Cronopolis

J G Ballard · Capítulo 11 de 15

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Cronopolis

Capítulo 17

El reloj estaba casi fuera del alcance de la vista de Conrad. Iba a agacharse para atarse los cordones de un zapato cuando vio que la aguja de los minutos se sacudía hacia abajo, dejando levemente la horizontal.

Conrad siguió a Stacey hacia el coche, sin molestarse ya en escucharlo. Cuando estaban a unos diez metros, dio media vuelta y echó a correr cruzando rápidamente la calle rumbo al edificio más cercano.

—¡Newman!—oyó que Stacey le gritaba—. ¡Vuelve aquí!

Conrad llegó a la acera y corrió entre las enormes columnas de cemento que sostenían el edificio. Se detuvo un instante detrás del hueco de un ascensor, y vio que Stacey subía apresuradamente al coche. El motor tosió y rugió, y Conrad corrió otra vez por debajo del edificio hasta un pasadizo que llevaba de vuelta a la calle lateral. Allá atrás el coche se puso en marcha, tomó velocidad, y se oyó el golpe de una portezuela.

Cuando Conrad entró en la calle lateral, el coche apareció doblando la plaza, treinta metros detrás. Stacey se desvió de la calzada, subió bruscamente a la acera, y aceleró frenando y haciendo eses, tocando la bocina, tratando de amedrentar a Conrad.

Conrad saltó a un lado, casi cayendo sobre la capota del coche, se lanzó a una escalera estrecha que llevaba al primer piso, y subió corriendo los escalones hasta un pequeño descanso que terminaba en unas puertas altas de vidrio. Del otro lado de esas puertas vio un balcón ancho que rodeaba el edificio. Una escalera de incendios zigzagueaba hacia el techo, interrumpiéndose en el quinto piso en una cafetería que se extendía sobre la calle hasta el edificio de oficinas de enfrente.

Los pasos de Stacey resonaban ahora allá abajo, en la acera. Las puertas de vidrio estaban cerradas con llave. Conrad arrancó un extintor de la pared, y tiró el pesado cilindro contra el centro de la puerta. El vidrio se desprendió y cayó en una cascada repentina, destrozándose en el suelo enlosado y salpicando los escalones. Conrad se metió por la abertura, salió al balcón y comenzó a trepar por la escalera de incendios.

Había llegado al tercer piso cuando vio a Stacey allá abajo, estirando el cuello y mirando hacia arriba. Sosteniéndose con una y otra mano, Conrad subió los dos pisos siguientes, saltó sobre un torniquete metálico trabado y entró en el patio abierto de la cafetería. Las mesas y las sillas estaban volcadas, entre restos astillados de escritorios arrojados desde los pisos superiores.

Las puertas que daban al restaurante techado estaban abiertas, y en el suelo había un charco grande de agua. Conrad lo atravesó chapoteando, se acercó a una ventana, y apartando una vieja planta de plástico miró hacia la calle. Stacey, parecía, había abandonado h persecución.