Cuando el abismo separa
Agradecimientos .......................................................................... 5
Este capítulo es largo, así que está dividido en 16 partes.
—Esta es la ropa que llevaba puesta su hija cuando la encontramos —
dijo—. No sabía si les gustaría conservarla, pero una de las chicas de la oficina la ha lavado y planchado. La cazadora está muy rota. Supongo que debido a la caída. En fin. Le entregó la bolsa a Benjamin, quien en lugar de limitarse a darle las gracias y dejarla a un lado, sacó el anorak rojo y lo abrió. Sarah vio cómo los ojos se le llenaban de lágrimas al mirar la prenda.
«Por el amor de Dios —pensó—. Aquí, no; ahora, no.» Si él perdía el control, seguro que ella también lo perdería. Alargó el brazo en silencio, le quitó la cazadora y volvió a meterla en la bolsa. Charlie Riggs carraspeó.
—Hay algo importante que todavía no les he dicho —afirmó.
Su voz sonó seria, e hizo una pausa como si estuviera buscando las palabras correctas.
—Algo que han descubierto en la autopsia que probablemente ustedes no sepan. En el momento de su muerte, Abbie estaba embarazada de dos meses.
A lo largo de los años, Charlie había conocido a más de un agente del FBI y
había llegado a llevarse bien con casi todos. Uno o dos se habían mostrado demasiado duros o algo condescendientes, pero los demás siempre habían sido corteses y amables y habían hecho bien su trabajo. Jack Andrew, el último con el que había tratado en la oficina de Missoula y al que los Cooper habían conocido cuando su hija había desaparecido, le caía muy bien. Pero su sucesor, el joven presuntuoso Wayne Hammler, era distinto.
Llevaban casi una hora sentados en su pequeño despacho mal ventilado y durante ese tiempo prácticamente no había dejado que nadie metiera baza.
Incluso con su corte de pelo de soldado y su elegante chaqueta azul, aparentaba unos quince años. Tal vez por ese motivo creía que tenía que pontificar con pomposidad. Ahora mismo estaba dando un discurso a los Cooper sobre la «sinergia entre agencias» y los
«sistemas de análisis de información forense», fueran lo que fuesen. Lo único que había hecho hasta entonces era repetir lo que ya les había explicado Charlie. El señor Cooper todavía parecía escucharlo educadamente, pero su ex mujer se había pasado los últimos diez minutos mirando por la ventana.
Charlie la había estado observando. Era difícil no hacerlo. Se preguntaba cuántos años tendría. Las mujeres de la costa Este sabían cuidarse. Tal vez tuviera cuarenta y tantos. Era alta y elegante, y saltaba a la vista que había sido una mujer despampanante. En unas circunstancias menos dramáticas, si engordara algún que otro kilo y se hubiera dejado crecer un poco aquel cabello rubio tan corto, aún podría serlo. El vestido azul marino que llevaba le quedaba bien, y Charlie habría apostado a que los pequeños diamantes que llevaba en las orejas eran auténticos. En general, Sarah Cooper era lo que su padre solía llamar «una dama con clase». Lo cierto era que su lengua afilada parecía obligar a su ex marido a andarse con pies de plomo. Charlie sabía por su relación con Sheryl cómo debía de sentirse aquel pobre hombre. Pero había visto con anterioridad a madres que habían perdido a sus hijos comportarse de aquella forma. La ira posiblemente no fuera más que un modo de aferrarse con uñas y dientes a la cordura.
Pero de vez en cuando, tras aquella fachada de frialdad, había podido vislumbrar lo frágil y dolida que se sentía aquella mujer. Y le conmovió ver que una criatura tan elegante sufría tanto dolor. Al enterarse de que su hija estaba embarazada, sus ojos habían adoptado una mirada casi desgarradora,
y aquella mirada seguía allí, mientras contemplaba la lluvia por la ventana.
Desde que Charlie les había dado la noticia, prácticamente no había pronunciado palabra. Ben Cooper aguantaba su dolor de forma más visible.
Parecía un buen hombre. En el pasado debían de haber formado una buena pareja: la clase de pareja que aparece en las revistas de sociedad, sentados en un yate o junto a una piscina, felices y perfectos, y probablemente a punto de divorciarse. Charlie se preguntaba qué
habría fallado entre los dos, si todo se debería a su hija o si habrían emprendido por sí mismos otro sendero hacia la infelicidad. No le cabía la menor duda de que ellos tenían su propia historia, además de la vieja historia que él e incontables personas más habían vivido; una historia de culpabilidad, rencor y esperanzas rotas. Siguió la mirada de la mujer. La lluvia había arreciado y ahora soplaba viento. Los árboles del exterior estaban empezando a brotar, y entre las ramas que se movían frenéticamente divisó cómo el chaparrón castigaba los techos de tres camionetas de correos aparcadas en la calle. Una joven que llevaba un chubasquero de plástico claro estaba empujando a un muchacho sentado en una silla de ruedas por la acera procurando taparlo con un paraguas rojo.
Charlie volvió a mirar a la señora Cooper y descubrió que lo estaba mirando. Sonrió e intentó pedirle disculpas con la mirada por la conducta de Hammler, que seguía hablando en tono monótono tras su escritorio ordenado de forma inmaculada. Había un pequeño bote cromado con unos lápices perfectamente afilados y una bandeja a juego para las grapas y los clips. El muy maniático incluso tenía un posavasos para la taza del café.
Charlie recordó que alguien le había dicho en una ocasión que no se podía confiar en un hombre con un escritorio ordenado. El de Hammler era de una obsesividad extrema. La señora Cooper no le devolvió la sonrisa. En lugar de ello, se volvió y lanzó
una mirada fulminante a su ex marido. Charlie no supo si lo hizo por la atención que el pobre hombre estaba prestando amablemente a Hammler o si se debía a otra transgresión.
—De modo que así están las cosas por lo que respecta a la investigación
—
estaba diciendo el agente—. Y ahora, si no les importa, me gustaría hacerles unas preguntas.
—Está bien —dijo el señor Cooper—. Si puede servir de algo.
Adelante. Hammler tenía todas las preguntas anotadas claramente en forma
de lista en un cuaderno, colocado justo delante de él con un bolígrafo nuevo. La primera hacía referencia a la última vez que los Cooper habían visto o habían hablado con su hija. Charlie indicó a Hammler que él ya les había hecho aquella pregunta, pero fue en vano. El señor Cooper esperó pacientemente, aunque con cierto aire de cansancio, pero Charlie advirtió que su ex mujer estaba empezando a ponerse furiosa. Finalmente, cuando el agente comenzó a interrogarlos sobre el carácter y la personalidad de Abbie y les preguntó si la describirían como «propensa a los ataques depresivos», ella estalló.
