Cuando el abismo separa

Nicholas Evans · Capítulo 1 de 1 · parte 16/16

Páginas del PDF

Cuando el abismo separa

Agradecimientos .......................................................................... 5

Este capítulo es largo, así que está dividido en 16 partes.

—¿Y tú? —dijo él.

Ella se rió.

—¿Cuántos años tienes, Charlie?

—Cuarenta y cuatro. No, cuarenta y cinco.

—¿Cuántos años crees que tengo yo?

—No he venido aquí para especular sobre esos temas.

—Adelante, a ver si lo adivinas.

—No lo sé, ¿treinta y nueve, quizá?

—Eres tan...

Él le sonrió y bebió un sorbo de vino.

—Cumpliré cincuenta el próximo otoño.

—No me lo creo.

—Es cierto. A veces me siento muchísimo más vieja. Y otras veces me siento como si tuviera dieciocho.

—¿Y cómo te sientes esta noche?

—Como si tuviera treinta y nueve.

Él se rió.

—La cuestión —prosiguió ella— es que los hombres disponibles de mi edad, quiero decir, los hombres adecuados (y, créeme, no hay muchos) solo

quieren salir con mujeres veinte años más jóvenes.

—Bueno, yo diría que si son tan tontos, no se pueden considerar adecuados.

Sarah había estado preguntándose lo que le diría si Charlie le pedía que se acostase con él. Era poco probable que lo hiciera. Era demasiado educado. Lo cual era una lástima, porque la idea le atraía mucho. Si alguien iba a dar el primer paso, tendría que ser ella. Pero en su vida había hecho algo así. Y, de todas formas, lo más probable era que acabase arrepintiéndose.

—Por otra parte —dijo él—. Para ser sincero, vivir solo tiene sus ventajas. Puedes dejar lo platos sin fregar sin que nadie se enfade contigo, llenar el suelo de barro, ya sabes. Leer todo el día si te apetece.

Ella siguió su ejemplo (aunque dudaba que su comentario tuviera aquella intención) y esquivó la zona de peligro preguntándole qué estaba leyendo en aquel momento. Y durante el resto de la cena no hablaron más que de libros. Ella prometió

mandarle una novela que acababa de leer. La había escrito un joven escritor mexicano y era el mejor libro que había leído en todo el año.

—Puedes hacer otra cosa por mí —dijo él, después de que ella le hubiera dejado pagar la cuenta.

—¿De qué se trata?

—Me gustaría tener más fotos de Abbie. ¿Sabes lo distinta que puede parecer a veces la gente? Enseñas dos fotografías de la misma persona y reconocen una pero no la otra. Si tuviera un par de ellas más para enseñarlas por ahí, a lo mejor le refrescaban la memoria a alguien.

Sarah cogió su bolso del suelo.

—Tengo algunas aquí, si las quieres.

Sacó el pequeño sobre de plástico que siempre llevaba consigo. Dentro había una docena de fotos de Abbie y Josh, pero ya no quedaba ninguna de Benjamin. Se lo entregó a Charlie y él examinó las fotos con cuidado.

—Este debe de ser Josh, claro.

—Sí.

—¿Qué esta haciendo ahora?

—Está en el último año de universidad. Todos estamos a la espera de lo que hará después. Estos últimos años ha tenido que enfrentarse a muchas cosas.

—Parece un buen chico.

—Es más que eso. Es increíble.

Charlie pasó a la siguiente foto. Era de Abbie y Josh y había sido tomada durante las últimas vacaciones en La Divisoria. Aparecían en primer plano, sonriendo y haciendo la señal de «Casi paz».

—Este es Josh otra vez, ¿verdad?

—Sí. Cuando era pequeño perdió la parte superior del dedo con la puerta del coche. La señal de la paz es una especie de broma familiar. Casi paz. Charlie asintió con la cabeza, pero siguió mirando la foto. A continuación esbozó una sonrisa brusca y pasó rápidamente las últimas fotos.

—Algunas de estas me vendrían bien —dijo—. ¿Puedo hacer copias?

—Claro, quédatelas. Siempre que me las devuelvas.

—Gracias —dijo él—. Lo haré mañana.

Capítulo 31

Josh había estado esperando que Nikki lo llamase, de modo que, a pesar de la norma estricta que obligaba a apagar los móviles en clase, tenía activada la función de vibrador en el suyo. Estaba sentado al final de la fila del fondo, cerca de la puerta, para poder salir un momento como si fuera al servicio en caso de que ella lo llamara. La clase trataba sobre algo llamado el Siglo de las Luces, un tema del que Josh no sabía nada. La profesora llevaba media hora hablando en tono monótono, y él había estado intentando tomar apuntes, pero al mirarlos descubrió que no tenían ningún sentido. Había escritas cosas como «el desmoronamiento de la estructura feudal»,

«ilustración y progreso», «sistemas teológicos humanistas». Josh tenía los codos sobre el pupitre y la cabeza apoyada en los puños por si se quedaba dormido.

—Diderot consideraba el dogma religioso absurdo y oscuro —declaró la mujer.

«Absurdo y oscuro», escribió él. Entonces notó que el móvil empezaba a temblar dentro de su bolsillo y salió sigilosamente de la clase, esperando encontrar el nombre de Nikki en la pantalla. Pero era un número que no reconocía. Dejó que se activase el buzón de voz.

No escuchó el mensaje hasta que estuvo fuera, a la luz del frío sol de noviembre, mientras se comía un emparedado de ensalada y pavo de

camino a su apartamento. Cuando se enteró de quién era, estuvo a punto de atragantarse.

—Hola, Josh. Soy el sheriff Charlie Riggs, de Choteau, Montana. Estoy en Nueva York y te estaría muy agradecido si pudieras concederme media hora de tu tiempo. Hay un par de cosas relacionadas con tu hermana en las que creo que podrías resultarnos de ayuda. Puedes llamarme a este número.

Es un tema un poco delicado, así que te agradecería que no le mencionases esta llamada ni a tu madre ni a tu padre ni a ninguna otra persona. Espero tener noticias tuyas. Adiós. Josh sintió que su mundo empezaba a tambalearse. «Oh, Dios —pensó—. Ya está. Han encontrado el cuerpo de Rolf.»

Marcó el número y procuró no parecer asustado, sino interesado y atento. El hombre parecía cordial. Sería mejor no ponerse demasiado paranoico. Trataron de acordar un sitio donde reunirse, pero la cabeza le funcionaba demasiado rápido para pensar en algún lugar, de modo que el hombre sugirió el puente de Brooklyn. Dijo que solo había estado una vez en Nueva York y que alguien le había dicho que la vista desde el puente al atardecer era espectacular. ¿Qué era aquello?, se preguntó Josh. ¿El tipo estaba de vacaciones? Quedaron en reunirse a las cuatro en punto en el extremo de Manhattan de la pasarela del lado sur.

