Cuando el abismo separa
Agradecimientos .......................................................................... 5
Este capítulo es largo, así que está dividido en 16 partes.
—Claro que lo está. No hay mayor peligro que el de una mujer despechada. Y
tú no eres la única que se siente despechada. Por mucho que tú y Ben le digáis que lo que ha pasado no ha tenido nada que ver con ella y que ha sido porque las cosas iban mal entre vosotros, probablemente ella no lo vea de esa forma. Deberías llevarla a ver a alguien para que hablara con ella.
—¿Te refieres a un psiquiatra?
—¿Por qué no? ¿Acaso no estás yendo tú a uno?
—No soy ese tipo de persona.
—¿Qué tipo de persona? Cuando enfermas vas al médico, ¿no?
—Oh, no sé. A lo mejor voy. Alguna vez.
—Allá tú. No es asunto mío. Pero quizá deberías planteárselo Abbie.
Sarah ya lo había intentado, pero no tenía ganas de hablar de ello, en parte por lealtad hacia Abbie y en parte porque había desperdiciado la oportunidad. La semana anterior, al visitar al médico para que le recetara más somníferos, le había hablado de la ira de Abbie. Él había dicho que sería buena idea que se sometiera a una terapia y que él la pondría en contacto gustosamente con un especialista. Primero Abbie debería pasar a verlo por su consulta. Pero cuando Sarah se lo dijo, su reacción no pudo ser peor.
—¿Cómo? ¿Crees que estoy loca?
—No, cariño, claro que no. Es solo que...
—Si es lo que piensas haz que me encierren.
—Vamos, Abbie...
—¡Mamá! Vale, estoy furiosa con él. Pero ¿no va siendo hora de que alguien se ponga furioso? Está permitido, ¿no? Tú te controlas tanto que cualquiera diría que te da igual.
—Eso no es justo.
—Llevaré esta situación como yo quiera. Déjame en paz.
Celebraron la entrada del nuevo milenio en un bar restaurante de la playa que se erguía sobre el agua en unos pilares de madera y era regentado por un antillano llamado Basil, a quien Abbie consideraba el único ser humano auténtico de toda la isla. Sarah se había prometido que no iba a ponerse sentimental, pero cuando llegó la medianoche, encendieron los fuegos artificiales y todo el mundo empezó a abrazarse, besarse y desearse feliz año nuevo, cuando Abbie y Josh acudieron a su encuentro y los tres se quedaron allí, abrazándose entre ellos como tres almas perdidas, no pudo contenerse. Todos lloraron, incluso el pobre Josh. Pero aquella fue la única vez que Sarah permitió que ocurriera.
Al volver a casa, encontró en el contestador automático un mensaje de Benjamin, que llamaba con nerviosismo desde la casa de su madre en Abilene (o eso aseguraba él) y les mandaba a todos recuerdos deseándoles feliz año nuevo. «Sí, claro», pensó Sarah.
Al principio la llamaba muy a menudo, y casi siempre, muy a pesar suyo, Sarah
terminaba llorando y gritándole. En ocasiones él también lloraba y la llamaba
«cariño» y le decía que la quería, lo que la sacaba tanto de quicio que le entraban ganas de hacer pedazos el teléfono. Porque si la quería, si realmente la quería, ¿qué
demonios hacía lejos de ella? Al final le dijo que dejara de decir aquello y le pidió que no llamara durante un tiempo.
Entonces Beth Ingram lanzó su pequeña bomba. Sarah no supo si lo hizo a propósito o no. Probablemente sí. El caso es que un día estaban hablando y Beth se mostraba muy dulce y alentadora con ella, y entonces, sin darle importancia, comentó cómo debía de haberse sentido Sarah la otra vez. Sarah le dijo que disculpase, que esperase un momento, y le preguntó a qué se refería con la «otra»
vez. Beth vaciló y se ruborizó ligeramente, y le dijo a regañadientes que tiempo atrás había hablado con la mujer de un socio de ICA en una fiesta y había dejado escapar que Benjamin había tenido una aventura con una
joven abogada que de vez en cuando les preparaba las escrituras de traspaso. Al parecer, en el trabajo absolutamente todo el mundo lo sabía.
Beth dijo que había dado por hecho que Sarah también estaba enterada.
Sarah perdió los estribos y esa noche, tras demasiadas copas de vino, llamó a casa de la madre de Benjamin, pero no encontró al muy cabrón.
Margaret dijo que no sabía dónde se encontraba y que estaba lejos en viaje de negocios. «Ah, claro. En Santa Fe, seguro, follando con aquella putita pintora. La Catalizadora.» Sarah lo llamó al móvil y le dejó a modo de mensaje un aullido devastador, ebrio y acusatorio, del que se arrepintió en cuanto colgó el auricular, y aún más a la mañana siguiente, una vez sobria.
Las noches eran lo peor. Cuando los somníferos no surtían efecto, se quedaba tumbada sola en aquella cama enorme con un peso que se retorcía en sus entrañas, esperando a que amaneciera. A veces estiraba una pierna a través de la cama y notaba el espacio frío y sin arrugas que proclamaba a gritos la ausencia de su marido. Tras las primeras semanas, para demostrarse su valor, se colocaba en medio. Pero no le parecía bien; de algún modo le resultaba demasiado terminante, como si al hacerlo estuviera admitiendo que él no iba a volver. Porque iba a volver, ella lo sabía. No podía dejarla de aquella manera, ni tampoco su casa y sus hijos, ¿verdad?
¿Verdad?
Una semana antes de Navidad, él viajó desde Kansas para ver a sus hijos y traerles regalos. Le compró a cada uno un teléfono móvil para que pudieran llamarlo a cualquier hora, según dijo, lo que provocó una carcajada despectiva de Abbie. «Ni lo sueñes», dijo.
Se quedó en la ciudad en casa de un amigo y salió con los chicos a cenar. Quería que Sarah también fuera, pero a ella no le apetecía y era lo único que podía hacer para convencer a Abbie de que fuera. Más tarde, la pobre chica volvió a casa llorando a lágrima viva y corrió directamente a su habitación. Joshie se quedó sentado con cansancio ante la mesa de la cocina y le contó a Sarah que Abbie no había pronunciado una palabra civilizada en toda la noche y que se había limitado a escupir veneno a su padre y a hacer comentarios sarcásticos. Ahora, en la tienda, oyó a Jeffrey despedirse de su cliente y minutos más tarde apareció en la puerta del despacho, llevándose las manos a la cabeza con
incredulidad.
—¿Lo has oído?
—Has estado fabuloso.