—Mire. Ustedes mismos nos han preguntado eso Dios sabe cuántas veces. Hemos venido a oír lo que nos tenía que decir, no a pasar otra vez por todo esto. Si quiere saber esas cosas, consulte los informes. Está todo allí. Todo lo que Abbie hizo o dijo incluso lo que tomaba para desayunar está allí. Solo tiene que buscarlo. Hammler se sonrojó. Charlie estuvo a punto de prorrumpir en vítores.
—Señora Cooper, sé perfectamente que este es un momento difícil...
—¿Difícil? ¡Difícil! No tiene ni la más mínima idea.
—Señora Cooper...
—¡Quién demonios se cree que es usted!
Ella se había levantado y se dirigía hacia la puerta.
—No pienso seguir escuchando más chorradas.
Los tres hombres también se habían levantado. Hammler parecía un niño al que le acabaran de robar los caramelos. Empezó a decir algo, pero la señora Cooper, que había abierto la puerta de golpe, se volvió para mirarlo y lo interrumpió.
—Cuando tenga algo nuevo que contarnos, le aseguro que lo escucharemos encantados. Pero esta mañana, Wayne, andamos un poco escasos de tiempo.
Tenemos que ir a recoger a nuestra hija fallecida y llevarla a casa para el funeral. Así
que, si nos disculpa, nos iremos. Vamos, Benjamin.
Y se marchó. Sus pisadas resonaron airadamente por el pasillo.
Hammler se había quedado boquiabierto y parecía a punto de salir en busca de ella. Charlie dio un paso adelante y lo disuadió con delicadeza.
—Deja que se vaya —dijo suavemente.
—Pero quedan muchas cosas...
—Más tarde. Ahora no es el momento.
Ben Cooper permaneció de pie con la cabeza gacha, luciendo un aspecto triste y avergonzado. Charlie cogió el abrigo del pobre hombre y le posó una mano en el hombro.
—Vamos —dijo—. Necesitarán que alguien les acompañe.
El sheriff aparcó fuera del hotel y se quedaron unos minutos dentro de su camioneta mientras la lluvia tamborileaba en el techo. Volvió a asegurarles que haría todo lo que estuviera en su mano para averiguar cómo había muerto Abbie. Ben estaba en el asiento delantero y no dejaba de lanzar miradas por encima del hombro a Sarah, que no había dicho nada y ni siquiera parecía estar escuchando. Permanecía encorvada junto a la ventanilla de atrás, perfilada contra el torrente de agua plateado que descendía por el cristal. Tenía el pelo mojado y lacio, y el cuello de su gabardina blanca le quedaba tan alto que parecía que fuera a desaparecer en su interior en el momento menos pensado.
El sheriff se disculpó nuevamente por el hombre del FBI y prometió que los llamaría tan pronto como tuviera novedades. Ellos le dieron las gracias y entraron en el hotel para pagar y recoger su equipaje. Mientras Ben se ocupaba de la factura, ella se quedó sola debajo del pórtico. Una vez que él terminó y salió para reunirse con ella, Sarah no lo esperó y se giró y se puso a caminar delante de él en dirección al coche, sin hacer caso a la lluvia, con los brazos cruzados contra el pecho. Ben se fijó en que ella tenía las pantorrillas manchadas de barro, y ese detalle lo conmovió e hizo que le entraran ganas de decir algo tranquilizador, aunque solo fuera para manifestar su admiración por la forma en que Sarah se había enfrentado a aquel capullo del FBI. Pero ahora se sentía incapaz de dar con las palabras y el tono adecuado.
Mientras recorrían Broadway a escasa velocidad en dirección a la funeraria, el ruido y el susurro repetitivo que emitían los limpiaparabrisas hizo que el silencio que había entre ellos resultase insoportable para Ben.
—¿Cómo demonios pudo quedarse embarazada? —soltó.
Aunque lo hubiera pensado con una semana de antelación, no se le habría ocurrido algo más desastroso. Sarah se giró y lo miró, y él tragó saliva, miró hacia delante y se preparó para recibir un sarcasmo devastador.
Pero ella no dijo nada. Jim Pickering estaba esperando en la zona de recepción para recibirles. Llevaba un traje elegante de un tono azul intermedio, lo bastante oscuro para resultar formal pero no sombrío. Tras lanzar una mirada a Sarah, pareció percatarse de que convenía
pronunciar la menor cantidad de palabras posible y, al poco rato, estaba mostrándoles nuevamente el camino hacia la capilla ardiente. Ben preguntó a Sarah si quería que entrase con ella, y cuando ella contestó que prefería ver a Abbie sola no se sorprendió ni se sintió ofendido, sino únicamente aliviado. La imagen de la chica con el camisón blanco se le había quedado grabada en la mente, y dudaba que pudiera soportar la visión de la madre y la hija juntas. De modo que se fue con Jim Pickering al despacho que había al otro lado del pasillo para ocuparse del papeleo.
Había que firmar documentos y proporcionar datos para el certificado de defunción, así como rellenar formularios para el traslado del cuerpo a Nueva York. La única compañía aérea que podía transportar cadáveres fuera de Missoula era Northwest, lo que significaba que tenían que hacer escala en Minneapolis. Jim Pickering había hecho las gestiones necesarias. El ataúd de Abbie, según explicó, sería colocado en un objeto llamado «cajón aéreo», una caja con el fondo de madera contra-chapada y la parte superior de cartón.
La noche anterior, durante la cena, Sarah había anunciado de pasada que su padre iba a recibirlos en La Guardia y le había dicho que sería buena idea que Ben volviese a Nuevo México desde Minneapolis.
—Había pensado quedarme en Nueva York hasta el funeral —había dicho él—. Ya sabes, para organizar las cosas y pasar un tiempo con Josie.
—Nosotros podemos encargarnos de eso.
—Ya lo sé. Pero me gustaría participar.
—Por favor, no hagas de esto un motivo de discusión.
—No es mi intención. Yo...
—No hay nada que no se pueda solucionar por teléfono. Ven si quieres, pero no podría soportar una escena entre tú y mi padre en el aeropuerto.
—Supongo que no habrá inconveniente en que vaya al funeral.
—¿Por qué tienes que ser tan hostil?
Ben había evitado decir algo de lo que pudiera arrepentirse, aunque por poco. Pero se estaba cansando de verse intimidado y excluido, y no pensaba dar su brazo a torcer en aquel asunto. Cualquier padre haría lo mismo.