—¿Cómo lo reconoceré? —preguntó Josh.

—Yo seré el de la estrella y el sombrero de vaquero.

—De acuerdo.

—Es broma. No te preocupes, sé el aspecto que tienes.

Aquello le puso todavía más paranoico. ¿Cómo podía saber el aspecto que tenía? Faltaban dos horas para las cuatro y Josh las pasó en su habitación del apartamento. Estaba en un bloque ruinoso junto a East Broadway y lo compartía con tres chicos de la Universidad de Nueva York, quienes le caían bastante bien pero con los que no estaba muy unido. Por suerte, no había nadie en casa. Pensó en llamar a Freddie, pero decidió no hacerlo. Le había contado una pequeña parte de la historia, pero no todo lo que había ocurrido con Rolf. Ty debía de haber hablado. Tenía que ser eso.

A lo mejor debía llamarlo. Pero tal vez le habían intervenido el teléfono por si Josh se ponía en contacto con él. «Dios —pensó—. Dios mío.»

No estaba seguro de por qué lo hizo, pero a las tres y media, cuando ya se había puesto el abrigo y se dirigía a la puerta, se detuvo y volvió a su escritorio. Se arrodilló y metió la mano debajo, y se puso a tantear en busca

del pequeño paquete pegado con cinta adhesiva detrás del cajón. Lo despegó arrancando la cinta, se lo metió en el bolsillo y se marchó.

Charlie estaba apoyado en la barandilla, contemplando cómo el sol descendía lentamente hacia el horizonte. La ciudad presentaba un aspecto increíble, con el sol brillando en los precipicios de cristal y las luces de los rascacielos que empezaban a centellear. Estaba intentando averiguar dónde se encontraba exactamente el antiguo emplazamiento del World Trade Center, pero no conocía el sitio lo bastante para localizarlo.

Vio que Josh se dirigía hacia él e incluso a cien metros de distancia y a la luz tenue del sol, advirtió lo asustado que estaba el pobre muchacho.

Llevaba un anorak negro y un gorro rojo calado hasta las cejas. A medida que se acercaba a él, reconoció

fugazmente a Sarah en la cara pálida del chico. Charlie dio un paso adelante y le tendió la mano.

—Hola, Josh.

—Hola.

El muchacho le estrechó la mano débilmente y con cautela. Ya no enseñaban a los chicos cómo había que estrechar la mano. Josh se metió rápidamente las manos en los bolsillos; parecía que no quisiera mirarlo a los ojos. Charlie señaló el panorama con la cabeza.

—Menuda vista, ¿eh?

—Sí.

—Estaba intentando averiguar dónde estaban antes las torres...

—Por allí. —Josh señaló con el dedo, sin demasiado interés.

—¿Damos un paseo?

—Si quiere.

Se pusieron a caminar el uno al lado del otro por el paseo entablado, mientras el tráfico rugía debajo de ellos y las luces de los coches parpadeaban en las rendijas que había entre las tablas.

—¿De qué va todo esto?

—Estos últimos meses hemos estado intentando averiguar lo que le pasó a Abbie. Cómo llegó a donde la encontramos, con quién pudo haber estado, ese tipo de cosas. Y pensé que a lo mejor tú podías ayudarnos a aclarar unas cuantas cosas. ¿Te parece bien?

—Supongo.

—¿Conocías bien a Ty Hawkins?

—La verdad es que no lo conocía en absoluto. Él era uno de los empleados del rancho al que solíamos ir. Él y Abbie estuvieron liados un tiempo.

—Lo sé.

—Y la policía se equivocó y creyó que estaba implicado en lo de Denver.

—Sí. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con Ty?

Josh se encogió de hombros, manteniendo la vista al frente.

—No lo sé.

—Aproximadamente.

—Hace años.

—¿Es eso cierto?

—Sí, ¿por qué? ¿Él ha dicho otra cosa?

Charlie no contestó. Estaba intentando aparentar que sabía mucho más de lo que en realidad sabía. Ni siquiera sabía por qué había empezado preguntándole por Ty, pero parecía haber puesto el dedo en la llaga.

—¿Cuándo fue la última vez que viste a tu hermana?

Se fijó en que Josh tragaba saliva.

—Lo mismo que a Ty. Hace años. Como el resto de gente.

—Entonces, ¿qué hacías en Choteau a finales de septiembre del año pasado?

Josh se volvió para mirarlo, frunciendo el ceño y moviendo la cabeza como si no entendiera.

—¿A qué se refiere? Yo no estaba allí.

—Sí que estabas.

Josh no dijo nada. Un alegre grupo de turistas japoneses estaban haciéndose fotos con la puesta de sol al fondo. Estaba refrescando. Charlie y Josh rodearon al grupo y no volvieron a hablar hasta que estuvieron lejos.

—Josh, si no eres sincero conmigo, esto será mucho más difícil para los dos. Sé

que estuviste en Choteau y también sé que estuviste en Great Falls. Josh no dijo una palabra.

—Josh —dijo Charlie con delicadeza—. He visto el registro de tu móvil. El chico cerró los ojos un instante; era evidente que estaba maldiciéndose.

—Y la lista de pasajeros del avión. Volaste hasta allí desde Denver. Las cámaras del aeropuerto grabaron imágenes de Ty Hawkins cuando fue a

recibirte. También te registró la cámara de la gasolinera cuando se te cayeron las monedas. La chica que te ayudó a recogerlas te ha identificado a partir de las fotografías. Así que ahorrémonos tiempo y dejémonos de chorradas, ¿de acuerdo?

Charlie dejó de caminar y Josh se detuvo varios pasos por delante, pero no se giró para situarse de cara a él. Todavía tenía las manos metidas en los bolsillos del anorak.

—Cuéntame lo que pasó, Josh.

¿Qué sentido tenía seguir mintiendo? De todas formas, el hombre parecía estar al tanto de la mayor parte de la historia. Y si contaba más mentiras, probablemente no haría más que empeorar las cosas. No iba a cometer el mismo error que Abbie. Si ella lo hubiera confesado todo enseguida y le hubiera dicho a todo el mundo que no querían matar al hijo de McGuigan, puede que todavía estuviera viva. Dejó caer los hombros, se acercó a la barandilla y se apoyó en ella, mientras contemplaba el río y el puerto. Charlie Riggs se aproximó a él e hizo lo mismo. Josh respiró hondo y comenzó.

—Abbie quería entregarse. Cuando se enteró de que estaba embarazada huyó

de Rolf. Le dijo a Ty que él había estado maltratándola, pegándole y...

