Corteza de abedul
Aves marinas
CUANTO hay en la playa se lo apropia mi idea
de la inmovilidad.
Por ella echó el carguero su más pesada ancla
hasta paralizar la lejanía. Atrapado también,
estoy leyendo, en deducciones quietas, argumentos
que se estancan después en mi mente embalsada.
El azul y la arena se han hecho superficies
donde rebota, sin acción, la tarde.
Ritmo marino,
te convierto en inmóvil rueca móvil,
oleaje de lo mismo: aunque la ola rompe,
no es más que espuma de un fragor sin cambio.
Pero pongo la vista
en un grupo casual de aves marinas
y de inmediato ellas —charranes blancos, luminosos,
de vuelo errático
y súbitos picados
contra el color del agua— logran hacer añicos
tanta ficción de orden y quietud.
Porque aletean, porque gesticulan,
demandan a mis ojos que registren
esta comparecencia restituida y en marcha.
Por fin cada ola es otra,
liberada de mí.