—Escucha —había dicho, con toda la firmeza de la que había sido capaz—. También es mi hija. Y no va a haber ninguna escena. Sé manejarme con tus padres. Lo he hecho durante años. Iré contigo a Nueva York.
El papeleo ya estaba terminado, pero Sarah todavía no había salido de la capilla, de modo que Ben se dedicó a recorrer la habitación, donde había una selección de urnas y ataúdes expuestos. Mientras se paseaba inspeccionándolos, se le ocurrió que tal vez debería haber optado por algo más suntuoso que el sencillo ataúd de madera. Incluso ahora, probablemente Sarah estaría pensando que había sido un tacaño. Los más espléndidos costaban en torno a los cuatro mil dólares. Pero parecían muy pretenciosos y demasiado grandes. Seguro que tenían una selección especial para los difuntos más jóvenes, pensó. Lo único que resultaba de su agrado era una urna de bronce ornamentada, labrada con un dibujo de una montaña con pinos y tres ciervos: un macho con cornamenta, una hembra y un bonito cervatillo.
Recordaba un poco la estética de Walt Disney, pero era mucho más propio de Abbie. Aunque, claro está, no iban a incinerarla.
—¿Nos vamos?
Sarah se hallaba de pie enmarcada por la puerta, seguida discretamente por Jim Pickering. Llevaba unas gafas de sol y tenía la cara tan pálida como su gabardina. Ben se dirigió hacia ella. Le entraron ganas de rodearla con los brazos. Parecía el acto más natural del mundo. Pero ella adivinó sus intenciones y, con un levísimo gesto de la mano, le indicó que no lo hiciera.
—¿Estás bien? —preguntó él, como un tonto.
—Perfectamente.
—He estado aquí echando un vistazo y me preguntaba sí no deberíamos comprar un ataúd mejor —dijo Ben, metiendo nuevamente la pata—. Me gusta ese ataúd sencillo, pero...
Tras sus gafas de sol, Sarah recorrió la habitación rápidamente con los ojos con aire burlón.
—Aquí no hay nada. Compraré uno en casa.
El avión despegó a la hora prevista en medio de un cielo azul despejado.
La lluvia había cesado justo cuando habían llegado al aeropuerto, como si hubiera hecho aparición únicamente durante su visita. Desde las ventanas de la sala de embarque, habían visto el vehículo que transportaba a Abbie por el asfalto mojado hasta el avión, donde cuatro hombres habían levantado el féretro y lo habían introducido en la bodega al tiempo que charlaban entre ellos.
Mientras el avión se ladeaba y se dirigía hacia el este, y el bosque se deslizaba velozmente por las portillas con sus intensos tonos verdes
iluminados por el sol, Sarah pensó en el cuerpo que se estaría inclinando dentro de su estrecho cajón en la oscuridad de la bodega. La muerte de su hija seguía siendo un acontecimiento demasiado vasto que escapaba a su entendimiento, y tal vez esa fuese la razón por la que su mente no paraba de saltar de un suceso menor a otro, revisando los detalles circunstanciales relacionados con la presencia inanimada de Abbie. Al quedarse a solas en la funeraria junto al ataúd abierto se había sobresaltado, pero no había reaccionado de aquel modo ante la visión del cuerpo, tan hermoso, tan ridículamente preparado, sino ante su propia sensación de indiferencia. Ella esperaba que en aquel momento las compuertas cerradas de su dolor se abrirían por fin. Pero había sido como verse a sí misma en una película o a través de un grueso vidrio que no pudiese traspasar ninguna emoción. Se había puesto las gafas, que aún no se había quitado, no porque tuviera los ojos arrasados de lágrimas, sino por lo contrario. Se sentía como una impostora. Y quizá fue ese el motivo por el que después había rechazado el abrazo de Benjamin tan cruelmente. Había advertido —
no sin lástima— lo mucho que aquello le había dolido.
Pobre Benjamin. Lanzó una mirada a su ex marido, cuyo asiento estaba al otro lado del pasillo. El avión no se había llenado ni siquiera hasta la mitad, y los brazos de los asientos se podían levantar. A petición de Sarah, habían ocupado cada uno
una fila vacía para disponer de más espacio. Él estaba mirando las montañas, absorto en sus pensamientos. Con su aire afligido, seguía siendo un hombre atractivo, aunque al dejarse el pelo largo daba la impresión de que intentaba aparentar menos años. No estaba tan demacrado como la última vez que lo había visto, y los kilos de más le sentaban bien. Se alegraba de poder examinarlo de aquella forma, casi objetivamente, sin anhelar su regreso. Ya ni siquiera lo odiaba. Él debió de notar que lo estaba observando, pues se volvió para mirarla con cautela. Sarah le sonrió para ocultar sus pensamientos y él, como un perro castigado capaz de percibir el perdón, le devolvió la sonrisa. Se levantó de su asiento y cruzó el pasillo para ponerse a su lado. Sarah movió su bolso para hacerle sitio.
—Acabamos de sobrevolar la divisoria —comentó él. Y rápidamente aclaró—: Me refiero a la divisoria continental.
Sarah miró un momento por la ventana.
—Bueno —dijo—. Entonces el rancho debe de estar bastante cerca.
—No. Está más al sur y al oeste.
—Ah.
Allí era donde había empezado todo. O donde había empezado a terminarse. El rancho para turistas La Divisoria al que iban verano tras verano y donde habían disfrutado de las mejores vacaciones de su vida. El sitio donde Abbie se había enamorado de Montana y a cuya universidad se había propuesto ir con tanta determinación. Y el lugar donde seis años antes, lo que ahora parecía una eternidad, Benjamin se había enamorado (o lo que fuera que le hubiera pasado) de Eve Kinsella y había iniciado la destrucción de su matrimonio.
Durante un rato ninguno de los dos dijo nada. El auxiliar de vuelo estaba empujando un carrito con bebidas y aperitivos por el pasillo en dirección a ellos. Los dos pidieron agua. En la cabina hacía frío y olía de forma artificial y antiséptica.
—Habla conmigo —dijo él en voz queda.
—¿Qué?
—Por favor, Sarah. ¿No podemos hablar un poco? ¿No podemos hablar de Abbie?
Ella se encogió de hombros.
—Si tú quieres. ¿Qué queda por decir?
—No lo sé. Solo creo que si hablásemos de ello, podríamos...
consolarnos un poco el uno al otro.
—Ah.
—Sarah, no debemos culparnos...
—¿Culparnos?
—No, no me refiero...
—Benjamin, yo no me culpo de nada. De nada.
—Lo sé, yo simplemente...
—Te culpo a ti. Tú y solo tú... —Se interrumpió y sonrió. También estaba aquella mujer, claro está. Advirtió en los ojos de Benjamin que le había adivinado el pensamiento—. Bueno, no solo a ti.
