Corteza de abedul

Antonio Cabrera · Capítulo 2 de 41

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Corteza de abedul

Aves marinas

 

CUANTO hay en la playa se lo apropia mi idea

de la inmovilidad.

Por ella echó el carguero su más pesada ancla

hasta paralizar la lejanía. Atrapado también,

estoy leyendo, en deducciones quietas, argumentos

que se estancan después en mi mente embalsada.

El azul y la arena se han hecho superficies

donde rebota, sin acción, la tarde.

Ritmo marino,

te convierto en inmóvil rueca móvil,

oleaje de lo mismo: aunque la ola rompe,

no es más que espuma de un fragor sin cambio.

Pero pongo la vista

en un grupo casual de aves marinas

y de inmediato ellas —charranes blancos, luminosos,

de vuelo errático

y súbitos picados

contra el color del agua— logran hacer añicos

tanta ficción de orden y quietud.

Porque aletean, porque gesticulan,

demandan a mis ojos que registren

esta comparecencia restituida y en marcha.

Por fin cada ola es otra,

liberada de mí.