Cuando el abismo separa

Nicholas Evans · Capítulo 1 de 1 · parte 7/16

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Cuando el abismo separa

Agradecimientos .......................................................................... 5

Este capítulo es largo, así que está dividido en 16 partes.

Si ella no se hubiera sentido tan cómoda y desenvuelta, quizá no hubiera dicho lo que dijo. Se trataba de la clase de comentario capaz de parar los pies a los hombres. Y, más tarde, al volver la vista atrás, a Ben le pareció un milagro que un seductor tan inepto como él no se hubiera hecho un ovillo y se hubiera escondido debajo de la mesa. Pero cuando acabaron de cenar y, por primera vez en toda la noche, se hizo el silencio y se quedaron mirando

el uno al otro de una forma que parecía expresar en enormes letras de neón:

¿y ahora, qué?, ella bebió un trago, dejó

la copa y dijo:

—Bueno, Ben. Dime por qué has venido realmente.

Lo dijo con dulzura y con una sonrisa que no resultaba ni socarrona ni reprobatoria. Y en lugar de encogerse de miedo o vergüenza, y haciendo tan solo una breve pausa sin apartar la mirada, Ben le dijo simplemente que se había enamorado de ella. Le dijo que desde la noche de su fiesta de cumpleaños en La Divisoria no había podido dejar de pensar en ella. Que nunca antes había sentido algo tan intenso por una mujer.

Aquella declaración asombrosa (incluso para él mismo) no era algo que Ben tuviera ensayado o preparado. No era su versión torpe de la técnica de seducción del maestro Martin. Y al oírse a sí mismo revelar sus verdaderos sentimientos en una

especie de parodia de confesionario, supo el imprudente riesgo que estaba corriendo y que lo más probable era que aquello la ahuyentase. Pero no se detuvo. Siguió hablando en voz baja y mesurada y le dijo que desde la noche que habían pasado en Nueva York había estado volviéndose loco, preguntándose qué

hacer y cómo conseguir volver a verla, y que había intentado escribirle una carta varias veces, pero que no había logrado dar con las palabras adecuadas. Hablaba dirigiéndose principalmente a sus manos, que tenía juntas sobre la mesa delante de él. De vez en cuando alzaba la vista para valorar el efecto que podían estar teniendo sus palabras, pero lo único que detectaba era una nula sorpresa. Entonces, justo cuando estaba acabando, ella le miró las manos y Ben se dio cuenta de que durante todo aquel rato había estado toqueteándose la alianza de matrimonio.

Sonrió y se encogió de hombros.

—Bueno, ya lo he dicho —declaró.

Se hizo un largo silencio. Ella se recostó y lo miró fijamente.

—Vaya —dijo, por fin—. No sé qué decir.

—Lo siento. No tienes por qué decir nada.

—Ah, está bien.

—No. Lo que quiero decir es que al preguntarme que por qué había venido, era evidente que sabías que no era solo por los cuadros. Así que pensé: «Qué narices.

¿Por qué fingir? Cuéntaselo».

Ella cogió la copa y bebió, sin dejar de mirarlo en ningún momento.

—¿Así que al final no era mi obra lo que te interesaba?

—Tus cuadros son maravillosos.

—Entonces, ¿el trabajo es mío?

—Si lo quieres.

—¡Uf! Bueno, eso es lo único que importa.

Se quedaron un rato sonriéndose con tristeza el uno al otro.

—¿No se supone que deberías decir que Sarah no te entiende?

—En realidad sí que me entiende. Probablemente demasiado bien. Pero ya no somos las mismas personas. Te agradecería que te taparas los hombros. Ella se puso la chaqueta despacio.

—Aunque a lo mejor no es tan buena idea —dijo él.

—Dime, ¿sueles hacer esto a menudo?

—No.

—Eso me parecía.

—Gracias.

La camarera se acercó y preguntó si habían terminado, y se quedó un tanto desconcertada al ver que ellos se echaban a reír. Ben pidió la cuenta.

Cuando la mujer desapareció, Eve alargó el brazo por encima de la mesa y le cogió la mano.

—Ben, me gustas mucho. Pero nunca he tenido una relación con un hombre casado y no pienso empezar ahora. Si estuvieras libre sería distinto.

Se dieron un beso de despedida en la calle como buenos amigos y ella se marchó colina arriba sin mirar atrás. Había dejado de nevar, pero él tuvo que quitar

unos buenos quince centímetros de nieve del parabrisas del coche. Se encaminó hacia el hotel en un estado de euforia juvenil. Y a la mañana siguiente, mientras el avión en el que viajaba se ladeaba hacia el norte y el este contra el cielo sin nubes color cobalto, contempló cómo las montañas formaban surcos a través del desierto y experimentó una suerte de lucidez.

Se dirigía a casa. Pero se trataba de una palabra cuyo significado había cambiado, un lugar que, en el fondo de su corazón, ya había abandonado.

Aunque en realidad Eve no lo había dicho, Ben la había oído decir que accedería a estar con él si antes se liberaba. Y con la dicha temeraria del ignorante, ya había iniciado el proceso.

Capítulo 12

Era difícil perderse en Missoula aunque uno lo intentase. Allí donde uno estuviera, lo único que tenía que hacer para orientarse era mirar a su alrededor y buscar la gran letra M, grabada en relieve sobre un fondo blanco en mitad de la empinada elevación cubierta de hierba que se alzaba en la orilla sur del río Clark Fork. Pese a no ser más que una colina, se llamaba monte Sentinel, y si se tenían las piernas, los pulmones y la inclinación a recorrer a pie el sendero que ascendía sinuosamente por ella, desde la altura del letrero se podía mirar al otro lado del pueblo y contemplar una imagen del bosque y la montaña espolvoreada con la nieve de principios de otoño digna de un folleto turístico. Si el caminante conseguía apartar la vista del paisaje, al mirar abajo, justo por encima de la puntera de sus botas, veía el campus de la Universidad de Montana que se extendía al pie de la colina. Era un lugar tranquilo y agradable, aunque los edificios más antiguos, construidos con ladrillo rojo un siglo antes, parecían esforzarse por exhibir una majestuosidad que era evitada por los más modernos. El centro del campus era una amplia extensión de hierba conocida como el Óvalo, donde en verano a los estudiantes les gustaba tomar el sol y jugar al disco volador. Atravesado por caminos de piedras grises y adoquines rojos conservados de las calles del centro de viejo Missoula, había sido embellecido con imponentes olmos que habían ido enfermando uno a uno. Aparte de unos pocos pinos amarillos, sus sucesores

—arces, robles rojos y acacias negras— todavía parecían tiernos y frágiles.