—Sarah, ¿cómo puedes decir eso?
—Porque es verdad. Abbie no ha muerto porque se cayera o saltara o la empujaran por un precipicio o lo que sea que haya pasado. Benjamin, ha muerto por lo que tú nos hiciste a todos.
SEGUNDA PARTE
Capítulo 6
El rancho La Divisoria estaba en un lugar que parecía querer mantenerse en secreto. Estaba oculto al final de un valle profundo y tortuoso que descendía hasta otro más imponente aún, donde había una carretera que seguía los meandros del río Yellowstone. Junto a esa carretera, y para todo aquel que pudiera distinguirla y descifrarla, había una especie de señal. Pero el álamo nudoso al que había sido clavada mucho tiempo atrás prácticamente la había desgastado, y las palabras ahora parecían formar parte de la corteza. Unos treinta kilómetros más adelante había un camino de grava clara que se bifurcaba a la altura de un riachuelo, y la única señal de que conducía a alguna parte era un buzón de hojalata abollado. Lost Creek, el riachuelo perdido, cuyo curso seguía el camino de grava, tenía un nombre de lo más acertado. En verano se secaba o, en el mejor de los casos, apenas quedaba de él un hilillo de agua, y sus orillas estaban plagadas de cerezos negros y sauces, cuyas hojas se hallaban cubiertas por una capa de polvo blanco levantado por la pista de grava. El agua se veía mermada por los prados de heno que se extendían a ambos lados y por los abrevaderos que había río arriba, donde la tierra empezaba a elevarse y la pradera se llenaba de salvia.
Lost Creek ni siquiera resultaba visible cuando la nieve se derretía en primavera, ni tan solo en sus tramos más altos. Pero su hermano mayor, al otro lado del espinazo de roca cubierto de pinos que hacía de división natural y daba su nombre al rancho, era mucho más caudaloso y llamativo.
Bautizado por un explorador olvidado hacía mucho tiempo pero indudablemente entusiasta, el Miller's Creek corría con fuerza y de forma desbordante a lo largo de ocho dramáticos kilómetros de meandros llenos de cantos rodados, cascadas y charcas, en cuyas aguas se formaban remolinos y abundaban las truchas.
Se tardaba quince minutos en subir desde la carretera, y el rancho no se veía hasta llegar al último kilómetro. Justo cuando la cuesta parecía volverse demasiado empinada y el bosque inquietantemente frondoso, el camino dejaba atrás los árboles y se adentraba abruptamente en la cavidad formada por unos ricos prados, donde unos elegantes Cuartos de Milla amblaban y pastaban sacudiendo las moscas con sus lánguidas colas. Más allá, en un terreno más elevado y polvoriento, había un grupo de establos encalados construidos con tablillas, una parcela de arena rojiza y corrales con vallas de madera blanqueadas. Y en la zona más alta, rodeada de
parterres con flores y césped, destacando frente a las montañas que se alzaban majestuosamente por detrás, se hallaba la casa del rancho.
Era un edificio alargado y bajo, hecho con troncos y que daba a un porche de unos tres metros de ancho con mesas y sillas, donde por las tardes los huéspedes solían sentarse a mirar por encima de las copas de los árboles para contemplar cómo
las montañas que había al este del valle recibían el resplandor ocre del sol al ponerse. Los riachuelos se separaban detrás de la casa y formaban un foso a ambos lados, donde el terreno únicamente se hallaba conectado con los prados ovalados del bosque. A lo largo de su perímetro, situadas discretamente entre los pinos, había dos pistas de tenis, una piscina y veinte cabañas, cada una con su propio porche. Montana tenía ranchos más lujosos, con una cocina más selecta y huéspedes más ostentosos. Pero había pocos, si es que había alguno, tan hermoso como aquel. La Divisoria no hacía publicidad ni trataba de captar clientes, pues no lo necesitaba. Sus huéspedes acudían allí por recomendación y volvían una y otra vez. Y aquel era el caso de la familia Cooper. Las dos últimas semanas de junio siempre reservaban las cabañas seis y ocho. Aquella era su cuarta visita y sería la última, las vacaciones que cambiarían sus vidas para siempre.
Ese día Ben cumplía cuarenta y seis años y se despertó al ritmo de la versión más espantosa del «cumpleaños feliz» que había oído en su vida.
Estaba aturdido por el exceso de cervezas y la falta de sueño, y el canto desafinado penetró en su cabeza como un sacacorchos oxidado. Abrió los ojos y vio a Sarah sonriéndole desde la almohada. Su mujer se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
—Buenos días, cumpleañero.
—Así que es eso lo que cantan.
El sol que entraba a través de las cortinas rojas y blancas proyectaba un dibujo reluciente con forma de tablero de ajedrez sobre el suelo de madera, y Ben se dirigió
descalzo hacia la puerta mientras se ponía el albornoz por el camino.
Abbie, Josh y un coro irregular de reclutas se hallaban reunidos en el prado situado justo debajo del porche de la cabaña, y prorrumpieron en vítores al ver que él aparecía, protegiéndose los ojos del sol.
—Ah, sois vosotros, chicos —dijo—. Creía que había una manada de coyotes enfermos aquí fuera.
—Feliz cumpleaños, papá —gritó Abbie.
Había reunido a sus amigos y a dos de sus empleados favoritos del rancho. Había ocho o nueve muchachos, todos sonriendo, deseándole feliz cumpleaños y haciendo comentarios ingeniosos sobre su edad. Abbie subió la escalera con Josh y los dos le besaron y le entregaron una caja grande envuelta en un papel decorado con pequeños caracteres. Sarah había salido al porche y estaba cubierta con su albornoz blanco a juego. Se acercó para situarse entre los dos niños y les rodeó los hombros con los brazos. Todos estaban bronceados y su pelo lucía un tono más rubio gracias al sol. Ben nunca los había visto tan radiantes, tan luminosos.
—Es de parte de todos —dijo Abbie.
—Vaya, gracias. ¿Puedo abrirlo ya?
—Claro.
Había un sobre encima y lo abrió en primer lugar. Era una de esas tarjetas que los padres se ven obligados a fingir que encuentran divertidas.
En la parte delantera tenía un dibujo de un dinosaurio, y dentro ponía:
«Feliz cumpleaños, fósil». Ben asintió con la cabeza y sonrió.
—Gracias —dijo—. Yo también os quiero.
Dentro de la caja había un elegante sombrero de vaquero de fieltro beis.
—Uau, esto es lo que yo llamo un sombrero.
