Contrato para matar

Barry Eisler · Capítulo 10 de 11 · parte 3/3

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Contrato para matar

Tercera Parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Levanté la mirada hacia el puerto y tuve la extraña sensación de que algo me conectaba con él, que mi espíritu estaba abandonando mi cuerpo y expandiéndose hacia fuera. Me sorprendió el poco miedo que tenía. La muerte sorprende a todo el mundo al final, y nunca había albergado ninguna ilusión acerca de su capacidad para sorprenderme. Que hubiera esperado durante tanto tiempo parecía más debido a sus ganas de reírse de mí que a un verdadero deseo de demorarse. La muerte se había cansado de ese juego, y finalmente había acudido a recoger lo que todos le debemos.

«Bueno, ven y cógelo —pensé—. Adelante, quédate con lo que es tuyo. Hártate de ello.»

Se produjo un extraño sonido, más suave que el descorche de una botella de champán, más alto que el siseo de una botella de gaseosa. Levanté la mirada y me sorprendió ver una delgada bruma que emergía de una de las cabezas de los yakuza. Probablemente debería haber hecho algo al respecto. Pero aquello parecía tener poco que ver conmigo.

El otro yakuza se volvió para mirar a su compañero, cuyo cuerpo estaba cayendo al suelo como un helado que se derrite súbitamente.

El yakuza tenía la boca abierta, de miedo o incomprensión; pero sólo por un segundo, porque también su cabeza explotó.

Incluso en su maltrecho estado, Belghazi se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. Pudo procesarlo y, de algún modo, reaccionar. Se dio la vuelta y empezó a correr. Pero algo invisible lo abatió. Cayó sobre su cara, e inmediatamente volvió a ponerse en pie. Dio tumbos un instante, después tropezó. Algo volvió a darle. Esta vez no se levantó.

Volví a mirar el puerto. Adondequiera que estuviera yéndome, ya estaba a medio camino. Toda la conmoción que me rodeaba me parecía trivial, incluso estúpida. Deseé que terminara y me dejara en paz.

Oí débiles pasos a mi derecha. Suspiré y miré hacia allí. Era Dox. Se había acercado a través del agujero de la valla y se movía con cautela hacia nosotros, con el rifle apoyado en el hombro y apuntando hacia abajo.

Quizá había recuperado los cinco millones. En ese caso, sería momento de acabar con el trabajo: primero, Belghazi; después, supuse, yo. Fin de partida.

Volví a mirar el puerto, sintiendo que me deslizaba hacia él, hacia su interior. El agua estaba caliente. La sensación no era en absoluto desagradable.

—¿Estás bien? —oí que preguntaba Dox. Alcé la mirada. Vi que sus ojos se dirigían hacia la figura abatida de Belghazi y después escudriñaban a izquierda y derecha; luego, vuelta a empezar.

No respondí. La pregunta podría haber sido cruel, dado lo que iba a hacerme, pero me pareció casi divertida. Lo miré y sonreí.

—¿Eso significa que sí? —me preguntó, agachándose a mi lado. Alzó al rifle a la altura de sus ojos. Se produjo un suave estallido y un refulgir en la punta del silenciador.

Miré a Belghazi. Estaba totalmente inmóvil. Dox le había puesto una última bala en la cabeza.

Me sentí cansado, muy cansado. El suelo debajo de mí estaba empapado y era cálido, y por un momento pensé que volvía a estar cerca del río Xe Kong, donde había matado al joven vietcong. También él había quedado tendido sobre un suelo encharcado en su sangre, y en ese momento fue como si estuviera viendo el mundo a través de sus ojos, como si me estuviera llamando desde el pasado, desde la tumba.

Dox me miraba ahora. Vi preocupación en su mirada. Había bajado el rifle.

De repente, me sentí confundido.

—Creía que me había muerto —le dije, tratando de explicarme. Mi voz me sonó extraña, lenta y raramente grave.

—Bueno, no tienes muy buen aspecto, pero estoy bastante seguro de que no estás muerto. Yo diría, sin embargo, que deberíamos largarnos de aquí.

—Hum —dije, mirando tras él una figura oscura que retrocedía repentinamente y parpadeaba en un extremo de mi campo visual. «Sólo bromea —parecía estar diciendo la muerte por encima de su hombro con una sonrisa gélida, de buen humor y con una afección raramente paternal—. Cuídate, ¿de acuerdo? Volveremos a vernos.»

Dox se agachó y puso la cabeza debajo de mi brazo. Empezamos a caminar hacia la valla.

—¿Qué hay… qué hay del dinero? —pregunté sin comprender lo que estaba sucediendo.

—La verdad es que era tentador, no lo negaré, pero tuve que abandonar la pasta y venir a rescatarte. Me habría gustado llegar antes, pero estaban pasando muchas cosas ante las puertas y tenía mucho terreno que cubrir. Además, estos PSG/1 pesan mucho, incluso para un tipo tan fuerte como yo.

