Cronopolis
Start
Cronopolis
J.G. Ballard
LE HABÍAN APLAZADO el proceso para el día siguiente. El momento exacto, como es natural, no lo conocía ni él ni nadie. Probablemente sería en la tarde, cuando las partes interesadas juez, jurado y fiscal— lograsen converger en la misma sala de tribunal a la misma hora. Con suerte el abogado defensor podía aparecer también en el momento debido, aunque el caso había sido tan claro que Newman casi no esperaba que se molestase; además, el transporte hasta y desde el viejo penal era notoriamente difícil; implicaba una espera interminable en el sucio paradero al pie de los muros de la prisión.
Newman había pasado el tiempo provechosamente. Por fortuna la celda miraba hacia el sur, y el sol entraba en ella la mayor parte del día. Dividió el arco en diez segmentos iguales, las horas verdaderas de luz natural, marcando los intervalos con un trozo de cemento arrancado de! alféizar, y subdividió cada segmento en doce unidades más pequeñas.
Había obtenido así un eficaz medidor de tiempo, exacto casi hasta el minuto (la subdivisión final en quintos la hacía mentalmente). La hilera curva de muescas blancas que bajaba por una pared, atravesaba el suelo y la armadura metálica de la cama y subía por la otra pared, habría sido evidente para cualquiera que se hubiese puesto de espaldas a la ventana, pero nadie hacía eso nunca. De cualquier modo los guardias eran demasiado estúpidos para entender, y el reloj de sol le había dado a Newman una ventaja enorme. La mayor parte del tiempo, cuando no estaba regulando el reloj, Newman se apretaba contra la reja, y vigilaba el cuarto de guardia.
—¡Brocken!—gritaba a las siete y cuarto, cuando la línea de sombra tocaba el primer intervalo—. ¡Inspección matutina! ¡Arriba, hombre!
El sargento salía de la litera tropezando y sudando, maldiciendo a los otros guardias mientras la campanilla hendía el aire.
Luego Newman anunciaba las otras obligaciones de la orden del día: hora de pasar lista, limpieza de las celdas, desayuno, gimnasia, y así sucesivamente hasta la lista vespertina, poco antes del anochecer. Brocken ganaba regularmente el premio del bloque por el pabellón de celdas mejor dirigido, y confiaba en Newman para programar la jornada, anticipar el asunto siguiente en la orden dei día, y saber si algo se había alargado demasiado; en algunos de los otros bloques la limpieza duraba por lo general tres minutos mientras que el desayuno o el ejercicio podían seguir durante horas, pues ninguno de los guardias sabía cuándo parar, y los prisioneros insistían en que apenas habían empezado.