Corteza de abedul

Antonio Cabrera · Capítulo 13 de 41

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Corteza de abedul

Sunt lacrimae rerum

 

LAS cosas llegan a sentir desvalimiento.

Puede que para muchas sea algo momentáneo,

pero en su aire ven cómo se instala la orfandad

detrás de una cancela que las deja solas.

Fijaos por ejemplo en la aflicción

emanada del fondo de las fotografías.

La produce una niebla adueñándose acaso

—con garra de forzosa inanidad—

de una pared o un tallo que fluyeron

y ahora exudan la queja de estar sin luz ni savia.

Al detenerse al borde de la acera, el gorrión se delata:

ese giro hacia atrás de su cabeza,

mientras se hace un ovillo, sabe a rictus

de miedo y abandono, por mucho que sea dulce

este sol de diciembre. También en indigencia,

las cosas que refulgen. Inerte o vivo, qué más da,

todo acaba exhibiendo alguna vez sus lágrimas.

En la iglesia destella la cerámica azul

encima de la cúpula. No es que se trate

de la sagrada pleitesía que lo pétreo

hubiera de rendir a lo intangible. Con nada se conectan

esos rayos, son una obstinación,

belleza, exceso, dádiva que en absoluto modifica

al mediodía indiferente.

Oímos. Vemos.

Y va en lo oído y visto, en un mínimo grado perceptible,

como ondas emitidas por la dificultad de ser,

el gemido entre abstracto y cotidiano

de las cosas. Un nudo hay

dentro de todas ellas, las ocupa, funciona como nódulo

de angustia. Se colocan en mitad del tumulto

que es lo dispar mostrándose y esperan

el olvido. Si subrayamos su presencia

detectamos su llanto.