Cronopolis
Capítulo 1
Brocken nunca preguntaba cómo hacía Newman para organizar todo con tanta exactitud; una o dos veces a la semana, cuando llovía o estaba nublado, Newman se refugiaba en un extraño silencio, y la confusión resultante le recordaba enérgicamente al sargento las ventajas de la cooperación. Newman gozaba de algunos privilegios en la celda y recibía todos los cigarrillos que necesitaba. Era una lástima, pensaba Brocken, que finalmente hubiesen fijado fecha para el proceso.
También Newman lo lamentaba. Las investigaciones que había llevado a cabo hasta el momento no habían sido del todo concluyentes. El problema principal consistía en que si le daban una celda que mirase al norte la tarea de calcular el tiempo podía volverse imposible. La inclinación de las sombras en los patios de gimnasia o en las torres y los muros sólo permitía deducciones muy imprecisas. La calibración tendría que hacerla a ojo; un instrumento óptico sería descubierto muy pronto.
Lo que necesitaba era un medidor de tiempo interno, un mecanismo psíquico que funcionase inconscientemente y estuviese regulado por el pulso, digamos, o el ritmo respiratorio— Newman había tratado de disciplinar su sentido del tiempo, cumpliendo una elaborada serie de pruebas para calcular el margen mínimo de error, que siempre era demasiado grande. Las posibilidades de condicionar un reflejo preciso parecían escasas.
Sin embargo, sabía que se volvería loco a menos que pudiese conocer la hora exacta en cualquier momento dado.
La obsesión, que lo enfrentaba ahora con una acusación de homicidio, se había manifestado de un modo bastante inocente.
De niño, como todos los niños, había advertido esas ocasionales y antiguas torres de reloj, donde siempre había un mismo círculo blanco con doce intervalos. En las zonas más deterioradas de la ciudad las características figuras redondas, arruinadas y cubiertas de herrumbre, colgaban a menudo sobre joyerías baratas.
—Son señales, nada más—le explicaba la madre—. No significan nada, como las estrellas o los anillos.
Adornos sin sentido, había pensado él.
Una vez, en una vieja mueblería, habían visto un reloj de manecillas volcado en una caja colmada de atizadores para el fuego y desperdicios diversos.
—Once y doce —había indicado él—. ¿Qué significa?