Conan el vengador

Robert E Howard · Capítulo 5 de 15

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Conan el vengador

Capítulo 3

La venganza del desierto

Los rayos del sol se reflejaban en los cascos y en las puntas de las lanzas. Las espuelas tintineaban y las sedas brillaban; los tres jinetes, cubiertos con cotas de malla, rodeaban la falda de una enorme duna de arena del extenso desierto que había en el límite sudoeste de Turan.

Rojos turbantes ceñían los cascos de los jinetes, y llevaban fajines del mismo color en la cintura. Vestían amplias calzas blancas, que terminaban metidas por dentro de unas botas cortas de color negro.

Dos de ellos empuñaban lanzas turanias de dos yardas de largo. El otro jinete llevaba sujeto a su silla un grueso arco y una veintena de flechas en un carcaj de cuero.

Los acompañaba un cuarto hombre, que iba a pie, atado por las muñecas a una cuerda que llevaba el arquero. El prisionero se hundía en la arena al caminar, y seguía con dificultad a sus captores, que iban a caballo. Vestía la blanca túnica, llamada khalat, de los zuagires del desierto, si bien la prenda estaba sucia y desgarrada. Su rostro delgado y oscuro estaba demacrado a causa de las privaciones, pero en sus ojos enrojecidos brillaba un odio implacable. El prisionero cayó jadeando al subir por una duna, pero no protestó ni profirió quejido alguno.

Este reducido grupo de soldados turanios había quedado aislado del resto de sus tropas por una intensa tormenta de arena, y estaba buscando el camino de regreso hacia el fuerte Wakla, una avanzada que se hallaba en el desierto zuagir. El día anterior habían encontrado al nativo, cuyo caballo había sido derribado de un flechazo en el corazón. El zuagir había quedado sin sentido sobre la arena. El motivo del ataque al jinete se debía a una intensa campaña iniciada poco antes por el comandante del fuerte contra las tribus del desierto, que estaban atacando abiertamente a las caravanas turanias. Los jinetes llevaban al prisionero hasta el fuerte, donde, después de hacerle revelar la mayor cantidad de información posible, sería ahorcado.

Una vez en la cima de la duna, la reducida tropa se detuvo a descansar. Las bocas resecas se refrescaron con los pellejos llenos de agua, en tanto que el exhausto prisionero seguía ascendiendo, arrastrándose con pies y manos, a punto de desfallecer. Las dunas se

extendían hasta donde la vista podía alcanzar. Como guerreros veteranos que eran, los turanios empleaban sus momentos de descanso para avizorar con ojos de halcón el horizonte y las extensiones de arena. No se apreciaba nada de particular en la interminable planicie, ondulada y amarillenta.

El más alto de los tres jinetes, el que llevaba el arco y la cuerda de prisionero, se irguió de repente. Se protegió del sol los ojos con la mano y se inclinó hacia adelante, a fin de ver mejor. En lo alto de una duna, a un cuarto de legua de distancia, acababa de divisar a un jinete solitario que avanzaba al galope. La misma duna lo había ocultado cuando llegaban al punto de descanso, pero en aquel momento el desconocido corría por la parte más cercana, entre una nube de arena. El arquero, que parecía ser el jefe, se volvió hacia sus compañeros y exclamó:

–¡Por las marfileñas caderas de Yenagra, vamos a cazar otra rata del desierto! Preparaos; mataremos a este otro y llevaremos su cabeza al fuerte clavada en la punta de una lanza.

Puesto que sabía que no tendría ninguna dificultad en recuperar al zuagir después de la escaramuza, el arquero dejó caer la cuerda. Luego espoleó a su caballo pendiente abajo, hacia el lugar donde quería interceptar la marcha del desconocido, y mientras lo hacía, empuñó el arco y colocó una flecha en él. Sus compañeros lo siguieron con las lanzas en ristre, gritando como sabuesos que rodean a su presa.

Cuando se encontraba a unos trescientos pasos del desconocido, el arquero tensó la cuerda del arco y arrojó la flecha al galope, con la habilidad de los jinetes turanios. Pero la flecha no dio en el blanco.

Como una centella, la pretendida víctima desvió el caballo hacia un lado, con tal rapidez que el animal estuvo a punto de caer al suelo. Con un rápido ademán, el jinete apartó los pliegues de su túnica.

Los hirkanios se detuvieron, consternados. Aquél no era un nativo del desierto, armado tan sólo con una daga y una lanza, y medio agotado por las privaciones, sino que se hallaban ante un poderoso guerrero occidental, protegido por una gruesa cota de malla y un casco de acero, y armado con una enorme espada. El sable brilló como una llama a la luz del sol cuando el jinete la desenvainó. El jefe turanio manifestó una enorme sorpresa.

–¡Y todavía te atreves a volver a Turan, maldito bárbaro! – exclamó lleno de ira.

Y es que el turanio era Hamar Kur, que había sido capitán de una tropa de jinetes a la que Conan, caudillo de los kozakos, tendió una emboscada y derrotó junto a las márgenes del río Yelba. Hamar Kur se vio degradado de su cargo y pasó a formar parte de las fuerzas fronterizas como simple soldado. Desde entonces, había alentado en su pecho la venganza. Sacó la cimitarra y exclamó:

–¡A él, soldados! ¡Es Conan, el kozako! ¡Matémoslo, y el rey llenará nuestros yelmos de oro!

Los jinetes turanios vacilaron, atemorizados por el recuerdo de las terribles hazañas que se asociaban al nombre de aquel personaje. Se decía que aquel hombre, al mando de dos galeras piratas, había saqueado e incendiado el puerto-fortaleza de Khawarizm, y luego se había abierto paso por entre seis galeras enviadas por el rey para atraparlo, hundiendo tres de ellas y dejando las cubiertas de las otras llenas de cadáveres. También se decía que había hostigado las avanzadillas imperiales del sur con una banda de nómadas zuagires, hasta el punto de que la línea fronteriza tuvo que ser trasladada más al norte. Y se aseguraba que había tomado por asalto la ciudad amurallada de Khorusun con una banda de salvajes kozakos, incendiándola y pasando a cuchillo a las tropas defensoras.

Conan se aprovechó del momento de indecisión de sus atacantes.

Espoleó a su caballo y se lanzó como un alud sobre los turanios, mientras su espada trazaba mortíferos molinetes. El caballo de Hamar Kur retrocedió con violencia ante aquella devastadora carga y finalmente cayó al suelo, arrojando a su jinete de la silla.

Los otros dos soldados volvieron a bajar las lanzas y picaron espuelas, pero ya no tenían tiempo para ganar velocidad y realizar una carga efectiva. Con la furia de un huracán, el cimmerio se abalanzó sobre ellos, dando mandobles a diestro y siniestro. Un segundo después, la hoja de Conan destrozaba ya la lanza de uno de sus adversarios. El turanio paró el siguiente golpe con su escudo, pero salió despedido de su silla a consecuencia del fuerte impacto.

Para entonces, Hamar Kur se había puesto en pie. Diestro en el combate contra jinetes, corrió a coger la lanza que había caído de

manos de otro soldado decapitado. Luego se volvió, y la arrojó entre las patas del caballo de Conan, que cargaba en ese instante. En el último momento, se hizo a un lado para eludir la terrible hoja del bárbaro. La arena del desierto nubló por un momento el cielo cuando Conan y su caballo se desplomaron juntos al suelo. Con la facilidad del curtido mercenario, el cimmerio se incorporó al momento espada en mano. Sus ojos azules se entrecerraron al observar a los dos enemigos sobrevivientes que avanzaban hacia él por cada lado. La intención era evidente: pretendían sorprenderlo entre los dos, a fin de que uno de ellos pudiese atacarlo por la espalda.