No sé. El caso es que fue a casa de Ty y los dos se escondieron en una cabaña de las afueras de Choteau, en lo alto de las montañas.

—La casa de Jesse Wheeler.

—Supongo que Ty ya se lo ha contado todo.

—Me gustaría oírlo de tu boca. ¿Cuánto tiempo estuvieron allí?

—No lo sé. Dos semanas, quizá. Estaban pensando la mejor forma de que Abbie se entregara, ya sabe, para que tuviera la oportunidad de no ir a la cárcel para siempre. Le aseguro que era una persona totalmente distinta a la de la última vez... Josh se dio cuenta de que se estaba contradiciendo.

—¿La última vez que la viste? ¿Cuándo fue eso?

Josh suspiró. Sería mejor que lo confesara todo.

—La primavera antes del once de septiembre. Aquí, en Nueva York.

Ella quería dinero. Estaba como loca. No la reconocía. En fin, en septiembre del año pasado me llamó. Yo estaba en Colorado visitando a un amigo. Así que fui a Great Falls y... bueno, ya lo sabe.

—¿Qué querían que hicieras?

—Querían que la trajera a casa. Aquí, a Nueva York. Y que concertara una reunión con mis padres. La idea era que ellos se encargaran de los abogados y todo lo demás para ver si podían llegar a algún tipo de acuerdo.

Estaba tan guapa. Volvía a ser Abbie.

—¿Cómo ibas a traerla aquí?

—En el coche de Rolf. Su coche, supongo. El que ella cogió cuando lo dejó.

—¿Llegaste a conocer a Rolf?

Josh soltó una risita amarga y apartó la vista. Allí estaba. El punto sin retorno. A lo mejor debía parar en ese momento.

—¿Josh?

Él se volvió. El sheriff lo estaba mirando fijamente. Parecía un buen hombre. Probablemente lo supiera todo.

—Sí, llegué a verlo. La noche del temporal de nieve. Se presentó de repente. Dios sabe cómo descubrió dónde estaban. No es fácil dar con un sitio tan apartado como aquel. Ty pensó que Abbie debía de haberlo llamado o algo así. O que sabía

que yo iba a viajar desde Denver y nos siguió al volver hasta allí.

Supongo que nunca lo sabremos.

—Continúa.

—Ty encontró el ordenador de Rolf escondido en el maletero del coche, y aquel día yo fui a Great Falls para ver si podía acceder a él desactivando la contraseña.

—Y te ayudó tu amigo Freddie.

Josh lo miró con nerviosismo.

—Josh, he visto el registro de tus llamadas, ¿vale?

—Oh, no implique a Freddie en esto. Él no sabe nada. Por favor.

—Ya volveremos a ese punto. Continúa.

—Cuando volví a la cabaña en plena nevada, el coche de Rolf estaba allí. El estaba en la cabaña, esperando a que yo volviera con el maldito ordenador. Dios, estaba como loco. Había perdido la chaveta. Supongo que se puso así al encontrar a Abbie con Ty. Y al enterarse de lo del ordenador.

Ellos intentaron hacerle creer que había sido un error, que estaba en la camioneta por casualidad, pero él sabía que estaba pasando algo. Creo que sabía que íbamos a usarlo contra él. Se lo aseguro, el tío parecía un maníaco, echando pestes y despotricando...

»E intentó llevarse a Abbie. Y entonces es cuando Ty actuó y yo entré corriendo a ayudarle. Rolf estaba sacando la escopeta de Ty de debajo de la cama y yo salté

encima de él, y todo se desmadró. Los tres nos pusimos a luchar, a darnos puñetazos y a pelear.

—¿Qué estaba haciendo Abbie?

—Ty le gritó que se largara de allí. Y ella salió corriendo al establo, cogió uno de los caballos y...

Notó que las lágrimas le afloraban a los ojos. ¡Mierda! No quería llorar, pero no podía evitarlo.

—No pasa nada, Josh. Tómate tu tiempo.

El sheriff le posó una mano en el hombro y la dejó allí. Josh respiró hondo. El sol estaba desapareciendo con un último resplandor anaranjado y rojizo.

—En fin. Cuando Abbie desapareció, él se enfadó todavía más. Y el tío era fuerte. Ty es fuerte, pero, caray, él lo era aún más. Nos sacó a los dos a rastras por la puerta y nos llevó por la nieve alrededor de la cabaña. No paraba de llamar a Abbie a gritos; se notaba que quería ir detrás de ella. Yo le estaba rodeando el cuello con los brazos, y Ty estaba forcejeando para hacerse con la escopeta, mientras los dos intentaban quitársela de las manos el uno al otro. Entonces Rolf me lanzó volando y me estampó contra la valla del corral del establo, y la atravesé rompiéndola.

»Creo que debí de quedarme inconsciente un momento porque lo siguiente que recuerdo es estar allí tumbado, en la nieve, mientras los dos seguían peleándose por la escopeta al lado de la valla rota. Entonces Rolf le dio una patada a Ty en las piernas, y a Ty se le escapó la escopeta de las manos... Oh, Dios.

—No pasa nada, hijo. Tranquilo.

—Él iba a matarlo, se lo aseguro. Ty estaba en el suelo delante de él, y Rolf bajó

el cañón, le apuntó directamente con la escopeta e intentó apretar el gatillo. Lo juro por Dios. Pero tenía puesto el seguro, y mientras lo buscaba Ty lo agarró de la pierna,

y yo me levanté y me tiré encima de él. Le golpeé de lado, y él se giró y cayó hacia atrás... Y la escopeta se disparó. Fue un milagro que el tiro no alcanzara a nadie. Pero Rolf...

Josh podía verlo ahora. Y también oírlo. Rolf chocando hacia atrás contra la valla rota, el espantoso crujido de la carne al ser atravesada, el cambio repentino de su expresión, la mirada de horror y de asombro de sus ojos.

—Yo no quería que pasara, lo juro. Fue la forma en que cayó. En la parte donde se había roto la valla había una punta, como una lanza de madera astillada, que seguía clavada al poste. Y él cayó de espaldas justo encima y... Por un momento no supimos qué había pasado. Él se quedó inmóvil. Y entonces vimos la sangre y... la punta que asomaba por la parte de delante de su camisa. Oh, Dios. Empezó a sollozar y tardó un rato en poder continuar.

—Lo levantamos y Ty fue corriendo a por una toalla e intentamos detener la hemorragia, pero no sirvió de nada. Lo único que pudimos hacer fue quedarnos allí

y... ver cómo moría. El cuerpo retorciéndose, la mano estirada como una garra, el torrente imparable de sangre.

