Cuando el abismo separa

Nicholas Evans · Capítulo 1 de 1 · parte 13/16

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Cuando el abismo separa

Agradecimientos .......................................................................... 5

Este capítulo es largo, así que está dividido en 16 partes.

cómo Abbie atravesaba el umbral de la sombra y empezaba a descender por la escalera hasta que finalmente la oscuridad la devoró.

Capítulo 24

Su padre llevaba en la maldita cinta de correr unos diez minutos, y al margen de cómo se sintiera él, Sarah no creía que pudiera soportarlo mucho más. Tenía los ojos clavados en la imagen reflejada de sí mismo en la pared de enfrente, aunque ella no sabía por qué, pues no era precisamente la idea que uno pudiera tener de una bonita visión. Estaba chorreando sudor, y los pechos le bamboleaban bajo la camiseta empapada a cada paso, mientras inflaba y desinflaba los carrillos como un pez globo gruñón.

La culpa había sido de ella por ir allí. El ejercicio matutino de su padre era sagrado. Y el de un domingo por la mañana lo era doblemente. Ya le había dicho que no dos veces: la noche arterior, cuando ella había llegado, y esa misma mañana. Pero antes de volver a casa sin haberlo conseguido, Sarah tenía que intentarlo de nuevo.

—Papá, ¿no podrías...?

—Sarah, ya te lo he dicho. Es imposible.

—Por favor, escúchame un momento.

—Ya te he escuchado. Y la respuesta sigue siendo no.

—¡Basta!

Si lo hubiera pensado, no se hubiera atrevido a hacerlo. Al mismo tiempo que soltaba aquel grito, apagó la cinta de correr dándole un golpe al botón, y su padre avanzó dando tumbos y tuvo que agarrarse a las barandas para no caerse.

—¿Qué demonios te pasa?

—¡Maldita sea, papá! Necesito que me prestes atención.

Ella nunca hablaba de aquel modo a su padre y estuvo a punto de pedirle disculpas. Pero, al menos por un momento, aquello pareció surtir efecto.

—Sarah, ya lo hemos hablado diez veces.

—¡Es tu nieta, por Dios!

El salió de la cinta y agarró una toalla de una silla.

—No se trata solo de Abbie —dijo él, mientras se pasaba la toalla—.

Todos os habéis vuelto locos. ¿Cuántas veces tengo que decirlo? Lo que me estás pidiendo es ilegal, Sarah. Ilegal.

—¿Y cuándo te ha importado a ti eso?

—¿Cómo?

—Oh, vamos, papá. No me vengas con esas. No me digas que siempre has seguido las reglas. ¿Y todos esos tratos turbios, el dinero en paraísos fiscales y los viajes a las islas Caimán? No soy idiota.

—¡Cómo te atreves!

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Cogió su bata y se dirigió a la escalera para subir a la cocina. Ella estaba más sorprendida que él por lo que acababa de decir. Era como si se hubiera activado un

instinto maternal de protección. Pero en vista de lo ocurrido, no estaba dispuesta a parar. Lo siguió escalera arriba y entró en la cocina detrás de él.

Su madre estaba tras la barra, aparentemente leyendo el periódico. Por su ceja arqueada y la ligera inclinación de su vaso mientras bebía a sorbos zumo de naranja, Sarah supo que debía de haber oído lo que había dicho en el gimnasio. Aquel era un nuevo territorio, y su madre estaba interesada en el tema. Su padre acababa de abrir la nevera y se servía un vaso de agua.

—Papá, habla conmigo.

—Ya he dicho todo lo que tengo que decir. Y tú has dicho más que suficiente.

—Podría haberte dicho que era para mí.

—Pues a lo mejor deberías haberlo hecho. ¿Para qué lo va a utilizar ella? ¿Para hacer bombas? ¿Para matar a más personas o qué?

—Sabes que Abbie no haría eso. Lo que pasó fue un accidente.

—Entonces debería entregarse y contar la verdad.

—Bueno, quizá lo haga. Si establecemos con ella algún tipo de contacto. Su padre bebió el agua y se sirvió más sin mirar a Sarah.

—¿Papá?

—¿Qué?

—Si fuera yo la que estuviera ahí fuera, muerta de miedo y hambrienta... —

Sarah se mordió el labio. Maldita sea, no iba a llorar—. ¿No lo harías por mí?

Su madre, que seguía haciendo ver que leía el periódico, murmuró algo.

El padre de Sarah se volvió y le lanzó una mirada fulminante.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que claro que lo harías.

Él apuró el segundo vaso de agua y al dejarlo en la encimera emitió un ruido sordo. A continuación volvió a enjugarse la cara y el cuello con la toalla.

—Te daré diez mil.

—Quince.

—Está bien, quince. Pero eso es todo. No quiero oír hablar más del tema. Es para ti y lo que hagas con él es asunto tuyo.

Sarah se acercó a él y lo rodeó con los brazos.

—Papá, gracias.

—Debo de estar loco.

Sarah se había imaginado que el asunto tardaría un día o dos en estar solucionado, pero una vez que su padre se duchó y se vistió, se dirigió discretamente a la caja fuerte que tenía en el estudio y al cabo de una hora ella estaba conduciendo de vuelta a casa con el dinero envuelto en una bolsa de plástico amarilla en el maletero.

A esas alturas ya estaba acostumbrada a mirar constantemente por el retrovisor para ver si la estaban siguiendo, y nunca había visto nada vagamente sospechoso. Sin embargo, ese día todo el mundo resultaba sospechoso. No solo le preocupaba la policía, sino también los ladrones.

Cada peatón que esperaba a que cambiara el semáforo de repente era un atracador potencial o un ladrón capaz de asaltarla en el coche. Era la misma sensación que Josh le había dicho que había experimentado cuando iba a citarse con Abbie.

Sarah se había dado cuenta de que había pasado algo grave en cuanto el muchacho había cruzado la puerta el día anterior por la tarde, tras su misteriosa —y totalmente inverosímil— «salida de compras» a la ciudad.

Josh la había hecho salir al porche y le había contado en voz baja lo que había sucedido. Y cuando Sarah consideró que le había sacado todo lo que podía sacarle (pues el chico mentía muy mal y estaba segura de que no se lo había dicho todo), preparó su bolsa de viaje, se metió en el coche y viajó directamente a Bedford. Sarah quería que su hijo fuera con ella, creyendo que su relato como testigo presencial del encuentro con Abbie podría influir en su abuelo, pero Josh había presentado una excusa pobre diciendo que había prometido ver a Freddie. Saltaba a la vista que el pobre chico todavía estaba aturdido después de ver a su hermana, de modo que Sarah decidió no insistir. Sin embargo, ahora, de vuelta a casa, acosada por policías y ladrones fantasma, deseaba haberlo hecho.

Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que tenían que decirle a Benjamin que Josh había visto a Abbie. Tenía derecho a saberlo, aunque a ella no le entusiasmaba mucho la idea de llamarlo. La última vez que habían hablado había sido poco menos que catastrófica. Tras la noche que habían hecho el amor, ella se había convencido como una boba de que las cosas iban a cambiar de alguna manera. De que lo ocurrido con Abbie ahuyentaría la locura que se había apoderado de él y lo traería de vuelta. Él

la quería, ella lo sabía. Era evidente por lo que había pasado aquella noche.

Los hombres no podían fingir esas cosas.

Pero a los pocos días él decidió marcharse. A Santa Fe. Y conforme iban pasando las semanas y los meses, Sarah había comprendido que se había engañado a sí misma. Nada había cambiado. Salvo que la soledad y el dolor parecían muchísimo más intensos. Y se sentía tan estúpida, tan condenadamente estúpida por dejar que pasara lo que pasó aquella noche.

¿Cómo había podido hacer el amor con ella con tal ternura y tal arrepentimiento cuando no sentía aquello, cuando era obvio que no tenía la más mínima intención de volver a casa?

Pero el ridículo que había experimentado entonces no era nada comparado con lo que había sentido el mes anterior al volver a casa después de estar una semana en Pittsburgh con Iris y encontrarse con su vivienda vacía. De repente, el tiempo se había vuelto invernal y la caldera había pasado a mejor vida, de modo que en la casa no había ni calefacción ni agua caliente. Josh había salido de fiesta y, según parecía, toda la gente a la que llamaba había hecho otro tanto: Martin y Beth, y Jeffrey y su novio Brian.

Se había puesto dos jerséis y un abrigo y había encendido fuego en la sala de estar, se había bebido una botella entera de Chianti, y luego había abierto otra y había hecho lo que había prometido que no volvería a hacer: llamar a su ex marido a última hora de la noche después de haber estado bebiendo.

Benjamin contestó con la boca llena; evidentemente estaba en plena cena íntima a la luz de las velas con la Catalizadora. Y Sarah había arremetido contra él con dureza, acusándolo de todo lo que se le había ocurrido, incluso de cosas que sabía que él no había hecho y que jamás haría. Le había echado en cara que nunca la había querido, que nunca había querido a ninguno de ellos, que lo único que le importaba

era su trabajo y su maldito orgullo. Y que había arruinado y echado a perder la vida de ella, que le había arrebatado unos años preciosos en los que podría haber hecho cosas mucho más valiosas y haber tenido una carrera más seria y satisfactoria, en lugar de hacer tantos sacrificios para que luego él se los devolviera con una patada. Por el ruido de fondo, se había dado cuenta de que Benjamin había cambiado de habitación para trasladarse a un sitio más íntimo de modo que la Catalizadora no se ruborizara. Al cabo de un rato, sus intentos por meter baza se habían vuelto más firmes y enérgicos.

—Sarah, escucha. Escucha un momento. Por favor. Voy a colgar.

—Sí, ¿por qué no? Ve a follarte a esa zorra, como hiciste conmigo aquella noche. Y de paso que te follen a ti también.

Los agentes del FBI que le tenían pinchado el teléfono debían de haberse quedado estupefactos, mientras jugaban una de sus interminables partidas nocturnas de póquer o lo que fuera que hacían para pasar el rato.

Tenía la esperanza de que el recuerdo de lo que había dicho resultase confuso con la resaca, pero no fue así. Y aunque desde entonces había intentado armarse de valor para llamarlo y pedirle disculpas, no había sido capaz de hacerlo. Sin embargo, ahora que tenían noticias de Abbie, ahora que Josh la había visto, no le quedaba ninguna excusa. Benjamin tenía que saberlo de algún modo, sin levantar sospechas. Por la tarde, con el dinero escondido en la lavadora (parecía un lugar adecuado y, a falta de caja fuerte, tan bueno como cualquier otro), guiñó el ojo a Josh y le pidió que saliera al jardín para ayudarla a plantar algo. No tenía ni idea de si el FBI había puesto micrófonos ocultos en la casa además de pinchar los teléfonos. Desde luego habían tenido oportunidades de sobra para hacerlo.

Durante los últimos meses habían pasado tantos agentes por allí con el fin de registrar las cosas de Abbie y hacerles un millón de preguntas sobre ella que les permitieran «elaborar su perfil», que habían sin duda tenido ocasión de colocar o pinchar lo que quisieran. Hasta el momento no habían dicho nada que mereciera la pena ser escuchado, pero ahora que así era, Sarah no pensaba correr ningún riesgo.

Josh no estaba al corriente de la llamada injuriosa que ella había hecho a Benjamin, de modo que se la relató evitándole los detalles escabrosos. Era increíble lo mucho que el chico había madurado desde que su padre se había marchado. Ella siempre había tratado sus cuitas emocionales con Abbie. Pero Josh se había revelado como alguien capaz de escuchar igual de bien y de manifestar idéntica sensatez, aunque mayor parquedad, en sus consejos. Antes de que a Sarah se le ocurriera tan siquiera sugerirlo, Josh dijo que él mismo llamaría a Benjamin. Él ya lo tenía pensado. Para no alertar a los que escucharan la conversación, le diría a su padre que tenía que arreglar muchas cosas concernientes a su ingreso en la Universidad de Nueva York: impresos que rellenar, etc. Mencionaría de pasada que Sarah estaba avergonzada por la última llamada y sugeriría que los tres se reunieran para comer o cenar juntos cuando Benjamin estuviera en Nueva York. A Sarah le pareció un buen plan.

Entraron en casa y Josh subió corriendo a su habitación para hacer la llamada mientras Sarah intentaba concentrarse en la preparación de la cena.

Al cabo de cinco

minutos, Josh estaba otra vez abajo. Todo estaba arreglado, dijo.

Benjamin llegaría en avión el viernes. Cenarían juntos. Le mandaba recuerdos.

Josh se negó a decir cómo sabía el número que tenían que marcar. Dijo que le había prometido a Abbie que no se lo diría a nadie y que de esa forma era más seguro. Al volver del instituto la tarde anterior le había entregado a Sarah un trozo de papel con un número escrito. Tenía prefijo de Nueva Jersey y, según había dicho, probablemente se trataba de un teléfono público de algún centro comercial o una gasolinera.