Actuando con una felina rapidez, Conan arremetió contra el soldado que estaba a su derecha. Sabía que la cimitarra de Hamar Kur podía hundirse entre sus hombros, pero no tenía por costumbre esperar el ataque del enemigo. El turanio trató de parar el demoledor golpe, pero no lo consiguió. El mandoble del cimmerio partió en dos la curva hoja de la cimitarra y hendió a un tiempo el casco y el cráneo de su aterrado contrincante.

Luego, el bárbaro se volvió con agilidad de pantera, a tiempo para detener con la cruz de su espada el golpe que le daba Hamar Kur.

Hubo un intercambio de fintas y paradas, mientras la hoja recta y la curva giraban en deslumbrante danza mortal. Después, un rápido golpe de Conan perforó el pecho de su enemigo. La punta atravesó la fina malla turania y entró en el cuerpo del antiguo capitán. Hamar lanzó un grito estremecedor y cayó pesadamente al suelo. El bárbaro tuvo que apoyarse con firmeza sobre sus piernas para liberar su espada manchada de sangre.

El cimmerio limpió la hoja de su sable con la capa de su enemigo y echó un rápido vistazo en derredor. Había oído un ruido a sus espaldas, y sus sentidos estaban excitados a causa de la pelea. Entonces vio que un hombre envuelto en harapos descendía por la pendiente de la duna, medio arrastrándose, medio resbalando, hasta detenerse casi a sus pies.

Se trataba del zuagir. Éste se levantó sobre unas piernas que apenas si lo sostenían, y escupió sobre el cuerpo inerte de Hamar Kur. A continuación, se volvió con ojos relucientes de ira hacia Conan. Al observar la gigantesca figura cubierta con una cota de malla, la cólera

de su semblante se convirtió en un gesto de sorpresa primero, y luego de alegría. Levantando sus atadas manos, gritó:

–¡Alabado sea Kemosh, pues ha respondido a mis ruegos y ha enviado a estos perros a las cuevas del infierno! ¡Y más aún porque ha hecho volver al gran guerrero que nos condujo a la batalla y al pillaje hace mucho tiempo! ¡Te saludo, Halcón del Desierto! ¡Ahora habrá fiestas y danzas en las aldeas! Los perros turanios se encerraran en sus torres cuando escuchen este grito: «¡Yamad al-Afta ha regresado!».

Conan se encogió de hombros y volvió a envainar la espada. Su caballo se había puesto en pie otra vez, y el cimmerio abrió la alforja que colgaba de la silla y sacó una bota de agua.

–Toma, amigo -dijo con un gruñido-. Tienes un aspecto desastroso.

Bebe unos tragos, pero procura no llenarte demasiado.

Luego el cimmerio sacó pan y carne seca de la bolsa, y lo compartió con el zuagir.

–Y ahora, dime -agregó-.– ¿Qué sucede en el desierto? ¿Cómo caíste en manos de los hirkanios?

El nómada respondió, mientras masticaba y tragaba con avidez:

–Yo soy Yar Allal, de la tribu duali. Volvía solo a nuestro campamento cuando caí en poder de estos cerdos. Arrojaron una flecha a mi caballo y perdí el sentido al caer. Me llevaban al fuerte Wakla para interrogarme y ahorcarme luego.

–¿Por qué cabalgabas solo? Esta zona está llena de patrullas turanias.

–Una desgracia terrible ha caído sobre nuestra tribu-repuso-.

Escucha, señor. Durante varios días estuvimos esperando en las ruinas del templo de Gharat, situadas a unas veinte leguas hacia el sur. Había llegado hasta nosotros el rumor de que venía una caravana de Occidente con incontables riquezas, y la persona de la dama Thanara.

–¿Quién es ella?

–Una yedka de Maipur, famosa por su belleza y por su riqueza, que además goza del favor del rey Yezdigerd. Si lográbamos capturarla, obtendríamos un fabuloso rescate, además de las riquezas que transportara la caravana.

«Allí aguardamos con las armas preparadas, pero creímos que los perros mercaderes nunca se presentarían. Y por fin, un día oímos a lo

lejos las campanillas de los camellos. A continuación, divisamos la larga caravana de animales, carromatos y hombres montados.

«Esperamos hasta que se encontraron casi a nuestro lado. Mientras lanzábamos nuestro grito de guerra, nos abalanzamos sobre ellos.

Imaginamos un rápido triunfo sobre los mercaderes y sus acompañantes. Pero de repente todos ellos se despojaron de sus túnicas.

¡En lugar de inocentes mercaderes y criados, vimos que nos atacaban lanceros con las cotas de malla y los blancos turbantes de la guardia imperial!

«Debía de haber al menos un centenar de ellos ocultos en los carromatos, e irrumpieron entre nuestras filas como guadañas en un campo de trigo. La mitad de nuestras tropas pereció en el primer ataque. El resto quedó disperso, en grupos muy reducidos. Luchamos denodadamente contra las circunstancias, y muchos turanios mordieron el polvo, con una lanza clavada en el cuello o una cimitarra en las entrañas.

»Pero nuestro coraje nos sirvió de poco cuando las filas revestidas de mallas de acero se cerraron sobre nosotros. Vi caer a mi hermano bajo la espada del capitán. Luego, Yin Allal, mi padre, recibió un golpe en la cabeza y cayó, inconsciente, de su silla. Yo espoleé a mi caballo y, empleando toda mi fuerza, pude abrirme paso y escapar. Me persiguieron durante varias horas, pero sus caballos eran menos resistentes que el mío, y finalmente abandonaron la caza. Me hallaba en camino para poner en pie de guerra a la tribu cuando me sorprendieron. En esos momentos la caravana se halla en el fuerte. Esta noche reinara el regocijo entre los turanios, pues no habían capturado a un jefe zuagir desde hacía muchos años.

–¿Cómo sabes que tu padre vive?

–En el último momento, cuando me alejaba a toda velocidad, volví la cabeza y alcancé a ver a dos de ellos que lo llevaban hacia los carromatos. Pude apreciar que se movía, aunque con debilidad.

El cimmerio recordaba muy bien a Yin Allal, uno de sus seguidores más acérrimos en el pasado, puesto que él, Conan, había sido jefe guerrero de tres tribus zuagires reunidas y dirigido numerosas incursiones contra los turanios. Enfrentado con este nuevo problema, el

cimmerio no quería dejar a un viejo amigo en manos de sus enemigos.

Por ello se irguió, con los ojos llameantes de decisión.

–¡Procúrate un caballo! – exclamó-. Vamos ahora mismo al oasis de Duali. Debemos estar allí hacia el atardecer y,,si no han olvidado mi nombre, volveré a levantar las tribus. Debo salvar a mi viejo amigo.

¡Por Crom que todavía les tiraremos de las barbas a esos perros!

Al tiempo que profería una carcajada, Conan montó de un salto.

Cuando su compañero hubo conseguido un corcel, le hizo una seña para que lo siguiera, y espoleó a su caballo en un fiero galope sobre la arena.