—¿Lo has… dejado escapar? —pregunté, tratando de asimilarlo.

Sentí que se encogía de hombros.

—El dinero me la suda si mi colega está en peligro, tío, y sé que tú opinas lo mismo.

No respondí.

—¿Qué… qué ha pasado ante la puerta? ¿El otro coche?

Perdí el paso por un momento, pero el brazo de Dox, que me sostenía con fuerza por la cintura, me mantuvo en pie.

—Nadie me creería si se lo contara —dijo—. No sé quién diablos es el colega de Belghazi, el tipo blanco, pero es un fenómeno. Se cargó a uno de los tíos del Toyota, y después, cuando los dos árabes se subieron a la furgoneta, se agachó y se los cargó a quemarropa. Parecieron un poco sorprendidos. Él y el otro tío del Toyota se apuntaron mutuamente después de eso. Tenían buena cobertura, y no pude esperar a que se dispararan porque me pareció que necesitabas mi ayuda. Ha sido una pena. Si hubiera podido cargármelos a los dos, esa bolsa habría sido para nosotros. Bueno, todavía puede que sea así. Lo veremos ahora mismo.

—Hilger… ¿se los ha cargado a todos?

—¿Hilger? Ah, el blanco. Sí, seguro. No creo que ese tipo quisiera que quedara nadie con vida para contradecir su versión sobre esta carnicería y su papel en ella. Es un tipo con recursos, tiene la sangre fría. Cielos, Kanezaki tendría que contratarlo para hacer la mierda que hacemos nosotros.

Llegamos a la calle y nos detuvimos. Oí disparos delante de la puerta de entrada, después disparos en respuesta desde el Toyota.

—Joder, esos tíos no se han matado entre sí —dijo Dox—. Parece que no tenemos suerte. Allá vamos.

Me arrastró rápidamente para cruzar la calle. Si Hilger o el árabe se dieron cuenta, no lo demostraron. Bastante tenían con cuidarse de ellos mismos.

Unos pocos segundos más tarde, estábamos al otro lado, caminando hacia arriba, rodeados de oscuridad. Volví a perder el paso y esta vez no lo recuperé. Por un momento, me pareció que estaba flotando en el agua, que alguna criatura marina se había levantado y me había alzado con su hocico. Mi mente se aclaró y me di cuenta de que Dox me había cargado sobre su enorme hombro y me estaba llevando.

—Espera —dije—. Déjame. Si te cargas a esos dos, tendremos el dinero.

—Colega, estás perdiendo mucha sangre —oí que decía debajo de mí. Ni siquiera parecía notar mi peso—. No te preocupes por el dinero. Tendremos otra oportunidad.

Volví a perder la conciencia. Cuando la recuperé, estábamos de vuelta en la furgoneta que habíamos alquilado. Dox me tendió en el asiento trasero y cerró la puerta. El motor se puso en marcha y nos largamos de allí. Un momento después, oí que hablaba por su teléfono móvil. Su tono era urgente, pero yo perdía y recobraba la conciencia y no supe comprender lo que estaba diciendo: algo acerca de un médico, quizá.

—Venga ya, tío —oí que decía en algún lugar frente a mí. Me pareció que su voz me llegaba desde una gran distancia—. Escúchame. Kanezaki está buscando un médico y me dice que tiene que saber tu grupo sanguíneo.

—AB—dije, con los labios espesos—. AB negativo.

—Bueno, ¡gracias a Dios por los pequeños milagros! ¡Un receptor universal! ¡Allá vamos!

 

Estuve inconsciente mucho tiempo. Cuando me desperté, estaba en la cama de una deprimente habitación. Miré a mi alrededor: cortinas con topos marrones de otro milenio, un viejo televisor en un tocador barato, una puerta de metal con mirilla. Estaba en una habitación de hotel.

Dox estaba en una silla junto a la cama, mirando hacia la puerta, con la cabeza caída hacia delante y el rifle sobre el regazo.

Aparté la sábana y me miré el muslo. Lo llevaba vendado, al igual que la muñeca. Me dolían ambas cosas, pero lo peor eran las costillas, aunque nada era insoportable. Estaba un tanto mareado y me di cuenta de que me habían dado algo para el dolor.

—Eh —dije.

Los ojos de Dox se abrieron y su cabeza se alzó.

—Hombre, qué tal —dijo a la vez que esbozaba una sonrisa—. Me alegro de verte. Me has tenido preocupado.

—¿Dónde diablos estamos?

—En un pequeño motel de mala muerte, en la isla de Lantau. No quería que nadie nos molestara mientras te recuperabas.

—¿Quién me ha vendado?

—Tu tío Kanezaki hizo algunas llamadas y se hizo cargo de todo. Trajo a un médico aquí enseguida. Te cosió, pero habías perdido mucha sangre. Por suerte, yo estaba aquí para prestarte un cuarto de litro. Así que no te sorprendas si la polla te ha crecido hasta el doble de lo que recuerdas.