Para protegerlos, había un enorme oso pardo colocado sobre un pedestal de cemento gris en la entrada oeste del Óvalo.

El animal se alzaba sobre las patas traseas, mirando a lo lejos, con la boca abierta en un silencioso rugido esculpido en bronce, como si percibiera un ataque inminente. Y para aquellos que conocían su historia reciente, la postura del oso no resultaba inadecuada. Y es que durante los treinta y tantos años que llevaba allí, la universidad había sido objeto de frecuentes y brutales asaltos. El sector conservador de la población de Montana —y aquello significaba la mayor parte de ella—

contemplaba el lugar como una olla a presión que bullía con el veneno liberal, cuya dosis más potente se elaboraba en el edificio situado justo detrás del hombro del oso. El edificio Rankin se erguía sobre una base de roca toscamente labrada, y sus doce macizos escalones conducían a una puerta de dos hojas con forma de arco flanqueada por columnas clásicas. En el vestíbulo, entre los carteles, las caricaturas y los anuncios de próximos

conciertos y exposiciones, había una fotografía enmarcada en tono sepia de la mujer cuyo apellido daba nombre al edificio. Con su sombrero de plumas, su camisa de cuello alto y su traje apagado, Jeannette Rankin, sufragista, pacifista y primera mujer elegida para la Cámara de los Representantes de la nación,

parecía una figura demasiado recatada para presidir semejante semillero de polémica. Sin embargo, aquello era precisamente lo que ella hacía allí, pues el edificio Rankin era la sede del programa de ecología de la universidad que gozaba de tan mala fama.

Nacido durante los años de protesta contra la guerra de Vietnam, el programa contaba con el discreto orgullo de preparar a activistas que, según afirmaban sus críticos, habían contribuido a la ruina de la economía del Estado robando el dinero de miles de trabajos del sector de la minería y la explotación forestal; como supuesta consecuencia de ello, los habitantes de Montana tenían ahora los cuadragésimo sextos peores ingresos per capita de la Unión. Aunque la realidad era más compleja, los esfuerzos de los conservadores por clausurar el programa no se habían visto alterados.

Constantemente se llevaban a cabo intentos por controlarlo y reducir sus fondos. Los profesores eran acusados de premiar a los estudiantes que se manifestaban, que clavaban clavos en los árboles para disuadir a los leñadores de su tala o que se encadenaban a los camiones que transportaban troncos. En una ocasión, basándose en la patética suposición de que un mapa de los bosques de Montana con chinchetas de colores clavadas constituía en realidad un plan maestro del sabotaje forestal, los agentes federales habían irrumpido en el edificio empuñando armas, para poco más tarde ser expulsados con chorretones de huevo en la cara. Cuando Abbie Cooper se propuso ir a aquella universidad, no sabía nada de aquello. Y de haber sido así, no le habría dicho una palabra a nadie, sobre todo a su abuelo, que no solo consideraba su decisión aberrante, sino también prácticamente una afrenta personal. Su madre se había puesto de parte de él, quizá un poco a regañadientes, y había repetido la opinión de su abuelo, quien decía que era un pecado que alguien con el talento de Abbie al menos no echase un vistazo a Harvard primero. Como era de esperar, el padre de Abbie estaba de su lado. Pero como concesión a su madre y su abuelo, ella accedió a hacer una visita y, bajo una llovizna grisácea que se confabuló contra ella, recorrió penosamente Cambridge y más tarde («Vamos, cariño, solo está carretera abajo») Wellesley.

A nadie le sorprendió que por la tarde anunciara, con un tono considerablemente melodramático, que preferiría hacer de reponedora en un supermercado a ir a cualquiera de aquellos dos centros. Y fue entonces cuando su madre se dio por vencida y llegaron a un acuerdo. Iría a la Universidad de Montana, donde, como cabía esperar, le habían prometido una plaza para el otoño. Naturalmente, se especializaría en ecología.

El verano que siguió a la graduación en el instituto fue el mejor de su vida. Pasó

dos semanas en Wyoming con Ty trabajando en el rancho. Había, pensado quedarse más tiempo, pero él se estaba entusiasmando demasiado, y aunque le gustaba mucho, Abbie no estaba preparada para la clase de compromiso que él parecía desear.

Dos semanas antes de lo previsto, voló a Vancouver e ingresó en Greenpeace. El trabajo no era ni muy duro ni verdaderamente emocionante, pero la gente que conoció lo compensó sobradamente e hizo muchas amistades. Lo más destacado eran las excursiones que hacían en kayak por el mar, explorando ensenadas situadas

más arriba de la costa. Observaban a los osos pescar salmones en los bajíos y remaban a lo largo de las manadas de orcas, tan cerca de ellas que podían estirar la mano y tocarlas. De noche acampaban junto a la orilla y escuchaban los soplidos de las ballenas y los aullidos lejanos de los lobos en el bosque que los rodeaba. Las únicas sombras de aquellos largos e idílicos días eran las aves marinas que hallaban muertas o moribundas en las charcas marinas, con las alas cubiertas de residuos petrolíferos.

Salvaban a todas aquellas que podían, pero la mayoría había muerto hacía tiempo. La visión de su sufrimiento encendía la ira en el corazón de Abbie.

Volvió a casa en agosto, con una semana escasa para prepararse para la universidad. Su madre estaba crispada y parecía más frágil que nunca, y se advertía en ella una tristeza que Abbie no había visto antes. Su padre también parecía en cierto modo distinto, más callado y un poco más preocupado. Cuando le preguntaba, su madre le quitaba importancia diciendo que los dos tenían mucho trabajo y que no habían podido tomarse vacaciones. Josh acababa de volver a casa después de estar un mes con los Bradstock en el lago Michigan y pasó la mayor parte de la semana hablando por teléfono con Katie o cariacontecido en su habitación. A Abbie todo le resultaba un poco deprimente.

La noche antes de viajar a Missoula, su madre entró en su cuarto cuando Abbie estaba preparando su equipaje. De repente, la imagen pareció sobrepasarla y se vino abajo y se echó a llorar. Abbie la rodeó con los brazos.

—Lo siento. No era mi intención —dijo, sorbiéndose la nariz e intentando parecer alegre—. Me estoy portando como una boba. Creo que a las madres se nos permite soltar unas cuantas lágrimas cuando nuestras hijas se van de casa.

—Oh, mamá. Voy a volver.

—Ya lo sé.

—¿Seguro que eso es lo único que te pasa?

—¿Por qué? ¿No te parece bastante? Te lo vas a pasar estupendamente y me da envidia, eso es todo.

