Cuando el abismo separa
Agradecimientos .......................................................................... 5
Este capítulo es largo, así que está dividido en 16 partes.
«Born in the USA». Abbie estaba bailando con Lane Delroy y su hermano Ryan. Él y Abbie se habían liado el verano anterior, pero afortunadamente él lo había olvidado y se lo había tomado con calma, y ahora volvían a ser buenos amigos. Todo el mundo estaba riéndose del padre de Ryan, Delroy, a quien Abbie encontraba en el fondo un poco inquietante. Era uno de esos tipos que siempre estaban rodeándote con el brazo, sin llegar a meterte mano pero casi. Ahora mismo estaba intentando enseñar a Katie Bradstock y a su madre a bailar una divertida especie de danza tribal africana.
Sarah estaba bailando con Tom Bradstock, que tenía una forma graciosísima de arrastrar los pies imitando a los Blues Brothers, mientras Ben hacía de Bruce Springsteen ante Maya Delroy. Unos cuantos años antes, Abbie se habría muerto de vergüenza al ver a sus padres haciendo el ridículo de aquella forma, pero ahora estaba orgullosa de ellos. Daba gusto verlos tan felices y divirtiéndose tanto. Su mirada volvía constantemente hacia Ty. Era demasiado perfecto para ser de verdad. No solo era dulce y sensible y se parecía a Brad Pitt (bueno, vale, de lejos, un poco), sino que también tocaba la guitarra y cantaba como una auténtica estrella de rock de las que salían en la MTV.
El otro día, cuando él le había comentado que tenía un grupo con unos amigos de la universidad y que si ella quería podían tocar en el cumpleaños de su padre, Abbie no había esperado ni por asomo algo tan divertido.
Estaba guapísimo con sus tejanos azules y su camisa blanca de botones nacarados empapados de sudor. Abbie estaba bailando para él y notaba sus ojos posados en ella adondequiera que iba. Solo faltaban cinco días para volver a casa. Lo iba a echar de menos terriblemente. Sobre todo después de la noche anterior.
Cada tarde, después del último paseo, soltaban los caballos y un par de empleados del rancho los acompañaban al prado para que llegasen sin ningún percance. El día anterior le había tocado a Ty y, con el pobre pretexto de que su compañero no se encontraba bien, le había pedido a Abbie que fuera con él a caballo. Era la primera temporada que él trabajaba en La Divisoria, y desde el momento en que se habían fijado el uno en el otro se había hecho evidente que existía cierta complicidad entre ambos y que, si no lo impedían, ocurriría algo. Hacía días que Abbie bajaba a los establos para ayudarlo con los caballos y, después de hablar mucho y tocarse el uno al otro como por accidente, él la había besado por fin dos días antes. El problema era que apenas disponían de momentos en que pudieran estar los dos solos, y para no poner en peligro su trabajo, tenían que ser discretos. Lane y Katie eran las únicas que lo sabían. Y aunque Abbie sospechaba que estaban un poco celosas, la habían ayudado la tarde anterior. La visión de los caballos trotando con estruendo por el campo de artemisas, levantando tras ellos una nube de polvo rojo iluminado por el sol, resultaba impresionante. Los animales no necesitaban que los llevasen en manada, y Abbie y Ty se limitaron a seguirlos. Una vez llegaron al prado, lo atravesaron en dirección a una colina baja y se tumbaron el uno al lado del otro en la hierba de dulce aroma que había al pie de los árboles, y se dedicaron a contemplar cómo pacían los caballos. Él se mostró tierno y más indeciso de lo que ella esperaba, casi tímido. Y aunque ella solo había hecho el amor una vez, con un chico del colegio en una fiesta de ese año, imaginó que era la primera vez de Ty y se sorprendió tomando la iniciativa, ayudándolo con el condón cuando él empezó a manipularlo torpemente y diciéndole que no se preocupara si se corría demasiado rápido. La segunda vez era mucho más fácil y mejor.
Al anochecer, cuando ya se vestían, oyeron voces y, antes de que pudieran fingir que estaban haciendo otra actividad más inocente, dos
figuras aparecieron como salidas de la nada. Eran las mujeres de Santa Fe cuyos nombres, según descubriría Abbie más tarde, eran Lori y Eve. Era su primer día en el rancho y estaban dando un paseo y explorando el terreno.
Sin duda habían visto a Abbie y a Ty con la suficiente claridad para reconocerlos y descubrir lo que estaban haciendo, pero actuaron como si no hubieran visto nada y, sin pronunciar palabra, cambiaron de dirección y se encaminaron hacia el rancho.
Esa mañana, durante el paseo a caballo, Abbie se horrorizó al llegar al mirador y ver que las dos mujeres estaban allí esperando con su madre y su padre junto a los Delstock.
—Supongo que será mejor que vaya empezando a buscar otro trabajo —
dijo Ty en voz baja mientras bajaban de sus caballos.
Pero no había indicios de que las mujeres hubieran divulgado la noticia.
De todos los hombres presentes, el padre de Katie era el más guasón, y siempre soltaba algún comentario embarazoso. Fue él quien se decidió a presentar a Eve y Lori a Ty y los chicos, ninguno de los cuales, supuestamente, se conocía aún.
—Y esta es la adorable princesa Abbie —dijo Tom Bradstock. Las mujeres sonrieron y la saludaron cordialmente, y Abbie, que por lo general nunca se mostraba tímida, les devolvió el saludo y las miró a los ojos el tiempo justo para comprobar que no había en su mirada el menor atisbo de complicidad.
—Y este es Ty, el vaquero más guapo del mundo. Trae locas a las chicas. Ty estrechó la mano a las dos y solo entonces, al ver que el padre de Katie seguía sin lanzar ninguna mirada delatora ni hacer ningún comentario agudo, Abbie se relajó un poco y empezó a pensar que se habían salido con la suya. Ahora mismo, mientras observaba cómo él cantaba y tocaba la guitarra, le habría gustado que todo el mundo lo supiera. Todos estaban entonando el estribillo final de «Born in the USA» y parecía que el techo estuviera a punto de saltar. Cuando la música cesó, se oyó una gran ovación, y Ty aguardó junto al micrófono, sonriente y reluciente de sudor, hasta que se le pudiera oír bien.
—Muchas gracias —dijo—. Vamos a hacer un descanso. Me parece que a alguno de vosotros también os vendrá bien. Esto ha sido solo el calentamiento. Volveremos dentro de un rato y tocaremos rock and roll del bueno. Había ponche de frutas en la barra, pero Abbie solo quería agua.