El oasis se hallaba envuelto en los negros brazos de la noche del desierto. En el cielo titilaban las estrellas, como diamantes sobre un oscuro manto. Las hojas de las palmeras, que se movían de vez en cuando, impulsadas por la brisa nocturna, reflejaban la helada luz de la luna. Bajo la sombra de las hojas se extendían las numerosas tiendas que componían el vasto campamento zuagir.

Por la mañana, aquél había sido un lugar tranquilo. El sol del desierto derramaba sus rayos dorados sobre los pabellones de piel de camello. Mujeres veladas hacían sus primitivas tareas, yendo a buscar agua al pozo o cociendo trozos de carne en los peroles del campamento.

A la hora de la siesta, surgían sonoros ronquidos del interior de las tiendas.

Pero en aquel momento, el oasis de Duali era centro de una actividad frenética. En medio del campamento se || alzaba una tienda importante, a juzgar por su tamaño. De vez en cuando salía de su interior algún enjuto habitante del desierto, que montaba en su caballo y se alejaba galopando raudamente hacia el desértico horizonte. Otros zuagires regresaban de sus misiones; descendían con prisa de los sudorosos corceles y entraban en la tienda principal. Por la tarde hubo una constante llegada de zuagires de las tribus kharoya y quirlata, y la superficie cubierta de tiendas de color amarillento era tres veces mayor que la del día anterior. Se oían conversaciones bajo las pieles de camello de las tiendas, y los hombres iban de un lado a otro con un fin determinado. Se apreciaba una ordenada actividad, como rara vez se veía en un campamento del desierto.

Los corazones de los barbudos jefes reunidos en la tienda central estaban henchidos de orgullo y cariño. El corpulento personaje revestido de malla de acero que tomaba asiento en el lugar de honor se había convertido en el centro de legendaria veneración desde los lejanos días en que habitara entre ellos. Aquel hombre había conseguido reunir entonces a las tribus dispersas y las había conducido en incursiones tan importantes y provechosas que todavía se seguía hablando de ello en torno a las hogueras de los campamentos. Las mentes supersticiosas de los zuagires consideraban el regreso del gigantesco cimmerio como un magnífico presagio. Esto se confirmaba por la circunstancia de haber ocurrido cuando uno de sus destacamentos había sido aniquilado, y un jefe importante caía en poder del enemigo.

Las rencillas internas que había entre las distintas tribus habían desaparecido con la llegada del Halcón del Desierto. Una expectación poco habitual se reflejaba en los ojos oscuros de los jefes mientras Conan les hablaba.

–El fuerte es inexpugnable ante cualquier ataque directo -decía el cimmerio-. No tenemos arietes, catapultas ni ningún otro aparato que nos permita reducirlo por la fuerza. Está bien abastecido, como todos los puestos fronterizos turanios, y podría resistir un año entero sin vituallas. Por otro lado, una salida repentina de sus disciplinados escuadrones causaría estragos en nuestras irregulares filas. Nuestra única posibilidad reside en luchar contra ellos dentro de las murallas del fuerte, donde no pueden utilizar la caballería, y nosotros contaríamos con la ventaja del número. Es necesario emplear la astucia.

«Debemos equipar una caravana con el botín almacenado aquí, en el oasis. Cincuenta de nosotros, vestidos de mercaderes, sirvientes, esclavos y guías de camellos, conduciremos la caravana hasta el fuerte, como si estuviéramos en ruta hacia Kherdpur. A medianoche, abatiremos a los centinelas de la puerta del fuerte, la abriremos y dejaremos que entren nuestras hordas. El objetivo inicial más importante serán los alojamientos de los soldados y de los oficiales, así como la residencia del gobernador. ¡Luego saquearemos,

incendiaremos y mataremos hasta que las calles queden rojas con la sangre de los turanios!

El cimmerio se puso en pie, con la mano derecha apoyada en la empuñadura de su espada, y exclamó:

–¡A trabajar, chacales del desierto! ¡Antes del amanecer, quiero que esté dispuesta la caravana zuagir más perfecta que se haya visto!

Las campanillas de los camellos tintineaban. Los pies de los hombres y las patas de los animales levantaron nubes de polvo cuando la larga caravana atravesó la enorme puerta del fuerte Wakla. A la entrada, el delgado mercader que la conducía dijo:

–Señor, soy Zebah, un shemita de Anakia. Vengo desde Yukkub para vender mis mercancías en Kherdpur.

–¿Y quién es éste? – preguntó el capitán, señalando a un hombre gigantesco que iba envuelto en una amplia khalat, cuyo embozo sólo dejaba ver la parte superior de su rostro, en el que brillaban un par de centelleantes ojos azules.

–Éste es mi criado y guardaespaldas -repuso el jefe-. Es un estigio.

Los demás son soldados contratados, camelleros y esclavos. ¡Por Ashtoreth que se siente uno a gusto entre paredes seguras! He temido un ataque de las bandas zuagires. Mis hombres van bien armados, como puedes ver, noble capitán, pero los dioses nos han protegido y no hubo necesidad de enfrentarse con esas alimañas del desierto.

El capitán de la guardia sonrió con aire de satisfacción y dijo:

–Tus temores y precauciones han sido inútiles, amigo. En estos momentos, hasta una mujer podría cabalgar sola por el camino de las caravanas sin sufrir la menor molestia. Ayer mismo, un escuadrón de la guardia imperial aniquiló a una horda de esas ratas del desierto y capturó a su cabecilla. Creemos que tan sólo uno de esos perros consiguió escapar.

–¡Ah, qué magníficas noticias! – exclamó el shemita con fingido gozo.

–Al menos, esta demostración de fuerza servirá para contener los ataques contra las caravanas durante un buen tiempo. Veziz Sha nos ha ordenado que matemos a cualquier zuagir que encontremos, sea hombre, mujer o niño. Para cuando regreses a Yukkub, podrás viajar por todo lo largo y ancho del desierto sin temor alguno.

–Quemaré incienso ante Bel en señal de gratitud -afirmó el mercader.

En ese momento entraba el último camello. Cuatro centinelas cerraron la puerta y los grandes goznes, gruesos como la pierna de un hombre, giraron entre chirridos. Luego, los macizos cerrojos hicieron ruidos metálicos al cerrarse.

El fuerte era en realidad una pequeña aldea. Una muralla de piedra, gruesa y alta, rodeaba el conjunto de edificios. En los parapetos y bastiones que se alzaban cada cierto trecho se alineaban los centinelas, armados con arco y flechas. La ciudadela era amplia, y allí encontraban medios de subsistencia los mercaderes y ladrones. A causa de su aislamiento, el fuerte Wakla contenía en su interior todos los medios necesarios para llevar una vida cómoda. Ni siquiera faltaban las tabernas y las casas de juego, que mantenían contentos a los soldados de la guarnición.

En la espaciosa plaza central del mercado se mezclaban mujeres cubiertas de velos, los soldados con sus cotas de malla y yelmos, y mercaderes de amplias túnicas. Por todo el lugar resonaban los gritos de los tenderos y buhoneros. A un lado se encontraba la fortaleza en la que habitaba el gobernador; se trataba de un recio edificio de piedra gris, ventanas angostas y pesadas puertas revestidas de cobre. Quienes habían estado en su interior afirmaban, sin embargo, que el castillo contrastaba con el lóbrego aspecto de su exterior. Estaba lleno de objetos de arte, dotado de finos y cómodos muebles, y bien provisto de vinos y manjares.