El sheriff seguía agarrándolo del hombro mientras esperaba pacientemente.

—¿Qué le pasó a Abbie?

—Nunca lo supimos. El caballo volvió sin ella. Estuvimos buscándola el resto de la noche con los caballos, llamándola una y otra vez. Pero estaba cayendo tanta nieve que no se podía ver ni oír nada. No había huellas, nada.

No teníamos ni idea de adonde había ido. Nos pasamos los dos días siguientes buscándola, pero no encontramos absolutamente nada.

—¿Y qué hicisteis con Rolf?

—Lo... lo envolvimos con plástico y lo metimos en el maletero de su coche, el que habían escondido en el granero. Y la sangre de la nieve...

Hervimos agua, Dios sabe cuántos litros, e intentamos derretirla, luego echamos nieve fresca con la pala, pero la mancha roja no se quitaba. Ty sabía dónde había un lago grande o un embalse, a unos treinta kilómetros al sur. En lo alto de una especie de cañón. Dijo que era muy profundo.

—Lo conozco.

—En fin, al tercer día, después de haber renunciado a seguir buscando a Abbie y de haber limpiado la cabaña, reparar la valla y dejarlo todo como estaba y sin rastro de nieve, fuimos allí por la noche. Yo conducía la camioneta de Ty, y él, el coche con el cuerpo en el maletero. Fue increíble

que lo consiguiéramos, con toda la nieve que había. Empujamos el coche por el precipicio y cayó al agua.

»Rolf había alquilado el otro coche, el coche en el que había venido, en el aeropuerto de Great Falls. Al día siguiente dejé el coche allí y volví a casa. Y eso es todo.

Se quedaron contemplando la vista sin decir nada durante un largo rato.

Había una fina franja de color fuego que atravesaba el horizonte en la zona donde se había puesto el sol. Los edificios estaban todos iluminados.

Debajo del entablado donde se encontraban, se veían los destellos y se oía el rugido del tráfico de la hora punta. Todo el mundo se iba a casa. Josh se preguntó lo que iba a decir aquel hombre.

Evidentemente, ahora tenía que arrestarlo.

—¿Quién sabe esto, aparte de vosotros dos?

—Solo usted.

—¿No se lo has dicho a nadie?

—No soy tan bobo.

—¿Ni siquiera a tu madre y a tu padre?

—¿Está de guasa? ¿Se imagina cómo les sentaría algo así? Descubrir que sus dos hijos son asesinos. Ni hablar.

—A mí no me parece un asesinato, hijo.

—Con uno ya es suficiente.

Por un momento, ninguno de los dos habló.

—¿Qué pasó con el ordenador?

—Lo metimos en el maletero.

Josh sacó de su bolsillo el pequeño paquete que había cogido de debajo del escritorio. Era el dispositivo de memoria portátil. Se lo entregó al sheriff.

—Esto es una copia de lo que había dentro.

Charlie se quedó toda la noche tumbado en la cama de la pequeña habitación del céntrico hotel, escuchando el tráfico y viendo cómo las luces y las sombras se desplazaban por el techo siguiendo unas pautas que siempre variaban. Nunca le había resultado fácil dormir en una ciudad, pero esa noche no tenía nada a lo que echarle la culpa, salvo a su agitada cabeza.

Parecía una máquina tragaperras en la que los mismos pensamientos se reagruparan de forma distinta en cada partida y nunca dejaran ganar al jugador.

Por supuesto, sabía cuál era su obligación. Debía dejar que la justicia dictase sentencia. Para eso estaba, y era lo que él había hecho siempre. El coche y el cadáver tendrían que ser extraídos del lago, y Josh y Ty deberían ser arrestados y acusados del asesinato. Lo más probable era que el tribunal fuese poco severo con ellos. Si creían el relato de Josh, según el cual el crimen se había cometido en defensa propia, posiblemente los dos salieran libres.

Pero nunca existía la certeza. El caso aparecería en las noticias de costa a costa, como había ocurrido con el hallazgo del cuerpo de Abbie. Un fiscal listo y ambicioso podía oler la fama o el provecho político que se podían derivar de una exposición bastante distinta de los acontecimientos. Y en medio del actual clima de miedo, el hermano y el antiguo amante de una joven con fama de terrorista podían ser acusados fácilmente de lo mismo, como Ty había podido comprobar. El pobre muchacho ya estaba lo suficientemente destrozado. ¿Cómo iba a sobrevivir a otra experiencia tan terrible? ¿Y los Cooper? ¿Y Sarah? ¿No habían sufrido ya bastante?

Charlie se maldijo por haber dejado a Josh. Se habían marchado del puente y habían tomado un taxi hasta el apartamento del chico, y habían acordado volver a verse por la mañana. Quería tener tiempo para pensarlo todo detenidamente. Pero sin duda lo que no necesitaba Josh era tiempo.

Ahora estaría aterrado. ¿Y si había huido o, Dios no lo quisiera, había hecho algo peor?

Ya estaba bien. Se estaba volviendo loco. Se levantó, sacó su móvil y al empezar a marcar el número de teléfono de Josh, se dio cuenta de que eran las cuatro de la madrugada y volvió a cerrarlo. Se vistió, se puso el abrigo, recorrió el sombrío vestíbulo fluorescente, salió a la calle y empezó a caminar. Manzana tras manzana, semáforo tras semáforo, pasar, no pasar; las opciones resonaban en su cabeza a cada paso.

Dos horas más tarde, cuando el cielo estaba aclarándose hacia el este detrás de él, se encontró de nuevo junto al río, contemplando la orilla negra que brillaba como cubierta de lentejuelas al otro lado del Hudson. Y por fin supo lo que iba a hacer. Absolutamente nada. Sabía el lugar donde habían arrojado el coche. El agua era allí

verdosa y opaca y muy profunda. El hombre envuelto en plástico en el maletero había recibido nada más y nada menos que lo que merecía. Podía quedarse donde estaba.

Había estado toqueteando en el bolsillo el pequeño dispositivo de memoria que Josh le había dado. Sabía que debía comprobar lo que había en él. O tal vez no. Lo sacó y lo miró. Sin pensárselo dos veces, lo tiró al río tan fuerte y tan lejos como pudo. Y no vio ni oyó cómo caía al agua.

Capítulo 32

Fue a Iris a quien se le ocurrió que debían organizar una fiesta de cumpleaños conjunta para celebrar sus respectivos cincuenta años. Sarah no tenía previsto celebrarlo y prefería que la temida fecha pasara lo más desapercibida posible. Al principio rechazó la propuesta. Implicaría demasiado trabajo y esfuerzo. Y, además, no era nada práctico porque todos los amigos de Iris estaban en Pittsburgh mientras que los suyos se encontraban en Nueva York. «No hay problema», dijo Iris. Organizarían la fiesta en Nueva York. De todas formas, ella tenía demasiadas personas a las que invitar, y sería una forma ingeniosa de seleccionar a unas cuantas. Y

después de ser presionada y acosada por ella, finalmente Sarah accedió de mala gana para que la dejase en paz.