Después de que le dieran una botella de agua, salió a la terraza, que había
sido decorada con pequeñas luces blancas. Había demasiada gente y demasiado ruido, y bajó por la ancha escalera de madera que descendía hasta el césped. Las lámparas de los parterres de las flores lanzaban haces de luz a través de la hierba, pero Abbie decidió quedarse a la sombra situada entre ellos, disfrutando del contacto del aire fresco en sus mejillas son-rosadas y de la hierba en sus pies descalzos.
Echó la cabeza hacia atrás y apuró la botella de agua de un largo trago, contemplando las estrellas. Mientras miraba el cielo, pasó una estrella fugaz, y al cabo de un instante, otra.
—Espero que hayas pedido dos deseos.
Creía que estaba sola y la voz la asustó. Por un momento no supo de quién se trataba, y entonces vio a Eve, que le sonreía desde la sombra.
—Ah, hola. Bueno, si tú también las has visto, creo que deberíamos repartírnoslas.
—Vale, trato hecho.
Eve cerró los ojos y ofreció su rostro sonriente al cielo. Desde la tarde del día anterior, Abbie se había sentido demasiado incómoda para dedicar a la mujer algo más que una mirada furtiva. Probablemente tenía treinta y tantos años, era alta y poseía un largo cuello, y esa noche llevaba su pelo moreno largo y ondulado recogido con un pañuelo de seda del mismo color verde salvia que su vestido. Su cara tenía algo fuera de lo común, con una nariz ligeramente larga y una boca ancha. Aunque no era exactamente hermosa, sin duda era atractiva, sobre todo ahora, que volvía a tener los ojos abiertos. Miraba de una forma calmada y directa que a Abbie le resultaba un tanto desconcertante.
—¿Has pedido tu deseo?
—Todavía no. Tengo tantos que no sé por cuál decidirme.
—Qué maravilloso es ser joven. A medida que te haces mayor, los deseos se van reduciendo y acabas pidiendo siempre lo mismo.
—¿Quieres decir que los demás deseos se hacen realidad?
—No. Solo algunos. Pero concéntrate en el más importante.
—El que no puede hacerse realidad.
Eve se rió.
—Tal vez sea ese.
Durante un rato ninguna de las dos dijo nada y se quedaron mirando el cielo, esperando a que pasara otra estrella fugaz. La risa de Tom Bradstock resonaba desde la terraza, detrás de ellas.
—Eres de Nueva York, ¿verdad? —dijo Eve.
—Sí. De Long Island.
—¿Estás en la universidad?
—Iré el año que viene.
—¿Sabes adonde vas a ir?
—Mi madre y mi padre están empeñados en que vaya a Harvard.
—Pero tú no.
—No. Yo quiero venir aquí.
—¿Te refieres a Montana?
—A lo mejor. Por lo menos a algún sitio del oeste. Me encanta esto.
Colorado, Oregon, quizá. No lo sé. El caso es que me interesa mucho la vida salvaje, el medio ambiente y ese tipo de cosas. Y quiero estar en algún sitio donde no haya sido todo destruido. Por cierto, mi madre y mi padre todavía no lo saben, ¿vale?
—No te preocupes.
—Y tampoco saben lo de...
—Abbie, siento lo que pasó. Estábamos echando un vistazo. No teníamos ni idea...
—No fue culpa vuestra. Pero os estaría muy agradecida si...
—Te prometo que ni Lori ni yo hemos dicho una palabra a nadie. No es asunto nuestro. Lamento haberte hecho sentir incómoda.
—No, la que lo lamenta soy yo.
—Bueno, ¿por qué no dejamos de lamentarlo y nos olvidamos de todo?
—Vale.
Debido a lo que había ocurrido, Abbie estaba predispuesta a que aquella mujer le cayera mal, y se sorprendió al descubrir lo simpática que era. Ryan Delroy y Will, el hermano de Katie, habían iniciado el rumor de que ella y su amiga Lori eran lesbianas —o, en palabras de Will, y pese a la corrección política de su padre,
«bolleras»— simplemente porque estaban pasando las vacaciones juntas.
—Eres de Santa Fe, ¿verdad?
—Así es. Al menos es donde vivo ahora. Me crié en California.
—Tú eres pintora y Lori es la dueña de una galería, ¿no?
—Exacto. Es ideal, ¿verdad?
—¿Qué clase de cuadros pintas?
—Hum. Bueno, la mayoría son de arte figurativo, pero no lo que se dice realistas. Son más psicológicos, más exploratorios. Supongo que se puede decir que pinto lo que pasa en mi vida. Es como una terapia, pero más barato. Últimamente he hecho muchos cuadros sobre mi hijo.
—¿Tienes un hijo?
—Sí. Se llama Pablo y tiene casi dos años y, cómo no, es el niño más maravilloso sobre la faz de la Tierra.
—¿Dónde está ahora?
—Con su padre. No vivimos juntos.
—Ah. Debes de echarlo de menos... a Pablo, quiero decir.
—Sí. Pero solo será una semana y ellos siempre se lo pasan bien juntos.
¡Mira, otra estrella! ¿La has visto?
—Sí.
—Esa es tuya. Yo ya estoy servida.
—Apuesto a que sé lo que has pedido antes.
—¿Ah, sí? ¿También eres adivina?
—No. Es que mi padre dice que cuando tienes hijos lo único que deseas es que estén sanos y sean felices. Y como me has dicho que tienes uno, supongo que eso es lo que has deseado.
—Que esté sano y sea feliz son dos deseos.
—Pues entonces será mejor que te quedes también esa estrella.
Ben descansaba apoyado en la barandilla de madera de la terraza, donde Tom Bradstock estaba entreteniendo a un pequeño grupo con una de sus historias. Había ido a por más bebidas, de modo que no había oído la anécdota desde el principio, pero trataba sobre una rata que se había instalado en la casa donde Tom y Karen vivían con sus hijos cuando eran pequeños. El exterminador había echado veneno y unos días más tarde, en plena noche, habían oído un extraño chapoteo que venía del cuarto de baño de los niños.
—Así que fui a echar un vistazo y me quedé escuchando. Nada.
Entonces levanté la taza del retrete y allí estaba, mirándome, una rata enorme. Era grande, del tamaño de un perro pequeño. En serio. Bueno, vale, del tamaño de un perro muy pequeño. Por lo visto el veneno les da sed y se había metido allí a beber. Así que cerré la tapa y tiré de la cadena para que se fuera por el váter, pero cuando volví a levantarla seguía allí, mirándome, empapada pero agarrándose desesperadamente. Movió la nariz imitando a la rata y todos se echaron a reír. Casi todos. Ben estaba al lado
de Karen y la oyó suspirar, y al mirarla, la mujer le dedicó una sonrisa irónica y movió la cabeza con gesto incrédulo.
—Dios —dijo en voz baja—. Si le dieran diez dólares cada vez que cuenta esa historia, sería rico.