—Creo que deberíamos cerrar esto y abrir una tienda de discos.
— ¿ Ah, sí?
—Así cuando viniera alguien que no supiera el título, el artista o la discográfica, por lo menos podría tararear la maldita canción.
Sarah se rió. Asintió con la cabeza y volvió a concentrarse en el ordenador.
—¿Cómo está el panorama?
—Deprimente. Vamos a abrir una tienda de discos.
—Esa no es la respuesta correcta. Se supone que deberías decir:
«Bueno, Jeffrey, en estas circunstancias, teniendo en cuenta el estado de la industria, la intensa competencia, la proliferación de medios de comunicación alternativos y otras opciones de entretenimiento o, hablando claro, el hecho de que a ninguna persona de menos de treinta años le importan un pito los libros o no está dispuesta a hacer algo que requiera mayor capacidad de concentración que la de un mosquito hiperactivo; teniendo todo eso en cuenta, creo que lo hemos hecho muy bien. Gracias Jeffrey».
—Bravo.
Él se inclinó hacia Sarah y le dio un beso en la frente.
—Vamos a cerrar y a comer a alguna parte —dijo él.
—Buena idea. Y me fumaré uno de tus cigarros.
El tema del día era «Expresa tu humanidad». Al menos eso era lo que Ben creía que había dicho la mujer vestida con la malla y el sarong rojo justo al principio, cuando estaban dentro de aquel círculo grande, todos descalzos y cogidos de las manos. No había podido oírlo bien porque tenía ante él un ventilador eléctrico que repartía aire por toda la estancia. Podría haber sido «Expresa tu humoridad». Pero, por lo que él sabía, aquella palabra no existía, de modo que se decidió por «humanidad». Sin duda lo que estaban haciendo algunas de las personas que le rodeaban era gracioso.
Sobre todo el viejo de la barba gris, que iba vestido con un traje de ceremonia morado y un turbante, como un talibán colocado, y daba vueltas por la habitación con los ojos cerrados apretando un pimiento morrón contra su pecho. A lo mejor él tampoco había oído bien la sugerencia de la mujer y estaba cubriéndose las espaldas.
Se llamaba «coro de expresión corporal». Eve y Lori asistían todos los domingos por la tarde, junto con cincuenta o sesenta personas con ideas afines, para expresar lo que tocara cada día mediante el baile y el
movimiento. El lugar de reunión era un gran edificio con el techo alto y el suelo de parquet. Estaba justo al lado de la vía del ferrocarril, y la proximidad era tal que aunque la música estuviera muy alta todo el local se estremecía cuando pasaban los trenes.
La música era estrictamente new age; mucho sonido de olas rompiendo y ululantes cantos de ballenas. Ben siempre se había preguntado por qué se suponía que el lenguaje de las ballenas era tan relajante y maravilloso cuando nadie sabía lo
que aquellas criaturas se estaban diciendo entre ellas. Las ballenas se peleaban como todo el mundo, ¿no? A lo mejor en realidad se estaban gritando unas a otras.
«Cabrona jorobada, este es el último plancton que me quitas. Anda, búscate la vida. Ve a resoplar un poco.»
En ese momento Lori estaba en el otro lado de la habitación, expresando su humanidad, y quizá algo más, con un joven de irritante atractivo que llevaba coleta. El tipo se había quitado la camiseta, algo que por lo visto podían hacer los hombres pero no las mujeres, al menos desde hacía varias semanas, pues una sueca llamada Ulrika había exhibido sus encantos y un pobre hombre con un triple bypass había sufrido un colapso y habían tenido que llevárselo fuera. Por lo visto, incluso en Santa Fe la autoexpresión tenía sus límites.
Otra regla insalvable era que el baile no debía entrañar contacto. Pero algunos no parecían saberlo o bien les traía sin cuidado. Varias parejas estaban retorciéndose en el suelo, entrelazadas de forma tan intrincada que costaba averiguar a quién pertenecía cada miembro. Ben temía que no pudieran desenredarse. Iban a acabar formando un nudo imposible de deshacer. Alguien tendría que llamar a los bomberos.
Sin embargo, la mayoría de gente, como Ben, estaba bailando sola. De vez en cuando alguien se acercaba furtivamente, sonreía y se ponía a bailar con él un rato y luego se marchaba a otra parte. Eve se encontraba a unos diez metros de distancia en ese momento, bailando de forma sinuosa con los ojos cerrados y una media sonrisa leve en el rostro. Llevaba un top de lino blanco muy corto y unos pantalones rojos ceñidos que dejaban a la vista sus caderas y su ombligo, y estaba tan increíblemente sexy que la humanidad de Ben estaba deseando expresarse de una forma que iba a tener que esperar.
A ella le preocupaba la idea de llevarlo allí y había dicho que no sabía si aquello le interesaría. Tal vez pensaba qué se burlaría o que estaría
demasiado nervioso y cohibido para participar. Le había dicho en broma que tendría que llevar leotardos o al menos, unos pantalones cortos elásticos. Al final Ben no era, con mucho, la persona de mayor edad ni la de aspecto más serio y, con su camiseta gris y sus tejanos azules descoloridos, no se sentía demasiado fuera de lugar.
Durante los primeros quince minutos, cuando todos habían empezado ya a bailar, Eve se había mantenido cerca de él sin parar de mirarlo para juzgar su reacción. No era el mejor bailarín del mundo y, a decir verdad, todo resultaba bastante hilarante. Pero estaba intentando entrar en ambiente y casi estaba divirtiéndose. Ojalá pudiera relajarse más, dejarse llevar y despejarse un poco la cabeza.
Aquella era su tercera visita a Santa Fe desde que había dejado a Sarah y se trataba de la más larga hasta la fecha. Afuera, la nieve había desaparecido. La primavera prácticamente estaba asomando. Llevaba allí dos semanas enteras y, aunque no sabía exactamente por qué —pues deseaba quedarse con todas sus fuerzas—, le daba la impresión de que había llegado el momento de volver a Kansas. Ahora eran amantes y por fin las cosas iban bien entre ellos. Más que bien. Se hallaban en ese estado de excitación y ansiedad en el que dos personas son incapaces de mantener las manos quietas. Jamás había soñado que pudiera ocurrir tan rápido. Dos meses antes, en diciembre, la había llamado desde la casa de su madre en Abilene y le había dicho con voz temblorosa que ya lo había hecho, que se había marchado. Y tras una larga pausa que había durado varios segundos trascendentales, ella había dicho en voz queda:
—Ven.