Se fijó la fecha para el sábado después del día del Trabajo, que caía precisamente entre ambos cumpleaños. En junio, Iris fue a visitarla y recorrieron medio condado de Nassau en busca de un local, pero no encontraron ningún sitio que les gustase a las dos y no estuviese ya reservado. Los padres de Sarah le ofrecieron su casa de Bedford y se ofendieron un poco cuando ella les dijo que se lo agradecía, pero que declinaba la oferta. Si la celebraba allí, sería como la fiesta de su veintiún cumpleaños, y ella ya era una adulta. Justo cuando estaba empezando a pensar que iban a tener que suspenderlo todo, Martin Ingram les hizo una oferta que no podían rechazar.

Estaba construyendo un restaurante, una especie de brasserie, en un sitio fabuloso de Oyster Bay y no solo era el arquitecto, sino que también iba a ser propietario de un cincuenta por ciento del negocio. A menos que se produjera algún desastre, cosa que rara vez le ocurría a Martin, a principios de octubre se encontraría terminado, aunque todavía no estaría abierto.

Tenía un suelo maravilloso de madera de arce y una enorme buhardilla con una ventana circular por la que se veía el mar. Según él, el negocio se vería beneficiado por las visitas, y les saldría gratis. Sarah tuvo que reconocer que era perfecto.

Contrataron a un organizador de fiestas profesional llamado Julian McFadyen, que era tan guapo y tan listo que Iris casi se desmayaba cada vez que se reunían para discutir algún asunto. Él se encargó de todo, incluido el envío de las invitaciones, e hizo que todo resultara tan fácil y agradable que a medida que se aproximaba el día, Sarah descubrió que realmente estaba deseando que llegara. Solo le preocupaba una cosa.

Poco después del día del Trabajo, Iris viajó a Nueva York para ultimar unos detalles con el adorable Julian, que ella se negaba a aceptar que fuera gay. Era media tarde y estaban sentados en la terraza de Sarah. Julian, que había sacado a colación el tema de los brindis y los discursos y había notado cierta disconformidad, se había

retirado discretamente para que ellas pudieran discutir el asunto.

—¿Por qué tiene que haber discursos? —dijo Sarah.

—Porque es lo que se suele hacer. Cariño, ¿cuántas veces tienes ocasión de estar delante de cien personas mientras te dicen lo fabulosa que eres?

Aunque le dijera a Leo que no puede dar un discurso, lo daría de todas formas.

—De acuerdo. Pero ¿y yo? ¿Quién va a dar el mío?

—Josh podría hacerlo. Y Martin. Qué demonios, hasta yo podría hacerlo.

—Oh, Iris.

—Mira, no le daremos mucha importancia. Le diré a Leo que diga algo breve y bonito.

—¿Cuándo ha dicho Leo algo breve y bonito?

—Pondremos un reloj, como en un concurso de televisión. Y a los tres minutos, se acabó.

—Todo el mundo se compadecerá de mí. No soporto ese rollo de

«Pobrecita Sarah, todavía sola».

—Anda, dame un respiro.

Sarah apagó su cigarrillo.

—No quiero que Martin hable sobre mí.

—Entonces pídeselo a Josh. Ya es un adulto.

—Ya sabes lo tímido que es.

Josh estaba en Santa Fe pasando unos días con su padre. Sarah prometió que se lo pediría cuando volviera a casa.

Desde que se había graduado esa primavera, Josh los tenía a todos asombrados. De repente había anunciado que quería ser abogado. Se había

cortado el pelo, se había comprado un traje y había estado haciendo prácticas todo el verano en el bufete que Alan Hersh tenía en la ciudad. Al volver a casa, a menudo comentaba noticias sobre casos y clientes y esotéricas cuestiones de derecho que Sarah fingía entender. Dentro de poco iban a empezar a pagarle para que trabajara de pasante. Si todo iba bien, al año siguiente iría a la facultad de derecho. Mientras tanto, los fines de semana se ganaba unos dólares ayudando a Jeffrey en la librería. Verlo tan activo y lleno de energía era tan emocionante como sorprendente. A veces Sarah se preguntaba si habría aterrizado una nave espacial en el césped de su casa sin que ella se hubiera enterado.

Benjamin opinaba lo mismo. Últimamente hablaban con más regularidad. En lugar de llamar siempre al móvil de Josh, él llamaba ahora a menudo al teléfono de casa y normalmente era Sarah la que contestaba.

Parecía menos receloso con ella, sin duda porque ahora se mostraba más simpática con él. El asombro y la admiración que ambos sentían por la transformación de Josh había contribuido a unirlos.

—¿Qué hemos hecho mal? —había dicho él la otra noche, cuando había llamado para verificar la hora del vuelo de Josh.

—¿A qué te refieres?

—Nunca soñé que tendría un hijo abogado.

—Lo sé. A lo mejor deberíamos haber fomentado más su afición a la marihuana.

—No creo que se haya perdido mucho en ese terreno.

La razón de mayor peso por la que ahora se mostraban más agradables el uno con el otro era la carta de Sarah.

En Navidad, había escrito a Benjamin para pedirle disculpas por haber dicho que era el culpable de la muerte de Abbie. Eran unas palabras, decía Sarah, pronunciadas en un momento de tremendo dolor y desesperación. Él le había mandado una tarjeta: una serena fotografía del cielo y el mar. Lo único que ponía era

«Gracias. Con cariño, siempre, Benjamin».

Por supuesto, también había sido de ayuda el hecho de que él supiera ahora lo de Sarah con Charlie Riggs. Ella y Charlie se habían tomado una semana de vacaciones en junio. Habían viajado en coche a Colorado y se habían alojado en un hotel celestial de las montañas. Habían montado a caballo juntos por los altos prados llenos de flores y recorrido a pie un trecho del camino de la divisoria continental hasta llegar a un manantial del

que brotaba un arroyo que corría hacia el este y otro hacia el oeste. Y por fin se habían hecho amantes. A Sarah le gustaba mucho. No sabía si sería algo serio, y ninguno de los dos estaba forzando las cosas. Le había pedido que fuera a la fiesta y, tras interrogarla para ver si de verdad quería que estuviera presente, él había dicho que acudiría.

Por razones que Sarah no acababa de explicarse, Josh parecía más interesado que ella en que su relación funcionara, aunque todavía no conocía a Charlie. Tal vez era porque así se vería un poco aliviado de la carga que soportaba al tener que cuidar de su pobre, solitaria y vieja madre.