Sarah se había pasado toda la semana devanándose los sesos, pensando en el mejor lugar desde el que hacer la llamada, y finalmente había optado por Roberto's, un restaurante al que ella y Benjamin solían ir con frecuencia. En la parte de atrás, más allá de los servicios, había dos teléfonos públicos cubiertos, y siempre había suficiente ruido y bullicio procedente de la cocina para ocultar cualquier conversación. Además, solo estaba a cinco manzanas de la librería. De modo que el jueves por la mañana, a las doce y cuarto, como por antojo, anunció a Jeffrey que iba a invitarlo a comer.

El local no estaba muy concurrido, pero a medida que se iba acercando la una comenzó a llenarse. Se comieron sus ensaladas y charlaron sobre el negocio, y luego Jeffrey empezó a hablarle de una nueva película francesa que Brian y él habían visto en el Angelika Film Center. Sarah hizo todo lo posible por parecer interesada, aunque cada vez que alguien pasaba en dirección a los servicios lo único en lo que podía pensar era en lo que ocurriría si a la una en punto, cuando fuese allí atrás, los dos teléfonos estuviesen ocupados. Consultó su reloj. Faltaban cuatro minutos.

—¿Te encuentras bien?

—¿Perdón?

Jeffrey la estaba mirando con el ceño fruncido.

—Pareces un poco distraída.

—No, estoy bien. Jeffrey, lo siento mucho. Me acabo de acordar. Tenía que haber llamado a Alan Hersh esta mañana. Por lo visto, es algo importante y me he olvidado por completo. ¿Me disculpas un momento?

—Claro.

Cogió su bolso, se levantó y volvió a atravesar el restaurante, abriéndose paso entre las mesas, donde súbitamente cada cara parecía estar mirándola fijamente. Se sentía como Al Pacino en El padrino cuando va a coger la pistola escondida en los lavabos. Los dos teléfonos estaban libres.

Escogió el más alejado de los servicios. Faltaban dos minutos para las dos.

Dejó el bolso en el pequeño estante de acero inoxidable y sacó una bolsita de plástico con monedas y el trozo de papel que le había dado Josh. Y

cuando la segunda manecilla de su reloj marcó la hora, respirando de forma acelerada y superficial y con las manos tan temblorosas que estuvo a punto de tirar las monedas, levantó el auricular, introdujo el dinero y marcó el número.

—¿Hola?

Sarah respiró con dificultad y tragó saliva, y por un instante fue incapaz de hablar. Oír su voz después de todos aquellos largos meses la conmovió profundamente.

—¿Mamá?

—Hola, amor mío.

—Oh, mamá.

Por el hilo de voz entrecortado de Abbie, Sarah comprendióque no era la única que estaba conteniendo las lágrimas. De repente no sabía qué decir, como una boba. Había demasiadas cosas que contar y a la vez ninguna.

—¿Qué tal estás, cariño?

—Estoy bien. ¿Y tú?

—Bien, también.

Se hizo un largo silencio. Sarah oía una música de fondo y luego sonó el estruendo de un claxon. Estaba deseando preguntar a Abbie dónde estaba, pero sabía que no debía hacerlo.

—Mamá, lo siento mucho.

—Oh, cariño.

—Escucha, tenemos poco tiempo...

—Amor mío, vuelve a casa, por favor...

—Mamá...

—Todo el mundo lo entenderá si les cuentas lo que pasó...

—¡No sigas! ¡Le dije a Josh que no te permitiría hacer eso!

—Perdona, perdona.

Hubo otra larga pausa.

—¿Has conseguido el dinero?

—Abbie, cariño...

—¿Lo has conseguido?

—Sí.

—Bien. Ahora presta mucha atención. Te voy a decir lo que tienes que hacer. Es muy importante que lo hagas todo exactamente como yo te diga.

¿Tienes un boli?

Un hombre estaba recorriendo el pasillo. Sarah se giró, se secó las lágrimas y cogió el bolso. Supuso que se dirigía a los servicios, pero no era así. Iba a utilizar el otro teléfono.

—¿Mamá?

—Sí. Un momento.

Encontró un bolígrafo, pero le temblaban tanto las manos que el bolso se le cayó

del estante y su contenido se desparramó por el suelo.

—¡Maldita sea!

El hombre, un joven bien parecido con una chaqueta marrón, se agachó junto a ella y la ayudó a recogerlo todo. La miró directamente a los ojos, tal vez demasiado directamente, y sonrió. ¿No sería un...? Sarah le dio las gracias, se levantó y volvió a coger el teléfono.

—Perdona —dijo, esforzándose por aparentar un desenfado que sonaba disparatado incluso a sus propios oídos—. Se me acaba de caer el bolso.

—¿Estás lista? —dijo Abbie.

Sarah notó un golpecito en el hombro y se llevó tal susto que estuvo a punto de soltar un grito. El joven tenía en la mano su pintalabios. Ella sonrió, lo cogió y le dio las gracias.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó Abbie con ansiedad.

—No pasa nada.

—¿Quién es?

—No te preocupes, todo está bajo control.

Sabía que en ese momento tenía que parecer alegre y despreocupada.

Por si acaso. Probablemente aquel hombre no fuera un agente. Ellos no actuarían de forma tan poco sutil. ¿O sí? Sabía que Abbie estaba a punto de colgar. Pero no lo hizo. Preguntó si Sarah estaba lista y empezó a dictarle sus instrucciones. Cuando Sarah regresó a la mesa, Jeffrey dijo que había estado a punto de llamar al servicio de búsqueda y rescate. Ya casi había terminado su plato de pasta y había pedido que se llevasen el de ella y lo mantuvieran caliente. El camarero la había visto volver y le trajo el plato

inmediatamente. En su vida había tenido menos apetito. Jeffrey preguntó si todo iba bien y ella dijo que sí, gracias. Todo iba estupendamente.

Capítulo 25

Ben llegó al centro comercial poco después de las siete y media, una hora larga antes de lo señalado. Estaba preocupado por el tráfico y también por si aquel sitio tenía uno de esos aparcamientos enormes y se perdía en aquellos oscuros laberintos y lo echaba todo a perder. De hecho, resultó ser incluso más grande de lo que esperaba, y más por casualidad que gracias a su inteligencia dio con el lugar correcto sin problemas.

La zona M, fila 18, en el rincón del fondo del aparcamiento, enfrente de las tiendas Petland y Old Navy. Podía ver el cubo de la basura negro, el tercero empezando por la izquierda, en el que tenía que tirar la bolsa. No parecía que hubiera ninguna cámara de seguridad, motivo por el cual probablemente Abbie había escogido aquel lugar. Pensó por un instante que a lo mejor ella ya estaba allí, observándolo en ese momento desde alguna parte. Si era así, sin duda lo mejor fuera no dedicarse a mirar ni a fisgar para no asustarla.