—Para entonces Karen había venido a ver lo que pasaba —continuaba Tom—. Así que le dije...
—Karen, tráeme la caja de herramientas —le dijo Karen a Ben moviendo mudamente los labios.
—... Karen, tráeme la caja de herramientas.
Ben sonrió. La historia continuó y, aunque se hacía un poco larga, era buena y Tom sabía contarla. Justo cuando estaba intentando matar a la rata con un martillo de orejas y el animal no paraba de chillar y retorcerse, la pequeña Katie, de cuatro años,
apareció en la puerta con cara de sueño y dijo que quería hacer pipí.
Preguntó qué
estaba haciendo su papá y él le dijo, como si estar allí en cueros a las tres de la mañana con un martillo manchado de sangre en la mano fuera lo más normal del mundo, que el váter se había roto y lo estaba arreglando, así que tendría que utilizar el lavabo de sus papas.
—Si la pobre niña se hubiera encontrado una rata en el fondo del retrete o la hubiera visto toda ensangrentada y retorciéndose, se le habrían quitado las ganas de volver a utilizar jamás un inodoro, ¿no creéis? Se habría vuelto anoréxica para el resto de su vida. Así que Karen la llevó a hacer pipí y la metió otra vez en la cama mientras yo terminaba el trabajo. Entonces llevé el cuerpo abajo, lo envolví en periódicos y lo tiré a la basura, y luego me quité toda la sangre de las manos y del martillo en el fregadero. Como un asesino, que es exactamente lo que soy ahora. Luego volví arriba y me metí en la cama. Y me quedé allí tumbado el resto de noche, con los ojos como platos, mirando al techo...
Karen se volvió nuevamente hacia Ben y dijo la frase de remate moviendo mudamente los labios:
—Sintiéndome como Anthony Perkins en Psicosis.
—... como Anthony Perkins en Psicosis.
La anécdota fue bien recibida. Luego Maya Delroy empezó a contar una historia sobre un encuentro que había tenido con un escorpión, pero ella no tenía la gracia de Tom y Ben no se molestó en escuchar.
—¿Es exclusivo de los hombres o las mujeres también contáis las mismas historias una y otra vez? —preguntó a Karen.
—Dímelo tú.
—Sarah no lo hace.
—Yo tampoco.
—Pero probablemente yo sí que lo haga. Todos los hombres tenemos nuestro numerito para las fiestas.
—¿Lo ves?
—¿Y por qué las mujeres no lo hacéis?
—Porque no sentimos que tengamos que impresionar a todo el mundo con nuestro ingenio y nuestra inteligencia.
—¿Y los hombres sí?
—Por supuesto. Constantemente.
—Bueno, ahí tienes a Maya, contando una historia. ¿Está intentando impresionar al personal?
—No. Ella simplemente está contando una historia.
Ben sacudió la cabeza, sonrió y bebió un trago de su botella de cerveza.
Siempre le había caído bien Karen, quien tenía un humor subversivo del que cualquier cosa y cualquier persona podían ser objetivos legítimos.
—¿Cuánto lleváis casados vosotros dos? —preguntó.
—Este otoño hará doscientos años.
—Venga ya. Parece que os lleváis estupendamente.
—Y así es. En el fondo. Pero ¿acaso el matrimonio no es un infierno?
¿Quién lo
inventó? Dos personas que tienen que aguantarse un año sí y otro también, y que poco a poco empiezan a aburrirse mortalmente la una de la otra. Los ronquidos, los pedos... Se supone que somos la especie más evolucionada, que somos superinteligentes, ¿y esto es lo mejor que se nos ocurre?
—Yo creo que está pensado para dejar la mente libre, y así poder dedicarla a otras cosas.
—¿El matrimonio?
—Sí. De lo contrario, dedicaríamos toda nuestra energía creativa a andar unos detrás de otros.
—A mí no me molestaría.
Ben se rió.
—No, en serio —continuó Karen—. ¿Qué sentido tiene el matrimonio hoy en día? Me refiero a que la idea original era mantener a los hombres atados más tiempo, para que trajesen a casa el pan de sus hijos y ahuyentasen a los tigres feroces. Pero ahora las mujeres pueden ocuparse prácticamente de todo ellas solas. Supongo que es por el sexo. Es la razón por la que se casó la generación de nuestros padres. Pero luego apareció la pildora, así que ya no es una razón válida.
—Sospecho que eso parece más un argumento contra los hombres que contra el matrimonio.
—Ni hablar. Los hombres son fantásticos. Aunque ahora que lo dices, a lo mejor no necesitamos a tantos de vosotros. ¿Sabes? Podríamos tener unos cuantos especímenes de primera en jaulas para preservar la especie y saciar nuestro apetito carnal.
—Suena estupendamente.
—¿Crees que te salvarías?
—¿Te impresiono con una de mis historias?
Karen le tocó el brazo y se rió. Delroy subió la escalera desde el césped y se unió
al pequeño grupo que estaba escuchando la historia del escorpión de su mujer. Tenía los ojos enrojecidos y calzaba una sonrisa de oreja a oreja. Una de las pocas cosas que no ocultaba era su afición a la hierba. La mayor parte de las noches, después de cenar, se escabullía silenciosamente entre los árboles a fumar. Siempre bromeaba diciendo que iba a buscar pájaros. Ben, que no había fumado maría ni tan siquiera un cigarrillo desde la universidad, últimamente había sentido el deseo inexplicable de acompañarlo, pero por el momento le había dado demasiada vergüenza pedírselo.
—Hola, Del —dijo Tom Bradstock en voz baja—. ¿Has visto algún pájaro carpintero con tres patas esta noche?
Delroy sonrió.
—He visto una bandada entera.
Maya estaba terminando su historia. No parecía contener nada parecido a una frase de remate, pero sin duda tenía un mensaje más profundo y kármico que a Ben se le había escapado. No había estado escuchando con atención. Había estado pensando en lo que había dicho Karen y mirando a Sarah. Ella se encontraba al otro lado de la terraza, hablando y riéndose con
Lane y Katie y una pareja de chicos del grupo. Él siempre había admirado, e incluso envididado ligeramente, la facilidad que ella tenía para entenderse con los chicos de aquella edad. Elegante como nunca con su vestido suelto de lino color crema, el pelo recogido con cuidado detrás de las orejas y unos pendientes de perlas, parecía salida de un anuncio de Ralph Lauren. Entretenida pero un tanto distante.
Inalcanzable. Mientras la observaba, se sintió
extrañamente desapegado, como si estuviera examinando a una extraña.
Y se dio cuenta de que Karen lo estaba examinando a él.
—¿Qué tal estás? —dijo ella.
—¿Yo? Estupendamente. ¿Por qué?