Se lo puso. Todos dieron vivas y silbaron. Se ajustaba a su cabeza a la perfección.
—Te sienta estupendamente con el albornoz —dijo Abbie.
—¿Cómo habéis averiguado mi talla?
—Simplemente pedimos la más grande —dijo Josh.
Todos se echaron a reír y Ben hizo como si fuera a agarrarlo, pero el chico se escabulló fácilmente.
—¿Señor Cooper?
Ty Hawkins, uno de los empleados del rancho, dio un paso adelante y le ofreció
un pequeño paquete. Las dos mejores amigas de Abbie, Katie y Lane, estaban riéndose entre dientes detrás de él y resultaba evidente que habían sido ellas las que lo habían incitado a hacerlo. Era un joven apacible con una mata de pelo rubio y la clase de atractivo desaliñado pero inocente que había hecho que a casi todas las mujeres del rancho les flaquearan las piernas. Sobre todo a Abbie. Ella se había asegurado de formar parte de su grupo de equitación todos los días desde el comienzo de las vacaciones.
—Las chicas han pensado que esto le podría venir bien para acompañar al sombrero.
Ben abrió el paquete y sacó un cordón estampado de cuero trenzado con pelo de caballo. Sabía lo que era, pero no quería echar a perder la broma.
—¿Para qué sirve?
Ty sonrió.
—Creo que sirve para sujetar el sombrero.
—Se llaman correas para nenazas —gorjeó Katie.
El cumpleaños de Ben Cooper se había convertido en un ritual de las vacaciones en el rancho, y aunque él se consideraba buena persona y disfrutaba de la atención que se le prestaba, a veces le parecía injusto que su edad se tuviera que hacer pública por rutina. El año anterior le habían regalado un Porsche rojo de juguete en una caja adornada con las palabras
«La Meno-porschia de Ben». Pese a que no le obsesionaba tanto envejecer como a algunos hombres que conocía, no podía decir que fuera un proceso que le entusiasmara: el crujido de los huesos al salir de la cama, la negativa del pelo a seguir creciendo en la cabeza para brotar en las orejas y la nariz...
El día anterior, en la ducha, había descubierto su primera cana en el vello púbico y estaba intentando no interpretarlo como algo simbólico.
—Será mejor que volvamos al trabajo —dijo Ty—. ¿Va a montar esta mañana, señor Cooper?
—Si tienes un caballo lo suficientemente macho para este sombrero.
—Tenemos un semental que necesita que lo domen, si le parece bien.
—No hay problema. Ensíllalo.
La técnica de equitación de Ben era otro motivo de broma familiar. Al igual que hacía con la mayoría de deportes, se dedicaba a él con más entusiasmo que pericia. Abbie, que montaba desde que tenía seis años y había heredado la elegancia natural
de su madre, decía que encima de un caballo parado se parecía a Clint Eastwood, pero que en cuanto al animal se movía se transformaba en la rana Gustavo. Ty y el otro empleado dijeron que irían a ensillar los caballos y todo el mundo acordó reunirse en la casa del rancho al cabo de veinte minutos para desayunar. Ben y Sarah se quedaron en el porche iluminado viendo cómo el pequeño grupo se alejaba y se dispersaba por el prado.
Lane y Katie estaban tomándole el pelo a Josh y él estaba haciéndose el enfadado, aunque era evidente que estaba disfrutando de la atención que le concedían. Daba gusto verlo. Durante el último año las hormonas del
muchacho se habían disparado. Había empezado a afeitarse y estaba creciendo tan rápido que uno apenas podía seguir el ritmo de su desarrollo.
Afortunadamente, la mayoría de ropa que le gustaba era lo bastante grande para dar cabida a dos chicos de su tamaño. De los dos hijos que tenían, Josh siempre había sido el que había preocupado más a Ben y Sarah. Quizá simplemente se debía al contraste con su hermana, que tenía todos los dones que podían desearse en un niño. Mientras que hasta entonces Abbie se había movido por la vida sin problemas, su hermano parecía encontrar trabas en cada curva del camino. La misma postura encorvada de sus hombros parecía indicar la gran carga que suponía enfrentarse al mundo para él. Era un muchacho amable y dulce y tenía muchas otras buenas cualidades, pero carecía de la elegancia natural y la belleza de su hermana. Y aunque Ben jamás se lo habría confesado a nadie, pues sabía que era una emoción impropia, el amor que sentía por el chico siempre había estado impregnado de algo próximo a la lástima. Había presenciado demasiadas decepciones, había visto reflejado su fracaso en el éxito de los demás y había contemplado cómo él se quedaba mirando mientras los chicos de su edad, más listos, más atléticos, más atractivos o simplemente más extravertidos, recogían los laureles. Ben sospechaba que Sarah sentía lo mismo, pero nunca habían sido capaces de tratar el tema sin acabar peleándose. Ella se ponía a la defensiva y se tomaba como una ofensa personal cualquier insinuación de que su hijo no fuera perfecto.
El verano anterior Josh había mostrado una timidez patológica con Katie y Lane. Pero a juzgar por la forma en que ahora corría alegremente por el camino con ellas, parecía que su actitud había cambiado. Y al verlos, Ben deseó que al menos los problemas del chico se solucionasen. Todos los niños parecían hacer sus grandes progresos a partir de una edad determinada. Tal vez aquella fuese la de Josh. Katie le dio un empujón y echó a correr delante de él con Lane, mientras las dos se reían y le hacían burla, y Josh, como un cachorro grande de labrador, se puso a perseguirlas con aire juguetón.
Aquello permitió que Abbie y Ty caminasen solos. Sin saber que estaban siendo observados, se acercaron el uno al otro. Ella se acercó todavía más a él y se inclinó
para susurrarle algo, y él se rió y metió el pulgar en el bolsillo trasero de sus pantalones. Ben y Sarah se miraron.
—Parece que nuestra chica ha ganado la competición —comentó él.
—¿Acaso ha perdido alguna vez?
—Parece un chico bastante simpático.
Se quedaron mirando, sin decir nada más, hasta que lo único que quedó en el prado fue un abanico de pisadas sobre el rocío y el sonido cantarín de las voces de las chicas, que se fue apagando en el aire sin viento de la mañana. Mientras Sarah se duchaba en el estrecho cuarto de baño con paredes de troncos de la cabaña, Ben se afeitó ante el espejo del lavabo vestido únicamente con su nuevo sombrero y decidió que ese día iba a ser distinto entre ellos. «Sé agradable con ella —
se dijo—. Deja de ser tan gruñón y de hacérselo pasar (y hacértelo pasar) tan mal. Olvídate de cómo han sido las cosas durante la última semana y vuelve a empezar.»
