entonces el cimmerio volvió a empuñar la daga que había tomado de la vaina de Rolf. Era un arma formidable, provista de una hoja ancha de más de media yarda de largo, aunque no llegaba a la longitud de una espada. Conan y Rolf se habían deshecho de sus sables a fin de poder nadar hasta la barca de pesca, de modo que no tenían más armas que el largo cuchillo.

La tripulación comenzó a murmurar, pues todos sabían que en aquel tipo de duelo Conan tenía que luchar con el arma de que dispusiera en el momento del desafío, mientras que Yanak podía elegir la que deseara. La cota de malla de Yanak también le proporcionaba una ventaja suplementaria.

–¡Esto es una locura, Conan! – dijo Artus en voz baja, cogiendo al cimmerio por un brazo-. Yanak te hará pedazos con su enorme espada.

En lugar de eso, lo destituiremos y te elegiremos capitán. Puedes estar seguro de que tus antiguos seguidores están de tu parte.

Conan negó con la cabeza y murmuró:

–La mitad de la tripulación no me conoce y se opondría a semejante decisión. Los hombres se dividirían en dos bandos y nuestra fuerza se debilitaría. No; debe hacerse al modo tradicional.

Varios tripulantes estaban ya despejando un espacio en torno al mástil del barco. Yanak se acercó sonriendo, y sus manos curvaron la recia pero afilada hoja de su espada. Ésta era recta, y había sido fabricada por un famoso artesano, como podía adivinarse por el brillo de la hoja y por los bordes perfectamente afilados.

Conan aferró con firmeza la daga y avanzó hacia el mástil. En torno a éste habían marcado con brea un amplio círculo de cuatro yardas de diámetro. Las reglas de la contienda eran sencillas. Los antagonistas debían luchar en el interior del círculo. Se permitía emplear cualquier artimaña, y la lucha sería a muerte, o hasta que uno de los duelistas se hallara tan malherido que no pudiera seguir peleando. Pero en este último caso había de ser arrojado al mar por la borda. Si uno de los combatientes se salía del círculo, los espectadores lo empujarían de nuevo dentro de éste.

En el momento en que el cimmerio traspuso la marca trazada con brea, Yanak saltó hacia adelante, cortando el aire con un violento golpe.

Pero el bárbaro era demasiado veterano en aquellas lides para dejarse sorprender. Saltó hacia un lado, y Yanak se salvó de una cuchillada en el costado porque ladeó el cuerpo, y la hoja de la daga resbaló en la cota de malla. Desde entonces, el capitán pirata se movió con mayor cautela, a pesar de ser quien tenía más ventajas. La longitud de su arma era una buena baza, no obstante la estatura y la fuerza del cimmerio.

De vez en cuando, Yanak lanzaba un ataque repentino, entre violentas maldiciones, pero el silencioso Conan paraba los golpes con gran facilidad y seguía dando vueltas en torno al mástil. El cimmerio ignoró las pullas y las exhortaciones del capitán para que permaneciese quieto y luchase.

Entonces, Yanak intentó una argucia. Conan y él se hallaban del mismo lado del mástil. Con todo el poder de sus robustas piernas, el capitán saltó en el aire y se colgó de un cabo que pendía del aparejo, al

tiempo que trataba de golpear con la espada en la cabeza desnuda del cimmerio.

Pero Conan respondió con vertiginosos reflejos. En vez de retroceder, saltó por debajo de su adversario. La espada de Yanak silbó inofensiva sobre la espalda del bárbaro, mientras que éste enterró la hoja de su daga hasta la empuñadura en el abdomen del capitán, atravesando con su inmensa fuerza los eslabones de la cota de malla del pirata.

Éste cayó sobre la cubierta, retorciéndose, y quedó inmóvil en medio de un charco de sangre. Su espada rebotó con ruido metálico. El cimmerio se agachó y levantó al capitán. Luego, con un poderoso impulso arrojó a Yanak, que había muerto, por encima de la cabeza de los tripulantes y sobre la borda, yendo a caer el cuerpo al mar. Después, Conan recogió la espada, recorrió con una mirada fría el círculo de piratas que lo rodeaban y preguntó con voz amenazadora:

–Y ahora, amigos, ¿quién es el capitán?

Los gritos de «¡Conan, Conan!» disiparon cualquier clase de duda.

El cimmerio sonrió satisfecho ante la nueva situación, a la que había logrado llegar gracias a su coraje. Entonces, con voz atronadora, hizo callar a los tripulantes.