Recorrió el aparcamiento, y redujo la velocidad aquí y allá para dejar pasar a los clientes que empujaban sus carritos llenos de compras hacia sus coches, y luego salió

de nuevo a la carretera y condujo un kilómetro en dirección al oeste hasta que vio una flecha roja de neón brillante y un cartel que ponía bar rodeo. Paró, aparcó y entró

en el local, y una vez en la barra, pidió una cerveza.

Estaba seguro de que lo habían seguido. Había salido por una puerta lateral del Waldorf, donde estaba alojado, luego había cruzado Manhattan en tres taxis diferentes, había atravesado Macy's y había salido por el otro lado, y a continuación había tomado un cuarto taxi hasta la empresa de alquiler de coches. Si algún agente había conseguido repetir aquel circuito y luego le había seguido la pista entre el tráfico hasta Newark, merecía un ascenso inmediato.

El bar Rodeo simulaba, sin demasiada convicción, hallarse en algún lugar del oeste. Había unos cuantos cuadros de vaqueros en las paredes y una cabeza de búfalo falsa de aspecto bastante triste que parecía estar mirando el partido de béisbol que se estaba emitiendo en la televisión de encima de la barra. El barman llevaba un chaleco de satén rojo y una de

esas corbatitas negras a lo Maverick, y saludaba a todos los clientes con un

«hola» indudablemente obligatorio aunque poco entusiasta. Ben todavía no se había repuesto del todo de la conmoción que le había causado aquel asunto. Había volado a Nueva York con la esperanza de hablar con Josh de la universidad y hacer las paces con Sarah. Y allí estaba, preparándose furtivamente para tirar quince mil pavos en un cubo de la basura de Nueva Jersey para su hija terrorista.

La noche anterior, en el ruidoso restaurante de Oyster Bay, justo cuando estaba empezando a pensar que hacer las paces con Sarah iba a ser mucho más fácil de lo

que había imaginado, ella y Josh se habían mirado el uno al otro, habían asentido con la cabeza y acto seguido se habían inclinado hacia delante por encima de sus filetes y le habían comunicado la noticia.

Para entonces, naturalmente, ellos estaban mucho más metidos en el ambiente conspiratorio que él. Josh no paraba de decir cosas como «ponerla al descubierto» o

«hacer la entrega» como si fuera un miembro de la mafia. Ben había permanecido sentado con los ojos cada vez más abiertos. Si Josh estaba más versado en la mecánica de todo el asunto, Sarah lo estaba en el aspecto psicológico. No podía dejar de hablar de Rolf.

—Evidentemente, ese tipo la tiene completamente esclavizada —había dicho—. Joshie ha dicho que parecía una persona totalmente distinta. Y yo lo noté en su voz. Era dura, como la de un maníaco. Necesita ayuda, Benjamin. Tenemos que apartarla de ese tipo.

Ben no había necesitado que lo convencieran. Tan solo dos semanas antes había recibido una visita de un nuevo agente del FBI de Denver que por lo visto se había hecho cargo del caso después de Frank Lieberg. Se llamaba Kendrick y parecía un tipo mucho más comprensivo que cualquiera de los agentes con los que habían tratado hasta entonces. En un momento determinado, incluso había sacado su cartera para enseñarle a Ben unas fotos de su hija y había dicho que no podía ni imaginarse cómo se las arreglaría si a ella le pasara algo parecido.

Había explicado a Ben que lo sucedido con Abbie era un caso clásico de encaprichamiento, lo que había llegado a conocerse como síndrome de Estocolmo o de Patty Hearst: una joven procedente de una familia afectuosa y acomodada, en un momento de vulnerabilidad, se enamoraba locamente de un hombre carismático, inevitablemente mayor y más experimentado. El

hombre la convencía de que los valores con los que se había criado eran desacertados y moralmente corruptos, y la introducía en una forma de vida en la que la criminalidad se convertía en una romántica alternativa moral, incluso emocionante. Normalmente había un deseo de escandalizar o ultrajar o incluso castigar a los padres. Y a menudo, había añadido Kendrick con cierta incomodidad, existía un fuerte elemento sexual que difuminaba la realidad y ataba a la mujer todavía más estrechamente a su nuevo mentor. Ben había empezado a interrogarlo sobre Rolf y se había deprimido al enterarse de lo poco que parecían saber todavía. Habían pasado más de seis meses desde que él había comunicado lo que Hacker le había dicho sobre aquel hombre en Missoula, incluso les sugirió la posibilidad de que Rolf fuera el tal Michael Kruger o Kramer que había estado implicado en los atentados con bombas de hacía años. Kendrick le había dicho que habían investigado todas las posibles conexiones, pero que no habían hallado nada que arrojase nueva luz sobre su identidad. En parte debido a su última e incendiaria llamada telefónica, y en parte porque no quería disgustarla con cosas que más o menos ella ya debía de haberse imaginado por su cuenta, Ben no le había dicho a Sarah nada de lo que sabía sobre Rolf. Y

aquella noche, durante la cena, no le había parecido apropiado, sobre todo delante de Josh. Pero allí estaban, hablando de «hacer la entrega», tramando un complot en el que de algún modo Ben había pasado a ser el personaje principal y que (pese a no

conocer los detalles) sin duda podía llevarlo a la cárcel si lo pillaban.

«Que Dios nos asista —pensó—, nuestra niña bonita nos ha convertido a todos en criminales.»

Mientras bebía a sorbos su cerveza y miraba distraídamente el partido de béisbol por encima de la cabeza del joven barman, Ben no paraba de pensar que Sarah podía estar en lo cierto. Probablemente era ella la que debería estar haciendo aquello, y no él. Incluso antes de darse a la fuga, Abbie había dejado claro que no quería verlo. Teniendo en cuenta su frágil estado mental, la visión de su padre esa noche podía ponerla hecha una furia. En cambio, si veía a su madre, es posible que se ablandase y se conmoviese. Por supuesto, Abbie estaba esperando que fuera Josh quien entregase el dinero, y el pobre muchacho lo habría hecho de buena gana.

Pero Sarah y Ben no iban a permitirlo de ninguna manera. Después de haber estado hablando de ello la noche anterior y de examinar la idea desde

todos los puntos de vista posibles, habían acordado que lo haría Ben. Él era el más fuerte, físicamente hablando. Y, llegado el caso, podía agarrarla, reducirla y quizá meterla en el coche y hacerla entrar en razón para que se entregase. Quizá.