Y esa misma noche él recorrió ochocientos kilómetros entre la niebla y la nieve a través de las llanuras y las superficies heladas de Oklahoma y el oeste de Texas. Llegó justo después del amanecer, y tras dar con la casa, llamó a la puerta suavemente. Ella llevaba un chal negro de lana sobre un camisón blanco, y tenía una cara de preocupación tan pálida como el alba.
Pero lo hizo pasar y lo abrazó. Él no quería hacerlo, se había prometido que no lo haría —pues cómo podría ella, cómo podría cualquier mujer, querer a un hombre tan inexperto, tan frágil y miserable—, pero no pudo evitarlo y rompió a llorar. Y ella lo abrazó. Durante un largo rato se quedó allí abrazándolo.
Luego lo acompañó hasta la cocina y preparó café, huevos escalfados y tostadas de pan de trigo, y con los codos en la mesa y la barbilla apoyada en
las manos, mirándolo fijamente y sonriendo con dulzura, esperó a que Ben terminara de comer. Parecía como si a los dos les costase creer que estuviera allí. Entonces el pequeño Pablo, de tres años y medio, a quien Ben todavía no conocía, salió de su habitación vestido con su pijama, se sentó con ellos a la mesa y empezó a hablar con él como si encontrarlo allí fuera lo más natural del mundo.
Pero cuando ocurren cosas importantes la gente casi nunca se comporta como uno espera. Era el caso de la madre y la hermana de Ben, por mencionar solo a dos personas. Con razón o —lo más probable— sin ella, Ben había considerado que no podía contarle por teléfono a ninguna de las dos que había dejado a Sarah. Tenía que decírselo en persona. Había llamado a su madre desde Nueva York para decirle que iba a quedarse en su casa y, como era natural, ella se había puesto contentísima. La noche que llegó a Abilene su madre cocinó para los dos la comida favorita de Ben: carne asada a la cazuela.
Naturalmente, él sabía que su madre se disgustaría al oír lo que tenía que contarle. A cualquier madre le pasaría lo mismo. Pero ella siempre le había profesado tal adoración y había creído tanto en él, confirmando cada una de sus acciones y sus decisiones, incluso aquellas que él mismo sabía que no eran acertadas, que esa noche, cuando por fin le comunicó la noticia después de cenar, su reacción lo pilló
completamente por sorpresa. Su madre se puso alterada, furiosa, excitada. Incluso le pegó en el brazo. ¿Cómo había sido capaz de dejar a su mujer y a sus hijos? ¿Cómo había sido capaz?
—¡Hiciste una promesa! —gimió, entre lágrimas, que parecían fruto tanto de la ira como de la tristeza—. ¡Una promesa! Vuelve, Benjamin. ¿Me oyes? ¡Vuelve con ellos! ¡Hiciste una promesa!
Al final se tranquilizó y estuvo llorando mientras él intentaba explicarle con delicadeza por qué se había marchado. Pero era imposible hacerlo sin contarle cosas que él no deseaba oírse decir ni compartir con nadie, y menos con su madre. Así que
habló empleando tópicos, diciendo que «desde hacía muchos años», y pese a haber hecho «de tripas corazón», él y Sarah no eran «felices juntos», que las cosas no iban
«bien entre ellos» y que los dos habían «cambiado» y se «habían distanciado». Y
finalmente aquel sermón pareció, si no convencerla, al menos ablandarla y conseguir que aceptara con tristeza que ya estaba hecho y que por mucho que lo reprendiera no iba a cambiar las cosas. Ella le dijo entre lágrimas que lo único que quería, que lo único que siempre había querido, era que él fuera feliz.
Si la reacción de su madre le sorprendió, la de su hermana casi le provocó un desmayo. Al día siguiente viajó a Topeka para comer con ella.
Sally era cinco años mayor que él, lo bastante para que de niños no llegaran a conocerse bien. Sabedor de que era el objeto del favoritismo descarado de su madre, Ben siempre había tratado a su hermana con cierta delicadeza, como si ella pudiera, con razón, tener celos de él. Las pocas veces que la veía le aliviaba comprobar que no parecía albergar ese tipo de sentimiento.
Todavía no, al menos.
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Sally era lo que solía decir una mujer atractiva, más que guapa o hermosa. Poseía los intensos ojos marrones y las gruesas cejas de su padre.
Era más alta de lo que a ella le gustaría y andaba ligeramente encorvada, como si cargara con un peso invisible sobre sus hombros. Se había casado con un contable llamado Steven, un hombre tan sumamente aburrido que Abbie incluso había acuñado un verbo que hacía referencia a él. Que algo o alguien te «stevenizase», o sentirte «totalmente stevenizado» eran expresiones que habían sido asimiladas desde hacía tiempo en el léxico de la jerga familiar. Sally y Steven tenían dos hijos que por desgracia parecían haber heredado la mayoría de genes de su padre. Los dos se habían hecho contables. Ben pretendía llevarla a un restaurante, pero Sally había preparado la comida en su cuidada cocina, con cortinas de encaje y una colección de ranas de cerámica en el alféizar de la ventana. Steve estaba trabajando, de modo que solo estaban ellos dos y las ranas. De nuevo, Benjamin esperó hasta que la comida —chuletas de cerdo a la parrilla seguidas de tarta de limón y merengue— concluyera para darle la noticia.
Mientras hablaba, comprendió por la forma en que su hermana entornaba los ojos que no iba a escaparse fácilmente. Cuando terminó, se hizo un inquietante silencio que no auguraba nada bueno.
—¿Quién te da derecho? —susurró ella.
—¿A qué te refieres?
—¿Quién te da derecho a marcharte?
—Bueno...
—¡Todos somos infelices! Todas las parejas que conozco lo son. No conozco un solo matrimonio que pueda decir que es feliz con la mano en el corazón. Ben se encogió de hombros y se removió ligeramente en su silla.
—¿Tú conoces a alguno?
—Bueno...
—¿Lo conoces? Me refiero a un matrimonio feliz de verdad. Yo, no.
¡Forma parte del lote, idiota! ¡Sé realista, Benjamin! ¿Crees que mamá y papá eran felices?
¿Lo crees?
—Bueno...
—¡Pues claro que no! Nadie lo es. Pero eso no quiere decir que tengas que levantarte y marcharte. «Ay de mí, soy tan infeliz que voy a abandonar a mi mujer y a mis hijos.» ¡Por Dios, Ben, sé realista!
Ben se quedó paralizado por la sorpresa. Pero ella no había terminado.