—No puedo creer cómo está Joshie —dijo Sarah desde detrás de la mampara de cristal.
—¿A qué te refieres?
—A cómo está este año. A cómo se ha transformado.
—Sí. Es increíble lo que el sexo puede hacer en un chico.
—¿No lo dirás en serio?
Lo decía en broma. Simplemente estaba siendo pícaro.
—¿Por qué no?
—Benjamin, solo tiene quince años, por el amor de Dios.
—Ya lo sé, pero algunos chicos tienen mucha suerte.
Lo dijo sin pensar y sin el menor ánimo de provocarla. Pero a juzgar por el silencio de Sarah, ella no lo interpretó así. Ben trató de cambiar de tema, pero no lo consiguió.
—¿Abbie va muy en serio con ese joven vaquero?
—No lo sé, pero será mejor que tenga cuidado de que no lo despidan.
Según se dice, son muy estrictos con esa clase de cosas.
—¿Qué clase de cosas?
—Ya sabes, juntarse con los huéspedes.
—¿Juntarse?
—Ya sabes a qué me refiero.
Ella normalmente se reía cuando él se mofaba de ella por sus eufemismos, pero ese día no lo hizo. El agua se cerró y la mampara de la ducha se abrió. Ben observó
cómo su mujer salía y cogía una toalla, evitando cuidadosamente el menor contacto visual.
A sus cuarenta y dos años, todavía era esbelta y tenía los senos firmes, e incluso después de veinte años de matrimonio la visión de su cuerpo desnudo rara vez no conseguía excitar a Ben. Tal vez se debía a que el acceso que había tenido a él siempre había sido menor que el deseo. Hacía mucho tiempo que la situación entre ellos era así, y las evasivas de ella a la lujuria de él se habían vuelto cada vez más hábiles y mecánicas. Como en aquel preciso momento, cuando él se giró y dio un paso en dirección a Sarah, y ella se envolvió enérgicamente con la toalla para estar cubierta cuando él se le acercase. Ben la abrazó por los hombros, y ella sonrió con voluntad apaciguadora y le dio un beso rápido y casto en los labios.
—Es un sombrero estupendo.
—Gracias, señora.
—¿De verdad crees que Josh y Katie están...?
—¿Juntos? Por supuesto.
—¿No deberíamos hablar con él?
—Claro, si lo que queremos es avergonzarlo.
Todavía la estaba abrazando e intentó poner fin a la conversación defensiva de ella con un beso.
—Benjamin, hablo en serio.
—¿No podemos hablar de eso más tarde? Hay otro miembro masculino de la familia Cooper que necesita un poco de atención.
Se había excitado y estaba apretándose contra ella. Sarah miró hacia abajo y arqueó una ceja.
—¿De qué miembro estamos hablando exactamente?
—De él. Olvídate de mí. Esto es totalmente altruista.
—Más tarde. Quiero darte tu regalo.
—Tú eres el único regalo que quiero.
La atrajo más hacia sí, la besó en el cuello y ella se lo permitió, pero detuvo su mano cuando intentó quitarle la toalla.
—Más tarde.
Él la besó en la boca. Pero ella no pensaba ceder. Le puso las manos en el torso y lo rechazó con delicadeza.
—Benjamin, vamos a llegar tarde a desayunar.
Él la soltó, se apartó y se vio reflejado en el espejo, hosco, erecto y súbitamente ridículo con aquel sombrero. Se lo quitó y lo lanzó sobre una silla. Era la misma historia de siempre. El mismo ciclo predecible de desaire y malhumor, de rechazo sexual y orgullo herido que había
acompañado su matrimonio prácticamente desde el principio. Pese a saber cómo eran las cosas, él todavía albergaba aquellas absurdas y románticas ideas sobre lo diferente que podría ser su relación cuando estaban juntos de vacaciones. Era como si en realidad quisiera sentirse decepcionado.
Sarah había desaparecido metiéndose en el dormitorio y regresó al cabo de un rato vestida en actitud protectora, con una toalla enrollada en el pelo y el regalo envuelto con elegancia y atado con una cinta roja. Él estaba secándose la cara, aparentando que no la veía. Probablemente le habría comprado una camisa, se disculparía por ello y pronosticaría que no le iba a gustar. Probablemente a él no le gustaría, pero fingiría, con escasa convicción, que le agradaba.
—Si no te gusta, se puede cambiar.
—Oh, gracias.
Cogió el regalo y lo dejó en la silla.
—Lo abriré más tarde. Vamos a llegar tarde a desayunar.
Y lanzando una mirada de reojo para calibrar el impacto de su ofensa, se metió
en la ducha y cerró la mampara tras él.
Esa mañana montaron a caballo hasta el mirador. Era uno de los sitios favoritos de la familia, un espolón de piedra rojiza que se erguía por encima del bosque como
la frente de un noble guerrero que contemplase sus dominios. Se trataba de un trayecto largo y empinado durante los primeros kilómetros de tortuosa ascensión por el cañón. Pero al cabo de una hora, la tierra se nivelaba y daba paso a unos altos prados, y allí es donde se encontraban ahora, cruzando un valle extenso y llano donde a los caballos les gustaba correr antes de detenerse para descansar y beber agua.
Ese año la hierba había crecido mucho y había adquirido un aspecto exuberante con las abundantes lluvias primaverales, y los caballos tenían que alzar la cabeza a medida que la atravesaban, separándola con el cuello como si fueran barcos de sangre caliente surcando un mar verde. Había nueve jinetes, incluyendo a Sarah, y como siempre ella era la última de la fila. Aparte de Jesse, el empleado del rancho que los iba guiando, ella era con diferencia la que mejor montaba, pero le gustaba ir la última para poder pararse cuando quería sin molestar a nadie. Y eso era lo que se disponía a hacer en ese momento. Sembradas en la hierba, había visto unas flores blancas y amarillas que no reconocía. Quería coger un par de ellas para
llevarlas al rancho y buscarlas en su nueva edición de Plantas de las montañas Rocosas. Retenía mentalmente los nombres de las plantas —tanto el nombre común como el científico— del mismo modo que retenía los nombres de libros y escritores. Pero ese verano, en La Divisoria, había tal abundancia que no podía localizarlas todas. Al ascender por el cañón, había identificado la basamorhiza sagittata, el pincel indio y la estrella fugaz.