La habitación de Abbie en la Universidad de Montana estaba en el edificio Knowles, un inmueble pulcro pero poco atractivo compuesto de cuatro plantas de ladrillo y cemento cuyo único detalle caprichoso consistía en un porche festoneado de blanco lleno de bicicletas. Se hallaba junto al Óvalo, en una acera bordeada de arces que por aquellas fechas, después de la primera helada rigurosa del otoño, estaban pasando del naranja encendido al rojo. La habitación propiamente dicha, ubicada en mitad de uno de los seis pasillos idénticos, estaba amueblada con dos camas, dos escritorios, dos sillas y dos sencillas estanterías de madera de pino, que Abbie y su compañera de habitación habían dispuesto para crear una sensación de intimidad. Por suerte, y sorprendentemente, las dos se llevaban bien.

Melanie Larsen procedía de un pueblecito de las afueras de Appleton, Wiscosin. Era hija de un granjero y su aspecto así lo confirmaba. Rubia, colorada y con unos muslos y unos hombros que hacían pensar que podría sacar un tractor de un pantano

sin ayuda, ella también se iba a especializar en ecología. Mientras que las paredes del rincón de Abbie estaban decoradas con pósteres de montañas y animales salvajes y de héroes como John Lennon y el Che Guevara, las de Mel solo lucían tres fotografías con bonitos marcos en las que aparecían su madre y su padre, sus cuatro hermanos, y ella abrazando a una vaquilla que había ganado todos los premios en un concurso local.

Mel era tan bulliciosa y sociable que, al cabo de un par de meses, su habitación se había convertido en una especie de epicentro social. La puerta rara vez se hallaba cerrada. Sin embargo, aquel día sí lo estaba. Y el bloc

que había pegado a ella con un bolígrafo que colgaba de una cuerda, era todo un mosaico de mensajes. Eh, chicas, ¿dónde os metéis? Chuck/Rooster

¡Mel, tengo entradas para el concierto! Llámame. Jazza Abigail, tía buena, ¿qué vas a hacer esta noche? B XXX

Y otros por el estilo. Era la hora de comer y normalmente sus amigos se dejaban caer por allí con cafés y emparedados que acababan de comprar en La Peak, el pequeño café que había al otro lado del pasaje del Lommason Centre. Cada pocos minutos, sus amigos pasaban de uno en uno o de dos en dos por el pasillo y veían la puerta cerrada. Fruncían el ceño, llamaban a la puerta y se quedaban escuchando un momento, y al no oír nada, se encogían de hombros, garabateaban un mensaje y se iban otra vez por el pasillo arrastrando los pies en dirección al hueco de la escalera. Abbie y Mel no estaban en casa y nadie sabía por qué.

Abbie estaba empezando a desear haberse quedado. El dolor se estaba volviendo tan intenso que temía que no fuera a aguantar. Lo notaba en forma de espasmos nauseabundos que la dejaban al borde de las lágrimas.

Pero no estaba dispuesta a dejar que la vieran llorar. No había ninguna parte del cuerpo que no le doliera. Le dolían músculos que no sabía que tuviera.

Durante las últimas cinco horas había estado sentada sujeta por el cuello a una puerta de metal. Parecía que llevara allí cinco días. El candado era como el que se usaba para las bicicletas, con forma de U y hecho de acero templado, y la barra a la que estaba sujeta era tan alta que notaba como si la columna se le hubiera estirado varios centímetros. Cada vez que trataba de relajarse, el candado la dejaba agarrotada. Los moretones del cuello se le debían de haber inflamado, porque parecía que el candado le apretaba cada vez más. No paraba de repetirse que no se dejase dominar por el pánico.

Había sido una mañana soleada y, para estar a finales de octubre, más templada que de costumbre. Pero el viento había cambiado de dirección hacia el norte, aparecieron unas grandes nubes y la temperatura había empezado a bajar de golpe. El frío húmedo del camino de tierra roja había conseguido penetrar la lona alquitranada que le habían dado para que se sentara, así como todas las capas de ropa impermeable y térmica que llevaba, y ahora le subía por todos los huesos del cuerpo como una neblina gélida. Lo único que podía hacer era esperar que pronto se quedase entumecida.

—¿Cómo lo llevas, hermana? —preguntó Hacker.

Abbie forzó una sonrisa. Incluso aquello dolía.

—Genial —dijo ella.

—¿Tienes frío?

—No, estoy bien.

A esas alturas se había organizado una buena fiesta. Incluyendo a Abbie y a sus diez compañeros de protesta, probablemente había unas cuarenta o cincuenta personas y una flota entera de vehículos aparcados colina abajo; al mirar vio que paraba otro más. Había agentes del Servicio Forestal, el sheriff del condado y todo un ejército de ayudantes, gente de la compañía maderera, reporteros y fotógrafos, todos ellos situados alrededor, mirando, charlando y esperando a que pasara algo. Incluso el alegre hombrecillo del Servicio Forestal que se había pasado la mañana entera grabándolo todo en vídeo parecía haberse quedado sin ideas y se hallaba ahora apoyado en el capó de su camioneta con la misma cara de aburrimiento que los demás.

Las interferencias y los barboteos de una docena de radios de onda corta y la constante vibración subterránea del helicóptero que había estado izando pinos talados en el valle toda la mañana resonaban en el aire helado. La camioneta que acababa de llegar pertenecía a una cadena de televisión local. La reportera y el cámara subían tranquilamente por la colina en dirección a ellos. Hacker inició el cántico una vez más.

¡La explotación forestal se tiene que acabar!

¡La explotación forestal se tiene que acabar!

—¡Vamos, chicos, que siga el espectáculo!

A su insidiosa manera, el cántico resultaba ahora casi tan doloroso como el candado que llevaba alrededor del cuello, pero Abbie se obligó a unirse al grupo. Utilizando la menor cantidad de músculos posible, miró de reojo y vio a Scott y a Mel, que se hallaban igualmente sujetos a lo largo de la puerta. Dios, parecían tan fuertes y relajados, incluso felices, cantando con todas sus fuerzas. Abbie se sintió

como una debilucha.

¡El Servicio Forestal se tiene que acabar!

¡El Servicio Forestal se tiene que acabar!

En el margen de su campo de visión, en el lado de la puerta situado cuesta arriba, vio que Todd y P. J. se habían vuelto a poner sus gigantescos disfraces de trucha confeccionados con papel maché y estaban bailando un vals de forma ridicula ante la cámara de televisión. Parecían un par de canoas borrachas con piernas. A unos seis metros por encima de ellos, suspendido todavía con su arnés junto a la pancarta que habían sujetado a

unos árboles situados a ambos lados de la carretera, Eric empezó a tocar nuevamente su acordeón. Su repertorio compuesto de cuatro canciones estaba empezando a resultar un poco cargante. En la pancarta ponía:

«Basta ya de matar los bosques de Montana».