De hecho, apenas había empezado. Siguió con su sermón y le dijo que era una víctima de nuestra ridícula y desbarajustada cultura consumista en la que a todo el mundo se le bombardeaba constantemente con perniciosas promesas de felicidad y, lo que todavía era peor, se le decía a cada paso que tenía derecho a ser feliz. Y que si no lo era, podía serlo si se hacía con un coche nuevo o un lavaplatos nuevo o un conjunto nuevo o un nuevo amante. Sally dijo que los mensajes estaban por todas partes, en todas las revistas, en todos los estúpidos programas de televisión, alimentando la avaricia y la envidia, haciendo que la gente se sintiera insatisfecha con lo que tenía, convenciéndola de que podían cambiar las cosas y ser felices, triunfadores y hermosos si conseguían un estupendo nuevo producto o una novia nueva o una nueva cara o un par de tetas de silicona nuevas...
Si no se hubiera quedado tan asombrado o no se hubiera sentido tan absolutamente consternado por su diatriba, Ben se habría puesto en pie para ovacionarla. En realidad, bajó la vista, asintió con la cabeza y trató de parecer convenientemente escarmentado. Y media hora después, tras haber negado dos veces que hubiera otra persona de por medio, pues para entonces tenía demasiado miedo de reconocerlo, le dio un beso de despedida y se dirigió a la puerta de entrada con los hombros casi tan encorvados como los de ella. No estaba stevenizado, sino total e ignominiosamente sallificado.
El baile había concluido y todos los participantes se hallaban de nuevo formando un círculo, solo que esta vez estaban sentados en el suelo con los ojos cerrados, cogidos de las manos en silencio. Ben sostenía la mano del talibán que había estado dando vueltas, quien parecía haberle tomado cierta simpatía. Se estaba preguntando dónde había puesto el tipo su pimiento.
Al cabo de otros veinte minutos más o menos, durante los cuales todo aquel que quería compartir lo que le había parecido la experiencia podía hacerlo, la sesión tocó a su fin. Todo el mundo volvió a calzarse. Lori se acercó y abrazó a Ben, y luego llegó Eve y los dos hicieron otro tanto.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó ella con nerviosismo.
—Genial.
Eve le dedicó una mirada de escepticismo.
—De veras. Me lo he pasado muy bien.
Ben le rodeó los hombros con el brazo, y ella le abarcó la cintura con los suyos. Desprendía un cálido y delicioso olor a sudor. Lori estaba
observándolos y sonriéndoles.
—¿Sabéis una cosa? —dijo—. Formáis una pareja estupenda. Incluso os parecéis el uno al otro.
—¿Es un cumplido? —dijeron Ben y Eve al unísono.
—Por supuesto.
Pablo se había ido a pasar el fin de semana con su padre, de modo que tenían la
casa para ellos solos. Ben encendió fuego en la chimenea de piedra con forma de arco del dormitorio mientras Eve preparaba té verde, cuyo sabor por fin él estaba empezando a apreciar. El sol de los últimos días de invierno entraba por la ventana y caía oblicuamente sobre el edredón blanco de la cama, inundando la habitación de un tenue fulgor ambarino. Se desnudaron el uno al otro lentamente, acariciándose el cuello con la boca como si fueran gatos, y luego se colocaron en el foco de luz situado sobre la cama. La piel de ella sabía a sal, y Ben le besó los hombros, los pechos y las axilas, y recorrió con la mano la larga curva ahuecada de su vientre para descubrir que estaba caliente y abierta.
El temor que había empañado sus primeros encuentros sexuales había desaparecido ya y había sido relegado a un recoveco oscuro de la mente de Ben. Aún había ocasiones en que ese temor trataba de apoderarse de él, susurrándole que aquello no estaba bien y acusándolo de culpable y traidor.
Pero si antes habría hecho caso de aquella voz y se habría marchado desanimado, ahora podía bloquear el sonido en sus oídos. Si Eve no hubiera sido tan paciente con él, tan comprensiva, y no se hubiera mostrado tan aparentemente imperturbable ante sus fracasos iniciales como amante, él ya se habría largado avergonzado hacía tiempo. Pero ella parecía entenderlo y acallaba los intentos autocompasivos de Ben por explicarse. Ahora estaba dentro de ella, ajeno todavía a su forma y su tacto, y observaba la pálida inclinación de su barbilla, sus labios abiertos, sus pestañas bajadas, su pelo derramado como tinta sobre la almohada y la sombra de sus cuerpos unidos moviéndose muy lentamente sobre el áspero enlucido rosado de la pared.
Ahora estaba allí, con ella. Estaba allí...
Capítulo 16
Había pasado menos de un año desde la última vez que había estado allí. Pero al igual que muchas otras cosas en la vida de Abbie, durante aquellos meses el lugar había sufrido una transformación total. Ella y Ty
estaban sujetando a sus caballos en la cima del mismo risco al que habían subido dos veranos antes con el padre de él y desde la que habían visto al águila dorada elevarse sobre el río. Habían llegado allí siguiendo la misma ruta, avanzando entre la salvia a lomos de la misma pareja de caballos. Pero ahí acababan las semejanzas. El paisaje que contemplaban ahora pertenecía a un planeta desolado.
—Dios mío —murmuró ella.
—Ya te dije que no lo reconocerías.
Incluso las montañas parecían cambiadas aquella mañana gris y sofocante de mayo; más oscuras, con una lejanía mayor que resultaba inquietante. El río estaba bajo y lucía un color ceniciento, y parecía que hubieran echado cal en sus orillas. Río abajo, donde antes los remansos emitían un murmullo y relucían entre los sauces, ahora había un desierto de guijarros y barro endurecido, todo ello manchado de blanco en las zonas donde el agua salada se había secado. El agua había matado a los potros y el ganado de los Hawkins.
—¿Ves los álamos de allí abajo? A estas alturas todos deberían estar echando hojas. Están muertos. Hasta el último de ellos. Creíamos que conseguirían sobrevivir, pero no ha sido así. ¿Y ves aquello de allí abajo?
¿Donde mi padre te llevó a ver los potros? En esta época del año aquellas praderas solían estar tan llenas de flores que no podías caminar sin mancharte la ropa de amarillo. Míralas ahora. Abbie permaneció en la silla de montar, sacudiendo la cabeza.
—No me lo puedo creer.
Ty se rió.
—Vaya, pues no has visto ni la mitad. Vamos, te lo enseñaré. Él hizo dar la vuelta a su caballo y azuzó al animal para que avanzara. Volvieron por donde habían venido, pasaron junto a la hendidura de roca rojiza y atravesaron el campo cubierto de salvia. En lugar de girar a la izquierda en dirección al rancho, torcieron a la derecha y se encaminaron hacia las montañas para luego ascender por un valle serpenteante, salpicado a cada lado de cantos rodados y pinos nudosos, algunos de los cuales, según le había dicho el padre de Ty a Abbie, tenían más de mil años.