–JA las velas y a los remos, truhanes! – gritó-. ¡Y un hombre a la cofa, como vigía! ¡El mismo Yezdigerd viene siguiendo mi rastro, pero a fe mía que le proporcionaremos una caza divertida!

Pese al anuncio de que los perseguía el enemigo más enconado de los piratas, la inquebrantable confianza que aquellos hombres tenían en Conan fue suficiente para borrar todos los recelos y preocupaciones.

Muchos recordaban las numerosas ocasiones en que el cimmerio había luchado y vencido con todas las probabilidades en su contra, y confiaban en que volvería a ocurrir lo mismo.

De un poderoso salto, el bárbaro subió al puente y ex clamó:

–¡Orientad la vela! ¡Rumbo al sudeste!

Los marineros comenzaron a tirar de los cabos mientras entonaban expresivas canciones de mar. El hombre que estaba al timón se apoyó sobre sus fornidas piernas para hacer virar la nave hacia el rumbo ordenado. El esbelto barco avanzó en dirección al sudeste, siguiendo el viento, como un corzo que atraviesa la planicie.

–De modo que crees que estoy loco, ¿verdad, Artus? ¡Pues por Crom que espero que Yezdigerd piense lo mismo!

La risa de Conan resonó en la cabina mientras se recostaba en un sillón, con una jarra de vino en la mano. El cimmerio había tomado posesión del guardarropa de su antecesor y se había vestido con el lucido atuendo de un capitán pirata del mar de Vilayet: calzas rojas, anchas botas de mar, camisa amarilla de seda de Vendhia con mangas anchas y un fajín multicolor alrededor de la cintura. En la cabeza llevaba arrollada una tela de color rojo, en tanto que el fajín sujetaba una larga daga con empuñadura de marfil.

Además de Rolf, acompañaba a Conan el contramaestre, Artus, mientras la galera hendía, veloz, las aguas del mar interior. El viejo dejó su jarra sobre la mesa y habló con aire preocupado.

–No creo que estés loco, Conan -dijo el contramaestre-, pues te conozco demasiado bien, pero este plan me parece descabellado: nos estamos precipitando directamente a las fauces del turanio. Al menos podrías revelarnos lo que te propones. Los tripulantes confían plenamente y no piensan en que Yezdigerd traerá consigo al menos dos grandes galeras de guerra. Yo, en cambio, soy lo bastante viejo y sensato como para reflexionar. ¿Cuáles son tus planes?

El cimmerio adoptó de repente un gesto grave, y se dirigió a un armario de madera pintada de color dorado. Después de abrirlo, extrajo de él un rollo de pergamino, que extendió sobre la mesa. Se trataba de una carta marina de las aguas que estaban cruzando.

–He aquí nuestra posición. Yezdigerd debe de haber salido hace cuatro días de Aghrapur, y, a velocidad media, calculo que deben de encontrarse en esta zona.

Conan señaló un punto de la carta, y siguió diciendo:

–Con nuestro rumbo actual y a esta velocidad, deberemos encontrarnos con Yezdigerd en algún lugar del archipiélago Zhurazi.

–Las Zhurazi, ¿eh? – murmuró Artus-. Ésas son aguas peligrosas.

En las cartas no figura sonda alguna, y todo marino en su sano juicio evita pasar por esas islas. Se dice que sus aguas están pobladas por monstruos y demonios de los oscuros abismos, y que el hombre que desembarca en sus playas está irremisiblemente perdido.

–¡Al diablo con esas patrañas! – dijo el cimmerio con un gruñido-.

En una ocasión viví quince días en el extremo norte de la isla principal, después de un naufragio.

Lo único que me ocurrió fue que tuve bastante trabajo para evitar que una tribu de salvajes de piel amarilla me sacrificara a su dios, un ser con cuerpo de lagarto.

De modo tan sencillo, Conan revelaba la tremenda aventura que había protagonizado años atrás en aquel archipiélago. El recio cimmerio no sólo había salido con vida de una tierra de salvajes hostiles, sino que había dado muerte a un monstruo de épocas remotas que aterrorizaba a sus habitantes. Y es que el bárbaro no era dado a preocuparse del pasado, sino que le atraía tan sólo el presente.

Permaneció durante un momento en silencio, observando la carta.

Luego, con un gesto repentino, la arrojó de la mesa y se volvió hacia sus amigos.

–Tienes razón, Artus -dijo-. No se han inscrito las sondas en esta carta. Es un mapa turanio, ¿verdad? Sin duda lo dibujaron los mismos cartógrafos del rey, en Aghrapur. Por lo tanto, debe de ser igual al que tiene nuestro incansable perseguidor. Ahí reside nuestra ventaja.