Caía ya la noche, y el cielo se oscurecía con rapidez. Aquí y allá comenzaban a encenderse velas y candiles tras las ventanas. Los sudorosos taberneros subían de sus bodegas los barriles de vino que había de consumir por la noche la abundante clientela. Los jugadores ya hacían rodar los dados con hábiles movimientos. Se iniciaba la noche pintoresca y llena de colorido que caracterizaba a las ciudades hirkanias.

En el distrito situado junto al sector occidental de la muralla, reservado a las caravanas en tránsito, los hombres de Conan discutían en voz baja alrededor de las hogueras. Casi todos se mostraban partidarios de permanecer allí, a salvo de toda sospecha o amenaza,

hasta que llegara la hora señalada. Pero Conan tenía otro parecer.

Puesto que todavía disponía de más de dos horas, pensaba averiguar todo lo que pudiera acerca de la organización y distribución de las fuerzas enemigas. Había localizado ya los alojamientos de los oficiales y de las tropas, no lejos de la puerta principal; pero no conocía con seguridad el número de soldados que se albergaban allí.

–¡Que los demonios os corten la lengua! – gritó irritado-. Yo haré lo que he dicho. En el distrito de las tabernas habrá dentro de poco decenas de soldados borrachos, que no estarán de guardia. Obtendré de uno de ellos los datos que necesito, así tenga que retorcerle el pescuezo como si se tratara de un trapo mojado.

La férrea resolución de que hacía gala el cimmerio terminó con las objeciones de sus seguidores. Se envolvió en su khalat y se alejó de allí, con el rostro oculto por la capucha y el embozo. No quería que sus planes se vinieran abajo en caso de que un turanio con buena memoria lo reconociese.

Cuando el cimmerio hubo entrado en la primera taberna que encontró, los intensos olores a vino ácido, cerveza rancia y sudor asaltaron sus sentidos. Había gran animación, como todas las noches a aquella hora. Apresuradas mozas iban y venían con jarras de espumeante cerveza y botellas de vino, en tanto que las rameras pintarrajeadas reían y gritaban, sentadas sobre las rodillas de soldados medio borrachos, que apuraban sus bebidas y enseguida pedían más.

El ambiente no podía ser más pintoresco.

Cuando hubo encontrado una mesa apartada en un rincón oscuro del establecimiento, el corpulento bárbaro se sentó en una silla y pidió una jarra de cerveza. Mientras tomaba unos sorbos, Conan echó una mirada a su alrededor. Un par de lanceros borrachos se peleaban en el suelo, entre los chillidos y las carcajadas de las mujerzuelas. En la mesa vecina a la del cimmerio se desarrollaba una partida de dados, y las doradas monedas y brillantes piedras preciosas iban cambiando de lugar sobre la madera pulida. El cimmerio se tranquilizó un poco. Rara vez se dejaba vencer por los nervios, pero lo cierto era que no se sentía muy tranquilo desde que había entrado en la guarida del enemigo.

–¡En, patán silencioso! ¿No invitas a un trago?

Estas palabras habían sido pronunciadas por un gigantesco soldado que se abrió paso rudamente entre la clientela, levantando una tormenta de maldiciones.

Después, el hombre tomó asiento en una silla desocupada que había junto a la mesa de Conan. Tenía la mirada desafiante, y su dorada cota de malla, así como la chaqueta de seda que llevaba encima, estaban manchadas de vino.

El cimmerio entrecerró los ojos. El hombre llevaba la chaqueta roja y el turbante blanco de los guardias imperiales. En el turbante lucía una pluma de pavo real, símbolo de los capitanes de aquellas tropas escogidas. Sin duda alguna, aquel individuo pertenecía al destacamento que había derrotado a los zuagires y apresado a Yin Allal. A decir verdad, tal vez hasta podía haber mandado aquella compañía. Conan pensó que los dioses le enviaban una oportunidad, y que debía aprovecharla.

Queriendo mostrarse confidencial, el cimmerio se inclinó hacia adelante, con el rostro aún oculto por las sombras de la capucha.

–No te extrañe si tengo aire de estar aburrido -dijo, al tiempo que le daba un amistoso golpe en el hombro al soldado-. Sólo he venido aquí a calmar un poco mi sed, antes de dirigirme a una casa de placer donde las mujeres son tan bellas y hábiles que rivalizan con las cortesanas de Shadizar.

El capitán tuvo un acceso de hipo, sacudió la cabeza y aguzó la mirada para ver mejor.

–Mujeres, ¿eh? ¡Hum… excelente idea! – dijo-. Pero ¿se puede saber quién eres?

–Soy Hotep de Khemi, guardaespaldas del mercader Zebah. Ven conmigo, hombre. Una visita a ese lugar te dejara en excelentes condiciones durante un mes al menos.

Conan no era muy experto en intrigas, y su forma de actuar habría despertado las sospechas de cualquier hombre sobrio y medianamente astuto. Pero el turanio estaba tan borracho que apenas si podía coordinar algunas ideas. El capitán miró a Conan jadeando roncamente y, después de eructar ruidosamente, dijo:

–Llévame hasta allí, amigo. He cabalgado demasiado tiempo por el maldito desierto, y tan sólo he podido ver a una única mujer en todos

estos días.

–¿Formabas parte del destacamento que aniquiló a los zuagires?

–Que si formaba parte? ¡Yo mandaba esa tropa!

–Eso dice mucho en tu favor.

–Sí, fue toda una hazaña. Por desgracia, la única mujer que había en la caravana era Thanara, una altiva dama a la que los dioses confundan.

–¿Despreció tus atenciones?' -Peor que eso. Me abofeteó cuando traté de besarla en su tienda.

–¡Qué insolencia! – exclamó el cimmerio.

–Y eso no fue todo. Aunque no lo creas, amenazó con hacerme desollar vivo en la gran plaza de Aghrapur si no me comportaba mejor.

¡Yo, Ardashir de Akif, comportarme mejor! ¡Como si cualquier hombre con sangre en las venas pudiera controlarse al ver a semejante mujer!

–Es vergonzoso cómo nos tratan las mujeres.

–Pero basta ya de eso. Llévame a tu casa de placer, estigio. Necesito alegrarme y olvidar.

El turanio se tambaleó al ponerse en pie, y luego volvió a abrirse paso entre los clientes de la taberna. Conan lo siguió. Una vez en la calle, el fresco de la noche les cayó como una jarra de agua fría en el rostro. El capitán recobró en gran medida su sobriedad mientras caminaba. De repente sintió curiosidad y escrutó el rostro medio oculto de su compañero, que avanzaba en silencio a su lado.

–¡Eh, un momento, amigo! Aún no me has dicho dónde está ese magnífico burdel, que yo no conozco, a pesar del tiempo que llevo en Wakla. De momento, veamos lo que hay bajo esa capucha…

Ardashir tuvo que callar bruscamente cuando una mano poderosa le aferró el cuello. Unos músculos increíblemente fuertes lo apresaron cual gigantesca tenaza. A pesar de ser considerado como el hombre más poderoso de su compañía, Ardashir se encontraba indefenso ante lo repentino del ataque y la fuerza de gorila del cimmerio.

Éste lo arrastró con rapidez hacia una oscura callejuela, mientras la víctima pugnaba por respirar y arañaba las manos que lo ahogaban. A punto de perder el sentido, sintió que lo maniataban rápidamente con su propio fajín de seda. Cuando lo volvieron otra vez hacia arriba,

Ardashir sintió los llameantes ojos de su captor que se clavaban en los suyos, y oyó que el bárbaro le decía con voz sibilante:

–¡Has preguntado por mi nombre, perro de Oriente! ¿No has oído hablar de Conan, apodado Yamad al-Afta por los zuagires, y jefe de los kozakos y de los piratas del mar de Vilayet?