Mientras subían por el valle oyó un rumor que se fue haciendo cada vez más fuerte hasta que llegaron a un recodo. Ty detuvo su caballo, y ella se le acercó
lentamente y también paró.
—Bueno, ahí lo tienes —dijo él—. Antes eran buenos prados. Ahora que ha
desaparecido la capa superficial del suelo, ya no va a crecer nada, ni siquiera cuando esos tipos se hayan marchado.
Delante de ellos había sido excavado un extenso camino de tierra que atravesaba el valle de lado a lado, y al fondo había un mar de barro seco, revuelto y surcado por huellas de neumáticos. Había cables de alta tensión y tuberías, y una serie de bloques de cemento con la parte superior blanca que Ty dijo que eran los manantiales.
El ruido procedía de unos edificios bajos de paredes blancas con generadores y torres de perforación; había unos camiones de aspecto extraño aparcados al lado, todo ello rodeado de una valla de tela metálica y señalizado con carteles que ponían PELIGRO Y PROHIBIDA LA ENTRADA. Ty dijo que era una estación de compresión y que había otras más adelante, así como tanques donde se suponía que quedaba contenida el agua liberada por la perforación. Lo cual era gracioso, según él, porque siempre tenían fugas y rebosaban líquido. Además, todo estaba mal vallado, de forma que mantener alejados a los caballos y al ganado era una pesadilla.
«Una de tantas», añadió irónicamente.
Era fin de semana, de modo que no había nadie allí. Pero Ty dijo que cualquier otro día habrían tenido que esquivar camiones cada pocos minutos y que no podrían ver casi nada debido a las nubes de polvo.
—Aquí es donde mi padre solía dar sus cursillos sobre caballos.
Siempre decía que era el sitio más bonito del rancho, con las montañas a lo lejos, el bosque y todo lo demás, y que si alguien empezaba a quejarse del precio de sus caballos, nada más llegar aquí arriba dejaban de protestar. Una mujer le dijo una vez que pagaría el precio solo por la vista.
Ty se colocó bien el sombrero y guardó silencio un rato. Abbie se podía imaginar lo que estaba pensando.
Dos días antes, al hablar con él por teléfono, había notado por su tono de voz que pasaba algo. En un principio había supuesto que simplemente se estaba haciendo el ofendido porque había pasado mucho tiempo desde la última vez que ella lo había llamado. Lo cierto era que la única persona a la que llamaba entonces era a su madre. Desde que había vuelto a la universidad tras aquel espantoso viaje a Mustique, se había convertido en una especie de ermitaña. Nunca salía y todas sus amigas, excepto Mel, prácticamente la habían dejado de lado. Se había volcado en sus estudios,
escondida un día tras otro en su cuarto o en la biblioteca de la universidad, informándose sobre las catástrofes que asolaban al mundo. La ira parecía ayudarla a sentir menos lástima por sí misma. Pero cuando se había enterado de todo lo que había pasado Ty, se había sentido egoísta y culpable. Al preguntarle por teléfono qué
ocurría, y solo tras una larga pausa, él le había dicho en voz baja que su padre había sufrido un derrame cerebral.
Abbie se había comprado un coche de segunda mano, un pequeño Toyota azul marino, con el dinero que su abuelo le había dado por Navidad, y después de hablar con Ty viajó hasta Sheridan para verlo. Sabía que no recordaría el camino por los senderos de grava que conducían al rancho, de modo que acordaron reunirse en el hotel Best Western. Él estaba pálido y demacrado y la abrazó tan fuerte y durante
tanto rato que Abbie se dio cuenta de que tenía los nervios a flor de piel.
Dijo que tenía que contarle lo que había pasado antes de que fueran al rancho porque no quería que su madre lo oyera, de modo que pasearon por la calle principal hasta llegar a una pequeña plaza y se sentaron el uno al lado del otro en un banco. Había una estatua de bronce de un vaquero con el pelo largo, unos zahones y un rifle apoyado en el hombro, como si fuera a tener que utilizarlo en cualquier momento, y Ty se lo quedó mirando mientras le relataba lo que había sucedido. Fue en febrero, dijo. Solo un par de semanas después de que las motoniveladoras se pusieran manos a la obra y empezaran a cortar la carretera. Su madre y su padre se habían negado a firmar el contrato que les había mandado la compañía Gas y Petróleo McGuigan. En lugar de ello habían contratado a un abogado y estaban solicitando más garantías de que la tierra volvería a quedar como estaba.
Entonces, una mañana, dos hombres se habían presentado sin avisar en la casa del rancho y habían dicho que las excavadoras llegarían al día siguiente y que al cabo de una semana empezarían a perforar. El abogado había hecho lo que había podido, pero había sido inútil, dijo Ty. Era como hablar con una pared. La compañía de gas no quería saber nada. Al día siguiente, según lo prometido, habían llegado las máquinas, y al poco tiempo todo el lugar se había convertido en un cenagal.
—Tenían a unos diez o doce hombres trabajando allí arriba, un grupo que habían traído de México, todos trabajadores ilegales. Y McGuigan no les ofreció
ninguna clase de ayuda, ni siquiera les puso lavabos portátiles, así que hacían sus necesidades en el prado. Había papel higiénico sucio por todas partes, incluso cerca de nuestra casa. Era absolutamente repugnante.
»Mi padre y yo subíamos e intentábamos razonar con ellos, pero la mayoría no sabía inglés y los que lo hablaban decían que aquello no tenía nada que ver con ellos y que debíamos llamar a la compañía, pero allí tampoco querían hablar con nosotros. Y mientras tanto, mi madre no paraba de llorar a moco tendido, con el corazón roto...
»Bueno, al final mi padre consiguió ponerse en contacto por teléfono con el mismísimo J. T. McGuigan, el director general o el presidente o como quiera que se llame, que estaba en Denver. Y ese tipo empezó a chillarle y a decirle a mi padre que la culpa la tenía él y que debería haber firmado el contrato.
»Dos días después, cogió un avión y hubo una reunión en el despacho del abogado, y McGuigan, que resulta que es un tipo enorme, un ex marine o algo así, se puso a gritar y a darles golpecitos con el dedo a mi madre y a mi padre... Mierda, Abbie, yo debería haber estado allí, pero esa semana tenía que estar en Bozeman.
