Corteza de abedul
Sunt lacrimae rerum
LAS cosas llegan a sentir desvalimiento.
Puede que para muchas sea algo momentáneo,
pero en su aire ven cómo se instala la orfandad
detrás de una cancela que las deja solas.
Fijaos por ejemplo en la aflicción
emanada del fondo de las fotografías.
La produce una niebla adueñándose acaso
—con garra de forzosa inanidad—
de una pared o un tallo que fluyeron
y ahora exudan la queja de estar sin luz ni savia.
Al detenerse al borde de la acera, el gorrión se delata:
ese giro hacia atrás de su cabeza,
mientras se hace un ovillo, sabe a rictus
de miedo y abandono, por mucho que sea dulce
este sol de diciembre. También en indigencia,
las cosas que refulgen. Inerte o vivo, qué más da,
todo acaba exhibiendo alguna vez sus lágrimas.
En la iglesia destella la cerámica azul
encima de la cúpula. No es que se trate
de la sagrada pleitesía que lo pétreo
hubiera de rendir a lo intangible. Con nada se conectan
esos rayos, son una obstinación,
belleza, exceso, dádiva que en absoluto modifica
al mediodía indiferente.
Oímos. Vemos.
Y va en lo oído y visto, en un mínimo grado perceptible,
como ondas emitidas por la dificultad de ser,
el gemido entre abstracto y cotidiano
de las cosas. Un nudo hay
dentro de todas ellas, las ocupa, funciona como nódulo
de angustia. Se colocan en mitad del tumulto
que es lo dispar mostrándose y esperan
el olvido. Si subrayamos su presencia
detectamos su llanto.