—Porque salta a la vista que no es así.
—¿A qué te refieres?
—Este año estás cambiado. Pareces... no sé. Preocupado. Un poco triste, quizá. Ben arqueó las cejas y le dedicó una sonrisa recelosa.
—Perdona —dijo Karen—. No es asunto mío.
—No, no pasa nada. Pero estoy bien, de verdad. Supongo que hace un par de meses que no disfruto en el trabajo. Y parece que me haya olvidado de dormir.
—¿Y eso a qué se debe?
—A nada. Escucha, estoy bien, sinceramente. Venga, hoy es mi cumpleaños, me lo estoy pasando de maravilla.
—Vaya, Ben, eso es... fantástico.
Karen apartó la vista y bebió un trago, y Ben se sintió terriblemente mal por estar tan tenso y ponerse a la defensiva. Pero ¿qué podía haber dicho?
¿Que sentía que su mundo se estaba desmoronando poco a poco bajo sus pies? ¿Que se sentía aislado, vacío y afligido y no sabía por qué? No era sencillo charlar sobre aquellas cosas. Al menos no con una mujer que, a pesar de la franqueza con la que todos hablaban cada verano durante aquellas dos semanas, no era precisamente una amiga íntima. De hecho, no se imaginaba hablando de ello con nadie. Y no era porque le diera miedo hacer confidencias, sino porque no sabría por dónde empezar. Al mirar esa mañana a Abbie y a Josh alejarse por la pradera, había compartido su alegría palpable. Pero la imagen se había instalado durante todo el día en su cabeza y —en contraste con lo que había venido después— se había transmutado en algo lúgubre y simbólico. Dos jóvenes adultos felices, que se alejaban solos, fuertes y seguros, mientras sus padres se retiraban a un
espacio cada vez más frío donde solo había eco. Al reproducir la imagen una y otra vez, como si fuera un trailer que uno no quiere ver porque le avanza lo fundamental de la película, había tenido el presentimiento de una profunda pérdida.
A decir verdad, todo tenía que ver con Abbie. Aunque jamás se lo habría confesado a nadie, ella siempre había sido su favorita, como Josh lo era de Sarah. Tal vez fuera así como se dividían las familias compuestas por cuatro miembros: el padre se asociaba con la hija, y la madre, con el hijo.
Desde luego eso era lo que había ocurrido cuando él estaba creciendo. Y los resultados habían sido perjudiciales, pues la adoración ciega que su madre sentía por él había despertado los celos de su marido, lo que había acabado arruinando su matrimonio y había levantado un muro entre padre e hijo que ninguno de los dos había sido capaz de trepar. Ben siempre se había empeñado en que no ocurriera lo mismo entre él y Josh. Y
no había sido así. Los dos se llevaban bien. Pero a pesar de que quería mucho al chico, el amor que sentía por él era distinto al que sentía por Abbie. Ella era la luz que lo había sustentado durante mucho tiempo. Y
ahora, a medida que el haz de aquella luz se orientaba hacia fuera y empezaba a brillar en el mundo, notaba que la sombra invadía su terreno.
Era algo ilógico, pues se enorgullecía sinceramente de la independencia cada vez mayor de sus hijos. Le gustaba citar las palabras de El profeta, de Kahlil Gibran, que Martin —su mejor amigo y su socio en el trabajo, además del padrino de Abbie—
había leído en su bautizo; palabras que recordaban que los padres nunca debían sentir que eran dueños de sus hijos. Más bien debían considerarse los arcos desde los cuales eran lanzados sus hijos e hijas a modo de flechas vivientes. Ben creía en ello y consideraba, además, que aquello era justo y que debía ser así. Pero lo que nadie le decía a uno era lo que le ocurría al arco una vez que las flechas habían desaparecido.
¿Eso era todo? ¿Se quedaba apoyado en un rincón de un armario acumulando polvo?
Lo egoísta de aquella idea le sorprendió y, para apagar la sensación, apuró el resto de cerveza y dejó la botella en una mesa. Karen se había apartado y estaba hablando con otra persona. Mientras atravesaba el grupo de gente repartido a lo largo de la terraza, cuyas caras se volvían hacia él, le sonreían y le deseaban feliz cumpleaños, vio que Abbie subía la escalera.
Llevaba puestos unos tejanos azules y una blusa rosa claro que dejaba a la
vista sus caderas y su barriga. Estaba sensacional. Ella lo vio, se dirigió a él y lo abrazó rodeándole el cuello con los brazos.
—¿Por qué has hecho eso? —dijo Ben.
—Por nada. Parecía que lo necesitabas.
Él la apartó cogiéndola de los brazos descubiertos para examinarla.
Parecía que brillase.
—¿Te lo estás pasando bien? —preguntó Ben.
—Genial. ¿Y tú?
—Claro.
—¿Por qué no llevas puesto el sombrero?
—No quería que el resto de hombres se pusieran celosos.
—¿Dónde está mamá?
—Por ahí, coqueteando con los chicos del grupo.
—¿A que son increíbles?
—No están mal. Excepto el cantante.
—Ya lo sé. Tienen que deshacerse de él sea como sea.
Abbie sonrió y entornó los ojos ligeramente, y él notó que estaba intentando averiguar cuánto sabía su padre.
—Ty me ha preguntado si me gustaría ir a visitar su rancho el jueves.
¿Puedo ir?
—¿Tiene su propio rancho? Bueno, eso lo cambia todo.
—Es de sus padres. El jueves es su día libre. Está en Wyoming, muy lejos, así
que tendríamos que irnos el miércoles por la tarde. ¿Te importa?
Ben se encogió de hombros.
—Supongo que no. Ve a ver qué dice tu madre.
Abbie alargó la mano y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias, papá.
Se marchó a buscar a Sarah. Ben se giró para ver cómo se alejaba.
—Debes de estar muy orgulloso de ella.
Se volvió y vio a Eve enfrente de él, sonriendo. Probablemente había estado allí
todo el rato que él había estado hablando con Abbie.
—¿No es curioso que uno siempre sepa cuándo quieren algo...? Sí, bueno, comparada con otras hijas, supongo que no está tan mal. Tú eres Eve, ¿verdad?
—Y tú Benjamin.
—Es evidente que has estado hablando con mi mujer. El resto de gente me llama Ben.
—Ben.
Él le tendió la mano y ella la estrechó con una solemnidad fingida, tal vez porque ya habían sido presentados por la mañana durante el paseo a caballo. Las mujeres atractivas siempre le hacía actuar con torpeza. La mano de ella tenía un tacto frío.