»Así que mi madre se llevó un buen disgusto y mi padre intentó calmarla. Y ella no paraba de decirle a McGuigan: "No puede hacer esto, no puede hacernos esto". Entonces se quedaron en silencio y él se acercó a mi madre, le apuntó a la cara con el dedo y dijo: "Mire, señora, aver si me explico. Es como si usted y yo estuviéramos casados. Puedo hacer lo que me dé la real gana, cuando quiera y donde quiera, y a usted no le queda más remedio que aguantarse".
»Esa misma noche mi padre tuvo el derrame.
Al volver hacia sus coches, Ty le dijo que su padre había regresado a casa del
hospital hacía aproximadamente un mes, pero que había perdido el habla y estaba casi totalmente paralizado.
—Se pasa todo el día sentado delante de la televisión. Antes no solía verla, pero no sabemos qué otra cosa hacer con él. Le hablamos y le leemos.
Creemos que entiende lo que decimos y que sigue ahí, en alguna parte, encerrado en sí mismo, aunque a veces... —Ty se detuvo un momento y tragó saliva—. A veces llego a pensar que quizá sería mejor que no estuviera.
—¿Qué tal está tu madre? —preguntó Abbie con suavidad,y al tiempo que lo hacía se dio cuenta de lo estúpido de aquella pregunta.
—Te lo puedes imaginar.
Como había dicho Ty, cuando llegaron a la casa del rancho, su padre estaba hundido en su sillón mirando fijamente la televisión. Abbie lo saludó, pero el hombre ni siquiera parpadeó. Estaban emitiendo un documental sobre naturaleza. Una manada de hienas estaba intentando arrebatarle un pequeño jabalí a su madre. Martha dio a Abbie un gran abrazo y aunque le brotaron las lágrimas, consiguió evitar el llanto. Mientras cenaban, mantuvieron una alegría precaria; Martha le hizo a Abbie toda clase de preguntas sobre la universidad y le dijo lo mucho que sentía que Ty hubiera dejado los estudios. Le comentó que a lo mejor ella lo convencía para que los retomara.
—Oh, mamá —dijo Ty con cansancio.
En la televisión, las hienas también estaban cenando.
—La cuestión, Abbie, es que él piensa que es indispensable y que su pobre y vieja madre no puede encargarse de este sitio sin él.
—Yo no pienso eso.
Cambiaron de tema. Entonces Martha preguntó con delicadeza por Sarah. Era evidente que Ty la había puesto al corriente.
—Se encuentra bien, gracias. Está un poco mejor. Ha empezado a fumar, lo cual es un poco raro. Hacía más de veinte años que lo había dejado.
—No seas demasiado dura con ella.
—No lo soy. Es su vida.
—¿Y tu padre? ¿Qué tal está?
—Bien, supongo. La verdad es que no lo sé.
Él le mandaba correos electrónicos constantemente, y aunque al principio ella le había enviado respuestas breves y en su mayoría mordaces, ahora ya no se molestaba en contestar. La llamaba al móvil tres o cuatro veces a la semana, pero normalmente ella lo dejaba sonar y luego escuchaba sus mensajes, en los que siempre decía las mismas chorradas. Que la quería y la echaba mucho de menos y que tenía muchas ganas de hablar con ella, y si podía ir a verla a la semana siguiente, o la otra, o cuando a ella le pareciese bien. A veces, para quitárselo de encima, contestaba la llamada y le decía con frialdad que estaba muy ocupada y que no, lo sentía, pero no le venía bien que fuera, ni esa semana ni ninguna otra. No sabía cuándo se le
iban a quitar las ganas de castigarlo. Quizá cuando el sonido de su voz ya no la hiciera hervir de ira y resentimiento. El hecho de que lo echara terriblemente de menos no hacía más que avivar aquellos sentimientos. Él siempre había estado allí cuando ella
lo había necesitado, siempre había sido su partidario más leal y su mentor. Y Abbie detestaba lo débil y perdida que se sentía sin él.
Esa noche Ty acudió a su habitación y, aunque su encuentro sexual se vio teñido por una tristeza mutua, al menos les brindó consuelo. Aun así, Abbie no consiguió dormir y se quedó con la cabeza apoyada en el pecho de él escuchando sus tenues ronquidos y, en algún lugar en la oscuridad, los lejanos aullidos de un coyote. Uno de los perros del rancho había a la luz una camada de cachorros. Ty solo había encontrado hogar a tres de ellos que ahora tenían doce semanas. Uno de ellos, un perrito flacucho con las patas blancas y la cola enroscada, se encariñó de Abbie y la seguía a todas partes y no la dejaba sola. Ninguno tenía nombre, de modo que Abbie lo llamó Sox. Ty le dijo que se lo llavara a Missoula, y aunque ella se sintió tentada, dijo que no y que le era totalmente imposible.
Se quedó allí dos días y el segundo, cuando los empleados de la compañía de gas volvieron al trabajo, presenció con sus propios ojos el tráfico constante de camiones que desfilaban por el valle y las nubes de polvo que levantaban. Ty dijo que iban a entablar un pleito contra la compañía, aunque su abogado decía que no tenían ninguna posibilidad y que sería como quemar cientos de miles de dólares durante los siguientes dos años.
La mañana que se marchó, Abbie se despidió de Ray y le dio un beso en la frente, y entonces él emitió un sonido tenue, pero ella se imaginó que probablemente estaba carraspenado. Martha le hizo prometer que volvería pronto. Ty le mostro el camino hasta Sheridan con su vieja camioneta, y antes de llegar a la interestatal, se pararon en la cuneta para despedirse.
Ty sacó con cuidado del suelo del asiento del pasajero una caja de cartón que contenía el cachorro y una manta y lo colocó en el asiento trasero del Toyota. Abbie intentó protestar, pero él la conocía demasiado bien y no estaba dispuesto a aceptar un no por respuesta. Le dijo que si no salía bien, lo único que tenía que hacer era devolverle el bicho. Le preguntó qué planes tenía para el verano, y Abbie dijo que todavía no había hecho ninguno. Probablemente se quedaría un tiempo en Missoula y buscaría
trabajo. A lo mejor volvía a casa una semana o dos para estar con su madre.
Aunque, teniendo ahora a Sox, no sabía cómo iban a salir las cosas.
—Nuestra residencia para perros tiene unos precios bastante razonables
—dijo Ty.
La rodeó con el brazo y se quedó abrazándola un rato, sin que ninguno de los dos hablara, envueltos por el sonido de los coches al pasar.
—Te quiero, Abbie.