El turanio no pudo emitir otra cosa que un ahogado jadeo con su dolorida garganta.

–Pues bien, ése soy yo -siguió diciendo Conan-. He regresado de Occidente, y voy a obtener de ti la información que necesito, así tenga que quemarte los ojos o despellejarte las plantas de los pies para que me la proporciones.

Ardashir era un hombre rudo y valiente, pero, con todo, se sintió paralizado por el miedo. Se había enfrentado sin vacilaciones, con la dureza del soldado veterano, a enemigos corrientes, como las bandas de zuagires, las legiones de guerreros kshatriyas o los defensores de las naciones occidentales invadidas. Pero aquel gigante bárbaro, que estaba arrodillado encima de su cuerpo con una daga desenvainada, era considerado con temor supersticioso por el capitán, como le hubiera ocurrido a cualquier turanio. Las legendarias aventuras en las que había intervenido lo investían de poderes casi sobrenaturales, y su nombre se pronunciaba como el de un ser mítico.

Ardashir sabía muy bien que las amenazas del bárbaro no eran gratuitas. Conan no vacilaría en someterlo a las violencias más atroces con el fin de lograr su propósito. Sin embargo, no era tanto el miedo a la tortura, como el saber quién era su enemigo, lo que paralizaba la lengua del turanio.

El cimmerio obtuvo la información que deseaba mediante unos cuantos pinchazos que le propinó con su daga, sabiamente administrados. La guarnición regular de mil doscientos jinetes se alojaba en los cobertizos situados junto a la puerta principal, en tanto que el centenar de soldados de la guardia imperial estaba distribuido por todo el fuerte en alojamientos provisionales. El jefe zuagir estaba encadenado en un calabozo de la torre del gobernador. Dama Thanara se hospedaba en los alojamientos de dicha torre.

Conan reflexionó acerca de la situación. Sabía que los cuarteles estaban dispuestos en una especie de plaza con una sola salida. Él

disponía de dos mil fieros nómadas, y, si empleaba con acierto los informes obtenidos, la victoria se inclinaría de su lado, sin duda alguna.

Un vistazo al disco de la luna le indicó que se acercaba la hora.

Debía darse prisa. Tanteó las ligaduras del turanio, lo amordazó con su mismo turbante y lo arrastró al interior del callejón, donde lo dejó, agitándose y gruñendo con furia.

«Debo de estar perdiendo mi antiguo vigor -se dijo Conan para sus adentros-. Hace tiempo habría degollado a este necio sin más dilaciones. Pero los zuagires se encargarán de ello cuando lo encuentren.»

Un rumor de tambores inundaba la lujosa estancia del segundo piso del palacio del gobernador, en la que Thanara de Maipur se hallaba tendida sobre un diván cubierto de sedas, mordiendo perezosamente algunos frutos que tomaba de una cercana mesilla. Su túnica transparente revelaba sus seductores encantos, pero el hombre que se encontraba en el cuarto le prestaba poca atención.

Se trataba de un individuo pequeño, patiestevado, de tez oscura, ataviado con pieles de animales. Llevaba la cara chata y arrugada como la de un mono, pintada con rayas y círculos rojos y negros. Su pelo negro y largo estaba anudado en grasientas trenzas, y llevaba un collar de dientes humanos en torno al cuello. Un fuerte olor a piel sudorosa y a ropa sucia emanaba del desagradable personaje. Era un wigur, uno de los feroces y bárbaros nómadas que habitaban en las lejanas tierras del nordeste, más allá del mar de Vilayet.

El hombrecillo estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, y miraba las tenues volutas de humo que se alzaban de un brasero con trípode que tenía enfrente. La ondulante columna azul se alzaba hasta una altura de media yarda, y allí las volutas se curvaban de modo inverosímil. A todo esto, el menudo personaje no cesaba de golpear con la punta de los dedos de la mano derecha un pequeño tambor que sostenía con la izquierda.

Finalmente, dejó de emitir el monótono sonido.

–¿Qué has visto, Tatur? – preguntó Thanara, la yedka.

–Está viniendo -repuso el chamán con voz aguda y singular sonsonete-. El hombre que buscas se acerca.

–¿Cómo puede ser? Veziz Sha mantiene una estrecha vigilancia, y a un individuo de aspecto tan notable no le será fácil entrar sin ser visto.

–Sin embargo, viene hacia aquí. Los espíritus no mienten. A menos que huyas, pronto te encontrarás frente a él.

–Debió de entrar disfrazado en Wakla -murmuró Thanara pensativa-. Si me encuentra, ¿qué podré hacer? ¿No podría tu amo, el innombrable, proporcionarme algún medio para protegerme de ese hombre?

En la voz de la mujer había una nota de intenso temor, y se llevó una mano a su generoso escote, en un gesto inconsciente de defensa.

–El innombrable desea que tengas éxito en tu misión -repuso el wigur con su monótono sonsonete.

Luego hurgó en el interior de los bolsillos de su zamarra de piel de oveja y extrajo un pequeño frasco rojo.

–Vierte una gota de este líquido en su vino -dijo- y quedará como muerto durante tres días.

–Me parece bien. Pero el bárbaro es un hombre receloso, que sospecha de un simple parpadeo, como pudimos comprobar en Khaniria. Imagina que desconfíe y no quiera tomar la bebida.

Entonces Tatur sacó otro objeto: una bolsita de suave cuero.

–En tal caso -agregó-, haz que respire el contenido de esto, y perderá el conocimiento.

–¿Qué es?

–Polen del loto amarillo de Khitai. Empléalo sólo como último recurso, pues si una pizca del polen llegase hasta ti también tú perderías el sentido, y si la dosis es algo mayor, puede ocasionar la muerte.

–Parece adecuado, pero no bastará. Si tu amo espera realmente que me enfrente con el cimmerio, debe suministrarme un medio para escapar en el último momento si me apresa. Otros pueden subestimar al bárbaro, pero yo no. Tu amo tiene que hacerlo, en pago de los favores que le hice en el pasado.

Una leve sonrisa contrajo el rostro arrugado de Tatur.

–El innombrable asegura que sabe hacer tratos muy ventajosos -

dijo, y después de extraer un objeto parecido a un huevo traslúcido,

agregó-: Toma. Rompe esto cuando lo necesites, y te llegará ayuda ultraterrena.

Thanara examinó con atención los tres objetos que le había entregado el chamán, y dijo:

–Perfecto. Cabalga hasta Aghrapur y dile al rey que espero a Conan aquí. Si todo sale bien, el rey tendrá al enemigo en su poder. De lo contrario, necesitará una nueva agente. ¡Date prisa! ¡Hasta pronto!

Pocos minutos después, Tatur, el chamán, montaba en un caballo hirkanio de corta alzada y se perdía en la noche, cruzando las arenas con el incansable trotecillo de su caballo.

La noche era fría y serena. El capitán de la guardia que estaba apostada en la puerta principal estiró los brazos y bostezó. Desde el pequeño pabellón situado en la plaza, frente a la puerta, podía ver a dos arqueros que paseaban por la galería de la muralla, junto a las dos grandes jambas de la puerta. La pareja de lanceros que abajo flanqueaban la entrada, se mantenían erguidos e inmóviles. La luz de la luna se reflejaba de manera fantasmal en sus pulidas cotas de malla y en sus cascos en punta. No había nada que temer; un golpe en el batintín que el capitán tenía a su lado atraería a una compañía entera de soldados desde los barracones. A pesar de todo, el gobernador de la plaza había ordenado que se doblase la guardia y que aumentara la vigilancia.