Pensó en Eve y de repente le entraron ganas de llamarla, pero recordó que, siguiendo las instrucciones de Abbie, había dejado el móvil en el hotel por si la policía utilizaba su señal para seguirle la pista. De todas formas, había hablado con ella tan solo un par de horas antes, sin darle ninguna indicación de lo que se disponía a hacer. Eve le había dicho algo que lo había desconcertado un poco. El día antes por la tarde había encontrado a Pablo delante de la televisión, viendo una cinta de vídeo que el niño había encontrado en el armario del dormitorio. Parecía una copia de una película casera. Eve se había quedado perpleja. Dos niños que ella no reconocía, un pequeño y una pequeña, estaban chapoteando en las aguas poco profundas de una playa. Entonces la cámara hacía una panorámica y aparecía Sarah en traje de baño levantando las manos e intentando salir de la toma, mientras la voz de Ben la reprendía y se reía detrás de la cámara, diciéndole que estaba muy guapa y que se quedase quieta.

Era una de las cintas que Ben se había llevado cuando decidió exiliarse de Long Island. Había intentado verla en cierta ocasión en que Eve estaba fuera de casa, pero se había quedado sin habla y la había parado.

Naturalmente, Pablo sabía que Ben tenía dos hijos mayores, pero insistía en que no eran aquellos niños y quería saber cuándo iba a conocerlos para poder jugar con ellos.

Eran las ocho y cuarto. Ben terminó la cerveza y pagó, y el barman dijo:

«Vuelva pronto, ¿vale?». Ben dijo que lo haría sin duda.

Era ya casi de noche. Soplaba un aire fresco y puro, y las señales luminosas que había a los lados de la carretera brillaban intensamente con multitud de tonos vivos. Ben salió despacio del solar y se dirigió de nuevo con su coche a la entrada del centro comercial, e hizo otro circuito por las tiendas. Todas seguían abiertas, aunque había menos coches que antes. En la zona M probablemente había unos treinta o cuarenta vehículos, pero todos parecían vacíos. Tal vez ella fuera a pie. Cuando estaba realizando el segundo circuito, el reloj del salpicadero marcó las 20.28, y al llegar a la tienda Petland se metió en la zona M y se dirigió lentamente al rincón y a la fila 18. Solo había dos coches situados a unos veinte metros del tercer

cubo de basura y aparentemente no había nadie en ninguno de ellos.

Podría aparcar justo al lado del cubo. Un poco más lejos, al otro lado de la franja de hormigón que separaba las secciones, en la zona L, una pareja de ancianos estaba intentando sacar algo pesado de un carrito y meterlo en la parte trasera de unavieja ranchera. Eran las únicas personas que había en las inmediaciones.

Paró junto al sitio en cuestión y dio marcha atrás para que la parte posterior del coche quedase situada a unos tres metros del cubo de basura.

Cuando el reloj dio las 20.30, salió del coche dejando el motor encendido, rodeó el vehículo y permaneció

junto al maletero, mientras echaba el último vistazo a su alrededor. La pareja de ancianos de la zona L estaba discutiendo, pero ninguno de ellos le lanzó tan siquiera una mirada. Ben abrió el maletero deprisa, sacó la bolsa de plástico amarilla y, con un rápido movimiento, la tiró al cubo de basura.

A continuación cerró el maletero y, siguiendo exactamente las instrucciones de Abbie, volvió a meterse en el coche y se alejó.

Mientras cruzaba el aparcamiento en dirección a la carretera que pasaba por delante de las tiendas, no hacía más que mirar por el retrovisor y a su alrededor en busca de alguna señal de Abbie. Pero no vio ninguna. Frenó delante de Old Navy para dejar paso a un coche que pasaba y dobló la esquina lentamente detrás de él. Y

cuando el aparcamiento dejó de verse por el retrovisor, echó un último vistazo por encima del hombro. Pero nada había cambiado. No había ningún coche nuevo ni ninguna persona cerca del cubo de basura.

Ella tenía que estar observando en alguna parte. Ningún coche lo estaba siguiendo, pero quería dar la impresión de que continuaba obedeciendo las órdenes, de modo que siguió las señales blancas de salida pintadas en la carretera como si se fuera a marchar definitivamente.

Pero no era así. Ya lo tenía pensado. Unos trescientos metros más adelante había una pequeña pendiente, y detrás de ella, unas luces. Cuando llegase allí dejaría de estar a la vista y se encontraría lo bastante lejos para que ella creyera que se había marchado. Pero al alcanzar las luces tomaría una curva a la derecha y luego otra que lo llevaría de nuevo al otro extremo del centro comercial, donde seguiría la carretera interior y volvería a dirigirse al aparcamiento.

En menos de tres minutos estaba pasando por delante de las tiendas JCPenney y Bed Bath & Beyond, y más adelante, al otro lado de un

pequeño tramo de enlace, vio la tienda de mascotas Petland. Tenía que esperar a que pasaran tres coches y miró

en la oscuridad a las personas que había dentro, pero ninguna de ellas era Abbie. Una vez al otro lado del tramo de enlace, y a medida que se acercaba a la tienda de animales, miró a la derecha y vio un coche blanco, un pequeño Ford, que cruzaba el aparcamiento en dirección al rincón del fondo de la zona M, una sección muy apartada de las tiendas si lo único que uno quería era aparcar. Tenía que ser ella. Pero todavía estaba demasiado lejos para poder hacerse algo más que una vaga idea del conductor.

En la zona L, que se hallaba más cerca de donde él estaba en ese momento, vio que la pareja de ancianos seguía intentando meter el objeto de antes en la parte de atrás de la ranchera. Impulsivamente, se metió de forma brusca en la entrada de la

zona L en lugar de acceder a la M y se dirigió hacia ellos. El coche blanco estaba casi al lado del cubo de basura, y de repente Ben sintió una punzada de pánico ante la posibilidad de que ella lo viera y girara y se marchara. En aquel momento estaba lo bastante oscuro y, por supuesto, ella no reconocería su coche. Pero no iba a arriesgarse a ser visto tan pronto y giró rápidamente el volante y aparcó en el espacio situado entre dos altos todoterrenos. Salió del vehículo y echó a correr. El coche blanco estaba parando junto al cubo de basura. Parecía que solo había una persona dentro.

Ben corrió tan rápido y tan encorvado como pudo, procurando que la ranchera de la pareja de ancianos se mantuviera entre él y el coche blanco.

Entonces vio que la puerta del conductor se abría y salía alguien. Era un hombre. Abbie había dicho a Sarah que ella misma recogería el dinero. Pero aquel tenía que ser Rolf. Cómo habían sido tan estúpidos para no pensarlo.