Y a pesar de que el otro le pidió explicaciones, Conan no reveló nada más.

Los músculos se contraían bajo la sudorosa piel de los galeotes. Los remos subían y bajaban con uniforme ritmo, impulsando la enorme nave de guerra sobre las aguas. Por la pasarela central se paseaba el fornido cómitre, con su látigo trenzado y la piel brillante de sudor y aceite. De vez en cuando, el flagelo saltaba como una cobra al ataque, y, con un agudo silbido, dejaba una marca rojiza en las espaldas de los jadeantes remeros. Los esclavos de los barcos turanios eran tratados con crueldad, y más aún los del Cimitarra, el barco almirante del rey Yezdigerd.

El monarca estaba absorto en uno de sus raptos de melancolía.

Tenía la mirada pensativa y sombría, mientras observaba el líquido ambarino de su copa.

–Algún poder demoníaco ayuda al maldito cimmerio -dijo el rey-.

Debió de conseguir una embarcación inmediatamente después de su huida. Mis condenados almirantes necesitaron medio día para

preparar mi barco para la navegación y, por si fuera poco, los dioses del mar han vuelto el viento contra nosotros. Avanzamos con la lentitud de un caracol.

–Pero más de prisa que el cimmerio, en todo caso -aseguró Thanara, mirando a Yezdigerd por entre sus largas pestañas-. Los endebles remos que sin duda lo impulsan de poco le valdrán con este viento. Cada momento que pasa lo acerca más a nosotros. Ten paciencia, mi señor. Erlik no tardará en poner al bárbaro en nuestras manos.

–Mis hombres han pensado eso mismo en numerosas ocasiones, y a pesar de ello el muy maldito ha escapado de todas las trampas que le tendieron. ¡Ahora, por primera vez, soy yo el cazador! Me ocuparé personalmente de que no huya. ¡Por las barbas de mi padre, Yildiz, que por fin arreglaré cuentas con ese miserable!

El ansia apareció en el semblante de Yezdigerd, y sus ojos se llenaron de nuevas energías. Se resguardó la vista con una mano y miró sobre las aguas transparentes.

Luego hizo un rápido ademán, y el almirante avanzó presuroso mientras las doradas escamas de su malla brillaban bajo el sol.

–Veo tierra, Uthghiz. ¿Acaso hemos variado de rumbo?

El almirante, que conocía el temperamento irascible de su soberano, desplegó con rapidez una carta de navegación y dijo, mientras señalaba:

–Éste, señor, es el archipiélago de las Zhurazi. Es probable que el cimmerio haya desembarcado allí para proveerse de agua y alimentos.

Tengo la intención de explorar la costa en busca de su nave. Por otro lado, el camino más directo hacia las costas orientales del mar de Vilayet conduce cerca de las mencionadas islas.

–Puede que tengas razón -admitió el rey-. Mantén alerta a todos los hombres del barco. ¿A qué distancia de las islas puedes acercarte?

–Éstas son aguas desconocidas, mi señor, y de las islas se narran muchas leyendas llenas de supersticiones. Se cuentan horribles historias acerca de monstruos demoníacos que pueblan los acantilados.

En esa zona del mar no se han efectuado sondeos, y por ello no debemos acercarnos mucho a tierra si no queremos encallar.

Thanara, por su parte, siguió examinando la abrupta línea costera que se extendía ante sus ojos, mientras el rey volvía a tenderse en su diván dorado, murmurando algo entre dientes.

La mujer miró con atención. ¿La engañaban los ojos, o aquello que había brillado antes de desaparecer tras un islote del borde del archipiélago era una vela? Las naves turanias se acercaban a dicho punto con cada golpe de remo. Thanara aguardó impaciente.

De repente se irguió y señaló algo. La vela había vuelto a aparecer.

–¡Mira, mi señor! – exclamó-. ¡Allí hay una presa para tus barcos!

¡Un navío pirata! ¡Lo hemos arrinconado!

Thanara no era la única que había divisado el buque corsario.

Enseguida se dieron órdenes. La tripulación se preparó para el combate, mientras se izaban señales para ordenar al barco acompañante que hiciera lo mismo.

Los cómitres recorrieron los bancos de los galeotes, comprobando la seguridad de los grilletes y cadenas. Montones de armas fueron dispuestas junto al mástil, y los soldados del barco, después de empuñarlas, corrieron a ocupar sus puestos de combate. Los arqueros treparon a las jarcias para ponerse en lugares de tiro, en tanto que grupos de fornidos marineros se colocaban junto a las bordas, provistos de arpeos de abordaje.