Me reí débilmente.

—¿Voy a empezar a mirar de una manera distinta a las cabras también?

Volvió a sonreír.

—Ojalá tengas esa suerte. Pero en cualquier caso, celebra tener un cuarto de litro de Dox fluyendo por tu interior. Hay gente que pagaría mucha pasta por ese privilegio, y a ti te ha salido gratis.

Asentí, asimilándolo todo.

—Gracias —dije mientras lo miraba.

Él negó con la cabeza.

—Olvídate. Como te dije, fuiste bueno conmigo en Afganistán. Yo no olvido.

—Bien, entonces estamos en paz, colega —dije.

Alzó las cejas.

—¿Has dicho «colega»? ¡Dios mío, ya ha empezado a hacer efecto!

 

Llamamos a Kanezaki al día siguiente, después de cambiar de hotel. Hablamos con él con la función manos libres del móvil de Dox.

—Siempre me temí que los dos pudierais unir vuestras fuerzas.

Dox sonrió.

—Bueno, alguien tiene que salvar la civilización occidental de las fuerzas de la oscuridad —dijo.

—Estás más cerca de la verdad de lo que crees —respondió Kanezaki.

—¿De qué estamos hablando? —pregunté.

—No puedo detenerme en ello. Pero todo estará en las noticias mañana. Hablaremos después de eso.

—¿Los doscientos mil? —pregunté.

—Ya se ha hecho la transferencia. Enhorabuena.

Aquello estaba bien. Con nuestras prisas para marcharnos, Dox y yo nos habíamos dejado los prismáticos y el micrófono parabólico, y me preocupaba un tanto que Kanezaki dijera que esas pruebas hacían que todo pareciera demasiado planeado para tratarse del supuesto trabajo desde dentro que habíamos acordado. Al parecer, no era un problema. Tenía ganas de saber por qué.

—Hablando de los doscientos mil —dijo Dox—, has estado estafándome, hijo. Mi precio acaba de subir.

—Eso es lo que me temía —dijo Kanezaki—: una maldita unión.

Todos nos reímos. Kanezaki preguntó:

—¿Qué tal el médico? —dijo, recordándome que había acudido en mi ayuda cuando le había necesitado.

—Bueno, me inyectó un cuarto de litro de la sangre de Dox —dije—. Eso debería ser suficiente para denunciarlo por negligencia médica.

—¡Viagra roja! —gritó Dox, y todos nos volvimos a reír.

—Echad un vistazo a los periódicos —dijo Kanezaki—. Veréis lo que habéis hecho. Joder, podéis estar orgullosos.

 

Salió en la CNN aquella noche. Una operación compartida por la policía de Hong Kong y la CIA había impedido un intercambio de misiles con cabezas atómicas en el puerto de contenedores de Kwai Chung. Los terroristas árabes habían resultado muertos en el tiroteo. Un agente de la CIA, cuya identidad no podía ser revelada, resultó herido en la operación. Todos los misiles fueron recuperados. Nadie mencionó nada acerca de la bolsa con los cinco millones de dólares.

Así que Hilger debía de haber sobrevivido. Quizá al final había logrado acabar con el último árabe. No me sorprendió que Kanezaki no le hubiera dado importancia a los prismáticos y el micrófono parabólico. Al parecer, su presencia no era incoherente con la versión oficial.

La mañana siguiente comprobé la cuenta corriente en un paraíso fiscal. Los doscientos mil estaban allí, tal como Kanezaki había prometido; cincuenta mil habían sido pagados antes, ciento cincuenta mil el día anterior.

Dox me había dado el número de su cuenta. Le transferí los doscientos mil enteros. Era mi forma de darle las gracias.

Llamé a Kanezaki desde una cabina.

—Vi las noticias —dije—. Otro éxito heroico para los defensores del mundo libre.

Soltó una risotada.

—Alégrate. La versión oficial le conviene a todo el mundo. Especialmente a ti. Nadie la está poniendo en cuestión. Todos tratan de figurar en ella, en realidad. Así que nadie discute por la definición de «natural».

—¿Qué son esos misiles?

—Se llaman Alazans. Son cohetes tierra-tierra con un radio de quince kilómetros. Fueron originalmente diseñados por científicos soviéticos para experimentos climáticos, pero parecieron funcionar mejor como arma terrorífica. Las versiones convencionales fueron utilizadas por fuerzas de Azerbaiyán en la guerra contra Armenia por el enclave en disputa de Nagorno-Karabakh, y por los separatistas de Osetia del Sur contra tropas georgianas.

—Las noticias dicen que los encontrados tenían cabezas atómicas.