Se había fijado en ella al verla entrar en el comedor la noche anterior. Y
aunque no habían intercambiado palabra durante el paseo, él había pasado mucho rato mirándola con picardía. Había reparado en su sonrisa, larga y ligeramente sardónica, en aquella voz grave que no arrastraba exactamente las palabras, en la forma resuelta en que te clavaba aquellos ojos oscuros, como si supiera más sobre ti de lo que te gustaría; lo cual, teniendo en cuenta que había estado hablando con Sarah, no debía tomarse a la ligera.
—Abbie me ha dicho que venís aquí cada verano.
—Sí. Esta es nuestra cuarta visita. Tal vez sea hora de que vayamos a otro sitio.
—¿Porqué?
—Oh, no sé. Supongo que porque es bueno cambiar de sitio, hacer algo distinto.
—A los chicos parece encantarles.
—Sí. No te creerías lo mal que nos lo hizo pasar Abbie el primer año cuando dijimos que habíamos hecho reservas para un rancho de turistas. A ella siempre le ha gustado salir fuera, pero estaba atravesando esa fase en la que parece que lo único que quieren hacer las chicas es pasar el rato en el centro comercial. Todas sus amigas iban a ir de vacaciones a Europa, a Hollywood o a Miami, y ella iba a ir a un rancho para turistas. Todavía me acuerdo de lo enfurruñada que iba en el asiento de atrás cuando subíamos por el camino, diciendo: «Anda, mira, una vaca. Anda, mira, otra vaca».
Eve se rió.
—Evidentemente, vio la luz.
—Tardó unos cinco minutos.
Se hizo una breve pausa. Se sonrieron el uno al otro, y Ben se dio cuenta de que estaba mirando la boca de la mujer con demasiada intensidad.
—¿Te traigo una copa? —dijo.
—No, ya tengo suficiente, gracias. Pero ve si tú quieres...
—No, yo también tengo suficiente.
Se quedaron allí un rato mientras Ben buscaba algo que decir. Todo el mundo parecía estar riéndose y hablando excepto ellos. Eve estaba mirando a su alrededor como si quisiera escapar y de repente miró hacia él y lo sorprendió observándola.
—Sarah me ha dicho que eres arquitecto. ¿Diseñas casas o...?
—A veces. No tan a menudo como me gustaría. Mi socio se queda con la mayoría del trabajo excitante. Yo me encargo de las cuestiones aburridas del negocio: perseguir a la gente que nos debe dinero, esa clase de cosas.
Cada cierto tiempo hago alguna remodelación para no perder la práctica. Y
de vez en cuando, algún edificio nuevo. De hecho, últimamente he estado trabajando en uno.
—¿De qué se trata?
—Es una pequeña urbanización. En los Hamptons.
—Yo creía que nadie hacía cosas pequeñas en los Hamptons.
—Bueno, no está exactamente en los Hamptons. Y el problema es que no es lo bastante pequeño. Es un solar reducido, muy bonito. Con muchos árboles, perfecto para un par de casas de tamaño medio. Pero ahora los promotores quieren librarse de todos los árboles, duplicar el número de casas y hacerlas el doble de grandes. En fin, otro montón de ridiculas McMansiones.
—McMansiones. Me gusta.
—¿No lo habías oído antes? Hoy día están por todas partes. En realidad, lo que esos tipos querían era algo más Garaj-Mahal.
Ella se rió.
—De todas formas, probablemente no se lleve a cabo. Al menos, conmigo. Antes de que viniéramos aquí tuve una discusión colosal. Me marché de una reunión. Ya sabes, en plan arquitecto endiosado. Me levanté y me fui. No lo había hecho en mi vida, pero desde luego a partir de ahora voy a hacerlo mucho más a menudo.
—¿Se siente uno bien?
—Se siente de maravilla.
—Sarah me ha dicho que diseñaste vuestra casa.
—Sí.
—¿Cómo es?
Ben no se imaginaba qué interés podía encontrar ella en aquello. Por un momento se preguntó si no lo estaría tratando con condescendencia.
—¿Conoces ese edificio increíble de Frank Gehry que está en Bilbao?
Ella asintió con la cabeza de forma entusiasta.
—¿El museo Guggenheim?
—Bueno, pues no se le parece en nada.
Ella volvió a reírse, y su risa pareció sincera. Dios, se sentía gracioso.
—Es blanca, tiene varios pisos y un jardín grande en la parte de delante con un maravilloso cornejo y un camino de entrada de ladrillo en forma de curva. Tiene suelos de roble y de piedra caliza, y una escalera ridiculamente exagerada digna de Audrey Hepburn, que en realidad solo puse para impresionar a mis suegros...
—¿Y les impresionó?
—En absoluto. También tiene un gran estudio para mí en la parte de atrás con
unas persianas que puedo cerrar, lo que me permite quedarme dormido o ver la televisión sin que nadie me pille. Y el garaje está escondido y cubierto con una enredadera para que nadie pueda decir que es un edificio Garaj-Mahal.
—Parece muy bonita.
—Oh, no. Es una copia de los edificios de Frank Lloyd Wright, construida en plan barato y mal situada. Me encantaría derribarla y empezar de nuevo. Pero es acogedora y práctica.
Se oyó un estruendo procedente del sistema de megafonía del interior y luego la voz melodiosa de Ty al micrófono, invitando a todo el mundo a arremangarse y a volver a la pista de baile. Ben estaba a punto de preguntar a Eve si quería bailar cuando alguien lo agarró por los hombros desde atrás.
Se giró y vio que era Sarah.
—Vamos, cumpleañero. No has bailado conmigo en toda la noche.
—No he podido abrirme paso entre todos esos jóvenes vaqueros.
—Pues ha llegado tu oportunidad, amigo.
Ella casi nunca bebía, y cuando lo hacía no se excedía, pero tenía las mejillas coloradas y su euforia parecía un tanto forzada. Se volvió hacia Eve y le dedicó una sonrisa de conspiradora que a Ben le resultó desconcertante.
—¿Nos disculpas?
—Claro.
—Me he enterado de que juegas a tenis. ¿Jugamos mañana?
—Por mí, encantada.
—Bien.
Sarah le tiró de la mano en dirección a la puerta que daba al comedor y justo cuando él se disponía a seguirla, se giró y vio que Eve todavía los estaba mirando. Ella sonrió y él le devolvió la sonrisa. Y algo se produjo dentro de Ben durante aquel instante fugaz de conexión. No sería hasta mucho después cuando llegaría a reconocer de qué se trataba, e incluso entonces no se atrevería a ponerle un nombre tan vulgar, escurridizo o grandilocuente como enamoramiento. Pero sabía que era un cambio, como la apertura de una puerta o la entrada en una casa vacía. El grupo empezó a tocar un tema que Ben no conocía. Sarah lo condujo hasta la pista de baile y dijo algo que se perdió en medio de la música. Él acercó su cabeza a la de ella.