Pero las que acababa de encontrar eran nuevas para ella. Dejó que los demás se adelantaran, redujo el paso y dio la vuelta. Ella y Benjamin iban con los Delstock y dos mujeres de Santa Fe que habían llegado el día anterior por la tarde. Abbie, Josh y todos los niños iban con Ty, y se dirigían hacia el mirador siguiendo un camino distinto. Delstock era el apellido colectivo con el que Abbie había bautizado a los Bradstock y los Delroy, las dos familias que habían conocido allí tres años antes, durante la primera visita de todos ellos. Sus hijos —en todos los casos, un niño y una niña aproximadamente de la misma edad— habían establecido un vínculo inmediato entre ellos, y los padres habían hecho otro tanto. Desde entonces se reunían cada año. El hecho de que durante las restantes cincuenta semanas del año, exceptuando las esporádicas llamadas telefónicas de Navidad y el día de Acción de Gracias, hubieran podido vivir perfectamente en planetas distintos intensificaba su amistad. Tom y Karen Bradstock eran de Chicago. Los dos eran abogados y ambos ejercían su oficio de forma privada, aunque tenían clientes muy distintos. Karen representaba a pobres y oprimidos, y Tom, a los opresores ricos o, como Karen los llamaba, «los diferentes gángsteres corporativos». Él tenía un salario abundante, y ella, conciencia social, y aquel era el tema de discusión constante entre ellos, algo que solían hacer en público recurriendo a ingeniosas y falsas ofensas y al apoyo de todo aquel al que conseguían captar. Prácticamente en todos los demás aspectos, en la medida en que se podían juzgar aquellas cosas, parecían formar una buena pareja. Los dos eran corpulentos, ruidosos y entusiastas, y desprendían una especie de mutua y casi desvergonzada sensualidad que a Sarah en ocasiones le resultaba incómoda.
Los Delroy, de Florida, eran más sofisticados, más delgados y mucho más misteriosos. Phil (a quien todo el mundo, incluida su esposa, llamaba Delroy) dirigía su propia compañía de software, cuyo cometido nadie parecía capaz de determinar, salvo por el hecho de que estaba «orientada al entretenimiento». Tom Bradstock a menudo se mofaba de él diciendo que aquello era un eufemismo para referirse al porno, pero Delroy le lanzaba
una de sus sonrisas inescrutables y dejaba el misterio en el aire. Tenía el bronceado de alguien aficionado a la playa y llevaba su canoso pelo moreno atado en una coleta. En el hombro derecho lucía un tatuaje de un símbolo chino cuyo significado, una vez más, nunca revelaba. Tenía el sentido del humor lacónico y distendido que algunas mujeres encontraban atractivo, aunque no era el caso de Sarah, quien lo consideraba excesivamente artificial. Maya Delroy era una especie de curandera que practicaba la medicina alternativa. Tenía algo que ver con el «centro cinético», pero cada vez que intentaba explicar lo que significaba aquello,Sarah se distraía, lo que probablemente indicara que también ella necesitaba una sesión. Maya era liviana y ágil, vestía muchas prendas de color rojo, ámbar y amarillo, y todas las mañanas, temprano, tendía una esterilla en la hierba del exterior de su cabaña y hacía yoga. La mayoría de aquellos detalles la capacitaban para ser el tipo de mujer que normalmente Sarah evitaría a toda costa. Pero había en la ideología alternativa de Maya un elemento minador, una suerte de ingenio procaz y autoparódico que la redimía, como si toda su imagen espiritual fuese una gran farsa.
Benjamin tenía la teoría de que los Bradstock y los Delroy eran tan distintos que probablemente no se habrían tomado la molestia de llegar a conocerse de no haber sido por él y Sarah, quienes habían tendido un puente entre ellos. Lo cierto era que ninguna de las tres parejas tenía muchas cosas en común, y tal vez fuera aquella disparidad, junto con las edades complementarias de sus hijos, lo que hacía que la reunión anual que celebraban durante dos semanas funcionara. Todos se habían adelantado a lomos de sus caballos y habían desaparecido. El sol estaba alto y calentaba mucho, y casi no soplaba ninguna brisa que agitase la hierba o retirase las pocas nubes esponjosas que flotaban en torno a las montañas. Sarah había desmontado para buscar los especímenes perfectos. Se quitó su sombrero de paja e inclinó la cabeza hacia el sol y, con los ojos cerrados, trató de impregnarse de la paz del lugar. Lo único que oía era el zumbido de los insectos, el susurro que emitía su caballo al agitar la cola y el ruido de sus dientes al mascar los pastos fragantes. Su montura, como las del resto de jinetes, era un Cuarto de Milla, un fuerte caballo bayo de catorce años llamado Rusty por su color rojizo. No era el mejor animal del rancho, y como el jefe sabía lo bien que Sarah montaba, cada año le ofrecía un caballo mejor. Pero aquel era valiente y generoso, y ella no aceptaba ningún otro. Abrió los ojos y se enjugó el sudor del cuello. Era hora de ponerse en
marcha. Cogió las flores, una amarilla y otra blanca, y las metió en el botecito para las semillas que guardaba en el bolsillo del pecho de su camisa de algodón blanca. Sabía dónde estarían descansando los caballos de los demás antes de emprender el último tramo de la ascensión al mirador, de modo que no hacía falta darse prisa. Se subió a la silla de montar de un salto e hizo avanzar a Rusty a paso lento, mientras se llenaba los pulmones del aroma cálido de la hierba y pensaba, como había estado haciendo toda la mañana, en Benjamin.
Nunca dejaba de sorprenderla el poder de la costumbre humana. ¿Cómo era posible que dos personas inteligentes y buenas que se querían se vieran tan atrapadas en unas pautas de conducta con las que ninguno de los dos —
o eso suponía ella— disfrutaba? Parecía como si cada uno supiera cuál era el papel que se esperaba que asumiera y no tuviera otra opción que interpretarlo. Sarah se preguntaba con frecuencia si Benjamin también sentiría que su papel en aquel drama no era el adecuado. Ella siempre interpretaba a la zorra frígida, y él al bruto libidinoso. A medida que habían pasado los años, como los actores de un manido culebrón televisivo, se habían convertido en caricaturas, aislados en sus tristes clichés, incapaces de contemplar otra forma de relacionarse entre ellos. Dios, qué cansada estaba de todo aquello.
Durante más de una semana, Ben la había ignorado por completo.
Simplemente porque su primera noche allí, después de las horas de viaje y de quedarse levantada hasta tarde con los Delstock, se había sentido demasiado cansada para hacer el amor.
¿No podía haber esperado a la mañana siguiente? ¿No podía haberle dado un abrazo? Si lo hubiera hecho, sin forzar la situación, ella se habría dejado engatusar, a pesar del cansancio, y habría hecho lo que él hubiera querido. Pero por aquel entonces con Benjamin ya no había abrazos. Todo tenía que conducir al sexo. Y las mujeres no funcionaban así. Por lo menos, ella no.