—Sí, hace dos años desclasificamos unos documentos que demostraban que una de las baterías de Alazan fue equipada con cabezas atómicas, convirtiendo los cohetes en «bombas sucias». La batería radiológica fue almacenada en Transdniester, un enclave separatista que se separó de Moldavia hace doce años. Transdniester no es actualmente reconocida por ningún gobierno, y, con sus grandes reservas de armas de la era soviética, se ha convertido en un almacén de armas ilegales.

—Esos dos tipos —dije, pensando en voz alta—. Los rusos. ¿Eran de Transdniester?

—Sí, la junta militar que dirige Transdniester es ahora prorrusa. El resto del enclave habla moldavo, que es en realidad rumano. Es complicado.

—Lo parece.

—En todo caso, lo que ahora tenemos es un pequeño grupo que dirige el «país» de Transdniester con sus propias reglas. Buena parte del comercio del enclave lo controla una sola compañía, Sheriff, que es propiedad del hijo del presidente de Transdniester. El hijo también dirige el Servicio de Aduanas de Transdniester, que supervisa todas las mercancías que entran y salen del país. Los cargamentos se mueven por el aeropuerto de Tiraspol; por tierra en camiones hacia Ucrania y Moldavia; y en ferrocarril hasta el puerto de Odesa.

—O por Hong Kong.

—No es una ruta probable si miras un mapa, pero genial si tienes los contactos locales que tenía Belghazi. Convenció a sus colegas en la División Oriente Medio. Creían que era un «buen» traficante de armas que estaba informando sobre «malos» traficantes de armas. En realidad, estaba informando sobre sus competidores, y mientras tanto comerciaba con lo que le diera más dinero. Los Alazans probablemente eran solamente un ejemplo. Quién sabe qué estaba haciendo justo ante las narices de la Agencia.

—Pero ya no lo hará más.

—Eso es. Te decía en serio que podéis estar orgullosos. La gente a la que le hubiera vendido esos misiles los habrían utilizado donde hubieran podido. Si hubieran logrado meterlos en Estados Unidos, habría sido una catástrofe.

—Los dos que murieron en Kwai Chung —dije—. ¿Cuál era su relación con el presidente de Transdniester? ¿Y con su hijo?

—¿Por qué?

—Me gusta llevar la cuenta de las personas que quizá quieran borrarme de su lista de felicitaciones de Navidad.

Se produjo una pausa.

—Sobrinos del presidente. Primos del hijo.

Pensé un momento en ello.

—Probablemente la familia no esté muy contenta con su pérdida —dije.

—No tienen ninguna manera de establecer una relación entre lo que pasó en Kwai Chung y tú.

—¿Qué hay de Hilger?

—¿Hilger?

Puede que Kanezaki se estuviera haciendo el loco, o que «Hilger» fuera un apodo utilizado en las operaciones que Kanezaki no conocía. En realidad, no importaba.

—El agente encubierto —dije.

Se produjo una pausa durante la cual digirió el que yo conociera la identidad del agente encubierto, o al menos su seudónimo operativo.

—Sin confirmar nombres —dijo—, puedo decir que todo el mundo tiene razones para apoyar la versión oficial. Fue una operación conjunta de la CIA y Hong Kong para imponer la ley.

—Parece que Dox y yo deberíamos recibir un extra —dije—. Tienes mucho más de lo que me pediste.

—No puedo hacer eso —dijo—, pero puedes cobrarme más en tu siguiente trabajo. No creo que nadie se queje.

—¿Adónde fue a parar el dinero?

—¿El dinero de los misiles?

—Sí.

—Fue recuperado en la escena.

—¿Cuánto se recuperó?

—Unos tres millones.

Me reí.

—¿Unos tres millones? ¿Alguien se ha preguntado por qué esa cifra?

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que vuestro hombre, Hilger, se quedó con dos millones después de cargarse a la gente que quedaba en la escena. Era oscuro y tenía prisa, así que no podía contar todos los billetes de cien dólares.

—No. ¿Por qué no iba a quedárselo todo?

—Aquello era una venta. Habría parecido sospechoso que no se encontrara dinero en el lugar de intercambio. Hilger es mucho más listo que avaricioso.

Se produjo una larga pausa.

—Permíteme que te pregunte una cosa —dijo—. ¿Crees que sabía qué había en esos contenedores?

Pensé por un momento.

—Creo que no lo sabía de antemano. Pareció sorprendido cuando oyó la palabra «misiles». Y Belghazi le dijo que no hiciera preguntas cuya respuesta no quería oír.

—Sí, pero a pesar de todo, quedarse sin hacer nada ante algo así…

—Tengo la impresión de que decidió evitar el intercambio cuando se dio cuenta de qué iba aquello. Pero ¿y si lo sabía de antemano? Podría ser, si se hubiera molestado en descubrirlo. Cielos, sí. Hasta que las circunstancias hicieron imposible asumirlo y negarlo, probablemente le pareció bien mirar hacia otro lado, porque estaba recibiendo valiosa «información secreta» de Belghazi.

Se produjo otra larga pausa mientras él lo asimilaba todo.