—¿Cómo?
—He dicho que es encantadora.
—¿Quién?
—Eve.
Él sabía exactamente a quién se refería. Aquel fue su primer engaño.
Asintió
con la cabeza y se encogió de hombros, como si todavía no se lo hubiera planteado.
—Sí —dijo—. Parece simpática.
Más tarde, en la cama, con la luz apagada y dándole la espalda en señal de rechazo y de defensa, notó que Sarah le rozaba con los dedos el vello de la columna y luego lo acariciaba lentamente en dirección a la nuca. Y
permaneció inmóvil y frío como el mármol, y aunque se excitó, consideró cruelmente la posibilidad de no hacerle caso. Rechazar a quien rechazaba, mostrarle lo que se sentía. Lo había hecho
a menudo anteriormente, y aunque sabía que al hacerlo se castigaba a sí mismo tanto como a ella y que no conseguiría más que alargar su sufrimiento mutuo, brindándoles otra noche, otro día, otra semana de frío rencor, estuvo a punto de volver a hacerlo.
Pero no lo hizo. En lugar de ello, se giró, estiró la mano en dirección a ella y la encontró desnuda, fría y vacilante. La abrazó un rato, como siempre la abrazaba, y ella levantó su muslo, como siempre hacía, y lo puso encima de su torso. El ritual, la sensación, el aroma tan familiar de ella, la lenta reacción de su cuerpo que siempre conseguía excitarlo...
Sin embargo, entonces, como impulsada por una nueva determinación, ella se colocó encima de él, bajó la cabeza y le dio un beso profundo,
asombroso, cubriendo sus caras con su cabello. Él ladeó las caderas y la penetró, y ella se inclinó hacia atrás hasta que hizo daño a Ben, que soltó un grito y tuvo que agarrarla de las caderas para detenerla. Había en ella una urgencia insólita, y de no haber sido por su melancólica resaca, no le habría hecho ascos movido por el puro deseo. En la oscuridad solo podía distinguir encima de él su figura esbelta, sus pechos de tono marmóreo, sus pezones oscuros y sus costillas como arena ondulada. Su cara estaba escondida en las sombras, pero vio el brillo de sus ojos y se sorprendió, pues siempre que hacían el amor los cerraba, como si no quisiera verse en tal estado de lascivia.
Llegaron rápido al orgasmo y lo hicieron al mismo tiempo, y ella gritó con una voz tan grave y salvaje que él no la reconoció. Luego se quedó muy quieta. Durante un largo rato no se movió, y permaneció como una escultura encima de él, mientras la respiración de ambos se hacía más lenta hasta apagarse y el silencio se instalaba a su alrededor. Tenía la cabeza echada hacia atrás, de modo que él ya no le podía ver la cara, sino únicamente el contorno de su barbilla y el pálido declive de su cuello y sus hombros. Entonces se estremeció y lo hizo de forma tan violenta y abrupta que por un momento él lo confundió con un espasmo final del orgasmo.
Pero estaba llorando. Él estiró la mano y se la posó en el hombro.
—¿Qué pasa?
Ella negó con la cabeza, aparentemente incapaz de recuperar el habla.
Ben se incorporó apoyándose en los codos, y acto seguido ella se apartó girándose.
—¿Cariño? ¿Qué pasa?
—Nada —susurró ella.
Él la hizo colocarse de costado con delicadeza e intentó mecerla. Ella empezó a sollozar. Tenía los brazos cruzados con fuerza y se abrazaba como si quisiera reprimir la angustia secreta que brotaba de ella, sacudiendo todo su cuerpo. Ben no había oído jamás un sonido tan terrible.
—Dímelo —declaró—. Por favor, dímelo.
—No es nada.
Capítulo 8
Hicieron galopar a los caballos por el campo cubierto de salvia y ascendieron un risco de escasa altura con una hendidura rojiza en la ladera,
donde la roca se había desmenuzado por el efecto del viento y la lluvia.
Desde la cima, Abbie observó
cómo el río brillaba entre los álamos que bordeaban sus orillas y vio la pelusa que desprendían poco a poco en el aire cálido del mediodía.
Refrenaron a sus caballos un rato —Ty, a la derecha de ella, y su padre, a la izquierda— y observaron cómo las sombras de las nubes surcaban el prado y el paisaje ondulado del fondo como barcos inciertos. El padre de Ty señaló hacia el este, donde el río desaparecía tras un estribo lejano de roca, y dijo que allí era donde terminaba su tierra y empezaba la del vecino.
—¿Qué montañas son esas? —preguntó Abbie.
—Los montes Bighorn. Y los de más al norte, los Rosebud.
—Es precioso.
—Lo es.
—¿Cuánto hace que viven aquí?
—Desde hace tres generaciones. La de Ty será la cuarta.
Parecía que iba a decir algo más, pero se lo pensó mejor y se limitó a frotarse la barbilla y a mirar el terreno en silencio. Muy por encima de los brillantes remansos del río, había una enorme ave que volaba lentamente en círculos aprovechando una corriente de aire, cantando como si se lamentase por una gran pérdida. Abbie preguntó de qué ave se trataba, y Ty dijo que era un águila real y que había tenido suerte, pues no se veían muy a menudo por allí. Abbie se sintió afortunada. Un poco antes, cuando cabalgaban por las montañas a mayor altura, donde comenzaba el bosque, habían visto un alce, una cabra salvaje y una osa negra que empujaba a su cachorro entre los árboles.
—Vamos a ver los potros —dijo el padre de Ty.
Azuzó a su caballo para que avanzase, y Abbie siguió el movimiento de la cola de la yegua gris por entre los cantos rodados y la salvia, seguida de Ty. Le habían ensillado un elegante bayo castrado, cuyos flancos estaban ahora resbaladizos por el sudor. Ty montaba un joven caballo ruano que había criado él mismo. Ninguno de los tres caballos llevaba bocado, sino cabestros, una forma nueva de montar para Abbie. Nunca había visto un caballo tan manso y a la vez tan enérgico y tan a tono. Aquellos animales no eran comparables a los de La Divisoria, aunque, por otro lado, el padre de Ty se ganaba la vida criándolos. Un Cuarto de Milla de Ray Hawkins, según descubriría ella más tarde, siempre salía más caro.