Ella tuvo que recordarle su vieja cantinela de que las relaciones a distancia eran una mierda. Él le recomendó que se fuera a vivir a Montana, y Sarah soltó una carcajada, como si no se hubiera planteado ya la idea.

Leo había estado veinte minutos hablando de Iris sin parar y, aunque algunas de las anécdotas eran divertidas (sobre todo la de la vez que ella se lo había llevado a rastras del campo de golf delante de sus amigos), ya habían tenido suficiente, como a Iris le gustaba decir. Aun así, aquello le brindaba a Josh una buena excusa para ser breve.

La fiesta parecía estar transcurriendo sin contratiempos. Freddie, que estaba ahora encima de él, apoyado en la barandilla de la buhardilla con Summer y Nikki, había dicho que era la mejor fiesta de veteranos en la que había estado. En su opinión, la comida era genial e incluso el grupo no estaba mal. Mientras Leo se lanzaba a contar su decimoctava anécdota, Josh repasó sus notas una vez más. Se lo tenía bien aprendido. Era increíble lo que había mejorado su memoria desde que había dejado de fumar hierba.

Miró la sala a su alrededor en busca de su madre y la vio de pie junto a Martin y Beth Ingram y Charlie Riggs. Llevaba un vestido de seda negro con los hombros descubiertos y estaba guapísima. Ella y Charlie apenas se había separado en toda la noche. Era fantástico verla tan feliz. Cuando ella los presentó, naturalmente, Charlie y Josh se estrecharon la mano como si no se conocieran.

—Tu madre me ha hablado mucho de ti —dijo.

—Lo mismo digo.

—¿Qué tal te va?

—Muy bien. Gracias.

Durante los diez meses que habían transcurrido desde su paseo por el puente, Charlie lo había llamado una docena de veces para ver cómo estaba.

Nunca daba importancia a aquellas llamadas; siempre tenía algún chiste o

una historia divertida que contar. La última vez que había llamado había sido en junio, justo antes de los días de vacaciones que había pasado con Sarah en Colorado. Era evidente que Charlie tenía algo importante que pedirle, pero parecía incapaz de expresarlo. Entonces Josh se percató de que lo que le estaba pidiendo era su bendición, e intentó ofrecérsela, como era de esperar.

Al verlos allí en aquel momento, al otro lado de la sala, escuchando el discurso de Leo, Josh pensó que hacían muy buena pareja. Y deseó con todo su corazón que su relación funcionase. Su madre debió de notar su mirada, pues se volvió, lo miró, sonrió y le hizo una discreta mueca para indicar que había llegado el momento de que alguien avisara a Leo. Por fortuna, no fue necesario.

—Y ahora, damas y caballeros, aunque podría seguir hablando toda la noche...

—Alguien gritó: «Por favor, no, ahórratelo»—. ...Voy a ceder la palabra a ese atractivo joven de ahí al que todos conocen... y si no es así, créanme, pronto lo conocerán: ¡el señor Joshua Cooper!

Todo el mundo prorrumpió en aplausos y vítores, y Josh dio un paso adelante y atravesó la sala. Leo le cedió el micrófono, e Iris le dio un beso en la mejilla.

—Estás estupendo —susurró ella—. A por ellos, chico.

Entonces todo se quedó en silencio, y Josh sintió un acceso de nerviosismo. Miró sus notas, respiró hondo y se aclaró la garganta. El micrófono emitió un pequeño chirrido a causa de la realimentación.

—Gracias, Leo. No tengo muchos chistes sobre mi madre. Crecer con ella fue un asunto serio.

Se oyó una risita, pero aquello no era lo que él esperaba.

—Podría contarles la vez que vomité encima de su primera edición de Suave es la noche, pero solo tenía dos años y la verdad es que no recuerdo haberlo hecho. Entonces se rieron. Aquello ya era otra cosa.

—O el día que a ella se le cayeron las llaves del coche por la boca de la alcantarilla en la entrada del hipermercado y tuvieron que venir los bomberos y hacer un agujero en la calle, y llevarnos a todos a casa en el camión. Se oyó una risa sonora.

—El mejor día de mi vida, la verdad.

Los asistentes se rieron a carcajadas. Al final, aquello no parecía tan difícil. Alzó

la vista hacia Nikki, que le dedicó una amplia sonrisa y le lanzó un beso. Josh se guardó las notas en el bolsillo.

—Lo cierto es que crecer con mi madre no fue ningún chiste, sino una fiesta continua. Todos los días. Ella llevaba la librería y la casa, y nos ayudaba a hacer los deberes. Para ser sincero, a mí no solo me ayudaba. En realidad me los hacía ella. Solo sacaba sobresalientes cuando mi madre me hacía los deberes. De hecho, si tengo tantas lagunas en literatura es gracias a mi madre. Ella siempre hacía que todo

resultara divertido. Incluso cuando para ella no lo era tanto. Hizo una pausa y la miró. Estaba sonriendo, y Josh advirtió que estaba haciendo esfuerzos por no llorar. Se preguntó si debía saltarse la siguiente parte, pero siguió adelante. Los fantasmas no desaparecían por mucho que uno intentase aparentar que no existían.

—Y si Abbie estuviera esta noche aquí, sin duda diría lo mismo. El silencio se podría haber cortado con un cuchillo.

—Ella quería a mi madre con todo su corazón. Como yo. Porque nuestra madre ha sido lo mejor que podría desear cualquier niño. Es hermosa y divertida, e increíblemente sabia e inteligente. Y tiene el corazón más grande que una madre ha tenido jamás. Siempre ha estado ahí cuando la hemos necesitado. Siempre. Y todavía lo está.

Dios, ahora todo el mundo estaba llorando. Incluso él tenía ganas de llorar, pero si lo hubiera hecho habría sido un desastre. Había pensado decir algo sobre el otro fantasma presente en la sala: su padre. Nada dramático; una simple y breve mención, aunque tal vez fuera mejor abstenerse mientras él estaba delante. Miró a su alrededor, y Julian McFadyen le entregó discretamente una copa de champán.

—Así que, si tienen una copa, hagamos un brindis. Por estas dos grandes mujeres increíblemente ancianas e increíblemente maravillosas. Iris y Sarah. Todo el mundo repitió el brindis y a continuación toda la sala estalló en aplausos, y de repente Josh se vio acosado, besado y abrazado mientras recibía palmaditas en la espalda, y durante cinco minutos fue consciente de poco más hasta que por fin la multitud se dispersó un poco y vio a su madre, con lágrimas rodando por sus mejillas y los brazos abiertos.