—Eso es lo que me pareció. En cualquier caso, no puedo hacer nada acerca del dinero que se llevó. No esta vez.

«Muy bien —pensé—. Ahora sé quién es. He visto su cara, en primer plano gracias a los prismáticos Zeiss. Y sé que utiliza el nombre de Hilger, al menos en las operaciones. Dox y yo podemos ir a charlar con él un rato, a decirle que es bonito compartir.»

—Deberías pensar en el acuerdo que la División Oriente Medio tenía con Belghazi —dije—. Dudo que sea único.

—No lo es.

—Entonces, ¿os están tomando el pelo otros chicos «buenos»?

—Mira, la gente perversa es perversa. Belghazi fue una mala decisión, pero eso no significa que el concepto en sí sea malo.

—Si pasas todo ese tiempo con gente perversa, ¿en qué te conviertes?

—Si no quieres ensuciarte, mejor que no bajes a la arena.

Me reí.

—Estaba jugando con vosotros.

—Claro que sí. Las partes enfrentadas siempre juegan con la otra. Eso no significa que no pueda hacerse un trato. Mientras haya algo que beneficie a todo el mundo, acaba saliendo bien.

—Increíble.

—No tanto. Así es el mundo. Mira Estados Unidos. Todos los grupos de intereses dan dinero a los dos partidos políticos, sabiendo que, gane quien gane, el ganador estará en deuda con ellos.

Me detuve a pensar y después dije:

—Hay algo que quiero que hagas.

—Di.

—Tienes un fichero sobre mí. El fichero menciona Río de Janeiro y a Naomi Nascimento.

—Sí.

—Quiero que se borren esas referencias.

—De acuerdo.

—Bien —dije—. Voy a decirte una cosa. Y la información acarrea una responsabilidad. Una importante responsabilidad.

Se produjo una pausa.

—Muy bien —dijo.

—Esa mujer me importa. Lo nuestro ha terminado, pero me importa. Le debo algo. Si alguien de tu organización, o a través de tu organización, le hace daño o trata de seguirla para llegar hasta mí y yo lo descubro, te lo haré pagar.

—Lo entiendo.

—Bien —repetí.

Se produjo otra pausa.

—Espero que me hagas saber cuándo estás listo para el siguiente trabajo —dijo—. Hay muchas cosas que hacer.

—Siempre hay muchas cosas que hacer —dije, y colgué.

 

Antes de marcharme de Hong Kong, Dox me dijo que no podía aceptar el dinero. Me dijo que un trato era un trato, y que habíamos acordado repartírnoslo al cincuenta por ciento. Le dije que no podía darle menos del ciento por ciento después de lo que había hecho por mí, después de lo que había abandonado para hacerlo. No logré convencerle.

—Tendremos otra oportunidad —me dijo, y me dio una palmada en la espalda, mostrándose paternal de repente—. Espera y verás.

—Creía que decías que sólo llama a la puerta una vez.

—Así es. Ésta no era nuestra ocasión, eso es todo.

Asentí con la cabeza.

—Muy bien. Tú ganas. Mándame la mitad de vuelta.

—Lo haré. Dame tu número de cuenta.

Me rasqué la cabeza.

—Maldita sea, no me acuerdo.

—Venga, eso no es justo.

—Si me acuerdo, te la escribiré.

—Maldita sea, eres terco, eso seguro.

Sonreí.

—Gracias, Dox. Eres un buen hombre.

Me devolvió la sonrisa.

—Sólo lo dices porque es cierto.

Extendí la mano. Me la encajó. Después me dio un tirón para abrazarme.

«Cielo santo», pensé. Pero le devolví el abrazo.

 

Volví a Río. La ciudad estaba cálida. Era verano allí, al sur del ecuador, y era agradable estar de vuelta, caminar por las playas, por el agua, y escuchar choro y beber caipirinhas y vivir, durante un tiempo, de nuevo como Yamada.

Sabía que ahora había gente que podría buscarme en Río. Pero no es fácil dar conmigo aunque se sepa en qué ciudad estoy. Y, por raro que pudiera parecer, cuando pensaba en la gente que lo sabía, no me sentía amenazado.

Por supuesto, un secreto deja de serlo cuando otra gente lo conoce. Creía que podía confiar en que Kanezaki alterara el fichero tal como le había pedido, pero uno nunca sabe. E, incluso aunque lo hiciera, podía haber otras copias. Me había hecho unos cuantos enemigos en mis últimas operaciones. Si buscaban bien, quién sabe lo que podrían encontrar.

Pero por el momento me sentía bien. Seguiría alerta para ver qué podía saber de Tatsu y de Kanezaki, y para pensar en lo que debía hacer después.

Mi muslo y muñeca tardaron en sanar. Mis costillas, más. Los batidos de proteínas y otros suplementos no parecían ayudar como era de prever. Quería volver a entrenar, a hacer jiu-jitsu en Barra. Pero por un largo tiempo lo único que pude hacer fue pasear lentamente al aire tropical del atardecer.