Aunque la aguda vista de Conan no podía apreciar los detalles de los preparativos de las naves enemigas, se dio cuenta de que habían comenzado en cuanto permitió que avistaran su barco. La nave pirata, por su parte, hacía tiempo que estaba dispuesta para la lucha. A pesar de las escasas probabilidades que parecían tener los corsarios, éstos confiaban ciegamente en su capitán. Los que habían navegado con el cimmerio en el pasado relataban historias asombrosas acerca de antiguas batallas navales, y de los recursos ingeniosos de que se valiera el bárbaro en ocasiones para volver las tornas en contra de sus adversarios. Las espadas se agitaban en dirección a las lejanas embarcaciones turanias, mientras bocas procaces proferían juramentos en las lenguas más diversas.

–¡Preparaos para virar en redondo! – gritó con voz potente el cimmerio.

La orden constituyó una sorpresa para la tripulación. Allí estaban ellos, listos para la lucha, dirigidos por el mejor capitán del mundo, y

¿qué hacía éste? ¡Escapar como una rata! De mala gana se dispusieron a cumplir las órdenes. Conan se dio cuenta de ello y exclamó:

–¡Daos prisa, perros sarnosos, o haré que os acaricien el lomo con el látigo! ¿Creéis que soy tan necio como para luchar contra dos galeras de guerra, cada una de ellas dos veces más fuerte que mi propio barco, y además en mar abierto? No, tengo un plan mejor. No os preocupéis, chacales del mar; tendremos un festín de lucha y de sangre del que se escribirán canciones en el futuro. ¡Y ahora, aplicaos a vuestras tareas!

Llenos de renovado entusiasmo, los piratas corrieron a las jarcias, y la nave no tardó en avanzar con rapidez hacia la zona interior del archipiélago de las Zhurazi. Antes de haber puesto en práctica su plan, Conan había consultado con el carpintero de a bordo. La información que obtuvo, junto con el conocimiento que él mismo tenía de aquellas aguas, no le dejaron la menor duda.

El archipiélago de las Zhurazi estaba formado por dos islas principales, rodeadas de cierta cantidad de islas más pequeñas. Un estrecho canal corría entre las dos islas mayores, y por éste guió Conan su nave. Los piratas se mostraron llenos de expectación cuando avistaron a popa las galeras turanias, que los seguían con toda la rapidez que podían imprimir los galeotes a los remos.

El rey Yezdigerd se paseaba por la popa, cubierto con una plateada cota de malla turania y un bruñido casco acabado en punta. Con el brazo izquierdo sostenía un escudo circular en tanto que de su costado colgaba una larga cimitarra. El cruel y sombrío monarca era, además, un guerrero intrépido y fiero, al que le gustaba tomar parte personalmente en los combates.

–¡Mirad cómo huyen esas hienas miedosas! – exclamaba-. Pero

¿acaso han perdido el juicio? Entre las dos islas les faltará el viento que impulsa sus velas, y quedarán a merced de nuestros rápidos remos.

¡Remad más de prisa!

Entretanto, el almirante de Yezdigerd hablaba en voz baja con el capitán de la galera. Este último ponía reparos con expresivos ademanes y movimientos de cabeza. El almirante pareció dudar y regresó a popa.

–Mi señor -le dijo al rey-, debes saber que estas aguas no han sido sondeadas. No tenemos cartas en las que podamos confiar, y el capitán de la nave teme que encallemos. Sugiero que rodeemos las islas y ataquemos al barco pirata en mar abierto.

Yezdigerd hizo caso omiso de las preocupaciones de su almirante, y dijo con gesto autoritario:

–Yo afirmo que esas ratas serán presa fácil a sotavento de las islas.

Que los látigos consigan toda la velocidad posible. ¡No tardaremos en cerrar nuestras fauces sobre los condenados piratas!

El rey parecía tener razón en sus predicciones. La embarcación corsaria se hallaba en aquel momento a mitad del canal, avanzando con dificultad. Al verse ante una presa tan fácil, los turanios lanzaron gritos de júbilo.

El desánimo cundía entre la tripulación pirata. Su avance era lento, y las dos galeras hirkanias se acercaban cada vez más, a cada golpe de remo. Parecían un par de halcones que se precipitaran sobre una indefensa paloma. Rolf permanecía en silencio, con el aire taciturno de los hombres del norte. Artus, en cambio, se lamentaba ante el cimmerio.