Abbie calculó que Ray debía de tener la misma edad que su padre, aunque la continua exposición al sol había curtido su piel y le hacía parecer más viejo. Tenía los ojos del mismo color azul claro que los de Ty, y cuando sonreía prácticamente
desaparecían entre las arrugas de su cara. Poseía la misma serenidad silenciosa que a veces advertía en Ty cuando estaba concentrado en su trabajo. De hecho, su madre también la poseía, así como los caballos, los perros y casi todo animal vivo del rancho. Era un poco inquietante, como si estuvieran en posesión de un secreto especial. Tal vez simplemente era consecuencia de vivir en un lugar tan maravilloso. El viaje del día anterior desde La Divisoria había sido largo. Montados en la vieja camioneta verde claro de Ty, con el sol a sus espaldas dorando las llanuras y las cimas de las montañas, habían viajado hacia el este durante horas por la interestatal, pasando por Billings, Hardin y Little Bighorn, y luego habían avanzado hacia el sur, cruzaron la frontera del estado y entraron en Wyoming y en Powder River Basin. Habían hablado mucho, pero a esas alturas se sentían lo bastante cómodos el uno con el otro para poder estar en silencio. Ty había puesto algunos de sus discos favoritos, pertenecientes a desconocidas bandas de country de las que Abbie no había oído hablar nunca. Ella se había acurrucado junto a él y se había quedado dormida, y al despertarse estaban en Sheridan, cruzando la vía del tren y pasando por delante de una antigua máquina de vapor orgullosamente estacionada junto a ella. El rancho de los Hawkins estaba ubicado entre escarpadas montañas a unos ocho kilómetros del pueblo, y se llegaba a él por una sinuosa red de caminos de grava. Cuando llegaron estaba oscuro, y Abbie tuvo que esperar hasta la mañana siguiente para ver el entorno tan espectacular en el que se encontraba. Los padres de Ty se habían quedado levantados para recibirlos, y aunque Abbie habría preferido irse directamente a la cama, habían insistido en servir una cena opípara compuesta de jamón y pavo cocido, ensalada de col y patatas al horno, seguido de tarta de arándanos y helado; un festín que Ty había devorado como si no hubiera probado bocado desde hacía semanas. Y entretanto, Ray y Martha, que habían comido antes, se habían quedado sentados mirándolos y sonriendo, bebiendo sorbos de sus tazas de leche caliente sin apenas decir palabra, y limitándose a escuchar mientras su hijo relataba entre bocado y bocado lo que había ocurrido en La Divisoria. Él era su único hijo, y los dos irradiaban orgullo al mirarlo. Su madre parecía una de las mujeres escandinavas que Abbie recordaba de las
fotografías tomadas por los primeros exploradores: pecosas, rubias y abotonadas hasta el cuello; mujeres capaces de hacer un bordado y disparar a un coyote entre los ojos a cincuenta metros de distancia con la misma determinación y destreza. Los potros que iban a ver ahora habían sido dejados sueltos en el último de los prados que bordeaban el río. Había una docena de ellos y al ver que los jinetes se acercaban, alzaron las cabezas, levantaron las orejas y se quedaron mirando. Cuando todavía estaba a cien metros de distancia, Ray se detuvo, bajó del caballo y se dirigió a ellos a pie. Los potros agacharon las cabezas y acudieron a su encuentro arrastrando las patas como una pandilla de adolescentes flipados.
Ray se paró y dejó que se acercaran, y cuando los potros llegaron hasta él, lo rodearon y se pusieron a rozarlo con el hocico. Él les acarició el cuello y el hocico y les frotó el lomo mientras les hablaba. Llamó a Abbíe para que se aproximara, y tanto ella como Ty se dirigieron caminando hacia él. A pesar de que los animales se mostraban un poco más tímidos con ella que con Ty y su padre, dejaron que los
tocara, les soplara el hocico y notara su aliento cálido y dulce. Una vez en la casa, mientras comían otro suntuoso banquete compuesto de fiambres, ensalada y pan casero, Abbie declaró que no había visto nunca un lugar tan maravilloso. El padre de Ty sonrió y asintió con la cabeza, pero su mujer, que estaba sirviendo agua a Abbie, suspiró y se encogió de hombros.
—Ahora es maravilloso —dijo—. Otra cosa es cuánto tiempo durará así.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Abbie.
Martha miró a Ray, como para pedirle permiso para continuar. Él no parecía muy entusiasmado. Ty estaba tan perplejo como Abbie.
—¿Qué pasa? —dijo.
—Tu madre se refiere a las perforaciones, eso es todo.
—¿Porqué? ¿Qué ha pasado?
—Nada. No va a pasar nada.
—Por el amor de Dios, Ray. Cuéntale lo de la carta.
—¿Qué carta? —dijo Ty.
Abbie sintió que se estaba entrometiendo en un asunto familiar y se preguntó si debería excusarse y fingir que quería ir al cuarto de baño. El padre de Ty suspiró, pero cuando empezó a hablar, lo hizo dirigiéndose a ella.
—En esta zona se hacen muchas perforaciones.
—¿Por el petróleo?
—Por el gas. El metano contenido en las capas de carbón. La tierra de aquí está
llena de él, todo Powder River Basin. El gas se queda atrapado en las vetas de carbón. Nadie se ha preocupado por él hasta hace bastante poco.
Pero ahora han encontrado una forma muy barata de extraerlo.
—¿No irá a hacer perforaciones aquí? —dijo Abbie.
Ray se rió tristemente.
—No, Abbie, no vamos a hacerlo. Y aunque quisiéramos, no podríamos. Como les pasa a muchos rancheros de la zona, cuando mi abuelo compró esta tierra, el gobierno solo le vendió los derechos sobre la superficie. Ellos se quedaron con los derechos sobre el mineral y últimamente los han estado arrendando. Hace poco nos hemos enterado de que alguien ha arrendado nuestra tierra.
—Enséñale la carta a Ty —dijo Martha.
—Ahora no.
—Ray, tiene derecho a...
—Mamá, no pasa nada. La leeré más tarde. ¿Quién la ha arrendado?
—Una pequeña compañía de Denver.
—¿Y qué tienen pensado hacer?
El padre de Ty se encogió de hombros.
—Supongo que nos enteraremos la semana que viene. Van a mandar un equipo para que haga una prospección.
—No se lo permitas.
—Eso es lo que yo le digo —afirmó la madre de Ty.
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Ray sonrió.
—No podemos impedirlo. La ley está de su parte. Pueden recorrer la tierra en
coche, cavar, perforar, lo que quieran. Te dan una cosa llamada
«contrato de daños sobre la superficie», pero todo el mundo por aquí sabe que no vale ni el papel en el que está escrito. Y si nos negamos a firmarlo, pueden seguir adelante de todas formas.
—Es terrible —dijo Abbie.
—Probablemente todo se quede en nada. Muchos de esos tipos arriendan la tierra y luego se quedan sentados sin hacer nada.
Ni siquiera él parecía convencido de lo que estaba diciendo, pero cambió de tema y preguntó a Abbie cómo era vivir en Nueva York. Ella dijo que estaba bien y que antes le gustaba más que ahora. El problema era que cuanto más tiempo pasaba en el oeste, donde había tanto espacio, más le costaba volver a casa.