El largo proceso de curación fue probablemente positivo para mí. Me recordó algo que tenía que ir aceptando: me estaba haciendo viejo. En el pasado, me habría cargado a un tipo como Belghazi antes de que pudiera herirme. Pero ahora, a pesar de mi habilidad, de que mis tácticas eran mejores que cuando era joven, mi rapidez y mi resistencia estaban en declive. Si aquella noche en Kwai Chung hubiera estado trabajando solo, como de costumbre, habría muerto allí.

Intenté convencerme de que estaba bien, de que no había sido mala muerte, dado que de algo tenemos que morir. Pero no lo logré. Estar a punto de morir me había recordado que quería seguir vivo. No hubiera sabido decir exactamente por qué. Pero no era sólo la contemplación de las puestas de sol, el sonido del jazz o el sabor del whisky.

¿Qué había dicho Delilah, con desdén y comprensión, al mencionar yo aquello? «Todas las cosas.»

Y: «Si vives sólo para ti, morir es una posibilidad especialmente aterradora».

Los paseos se hicieron más largos. Empecé a complementarlos con paseos en bicicleta. Mis heridas cicatrizaron, pero su presencia siguió sirviendo para recordarme, paradójicamente, tanto la mortalidad segura como la continuidad de la vida.

Mi ciudad junto al mar seguía siendo hermosa. Pero con el tiempo, me di cuenta de que Río ya no me relajaba como en el pasado. En realidad, en un sentido extraño, me sorprendí echando de menos Tokio, algo que había tenido allí, a pesar de que en su momento no lo había apreciado adecuadamente.

La repentinamente renovada presencia de Tokio en mis pensamientos me sorprendió, porque nunca me había parecido que aquella ciudad fuera mi casa mientras viví allí. Era extraño, también, porque a pesar de una infancia transcurrida parcialmente en la ciudad y de veinticinco años como adulto allí, las asociaciones que me habían asaltado al regresar a Tokio tenían todas que ver con Midori.

Bueno, quizá eso era lo que mi casa había sido siempre para mí: el lugar que echaba de menos cuando tenía que irme de él. El amor también parecía eso. Porque la mujer que amaba era precisamente la que no podía tener.

Lo que más había definido Tokio para mí, me percaté después de Kwai Chung, era que siempre me hacía sentir como si hubiera algo allí, algo que podía encontrar y que me realizaría, alguna respuesta a alguna pregunta que no sabía formular. Lo que quiera que fuese esa cosa, si existía, siempre me eludía, me frustraba. Me quitaba sin darme nada a cambio.

Pero me di cuenta de que la fugacidad de esa cosa no significaba que debiera dejar de buscarla. La vida después de Kwai Chung era como un aplazamiento, una segunda oportunidad. Sería un desperdicio no hacer nada con ella.

No estaba seguro de cuánto tiempo iba a pasar en Río. Pero estaba igualmente inseguro acerca de dónde ir si no. Era como una cometa a la que de repente se le rompe la cuerda: por el momento, excitantemente libre; pero condenada a perder el viento que la había levantado y a caer hacia la tierra.

Tenía que encontrar esa cuerda de nuevo. Pero no sabía dónde buscarla.

Estaba Naomi, por supuesto. A veces pensaba en ir a verla. Pero no lo hice. Quizá estaba asimilando que todo había terminado entre nosotros. Quizá ya lo estaba olvidando. No quería interferir en nada de eso. Pero sobre todo no quería que pensara en mí como la persona que le había hecho daño o incluso algo peor.

Sin embargo, había noches en las que me tumbaba en la cama, escuchando De mais ninguém, la canción que sonaba en el Scenarium la noche en que había ido a verla, o escuchando muchas otras de las canciones que ponía en su apartamento mientras hacíamos el amor, y la idea de lo cerca que estaba me resultaba casi insoportable.

Pensé también en Delilah. Me pregunté cómo las cosas se le habían girado en contra. Me pregunté cuánto de lo que me había contado era cierto. Me hice inanes preguntas sobre lo que podría haber sucedido en otras circunstancias. Me sorprendí queriendo creerla, queriendo creer que allí había habido algo, o que podría haberlo habido, y esa reacción me pareció débil y en cierta medida estúpida.

«Sí, pero mira a Dox. Te sorprendió.»

Sí, lo hizo. Pero no lo suficiente para cambiar mi percepción de la naturaleza humana.

Hacía dos meses que había vuelto cuando encontré un mensaje en uno de mis tablones de anuncios. El mensaje decía: «Estoy de vacaciones en una ciudad maravillosa. Cada mañana nado en la playa más famosa de la ciudad; la playa más antigua, la que está más al norte. Me gustaría que vinieras conmigo».

Era el tablón de anuncios que había utilizado con Delilah, con la contraseña Península. Nadie más la conocía.

