Corteza de abedul
Sentado en una piedra
LAS tengo en torno a mí, cosas tan abismadas
que han enfocado el rostro
hacia su propio centro.
Nunca despertarán
de ser el sueño sordo de ellas mismas.
Es el modo que tienen de sumarse
a un cálculo vastísimo y perdido.
Les hablo,
aunque no van a oírme
desde ningún pronombre:
«Mata de aliagas,
en el aire que punzas
soy yo quien adivina tu entusiasmo.
Romero, miro el ácido azúcar de tu aroma,
huelo tu brillo ceniciento.
Hierbas, os arqueáis.
Guijarros, sois los tristes.
Ramas partidas por el crudo azar,
sin roce os acaricio.
Y vosotras, hormigas,
las más solas
y las más separadas,
sabed que considero vuestra adusta cordura».
Están en torno a mí
pero como a resguardo,
en existencia que no toca
ningún otro existir.
Que sean contiguas
carece de valor, porque la luz las marca
y las preserva incólumes.
Esta corta distancia en que las tengo
es el espacio en el que me obvian.
Pasa el solano entre lo mineral
y lo vivo.
Qué suavemente limpia
la zona de no ser
que hay alrededor de lo que existe.