¡La avaricia empresarial se tiene que acabar!

¡La avaricia empresarial se tiene que acabar!

La reportera de televisión se detuvo a hablar con el sheriff y los del Servicio Forestal a unos cincuenta metros de distancia, mientras el cámara se acercaba a la puerta y se ponía a hacer fotos de las truchas danzarinas y de Abbie, Mel y Scott. Abbie hizo todo lo posible por mostrarse dura y desafiante, y tuvo la vanidad de esperar ser entrevistada y conseguir sus quince minutos de fama. Pero cuando la reportera subió la colina, solo quiso hablar con Hacker.

Ella y el cámara lo situaron ante la puerta para que las truchas danzarinas y la pancarta se pudieran ver detrás de él. Con su tono seguro, explicó que estaban bloqueando la carretera para detener una venta de árboles ilegal, y que la compañía maderera, pese a fingir que estaba retirando árboles muertos que podían provocar incendios, en realidad estaba talando árboles verdes con el silencioso consentimiento del Servicio Forestal.

Por la forma experta en que pronunciaba las jugosas citas, se notaba que había hecho aquello antes. Joel «Hacker» Hackman, veterano con cientos de actos similares a sus espaldas y tantas otras detenciones, era una de las leyendas menores de la ecología en Missoula. Parcialmente calvo, con barba y la constitución de un oso con barriga cervecera, tenía por lo menos quince o veinte años más que el resto de ellos. Se había licenciado en ingeniería forestal por la Universidad de Montana a principios de los ochenta y no había vuelto a su casa en Omaha, Nebraska («¿Por qué habría de hacerlo?», le gustaba bromear, antes de que otro lo dijera). Se había construido una cabaña en la región de las Bitterroots y había fundado una pequeña organización llamada Acción Forestal, cuyo objetivo principal, si no el único, consistía en hacer la vida imposible al Servicio Forestal y a las compañías madereras. Abbie y Mel lo habían conocido dos meses antes durante su primera semana en la universidad, cuando estaban echando un vistazo a los distintos grupos medioambientales de la zona. Cautivadas y llenas de motivación, habían hecho tareas de voluntariado para él desde entonces, lo que hasta la fecha significaba principalmente llenar sobres.

Hacker había estado casado y tenía un hijo de catorce años al que adoraba, pero actualmente no lo veía con mucha frecuencia, pues el muchacho se había mudado con su madre a Santa Bárbara. Nadie sabía con seguridad si la mujer se había cansado más de tener que pagar la fianza para sacar a Hacker de la cárcel cada pocos meses o de su legendario éxito con las mujeres. Había intentado ligar con Abbie en un par de ocasiones, y la segunda vez, en una fiesta a altas horas de la noche y después de beber demasiado, ella había estado a punto de sucumbir. Sin duda lo encontraba más atractivo que los chicos que había conocido hasta entonces en la Universidad de Montana: tipos como Scott y Eric, con los que se divertía pasando el rato, pero que eran un poco inmaduros. Por las miradas de complicidad que Hacker le había estado lanzando desde entonces, Abbie sabía que él la consideraba un asunto pendiente.

Para ser sincera, la perspectiva no le desagradaba, y tal vez lo único que la refrenaba era su sentido de la lealtad hacia Ty, que resultaba confuso y estaba

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matizado por un ligero sentimiento de culpabilidad. Durante los dos meses que había estado en Missoula solo se habían visto una vez, cuando él había viajado desde Wyoming para pasar un fin de semana con ella. Y

aunque se había alegrado de verlo, lo había encontrado poco elegante y fuera de lugar entre su grupo de amigos universitarios más sofisticados, con su sombrero, sus botas y sus modales educados y anticuados.

La reportera de televisión que estaba entrevistando ahora a Hacker era una mujer de unos treinta años con la cara demacrada. Llevaba un voluminoso anorak negro con capucha de pelo que hacía que pareciera que estaba siendo engullida por un oso. Estaba escuchando el monólogo de Hacker con una media sonrisa que expresaba al mismo tiempo condescendencia y desaprobación. Aunque tal vez simplemente estuviera aburrida y tuviera frío, como Abbie.

—¿Y qué hay de los peces que bailan?

—Este arroyo es una de las últimas zonas buenas que quedan para el desove de la trucha —dijo Hacker—. Al despoblar estas laderas, como están haciendo ahí abajo ahora mismo con el helicóptero, toda el agua se escapa del arroyo y arrastra la tierra mineral con ella. Los sedimentos se acumulan y los peces dejan de desovar. Se mata a los árboles y a los peces.

Es la clase de avaricia empresarial imprudente a la que estamos acostumbrados en Montana.

Justo cuando la entrevista estaba concluyendo, se oyó el sonido de un vehículo que bajaba por la colina al otro lado de la puerta y luego un prolongado toque de bocina. Hacker se volvió para mirar y, por primera vez, la reportera mostró interés. Le dijo al cámara en un susurro que siguiera grabando. El sheriff y sus ayudantes y los hombres del Servicio Forestal subieron a toda prisa en dirección a ellos. Abbie se preparó para el dolor y se giró justo a tiempo para ver cómo las truchas se apartaban de un salto y dejaban paso a una camioneta roja salpicada de barro. El vehículo se detuvo en seco a escasos centímetros de la puerta emitiendo un chirrido.

—¿Qué pasa?

—Son los taladores —dijo Hacker en voz queda.

Las puertas de la camioneta se abrieron y cuatro hombres salieron para ver qué

estaba ocurriendo. Llevaban gorras y lucían expresiones de desagrado mezclado de diversión. Todos ellos excepto uno, que a juzgar por su paso decidido y arrogante parecía ser el que estaba al mando, eran más o menos

de la misma edad que los protestantes. Pero aquello era lo único que tenían en común. Al lado de ellos, incluso Hacker parecía un muchacho. Dio un paso adelante con una sonrisa de camaradería.

—Hola, amigos. Perdonad por las molestias. Estamos protestando pacíficamente por la tala ilegal que se está llevando a cabo. El capataz, en caso de que lo fuera, no contestó, sino que se limitó a mirarlo y pasó de largo en dirección al otro extremo de la puerta. Tenía una coleta y un pendiente, y su boca pequeña y prieta se hallaba rodeada por una barba de forma redondeada y un bigote. Con los pulgares engarfiados en las presillas del cinturón de sus tejanos, pasó tranquilamente por delante de Mel y Scott y les lanzó una mirada despectiva como si se encontrase ante una forma inferior de vida. Se detuvo delante de Abbie y se quedó allí, masticando algo y mirándola fijamente con una extraña

media sonrisa.

