Cronopolis

J G Ballard · Capítulo 12 de 15

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Cronopolis

Capítulo 18

Conrad cruzó el restaurante, saltó sobre el mostrador y salió por una ventana a la terraza abierta que se extendía sobre la calle. Más allá de la baranda vio la plaza, la línea doble de marcas de neumáticos que trazaban una curva y entraban en la calle.

Casi había cruzado hasta el balcón de enfrente cuando un disparo rugió en el aire.

Hubo un tintineo agudo de vidrios que caían y el sonido de la explosión se alejó retumbando entre los desfiladeros vacíos.

Durante unos pocos segundos sintió pánico. Retrocedió alejándose de la peligrosa barandilla, los tímpanos entumecidos, la cabeza levantada, mirando las enormes masas rectangulares que se alzaban a los lados, las hileras interminables de ventanas como los ojos facetados de unos insectos gigantescos. De modo que Stacey había estado armado ¡quizá era miembro de la Policia del Tiempo!

Caminando a gatas, Conrad se escabulló por la terraza se deslizó entre los torniquetes y avanzó hacia una ventana entreabierta en el balcón.

Trepó por la abertura y se perdió rápidamente en el edificio.

Conrad se detuvo al fin en una oficina, en la esquina del sexto piso. Tenía la cafetería directamente debajo, y enfrente la escalera que había utilizado para subir.

Durante toda la tarde Stacey fue y vino por las calles adyacentes, unas veces moviéndose en silencio, con el motor apagado, otras pasando a toda velocidad. En dos ocasiones disparó al aire, deteniendo luego el coche y llamando a Conrad, las palabras perdidas entre los ecos que rodaban de una calle a otra. A menudo seguía el contorno de la acera, y daba vuelta bajo los edificios, como si esperase que Conrad brotara de pronto detrás de una escalera mecánica.

Por último pareció alejarse definitivamente, y Conrad volvió la atención al reloj del pórtico. El reloj había avanzado hasta las 6:45, casi exactamente la hora que señalaba su propio reloj. Conrad lo ajustó a esa hora, que consideró correcta, y luego se sentó a esperar a que apareciese la persona que había puesto en marcha el reloj. Los otros treinta o cuarenta relojes que veía alrededor continuaban inmóviles en las 12:01.

Durante cinco minutos dejó su puesto, tomó con la mano un poco de agua del charco de la cafetería, trató de olvidar que tenía hambre, y poco después de medianoche se durmió en un rincón detrás del escritorio.

Cuando despertó a ha mañana siguiente, el sol inundaba la oficina. Conrad se puso de pie y se sacudió el polvo, dio media vuelta y se encontró con un hombre pequeño y canoso que llevaba un remendado traje de lana y lo miraba con ojos penetrantes. En la 19

curva del brazo apoyaba un arma grande, de cañón negro, los percutores amenazadoramente amartillados.

El hombre puso en el suelo una regla de acero con la que evidentemente había golpeado un armario, y esperó a que Conrad se repusiese.

—¿Qué haces aquí?—preguntó en seguida con voz enojada.

Conrad vio que en los bolsillos del hombre abultaban unos objetos angulosos que le estiraban hacia abajo los lados de la chaqueta.

—Yo... este... —Conrad buscó algo que decir. Por algún motivo estaba seguro de que este hombrecito era quien daba cuerda a los relojes. De pronto decidió que nada tenía que perder si confesaba la verdad y dijo abruptamente:— Vi el reloj funcionando. Allá abajo, a la izquierda. Quiero ayudarlo a usted a ponerlos otra vez en marcha.

El viejo lo miró astutamente. Tenía una cara vigilante de pájaro, y dos pliegues debajo de la barbilla, como un gallo.

—¿De qué manera?—preguntó.

Conrad replicó débilmente:

—Buscaría una llave en algún sitio.

El viejo frunció el ceño.

—¿Una llave? No serviría de mucho.

Parecía que estuviese tranquilizándose, poco a poco; sacudió los bolsillos y hubo un apagado sonido metálico.

No hablaron durante un rato. Al fin a Conrad se le ocurrió una idea, y descubrió la muñeca.

—Tengo un reloj—dijo—. Son las 7:45.