El oficial se preguntó si Veziz Sha temería en realidad un ataque contra el fuerte, a causa del jefe zuagir que habían capturado. ¡Bah, que atacaran aquellas ratas del desierto! Sólo podrían dar cabezazos contra las murallas mientras los arqueros, desde arriba, los asaeteaban con sus flechas. El gobernador debía de estar envejeciendo, y eso lo volvía prudente en exceso. Pero podía descansar tranquilo, ya que él, Akeb Man, estaba de guardia.

La luna se ocultó tras un cúmulo de nubes. Akeb Man parpadeó y miró con mayor atención. ¿Qué había sucedido? Le pareció como si los dos arqueros se hubieran sentado un momento. Sin embargo, se volvían a incorporar y reanudaban su paso regular. Tenía que ir a ver qué les había pasado a aquellos malditos perezosos, y si no daban una justificación adecuada, les haría correr durante tres horas por el desierto cuando el sol estuviese en el cenit.

Akeb Man se puso en pie y miró hacia fuera antes de abrir la puerta. En aquel momento, la luna volvía a brillar intensamente.

Entonces descubrió algo asombroso. En lugar de cotas de malla y cascos, los centinelas vestían túnicas y turbantes.

–¡Zuagires! – exclamó.

Sólo el demonio sabía cómo podían haber entrado aquellos perros.

El capitán asió el palo que colgaba junto al batintín para dar la alarma.

En ese preciso instante, la puerta del pabellón de guardia pareció estallar y cayó, convertida en astillas. Akeb Man giró en redondo y aferró la cimitarra, pero al ver al hombre con el cual se enfrentaba, el asombro le paralizó. No se trataba de un habitante del desierto de blancas vestiduras, sino de un gigantesco guerrero occidental, vestido con una cota de malla negra, que sostenía una espada desenvainada en la mano.

Al tiempo que lanzaba un grito de miedo e ira, el turanio asestó un golpe bajo hacia el vientre de su contrincante. Pero el titánico guerrero evitó la hoja de la cimitarra con la velocidad del rayo, y a su vez atacó con su espada de hoja recta, con la que traspasó a Akeb Man.

Conan no perdió el tiempo, pues en cualquier momento un guardia precavido podía asomarse desde los barracones en los que se alojaban las tropas. Para entonces, las grandes puertas de hierro del fuerte se estaban abriendo ya, y por ellas entraba una riada de nómadas de blancos khalats, que avanzaban en el más absoluto silencio.

Enseguida Conan dio algunas órdenes que, aunque en voz baja, llegaron a oídos de todos.

–Que dos hombres con antorchas prendan fuego a los barracones -

dijo-. Trescientos arqueros se apostarán delante de los alojamientos para abatir a los soldados a medida que vayan saliendo. Los demás, recorred el fuerte con espadas y antorchas. Podéis quemar, matar y saquear, así como coger a los prisioneros que queráis. Manteneos juntos; no os dividáis en grupos que no lleguen a veinte hombres. A ver, Thabit, trae a tus cincuenta zuagires contigo. Vamos hacia el palacio del gobernador.

Conan despidió a sus lugartenientes con un gesto imperioso e hizo otra seña a sus cincuenta hombres, que siguieron al trote sus largos paseos. Detrás de ellos, humeantes antorchas iluminaron la plaza

cuando los incendiarios se encaminaron hacia los alojamientos de los soldados. Otras bandas desaparecieron en distintas direcciones. Una vez que los defensores del fuerte fuesen eliminados mediante la estratagema de Conan, la oposición sería prácticamente nula. Los enjutos habitantes del desierto se relamían por anticipado ante el botín y la venganza que les aguardaban, mientras recorrían las calles silenciosas con las armas resplandecientes bajo la luz de la luna.

Conan condujo a los hombres directamente hasta su objetivo principal. En primer lugar, trataba de salvar a Yin Allal. Luego buscaría a la hermosa Thanara, pues las descripciones acerca de su belleza habían suscitado en él un considerable interés. Pensó que allí podría hallar algo que satisficiera sus gustos. Las mujeres hermosas siempre habían sido su debilidad, y su imaginación se había encendido por lo que le contara Ardashir. En consecuencia, apresuró el paso, observando con ojos penetrantes, al pasar, las sombrías callejuelas y los oscuros quicios de las puertas.

Cuando llegaron a la plaza central, el cimmerio profirió un juramento. Cuatro centinelas paseaban en parejas ante la puerta revestida de cobre de la mansión. Había pensado tomar por sorpresa la torre del gobernador, pero aquello ya no era posible. Atravesó la plaza corriendo espada en mano, y lo hizo a tal velocidad que uno de los lanceros cayó abatido, con el costado destrozado, antes de que los demás se hubieran dado cuenta de lo que sucedía. Los seguidores de Conan aún se hallaban a quince yardas de distancia, incapaces de seguir la tremenda carrera del bárbaro.

Dos de los lanceros arrojaron sus sables contra el poderoso pecho del atacante, mientras que el tercero se llevaba un cuerno a los labios y lanzaba una señal de alarma. Pero le interrumpió una flecha zuagir bien dirigida que le atravesó el pecho. El cuerno cayó al suelo con ruido hueco y extraño.

El cimmerio paró con su espada las lanzas de los otros dos centinelas, y con salvaje fuerza ensartó a uno de sus enemigos con su larga hoja. El turanio cayó hacia atrás, con un grito ronco, y fue a dar contra el otro lancero. Éste atacó a Conan con su espada, pero falló el golpe, y la hoja levantó una lluvia de chispas del empedrado. Un

segundo después, el hombre caía acribillado por las flechas de los arqueros zuagires.

Excitado por un ansia loca de matar, Conan se acercó de un salto a la puerta de cobre de la mansión. Quedaba poco tiempo, y como respuesta al toque del cuerno aparecieron algunos arqueros sobre los techos cercanos. Debía entrar en la torre del gobernador antes de que el enemigo pudiera organizar con eficacia la defensa.

La puerta revestida de cobre se abrió al fin bajo el impulso de sus poderosos hombros. Tras dejar a una decena de hombres para que vigilasen contra un posible ataque por la retaguardia, el bárbaro condujo a los demás al interior.

Con tintineo de mallas y fulgor de cimitarras, doce soldados, tocados con los blancos turbantes de la guardia imperial, irrumpieron desde una puerta. El grito de batalla del cimmerio resonó en las paredes de la torre cuando él y sus seguidores cayeron sobre sus enemigos. Muchos sables y curvas dagas hallaron su blanco en las entrañas turanias, pero las plateadas cimitarras también se cobraron un importante tributo. Sin embargo, la mayor mortandad fue producida por la espada recta de Conan. Éste saltaba, cortaba y golpeaba con frenética furia y a mía velocidad que resultaba difícil de seguir para sus adversarios.

Al cabo de un rato, los doce turanios yacían en un charco de sangre, si bien ocho cuerpos envueltos en ensangrentadas túnicas aparecían tendidos, como prueba de la fuerte resistencia que habían presentado los soldados.

Conan ascendió de cuatro en cuatro los escalones hasta el segundo piso de la torre. Según sabía, allí se hallaba la residencia del gobernador del fuerte. Se detuvo y dio algunas rápidas órdenes a sus seguidores.