Era la primera vez que él se lo decía, la primera vez que alguien se lo decía, exceptuando a su madre y a su padre. Y estuvo a punto de echarse a llorar, pero no lo hizo y se limitó a abrazarlo y darle un beso. Se sentía mal por no contestar que ella también lo quería, pero no era lo que sentía y no estaba dispuesta a mentirle. Mientras se alejaba en su coche, lo vio por el retrovisor, de pie junto a su camioneta, observando cómo se marchaba. El cachorro se había quedado dormido.
En el campus de la Universidad de Montana se respiraba una atmósfera de relajación ante el final de las clases y la proximidad del verano. Aunque el semestre había terminado oficialmente, nadie parecía tener prisa por marcharse. Los álamos que había a lo largo del río Clark Fork lucían un vivo color verde, hacía un tiempo despejado y cálido, y el ambiente resultaba de lo más prometedor. Los estudiantes pedaleaban en sus bicicletas a la sombra de los árboles o recorrían tranquilamente las pocas manzanas en dirección a Rockin' Rudy's para echar una ojeada a los discos o a Bernice's Bakery o Break Expresso para comprar mocas helados y rosquillas, o simplemente se tumbaban al sol en la exuberante hierba primaveral del Óvalo y se relajaban haciendo planes.
Mel y Abbie habían retirado todas sus cosas de su habitación del edificio Hall y habían dejado la mayoría de ellas en la casa que Todd y Eric tenían en la Cuarta, donde Abbie se había instalado hasta que supiera qué iba a hacer en el verano. Todos los demás ya lo tenían planeado desde hacía semanas e incluso meses. Mel y Scott ya se habían ido a Perú. Habían intentado convencer a Abbie para que fuera con ellos, pero ella no estaba dispuesta a ir a ninguna parte sin Sox. Eric y Todd se iban a marchar a Idaho, donde habían encontrado trabajo de monitores de rafting en el río Salmon. Tras seis semanas con escayola, la cadera de Eric se había soldado, y aunque cojeaba un poco, creía que podría manejar una balsa con media docena de personas a bordo. Maldita sea, decía, si Meryl Streep podía
hacerlo, él también. Se iba a llevar su nuevo acordeón para torturar a los veraneantes alrededor de la hoguera del campamento.
De modo que a principios de junio la casa quedó libre para Abbie y su cachorro. Saltaba a la vista que nadie la había limpiado desde hacía años; las ventanas estaban tan sucias que apenas se podía ver a través de ellas. Ni siquiera había un aspirador, así que Abbie tomó prestado uno y se pasó tres días seguidos limpiando y fregando. Aquello hizo que se sintiera como su madre, pero al menos tuvo la mente ocupada en algo. Al tercer día, por la mañana, poco después de que Sox descubriera una pizza entera fosilizada debajo del sofá de la sala de estar, sonó su teléfono. El número de la llamada era local, pero ella no lo reconocía.
—Amas de Casa Anónimas, dígame.
—¿Abbie?
Estuvo a punto de colgar.
—Papá. ¿Dónde estás?
—Estoy en el Holiday Inn Parkside.
—¿Qué? ¿En Missoula? ¿Qué estás haciendo aquí?
—Abbie, ya lo sabes. He venido a verte.
—Pero ¿por qué no me has avisado? Ahora mismo estoy un poco...
—Abbie, cielo. Por favor...
Le preguntó dónde estaba y si podía pasar a verla. Por razones que ni ella misma acababa de entender, no quería que la visitara. Probablemente solo quería hacerle daño, negarle cualquier información a la que él creería que un padre tenía derecho. Le dijo que se reuniría con él en el vestíbulo del hotel al cabo de una hora y colgó.
Inmediatamente se arrepintió de haberlo hecho y le faltó poco para llamarlo y decirle que no iba a acudir. Pero hacía cinco meses que no lo veía, desde aquella cena espantosa antes de Navidad, y no quería que pensara que le concedía mucha importancia. No, iría. Le demostraría lo poco que él significaba ahora en su vida. Como mucho, se tardaba diez minutos en cruzar el puente, y se pasó los cincuenta restantes en un estado febril de confusión, con el corazón latiéndole a toda velocidad, preocupada por lo que le iba a decir y lo cruel que debía ser. Se dio una ducha y se lavó el pelo, y dedicó como mínimo veinte minutos a decidir qué iba a ponerse, mientras se maldecía por ser tan boba. ¿Qué más daba lo que llevara puesto? ¿Qué demonios importaba? Se puso un vestido, se lo quitó y se puso otro, y finalmente se decidió por unos tejanos azules y una camiseta
blanca de manga larga. Sox estaba cada vez más familiarizado con los paseos. Ya no necesitaba correa e iba detrás de ella. Pero el tráfico en el puente podía ser peligroso, de modo que le puso la correa para no tener que preocuparse por él.
Vio a su padre antes de que él la viera a ella. De hecho, la miró directamente una vez, pero no la reconoció, probablemente porque no sabía de la existencia de Sox o porque ella llevaba gafas de sol, quizá porque se había cortado el pelo. Él estaba esperando fuera, debajo del gran pórtico de cemento, y acababa de llegar un autocar lleno de huéspedes, de modo que la entrada estaba abarrotada. Estaba más delgado y tenía el pelo más largo. No paraba de consultar el reloj con nerviosismo. Entonces la vio.
—¡Eh!
Se acercó a ella, la rodeó con los brazos y le dio un beso, y Abbie tuvo que echar mano de toda su fuerza de voluntad para no sucumbir, para no venirse abajo y aferrarse a él. Pero de algún modo lo consiguió. Lo único que le dio a cambio fue un abrazo simbólico. No pensaba ofrecerle nada más. Ni besos ni lágrimas. Nada. Él la cogió por los codos para examinarla.
Abbie se dio cuenta de que su padre estaba haciendo esfuerzos para no llorar.
—¿Qué tal estás, cariño?
—Muy bien. ¿Y tú?
—Estoy bien. Mucho mejor después de verte. ¡Eh! ¿Quién es este? ¿Es tuyo?
—Sí. Se llama Sox.
Se agachó para acariciar las orejas al animal, y Sox se retorció, empezó a saltar y se puso a lamerle la cara sin parar.
—Eh, amigo, ya me he lavado esta mañana.