Él no se fiaría de que ella fuera sola. Querría encargarse él personalmente.

¿Y cómo podían estar seguros de que iba a dárselo a Abbie? Aquel cabrón probablemente fuera a robarlo. De repente, Ben sintió un acceso incontrolable de furia.

El hombre estaba caminando en dirección al cubo de basura, a la vez que echaba un vistazo a su alrededor, intentando parecer despreocupado.

Ben estaba a unos veinte metros de distancia, avanzando rápidamente a saltos, encorvado como un mono y procurando interponer la ranchera entre él y el cubo de basura. Pero la anciana lo había visto y le dio un golpecito a su marido en el hombro, claramente asustada ante la posibilidad de que fuera un atracador. Ben levantó las manos, tratando de decirles que no

pasaba nada y que no se preocupasen, y por suerte ninguno de ellos dijo nada. Los había dejado atrás y se estaba aproximando rápidamente a Rolf, quien había sacado la bolsa de dinero del cubo y se dirigía de vuelta al coche. Ben estaba ahora a tan solo nueve, siete, cuatro metros de distancia.

—¡Cuidado! —gritó alguien.

Era una voz de mujer y procedía del coche blanco. Ben miró y vio una cara en la ventanilla de atrás y al momento descubrió que era Abbie. Debía de haberse quedado tumbada en el asiento trasero para no ser vista. Pero su grito había alertado a Rolf, quien se giró y vio que Ben se le estaba acercando y que casi lo tenía al alcance de la mano. Echó a correr hacia la puerta del conductor.

—¡Quieto! —chilló Ben—. ¡Hijo de la gran puta!

Rolf estaba subiendo al coche, pero Ben consiguió alcanzarlo antes de que cerrara la puerta. Lo agarró por la cazadora de piel que llevaba, le retorció la solapa e intentó sacarlo a rastras. Abbie gritaba desde el asiento de atrás.

—¡Vete! ¡Vete! ¡Márchate!

Rolf estaba pegándole, tratando de apartarlo a puñetazos y codazos.

—¡Devuélveme a mi hija, cabrón!

El coche empezó a moverse, pero Ben se abalanzó sobre Rolf, lo agarró de la pierna y tiró de ella con tal fuerza que le quitó el pie del acelerador. Se lanzó a por las llaves, pero falló.

—¡Papá, no! ¡No lo hagas!

—¡Abbie, por favor! —gritó Ben—. ¡Solo quiero hablar! ¡Por favor!

—¡Suéltalo!

—¡Por favor, Abbie! ¡Solo quiero hablar! Dile...

Entonces fue cuando el puño de Rolf le dio de lleno en la cara, justo entre los ojos. De repente Ben vio un destello, cayó hacia atrás y se desplomó. Se golpeó la parte de atrás de la cabeza contra el suelo, mientras la puerta se cerraba de golpe por encima de él y el coche se alejaba hasta convertirse en una mancha blanca temblorosa y difusa.

Y a través de la bruma distorsionada y cada vez más espesa causada por la contusión, lo último que vio fue la cara que lo miraba pegada a la ventanilla trasera, el extraño pelo negro y los ojos muy abiertos, horrorizados y asustados, de su hija.

Capítulo 26

De entre todas las imágenes de aquella mañana de septiembre —los aviones atravesando los edificios, las llamas contra el cielo radiante, las torres desplomándose—, la que a Eve se le quedó más grabada en la mente fue la nube ondulante de polvo que persiguió y engulló a la multitud. Fue como si tuviera que extenderse más y hasta tragarse al mundo que observaba desde el otro lado. Y

cuando por fin se despejó, toda vida se había visto transformada de algún modo. Eve no soportaba la estridente invasión de las noticias o lo que la gente solía llamar noticias. Y en verano y a principios del otoño, cuando Pablo entraba a despertarla, ponía música y abría las puertas que daban a la terraza para dejar que el sonido saliese y el sol entrase. Sus gustos en materia de música eran caprichosos, aunque la mayoría de las veces se veían determinados por lo que estaba pintando en ese momento. Esa mañana debería haber escogido a Mozart o Tom Waits, Beth Nielsen Chapling o los cantos de los monjes tibetanos, pero optó por Las variaciones Goldberg, de Bach.

Pablo había arrastrado una silla hasta debajo del cerezo y se había subido encima para rellenar los comederos de los colibríes. Eve estaba tumbada boca arriba en la terraza, vestida con su camisón, haciendo su tabla de estiramientos matutina. En medio de la música, oyó débilmente que el móvil de Ben estaba sonando, pero no volvió a pensar en ello hasta que él apareció en la puerta. Al verle la cara supo que había pasado algo y lo primero en lo que pensó fue en Abbie. La llamada era de Sarah, dijo. Había ocurrido algo terrible en Nueva York. La residencia de la Universidad de Nueva York, en Water Street, a tan solo tres o cuatro manzanas del World Trade Center, había sido evacuada. Josh había desaparecido y no contestaba a su teléfono. Sarah estaba prácticamente histérica.

Durante lo que pareció una eternidad, mientras el horror se exhibía por televisión, llamaron a todas las personas residentes en Manhattan que conocían, con la esperanza de que Josh se hubiera puesto en contacto con ellas. Nadie sabía nada. Los móviles ya no funcionaban. Tal vez una llamada de cada veinte se realizaba con éxito. Finalmente, casi media hora después de que la segunda torre se desplomara, Sarah volvió a llamar. Josh estaba vivo. Las ventanas de la residencia se habían roto y todo el mundo había cogido cuanto había podido y había salido. Josh se había acercado para ver si podía ayudar en algo y luego se dirigió hacia las afueras, a Penn Station, donde por fin había logrado hacer una llamada. Sarah le dijo que el

chico estaba vestido a medias, que tosía, que se hallaba conmocionado y cubierto de polvo. Pero, gracias a Dios, estaba bien. Había cogido el tren y estaba camino de casa. Aquello fue muchas semanas antes de que los Cooper llegasen a comprender que, aunque aquel día habían evitado la pérdida de su segundo hijo, sin duda se

había cimentado la pérdida de la primera. La pequeña esperanza a la que se habían aferrado de que Abbie despertara de su locura y se entregara, prácticamente se desvaneció entonces. Antes de aquello, con suerte, el asesoramiento fiable de un abogado y un juez indulgente, ella podría haber suscitado una actitud comprensiva e incluso cierta compasión. Pero a medida que el mundo se endurecía y se atrincheraba y se preparaba para la guerra, las delicadas distinciones que en otro tiempo se podrían haber hecho desaparecieron ahora. Ya no existían matices grises, sino únicamente la clara división entre el bien y el mal. Y Abbie se vio irremediablemente relegada a la zona oscura.