—Debe de estar bien no tener que hacer nada en todo el día y poderte quedar con el culo sentado —dijo él.

—Desde luego es mejor que matar árboles como idiotas —dijo Abbie.

Vio que Hacker fruncía el ceño y se preguntó por qué. El capataz entornó los ojos. Hundió los carrillos, giró la barbilla ligeramente y escupió un amasijo de tabaco negro que cayó en el camino a escasos centímetros de la bota de ella. Abbie sintió el impulso repentino de darle una patada en las pelotas, pero decidió que tal vez no fuera una decisión acertada.

—¿A quién has llamado idiota, putita abrazaárboles?

Hacker dio un paso adelante. La cámara de televisión seguía grabando.

Casi se podía ver a la reportera babeando de emoción.

—Eh, chicos, tranquilos —dijo Hacker.

A Abbie le latía el corazón a toda velocidad. Tenía la esperanza de no parecer la mitad de asustada de lo que estaba. Por suerte, justo en ese momento llegaron dos de los ayudantes del sheriff e Iverson, el agente de mayor rango del Servicio Forestal. Era alto, tenía un bigote rubio rojizo y unas gafas de montura dorada, y tocado con su sombrero parecía una figura mucho más autoritaria que el sheriff menudo y rechoncho que avanzaba tras él jadeando. Aquel hombre se había ocupado de la protesta durante todo el día haciendo gala de un buen humor firme pero cortés.

—Está bien, esto va por todos. Que nadie pierda la calma.

—No tenemos nada en contra de vosotros, amigos —dijo Hacker al capataz—. Sabemos que solo estáis haciendo vuestro trabajo. Son vuestros

jefes los que deberían tener más sentido común.

El hombre se giró para situarse de cara a él.

—Tú también estás diciendo que somos unos putos ignorantes.

—No, señor. No estoy diciendo eso. Comprendemos que tienen que ganarse la vida...

—Llevamos desde las cinco de la mañana rompiéndonos los cuernos a trabajar y queremos irnos a casa, ¿vale?

—Lo siento, pero...

—Abre la maldita puerta.

—Está bien, caballeros, ya basta —dijo Iverson, situándose entre ellos con las manos levantadas y colocándose de cara al talador—. Señor, si usted y sus compañeros son tan amables de volver a su vehículo, nosotros intentaremos solucionar el problema.

Al cabo de veinte minutos de negociación, el momento que tanto había estado esperando Abbie llegó. Alguien sacó las llaves de los candados de bicicleta, y Hacker los fue liberando uno a uno: primero a Mel y a Scott, y luego a Abbie. Cuando se arrodilló junto a ella, Abbie pensó que le diría que lo había hecho bien o que le preguntaría qué tal se encontraba, pero no dijo una palabra y ni siquiera la miró a los ojos.

Cuando se levantó, tenía las articulaciones como si se le hubieran congelado y estuvo a punto de caerse. Pero sin duda era agradable estar libre. Todos se hicieron a

un lado, y cuando la camioneta de los taladores pasó por delante, vio que el capataz la miraba fijamente a través del cristal. Aquella mirada le hizo desear que no volvieran a encontrarse jamás.

El viaje de vuelta a Missoula duró casi tres horas, y entraron en el primer restaurante que encontraron y recobraron energías comiendo pizza, patatas fritas y tarta de chocolate, todo ello acompañado de café caliente en abundancia. Todos estaban muy animados y se reían y bromeaban mientras evocaban de forma alborotada los acontecimientos del día. Todd y P.J. no paraban de tomarle el pelo a Abbie por lo que le había dicho al talador, imitando su acento ligeramente altivo de la costa Este, en el que ella no había reparado hasta hacía bien poco.

—¡Fuera de aquí, asesino de árboles idiota! —gritó Todd.

Ninguno de sus comentarios tenía mala intención, y Abbie les devolvió las bromas. Eric dijo que iba a escribir una nueva canción titulada

«Asesinos y abrazaárboles», y ella le replicó que si alguien necesitaba una

canción nueva era él. Luego pasaron a hablar de la posibilidad de ir a Seattle al mes siguiente, después del día de Acción de Gracias, para protestar contra la reunión de la Organización Mundial del Comercio. Todd, que ya estaba haciendo pancartas, dijo que iba a ser un desmadre y que todo el mundo iba a acudir. Apretujada entre sus nuevos amigos, unida a ellos por la juventud, la aventura y el idealismo exaltado, y a medida que el frío de sus huesos se transformaba en una sensación de bienestar cálida y reconfortante, Abbie se sentía alegre, orgullosa y ridiculamente heroica.

Cuando salieron, había oscurecido. Mientras se dirigían hacia el aparcamiento a por sus coches, se quedó a solas un momento con Hacker.

—Has estado bien —dijo él.

—Gracias.

—¿Se te ha descongelado ya el trasero?

—Casi.

—Lo que le dijiste a aquel tío fue un error, ¿sabes? Lo convertiste en tu enemigo.

—No parecía precisamente que quisiera ser mi amigo.

—Puede que no. Pero es mejor hacerle sonreír que escupirle. Hay que seguir la norma que dice «Calma la tensión, no la aumentes». Con un solo comentario sarcástico, todo el ambiente saltó por los aires.

—Lo único que dije fue...

—Todos oímos lo que dijiste. La cuestión es que lo dejaste en ridículo y eso le sacó de quicio. Es a la gente como él a la que tenemos que convencer.

—Lo siento.

—No pasa nada. Solo te lo digo para que lo sepas la próxima vez. Abbie se sintió ridícula. Hacinada con media docena de compañeros en la parte trasera de la vieja furgoneta Volkswagen de Hacker, estuvo meditando un rato. Siendo como era una perfeccionista orgullosa, nunca recibía bien las críticas, aunque fueran bienintencionadas. Pero no iba a dejar que aquello le amargase el día ni a permitir que Hacker se enterase de que la había ofendido, y cuando llegaron a Missoula estaba riéndose otra vez con los demás.

El plan consistía en volver a la casa de Todd y Eric, una vivienda destartalada situada en la Cuarta que daba al río por la parte de atrás. Pero cuando pararon en la licorería a comprar un barril de cerveza, Abbie dijo que tenía que trabajar y que iba a volver a la residencia. Hacker se ofreció a llevarla, pero ella dijo que le apetecía caminar.

—Sin rencor —dijo él en voz baja.

—Claro.

Les deseó buenas noches a todos y le dio las gracias a Hacker educadamente por el paseo y por haberla dejado ir con ellos. Pero no pensaba volver a llenar ningún sobre para él ni en broma. Y en cuanto a acostarse con él, quizá cuando las ranas criasen pelo.