Se dirigió hacia ella y la abrazó, y la estrechó entre sus brazos durante un largo rato.

—Te quiero —susurró Sarah—. Te adoro, Josh.

Más tarde, una vez que la fiesta hubo terminado, cuando se hallaba tumbado en la cama, cansado pero demasiado excitado para dormir, mientras Nikki roncaba suavemente a su lado, Josh pensó en lo raros que eran los seres humanos. Cómo podían ser tantas cosas distintas al mismo tiempo y experimentar tantos sentimientos encontrados. Amor y odio, alegría y desesperación, valor y miedo. Era como si fuéramos un gran disco giratorio de todos los colores imaginables, sobre el que la luz cambiase y danzase constantemente. Visualizó todas aquellas caras, jóvenes y mayores, riendo y llorando al escuchar su discurso. Independientemente de los años que uno tuviera, ya fueran diecisiete o setenta, el disco siempre estaba allí, dando vueltas. Tal vez lo que ocurría fuera que a medida que pasaba el tiempo resultaba más fácil distinguir los colores y saber con seguridad cuál era el que uno estaba mirando y lo que significaba.

Probablemente solo estaba pensando aquello porque ya no tomaba aquellas malditas pildoras, las que el médico le había recetado el año pasado después de lo ocurrido con Abbie, las que reducían el mundo a una monotonía confusa. Josh prefería el disco giratorio en todo momento. El único inconveniente era que ahora no dormía tan bien.

Solía pensar que aquello se debía al miedo que le inspiraba lo que pudiera

soñar. Cuando era pequeño tenía una lista de unas diez o doce cosas que recitaba a la hora de acostarse: las brujas, los hombres lobo, la señora O'Reilly (la mujer de la limpieza de la guardería, con su ojo de cristal y su bigote), esa clase de cosas. La idea era que si pensaba en ellas, no soñaría con ellas. Y después de volver de Montana en otoño, durante al menos seis meses, incluso después de que Charlie Riggs hubiera ido a verlo y le hubiera dicho que no iba a hacer nada y que hablaría con Ty y todo quedaría en secreto, cada noche Josh se imaginaba a Rolf retorciéndose y sangrando en la nieve y saliendo lentamente del lago, con su cara corrompida y medio comida por los peces.

Quizá no conciliaba el sueño debido a la viveza de aquellas imágenes que evocaba de forma consciente, y ya no se molestaba en hacer aquel conjuro nocturno. A Charlie le preocupaba que la carga del secreto fuera demasiado pesada para él, pero ya no parecía ser así. Ver a sus padres felices de nuevo en sus respectivas vidas le compensaba lo suficiente.

Se estaba quedando adormilado. Pensó en despertar a Nikki para que volviera al cuarto de huéspedes. Pero le parecía demasiado cruel y le

gustaba tenerla tumbada a su lado, y de todas formas, su madre ya no se molestaba por aquellas cosas y no se sentiría incómoda si lo descubría.

Cerró los ojos y, mientras el disco de la vida seguía dando vueltas en su cabeza, pero ahora más despacio y desvaneciéndose a lo lejos, se sumió por fin en un sueño sin pesadillas.

Ben podría haber recorrido el camino con los ojos cerrados. Pero durante los seis años que habían pasado desde que había dejado de vivir allí se habían producido cambios. Habían aparecido distintas tiendas a lo largo de los centros comerciales y un nuevo bloque de oficinas junto a la estación de ferrocarril, la tienda de platos preparados Bahnhof's desgraciadamente había cerrado, y una escuela de cocina para niños ocupaba ahora su lugar.

Habían plantado una hilera de cerezos que bordeaban el parque, arrodrigonados firmemente y envueltos en plástico blanco para protegerlos.

Los recuerdos brotaban en cada curva del camino. Y la casa que él había construido muchos años antes asomaba ahora entre los abedules plateados que habían plantado, cuyas hojas ya habían empezado a perder color. El cornejo de la entrada lucía un aspecto espigado y un poco mustio. Tal vez deberían haber puesto un magnolio en su lugar. La casa no estaba tan mal, aunque ahora la haría de forma diferente. Vio a Sarah en la ventana y, cuando hubo aparcado el pequeño Honda que había alquilado en el aeropuerto, ella salió por la puerta principal. Ben abandonó el vehículo y se dirigió a ella para saludarla. Estaba preciosa. Vestía una falda de lino azul y un jersey de cachemir color crema con el cuello de pico. Llevaba un ramo de lirios blancos. Ben había elegido lo mismo. El suyo estaba en el asiento trasero.

—Estás muy guapa —dijo.

—Tú, también.

Sarah posó la mano en el brazo de Ben y le dio un beso en la mejilla, y él notó

que llevaba un perfume distinto del que él solía comprarle todas las navidades.

—¿Todo listo? —dijo él.

—Sí.

Ben le abrió la puerta del copiloto, pero ella esperó un momento antes de entrar. Estaba mirando el cornejo con el ceño fruncido.

—Ese maldito arbusto —dijo—. Hay que quitarlo. Había pensado poner un magnolio. ¿Qué te parece?

Ben asintió con la cabeza pensativamente.

—Sí. Quedaría bien.

—Pero tardan mucho en crecer.

Entró en el coche y cerró la puerta.

El cementerio estaba a otro lado del pueblo, pero el tráfico matutino no era demasiado intenso y la luz del sol lograba que incluso las calles más humildes de Syosset parecieran apacibles y tranquilas.

—Me he enterado de que Josh estuvo formidable en la fiesta.

—Se los metió en el bolsillo. Te lo aseguro, si es tan bueno en el juzgado, va a ser un abogado increíble.

Había sido Josh el que había señalado el último día de septiembre como la fecha en que Abbie debía ser recordada formalmente. Era el día que había caído la gran nevada en Montana hacía dos años, y a todos les pareció un aniversario más adecuado que la fecha fortuita de su funeral; aquel día aciago que todos preferirían olvidar, pero que nadie conseguiría hacerlo.

Todos los fotógrafos y cámaras colocados en fila, esperando en el aparcamiento, dando empujones y haciendo preguntas a gritos bajo la lluvia mientras él se dirigía hacia el sedán negro con Sarah, cuya cara se hallaba cubierta por el velo, húmeda y más pálida que la de la hija que habían enterrado.

El aparcamiento estaba ahora vacío. Dejaron el coche y atravesaron las puertas con los dos ramos de lirios idénticos y pasaron por delante del guarda uniformado, quien les sonrió y les hizo una señal con la cabeza para que pasaran. Los aspersores de la hierba verde zumbaban y formaban arco iris al reflejarse en la luz del sol, dejando parcelas ovaladas en el sendero que conducía hasta lo alto de la pequeña colina donde estaba la tumba de Abbie.

