Cronopolis
Capítulo 22
Durante tres meses Conrad vivió con el viejo, siguiéndolo a pie cuando el otro hacia su ronda en bicicleta, llevando la escalera de mano y el maletín repleto de llaves con las que Marshall daba cuerda a los relojes, ayudándolo a desarmar los mecanismos recuperables y a trasladarlos de vuelta al taller. El día entero, y a veces la mitad de la noche, trabajaban juntos, corrigiendo los movimientos, poniendo otra vez en marcha los relojes, y devolviéndolos a los sitios originales.
Todo ese tiempo, sin embargo, la mente de Conrad no pensaba en otra cosa que el enorme reloj de la torre que dominaba la plaza. Una vez al día lograba escabullirse hasta los arruinados edificios del Tiempo. Como había dicho Marshall, ni el reloj ni sus doce satélites volverían a funcionar La caja del mecanismo parecía la sala de máquinas de un barco hundido, una maraña herrumbrada de rotores y volantes retorcidos por alguna explosión Todas las semanas Conrad subía la larga escalera hasta la última plataforma, a setenta metros de altura, y miraba a través del campanario las azoteas de los bloques de oficinas que se extendían hasta el horizonte. Los martillos descansaban contra las llaves en largas hileras, allá abajo. Una vez se le ocurrió patear una llave de los agudos, y una campanada sorda atravesó la plaza.
El sonido trajo extraños ecos a la mente de Conrad.
Lentamente comenzó a reparar el mecanismo del campanario, instaló nuevos circuitos eléctricos en los martillos y los sistemas de poleas, arrastrando cables hasta la cima de la torre, desarmando los tornos en la sala de máquinas y renovándoles los embragues.
El y Marshall nunca discutían las tareas del otro. Como animales que obedecen a un instinto, trabajaban incansablemente, no sabiendo muy bien por qué. Cuando Conrad le dijo un día al viejo que pensaba irse y continuar el trabajo en otro sector de la ciudad, Marshall estuvo de acuerdo inmediatamente, le dio todas las herramientas que le sobraban y se despidió de él
Seis meses más tarde, casi puntualmente, las campanadas del enorme reloj resonaron sobre los techos de la ciudad, dando las horas, las medias horas, los cuartos de hora, anunciando constantemente el paso del día A cincuenta kilómetros de distancia, en los pueblos suburbanos, la gente se detuvo en las calles y en las puertas de las casas, escuchando los ecos borrosos y fantasmagóricos que venían de los largos corredores de edificios en el lejano horizonte, contando involuntariamente las pausadas secuencias finales que decían la hora Las personas mayores se susurraron unas a otras:
—Las cuatro, ¿o fueron las cinco? Han vuelto a poner en marcha el reloj Parece extraño luego de tantos años.
Y durante todo él día se detenían a escuchar los cuartos y las medias horas que les llegaban desde muchos kilómetros, una voz que salía de la infancia y les recordaba el 23
mundo exacto del pasado. Comenzaron a ajustar los medidores de tiempo a las campanadas, y de noche, antes de dormir, escuchaban la larga cuenta de medianoche, y al despertar oían de nuevo los tañidos en el aire claro y tenue de la mañana.
Algunos fueron al cuartel de la policía y preguntaron si podían devolverles los relojes.
Luego de la sentencia, veinte años por el asesinato de Stacey y cinco por catorce delitos según las Leyes del Tiempo, llevaron a Newman a las celdas del sótano del tribunal. Había esperado la sentencia y cuando el juez lo invitó a hablar no hizo ningún comentario. Luego de aguardar el proceso todo un año, la tarde en la sala del tribunal no era más que una tregua momentánea.
No hizo ningún esfuerzo por defenderse de la acusación de haber matado a Stacey, en parte para proteger a Marshall, que podría así continuar su obra sin ser molestado, y en parte porque se sentía indirectamente responsable de la muerte del policía. El cuerpo de Stacey, con el cráneo fracturado por una caída de veinte o treinta pisos, había sido descubierto en el asiento trasero de su coche en un garaje subterráneo no lejos de la plaza. Presumiblemente Marshall había descubierto a Stacey merodeando por el lugar y se había encargado de él. Newman recordaba que un día Marshall había desaparecido del todo, y durante el resto de la semana había estado curiosamente irascible.
Al viejo lo había visto por última vez en los tres dias finales antes de la llegada de la policía. Todas las mañanas, cuando las campanadas retumbaban sobre la plaza, la figura diminuta caminaba ágilmente por la plaza hacia Newman saludando con la mano, mirando la torre, la cabeza descubierta, sin mostrar ningún temor.
Ahora Newman se enfrentaba con el problema de cómo inventar un reloj que seria para él como una carta de navegación durante los veinte años próximos. Sus temores crecieron cuando al día siguiente lo llevaron al bloque de celdas que albergaba a los presos de condenas largas: al pasar por delante de la celda para ver al superintendente, notó que la ventana daba a un pequeño pozo de ventilación. Se estrujó el cerebro mientras se cuadraba durante la homilía del superintendente, preguntándose cómo podría conservar la cordura. A menos que contase los segundos los 86.400 de cada día, no veía ninguna forma posible de precisar el tiempo.
Ya en la celda, se dejó caer flojamente en el camastro, demasiado cansado para desempaquetar las pocas cosas que le habían permitido traer. Una breve inspección le confirmó la inutilidad del pozo de ventilación. Un foco potente instalado allá arriba ocultaba la luz del sol que se deslizaba a través de una reja de acero, a quince metros por encima de la celda.
Se tendió en la cama y examinó el cielo raso. En el centro había una lámpara empotrada; una segunda lámpara, sorprendentemente, parecía haber sido adaptada a 24
la celda. Esta última estaba en la pared, a pocos centímetros por encima de su cabeza.
Vio el cuenco protector de llnnC VPintiCinC~ centimPtrr c ~1P ~ 'imPtr~
Contento, tendido en la cama, la cabeza sobre una manta enrollada a los pies, Newman miraba el reloj. Parecía en perfecto estado, y las agujas avanzaban dando saltos rígidos de medio minuto. Durante una hora, luego que se hubo ido el guardián, lo observó sin interrupción, luego comenzó a ordenar la celda, echando miradas al reloj por encima del hombro cada pocos minutos, como para asegurarse de que todavía estaba allí, y aún funcionaba correctamente. Le divertía de veras la ironía de la situación, la inversión total de la justicia, aunque le costara veinte años de vida.
Dos semanas más tarde seguía riéndose de lo absurdo de toda la situación, cuando de pronto y por vez primera advirtió el sonido, el monótono y exasperante tictac.
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Terminaste Cronopolis
J G Ballard