Capítulo 13

A Sarah nunca le había entusiasmado el día de Acción de Gracias.

Suponía demasiado trabajo y demasiada tensión, elementos que parecían multiplicarse cada dos años, cuando les tocaba recibir a la madre de Benjamin. Cuando el padre de él estaba vivo, sus suegros siempre se quedaban en casa y —de nuevo, cada dos años—

Sarah y Benjamin viajaban a Kansas, donde surgían tensiones de distinto orden (la mayor parte de ellas entre Benjamin y su padre), ante las que Sarah se sentía más como una espectadora que como una participante y podía relajarse un poco. Si alguien le hubiera dicho que un día sentiría nostalgia por aquellas celebraciones de Acción de Gracias en Abilene, jamás lo habría creído.

Había metido el pavo en el horno a las ocho y media, y al mismo tiempo que se iba caldeando, también lo hacía el ánimo de Sarah. Cada veinte minutos más o menos, Margaret aparecía en la cocina para preguntar si podía hacer algo, y por muchas veces que Sarah le diera las gracias y le dijera que todo estaba bajo control y que no hacía falta, ella no dejaba de rondar por allí haciendo pequeños comentarios sobre la forma en que estaba preparando la cena. Le parecía muy «interesante» que Sarah embadurnase el pavo tan pocas veces y muy «raro» que no enharinase las patatas asadas.

Sarah había dejado que la ayudara a poner la mesa de la cena, más para librarse de ella que para otra cosa, pero incluso entonces Margaret había ido a buscar la plancha para alisar las arrugas del mantel de lino blanco. La ofensa definitiva fue el reajuste que Margaret hizo del centro de mesa de mahonias y lilas que Sarah había tardado una hora en preparar la noche anterior. La pobre mujer seguramente no era consciente de que cualquiera de sus actos podía ser interpretado como una crítica, pero justo cuando Sarah se estaba diciendo que no debía actuar como una paranoica y que su suegra tenía buenas intenciones, la sorprendió deslizando un dedo furtivamente por un estante para ver si tenía polvo.

Luego estaban las historias, repetitivas hasta la saciedad, sobre amigas o vecinas de Abilene, casi siempre gente que Sarah no conocía, o sobre algo que había aparecido en un programa de televisión que ella no había visto nunca, o sobre una heroica o divertida escapada de Benjamin cuando era niño que todos habían oído ya veinte veces.

Margaret Cooper era una mujer menuda y redondeada, con una permanente enlacada de color gris y una sonrisa constante y nada convincente en la que la boca ejercía un protagonismo absoluto, mientras que los ojos permanecían impasibles. A sus casi ochenta años, seguía siendo robusta y meticulosa en su apariencia. Pero durante los doce meses que hacía que Sarah no la veía, la repetición se había vuelto casi implacable. Aunque uno le comunicase con delicadeza que ella ya le había contado alguna cosa, la mujer insistía en contarlo otra vez. Mientras tanto, Benjamin había desaparecido, como acostumbraba a hacer cuando su madre venía de visita. Se había pasado la mayor parte de la mañana encerrado en su estudio hablando por teléfono, probablemente con Martin o Eve Kinsella sobre los espantosos cuadros que ella estaba haciendo para su nuevo bloque de oficinas. Y cuando entró fue directamente a la sala de estar, se repantigó en el sofá

al lado de Abbie y se quedó escuchando sus relatos épicos sobre los bosques de Montana. De haber tenido un momento para sentarse, a Sarah también le habría gustado escucharlos. Abbie, la pobre, se había ofrecido a ayudar, pero Sarah le había dicho que lo más útil que podía hacer era entretener a su abuela y evitar que entrase en la cocina.

Sarah no sabía qué mosca le había picado a Benjamin últimamente.

Antes solía ayudarla, pero ahora apenas movía un dedo. Salvo, claro está, en el gimnasio, que se había convertido en su nueva obsesión. En cuestión de un año debía de haber perdido unos cinco kilos y aseguraba que el ejercicio le hacía sentirse mucho mejor, aunque desde luego no parecía haberlo hecho más feliz. Daba la impresión de que la cara se le alargaba cada día un poco más. Tal vez se la estuviesen estirando todos aquellos músculos recién tonificados.

Sarah era consciente de lo mucho que él echaba de menos a Abbie.

Todos la echaban de menos. Pero él lo afrontaba replegándose en sí mismo.

Ella apenas lo veía. Benjamin se levantaba cada mañana a las seis para ir al gimnasio e iba de allí al trabajo. Y cuando llegaba a casa, la mayoría de las veces decía que tenía trabajo pendiente y se llevaba la cena al estudio.

Josh, por su parte, siempre estaba fuera con sus amigos o en su habitación, hablando con Katie Bradstock o escuchando aquella música horrible y atronadora y haciendo ver que estudiaba. Era un misterio cómo podía siquiera escucharse a sí

mismo pensar. De modo que la mayoría de las veces Sarah cenaba sola, tal vez veía un poco la televisión y luego, en torno a las nueve y media, se iba a la cama a leer. Cuando Benjamin se metía en la cama, normalmente ya se había dormido. Hacía casi dos meses que no hacían el amor. A él ya no parecía importarle. Las pocas veces que Sarah había intentado tomar la iniciativa él había dicho que estaba demasiado cansado.

Había hecho todo lo posible para que las cosas cambiaran. Todos los libros sobre el tema decían que combatir el síndrome del nido vacío —o, en su caso, el nido medio vacío— requería esfuerzo. De modo que el fin de semana anterior, cuando Josh se había quedado a dormir en casa de un amigo, había reservado mesa en una nueva marisquería que había abierto en Oyster Bay para darle a Benjamin una sorpresa.

El local estaba lleno de gente, el ambiente era animado y la comida estaba deliciosa, y Sarah había intentado por todos los medios entablar alguna conversación. Pero Benjamin no parecía querer saber nada del asunto. Naturalmente, contestaba sus preguntas. Pero no hacía ninguna propia, y aproximadamente media hora después de haber llegado se habían quedado en silencio, mirando a su alrededor a la demás gente que, por supuesto, estaba hablando y divirtiéndose. Sarah recordaba que solían burlarse de las parejas casadas de los restaurantes que se quedaban sentadas con cara de tristeza y aburrimiento, y que Ben se inventaba diálogos de lo que podría estar pasando por sus cabezas. Ahora ellos eran una de esas parejas. Aquello casi le partió el corazón.