–Capitán -decía-, los hirkanios nos atacarán antes de que salgamos a mar abierto. No tenemos ninguna probabilidad a nuestro favor. Es imposible que maniobremos en un paso tan estrecho, y los espolones de las galeras destrozarán nuestro casco como si fuera la cáscara de un huevo. ¿No podríamos ir a tierra en los botes? Allí sería posible luchar en la selva. ¡Por Tarim, debemos hacer algo!

Conan, con imperturbable serenidad, señaló las naves que se acercaban. Las galeras constituían un espectáculo formidable. A la cabeza llegaba la Cimitarra, con una cresta de espuma bajo la proa y el espolón de dos yardas de largo. La nave parecía un ángel exterminador que hostigara a su víctima. La seguía de cerca un barco acompañante, de aspecto menos temible.

–¡Hermoso espectáculo, por Ishtar! – dijo Conan tranquilamente-.

Y llevan buena velocidad. Sin duda los cómitres deben de estar manejando los látigos con todas sus fuerzas. La que viene en primer término es una galera muy grande; al menos tres veces más pesada que la nuestra.

Su voz cambió de manera perceptible cuando preguntó en tono competente:

–¿Qué indica ahora la sonda?

–Cinco brazas, capitán, y aumenta la profundidad. Ya hemos dejado atrás la parte más superficial de los bajíos. Por muy poco no hemos encallado.

–Muy bien. Yo sabía que pasaríamos. Y ahora, ¡mira a nuestros perseguidores!

El Cimitarra se detuvo repentinamente mientras se precipitaba sobre su presa a toda velocidad. Un estruendoso crujido del maderamen y un chasquido de aparejos cortos resonó entre los acantilados del estrecho. Gritos de alarma rasgaron el aire cuando el mástil se quebró por la base y se desplomó sobre la cubierta, que quedó oculta bajo los pliegues del velamen. Los remeros intentaron hacer retroceder la galera, pero la velocidad había sido demasiado grande al encallar, y la nave estaba embarrancada en los arrecifes.

La otra nave turania fue un poco más afortunada. Su capitán era un hombre de decisiones rápidas, y al ver lo que le ocurría al navío almirante ordenó enseguida que los remos dieran marcha atrás. De todos modos, había seguido a la misma velocidad que el barco que la precedía, y su navío quedó varado en un banco de arena.

Los piratas, apiñados en la borda de la nave corsaria, aullaban de gozo, señalaban con las espadas a los turanios y ovacionaban a Conan.

Hasta el pesimista contramaestre tuvo que admitir su error.

–Tardarán varios días en volver a poner a flote esas galeras -dijo Artus-. Y dudo que la más grande pueda llegar a navegar, con el fondo tan destrozado.

Luego miró a su capitán y preguntó:

–Y ahora, Conan, ¿hacia dónde ponemos rumbo? ¿A Khoraf, donde los mercaderes de esclavos llevan a las mujeres más hermosas del sur, o a Rhamdan, el puerto donde termina el gran camino de las caravanas?

El cimmerio dijo con voz llena de desdén, mientras miraba a sus hombres:

–Ahí tenemos dos barcos turanios a nuestro alcance, chacales del mar. ¡No hemos huido de Yezdigerd, sino que le hemos tendido una

trampa! Os prometí un festín de lucha y de sangre, y vais a tenerlo.

Luego se interrumpió y, mirando hacia el cielo, agregó:

–Estamos saliendo del estrecho y el viento refresca. Vamos a rodear la isla de barlovento. ¡Ordena que cambien el rumbo, contramaestre!

Muchas manos ansiosas se tendieron hacia los cabos, cuando todos comprendieron el genial plan del cimmerio.

El rey Yezdigerd paseaba por el puente de popa de su destrozado navío sin poder reprimir su ira. Ésta ya se había hecho sentir sobre los miembros de la tripulación, pues había mandado decapitar al momento al marinero encargado de sondear la profundidad, y al timonel. No existía peligro inmediato de hundimiento, puesto que la nave se hallaba firmemente encallada en el arrecife, pero todas las bodegas se habían inundado a causa del agua que entraba por las grandes aberturas del casco, y ello era indicio de que el barco favorito del rey probablemente nunca volvería a ser puesto a flote. Que aquello fuera consecuencia de la artimaña de un pirata, y que este hubiera escapado después de burlarse de aquel modo, no hacía más que aumentar la furia de Yezdigerd.

–¡Perseguiré a ese perro hasta los confines de la tierra! – exclamó el rey-. Todo esto es típico de ese infame cimmerio. Juraría que se halla a bordo de esa nave. Pero ¿es que ese maldito de Khogar no va a poner su tinaja a flote de una vez por todas?