Ben empezó a sospechar aquello a raíz de la llamada de Dean Kendrick que recibió cierto día por la tarde. Aquella llamada le dejó conmocionado.

Tras las formalidades de rigor, Kendrick le había formulado toda una retahila de lo que él llamaba preguntas «rutinarias», concernientes a cualquier posible relación que Abbie hubiera tenido con países árabes o islámicos. ¿Había viajado a Oriente Medio? ¿Sabía Ben si había tenido amigos o conocidos de aquella etnia concreta o de aquella religión en el instituto o la universidad?

—Dame un respiro, Dean —dijo Ben.

—Lo sé, Ben, perdona. Pero, por desgracia, suele haber relaciones entre esos colectivos terroristas...

—¡Colectivos terroristas!

—Ben, ya sé lo duro que es para ti pensar en Abbie de esa forma, pero es una terrorista. Escribió las iniciales de un grupo terrorista en las paredes.

Es un hecho. Tenemos que examinar todos los ángulos.

Desde aquella noche terrible en Newark no habían tenido noticias de Abbie. Ben tenía la corazonada de que su hija había abandonado el país, de que ella y Rolf habían conseguido entrar en Canadá o México o todavía más lejos y estaban utilizando el dinero para empezar una nueva vida. Había vuelto a Santa Fe con el aspecto de un boxeador profesional, luciendo los dos ojos morados y la nariz rota. Naturalmente, a Eve le preocupaban más las heridas profundas que le habían infligido aquella noche.

Sin embargo, curiosamente, conforme iban pasando los meses e iba asimilando la nueva condición de Abbie, se produjo un cambio en su interior. No hablaba mucho de ello con Eve, aunque ella sabía que Ben apenas hablaba de otra cosa con su terapeuta. Pero a partir de lo que le dijo, a ella le dio la impresión de que lo sucedido aquella noche le había ayudado a trazar una especie de línea. En cierta ocasión, le dijo que la cara que había visto en la ventanilla del coche pertenecía a otra persona, a una extraña a la que ya no reconocía como su hija. Se trataba de algo que no había descubierto hasta que la había visto. Y como no había nada más que pudiera hacer al respecto, las opciones estaban claras: podía entregarse al dolor y seguir culpándose y haciendo insoportable su vida y las de las personas que lo querían, o podía entregarse a la vida y aceptar todas las cosas buenas que no estaban corrompidas, tanto las nuevas como las viejas.

El trabajo fue lo que más pareció ayudarlo en aquel proceso. Después de un comienzo flojo —muchas llamadas telefónicas, reuniones improductivas y trabajos

no remunerados—, ahora tenía buenos contactos y un par de proyectos que lo entusiasmaban. Un joven productor de Hollywood le había pedido que diseñase una casa en un terreno de ocho hectáreas de desierto con pinos situado más allá de Tesuque, un terreno con unas vistas espectaculares de las montañas que lo rodeaban. A esas alturas, Ben había leído todos los libros escritos sobre arquitectura del sudoeste, sobre el adobe y muchos más acerca de la «construcción sostenible» y todas las cosas que se podían hacer por entonces para conseguir que una casa no dañase el medio ambiente. Él nunca lo dijo, pero Eve sabía que quería construir el tipo de casa que hubiera logrado que su hija se hubiera sentido orgullosa de él. Cuando le entregó

sus primeros bocetos, el joven productor se puso contentísimo. En primavera comenzarían la construcción. Eve nunca había visto a Ben tan estimulado. Ese mes de julio Josh pasó su primera estancia en Santa Fe.

Naturalmente, Eve estaba nerviosa. Pero conocía demasiados cuentos sobre madrastras malvadas para percatarse de que lo peor que podía hacer (aunque de todas formas no resultaba propio de ella) era esforzarse demasiado por agradar. Sin embargo, no había necesidad de preocuparse.

Aunque solo fue a pasar un largo fin de semana, Josh se mostró relajado y abierto desde el principio, y aquello la conmovió e hizo tan feliz a Ben que estuvo hablando de ello durante días. Era la primera vez que ella veía a Josh

desde aquella semana fatídica en el rancho de La Divisoria y apenas lo reconocía. Había crecido, pero ya no era torpe, como si por fin se hubiera convertido en lo que se suponía que debía ser. Y dejando de lado su nuevo corte de pelo, que parecía haber sido hecho a oscuras por un marine vengativo, estaba mucho más guapo de lo que ella recordaba.

Pablo no se separaba de él ni un momento. Cada mañana despertaba al pobre muchacho a las siete en punto y lo sacaba constantemente a jugar a fútbol, a béisbol o con el disco volador, o a cazar bichos y lagartijas en la pequeña jungla que había junto al estudio de Eve. El sábado, después de desayunar en el mercado de Tesuque, Ben los llevó a todos a ver la casa, que en menos de tres meses ya estaba empezando a adquirir una apariencia espectacular. Josh parecía sinceramente impresionado. No paraba de decir lo «increíble» que era, y aunque Ben trataba de mostrarse todo lo modesto que la ocasión requería, se podía apreciar que crecía un par de centímetros con cada elogio.

La última noche que Josh estuvo allí, hicieron una barbacoa y se quedaron hasta tarde en la terraza bajo una luna gris veteada, a dos días de ser llena. Hacía mucho que Pablo se había dormido y Ben había desaparecido dentro de la casa con los platos, sin duda de forma deliberada, para dejar solos a Eve y a Josh. Se quedaron un rato mirando las ascuas brillantes del fuego, en medio del aire refrescante del jardín invadido por el ruido rítmico de los insectos.

—Pablo es un niño enrollado.

—Lo es. Tú también le pareces bastante enrollado.

Se sonrieron el uno al otro y volvieron a mirar el fuego. Ella notó que él quería decir algo más, pero tal vez no sabía cómo.

—A ti y a mi padre se os ve... bien. Felices.

—Lo somos.

—Me alegro.

—Gracias, Josh. Eso significa mucho para nosotros.

—¿Sabes la forma en que la gente habla de la felicidad o la infelicidad, como si fuera algo que pasara así, sin más?

—Sí.

—Pues a veces creo que no es así y que a lo mejor todos podemos decidir, ya sabes, elegir lo que queremos ser. O felices o infelices. ¿Sabes a lo que me refiero?

—Desde luego.

Iris llevaba al menos cinco minutos observando cómo el chico cortaba el césped de Sarah. Estaba mirando por la puerta abierta que daba a la terraza, pero se hallaba un poco apartada a la sombra, probablemente porque no quería que el objeto de su mirada lujuriosa se diera cuenta.