—¿Qué tal está Eve?

Ben creyó que había oído mal. Era la primera vez que ella le hacía aquella pregunta.

—Bien.

—¿Os vais a casar?

—No lo sé. A lo mejor. No es algo de lo que hablemos demasiado.

—Pero ¿habláis de ello?

—Eh, ¿qué es esto?

Ella se rió y se encogió de hombros.

—No pasa nada. No me molestaría.

—Vaya, te lo agradezco.

—De nada.

Caminaron un rato en silencio.

Un joven jardinero que estaba podando el rosal les sonrió y les deseó buenos días cuando pasaron a su lado.

—Lo está estropeando todo —susurró Sarah—. ¿Por qué no les enseñan a podar como Dios manda?

Ben se rió.

—¿Y tú y el sheriff?

Ella le lanzó una mirada.

—Yo y el sheriff. Es buena gente. Pero todavía es pronto.

—Me alegro por ti.

Ella entrelazó su brazo con el de él y no volvieron a hablar hasta que llegaron a la tumba. Josh ya había estado allí antes de ir al trabajo. Sus rosas rosadas estaban apoyadas contra la sencilla lápida de granito. Dejaron los ramos de lirios el uno al lado del otro y permanecieron en silencio mirándolos, cogidos todavía del brazo.

—Josh te lo ha dicho, ¿verdad? —dijo ella en voz baja.

—¿Lo de la llamada de teléfono? Sí.

Dos días antes, había llamado por la noche a Ben a Santa Fe. Había comentado que tenía algo importante que decirle que había mantenido en secreto por miedo a disgustarlo. Hacía poco tiempo que se lo había dicho a su madre y ahora quería contárselo a él. Era sobre Abbie. Antes de morir, le había llamado para decir que había huido de Rolf e iba a entregarse. Quería decirles a todos lo mucho que sentía lo que había hecho. Y especialmente a Ben por haber sido tan cruel.

—Me pregunto si se lo inventó para que nos sintiéramos mejor —dijo Sarah.

—No lo sé. Creo que no.

Él le cubrió los hombros con el brazo, y Sarah le rodeó la espalda con los suyos y le abrazó.

—¿Ves lo que está escrito ahí? —dijo ella.

Ben se puso las gafas y se arrodilló junto al ramo de rosas de Josh.

Tenía una tarjetita. Simplemente ponía «Paz».

* * *

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

NICHOLAS EVANS

Nicholas Evans es un periodista, escritor, productor de cine y TV y un novelista "best seller". Nació en 1950 en Bromsgrove, Worcestershire, Inglaterra. Evans fue educado en la Escuela Bromsgrove (Bromsgrove School) pero antes de estudiar en la Universidad de Oxford, cumplió servicios de caridad en África a través de "Voluntary Service Overseas"

(VSO). Luego de eso trabajó como reportero para la prensa escrita y también para la televisión. En el 2006 vive en Devon.

Su novela El hombre que susurraba al oído de los caballos ( The Horse Whisperer) se ubicó en la posición número diez de la lista de novelas más vendidas de los Estados Unidos en el año 1995, según el diario New York Times. La novela también se llevó a la pantalla grande, con la dirección y actuación de Robert Redford y de Kristin Scott Thomas.

Está casado con la cantante y compositora Charlotte Gordon Cumming.

CUANDO EL ABISMO SEPARA

Sarah, Ben y sus dos hijos veraneaban todos los años en un rancho de Montana. No sabían que aquel verano iba a ser el último que lo hacían.

Después, todo iba a cambiar: Ben conoció a otra mujer y su hija se marchó de casa y se enredó en las actividades de un grupo ecoterrorista. El rancho no volvería a ser testigo de su felicidad. La familia había quedado rota pero otros lazos empezaron a anudarse.

Cuando el abismo separa es la historia de una familia, dividida por traiciones y hecha trizas, mientras luchaba por la felicidad. Una novela que explora el dolor que se causa a los que más se quiere y las esperanzas y las desilusiones que determinan la relación entre hombres y mujeres.

«Despliega la misma perspicacia y calor humano que su anterior éxito, El hombre que susurraba a los caballos, con pinceladas de afligida honestidad. Una obra poderosa.» THE

TIMES.

* * *

© 2005, Nicholas Evans

Título original: The Divide

© 2006, Ignacio Gómez Calvo, por la traducción

© 2006, Random House Mondadori, S. A.

Primera edición en DeBOLSILLO: octubre, 2007

Diseño de la portada: Mario Arturo Hernández Navarro Fotografía de la portada: © Corbis

ISBN: 978-8346-455-7 (vol. 301/4)

OceanofPDF.com

Document Outline

  • AGRADECIMIENTOS .......................................................................... 5
  • PRIMERA PARTE ........................................................................... 6
  • Capítulo 1 .................................................................................... 7
  • Capítulo 2 .................................................................................. 15
  • Capítulo 3 .................................................................................. 22
  • Capítulo 4 .................................................................................. 29
  • Capítulo 5 .................................................................................. 39
  • SEGUNDA PARTE ....................................................................... 49
  • Capítulo 6 .................................................................................. 50
  • Capítulo 7 .................................................................................. 61
  • Capítulo 8 .................................................................................. 74
  • Capítulo 9 .................................................................................. 83
  • Capítulo 10 ................................................................................ 89
  • Capítulo 11 .............................................................................. 103
  • Capítulo 12 .............................................................................. 115
  • Capítulo 13 .............................................................................. 125
  • Capítulo 14 .............................................................................. 137
  • Capítulo 15 .............................................................................. 148
  • Capítulo 16 .............................................................................. 158
  • Capítulo 17 .............................................................................. 167
  • Capítulo 18 .............................................................................. 174
  • Capítulo 19 .............................................................................. 181
  • Capítulo 20 .............................................................................. 188
  • Capítulo 21 .............................................................................. 198
  • Capítulo 22 .............................................................................. 206
  • Capítulo 23 .............................................................................. 214
  • Capítulo 24 .............................................................................. 223
  • Capítulo 25 .............................................................................. 230
  • Capítulo 26 .............................................................................. 236
  • Capítulo 27 .............................................................................. 246
  • Capítulo 28 .............................................................................. 256
  • Capítulo 29 .............................................................................. 263
  • TERCERA PARTE ....................................................................... 270
  • Capítulo 30 .............................................................................. 271
  • Capítulo 31 .............................................................................. 278
  • Capítulo 32 .............................................................................. 286
  • RESEÑA BIBLIOGRÁFICA ....................................................... 294

Terminaste Cuando el abismo separa

Nicholas Evans

Libros como este

Después del libro

Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.