Yezdigerd se refería al capitán de la otra nave turania, que había ordenado a su tripulación que bajara a los botes para intentar remolcar y poner a flote la galera acompañante, el Estrella de Khoral.

Fue transcurriendo el día, y ambas tripulaciones se afanaban sobre los remos haciendo retroceder palmo a palmo el barco encallado. Estando el capitán del Estrella completamente abstraído en su tarea, un grito del vigía atrajo su atención. El hombre parecía muy agitado y movía los brazos con frenesí.

Rodeando un promontorio, y con la vela amarilla tendida al viento, llegaba majestuosamente el barco que todos creían en fuga. Era esbelto y hermoso, y sus cubiertas estaban llenas de ansiosos corsarios. Hasta los oídos de los turanios llegaban débilmente las pullas de los piratas, que les parecían gritos de demonios del infierno.

La nave de Conan se abalanzó como un águila sobre el Estrella de

Khoral. Con el espolón partió en dos uno de los botes que la remolcaban, e hizo saltar por el aire maderas y cuerpos a un tiempo.

Luego acortó velas, hizo un rápido viraje y al momento estuvo borda con borda contra su presa. Los arpeos de abordaje mordieron en la madera del navío turanio, y una lluvia de flechas precedió a la horda aulladora y sanguinaria que saltó sobre la regala del barco encallado.

Los turanios lucharon con valor. Aunque habían sido sorprendidos por el enemigo, su capitán logró imponer cierto orden. Los corsarios barrieron el entrepuente, dejando las cubiertas llenas de muertos. Pero se vieron contenidos por varias descargas de flechas desde la popa, donde los soldados turanios se habían concentrado detrás de un erizado muro de lanzas.

El ataque fue frenado por unos momentos, pero Conan, cubierto con una cota de malla, avanzó destrozando yelmos y cercenando miembros a diestro y siniestro, con lo cual se desmoronó la última resistencia hirkania.

Los turanios no pudieron contener el invencible empuje de los corsarios, que, sedientos de sangre, se dispersaron por la popa, abatiendo a sus enemigos como a conejos.

El capitán del Estrella de Khoral se dio cuenta de que la única posibilidad de salvar su barco era matar al jefe pirata. Por tanto, saltó para enfrentarse con el cimmerio. Sus sables chocaron en una danza metálica. Pero el turanio no tenía la habilidad de Conan con la espada.

A pesar de ello, la afilada hoja de la cimitarra del hirkanio cortó un mechón de la negra melena de Conan cuando éste se agachaba para esquivar un golpe. De inmediato, la larga espada de dos filos del cimmerio penetró en la malla de su contrincante, hacia un costado, y el capitán turanio cayó agonizante, con las costillas destrozadas.

La lucha terminó cuando los soldados vieron caer a su capitán. Se oyeron gritos pidiendo cuartel, y los turanios arrojaron las armas, que formaron un enorme montón.

Conan observó la escena con un gesto de sombrío gozo. Había perdido una veintena de hombres, pero con la recompensa de capturar el único barco que los turanios tenían en condiciones de navegar. Eran varios los piratas que ya se dedicaban a la tarea de liberar de sus

cadenas a los esclavos remeros. Éstos gritaban de alegría, tanto más cuanto que veían entre sus libertadores a antiguos amigos. Otros corsarios llevaron a los vencidos turanios, en un grupo compacto, hasta las bodegas.

Mientras cierto número de tripulantes piratas continuaban la tarea de liberar el Estrella de Khoral del banco de arena en el que había encallado, el navío pirata izó de nuevo las velas. Tenía las cubiertas atestadas de hombres, ya que a su propia tripulación se agregaban los galeotes, apresuradamente liberados y armados. El barco corsario se dirigió en línea recta hacia la presa de mayor tamaño.

En una taberna de Onagrul, baluarte secreto de los piratas del mar de Vilayet, voces perentorias pedían más vino. El líquido fresco y claro llenó la copa de Artus mientras los hombres pedían que les contara todo lo ocurrido. El canoso contramaestre bebió el vino con verdadera fruición y luego se limpió los labios con el dorso de la mano, al tiempo que observaba a su auditorio.

–Sí, amigos -dijo al fin-; ¡tendríais que haber estado allí! La lucha fue gloriosa cuando tomamos la primera nave. Luego nos dirigimos hacia el Cimitarra de Yezdigerd. Debimos de parecerles una horda infernal, pero a pesar de todo se dispusieron a rechazar el ataque.