—Ty dice que quieres venir aquí a la universidad —comentó Martha.
—Sí, definitivamente.
—Eso es estupendo. ¿Qué les parece a tu padre y a tu madre?
—Todavía no se lo he dicho. Creo que mi padre estará de acuerdo.
—Pues te diré una cosa, jovencita —dijo Ray—. A juzgar por la forma en que manejas los caballos, yo diría que este es tu sitio.
A media tarde partieron de vuelta hacia La Divisoria. Cuando estaban saliendo de Sheridan, Ty dijo que quería enseñarle una cosa y salió de la carretera para tomar un camino de grava. Ante ellos se alzaba una gran nube de polvo rojizo y, al doblar una curva, vieron dos gigantescas excavadoras amarillas abriendo un cráter en una ladera.
—Están cavando un pozo de agua —dijo Ty—. Cuando se perforan las vetas de carbón se libera una cantidad enorme de agua. Cualquiera diría que eso es bueno en un sitio tan seco como este. Pero es agua salada, y en la tierra que queda inundada por ella no crece nada. Lo mata todo. ¿Ves aquello de allá abajo?
Señaló el fondo del valle.
—¿Aquellas manchas blancas de allí, cerca del riachuelo? Es sal. Eran prados de primera, unas cuarenta hectáreas. El dueño es amigo de mi padre.
Ahora no sirven para nada. Antes también se pescaban allí muchas truchas, pero ahora no hay un solo pez. Los han exterminado. Las compañías de gas revisten de plástico esos grandes agujeros, como están haciendo ahí. Pero
tienen fugas y el agua se derrama. Y como les importa un bledo, no los arreglan.
Abbie se quedó callada. Reemprendieron el viaje y, de vez en cuando, Ty le señalaba cosas: manantiales, estaciones de compresión, cables de alta tensión y gasoductos, caminos de tierra excavados en el paisaje virgen.
Descendieron a otro valle y pararon junto a un puente de madera bajo, donde el agua de otro arroyo burbujeaba con el metano liberado por las perforaciones. Ty le dijo que un día un amigo suyo había acercado una cerilla y había prendido fuego a todo el riachuelo. En otros lugares, como en la casa desierta del rancho que le enseñó de camino a la carretera, pozos artesianos que habían funcionado sin ningún problema durante cuarenta años súbitamente habían empezado a desprender burbujas de gas o a quedarse secos porque unos estúpidos barreneros habían destruido el acuífero a ocho kilómetros de distancia.
—¿Nadie puede evitar que hagan esto?
—No. Hay un grupo de protesta bastante numeroso, pero el problema es que mucha gente cree que las perforaciones benefician al pueblo. Crean puestos de trabajo, hacen ganar clientes a las tiendas, ese tipo de cosas.
Chorradas. La mitad de las veces las compañías traen mano de obra barata y todo el pueblo tiene que hacer frente a todo tipo de problemas.
—¿Eso también pasa en Montana?
—Todavía no. Pero no tardará mucho.
Después de aquello no hablaron mucho. Se dirigieron hacia el norte y el oeste por la I-90, mientras Steve Earle cantaba canciones tristes en el equipo de música y un sol pálido se escondía ante ellos tras una nube oscura. Ty dijo que parecía que el tiempo estaba a punto de cambiar. Abbie nunca lo había visto tan serio y triste. Encendió los faros y ella estiró la mano y le acarició la nuca.
—Dos días más —dijo él—. Y luego te irás.
Las primeras gotas de lluvia salpicaron el parabrisas.
—Volveré —dijo ella.
Llovió durante todo el viernes y la mayor parte del sábado, y solo unos cuantos entusiastas ataviados con chubasqueros —entre los que, inevitablemente, se encontraba Abbie— se aventuraron a realizar los últimos paseos a caballo. De los huéspedes que no lo hicieron, los más valientes bajaron lentamente hasta el riachuelo vestidos con ropa impermeable para pescar o subieron por los caminos mojados hacia el
bosque, pero la mayor parte de los huéspedes se quedó en el salón de la casa del rancho leyendo o jugando a juegos como el Monopoly o el Scrabble. Mientras Abbie iba a montar o rondaba por los establos
«ayudando» a Ty, Josh se relacionaba con los hijos de los Delstock.
Fundamentalmente aquello equivalía a repantigarse en una de sus cabañas (normalmente la de Lane y Ryan Delroy, porque a sus padres no les molestaba el desorden), para escuchar música y mantener discusiones informales y sardónicas sobre temas que evolucionaban de forma surrealista de la paz mundial al trash metal, pasando por los aros en la nariz y el esmalte de uñas. Concretamente, Josh se repantigaba lo más cerca posible de Katie Bradstock siempre que tenía ocasión. Y eso era lo que estaba haciendo en aquel preciso momento.
En el curso de los últimos doce días, se había apoderado de él un deseo febril. No había un momento del día en el que no pensara en ella. Katie estaba presente en cada nervio y cada vena de su cuerpo. Al verla, olerla o incluso pensar en ella, sentía un extraño dolor. Todo su ser era una herida abierta andante. Una herida abierta andante con una erección perpetua. Tan perpetua que le preocupaba que pudiera hacerse daño.
Parte del problema consistía en que llevaba demasiado tiempo esperando a que algo así ocurriera. En el colegio, daba la impresión de que todos los chicos de su edad (y más pequeños aún) ya se habían acostado con alguien. Él sabía que no era precisamente un adonis, pero desde el otoño del año pasado, tras conseguir
deshacerse de las gafas para empezar a llevar lentes de contacto, perder algunos kilos y empezar a ponerse ropa un poco más moderna, creía que no parecía tan pazguato. Y, por suerte, no tenía muchos granos; aunque, pensándolo bien, aquello no parecía impedir que tipos como Kevin Simpson, un imbécil integral, se acostasen con chicas. Claro que Josh no era tan tonto como para creer todas las historias que contaban capullos como Kevin. Muchos chicos fingían que lo habían hecho cuando no era así.
Allá ellos. El caso era que aquella historia con Katie le estaba afectando.
Las vacaciones estaban tocando a su fin y ni siquiera se habían besado todavía. Estaba seguro de que ella tenía tantas ganas de que ocurriera algo entre ellos como él. Y
había estado a punto de suceder en un par de ocasiones. Como la noche anterior en la fiesta de cumpleaños de su padre, cuando estaban bailando juntos y el grupo de Ty había empezado a tocar una canción lenta, y ella le
había rodeado la nuca con los brazos y le había sonreído de una forma que había hecho que se sofocase. Entonces Lane y Abbie se habían metido en medio y lo habían echado todo a perder poniéndose a bailar con ellos.