Me quedé mirando el mensaje un largo rato. Después, sin siquiera ser consciente de la decisión que había tomado, me preparé la bolsa.

Aquella noche me inscribí en el Copacabana Palace Hotel, el mayor hotel de Río, situado en la playa de su mismo nombre. Pedí una habitación con vistas al mar en el quinto piso. Me había traído un par de prismáticos, no tan buenos como los Zeiss que había utilizado en Kwai Chung, pero suficientes para mirar el océano. O la playa.

Dormí mal. Empecé a despertar con la salida del sol. A las diez, apareció ella.

Llevaba un oscuro bikini con tanga, azul marino, casi negro. Decidí que sería un crimen que llevara cualquier otra cosa.

Nadó veinte minutos y después se tendió en una toalla para tomar el sol. Parecía estar sola, pero la playa se estaba llenando. No tenía modo de saberlo.

Me dije que no tenía razón para tratar de tenderme una trampa. Y era cierto. Pero lo curioso era que me daba igual. Por el momento, ni siquiera me importaba saber cómo había sabido dónde encontrarme.

Me puse un bañador y un albornoz del hotel y fui a la playa. El sol calentaba con fuerza y entrecerré los ojos contra la luz procedente del mar y la arena. Dejé el albornoz junto a ella y me senté en él.

—¿Está ocupado este lugar? —pregunté.

Abrió los ojos. Eran más azules de lo que jamás los había visto, del color del cielo.

Sonrió, se sentó y me miró un largo rato. Después dijo:

—Has recibido mi mensaje.

Asentí con la cabeza.

—Ha sido una sorpresa. Una agradable sorpresa.

—Quieres saber cómo te he encontrado.

Era preciosa; simplemente… preciosa. Dije:

—Quiero saber dónde has estado.

No dijo una palabra. Me miró a los ojos, se inclinó y me besó. El gusto de ella, la sensación de su boca, su presencia, todo era como despertar de un sueño.

Me eché hacia atrás y miré a nuestro alrededor.

—Muy bien —dijo—. Yo también lo haría si nuestras posiciones fueran inversas.

La miré un momento. Era agradable estar con alguien que entendía mis costumbres y las compartía.

Me miró el brazo y el muslo. Las vendas habían desaparecido, y los lentos resultados de la curación de la obra de Belghazi eran claramente visibles. Quienquiera que me hubiese atendido debía de estar más preocupado por cerrar las heridas que por su aspecto posterior. Parecía como si me hubiera atacado un cortacésped enfadado.

—Sé lo que hiciste en Kwai Chung, en Hong Kong —dijo.

Me encogí de hombros.

—¿El qué? Leí que fue la CIA y la policía de Hong Kong. Se rió.

—¿Sabes adónde iban esos misiles?

Negué con la cabeza.

—Los grupos financiados por los saudís los habrían utilizado contra Jerusalén, Haifa y Tel Aviv. Los misiles tienen un alcance de quince kilómetros. Israel está a trece por la parte más estrecha. Podrían haber llegado a cualquier parte.

—¿Así que ibas a por los misiles?

Asintió.

—No teníamos localizado al vendedor. Pero seguíamos a Belghazi de cerca, como sabes. En cuanto la tuviera, la información del envío estaría en su ordenador. Lo guarda todo en él. Encriptado, por supuesto, pero tenemos gente que podría haberlo descifrado.

—¿Y entonces?

—Habríamos seguido el barco que transportaba los misiles. Es casi seguro que éste hubiera estado destinado a un puerto saudí o de Dubai. Así que en el mar del Sur de la China, el barco hubiera sido abordado por comandos navales, y la mercancía confirmada y decomisada.

—Hay muchos piratas en esa parte del mundo —dije.

—Y no toda la actividad «pirata» se da a conocer. Algunas empresas navales prefieren mantener en silencio el robo. Dependiendo de la mercancía, por supuesto.

—Así que era la transferencia, y la información del envío, lo que estabas esperando.

—Sí. Si algo le pasaba antes a Belghazi, perderíamos el rastro de los misiles. Habría habido otro comprador.

Asentí, pensando.

—No creo que Belghazi pensara en mover esos misiles a través de un puerto de contenedores normal. Por lo que sé, uno de sus últimos actos fue dejarlos cargados en una furgoneta.

—Eso dice la información que hemos logrado recopilar. Los Alazans eran un envío inusual para todas las partes implicadas. Estaban utilizando medios de transporte inusuales.

—Ésa fue mi sensación.

—Lo que quiero decir es que si hubiéramos procedido de acuerdo con nuestro plan original, habríamos perdido el rastro del envío. Eso habría sido desastroso. En este momento, tienes muchos admiradores entre la gente con la que trabajo.

Sonreí, pero mi sonrisa era triste.

—Tengo la sensación de que detrás de eso hay una oferta de trabajo.

—La hay.