–Diez de vosotros, buscad las llaves de los calabozos y liberad a Yin Allal. Los demás, apoderaos de todo el botín que podáis transportar.

Entretanto, yo haré una visita al gobernador de esta plaza.

Mientras los zuagires se dispersaban por escaleras y pasillos aullando y riendo, Conan destrozó la puerta de sándalo que tenía delante con un fuerte empujón. Entonces se encontró en la antesala de las habitaciones del gobernador. Cruzó rápidamente la alfombrada

estancia, pero se detuvo enseguida. Del otro lado de una puerta lateral llegaba la voz de una mujer que hablaba con tono airado.

El cimmerio frunció el ceño. Luego levantó una pesada mesa y la arrojó contra el nuevo obstáculo. Con demoledor impacto, el improvisado proyectil hizo saltar la puerta. Apartó a un lado los restos de la mesa y entró en el cuarto sin más dilación.

La habitación estaba iluminada con varias lámparas, y en el centro había una mesilla baja, junto a la cual se encontraba un hombre alto y robusto, de mediana edad. Por las descripciones que tenía de él, Conan se dio cuenta de que era Veziz Sha. Divanes forrados de seda y mesas llenas de manjares estaban distribuidas sobre la espesa alfombra que cubría el suelo. Encima de una mesa se veía una jarra de cristal llena de vino, y dos vasos, también llenos.

En uno de los divanes descansaba una mujer. Sus ojos oscuros no mostraron la menor señal de temor cuando miró al bárbaro intruso.

Conan, en cambio, se estremeció ¡Aquélla era la muchacha que lo había abordado en Khaniria, y por culpa de la cual casi lo habían matado!

Pero no era el momento para reflexionar acerca de ello. El gobernador desenvainó su enjoyada cimitarra al tiempo que profería una maldición, y avanzó hacia el cimmerio.

–¿Cómo te atreves a invadir mis aposentos, bribón? – dijo el hombre, con voz ronca-. Sé que has vuelto a tus andanzas, y tendré el placer de ordenar que seas descuartizado por cuatro caballos atados a cada uno de tus miembros. Pero entretanto…

De repente, Veziz Sha saltó hacia adelante, trazando un veloz arco en el aire con su hoja de acero. La mayoría de los hombres se hubieran sentido tan impresionados por aquellas palabras que se habrían dejado degollar por la veloz espada. Pero la rapidez felina de sus poderosos músculos salvó a Conan, que, parando la espada con la cruz de la empuñadura de la suya, lanzó a continuación un potente contragolpe.

En el intercambio de fintas y ataques, el cimmerio pronto se dio cuenta de que se estaba enfrentando a uno de los espadachines más diestros que jamás hubiera conocido en su azarosa vida.

Pero ningún hombre civilizado podía competir en habilidad y rapidez con el cimmerio, curtido desde su niñez en un sinfín de guerras y batallas por todos los países del mundo. La destreza que había

llegado a tener con las armas durante su época de mercenario lo convertía en un maestro, en comparación con cualquier otro guerrero.

Además, conservaba aún los vertiginosos reflejos de los primitivos bárbaros, que no se habían visto afectados por la molicie de la vida civilizada.

Prosiguió el duelo. Pero Veziz Sha daba muestras de cansancio, y en sus ojos comenzó a reflejarse una expresión de intenso miedo. De repente lanzó un grito y, después de arrojar la espada al rostro de Conan, echó a correr en dirección a la pared más alejada. Allí tanteó con dedos nerviosos algunos salientes, como buscando un resorte que accionase la puerta de algún acceso secreto.

Conan esquivó la espada con un rápido movimiento de cabeza, y un segundo después apoyaba una rodilla en la espalda del turanio y le rodeaba el cuello con un brazo. Su voz llegó como un terrible susurro hasta los oídos de Veziz Sha.

–¿Recuerdas, perro -dijo-, cuando mandabas un escuadrón en Secunderam y capturaste a diez de mis hombres? ¿Recuerdas que me enviaste sus cabezas en salmuera dentro de unos frascos de vidrio?

Pues bien, ahora ha llegado tu hora. ¡Púdrete en los infiernos!

Y diciendo esto, Conan agarró del cuello a su enemigo y empujó hacia atrás, al tiempo que mantenía la rodilla apoyada contra su espalda. Un momento después, el cuerpo sin vida cayó al suelo.

Jadeando ligeramente, el cimmerio se volvió hacia la mujer que estaba en el diván.

Mientras duró la lucha, Thanara no se había movido. Pero entonces se puso en pie, con los ojos radiantes. Levantó los brazos y se adelantó sin ningún temor hacia Conan, haciendo caso omiso de la espada ensangrentada que el bárbaro tenía en la mano derecha. La sangre se aceleró vertiginosamente en las venas del cimmerio al contemplar a la hermosa mujer.

–¡Eres todo un hombre! – susurró ella, apretándose contra el fuerte torso que cubría la cota de malla y rodeando II el cuello del cimmerio con los brazos-. Ningún otro hubiera podido matar a Veziz Sha. Me alegro de que lo hayas hecho pues me obligó a venir hasta aquí con amenazas, para hacer lo que él me ordenaba.

Conan sintió un fuerte impulso, que recorrió todo su cuerpo. En su temprana juventud, hubiera abrazado a la mujer sin importarle las consecuencias; pero su larga experiencia le hacía actuar ya con cautela.

Así pues, repuso con aspereza:

–Vestías de otro modo cuando nos encontramos en Khaniria.

Cuéntame cómo se produjo aquella emboscada y la parte que tuviste en ella. ¡Y no mientas, si sabes lo que en realidad te conviene!

Al decir esto, Conan cogió con una mano las dos muñecas de Thanara y la empujó sobre el diván en el que se había encontrado momentos antes. La expresión de la joven no se alteró, y no mostró temor alguno. Se liberó de la férrea presión de su captor con suavidad, y tomó uno de los vasos de vino de la mesa. Se lo entregó a Conan y, después de coger ella el otro vaso, comenzó a tomar pequeños sorbos.

La hermosa mujer actuaba con la más absoluta serenidad.

–Debes de tener sed después de una lucha tan agitada -dijo-. Toma un poco de este vino, que es el mejor de las bodegas de Veziz Sha.

Mientras bebes, te contaré lo que me has pedido.

Conan miró el interior del vaso, mientras se volvía a oír la musical voz de la muchacha.

–Soy Thanara -siguió diciendo-; una yedka, o mujer de alta cuna de Maipur. El rey Yezdigerd se ha dignado nombrarme agente personal suyo: soy uno de los ojos y oídos del rey, como nos llaman en Turan.

Cuando llegó el rumor de que habías emprendido un viaje solo, me enviaron para que supervisara la labor de los estúpidos mercenarios contratados por nuestro agente de Tarantia. Supongo que…

El cimmerio arrojó su vaso al suelo y se volvió, furioso, para mirar a la mujer. Había olido el vino y probado un poco con la punta de la lengua, y sus agudos sentidos de bárbaro le revelaron claramente la amenaza que encerraba aquella copa. El cimmerio aferró con fuerza la espesa cabellera negra de la mujer, y exclamó con un rugido de ira:

–Soy yo el que te estaba supervisando a ti, ramera. Ya imaginaba…

Con un rápido movimiento, Thanara arrojó una pieza del polen de loto amarillo al rostro del cimmerio. Conan retrocedió, tambaleándose, tosiendo y estornudando, y soltó el pelo de Thanara. Mientras contenía la respiración, la mujer saltó del lecho y se puso en pie.