El hecho de verlo tan alegre y renovado ante la presencia de Abbie, bromeando con ella cuando todos estaban sentados alrededor de la mesa con el mantel sin arrugas, en cierto modo empeoraba las cosas. Pero Sarah estaba intentando no pensar en ello. No dejaba de obligarse a sonreír y a reírse con los demás, a ser positiva. Aquel era el día en que todas las familias tenían la obligación primordial de ser felices y no pensar en las grietas que pudiera haber en las paredes. El pavo, pese a no estar debidamente lacado, fue considerado un éxito por todos. Y aunque Margaret solo había probado un pequeño bocado de su tarta de calabaza antes de apartar su plato con cuidado, a todos pareció gustarle. Benjamin

estaba preguntando a Abbie por la decisión de ir a la reunión de la OMC

que se iba a celebrar en Seattle la semana siguiente y por la clase de protesta que ella y sus amigos estaban planeando.

—¿Qué significa OMC? —preguntó Margaret.

—Es la Organización Margina al Cowboy —intervino Josh.

Abbie había cometido antes el error de contarle a Sarah en presencia de Josh que solo había visto a Ty una vez desde el verano y que se sentía un poco culpable. Gruñó y le lanzó una mirada rápida y fulminante.

—Josh, a ver si maduras. Es la Organización Mundial del Comercio, abuela. Un club de países ricos que hacen todo lo posible por engañar a las zonas del mundo en vías de desarrollo y mantenerlas en estado de pobreza.

—Eso me recuerda algo —comenzó Margaret. A todos se les cayó el alma a los pies—. Benjamin, ¿te acuerdas de cuando fuiste a aquel mitin de protesta contra la guerra de Vietnam cuando estabas en la universidad...?

«Oh, Dios —pensó Sarah—, ya empieza. La historia de la melena.»

Abbie y Josh se cruzaron una sonrisa cómplice. Benjamin sonrió cansado.

—¿... y Harry Baxter te vio en las noticias de la televisión con aquella melena y vino a la tienda y le dijo a tu padre que parecías una chica?

—Sí, mamá, me acuerdo.

—¿Sabías, Abbie, que tu padre llevaba el pelo largo hasta los hombros?

—Sí, abuela. Lo he visto en las fotos.

—Siempre estaban protestando por una cosa u otra. La guerra, los derechos de los negros o lo que estuviera de moda en aquella época.

—Se llaman derechos civiles, mamá. Y no creo que hayan pasado de moda.

—Como se llamen. De todas formas, yo lo encontraba guapo y no se parecía en nada a una chica. ¿Y sabías, Abbie, que después de eso llevó barba?

—Sí, abuela. Nos lo has dicho.

—¿De verdad? Ah, lo siento.

Pero siguió de todos modos. Les contó que varios meses más tarde, estando de vacaciones, Harry Baxter vio a Benjamin con barba y comentó que parecía la mujer barbuda de un circo.

—La próxima vez que vino a la tienda le dije que podía largarse a otra parte.

—¿Qué tal está Harry Baxter? —preguntó Sarah, aparentando interés.

—Oh, cielos, Sarah, el pobre murió hace años. Pero Molly sigue viva.

Lleva uno de esos cochecitos eléctricos para tullidos y se pasa el día aterrorizándonos.

—Minusválidos, mamá —dijo Benjamin en voz baja.

—Tullidos, minusválidos, es lo mismo. No soporto los melindres de la corrección política. Hay que llamar al pan pan y al vino vino. Sarah se dio cuenta de que Josh iba a hacer un comentario malicioso y le lanzó una mirada fulminante justo a tiempo.

No supo cómo aguantaron el resto de la velada y el día siguiente sin que se produjera ningún asesinato ni nadie resultara gravemente herido. El sábado por la mañana, cuando Benjamin metió por fin a su madre en el coche y se la llevó al aeropuerto mientras Sarah se quedaba con Abbie y Josh, diciendo adiós con la mano alegremente, fue como si les hubieran quitado un peso de diez toneladas de sus vidas.

—Es la última vez —dijo Josh terminantemente, y subió la escalera hacia su habitación dando fuertes pisadas—. Si vuelve otro día de Acción de Gracias, me largo de casa.

Sarah no se molestó en discutir. Rodeó los hombros a Abbie con el brazo.

—Venga —dijo—. Vamos a preparar café. Creo que no he tenido una conversación como Dios manda contigo desde que has vuelto a casa.

Hicieron el café y lo subieron por la escalera de madera al pequeño altillo con vistas al jardín y a la terraza donde hacían barbacoas en verano. Había hecho un otoño templado y los abedules que Sarah había plantado a lo largo de aquellos años todavía tenían hojas. Relucían con un tono amarillo brillante y moteado a la luz del sol.

A los lados de una mesita de caoba, había dos sofás color crema colocados el uno frente al otro, y se arrellanaron en uno de ellos mientras la luz del sol caía a raudales sobre ellas. Abbie le pidió a Sarah que se quitara los zapatos, posó los pies de su madre sobre su regazo y se los masajeó al tiempo que se lo contaba todo sobre la universidad; cosas que sin duda ya le había explicado a Benjamin, pero que él, como era natural, no se había molestado en comunicarle. Y aunque Sarah escuchaba cada una de sus palabras, había una parte de su ser que únicamente podía mirar asombrada y orgullosa a su niña bonita, tan hermosa y rebosante de vida. El masaje resultaba delicioso.

—¿Dónde has aprendido a hacer esto?

—¿Te gusta?

—Es increíble.

—Bien. Me imaginaba que lo necesitabas. Me lo ha enseñado Mel, mi compañera de habitación. ¿La abuela siempre ha sido así?

—No. Ahora es peor, con toda seguridad.

—No escucha. Parece que estuviera esperando para poder contar otra de esas historias sobre papá que hemos oído millones de veces.

—Tal vez sea un proceso natural: la gente que has querido se vuelve poco a poco menos agradable para que no sea tan duro cuando se vayan.

—¿Tú crees?

—Podría ser.

Las dos se quedaron mirando por la ventana un rato. Dos arrendajos azules estaban persiguiéndose frenéticamente entre los abedules.

—¿Qué le pasa a papá?

—¿A qué te refieres?

—No lo sé. A lo mejor solo es porque estaba la abuela. Pero parece muy estresado. Un poco distante, ¿sabes? Como si no estuviera aquí.

—Bueno, no le están yendo muy bien las cosas en el trabajo. Él y Martin han perdido un par de proyectos importantes. Van a tener que despedir a unas cuantas personas. Probablemente eso sea lo que le preocupa.

Sarah casi logró convencerse a sí misma.

—Ah. ¿Y tú?

—¿Yo? —Sarah se rió—. Ya sabes, sigo siendo la de siempre.

—Mamá, ya soy adulta.