Cortaron los cabos de nuestros arpeos con espadas y hachas de combate, hasta que nuestros arqueros despejaron la cubierta cerca de la borda enemiga, y los garfios se volvieron a clavar en la madera.

Entonces saltamos como un alud, siguiendo a Conan, y la lucha se generalizó con una violencia terrible. Todos los turanios de la nave almirante eran guerreros diestros y veteranos. En su mayoría pertenecían a la guardia personal de Yezdigerd, y luchaban bajo la mirada de su rey.

«Durante algún tiempo, el resultado de la batalla fue incierto, a pesar del feroz ataque de Conan, que cortaba las mallas y los brazos turanios como si hubieran sido de madera podrida. El enemigo, sin embargo, mantenía una perfecta unidad ante nuestras embestidas, y nos veíamos obligados a retroceder como olas ensangrentadas frente a una costa rocosa.

«Luego escuchamos unos gritos de júbilo, pues algunos de los nuestros habían saltado entre los galeotes y, después de abatir a los

cómitres, iban rompiendo las cadenas que sujetaban a los remeros.

Éstos irrumpieron en cubierta como una horda de lobos rabiosos. Se apoderaron de cuantas armas pudieron, y volcaron contra sus antiguos amos el inmenso odio que sin duda acumulaban en el alma. Sin la mejor preocupación por su propia vida, nos apartaron a un lado y se precipitaron sobre los turanios. Algunos quedaron inmediatamente ensartados en las espadas y lanzas enemigas, pero otros trepaban sobre los cadáveres de sus compañeros para estrangular a los hirkanios con las manos desnudas. Yo vi a un gigantesco galeote que utilizaba el cuerpo de un turanio como maza, y con él derribaba a los enemigos sobre cubierta. Por fin, el corpulento remero cayó con el cuerpo acribillado de flechas.

«Reinaba una gran confusión en la cubierta del Cimitarra. Las relucientes filas reales vacilaron. Conan profirió uno de sus estentóreos y aterradores gritos de guerra, y volvió a atacar. Lo seguimos, dispuestos a vencer o a morir, y la lucha se convirtió en un infierno de violencia. Poco a poco fuimos aniquilando toda resistencia, y, desde la proa a la popa del barco, los imbornales no daban abasto para dar salida a la sangre que había en las cubiertas.

«Conan luchaba con la fiereza de un tigre. Su espada golpeaba con la contundencia del rayo, y los cadáveres se amontonaban a su alrededor como el trigo en torno al segador que empuña una guadaña.

Intervenía allí donde la lucha era más enconada, y su presencia constituía siempre un terrible estrago para los hirkanios. Con toda su fuerza salvaje, el cimmerio se dirigió hacia la popa, donde el propio Yezdigerd dirigía la defensa, rodeado de algunos hombres elegidos.

»El bárbaro deshizo sus filas como un elefante a la carga. Los hombres caían bajo su espada como muñecos. Finalmente, un grito de cólera surgió de labios de Yezdigerd, y el rey en persona saltó hacia Conan para enfrentarse a él. Creo que Yezdigerd no había visto al cimmerio anteriormente, pues su sorpresa era evidente. Feroces juramentos surgieron de la boca de ambos contendientes cuando iniciaron la lucha.

«"¡He visto tu mano en todo esto, maldito cimmerio! – aulló el rey turanio-. ¡Por Erlik que ahora recibirás tu merecido! ¡Vas a morir, perro bárbaro!”

«Y diciendo esto, asestó un horrible mandoble contra la cabeza de Conan. Ningún hombre corriente habría podido esquivarlo o detenerlo, pero Conan valía una docena de hombres. Lo paró mediante un movimiento demasiado veloz para ser apreciado por la mirada.

«"¡Eres tú quien va a morir, chacal turanio!", dijo el bárbaro con voz de trueno. Durante unos momentos, cada uno de ellos atacó y paró los golpes del otro con la velocidad del rayo, mientras los demás dejaban de pelear para observar.

«Un poderoso golpe destrozó el escudo de Yezdigerd, y a continuación la brillante espada del cimmerio puso fin a la vida del rey.

«Al verlo, los turanios se rindieron mansamente. No tomamos muchos prisioneros, ya que las espadas habían cobrado un tributo estremecedor. De nuestros doscientos hombres, no quedaba más que la mitad, pero capturamos o dimos muerte a no menos de trescientos perros hirkanios.

El contramaestre bebió más vino y luego tendió la copa para que se la volvieran a llenar. Durante la pausa, uno de los que escuchaban preguntó:

–¿Y qué fue de la mujer turania?