Me reí y aparté la mirada. Lo había estado esperando, por un instante. Una mirada a un tanga, y mi cerebro se había convertido en papilla. Era ridículo.

—Al menos no estás cabreada porque no esperé tu señal —dije.

Oí que decía:

—No. Pero nada de eso es la razón por la que estoy aquí. No me lo iba a creer.

—¿Ah, no? —dije.

—Me estoy tomando unas largas vacaciones, una larga descompresión, una costumbre habitual después de vivir encubierta y en peligro de ser descubierta durante tanto tiempo. Mi organización es generosa en ese sentido. Comprenden mi estrés.

Parecía deprimente, como el discurso de un vendedor.

—Claro.

—Normalmente me vuelvo un poco loca cuando termino una misión. Viajo, me enrollo con algún hombre guapo, intento borrar recuerdos recientes con mucho vino y mucha pasión. Nadie sabe adónde voy, y nadie pregunta. Vuelvo cuando estoy lista.

—¿Y esta vez?

—Esta vez pensé en pasar un tiempo con un hombre al que conocí. Si está interesado.

Miré el agua. La brisa estaba levantando olas. Refulgían bajo el sol.

—Dime cómo me has encontrado —dije tras esperar lo suficiente.

—Después de Kwai Chung, se dio prioridad a tu seguimiento. Reunimos mucha información rápidamente. Cuanto más sabíamos de ti, más capaces éramos de descubrir más cosas. Y logramos acceder a los archivos de Aduanas de Hong Kong, hasta un año atrás. La gente inteligente llega a conclusiones, los técnicos introducen datos en superordenadores. Te siguieron hasta Sudamérica. Después de eso, desapareciste.

—No lo suficiente, al parecer.

—Olvidas que te conozco. Estuvimos juntos. En el café Oparium, en Macao, pediste caipirinhas.

Me encogí de hombros.

—Son populares en todo el mundo.

—Dijiste por favor en portugués al pedirlas.

—No.

Asintió.

—La camarera era portuguesa, así que en ese momento utilizaste algún conocimiento casual del idioma. Pero cuando los técnicos dijeron que te habían seguido hasta Sudamérica, empecé a pensar en lo que habías pedido, en cómo lo habías hecho, en tu acento, en la comunidad japonesa de Brasil…

—Ése es el problema de ser políglota —dije—. Te olvidas de qué idioma estás hablando.

Se rió.

—Qué me vas a contar —dijo—. ¿Te puedes imaginar qué habría dicho Belghazi si lo hubiera saludado diciendo Shalom?

Ambos nos reímos.

—De todos modos, Río me pareció lógico —dijo—. En parte por lo que habías dicho acerca de retirarte a un lugar soleado, un lugar con playas. Pero en parte porque… me parecía lógico. Decidí intentarlo. São Paulo habría sido mi segunda opción. Pero las caipirinhas deben de estar casi igual de buenas aquí, ¿no?

—¿Quieres una?

Sonrió.

—Son las diez de la mañana.

Me encogí de hombros.

—Tengo una habitación en el Copacabana Palace, justo detrás de nosotros. Podríamos matar el rato antes.

Su sonrisa se agrandó.

—Me parece bien —dijo.

Quizá todo era parte de un plan, alguna maquinación. Quizá ésa era su oferta de trabajo y ella era mi paga extra.

Supuse que nunca lo sabría. Sus motivos, comprendí, seguirían siendo un misterio; el tiempo que pudiera pasar con ella, un espejismo, un calidoscopio animado por el motor de mis propias esperanzas estúpidas, una atractiva ilusión, una proyección.

Por otro lado, me había advertido del tipo que me estaba esperando en mi habitación de Macao. Ésa era la única cosa que se negaba a encajar, el único detalle revelador. Porque, basándome en todo lo que había descubierto desde entonces, desde el punto de vista de su misión no veía qué beneficio habría podido ella obtener de ese aviso. Y si los imperativos de la misión no podían explicarlo, tenía que ser otra cosa.

Mirándola en la arena, me di cuenta de que la había juzgado de un modo sesgado, quizá como un inconsciente y poco halagüeño reflejo de cómo me veía a mí mismo. En ese momento, se había negado a responder cuando le había preguntado por qué me había avisado. Quizá ni siquiera lo sabía ella misma. Pero ahora creía que lo sabía. Era el deseo, en mitad de un horrible entorno lleno de engaños, muerte y arrepentimiento, de no ser responsable de una muerte más, para así expiar los pecados del asesinato justo a través de la salvación de una sola vida.

Podía entenderlo. Incluso podía esperarlo. Era una rama muy delgada sobre la que tratar de construir la confianza, pero era algo.

Era un principio.

La miré y le pregunté:

—¿Cuánto tiempo vas a estar en Río?

Sonrió.

—Bastante, espero.

Le tendí la mano. Me la cogió y se puso en pie. Después nos encaminamos hacia el hotel.