—Lo sé, cielo. Pero estoy bien, de verdad.

—Mientes fatal.

—No estoy mintiendo. Últimamente no ha sido muy fácil convivir con él, con todo lo que está pasando. Te echamos de menos. Los dos.

—Oh, mamá.

—Oye, no pasa nada. Lo superaremos. En la mayoría de sentidos es estupendo. Tengo que cocinar menos, lavar menos ropa. De hecho, volver a tenerte en casa es una lata.

Abbie esbozó una sonrisa de escepticismo.

—Dame el otro pie.

—Sí, señora.

Esa noche, después de cenar, Abbie preguntó si les molestaba que saliera unas horas para quedar con unos amigos del instituto. Sarah procuró no mostrar su decepción y dijo que, naturalmente, no les molestaba. «Ve a divertirte», le dijo. Josh aprovechó el momento para informarles de que se iba a celebrar una «especie de fiesta» en casa de Freddie, su mejor amigo, y para preguntarles si, ya que Abbie iba a salir, él también podía marcharse.

Benjamin lo llevó aparte para mantener otra charla paterna con él sobre el alcohol y la hierba. El último mes el muchacho había vuelto a casa visiblemente colocado en dos ocasiones. Josh lo había negado rotundamente, pero los dos estaban preocupados por él. Abbie dijo que lo llevaría a la fiesta y lo recogería más tarde. Volverían antes de medianoche, prometió. De modo que se dieron las condiciones idóneas para lo que, como Sarah comprendería más tarde, Benjamin debía de haber estado planeando durante todas las vacaciones y probablemente desde mucho antes. Tal vez desde hacía semanas o incluso meses. Al cabo de una hora los chicos se habían ido y un silencio expectante se hizo en la casa. Sin duda, Benjamin no tardaría en murmurar que tenía que trabajar y se marcharía a su estudio.

Pero los minutos pasaron y se quedó. Desde la cocina, Sarah vio cómo ordenaba distraídamente las cosas que los chicos habían dejado en el salón.

Lo llamó alegremente y le preguntó si le apetecía pavo frío con ensalada de col y tomate.

—Claro.

Le preguntó por qué no abría una botella de vino.

—Claro.

Él entró en la cocina, cogió una botella del estante y se puso a descorcharla al otro lado del separador donde ella estaba preparando la cena. Se trataba de una barra larga y estrecha de granito gris pulido, la clase de complemento presente en toda cocina, donde iban a parar las cosas que no tenían otro destino: revistas viejas, fajos de cartas y facturas pendientes, y un gran cuenco de madera donde guardaban las monedas y las llaves del coche. El único sonido que se oía era el ruido seco que hacía Sarah con el cuchillo al trinchar el pavo. El silencio de Benjamin inundaba la habitación como una nube invisible. Tal vez ella debiese poner un poco de música. Él cogió dos copas del armario y al dejarlas en el separador junto a la botella abierta, emitieron un tintineo.

—Parece que Abbie tiene buen aspecto —dijo ella jovialmente.

—Sí.

—Vaya, lo que daría por volver a tener su edad.

Entonces se dio cuenta de que él estaba cambiando el peso de un pie al otro con nerviosismo. Dejó de trinchar el pavo y lo miró. Estaba muy pálido.

—¿Estás bien?

—La verdad es que no.

—¿Qué pasa? ¿Te encuentras mal?

Él tragó saliva. Durante un largo espacio de tiempo se hizo un silencio absoluto. Y entonces Sarah lo supo. Supo exactamente lo que él le iba a decir.

—Sarah, yo...

Ella dejó de golpe el cuchillo sobre la encimera de granito de forma ruidosa.

—No —dijo.

—Sarah, cariño, no puedo...

—¡No lo digas! ¡No te atrevas a decirlo!

—Me tengo que marchar. No puedo vivir así...

—¡Cállate! ¡Cállate! ¿De qué demonios estás hablando?

Por un momento, pareció que él se hubiera quedado sin voz. Sus ojos tenían una terrible mirada de súplica. Ella se lo quedó mirando fijamente, esperando una respuesta, pero él fue incapaz de sostenerle la mirada. Bajó la vista y permaneció allí, moviendo la cabeza.

—¿Tienes una aventura?

Sarah se oyó a sí misma. Oyó cómo gruñía aquella palabra, cómo casi la escupía, como si estuviera intentando quitarse un mal sabor de boca. Él negó con la cabeza, sin mirarla todavía. Como un cobarde llorón. Al verlo, algo estalló dentro de Sarah. Echó a correr y rodeó el extremo de la barra dispuesta a ponerle la mano encima.

—¡Tienes una aventura! ¡Cabrón! ¡Tienes una aventura!

Se abalanzó sobre él como un animal rabioso, dando golpes sin un destino claro, en la cabeza, en los hombros y el pecho. Él se tapó la cara, pero no se apartó, y

dejó que ella lo insultase y le diese bofetadas y puñetazos. Y el hecho de que se quedara allí quieto, con un aspecto tan lastimero y degradado, como un mártir lánguido de un dios caprichoso, no hizo más que avivar la furia de Sarah. Entonces, de repente, ella se separó y permaneció con los ojos apretados, agarrándose la cabeza con las manos, tapándose los oídos

demasiado tarde para evitar oír lo que ahora sabía, con la boca torcida en un grito mudo.

—Sarah...

Él intentó tocarla con una mano, pero en cuanto la rozó, ella se puso a repartir golpes y a gritar.

—¡Nooo!

Entonces lo miró y vio las lágrimas que caían por la cara de Benjamin.

Lo vio allí, desolado e impotente, y se puso a sollozar con los hombros encorvados y estiró

la mano para atraerlo lentamente hacia ella, mientras los dos lloraban.

La voz de Sarah sonó débil como la de una niña asustada.

—No, Benjamin, no. Por favor. Por favor, no lo digas.

Él la rodeó con los brazos y ella apretó la cabeza contra su torso, intentando profundizar en él y hallar algún lugar en su interior donde todavía la pudiera querer y desear. Mientras le rogaba suavemente: «Por favor, por favor», notó que el cuerpo de Benjamin temblaba al contacto con el suyo. Aquello no estaba pasando, él no lo decía en serio, era imposible.

—Sarah, cariño. Yo...

Ella le tapó la boca con la mano.

—Chis. No quiero oírlo. Por favor.

Y entonces la idea de que otra persona estuviera entre aquellos brazos, de que otra mujer aspirara el aroma cálido y familiar que siempre había sido suyo y nada más que suyo, le pasó por la cabeza y se le clavó en el pecho; Sarah se revolvió y lo apartó de un empujón.

Seguir: parte 8 de 16