Un momento más tarde, Conan roncaba pesadamente, tendido sobre el diván.

Thanara sonrió con un gesto de satisfacción. Durante los dos o tres días siguientes, el cimmerio se asemejaría a un hombre muerto. Debía obrar con rapidez.

Un rumor creciente atrajo la atención de Thanara. Llegaba desde el exterior, y la muchacha se acercó a una ventana que daba a la plaza.

Descorrió las cortinas, y, al mirar hacia fuera, retrocedió llena de asombro.

Vio casas en llamas, incendiadas por los invasores zuagires. Oyó los gritos de las mujeres cautivas, así como las maldiciones y el clamor de la batalla. De vez en cuando cruzaban por la plaza unas siluetas fantasmagóricas envueltas en blancas túnicas. Era evidente que Conan había entrado en el fuerte, pero no solo, como podía pensarse, sino en compañía de sus feroces lobos del desierto.

Thanara no tardó en reponerse. Espía curtida como era, ya estaba elaborando un plan para salvarse y cumplir las órdenes del rey. La mujer tomó un manto blanco de uno de los armarios y, después de ponérselo, se proveyó de una daga de hoja larga y empuñadura de oro.

Apartó a un lado el retorcido cuerpo del gobernador y con rápidos ademanes buscó el resorte que accionaba la puerta secreta. ^ Una parte de la pared giró hacia dentro con chirrido de goznes, y dejó ver una escalera en espiral que llevaba hacia abajo. Thanara regresó al lecho en el que yacía inconsciente Conan. Cogiéndolo por debajo de los brazos, consiguió arrastrarlo con gran esfuerzo hasta más allá del acceso secreto. Luego pulsó el resorte desde el interior; la puerta se cerró, y entonces dejó al cimmerio tendido sobre las losas, roncando como un oso en período de hibernación.

La muchacha corrió escaleras abajo. Iluminaba su camino la luz que entraba por unos estrechos ventanucos. En la planta baja, fue a dar a una pequeña habitación circular. Para salir actuó del mismo modo que en el piso superior. Presionó un resorte y se deslizó al exterior de la torre del gobernador.

El fuerte era entonces un verdadero infierno. Los zuagires habían invadido las bodegas de las mansiones y se habían emborrachado rápidamente, como suele ocurrir con las gentes primitivas, poco

acostumbradas a las bebidas de los hombres civilizados. Los incendiarios, entre carcajadas, habían prendido fuego a casi todas las casas. Habían reunido en grupos a numerosas mujeres semi-desnudas, a las que conducían a latigazos hasta la puerta principal de la muralla.

En los cuarteles, la matanza había alcanzado extremos aterradores.

Los soldados, sorprendidos y acorralados, salieron por el único acceso que había y cayeron bajo la lluvia de flechas de los arqueros zuagires, que los esperaban en el exterior. No escapó ninguno de ellos, cegados como estaban por el humo y desconcertados por lo imprevisto del ataque. Cientos de cadáveres traspasados por las flechas yacían en montones entre las ruinas de los barracones, mientras que numerosos cuerpos carbonizados demostraban que buena parte de los componentes de la tropa habían sido alcanzados por las llamas antes de que pudieran llegar a la puerta.

Entre los edificios interiores del fuerte, bandas de nómadas sedientos de sangre se dedicaban aún a degollar a los integrantes de la guardia imperial que todavía quedaban con vida y que, despertados por el estrépito, se precipitaban afuera de sus alojamientos particulares. Hacía mucho tiempo que no se realizaba un ataque tan violento y feroz como el de aquella noche contra un fuerte turanio.

Curtida en las difíciles experiencias de la vida, Thanara corrió a través de las calles más oscuras. Tan sólo las llamas de los incendios iluminaban su camino. Sin espantarse por los cadáveres que atestaban las calles, se ocultaba en los quicios de las puertas en cuanto veía aparecer una pandilla de zuagires que, aullando de excitación, cargaban con el botín o arrastraban a grupos de llorosas mujeres. Al pasar por la esquina de una callejuela, oyó un lamento ahogado. Miró brevemente hacia las sombras y entrevió una figura caída con la cota de malla y el casco de la guardia imperial.

Corrió hacia el hombre y, arrodillándose, le quitó la mordaza que le habían colocado. Reconoció enseguida a Ardashir de Akif, que estaba indemne, aunque medio sofocado por el humo de los incendios.

Thanara le cortó las ligaduras e indicó con un gesto que se pusiera en pie y la siguiera. Entre imprecaciones, pero con la disciplina del soldado veterano, el capitán la siguió sin discutir.

Durante el camino de regreso hasta la torre del gobernador, no se presentaron inconvenientes. Las bandas de borrachos nómadas parecían estar satisfechas con los despojos conseguidos y se retiraban ya del fuerte. En una ocasión, sin embargo, la pareja se vio frente a dos zuagires borrachos, pero los torpes movimientos de las espadas de éstos no pudieron con las rápidas estocadas de la cimitarra de Ardashir, que pronto acabaron con ellos. Dejando atrás los cuerpos ensangrentados, Thanara y el capitán siguieron sin más obstáculos hacia el palacio. Se deslizaron por la entrada secreta y ascendieron hasta la habitación en la que yacía Conan.

Al reconocer a su antiguo amigo, Ardashir levantó la cimitarra y profirió una maldición; Thanara le retuvo el brazo y le dijo:

–¡Detente! ¿Ignoras acaso que el rey nos llenará de oro si le llevamos vivo al bárbaro?

Ardashir sugirió rudamente lo que podía hacer el rey con su oro y agregó:

–Este perro ha manchado mi honor. En lugar de riquezas, prefiero…

–Contén la lengua, necio -advirtió la muchacha-. ¿Te imaginas lo que te ocurrirá cuando el rey Yezdigerd se entere de que has perdido toda una compañía de sus inestimables guardias imperiales y que sólo tú escapaste con vida, y sin un rasguño? Vamos, reflexiona un poco.

–Hum -gruñó el capitán en respuesta, al tiempo que pensaba lo que le decían y sentía que su cólera se esfumaba por momentos.

–Los verdugos más diestros del rey -siguió diciendo la mujer-deberían ponerse de acuerdo para elegir los tormentos infernales que le aplicarán a Conan como castigo por los estragos que ha causado a Turan. Te repito que debes pensar con la cabeza. ¿Vas a despreciar una fortuna, y tal vez el generalato, por una simple venganza personal?

Calmado por fin, aunque de mala gana, Ardashir envainó la cimitarra y ayudó a la joven a atar al bárbaro por manos y pies. Luego Thanara miró hacia el exterior y le dijo a su acompañante:

–Debemos esperar hasta el amanecer. Para entonces, se habrán marchado todas las bandas de zuagires, y podremos conseguir caballos en alguna cuadra. No creo que los saqueadores, borrachos como están, se lleven todos los animales. Si cabalgamos rápido, podremos

encontrarnos fuera de peligro en medio día. En esta casa hallaremos provisiones de sobra. Iremos directamente hasta la capital del reino y por el camino le suministraremos más polen de loto al prisionero, para mantenerlo quieto. Dentro de cinco días el cimmerio yacerá en la mazmorra más profunda del palacio real de Aghrapur, cargado de cadenas.

Los ojos de Thanara brillaron triunfalmente cuando contempló la postrada figura del bárbaro.

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