Él propuso que fueran a comer a algún sitio, pero Abbie dijo que con el perro no era posible. En lugar de ello, subieron paseando a North Higgins para comprar emparedados y zumo, y luego bajaron hasta Caras Park y se sentaron en la hierba contemplando el río y comieron al aire libre. Había una escultura de una trucha enorme que, por alguna razón, parecía inquietar a Sox. Se puso a ladrarle y luego vio una ardilla y la persiguió hasta un árbol, bajo el cual pasó la siguiente media hora, mirándola desde el suelo con la cabeza ladeada y gimiendo de vez en cuando. Su padre le hizo un montón de preguntas sobre la universidad y lo que había estado haciendo, y ella le contestó con respuestas terminantes y objetivas, no
abiertamente groseras pero sí distantes. Lo suficientemente informativas, pero desprovistas de cualquier cosa que pudiera interpretarse como entusiasmo o emoción. Notó que poco a poco él captaba su intención, pues al cabo de un rato dejó
de hacer preguntas y su rostro pareció quedarse sin vida, y al final permaneció
mirando el río, masticando en silencio su emparedado.
—Bueno, ¿qué tal tu nueva vida? —preguntó ella con aspereza. Él se volvió y la miró unos instantes antes de contestar.
—Abbie, lo siento mucho.
Ella soltó una risita y apartó la vista.
—Sé que os he hecho mucho daño. A todos.
—¿Ah, sí?
—Por supuesto.
—¿Sabes una cosa? ¡Creo que no tienes ni puta idea de lo que nos has hecho!
—Abbie, vamos...
—¡No, no me vengas con esas! Nos has destruido. Has destruido todo lo que teníamos. Y crees que puedes presentarte aquí como si nada, decir cuatro cosas bonitas y arreglarlo todo. Pues no puedes, ¿me oyes? ¡No puedes, joder!
En su vida había soltado un taco delante de su padre, y la violencia de la palabra la sorprendió tanto como a él. Por no hablar de las personas que les rodeaban. Ahora la gente los miraba fijamente, y le llenó de satisfacción comprobar lo mucho que aquello molestaba a su padre. «Que miren y que oigan, y que el muy cabrón lo pase mal.» Abbie estaba al borde de las lágrimas y de repente se levantó y se puso a caminar por el césped pavoneándose para ir a recoger a Sox, que seguía vigilando a la ardilla desde debajo del árbol. Cuando volvió junto a su padre, él también se había levantado.
—Cariño, por favor...
—¿Qué?
—No somos la primera familia a la que le pasa esto.
—Ah. ¿Y se supone que eso tiene que hacer que todos nos sintamos mejor?
—No, claro que no. Solo quiero decir que...
—Escucha, papá. No me dijiste que ibas a venir...
—Me habrías dicho que no viniera.
—Bueno, de todas formas, tengo que ir a un sitio.
—¿De verdad?
—Sí. ¿Crees que es mentira o...?
—Entonces podemos quedar más tarde. Para cenar, tal vez.
—Lo siento, no puedo.
Él se quedó tan decepcionado y desolado que Abbie casi se dio por vencida. Casi.
—Abbie...
—Papá, me tengo que ir, ¿vale?
Se acercó a él llevando a Sox en brazos y le dio un beso casi sin llegar a tocar su mejilla. Él trató de abrazarla, pero ella se apartó.
—Adiós.
—Abbie...
Se giró y echó a caminar enérgicamente hacia el puente, y luego subió la escalera que daba a la calle, sin mirar atrás una sola vez. Se preguntaba si él la seguiría y, cuando estaba en mitad del puente, miró hacia atrás en dirección a donde habían estado. Pero él se estaba alejando del parque, con la cabeza gacha, para regresar al hotel.
Más tarde, cuando dejó de llorar, llamó a su madre y le contó lo que había pasado. Le explicó lo terrible que había resultado el encuentro y le dijo lo increíble y egoísta que había sido por parte de él aparecer de repente de aquella manera. Como si después de lo que había hecho pudiera chasquear los dedos y conseguir que la gente acudiera corriendo. Su madre la escuchó emitiendo sonidos de asentimiento, pero a Abbie le dio la impresión de que no la estaba escuchando con toda la atención que merecía.
—¿No te parece increíble? —dijo.
—Cariño, es tu padre.
—¿Qué?
—Te quiere mucho. A lo mejor deberías darle un respiro.
—Ah, ¿así que piensas que soy yo la que está siendo poco razonable?
Su madre suspiró y dijo que no con un tono de voz cansino. Trató de explicarle lo que quería decir, pero Abbie no quería escucharla. Dios. Era surrealista que una mujer tuviera que disculpar al hombre que acababa de abandonarla. ¿Qué era ella, un felpudo? Su madre cambió de tema y le preguntó si iba a volver pronto a casa. Abbie dijo que todavía no lo había
decidido, pero que probablemente se quedaría en Missoula y buscaría trabajo.
—¿Y si Josh y yo vamos a verte? Podríamos ir juntos a algún sitio bonito.
—Claro.
—Vale, vamos a pensarlo. Ah, casi se me olvida, te ha llamado un chico, dijo que os conocisteis en Seattle. Ralph, creo que dijo.
—Rolf.
—Rolf, eso. Va a volver a llamar. ¿Te molesta que le dé tu número de móvil?
Abbie meditó un instante. No había vuelto a pensar en él desde hacía meses.
—No, claro —dijo—. No me importa.
Capítulo 17
Todo el mundo estaba apiñado contra la barandilla de la derecha del barco: a babor. ¿O era estribor? Josh nunca se acordaba de si dependía del lado hacia el que uno estuviera mirando. Mucha gente había llevado prismáticos y casi todos tenían cámaras. Su padre había olvidado ambas cosas, algo que a Josh no le importaba. Algunos idiotas incluso estaban haciendo fotos en ese momento de una amplia extensión de mar, donde las únicas señales de vida eran tres barcos parados repletos de idiotas similares.
Desde allí se podían ver los patéticos flashes de sus cámaras. Como si con aquello bastase para iluminar la cola de una ballena a medio kilómetro de distancia. Y eso en el caso improbable de que una ballena decidiese salir a la superficie. Josh se imaginaba a aquellas personas al volver a sus casas, enseñando las fotografías de las vacaciones a sus amistades. «Y aquí hay una del mar. Y aquí otra... y otra.» De todas formas, lo más probable era que todo fuese una estafa. Ya llevaban allí dos horas y únicamente habían visto a unas cuantas gaviotas aburridas. Seguro que no se divisaba una sola ballena a la altura de cabo Cod desde hacía cien años.
—¡Aquí! ¡Mirad!
Alguien situado detrás de ellos al otro lado del barco —siempre había algún listillo— estaba gritando y apuntando con el dedo, y todo el mundo se giró y echó a correr en dirección a él. El propio Josh se había planteado gastar aquella broma gritando: «¡Por allí sopla una!» cuando todos estuvieran desprevenidos. La gente se giraría y él les diría: «¡Capullos!» o