Él no había sido así siempre, aunque el cambio se había producido de forma demasiado gradual para precisarlo. Estaba claro que él siempre había querido más sexo del que ella le podía ofrecer. Pero ¿acaso no le ocurría eso a la mayoría de parejas? Aunque a menudo hubiera querido hacerlo, Sarah nunca había sido una mujer capaz de hablar con franqueza sobre aquellos temas con sus amigas, pero le daba la impresión de que la mayoría de mujeres sentía lo mismo; al menos, después de los excitantes primeros
dieciocho meses más o menos, durante los cuales uno nunca se cansa del otro. Cuando la pasión había dado paso a la familiaridad y luego a los niños y a la vieja y sencilla rutina de vida, las cosas habían cambiado. El sexo se había convertido más bien en una comodidad.
Aquello no significaba que le resultase aburrido o que no pudiera excitarse. Había habido ocasiones, sobre todo en los viejos tiempos, cuando estaban fuera de casa y se encontraban solos, en las que el sexo le había resultado excitante. Pero por aquel entonces, cuando los niños eran mucho más pequeños, él era más paciente, más dulce y más comprensivo. Ahora, si ella no se ponía a tono inmediatamente, la hacía sentirse cruel, fría y asexuada.
Quizá aquella impaciencia era algo que afectaba a todos los hombres cuando alcanzaban la madurez y veían que su juventud desaparecía. Quizá aquel primer atisbo de la propia mortalidad hacía que se sintieran más exigentes y más ansiosos por demostrar lo que valían, y que interpretasen el más mínimo desvío del deseo como una daga clavada en el corazón de su masculinidad.
Fuese lo que fuera, aquella conducta ofendía cada vez más a Sarah. Era tan injusta. Tan irrespetuosa. Y la rutina que la acompañaba resultaba casi insoportable.
El mal humor. Los silencios inquietantes y siniestros. ¿Se suponía que todo aquello tenía que lograr que se sintiera más inclinada a hacer el amor?
Y la hipocresía de todo ello, pues en público —delante de los niños y de los Delstock, sobre todo— él era todo dulzura y alegría. La noche anterior por ejemplo. Abbie había comentado entusiasmada la suerte que tenían de ser una familia tan feliz. La familia más feliz que ella conocía, había dicho con presunción. Por lo visto ni ella ni ninguna otra persona se había percatado de que su padre apenas había dirigido la palabra a Sarah desde hacía más de una semana.
Y, por supuesto, nadie sabía cómo eran las cosas cuando se quedaban solos y que él únicamente rompía el silencio si tenía la suerte de encontrar algo que criticar. De lo contrario, se ocultaba detrás de su periódico o de su ejemplar del Architectural Digest —o aquella maldita biografía de Le Corbusier que había estado intentando leer durante los últimos seis meses—
y se comportaba como si ella solo existiera en los márgenes más fríos y remotos de su conciencia.
Naturalmente, Sarah sabía que en realidad ella estaba presente en sus pensamientos. Y también sabía que le ponía furioso que ella sobrellevase su exilio con tanta calma, como si no fuera consciente de la rabia de él o no le importase. Quizá a todos los matrimonios les pasaba lo mismo. Cada cónyuge hallaba un arma adecuada y aprendía a utilizarla de la mejor manera posible. La de él era su silencio glacial. La de ella —y sabía que era la más potente— consistía en fingir que no se daba cuenta.
De todas formas, esta vez Sarah estaba decidida a aguantar lo máximo posible. Se sentía culpable por lo que había pasado esa mañana. Después de todo, era el cumpleaños de Ben, y aunque él no se había disculpado (ya que nunca lo hacía), debía de haberle costado interrumpir su enfado e insinuarse a Sarah cuando salió de la ducha. Pero su lado terco, la famosa obstinación de los Davenport que había ayudado a labrar la fortuna de su padre, se había impuesto y le había dicho que no sucumbiera. Al fin y al cabo, lo único que él quería era follársela. ¿Y por qué
demonios tenía que permitírselo después de haberle hecho el vacío durante tantos días?
Sin duda, todo se solucionaría, como siempre pasaba. Con el tiempo, la tensión se volvería tan insoportable que ella acabaría desmoronándose y gritando y se culparía de lo ocurrido, diciéndole que se marchase y que buscase a otra, alguien más joven, más atractiva y más normal. Y se pondría a sollozar y, probablemente, él hiciese lo mismo. Y se acostarían. Y sería trágico, desesperado y sísmico. Ya veía a los demás, muy por delante, en la hierba susurrante. Había una hilera de álamos donde algunas personas estaban tomando la sombra mientras las demás daban de beber a los caballos en una charca, del arroyo que corría por debajo. Los troncos claros de los árboles casi parecían brillantes al contrastar con el azul brumoso de las lejanas montañas.
Tom Bradstock y Delroy estaban con los caballos, hablando con Jesse y las dos mujeres de Santa Fe. Benjamin, que llevaba su sombrero nuevo, había buscado el frescor de la sombra junto con Maya y Karen. Cuando Jesse vio a Sarah le gritó, y todos los demás se giraron para mirar y la saludaron con la mano.
Excepto Benjamin, que se quedó sentado mirando, como si la estuviese evaluando, durante tanto tiempo que incluso desde lejos Sarah se sintió desconcertada y cohibida. Se preguntó qué estaría pensando y si todavía la querría. Y
es que a pesar de todo el dolor que él le causaba y de lo mucho que la castigaba, ella no tenía ninguna duda acerca de sus sentimientos por él. Lo quería y siempre lo querría.
Capítulo 7
Ty y su grupo habían estado tocando casi una hora, y Abbie todavía no podía creer lo buenos que eran. El lugar era totalmente alucinante. Todas las mesas y las sillas del gran comedor habían sido retiradas; el grupo estaba en un extremo, la barra en el otro, y todo el que aún se mantenía en pie estaba bailando: niños, padres y abuelos, además de los empleados. Ninguna de las personas bailaba con nadie en particular, sino con quien tuviese delante en un momento determinado. Aunque todas las puertas y ventanas que daban a la terraza estaban abiertas de par en par, aquel sitio parecía un horno y todos estaban empapados en sudor, pero a nadie parecía importarle.
El grupo se llamaba Hell to Breakfast, un nombre que Abbie no acababa de entender, pero al menos era original. Sus canciones propias eran increíbles, aunque esa noche habían estado tocando principalmente viejos éxitos: un montón de temas de los Rolling Stones, los Beatles y los Eagles.
En aquel preciso momento, estaban tocando una versión estupenda de