Artus se estremeció visiblemente, y con el ceño fruncido repuso:

–Ése fue el acontecimiento más extraño de aquel día memorable.

Estábamos vendando las heridas de nuestros hombres y conduciendo a los prisioneros a las bodegas, cuando el cielo se nubló y un hálito de muerte pareció abatirse sobre todos nosotros. Las negras aguas se agitaron en torno a los barcos. El viento gimió en las jarcias como un alma en pena, a pesar de que estábamos a sotavento de los acantilados de una de las islas.

«Alguien gritó y señaló hacia arriba. En el cielo aparecía un punto negro, que crecía rápidamente de tamaño. A primera vista parecía un pájaro o un murciélago. Luego se vio que era un ser fantástico y horrible, con apariencia de hombre, pero dotado de alas. Sosteniéndose en el aire, el engendro se mantuvo sobre la cubierta de popa y lanzó un alarido penetrante que nos dejó momentáneamente sordos.

«La mujer de Maipur, al oír aquel grito, salió de la cabina de popa, donde ninguno de nosotros había entrado todavía. En un abrir y cerrar de ojos, el monstruo se apoderó de ella y se la llevó, aleteando

lentamente sobre las sombrías aguas del canal. En unos instantes, ambos se perdieron de vista y el sol volvió a brillar.

«Nos miramos unos a otros con el semblante muy pálido, preguntándonos qué podría haber sido aquello. De haber permanecido allí el endemoniado ser, estoy seguro de que todos hubiéramos saltado al mar para huir de él. Pero se marchó con tanta rapidez que no tuvimos tiempo para sentir los efectos del pánico. Teníamos miedo, y hasta el mismo Conan estaba blanco como la cera.

»"Ya he visto esa aparición anteriormente", murmuró, pero no quiso explicar nada más.

«Algunos de nosotros sospechamos que el demonio había llegado para arrastrar a Thanara al infierno de los adoradores de Erlik. Pero otros, que se encontraban cerca de ella cuando el engendro se cernía sobre la popa, aseguraron que la mujer no había demostrado miedo, sino que parecía contenta, como si ella misma hubiera invocado la presencia del monstruo.

«Finalmente Conan sacudió la cabeza, como si regresara de un ensueño, y con voz potente ordenó que despojáramos a los enemigos muertos de los objetos de valor y que los arrojáramos por la borda, incluido el cadáver del rey Yezdigerd. Lo único que comentó del rapto de Thanara fue:

«"Dejad que esa condenada ramera escape con su espantajo. Yo no peleo contra mujeres, si bien hubiera querido desollarla por su traición.”

»Y así terminó aquel día trascendental. Incendiamos la galera encallada y luego condujimos la otra hasta aquí.

–¿Y dónde está Conan? – preguntó uno de los presentes-. ¿Volverá a ser nuestro jefe, y nos llevará a aniquilar a los turanios del mar de Vilayet?

–¡Por desgracia, no será así! – repuso el contramaestre-. El cimmerio mandó primero poner proa a la costa oriental. Dijo que estaba llevando a cabo una misión de vital importancia, y que se había detenido allí para ajustar cuentas con Yezdigerd. Uno de los esclavos liberados era un khitanio, y Conan se quedó hablando con él durante varias horas. Se refirieron a tierras remotas, situadas más allá de los montes Himelios. Si Khitai era su meta, sin duda iba detrás de algún

fabuloso tesoro. De otro modo, ¿quién sería tan insensato como para dirigirse a aquellos países ignotos?

–¿Cómo no se llevó con él a un grupo de piratas? – preguntaron.

–Ése es otro misterio. Aseguró que había jurado viajar solo y que, de otro modo, jamás podría llegar a alcanzar su objetivo.

»Lo desembarcamos en la costa oriental del mar de Vilayet, y el cimmerio se despidió de Rolf, el hombre del norte, con emoción varonil.

La tripulación, profundamente apesadumbrada, comenzó a entonar una triste canción de despedida, pero Conan levantó la voz y con una serie de imprecaciones los hizo callar. Lo vimos desaparecer tras un montículo de arena en su misterioso viaje hacia peligros desconocidos.

«Rolf es ahora nuestro capitán; imposible encontrar a otro más audaz y competente, si exceptuamos a Conan. Pues el cimmerio seguirá siendo el mejor capitán que haya navegado por estas aguas, aunque el mar de Vilayet se convierta en un desierto y las estrellas se caigan del cielo. ¡Bebo a su salud, y porque su empresa se vea coronada por el éxito!

Todos acompañaron el brindis en el más absoluto silencio, lo que resultaba extraño tratándose de una taberna de piratas.

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