—Santo Dios, mira qué músculos tiene en los brazos —dijo.

—Iris, ¿te das cuenta de que técnicamente podrías ser su abuela?

—No seas ridícula.

—Por el amor de Dios, tiene diecisiete años.

—¿De verdad? Me estás tomando el pelo.

—No.

—Dios, ¿qué le está pasando al género humano? Los chicos parecen hombres a los diecisiete.

El cortacésped era una pequeña podadora John Deere con asiento, y Jason, bronceado, rubio y gloriosamente desnudo hasta la cintura, lo estaba manejando expertamente alrededor de los abedules plateados, dejando islotes de hierba más larga, exactamente como Sarah le había pedido.

—¿Quieres más té helado? —preguntó Sarah.

Iris no pareció oírla.

—Eh, señora Robinson. ¿Quieres más té?

—Ah, sí, de acuerdo.

Volvió a la mesa y Sarah le llenó el vaso. Hacía poco que habían terminado de comer. Hacía demasiado calor para comer en la terraza. Iris había acudido para hacerle compañía mientras Josh estaba en Santa Fe conociendo a la Catalizadora. No había nada malo en ello. Tarde o temprano iba a ocurrir, y Sarah no se sentía tan mal como había esperado. Y

tener a Iris allí durante el fin de semana había sido estupendo. Había sido como en los viejos tiempos. Las dos solas, sin niños ni maridos. Habían salido a comer tres veces, habían dormido en la misma cama y llorado juntas mientras se comían una tarrina entera de helado con trocitos de chocolate y veían El paciente inglés, y habían hablado hasta que les había dolido la mandíbula.

El último mes Jeffrey había pronunciado uno de sus periódicos discursos de «lo dejo todo». Normalmente esos momentos se olvidaban, mitigados por los elogios y un aumento de salario o una participación mayor en el negocio. Pero esta vez casi parecía que lo dijera en serio. Por lo visto, Brian había vuelto a dar la tabarra con el

tema de irse a California, lo cual según Jeffrey debía ser tomado casi tan en serio como cuando en una obra de Chejov uno de los personajes decía que quería ir a Moscú. Sin pensarlo un segundo, Sarah había dicho: «¿Sabes qué, Jeffrey? Quédate tú

y yo dejaré el trabajo».

Él tardó un rato en darse cuenta de que no estaba bromeando. Sarah dijo que, ya que durante los últimos años más o menos él había estado llevando el negocio solo y ya poseía un cuarenta y nueve por ciento del negocio, podía quedarse con el resto. Más por el orgullo de Jeffrey que por su propio provecho, Sarah propuso un trato según el cual él pagaría unos cuantos miles de dólares por adelantado a cambio del cincuenta y uno por ciento de ella y más adelante una cantidad extra por lo que él insistió en llamar un

«acuerdo de asesoría», que al parecer implicaba poco más que leer adelantos de libros, organizar algún que otro acto con escritores y asistir a muchas comidas. A Iris le pareció que estaba loca, pero a Sarah le daba igual. Había llegado el momento de cambiar.

—Pero ¿qué vas a hacer? —volvió a preguntar Iris, mientras bebía su té helado. Era aproximadamente la decimoctava vez que lo hacía. Sarah encendió otro cigarrillo.

—No lo sé. Viajar mucho. Contigo, si te apuntas.

—Cómo no. Vayamos a Venecia.

—Trato hecho. Y leeré. Tal vez hasta intente escribir algo. Ponerme en forma. Dejar de fumar...

—Liarte con Jason, el cortador de césped.

—Sí. O con su hermano pequeño.

—En serio, ¿cuándo fue la última vez que hiciste el amor?

—Ayer, contigo. ¿No te diste cuenta?

—Sarah, hablo en serio.

—¿Aparte de aquella noche con Benjamin?

—Cuanto menos hables de eso, mejor.

—No sé, casi tres años, supongo.

—Dios mío.

—No echo tanto de menos el sexo como la compañía.

—Ya lo sé, pero... Caramba. Tres años. Yo habría perdido la chaveta.

¿Por qué

no pruebas con una agencia de citas rápidas?

—Iris, dame un respiro.

—Supongo que te estás cerrando.

—Exactamente. Mira, si aparece la persona adecuada, perfecto. Podría ser ahora mismo. Me gustaría. Pero no voy a salir a buscarla.

—¿Ni siquiera al jardín?

—Eres mala.

Iris volvió a Pittsburgh esa misma tarde. Y unas horas después llegó Josh, que se dedicó a desviar con habilidad todas las preguntas que ella le hizo sobre la Catalizadora, su casa, su hijo... Su discreción resultaba frustrante, pero ella la respetaba, aunque no estaba segura de si era consecuencia de la actitud protectora de Josh hacia ella o de lealtad a su padre.

En los quince meses que habían transcurrido desde la entrega del dinero, ella y Benjamin solo se habían visto en dos ocasiones, aunque habían hablado unas cuantas veces por teléfono. Sarah no olvidaría jamás la imagen de él en la puerta, con la camisa rota y cubierta de sangre, los ojos como dos meras hendiduras y la cara hinchada como la de un hombre de Neandertal. Y luego en la cocina, mientras ella le lavaba las heridas, diciendo una y otra vez lo estúpido que era y cómo lo había echado todo a perder, y arrepintiéndose de no haber cogido las llaves o haber llevado un arma o haber rajado los neumáticos...

Al mes siguiente, cuando fue a la graduación de Josh en el instituto, la hinchazón había disminuido, pero su cara seguía luciendo una paleta de tonos azules, morados y amarillos alrededor de los ojos inyectados en sangre, y el bulto de boxeador que tenía en la nariz probablemente le quedaría para siempre. Fue valiente al acudir, pues sabía que los padres de Sarah estarían presentes. Ellos apenas repararon en su presencia y se marcharon inmediatamente después de la ceremonia. Por la noche, Josh se fue a una fiesta yl os dos cenaron juntos y, por supuesto, pasaron la mayor parte de la velada hablando de Abbie. Pero en cierto modo fue distinto.

Parecía que algo se hubiera aclarado o se hubiera concretado a raíz de lo ocurrido aquella noche en el centro comercial. Aunque era algo que nadie había expresado, parecía que aceptasen mutuamente que la chica se hallaba fuera de su alcance y que no tenía remedio; una conclusión que se vería debidamente certificada meses más tarde por las repercusiones del 11 de septiembre. Sarah sabía que era una locura contemplar el tema en aquellos términos, pero lo que había pasado aquella mañana, las terribles horas durante las que Josh había desaparecido, parecían ahora una perversa suerte

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